lunes, 12 de octubre de 2015

La bella durmiente del bosque y el príncipe. Marco Denevi. Microrrelato.

La bella durmiente cierra los ojos pero no duerme. Está esperando al príncipe. Y cuando lo oye acercarse, simula un sueño todavía más profundo. Nadie se lo ha dicho, pero ella lo sabe. Sabe que ningún príncipe pasa junto a una mujer que tenga los ojos bien abiertos.



Imagen: La bella durmiente, Katarzyna Widmanska.



domingo, 11 de octubre de 2015

La tela de Penélope. Augusto Monterroso. Microrrelato.

Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas. 
Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo. 
De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.



La oveja negra y demás fábulas, Auguto Monterroso.
Ilustración: Mnemosina.

sábado, 10 de octubre de 2015

Algunas peculiaridades de los ojos. Philip K. Dick. Cuento

Descubrí por puro accidente que la Tierra había sido invadida por una forma de vida procedente de otro planeta. Sin embargo, aún no he hecho nada al respecto; no se me ocurre qué. Escribí al gobierno, y en respuesta me enviaron un folleto sobre la reparación y mantenimiento de las casas de madera. En cualquier caso, es de
conocimiento general; no soy el primero que lo ha descubierto. Hasta es posible que la situación esté controlada.
Estaba sentado en mi butaca, pasando las páginas de un libro de bolsillo que alguien había olvidado en el autobús, cuando topé con la referencia que me puso en la pista.
Por un momento, no reaccioné. Tardé un rato en comprender su importancia. Cuando la asimilé, me pareció extraño que no hubiera reparado en ella de inmediato.
Era una clara referencia a una especie no humana, extraterrestre, de increíbles características. Una especie, me apresuro a señalar, que adopta el aspecto de seres humanos normales. Sin embargo, las siguientes observaciones del autor no tardaron en desenmascarar su auténtica naturaleza. Comprendí en seguida que el autor lo sabía todo. Lo sabía todo, pero se lo tomaba con extraordinaria tranquilidad. La frase (aún tiemblo al recordarla) decía:
... sus ojos pasearon lentamente por la habitación.
Vagos escalofríos me asaltaron. Intenté imaginarme los ojos. ¿Rodaban como monedas? El fragmento indicaba que no; daba la impresión que se movían por el aire, no sobre la superficie. En apariencia, con cierta rapidez. Ningún personaje del relato se mostraba sorprendido. Eso es lo que más me intrigó. Ni la menor señal de estupor ante algo tan atroz. Después, los detalles se ampliaban.
... sus ojos se movieron de una persona a otra.
Lacónico, pero definitivo. Los ojos se habían separado del cuerpo y tenían autonomía propia. Mi corazón latió con violencia y me quedé sin aliento. Había descubierto por casualidad la mención a una raza desconocida. Extraterrestre, desde luego. No obstante, todo resultaba perfectamente natural a los personajes del libro, lo cual sugería que pertenecían a la misma especie.
¿Y el autor? Una sospecha empezó a formarse en mi mente. El autor se lo tomaba con demasiada tranquilidad. Era evidente que lo consideraba de lo más normal. En ningún momento intentaba ocultar lo que sabía. El relato proseguía:
... a continuación, sus ojos acariciaron a Julia.
Julia, por ser una dama, tuvo el mínimo decoro de experimentar indignación. La descripción revelaba que enrojecía y arqueaba las cejas en señal de irritación. Suspiré aliviado. No todos eran extraterrestres. La narración continuaba:
... sus ojos, con toda parsimonia, examinaron cada centímetro de la joven.
¡Santo Dios! En este punto, por suerte, la chica daba media vuelta y se largaba, poniendo fin a la situación. Me recliné en la butaca, horrorizado. Mi esposa y mi familia me miraron, asombrados.
-¿Qué pasa, querido?- preguntó mi mujer.
No podía decírselo. Revelaciones como ésta serían demasiado para una persona corriente. Debía guardar el secreto.
-Nada- respondí, con voz estrangulada.
Me levanté, cerré el libro de golpe y salí de la sala a toda prisa.
Seguí leyendo en el garaje. Había más. Leí el siguiente párrafo, temblando de pies a cabeza:
... su brazo rodeó a Julia. Al instante, ella pidió que se lo quitara, cosa a la que él accedió de inmediato, sonriente.
No consta qué fue del brazo después que el tipo se lo quitara. Quizá se quedó apoyado en la pared, o lo tiró a la basura. Da igual en cualquier caso, el significado era diáfano.
Era una raza de seres capaces de quitarse partes de su anatomía a voluntad. Ojos, brazos..., y tal vez más. Sin pestañear. En este punto, mis conocimientos de biología me resultaron muy útiles. Era obvio que se trataba de seres simples, unicelulares, una especie de seres primitivos compuestos por una sola célula. Seres no más desarrollados que una estrella de mar. Estos animalitos pueden hacer lo mismo.
Seguí con mi lectura. Y entonces topé con esta increíble revelación, expuesta con toda frialdad por el autor, sin que su mano temblara lo más mínimo:
...nos dividimos ante el cine. Una parte entró, y la otra se dirigió al restaurante para cenar.
Fisión binaria, sin duda. Se dividían por la mitad y formaban dos entidades. Existía la posibilidad que las partes inferiores fueran al restaurante, pues estaba más lejos, y las superiores al cine. Continué leyendo, con manos temblorosas. Había descubierto algo importante. Mi mente vaciló cuando leí este párrafo:
... temo que no hay duda. El pobre Bibney ha vuelto a perder la cabeza.
Al cual seguía:
... y Bob dice que no tiene entrañas.
Pero Bibney se las ingeniaba tan bien como el siguiente personaje. Éste, no obstante, era igual de extraño. No tarda en ser descrito como:
... carente por completo de cerebro.
El siguiente párrafo despejaba toda duda. Julia, que hasta el momento me había parecido una persona normal se revela también como una forma de vida extraterrestre, similar al resto:
... con toda deliberación, Julia había entregado su corazón al joven.
No descubrí a qué fin había sido destinado el órgano, pero daba igual. Resultaba evidente que Julia se había decidido a vivir a su manera habitual, como los demás personajes del libro. Sin corazón, brazos, ojos, cerebro, vísceras, dividiéndose en dos cuando la situación lo requería. Sin escrúpulos.
... a continuación le dio la mano.
Me horroricé. El muy canalla no se conformaba con su corazón, también se quedaba con su mano. Me estremezco al pensar en lo que habrá hecho con ambos, a estas alturas.
... tomó su brazo.
Sin reparo ni consideración, había pasado a la acción y procedía a desmembrarla sin más. Rojo como un tomate, cerré el libro y me levanté, pero no a tiempo de soslayar la última referencia a esos fragmentos de anatomía tan despreocupados, cuyos viajes me habían puesto en la pista desde un principio:
... sus ojos le siguieron por la carretera y mientras cruzaba el prado.
Salí como un rayo del garaje y me metí en la bien caldeada casa, como si aquellas detestables cosas me persiguieran. Mi mujer y mis hijos jugaban al monopoly en la cocina. Me uní a la partida y jugué con frenético entusiasmo. Me sentía febril y los dientes me castañeteaban.
Ya había tenido bastante. No quiero saber nada más de eso. Que vengan. Que invadan la Tierra. No quiero mezclarme en ese asunto.
No tengo estómago para esas cosas.



