sábado, 19 de octubre de 2024

La cinta. Julia Uceda.

Es una
delgada cinta de frío,
luego invisible,
que avanza
con cada despedida; con
silencios
no llamados así
y a veces no advertidos, o
gestos recordados como últimos
adioses y nunca más se ven
los rostros, nunca más se pronuncian
los nombres anudados
con cinta de frío en paquetitos
que también nunca más
se van a abrir. Y nadie ve
la cinta. Nadie siente
su frío. La llamamos ausencia: una palabra
tranquila. Un poco triste.
Y un día, nos sorprende.
Siempre había estado allí
y no nos dimos cuenta. 

Hablando con un haya, 2010.

martes, 15 de octubre de 2024

Búmerang. José de la Colina.

Señor Presidente emite de viva voz instrucciones precisas a Secretario de Estado que por escrito da orden urgente a Oficial Mayor que por escrito da orden urgente a Oficial Segundo que por escrito da orden urgente a Director de Departamentos que por escrito da orden urgente a Jefe de Departamento A que por escrito da orden urgente a licenciado Pérez que días después por escrito pregunta a Jefe de Departamento A que por escrito pregunta a Director de Departamentos que por escrito pregunta a Oficial Mayor que por escrito pregunta a Secretario de Estado que si tendrá a bien preguntar a Señor Presidente si haría el favor de repetir y precisar instrucciones.

Tren de historias, 1998.

domingo, 13 de octubre de 2024

Bendecido. Donald Ray Pollock.

