miércoles, 7 de noviembre de 2018

El eructo del bisonte. Juan Yanes.



Mi abuela tenía una apariencia angelical, porque era blanquita y sonrosada, pero en realidad era un auténtico brazo de mar, una fuerza de la naturaleza. Pesaba más de diez arrobas, decía ella muy orgullosa, y cuando movía aquellas carnes, le temblequeaba todo y parecía un gigantesco flan en movimiento. Cuando nombraba lo de las arrobas, yo tenía que recurrir a mi madre, que era la única en la familia que sabía las equivalencias del sistema métrico decimal, o como se llame. O sea, que sabía cuántos celemines tenía un almud, y esas cosas. De pequeño me gustaba mucho ir a casa de mi abuela a verla comer. Yo creo que nos llevaban una vez en semana a todos los nietos porque sólo con mirar la forma en que tragaba te entraba un apetito tremendo y ya no hacía falta tomar reconstituyentes, ni aceite de ricino, ni de bacalao que eran una verdadera porquería. Verla comer era una alegría y un auténtico espectáculo.
Mi abuela era de la tribu de Pantagruel, de cuatro platos y si le gustaba alguno, repetía, con lo cual podían ser seis platos, más el postre, que no contaba, decía ella. Cuando terminaba, sacaba la llave de la despensa de un bolsillo interior, que nadie sabía dónde podía estar ubicado, y nos mandaba, a alguno de los nietos, a traer la botella de agua ardiente que estaba en una alacena, para meterse entre pecho y espalda un chupito de aquel brebaje gallego que llamaban orujo. El orujo tenía que estar hecho con el engazo de la uva de alvariño, si no, no servía para nada, decía ella, muy digna, cada vez que lo tomaba. ¡Un chupito, nada más!, decía. Pero aquello no era un chupito, era un mazazo, una palangana de alcohol de 90º.
¡Un chupito, nada más!, repetía, y se lo enhilaba de un solo golpe, como si fuera un cargador de muelle. Empinaba el codo con energía y luego daba una especie de vuelta rápida con la cabeza, echándola primero hacia detrás, y luego hacia adelante, como si topara. A continuación se arrellanaba en la silla, cerraba los ojos y eructaba como un bisonte feliz en medio de la pradera. ¡Esto es salud, mijo!, decía. Ese era el momento álgido del espectáculo. Sus hijos, hijas, nueras, yernos, tíos, primos y demás familiares presentes en el acto, quedaban consternados. La única excepción a esa especie de bochorno generalizado, éramos nosotros, sus nietos, que nos poníamos alrededor de ella y le aplaudíamos y le dábamos palmaditas en la espalda y en los cachetes y le preguntábamos cómo se hacía ese magnífico erupto final y le pedíamos que lo volviera a repetir. Pero no había nada que hacer. Al terminar los aplausos, la abuela caía en los brazos de Morfeo, se quedaba dormida como un angelito y concluía el espectáculo.

 Del blog de Juan Yanes: Máquina de coser palabras.

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