lunes, 30 de julio de 2018

De mi carne. Miguel Ángel Zapata.


Un hijo es un despropósito de medidas, una víscera derramada. Cuando nació Lucas, yo prodigué desde su primer llanto una algarabía de padre nuevo y hombre novísimo. Marta, sin embargo, alumbró pronto un carácter sombrío y una preocupación de noches sobresaltadas, de antena al tanto de cualquier hipido desde la cuna o llanto en la noche. Escrutaba ella el rostro de Lucas como se observa el milagro imposible de una santa, con un temor de náufrago ante la ola definitiva, alertada por el más mínimo frunce de la cara o la tosecita que quizá sólo ella pudiera oír. Lucas, rama de tomillo para Marta, temiendo cualquier aire que quiebra tallos y pulsos y su incapacidad para evitar malestares, para enjugar lloros. Marta volcando sus horas y su ansia en una cuna amenazada por mil peligros.
Quiso un azar preñado de meninges enfermas y ambulancias devastar una noche la frágil anatomía de Lucas, apagando en un funeral ínfimo y un ataúd más pequeño otras dos existencias que regresaban vacías a la casa ya huérfana de balbuceos y biberones. Cuatro meses es poca cosa para el currículum de la paternidad; demasiado para pretender el olvido o la calma. Cerré mis horas a la vida como se cierra un armario devorado por la carcoma.
Marta fue distinta. Marta cayó en una abulia lenta y un abandono que la postraban primero en un sillón, desgastando pupilas contra la pared, con su cara de nada, ni triste ni viva ni muerta. Marta, después, recogiéndose sobre sí, ovillada en el sofá, placentaria y ausente, lejos de mis palabras y mi desesperación. Marta que poco a poco renuncia a la ensalada o el bistec y sólo admite la tibieza de unos tragos de leche o un puré acuoso. Marta que cada día experimenta una reducción de proporciones, un acortamiento de su perfil adulto, en su cara un progresivo tacto de seda sonrosada que desmiente el pasado de arrugas y afirma una tersura asombrosa de un día para otro, la pérdida progresiva del pelo en su pubis, sus axilas, en su cabecita de esfera tierna y menguante. Marta que deja de hablar y comienza el balbuceo de un lenguaje ya olvidado de sonidos casi musicales, lactantes, limpios.
Marta, sí, que ahora, en este preciso momento, cabe dulcemente en el hueco de mis manos, que ya la depositan con delicadeza en la cuna antes desposeída, arropada ella de pañales y ligeras sábanas de tul, moviendo dichosa y despreocupada sus pequeñas extremidades mientras le preparo el biberón de la tarde y observo en su boca plena de babas y encías una felicidad que no pudo alcanzar nunca, una extraña condición de madre satisfecha, al fin volcada (tazón que vuelve a llenarse) en el papel que se le negó antes de la marcha de Lucas, y que sólo la muerte, generosa, ha tenido la deferencia de regalarle.


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