Estaba yo un día hablando por teléfono, intentando endilgarle un cuatro por cuatro robado a un cazador de ciervos que conocía en Massieville, cuando Tex Colburn llamó a la puerta y se presentó como si estuviera vendiendo aspiradoras Kirby o seguros State Farm. Yo ya sabía quién era aquel cabrón, pero estaba decidido a hacerme el tonto, de manera que me limité a quedarme mirándolo. Se sacó las manazas enormes de los bolsillos de la chaqueta de cuero y encendió un cigarrillo.
—Me hace falta un segundo de a bordo —me dijo por fin, con la boca torcida.
Ya había oído que el tipo hablaba así, como si hubiera visto demasiadas películas de gángsters.
—¿Y eso qué coño es? —le pregunté.
—Hostia puta —dijo, negando con la cabeza—. ¿Qué tengo que hacer, besarte el culo? Me hace falta un puto socio.
Eché un vistazo por encima de su hombro y vi su flamante Mustang nuevo aparcado al lado de mi Pinto oxidado. Mi mujer y yo acabábamos de tener un bebé, un niño llamado Marshall que necesitaba pañales y biberones y esos rollos de bebés todo el tiempo. A duras penas conseguíamos salir adelante, así que, aunque sabía que siempre era mejor trabajar solo, acepté su oferta. Tex Colburn trabajaba a lo grande: palas de excavadora, joyerías, coches de época… Rollos caros que otra gente le encargaba robar. Yo me dedicaba a mangar cortadoras de césped de mano y a entrar de noche en tienduchas familiares de alimentación perdidas en el campo. Asociarme con él era subir de categoría.
Me pasé un año y medio con él y gané más dinero del que nunca había soñado que podía ganar un ladrón en el sur de Ohio. Mi mujer y yo nos mudamos a un apartamento bien chulo, nos compramos un Monte Carlo nuevo y todos los sábados por la noche poníamos cien pavos en la Super Lotto. Dee no tardó en perder el peso del embarazo y empezó a traer a casa pelis porno dos o tres noches a la semana para reavivar el fuego de antes. Por cada nueva postura que dominaba, le daba otra cesta de Longaberger. Por fin había empezado a disfrutar de cierta prosperidad al margen de la ley.
Pero un día, antes de que mi hijo aprendiera a hablar, casi me mato al caer del tejado del drugstore de Burchwell, en plena noche de lluvia en Meade, Ohio. Mi primer pensamiento coherente después de aterrizar sobre el asfalto, con la palanca todavía en la mano, fue que Tex iba a dejarme allí para que me encontraran las autoridades. Luego sentí que me sacaba la herramienta de la mano y mi segundo pensamiento coherente fue que antes iba a rematarme. Aquél era su método: no dejar nunca nada en manos del azar.
—Por favor, Tex —conseguí decir, tumbado boca arriba, contemplando el cielo negro que me estaba diluviando encima.
Mientras esperaba el golpe, me acordé de repente de todos los cerdos a los que había descalabrado con un mazo en la planta cárnica en la que había trabajado justo después del instituto. Era el único trabajo de verdad que había tenido, y sólo me había durado seis meses, pero ahora que me veía allí impotente, tumbado detrás del drugstore, me dio la impresión de que se estaba cerrando un ciclo de mi vida. Iba a morir de la misma manera en que había sacrificado a todos aquellos animales.
Y sin embargo, Tex me sorprendió al mostrar compasión, agarrándome de los sobacos y arrastrándome hasta su Mustang. Unos minutos más tarde, parábamos delante de las inmensas puertas de cristal de Urgencias del Meade General. Aunque todavía podía mover los dedos de los pies, tenía las piernas insensibles, y cada vez que respiraba se me hincaban clavos de dolor al rojo vivo en la zona lumbar. Cuando detuvo el coche, le pedí con voz jadeante:
—Tex, ¿puedes ayudarme a entrar?
Soltó un soplido de burla y tiró el cigarrillo por la ventanilla hacia una enorme planta enmacetada.
—No abuses de tu suerte, tarado —me dijo. Luego se volvió y se me quedó mirando a los ojos hasta que tuve que apartar la vista. Abrí la portezuela—. No digas nada —me avisó.
—No soy idiota.
—Estuvo bien trabajar juntos.
A continuación, inclinándose hacia mí, me tiró a la acera de un empujón y se largó.
Por fin salió un camillero vestido con uniforme blanco y me llevó adentro. Aunque mis heridas eran graves —una clavícula rota y varios discos aplastados en la espalda—, resultó que el médico que estaba de guardia aquella noche era un dios. Doce horas después de llegar al hospital, me fui a casa con un frasco de su religión. Ni siquiera tuve que volver a verlo. Se limitaba a pedir por teléfono las recetas de oxicodona cada vez que llamaba para quejarme. Estaba consiguiendo tres y hasta cuatro recetas de oxicodona de 80 miligramos al mes. Como la droga tardaba en hacer efecto, aprendí a lamer las pastillas hasta quitarles el revestimiento y luego a triturarlas y esnifarme los polvos para acelerar el subidón. Si me encontraba demasiado ido para usar la cuchilla, me limitaba a masticarlas antes de tragar. Mi cabeza se convirtió en unas vacaciones perfectas y mis nervios en pequeños capullos espumosos de leche. La oxicodona llenó vacíos en mí que yo ni siquiera sabía que existieran. Fue, por lo menos durante aquellos primeros meses, una forma maravillosa de estar inválido. Me sentía bendecido.
En realidad, sin embargo, mi vida estaba cayendo en picado. Bajo los efectos de la oxicodona, perdí la ambición hasta para hacerme con las pertenencias ajenas. Tex consiguió un nuevo socio y el banco me embargó el Monte Carlo. Afortunadamente, nos habíamos quedado el Pinto por si las moscas. Para cuando terminó mi luna de miel con los opiáceos, ya vivíamos de alquiler en una caravana llena de moho y goteras en las afueras de Knockemstiff, la hondonada donde había crecido. Aunque había jurado millones de veces que jamás volvería a aquel lugar, acababa de romper la promesa, igual que todas las demás que había hecho antes del accidente.
Los últimos inquilinos de la caravana habían hecho un agujero en el suelo para que sirviera de retrete después de que se estropearan las tuberías. Cuando llegamos nosotros, el casero arregló a regañadientes las tuberías rotas y Dee tapó el agujero con un trozo de madera contrachapada que se combaba y crujía cada vez que alguien lo pisaba. En los días de calor, el hedor a excrementos de desconocidos flotaba en los cuartos angostos igual que la espesa niebla del fracaso. Mi hijo sentía terror de caerse en el agujero porque, según Dee, un día, en una de mis lagunas mentales, lo había amenazado con que lo iba a meter allí dentro para siempre. Y aunque estaba seguro de que se lo había dicho en broma, saltaba a la vista que él no había heredado mi sentido del humor.
Cada vez que me despertaba, me encontraba a Dee tumbada en el sofá con sus pantalones de chándal de Marlboro, bebiendo refresco de oferta del K-Mart de una botella de plástico que parecía un bote de gasolina, mientras Marshall le rascaba las plantas de los pies con un cepillo para el pelo. A veces, mientras la veía engullir otra bolsa de Fritos, me acordaba del día en que había invitado a Tex a que viniera a casa a tomarse una cerveza. Cuando nos acercamos a la puerta, vimos a Dee a través de las cortinas, sentada en el sofá con la bata de seda abierta, dejando que el bebé mamara de sus pezones inflados y marrones. Aquella noche estaba hermosa.
—Carajo. ¡No te lo pierdas! —exclamó Tex.
—Mejor déjame entrar a mí primero —le dije.
Más tarde, después de que Dee se fuera a la cama, y cuando ya estaba a punto de marcharse, Tex se quedó un momento frente a la puerta y me dijo:
—Oye, no sé cómo ves tú estas cosas, pero yo daría bastante pasta para pasar una noche con tu señora.
—Estás de coña, ¿verdad?
—¿Qué te parecen dos mil pavos?
Tex era achaparrado y tenía pelo en todos los sitios donde no debería tenerlo. «Viril», se llamaba a sí mismo, siempre que alguien se armaba del valor suficiente para hacer un comentario sobre su vello corporal. Parecía un simio con botas de vaquero y chaqueta de cuero.
—Nunca voy a necesitar tanto tu dinero, Tex —le dije, cerrándole la puerta en las narices.
De aquello solamente hacía un par de años. Ahora Dee no era más que un montón de sarpullidos de granos y rollos de grasa. Lo único que parecía capaz de hacer aparte de ver la tele era señalarme mis defectos. Y cuando estaba de buen humor, la cosa era igual de horrible. Había entrado en una fase en que fingía ser una estrella de cine, y se pasaba horas hablando de buñuelos de cangrejo y de vestidos de noche y de la puesta del sol en alguna playa escondida. El hecho de que no me hubiera dejado no era más que otra señal de su indolencia. En una sociedad más avanzada, lo más seguro es que nos hubieran matado a los dos y les hubieran echado nuestros cadáveres a los perros.
Entretanto, Marshall se estaba convirtiendo a marchas forzadas en uno de esos chavales huraños y lúgubres que nunca abren la boca, que acaban comunicándose mediante telepatía con una rata que les hace de mascota y que sueñan fervientemente con infamias eternas. Aquello agravó mi estado, todo aquel silencio, el que no dijera ni «papá, papá». Su mudez era una espina que llevaba clavada durante todo el tiempo que pasaba consciente. Hasta hablar como un retrasado habría sido mejor que no decir nada. Hasta un «vete a la mierda» farfullado habría sido de agradecer de vez en cuando.
A veces yo le sugería a Dee que fuera a hacerle un chequeo.
—¡Es sordo! —le gritaba yo en el oído—. ¿Es que no ves que le pasa algo chungo?
Luego lo agarraba de los hombros y lo zarandeaba para tratar de sacarle una frase.
—Marshall, di algo, maldita sea —le suplicaba, pero en cuanto lo soltaba, se escurría hacia un rincón como una bola de pelusa.
A continuación Dee se ponía como una loca y agitaba las manos como si se estuviera burlando de mí por preocuparme. Si la seguía presionando, me advertía, no tardaría en hacer venir a su familia para que me tranquilizaran. Ellos ya me habían arreado más de un guantazo por lo que denominaban mi «conducta maleducada», y eso me había vuelto cuidadoso a la hora de plantear los malos tratos domésticos. De manera que me echaba atrás y me tragaba otra oxicodona; después me metía en la cama y me desentendía del silencio de Marshall como si fuera uno más de los problemas que Dee se negaba a reconocer.
Por mucho que consiguiera la medicación gratis con la tarjeta de la asistencia social, y que todos los meses el gobierno me mandara un cheque por mis problemas de espalda, nunca teníamos ni un centavo. Hacia finales de mes se nos terminaban todos esos productos básicos que hacen que sea soportable vivir ese tipo de vida —golosinas, helado y cigarrillos— y me ponía a insinuarle a Dee que teníamos que vender sangre. Era la única clase de trabajo para el que era posible convencerla. La mía no servía por culpa de la hepatitis, pero Dee era AB negativo y seguía libre de patógenos, así que los técnicos la acogían con los brazos abiertos. Nos íbamos a Portsmouth, vendíamos primero medio litro en la clínica de la calle 4 y después otro medio en el laboratorio que había junto al río. Para cuando le terminaban de sacar el segundo, ya estaba blanca como el papel y fría como el hielo. La hacía sentirse especial, el tener aquella sangre tan poco común. Era la única parte de ella que todavía deseaba alguien.
De manera que una mañana atrozmente fría de noviembre, nos encontramos haciendo aquel viaje que habíamos hecho cien veces, para vender los fluidos de su cuerpo. El sistema de escape de humos del Pinto estaba roto, y como no paraba de filtrarse monóxido de carbono por los agujeros podridos del suelo, nos veíamos obligados a tener las ventanillas bajadas para no quedar gaseados. Marshall iba en el asiento de atrás, silencioso como un ratón y lleno de mocos por culpa de un resfriado, y yo me quité el abrigo como pude y se lo tiré. Seguía teniendo la cara pringada de restos secos de los cereales del día antes, que ya parecían adobe para la construcción, y la ropa nueva que Dee le había comprado la semana anterior ya estaba hecha una porquería.