miércoles, 7 de octubre de 2015

Lazos de familia. Julio Cortázar. Micro.

Odian de tal manera a la tía Angustias que se aprovechan hasta de las vacaciones para hacérselo saber. Apenas la familia sale hacia diversos rumbos turísticos, diluvio de tarjetas postales en Agfacolor, en Kodachrome, hasta en blanco y negro si no hay otras a tiro, pero todas sin excepción recubiertas de insultos. De Rosario, de San Andrés de Giles, de Chivilcoy, de la esquina de Chacabuco y Moreno, los carteros cinco o seis veces por día a las puteadas, la tía Angustias feliz. Ella no sale nunca de su casa, le gusta quedarse en el patio, se pasa los días recibiendo las tarjetas postales y está encantada. 
Modelos de tarjetas: «Salud, asquerosa, que te parta un rayo, Gustavo.» «Te escupo en el tejido, Josefina.» «Que el gato te seque a meadas los malvones, tu hermanita.» Y así consecutivamente. 
La tía Angustias se levanta temprano para atender a los carteros y darles propinas. 
Lee las tarjetas, admira las fotografías y vuelve a leer los saludos. De noche saca su álbum de recuerdos y va colocando con mucho cuidado la cosecha del día, de manera que se puedan ver las vistas pero también los saludos. «Pobres ángeles, cuántas postales me mandan», piensa la tía Angustias, «ésta con la vaquita, ésta con la iglesia, aquí el lago Traful, aquí el ramo de flores», mirándolas una a una enternecida y clavando alfileres en cada postal, cosa de que no vayan a salirse del álbum, aunque eso sí clavándolas siempre en las firmas, vaya a saber por qué.

