viernes, 25 de abril de 2014

Tuiteratura rescatada. Septiembre 2013. Eva Sánchez Palomo.



En los ojos verdes de los gatos se puede observar el reflejo de siete vidas diferentes.



No temía que el monstruo bajo la cama le agarrara de un pie, sino que le acariciara la cara con su frío y húmedo tentáculo.


El tirano mandó fusilar al tiranito cuando oyó que alguien decía que algún día sería más grande que su padre.



La muñeca de trapo buscaba su bracito roto por toda la habitación, desesperada, llorando serrín.



La máquina para viajar al pasado era una vieja caja oxidada de galletas danesas. Fotografías en blanco, negro y sepia.



El funambulista cierra los ojos y cae. Ve pasar toda su vida en imágenes brillantes. Solo alturas, planos picados.



Tenía los bolsillos vacíos y el alma llena. Lo había gastado todo en sonreír.



Se soñó resbalando por un acantilado y rodando caer al mar. Despertó en la ciudad, su cama. Las manos llenas de barro y olor a sal.



Se querían sin saber muy bien por qué. Pasaron la vida juntos intentando comprenderlo, y murieron ancianos, felices, sin conseguirlo.



Esa hormiga. Max Aub. Microrrelato.



Esa hormiga odiaba al león. Tardó diez mil años pero se lo comió todo, poco a poco, sin que él se diera cuenta.


Luis Alberto. Francisco Rodríguez Criado. Microrrelato.



Mi madre estaba convencida de que iba a tener gemelos, pero luego sólo me tuvo a mí. Parece ser que nadie esperaba el doble embarazo, en el pueblo estaban ya acostumbrados a sus alocadas predicciones del futuro –predicciones que por supuesto nunca se cumplían-. Mi padre murió cuando yo tenía cinco años, de un cáncer dicen, aunque creo que más bien lo mató mi madre con sus brujerías y otros desvaríos mentales.

Yo me llamo Luis Alberto, porque mi madre, incapaz de asumir los hechos, pensó hasta el último de sus días que había dado a luz a dos hermosos niños: Luis, el mayor, y Alberto, el pequeño. Cuando preguntaba por Alberto, que en su trastornada imaginación era un muchacho débil y enfermizo, yo respondía con una voz febril; y cuando llamaba a Luis (“el hombretón de la casa”) yo fingía una voz grave y enérgica. Al principio me resultaba molesto dividirme en dos personas, era realmente agotador ser mi propio hermano; después, con el paso de los años, aprendí a sobrellevarlo. No obstante, la relación con mi inexistente hermano ha sido siempre un tira y afloja; si yo decía blanco, él decía negro, si yo quería ir a un sitio; él me obligaba a ir a otro, si me interesaba por una mujer, él se encargaba de importunarla hasta que, atemorizada, salía huyendo. Se entienden, pues, todas las peleas –algunas muy violentas- que hemos mantenido desde la infancia.

Por una reyerta me encuentro en este despreciable lugar. El juez no tuvo piedad al dictar el veredicto: diez años de reclusión. Ahora sólo hay que esperar a que los doctores averigüen quién fue el autor del crimen, si mi hermano gemelo o yo.