El cielo húmedo y gris cubría el sur de Ohio como si fuera la piel de un cadáver. El paisaje era una hilera aparentemente interminable de edificios metálicos achaparrados y repletos de chatarra en venta: restos de moquetas, muebles usados y artesanía campestre. Como Dee había insistido en que condujera yo, me había contenido con las oxicodonas de la mañana y me sentía un poco más tenso de lo normal. Aun así, el aire frío que entraba por las ventanillas resultaba de lo más refrescante después de un mes encajonado dentro de la caravana. Mientras conducía, incluso me puse a buscar con la mirada negocios que pudieran ser buenos candidatos para entrar a robar en ellos.
Luego Dee empezó a hablar de sus gilipolleces, cosas sobre gente rica y famosa y sus vidas privadas. A juzgar por cómo describía sus deseos y sus defectos, alguien que no la conociera habría pensado que se codeaba con aquella gente. La hice callar y me puse a pensar en las dos pastillas de 80 miligramos que había guardado en la guantera para casos de emergencia.
—Pobre Brad —dijo en tono melancólico.
Pensé que estaba hablando de la mala suerte de mi primo; habían vuelto a detenerlo por robar tapacubos.
—Quita, dentro de tres meses estará en la calle. Ese tocapelotas puede aguantarlo sin pestañear.
—Brad Pitt, idiota.
—Que le jodan.
—Oh, créeme, amigo, ya me gustaría a mí.
—Ja, ésa sí que es buena. ¿Has oído eso, Marshall? Mierda, lo tienes más negro que el carbón.
—O a Tex —dijo, plantándome delante la cara grande y redonda—. ¿Qué me dices de Tex, capullo? Quizá me lo podrías arreglar con él.
—Como vuelvas a mencionar a ese hijoputa, te rompo los dientes —la amenacé, lamentando nuevamente haberle contado lo de la oferta de los dos mil pavos.
Y aunque era verdad que la noche de mi caída Tex me había llevado en coche al hospital en vez de aplastarme la cabeza, después había arruinado mi reputación y se había dedicado a contar por ahí que aquella noche detrás del drugstore me había puesto a suplicarle que no me matara y le había ofrecido chupársela a cambio de piedad. No pasaba día en que no rezara para que lo detuvieran.
Estábamos parados en un semáforo en rojo justo antes de entrar en Portsmouth cuando se nos paró al lado un Lexus plateado. Eché un vistazo y me quedé pasmado ante los ojos aguerridos y centelleantes de la mujer más espectacular que había visto jamás. La mujer nos miraba mientras hablaba entre risas por el móvil. No había un centímetro de ella que no irradiara dinero, felicidad y genes de calidad. Y aunque en el pasado me habría puesto a preguntarle a gritos si quería follar, ahora lo único que sentía era vergüenza de que aquella mujer me mirara. Llevaba el pelo grasiento y despeinado, los dientes cubiertos de porquería amarilla y unos tatuajes anticuados y sin sentido. Giré la cabeza y esperé a que cambiara la luz del semáforo.
Mientras el Lexus se alejaba a toda pastilla, solté el embrague resbaladizo del Pinto y empecé a sentir retortijones. Por culpa de los opiáceos, apenas comía nada que no fueran chocolatinas y helado, pero aquella mañana Dee había insistido en que paráramos en el McDonald’s para desayunar. Me había intoxicado con salsa de salchichas, galletas, McMuflins de huevo y batido de chocolate. Cuando llegamos al centro, ya sabía que no iba a poder aguantarme.
—Joder, para en algún sitio —dijo Dee.
Pero yo ya me veía incapaz de hacer frente a la gente. Lo único que veía era a aquella hermosa mujer del coche elegante mirándome con una mueca remilgada.
Intenté aguantarme, tensando los músculos y estrujando el volante con las dos manos, pero los dolores siguieron empeorando. Desesperado, me metí por un callejón y vi un contenedor de basura detrás de un viejo edificio de ladrillo. Pisé el freno a fondo y salí corriendo. Me metí detrás del contenedor metálico, me bajé los pantalones y lo solté todo. Por un segundo, el alivio fue mejor que ninguna droga, pero un momento después oí unos neumáticos que chirriaban sobre la grava y vi que se acercaba lentamente un coche de policía. Estaba atrapado, enseñándoles el culo flaco a los dos agentes que iban dentro. No había manera de parar: la porquería me chorreaba del culo como masa de tortitas. Los saludé tímidamente con la mano al tiempo que los maldecía en voz baja.
Mientras los polis salían del coche patrulla, intenté ponerme de pie, pero una nueva oleada de retortijones me obligó a acuclillarme otra vez. Vi salpicaduras de mierda en mis vaqueros, por dentro y por fuera.
—¿Qué demonios tenemos aquí, Larry? —dijo uno de los polis, un hombre mayor con la nariz roja y un bigote frondoso.
Se sacó una porra negra de la funda que llevaba en el cinturón.
Me volvió a salir un chorro de mejunje líquido y bajé la cabeza.
—No estoy seguro, Dave —respondió el otro, un joven de rasgos afilados, a quien le sobresalían los músculos de las mangas de la camisa—. Yo esto sólo se lo veo hacer en público a los perros. —Me echó un poco de grava encima de una patada—. ¿Eres un perro, cabrón asqueroso?
—No —conseguí articular.
—Cachéalo tú, Larry —ordenó el poli mayor soltando una risita—. Yo te cubro.
—Joder, no pienso tocar a ese guarro de mierda. Seguro que tiene sida o algo así.
Se quedaron mirándome un momento y luego el poli mayor dijo:
—Oye, cerdo, ¿dónde coño te crees que estás?
—En Portsmouth.
—Ponte de pie cuando te hablan —me mandó el poli joven.
—No puedo. Sigo descompuesto.
Entonces me apuntó con el arma.
—Te he dicho que te pongas de pie, cabronazo.
Me puse de pie, sujetándome los pantalones con las manos para que no se mancharan.
—Las manos arriba —dijo el poli mayor.
Me mordí el labio, levanté las manos y dejé caer los vaqueros al suelo.
—Ahora quiero que desfiles sin moverte del sitio, como si estuvieras en mi ejército —me ordenó el poli joven, dándole un codazo a su compañero—. ¿Sabes hacer eso, cerdo?
Los dos dieron un paso atrás. Levanté una rodilla, la bajé y aplasté mis vaqueros contra el charco cada vez más grande. Mientras levantaba la otra pierna, miré hacia Dee y la vi ponerse frente al volante con cara inexpresiva. Marshall se había tapado la cabeza con mi abrigo. Si pudiera haberle arrancado una pistola de la mano a uno de los polis, habría estado encantado de matarnos a todos en aquel momento.
—Por favor, agentes —dije, con la voz temblorosa—. No quiero problemas. Tengo a mi familia en el coche.
El poli mayor echó un vistazo al Pinto.
—Ve a comprobar la matrícula —le mandó a su compañero. Luego, mientras éste volvía al coche patrulla, me preguntó—: ¿De dónde eres, cerdo?
—De Meade. ¿Ya me puedo subir los pantalones?
—Todavía no.
Nos quedamos plantados en medio del frío hasta que el otro poli regresó y dijo que el coche estaba limpio.
—Muy bien, vuélvete de una puta vez a tu pueblo —dijo el poli mayor.
—Sí, y será mejor que te lo pienses dos veces antes de volver a cagarte en Portsmouth —añadió el musculoso.
Luego se partieron de risa mientras se dirigían al coche patrulla.
Me subí los pantalones, miré cómo echaban marcha atrás por el callejón y me acerqué a mi coche.
—Aquí no entras así —dijo Dee.
Miré a mi alrededor, saqué del contenedor una caja de cartón aplanada y la puse sobre el asiento del copiloto.
—¡Oh, Dios! —exclamó cuando entré en el coche y cerré la portezuela de un portazo—. Tendrías que suicidarte.
Tenía las manos y los vaqueros embadurnados de mierda. Abrí de golpe la guantera y busqué a tientas la oxicodona que me había traído.
—Todo va a ir bien —dije mientras masticaba las pastillas y trataba de calmarme.
—Oh, Marshall, ¿has oído eso? —le preguntó Dee en tono sarcástico—. Papá dice que todo va a ir como una puta seda.
Sacó el coche del callejón, se alejó una manzana y volvió a parar. Hasta con las ventanillas abiertas mi olor era para vomitar.
—Ve allí y límpiate —me ordenó Dee, señalando un restaurante chino que había en la otra acera.
—Ve a vender la puta sangre. No pienso ir a ninguna parte. Es tu puta culpa que me haya puesto enfermo.
Se dio la vuelta en el asiento y se puso a darme puñetazos frenéticos.
—Tendría que echarte del coche aquí mismo, hijo de la gran puta —gritó Dee.
—Vete a la mierda —le dije yo, agarrándole los puños—. Y baja la voz antes de que vuelvan esos putos polis.
—Nos vamos a casa —dijo, soltándose de mis manos y poniendo el coche en marcha.
—Y una puta mierda. Ve a la clínica.
—Es mi sangre, hijo de puta.
—Por el amor de Dios, Dee. Por favor.
—No. Las cosas tienen que cambiar.
Puso rumbo al norte por High; después de tanto jaleo, nos íbamos a casa con las manos vacías. Encendí mi último cigarrillo y me quedé mirando por la ventanilla. Cuando llegamos a Waverly, las pastillas que me había tragado ya me habían sumergido en un océano dulce y cálido. Durante los minutos siguientes, me planteé soñolientamente cambiar mi vida. Decidí que iba a dejar la oxicodona en cuanto se me acabara la receta que estaba usando. Con la terapia adecuada, podría conseguir un trabajo decente. Me imaginé de capataz de la construcción, e incluso de orientador para drogadictos. Nos largaríamos de la apestosa caravana y nos instalaríamos en una casa bonita. Nos imaginé yendo a la iglesia los domingos y a nuestro hijo cantando en el coro. Y me quedé dormido.
Al despertar, me encontré perdido y confundido. La oscuridad me rodeaba por completo y estaba tiritando de frío. Tardé un minuto o dos en darme cuenta de que estaba dentro del Pinto, aparcado delante de la caravana. Cuando me dispuse a salir, descubrí que tenía la caja de cartón pegada al culo.
Por unos segundos pensé que algún hijo de puta me había gastado una broma de mal gusto, pero luego me acordé del viaje a Portsmouth, de los polis del callejón y de la pelea con Dee. Me volví a recostar en el asiento, encendí el mechero y busqué otra pastilla. Pero la guantera estaba vacía. Luego, al salir del coche, me arranqué el cartón y me embadurné todavía más las manos con aquella porquería fría y pegajosa.
Subí dando tumbos al porche de cemento y, mientras me hurgaba los bolsillos en busca de la llave de casa, eché un vistazo por la ventana. Dee y Marshall estaban acurrucados juntos en el sofá como dos pajarillos felices. Estaban comiendo tostadas y las migas volaban en todas direcciones de tan deprisa que hablaba mi hijo. Vi cómo se le movían los labios, formando unas palabras que nunca le había oído decir. Pegué el oído a la puerta, con el corazón acelerado, y escuché su voz excitada y entrecortada. Por un momento me pareció estar presenciando una especie de milagro. Pero luego, allí plantado, empecé a percatarme de que Marshall había hablado siempre, sólo que no en mi presencia.
Me aparté de la puerta y di una bocanada profunda de aire frío. Me di cuenta de que me encontraba en uno de esos momentos de la vida en que es posible hacer grandes cosas si estás dispuesto a tomar la decisión adecuada. Pasó un coche, iluminándome con los faros, y de pronto supe qué hacer. Me imaginé perfectamente regresando al cabo de un par de años, limpio y listo para sacar adelante a mi familia. De pronto me acordé del frasco de oxicodona que había en el botiquín y me detuve. Levanté las manos inmundas y me embadurné primero la cara de mierda y luego el pelo. Di media vuelta, agarré el pomo de la puerta y metí la llave en la cerradura. Oí que dentro de la caravana todo quedaba triste y en silencio mientras abría la puerta, pero no me importó. Solamente una vez más, solamente una más antes de marcharme, necesitaba sentirme bendecido.