Un tal Lucas.

lunes, 5 de octubre de 2015

Soledad. Arantza Portabales. Microrrelato.

—No creo que pueda pedirse mucho más para ser un lunes por la tarde. A mí me basta esto, sabes. Charlar un poco. Verte de vez en cuando. Te veo tan poco, María. Casi ni vienes a casa. Pero qué guapa estás hija… 
Yo no sé muy bien qué decirle. Cuando hago amago de levantarme, me sujeta por el brazo. 
—Hasta Aluche, por favor —, me suplica, —hasta Aluche. Y yo vuelvo a sentarme. Aunque me llamo Laura. Aunque hoy es jueves. Aunque tengo que bajarme en Carabanchel.

domingo, 4 de octubre de 2015

Microhorrores. José Luis Zárate. Microhorrores.

Las plantas de carne no son el horror, son las sutiles raíces de sangre que nos beben.


El guiso era tan bueno que se chupó los dedos, los mordisqueó, fue arrancando con cuidado cada deliciosa uña.


La devoró con la mirada. Ella no podía apartar la vista de esos ojos llenos de dientes.


AGUA PESADA. Las nubes cayeron sobre nosotros, silbando como bombas.


Con qué majestad, poder y maldad las mariposas en Tokio desplegaron sus alas.


El que las tormentas causadas por mariposas sean poéticamente multicolores no consuela a nadie.


LUNA LLENA. Después de devorar la Tierra no podía con un bocado más.


Los polluelos gritan de horror y aun así los padres siguen llenándoles la boca de gusanos.


Sólo tiene un año de muerto, dice la orgullosa madre, y ya camina.


Relájese, dijo la enfermera sin rostro.


Llueve sangre, salimos a ver. El cielo, herido de muerte, empezó a caer.


Salió del pastel. Como no hubo sobrevivientes nunca supimos qué.





jueves, 1 de octubre de 2015

La boda. Águeda Delmar. Microrrelato.

Marcelita nunca había tenido un pretendiente tan asiduo; toda la casa estaba alborotada con la perspectiva de aumentar el gremio familiar con este ejemplar; formal, atento, bien vestido, y lo mejor de todo, con una billetera siempre bien provista y un reflejo rapidísimo para sacarla en el momento oportuno.La Tía Rita quedó conquistada definitivamente, cuando una tarde se presentó Carlos cargando una jaula dorada en la que introdujo su pareja de cotorritos consentidos; nunca había encontrado Don Ismael oyente más atento y silencioso que este muchacho, que a todo decía que sí durante sus largas peroratas sobre política mundial; Teresita opinó que era un “cuáis a todo dar” al verse obsequiada con el último hit de los Totonac´s Co.; Doña Teresa se enternecía a las lágrimas al ver el fervor de su futuro yerno cuando asistía al oficio dominical; la única que le encontraba un “pero”, era Marcelita; le parecía un poquitín frío, distinto a los demás muchachos que antes había tratado, pero sus comentarios fueron acallados por un torrente de ira colectiva, en la que fue declarada por unanimidad inmadura y frívola; ¡cómo osaba comparar Carlos con la serie de greñudos que antes la cortejaron!… Era el colmo. Lo que acababa de vencer su resistencia, era la mirada casi patética que le dirigía cuando decía lo mucho que la necesitaba y lo que significaba para él su posesión; ese recurso no fallaba; Marcelita se sumergía en un pantano de ternura y condescendencia. Llegó el día esperado por todos; cómo rabiarían los vecinos viéndola toda de blanco rumbo a la iglesia. Papá y Mamá estaban pletóricos de felicidad; su cometido como padres había llegado a feliz término; la entregaban en el templo, con todo el bombo requerido (previo ajuste de tarifa con el Sr. Cura). ¡Qué más se podía desear!

Noche de bodas, Marcelita estaba tensa; los anticipos que le había permitido a Carlos habían sido tan pocos y tan tímidos, que la perspectiva de ser poseída, la estremecía; se puso el atuendo de rigor: camisón nylon, negligeé, babuchas de pelito de conejo y Chanel No. 5 en todos los sitios que se le ocurrieron. Carlos pasó al baño e inició también el ritual; a los 5 minutos salió y Marcelita al verle creyó estar volviéndose loca: ahí estaba él; completamente verde, con dos antenas a los lados de la cabeza y un enorme ojo en la mitad de la frente.