Kockemstiff, 2008.

sábado, 12 de octubre de 2024

Yo te agradezco la intención... Miguel Hernández.

Yo te agradezco la intención, hermana,

la buena voluntad con que me asiste

tu alegría ejemplar; pero, desiste

por Dios: hoy no me abras la ventana.

 

Por Dios, hoy no me abras la ventana

de la sonrisa, hermana, que estoy triste,

lo mismo que un canario sin alpiste,

dentro de la prisión de la mañana.

 

No te he de sonreír: aunque porfíes

porque a compás de tu sonrisa lo haga,

no puedo sonreír ante esta tierra.

 

Hoy es día de llanto: ¿por qué ríes?

Ya me duele tu risa en esta llaga

del lado izquierdo, hermana... Cierra: cierra.

El silbo vulnerado, 1934.

jueves, 10 de octubre de 2024

La cautela. Slawomir Mrozek.

Mi ansiedad iba creciendo a medida que me acercaba al lugar más tenebroso del bosque. Decían que allí acechaban los bandoleros.
Estaba a punto de dejar atrás aquel tramo tan peligroso, cuando tres individuos me cortaron el paso.
—¿Ustedes son bandoleros? —les pregunté.
—¿Nosotros? ¡Qué va! Somos guardabosques.
Respiré con alivio.
—Aunque, ahora que lo dice, rondan por aquí unos tipos extraños. ¿Por qué no nos deja en depósito el dinero en efectivo que lleva? Mejor no correr ningún riesgo.
Se los entregué todo y, libre de preocupaciones, seguí mi camino. Debo admitir que nadie me molestó: ¡ni rastro de bandoleros!
Pero yo soy una persona precavida.

miércoles, 9 de octubre de 2024

La jarra. Ray Bradbury.

ERA UNA DE ESAS COSAS que guardan dentro de jarras, en las tiendas de las ferias en las afueras de un pueblecito soñoliento. Una de esas cosas pálidas que flotan en plasma de alcohol, y sueñan y dan vueltas y vueltas, de ojos despellejados y muertos que te miran y nunca te ven. De algún modo, son parte del silencio de las últimas horas de la noche, cuando sólo se oye el chirrido de los grillos y las ranas que sollozan en las tierras húmedas. Una de esas cosas que se guardan en jarrones y te revuelven el estómago, como cuando ves un brazo conservado en una vasija de laboratorio.
Charlie le devolvió la mirada un largo rato.
Un largo rato, las manazas rudas y de dedos velludos apretaron la cuerda que retenía a la gente curiosa. Charlie había pagado y ahora miraba.
Se hacía tarde. El tiovivo se adormecía cayendo en un perezoso tintineo mecánico. Los vendedores de entradas fumaban detrás de una tienda y maldecían jugando al póquer. Las luces se apagaban y sobre la feria había un resplandor de verano. La gente volvía a las casas en hileras y grupos. En alguna parte atronaba una radio, que se apagaba en seguida, y el cielo de Louisiana se abría en estrellas silenciosas.
No había nada en el mundo para Charlie excepto aquella cosa pálida encerrada en un universo seroso. Boquiabierto, mostrando los dientes, miraba con ojos curiosos, admirados, asombrados.
Alguien caminaba en las sombras, detrás, pequeño, comparado con la estatura desgarbada de Charlie.
—Oh —dijo la sombra, saliendo al resplandor de la luz eléctrica—. ¿Está usted ahí todavía?
—Sí —dijo Charlie como un hombre que habla en sueños.
El dueño de la tienda apreciaba la curiosidad de Charlie. Señaló con un movimiento de cabeza al viejo conocido de la jarra.
—Le gusta a todo el mundo; de un cierto modo, quiero decir.
Charlie se acarició la larga mandíbula huesuda.
—Dígame…, usted… ¿nunca pensó en venderla?
El dueño abrió los ojos, y los cerró en seguida. Gruñó.
—No. Trae clientes. Les gusta ver cosas así. Seguro.
Charlie emitió un «oh» decepcionado.
—Bueno —reflexionó el dueño—, si un hombre tiene dinero, quizá…
—¿Cuánto dinero?
—Si un hombre tiene… —El dueño calculó, mirando a Charlie mientras extendía un dedo tras otro—. Si un hombre tuviera tres, cuatro, digamos, quizá siete, ocho…
Charlie asentía cada vez que aparecía un dedo expectante. El dueño elevó entonces el total.
—… quizá diez dólares, o quizá quince…
Charlie frunció el ceño, preocupado.
El dueño se retractó.
—Digamos que un hombre tuviera doce dólares. —Charlie sonrió—. Bueno, yo podría venderle esa cosa de la jarra —concluyó el dueño.
—Qué coincidencia —dijo Charlie—. Tengo justo doce dólares en el bolsillo. Y he estado pensando qué pasaría si me llevara algo así, si me llevara a mi casa algo como esto y lo pusiera en el estante, junto a la mesa. La gente iría a verme, estoy seguro.
—Bueno, pues mire usted… —dijo el dueño.
La venta se completó poniendo la jarra en el asiento trasero del carro de Charlie. El caballo sacudió los cascos cuando vio la jarra, y lloriqueó.
El dueño de la tienda abrió los ojos, casi aliviado.
—Ya estaba cansado de verla, de todos modos. No me dé las gracias. En este último tiempo me venían ideas raras a la cabeza… Pero no me haga caso, soy un fulano charlatán. ¡Adiós, granjero!
Charlie se alejó. Las lámparas desnudas y azules se retiraron como estrellas moribundas; la noche campesina y oscura de Louisiana se extendió alrededor del carro y el caballo. No había nadie excepto Charlie, el caballo que movía acompasadamente los cascos grises, y los grillos.
Y la jarra detrás del asiento alto.
Un chapoteo, adelante y atrás, adelante y atrás. Un movimiento húmedo. Y la cosa gris y fría, que golpeaba el vidrio, soñolienta, y miraba y miraba y no veía nada, nada.
Charlie se inclinó hacia atrás y tocó la tapa. La mano volvió oliendo a un licor raro, cambiada y fría, y temblorosa, excitada. Sí, señor, pensó Charlie. ¡Sí, señor!
Un chapoteo, un chapoteo.
En el valle, unos faroles verdes como la hierba y rojos como la sangre echaban una luz polvorienta sobre unos hombres que murmuraban y escupían, sentados en el almacén de ramos generales.
Conocían los crujidos chirriantes del carro de Charlie, y cuando oyeron que se detenía, no movieron los cráneos toscos y de pelo pardo. Los cigarros de los hombres eran luciérnagas; las voces, murmullos de ranas en una noche de verano.
Charlie se volvió hacia adelante, ansiosamente.
—¡Hola, Clem! ¡Hola, Mult!
—Hola, Charlie. Hola —murmuraron los hombres. El conflicto político continuó. Charlie lo cortó en seco.
—Tengo algo aquí. ¡Tengo algo que todos ustedes querrán ver!
Los ojos de Tom Carmody centellearon, verdes a la luz de la lámpara, en el porche del almacén. Le parecía a Charlie que Tom Carmody se pasaba la vida a la sombra de los porches, o a la sombra de los árboles, o en los extremos más lejanos de los cuartos, mirándolo a uno con ojos brillantes desde la oscuridad. Uno nunca sabía qué cara tenía en ese momento, y los ojos estaban siempre burlándose de uno. Y cada vez que lo miraban a uno se veían de un modo diferente.
—No tienes nada que queramos ver, compadre.
Charlie apretó un puño y lo miró.
—Algo en una jarra —dijo—. Parece un cerebro, parece una medusa de mar en conserva, parece…, bueno, ¡vean ustedes mismos!
Alguien quebró un cigarro en una lluvia de cenizas rosadas y fue a mirar. Charlie alzó solemnemente la jarra, y a la luz incierta del farol la cara del hombre cambió de pronto.
—Eh, pero… ¿qué demonios es eso?
El primer deshielo de la noche. Otros hombres se movieron perezosamente, poniéndose de pie; se inclinaron hacia adelante y caminaron impulsados por la atracción de la gravedad. No hacían ningún esfuerzo, excepto el de poner un zapato delante de otro para no caer de bruces sobre las caras insólitas. Se amontonaron alrededor de la jarra. Y Charlie, por primera vez en la vida, concibió una oculta estrategia y guardó la jarra.
—¿Quieren ver más? ¡Vayan a mi casa! Estará allí —declaró generosamente.
Tom Carmody escupió desde la cueva del porche.
—¡Ja!
—¡Déjame verlo otra vez! —gritó el abuelo Medknowe—. ¿Es un octópodo?
Charlie sacudió las riendas. El caballo se movió tropezando.
—¡Vengan todos! ¡Serán bienvenidos!
—¿Qué dirá tu mujer?
—¡Nos echará a escobazos!
Pero Charlie y el carro ya estaban del otro lado de la loma. Los hombres, todos, se quedaron de pie, mordiéndose las lenguas, entornando los ojos, vueltos hacia el camino oscuro. Tom Carmody juró entre dientes desde el porche…
Charlie subió los escalones de la cabaña y llevó la jarra al trono del vestíbulo, pensando que de ahora en adelante la casucha sería un palacio, con un emperador. ¡Ésta era la palabra! Un emperador todo frío y blanco y silencioso que nadaba en una piscina privada, alto en el trono del estante, por encima de la mesa rústica.
La jarra, mientras Charlie miraba, quemó la niebla fría que flotaba sobre la casa, a orillas del pantano.
—¿Qué tienes ahí?
La voz de soprano de Thedy sacó a Charlie de aquel largo ensimismamiento. Thedy, malhumorada, miraba desde la puerta del dormitorio. Tenía el pelo recogido en una trenza detrás de las orejas rojas, y una bata de color azul desvaído le cubría el cuerpo delgado. Los ojos eran también desvaídos, como la bata.
—Bueno —repitió—. ¿Qué es eso?
—¿Qué te parece a ti, Thedy?
Thedy se adelantó apenas, moviendo lentamente, perezosamente el péndulo de las caderas, con los ojos fijos y los labios entreabiertos mostrando unos felinos dientes de leche.
La cosa pálida y muerta flotaba en el suero.
Thedy le echó a Charlie una mirada de color azul apagado, luego miró la jarra y otra vez a Charlie, y de nuevo la jarra, y al fin dio una rápida media vuelta.
—Se… se parece… ¡se parece a ti, Charlie! —gritó.
La puerta del dormitorio se cerró de golpe.
La reverberación no perturbó los contenidos de la jarra. Pero Charlie se quedó allí, inmóvil, sintiendo que el corazón le latía frenéticamente. Mucho después, ya tranquilo, le habló a la cosa en la jarra.
—Trabajo la tierra hasta pelarme los huesos todos los años, y Thedy toma el dinero y corre a visitar a sus padres, y se queda allá nueve semanas seguidas. No puedo con ella. Thedy y los hombres del almacén me toman el pelo. No sé cómo dominarla, y sin embargo… ¡trataré!
Filosóficamente, los contenidos de la jarra no aconsejaron nada.
—¿Charlie?
Alguien estaba en la puerta del patio de enfrente.
Charlie se volvió, sorprendido, y rompió en una sonrisa.
Eran algunos de los hombres del almacén.
—Eh… Charlie…, nosotros… pensamos…, bueno…, vinimos a echarle una ojeada a… lo que tienes ahí en la jarra ésa…
Julio pasó con su calor, y llegó agosto.
Por primera vez en años, Charlie se sentía feliz como una espiga que crece luego de una sequía. Era bueno oír a la noche las botas que aplastaban los pastos, el ruido de los hombres que escupían en la zanja antes de poner los pies en el porche, el sonido de los cuerpos pesados y el crujido de las tablas, y el quejido de la casa cuando aún otro hombro se apoyaba en el marco de la puerta y otra voz decía mientras una muñeca velluda limpiaba unos labios:
—¿Se puede entrar?
En una estudiada indiferencia, Charlie invitaba a los recién llegados. Había sillas o cajones para todos, o por lo menos alfombras para sentarse en cuclillas. Y cuando los grillos se rascaban las patas con un zumbido de verano, y las ranas hinchaban las gargantas como señoras con paperas que gritan en la noche, la gente del valle colmaba la sala.
Al principio nadie abría la boca. En esas noches, la primera media hora, mientras la gente entraba y se instalaba, todos se entretenían en armar cigarrillos. Ponían cuidadosamente el tabaco en la hojita de papel, la enroscaban, la golpeaban, como enroscaban y golpeaban los pensamientos y temores y asombros de la noche. Eso les daba tiempo para pensar. Uno podía verles los cerebros que funcionaban detrás de los ojos mientras preparaban los cigarrillos.
Parecían un grupo de fieles en una iglesia pobre. Sentados, en cuclillas, apoyados en las paredes de yeso, se volvían uno a uno, y con una angustia reverente, hacia la jarra del estante.
No clavaban en seguida los ojos. No, volvían la cabeza lentamente, como si miraran alrededor, dejando que los ojos se pasearan por cualquier objeto viejo que se revelase al foco de la conciencia.
Y —sólo por accidente, claro está— los ojos se detenían siempre en el mismo sitio. Al cabo de un rato todos los ojos del cuarto estaban fijos en la jarra como alfileres clavados en un alfiletero increíble. Y sólo se oía un sonido: el de alguien que chupaba una espiga de maíz. O los pies desnudos de los niños que se escurrían por las tablas del porche. Quizás una voz de mujer decía entonces: «Ustedes los niños afuera. ¡Vamos!». Se oía una risita, como un agua suave y rápida, y los pies desnudos corrían a asustar a los sapos.
Charlie estaba delante de todos, naturalmente, en su silla mecedora, con una almohada de tartán bajo el trasero huesudo, meciéndose lentamente, disfrutando de la jarra y las miradas fijas que se había ganado, junto con la jarra.
Thedy había sido vista en un extremo del cuarto entre las otras mujeres, todas grises y calladas, apartadas de los hombres.
Thedy parecía a punto de estallar en un chillido de celos. Pero no decía nada, y miraba a los hombres que se atropellaban en el cuarto y se sentaban a los pies de Charlie, vueltos hacia aquello que parecía el Santo Grial, y apretaba los labios fríos y no hablaba con nadie.
Tras un período de apropiado silencio, alguien, quizás el viejo abuelo Medknowe de Crick Road, carraspeaba, aclarándose las flemas en alguna caverna profunda, se inclinaba hacia adelante, parpadeaba, se humedecía los labios, quizás, y un temblor raro le sacudía los dedos callosos.
Esto era para todos la señal de empezar a hablar. Las orejas se alzaban. La gente se instalaba como cerdos en el barro húmedo, luego de una lluvia.
El abuelo miraba largo rato, se medía los labios con una lengua de lagartija, se echaba hacia atrás y decía como siempre, con voz atenorada de viejo:
—¿Sabe alguien qué es? ¿Sabe alguien si es macho o hembra, o una criatura neutra? Me despierto de noche, me vuelvo en mi jergón, y pienso en la jarra, aquí, en la larga oscuridad. Pienso en esa cosa que flota en un líquido, pacífica y pálida, como una ostra. A veces despierto a Maw, y los dos pensamos…
Mientras hablaba, el abuelo movía los dedos en una estremecida pantomima. Todos observaban el grueso pulgar que tejía en el aire, y los otros dedos ondulantes de uñas anchas.
—… los dos pensamos, acostados. Y sentimos un escalofrío. La noche es sofocante seguramente, y los árboles sudan y hace tanto calor que ni siquiera vuelan los mosquitos, pero nosotros sentimos ese escalofrío, de cualquier modo, y damos vueltas en la cama, tratando de dormir…
El abuelo volvía al silencio, como si ese discurso fuera más que suficiente, y dejaba que otra voz expresara el asombro, la angustia, el extrañamiento.
Juke Marmer, de Willow Sump, se enjugaba en las rodillas el sudor de las manos y decía suavemente:
—Recuerdo cuando yo era muchacho. Había una gata en casa que se pasaba el tiempo teniendo cría. Dios todopoderoso, la tenía cada vez que daba un salto y se subía a una cerca… —Juke hablaba con una especial dulzura beatífica, benevolente—. Bueno, regalábamos los gatitos, pero cuando apareció esa camada particular, todos los vecinos tenían ya uno o dos gatitos, de regalo.
»De modo que Ma salió al porche con una jarra de dos litros, llena de agua hasta el borde. Me dijo: «Juke, ¡tú ahogarás los gatitos!». Me recuerdo todavía en el porche, de pie: los gatitos maullaban, moviéndose en círculo, ciegos, pequeños, desamparados y graciosos…; empezaban a abrir los ojos. Miré a Ma, y dije: «¡Yo no, Ma! ¡Tú!». Pero Ma se puso pálida y dijo que no había otro remedio, y yo era el único a mano. Y entró a batir una salsa y preparar un pollo. Yo… recogí uno…, un gatito. Lo sostuve en las manos. Era tibio. Maullaba apenas, y tuve ganas de echar a correr, y no volver más. —Juke asentía con movimientos de cabeza, los ojos brillantes, jóvenes, vueltos hacia el pasado, resucitándolo, modelándolo con palabras, alisándolo con la lengua—. Eché el gatito al agua. El gatito cerró los ojos, abrió la boca, buscando aire. Recuerdo cómo estiraba las uñitas y sacaba la lengua rosada, y las burbujas subían en fila a la superficie.
»No he olvidado aún cómo flotaba el gatito, cuando todo había terminado, dando vueltas, lentamente y sin preocuparse, mirándome, sin acusarme por lo que yo le había hecho. Pero no me quería tampoco, no. Ahhh…
Los corazones se sobresaltaban. Los ojos iban de Juke a la jarra en el estante, y bajaban, y se alzaban de nuevo, aprensivamente.
Una pausa.
Jadhoo, el negro de Heron Swamp, echaba hacia atrás las órbitas de marfil, como un juglar oscuro. Los nudillos morenos se doblaban y estiraban: langostas vivas.
—¿Saben ustedes qué es esto? ¿No lo saben? Yo les diré. Eso es el centro de la vida, ¡sí, señor!
Sacudiéndose rítmicamente como un árbol, movido por un viento que nadie podía ver, oír o sentir, excepto él mismo, Jadhoo ponía otra vez los ojos en blanco, y parecía que se le iban a soltar en las órbitas. En seguida hablaba con una voz que tejía una trama oscura, tomando a todos por las orejas y metiéndolos en el dibujo.
—De ahí, asomaron una mano, y un pie, y una lengua, y un cuerno, mientras crecían. Una ameba pequeña quizá. Luego un sapo de cuello bolsudo. ¡Sí! —Jadhoo se apretó los nudillos—. Se alzó sobre unos huesos blandos, ¡y fue un hombre! ¡El centro de la creación! Eso es la mamá Midbambú de donde nacimos todos, hace diez mil años, ¡créanme!
—¡Hace diez mil años! —murmuraba la abuela Carnation.
—Es vieja. ¡Mírenla! No se preocupa. Sabe lo que hace. Flota como una costilla de cerdo en una sartén. Tiene ojos para ver, pero no parpadean, no miran enojados, ¿no es cierto? No, señor. Sabe lo que hace. Sabe que nosotros venimos de ahí, y volvemos ahí.
—¿De qué color tiene los ojos?
—Grises.
—¡No, verdes!
—¿De qué color tiene el pelo? ¿Castaño?
—¡Negro!
—¡Rojo!
—¡No! ¡Gris!
Entonces Charlie daba su fatigada opinión. Algunas noches decía lo mismo que la noche antes. No importaba. Cuando uno dice lo mismo noche tras noche en pleno verano, siempre suena distinto. Los grillos lo cambian. Las ranas lo cambian. La cosa en la jarra lo cambia. Charlie decía:
—Un hombre se pierde en el pantano, o un muchacho quizás, y se pasa allí los años dando vueltas, entrando en los abismos de noche, y la piel se le pone pálida y se enfría y se encoge. Lejos del sol se marchita y reduce y al fin se queda ahí tendido, como una especie de nata, como una larva que duerme en el agua fangosa. Bien, ¡quizás esto sea alguien que conocemos! Alguien con quien hablamos una vez…
Un siseo entre las mujeres, en las sombras. Una mujer se ponía de pie, los ojos negros y brillantes, buscando palabras. Se llamaba señora Thidden y murmuraba:
—Muchos niños corren desnudos al pantano todos los años. Corren y no vuelven. Yo misma casi me pierdo un día. Yo…, yo perdí así a mi niño, Foley. No dirá usted…, no dirá usted…
El aliento se quedaba en las narices, constreñido, apretado. Las bocas se doblaban en las comisuras, estiradas por músculos duros. Las cabezas se volvían sobre unos cuellos de tallos de apio, y los ojos leían el horror y la esperanza de la señora Thidden. El cuerpo de la señora Thidden, duro como el alambre, se apoyaba de espaldas en la pared, sosteniéndose con las puntas de los dedos.
—Mi nene —murmuraba, jadeando—. Mi nenito. Mi Foley. ¡Foley! ¡Foley!, ¿eres tú? ¡Foley! Foley, dime, niño, ¿eres tú?
Todos retenían el aliento, mirando la jarra.
La cosa de la jarra no decía nada. Se contentaba con mirar fijamente por encima de la multitud, y allá dentro, en los huesos, un jugo secreto de miedo corría como una rana de primavera, y la serenidad y la certidumbre resuelta y la humildad fácil eran mordidas y devoradas por ese jugo y se disolvían en un torrente. Alguien gritó.
—¡Se mueve!
—No, no. Te engañan los ojos.
—¡Es verdad! —gritó Juke—. Vi que se movía como un gatito muerto.
—Cálmate. Está muerta desde hace mucho. Quizá desde antes que nacieras.
—¡Me hizo una seña! —chilló la señora Thidden—. ¡Es mi Foley! ¡Mi niño! ¡Tenía tres años! ¡Mi niño que se extravió y desapareció en el pantano!
Un sollozo quebrado.
—Vamos, señora Thidden. Vamos. Tranquilícese. Domínese. No es su niño ni el mío. Vamos.
Una de las mujeres abrazó a la señora Thidden y los sollozos se apagaron y fueron una respiración convulsiva y un aleteo en los labios, y un temblor de mariposa: el roce temeroso del aliento.
Cuando todo estuvo tranquilo otra vez, la abuela Carnation, con una marchita flor rosada en el pelo gris que le caía sobre los hombros, chupó la pipa que tenía en la boca y habló alrededor de la boquilla sacudiendo la cabeza de modo que los cabellos le bailaban a la luz.
—Tanta charla y tanta palabrería… Como si fuésemos a averiguar alguna vez qué es eso. Como si no fuese cierto que no queremos saberlo. Es como los trucos de los magos en las ferias. Una vez que se descubre la trampa, se acabó la diversión. ¿No venimos aquí cada diez noches, y charlamos todos, y siempre hay algo que decir? Pues si supiéramos qué es esa cosa condenada, ¡no habría de qué hablar!
—¡Bueno, maldición! —rugió una voz de toro—. ¡No creo que sea nada!
Tom Carmody.
Tom Carmody de pie, como siempre, en las sombras. Afuera, en el porche, espiando el interior de la casa, con una sonrisa burlona en los labios. La risa de Carmody entró en Charlie como el aguijón de una avispa. Thedy había preparado la escena. Thedy estaba tratando de matar la vida nueva de Charlie, ¡sí!
—Nada —repitió Carmody roncamente—. No hay nada en esa jarra. Sólo un pedazo de medusa de mar, ¡una extravagancia maloliente y podrida!
—No seas celoso, primo Carmody —dijo Charlie, lentamente.
—¡Ja! —gruñó Carmody—. He venido a ver cómo un montón de tontos charlan sobre nada. Habrán notado que nunca puse el pie adentro. Me voy para casa ahora. ¿Alguien viene conmigo?
Nadie le ofreció compañía a Carmody. Se rió otra vez, como si esto fuese un chiste más gracioso (a qué extremos podía llegar la gente), mientras Thedy se clavaba las uñas en las palmas de las manos allá en un rincón del cuarto. Charlie vio que a Thedy se le torcía la boca, una boca fría, y no podía hablar.
Carmody, todavía riéndose, taconeó en el porche y se fue con el sonido de los grillos.
La abuela Carnation clavó las encías en la pipa.
—Como decía antes de la tormenta, esa cosa del estante, ¿por qué no puede tener algo de… todas las cosas? Muchas cosas. Todas clases de vida…, muerte…, no sé. Lluvia y sol, y abono y jalea, todo eso junto. Hierbas y víboras y niños y niebla y todas las noches y días en el cañaveral muerto. ¿Por qué ha de ser una cosa? Quizá sea montones.
Y la charla transcurrió tranquilamente durante otra hora, y Thedy se deslizó a la noche detrás de Tom Carmody, y Charlie empezó a sudar. Estaban metidos en algo esos dos. Planeaban algo. Charlie sudó calor todo el resto de la noche…
La reunión terminó tarde, y Charlie se fue a la cama confundido. La reunión había estado bien, pero ¿qué pasaba con Thedy y Tom?
Luego, cuando ciertas bandadas de estrellas descendieron por el cielo señalando el tiempo que seguía a la medianoche, Charlie oyó el susurro de las hierbas altas apartadas por el péndulo de las caderas de Thedy. Los tacos puntearon en el porche, y luego en la casa, en el dormitorio.
Se tendió en silencio en la cama, mirando a Charlie con ojos de gato. Charlie no podía verlos, pero sentía la mirada.
—¿Charlie?
Charlie esperó.
Luego dijo:
—Estoy despierto.
Luego Thedy esperó.
—¿Charlie?
—¿Qué?
—Apuesto a que no sabes dónde he estado. Apuesto a que no lo sabes.
La voz de Thedy era como una canción irrisoria y débil en la noche.
Charlie esperaba.
Thedy esperó también, de nuevo. Sin embargo, no pudo esperar demasiado, y continuó:
—He estado en la feria de Cape City. Tom Carmody me llevó allá. Nosotros… hablamos con el dueño de la feria, Charlie, sí, ¡sí!
Y Thedy se rió de algún modo, entre dientes, secretamente. Charlie se sentía frío como el hielo. Se levantó apoyándose en un codo.
—Descubrimos qué es esa cosa que tienes en la jarra, Charlie —dijo Thedy, insinuante.
Charlie se derrumbó en la cama, llevándose las manos a las orejas.
—¡No quiero oír!
—Oh, pero tienes que oír, Charlie. Es un buen chiste. Oh, es divertido, Charlie —siseó Thedy.
—Vete —dijo Charlie.
—¡Oh! No, no, señor Charlie. Cómo, no, Charlie… querido. ¡No hasta que te lo diga!
—¡Fuera!
—¡Un momento! Hablamos con el dueño, y él…, él se quería morir de risa. Dijo que había vendido la jarra y lo que había dentro a un… granjero… por doce dólares. ¡Y todo no vale más de dos dólares!
La risa floreció en la oscuridad, directamente de la boca de Thedy, una temible especie de risa.
Thedy concluyó, rápidamente.
—¡Es sólo basura, Charlie! ¡Goma, papel secante, seda, algodón, ácido bórico! ¡Nada más! ¡Una armazón de metal adentro! Nada más, Charlie. ¡Nada más! —chilló Thedy.
—¡No, no!
Charlie se sentó rápidamente, desgarrando las sábanas con los dedazos, rugiendo, rugiendo:
—¡No quiero oír! ¡No quiero oír!
—Espera a que los otros sepan cómo todo es un engaño. ¡Cómo se reirán! Se desternillarán de risa.
Charlie la tomó por las muñecas.
—No les dirás nada.
—No querrás que sea una mentirosa, ¿verdad, Charlie?
Charlie la empujó, apartándola.
—Déjame solo. ¡Fuera! Fuera, ¡malvada y celosa de todo lo que hago! Perdiste los estribos cuando traje la jarra. ¡No podías dormir si no arruinabas las cosas!
Thedy se rió.
—Entonces no se lo diré a nadie —dijo.
Charlie la miró fijamente.
—Estropeaste mi diversión. Eso es lo que cuenta. No importa si se lo dices o no a los otros. Yo lo sé. Y no me divertiré más. Tú y ese Tom Carmody. Cómo me gustaría ahogarle esa risa. ¡Se ha reído de mí durante años! Bueno, cuéntaselo a los otros, al resto…, ¡diviértete tú también!
Charlie se apartó, colérico, tomó violentamente la jarra, de modo que el líquido se sacudió dentro, y ya iba a arrojarla afuera cuando se detuvo, temblando, y la depositó suavemente en la mesa alta. Se inclinó sobre la jarra, sollozando. Si perdía esto, perdía el mundo. Y estaba perdiendo a Thedy también. Cada mes que pasaba, Thedy bailaba un poco más lejos, burlándose de él, tomándole el pelo. Durante muchos años las caderas de Thedy habían sido el péndulo que le había marcado a Charlie el tiempo de la vida. Pero otros hombres —Tom Carmody, por ejemplo— estaban midiendo el tiempo con el mismo péndulo.
Thedy estaba esperando a que Charlie destrozara la jarra. Pero Charlie la acariciaba una y otra vez, hasta que al fin se tranquilizó. Pensó en las veladas largas y amables del último mes, esas animadas veladas de charla y amigos que se movían por el cuarto. Eso por lo menos estaba bien, aunque no hubiera otra cosa.
Charlie se volvió lentamente hacia Thedy. La había perdido para siempre.
—Thedy, no fuiste a la feria.
—Sí, fui.
—Estás mintiendo —dijo Charlie, en calma.
—¡No, no miento!
—En…, en esta jarra… tiene que haber algo. Algo además de esa basura que dices. Mucha gente piensa que hay algo ahí, Thedy. No puedes negarlo. Ese hombre de la feria miente, si es que hablaste con él. —Charlie tomó aliento, largamente, y dijo—: Ven, Thedy.
—¿Qué quieres? —preguntó Thedy, de mal humor.
—Ven aquí. —Charlie dio un paso hacia la mujer—. Ven aquí.
—No te acerques, Charlie.
—Sólo quiero mostrarte algo, Thedy. —La voz de Charlie era dulce, grave, insistente—. Aquí, gatito. Aquí, gatito, gatito, gatito… ¡Aquí, gatito!
Otra noche, una semana después, llegaron el abuelo Medknowe y la abuela Carnation, seguidos por el joven Juke y la señora Thidden, y Jadhoo, el hombre de color. Seguidos por todos los otros, jóvenes y viejos, dulces y amargos, que se instalaban en las sillas, crujientes, todos con su idea, esperanza, miedo y asombro. Y todos apartando los ojos del estante y diciéndole hola en voz baja a Charlie.
Esperaron a que llegaran los otros. En el brillo de los ojos uno podía ver que todos encontraban algo distinto en la jarra, algo de la vida pálida que sigue a la vida, y de la vida en la muerte y de la muerte en la vida, todos con su historia, su signo, su línea, familiar y vieja, pero nueva.
Charlie estaba solo.
—Hola, Charlie. —Alguien echó una mirada al dormitorio vacío—. ¿Tu mujer otra vez visitando a sus padres?
—Sí, se ha ido a Tennessee. Volverá en un par de semanas. No se puede quedar en un sitio. Ya la conoces a Thedy.
—Siempre dando saltos por ahí, esa mujer.
Voces suaves que hablaban, serenas, y luego de pronto, caminando por el porche oscuro y mirando a la gente y con los ojos brillantes, llegó… Tom Carmody.
Tom Carmody se quedó de pie en el umbral, las rodillas débiles y temblorosas, los brazos colgando y temblando a los costados, los ojos claros. Tom Carmody no se atrevió a entrar. Tom Carmody, boquiabierto, pero sin sonreír. Los labios húmedos y tirantes, la cara pálida como tiza, como si hubiese estado enfermo mucho tiempo.
El abuelo alzó los ojos a la jarra, carraspeó y dijo:
—Caramba, nunca lo había visto tan claramente. Tiene los ojos azules.
—Siempre tuvo los ojos azules —dijo la abuela Carnation.
—No —lloriqueó el abuelo—. No, eran castaños la última vez que estuve aquí. —Parpadeó—. Y otra cosa…, le crecieron unos pelos… castaños. ¡No tenía pelos castaños antes!
—Sí, sí, los tenía —suspiró la señora Thidden.
—¡No, no!
—¡Sí, sí!
Tom Carmody se estremeció en la noche de verano, mirando fijamente la jarra. Charlie, alzando los ojos hacia la jarra, todo paz y serenidad, seguro de su vida y de sus pensamientos. Tom Carmody, solo, viendo cosas en la jarra que nunca había visto antes. Todos veían lo que querían ver: todos los pensamientos se sucedían en una lluvia rápida.
Mi niño, mi niño, pensaba la señora Thidden.
Un cerebro, pensaba el abuelo.
El hombre de color se apretaba los nudillos. ¡Mamá Midbambú!
Un pescador fruncía los labios. ¡Una medusa de mar!
¡Gatito! ¡Aquí! ¡Gatito, gatito, gatito! Los pensamientos se ahogaban clavando las garras en los ojos de Juke. ¡Gatito!
¡Todo y nada!, chillaba el pensamiento de la abuela. ¡La noche, el pantano, la muerte, las cosas pálidas, las cosas húmedas del mar!
Silencio. Y luego el abuelo murmuraba:
—Me pregunto. Me pregunto si será macho o hembra o una criatura neutra.
Charlie alzaba los ojos, satisfecho, golpeando el cigarrillo, llevándoselo a la boca. Luego miraba a Tom Carmody, que ya nunca sonreía, en la puerta.
—Me parece que nunca lo sabremos. Sí, nunca lo sabremos.
Charlie sacudía la cabeza lentamente y se instalaba con sus huéspedes, mirando, mirando.
Era una de esas cosas que guardan dentro de jarras en las tiendas de las ferias en las afueras de un pueblecito soñoliento. Una de esas cosas pálidas que flotan en plasma de alcohol, y sueñan y dan vueltas y vueltas, de ojos despellejados y muertos que te miran y nunca te ven.

El país de octubre, 1955.