jueves, 8 de diciembre de 2016

El eclipse. Carlos Salem.

Para Arturo Martínez.

Gregor Sotanovsky se asumía distraído, se gustaba especial, se odiaba diez minutos al día.
Excepto los jueves.
Porque los jueves sacaba de paseo a los relojes, y al verlos trotar alegres por el parque, olvidaba controlar el momento en que le tocaba comenzar a odiarse y después ya no había manera.
Gladys Repolletti se temía aburrida, se sospechaba lujuriosa, se convertía en ruiseñor cuando el otoño desnudaba árboles. Y luego los bomberos tenían que venir a bajarla, porque desafinaba bastante y sufría de vértigo.
Se enamoraba siempre de un bombero diferente, que correspondía a su pasión durante seis peldaños, y luego, aburrido, la dejaba caer.
Él era apocado, achatado en los polos, oblongo en la melancolía, suspiraba hacia adentro y se alimentaba de cáscaras de pipas. 

Ella era oronda por parte de padre y ubicua por parte de madre, lloraba cuando le venía la risa, y volvía a llorar cuando la risa se le iba.
Él hubiera sido un sabio muy famoso si su distracción no lo hubiera dejado en el estado de anónimo ignorante. Pero como no sabía ni siquiera eso, era feliz. Y cuando tocaban el timbre de su casa para venderle tranvías, primaveras o vientos alíseos embotellados, siempre creía que el que llamaba era un sueco que venía a entregarle el Nobel.
Ella hubiera sido una amante de novela si su tendencia a aburrir a quien se acercara a menos de un metro de distancia no la hubiera condenado al estado de excitación frustrada. Y cuando por su ventana abierta a la noche cantaba un búho, ella creía que era un fornido bombero que ardía de deseo por su cuerpo, y tenía un orgasmo de grado siete en la escala Mercalli, o un ataque de acidez estomacal, nunca estaba segura.
Él vivía en un edificio de amplios ventanales, pero como estaba enfadado con el sol desde que era niño, a cuenta de no sé qué historia de un rayo perdido en el arroyo, nunca se asomaba a la ventana antes del crepúsculo, momento en que aprovechaba para hacer al astro rey unos energéticos cortes de manga hasta verlo desaparecer tras el horizonte.
Ella vivía en el edificio de enfrente y, como detestaba a la luna desde que su primer novio la dejó con la excusa de una dudosa licantropía, sólo se asomaba al amanecer, celebraba la derrota de la luna y soplaba sonores besos al sol, que en alguna ocasión se ruborizó, aunque torpes astrónomos adjudicaron el fenómeno a una prosaica tormenta cósmica.
Nunca se habían visto.
Pero un jueves a él se le escaparon los relojes en el parque y comenzó a confundir las horas y odiarse a destiempo. Por eso cierto amanecer que supuso crepúsculo, mientras creía increpar la despedida del sol con sus cortes de manga, creyó percibir un ruiseñor enorme en el árbol de la otra acera.
Y ella, que era miope pero oía peor, creyó distinguir a un apuesto bombero que la saludaba desde la ventana. Olvidó que era un ruiseñor y cayó del árbol.
Él trató de detenerla al vuelo y cayó también.
En ese momento comenzó el eclipse.
Y se vieron.
Y se amaron entre la oscuridad repentina, eufóricos por la muerte del sol y de la luna.
Cuando llegaron los suecos a entregarle el Nobel, él no les abrió la puerta porque estaba dentro de ella. Y tranvías ya tenía.
Cuando un camión repleto de bomberos enamorados se detuvo frente al árbol de ella, ella no estaba, porque volaba en la penumbra de las manos de él y sus manos nunca se aburrían de tocarla.
Juraron amarse todo el tiempo que durase el eclipse.
Dura todavía.


Yo también puedo escribir una jodida historia de amor. Carlos Salem, 2008.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

La mujer que vuela. Ana María Shua.

- Puedo volar -dice la mujer. Se la ve grande y cansada. Fue bella.
- Trapecista. Una genial trapecista- entiende el director del circo.
- No. Yo vuelo. De verdad
- ¿Con cables invisibles? ¿Con un sistema de imanes, como el mago David Copperfield?
- Usted no entiende. Como Superman.
La mujer alza el vuelo y da una vuelta completa alrededor de la carpa.
- Una gran artista. Pero no es este su lugar, señora - el director es sincero y odia tener que rechazar a una gran artista. - Este es un modesto circo de minicuento. Estoy seguro de que tendrá más suerte en una novela de realismo mágico.



Fenómenos de circo, Ana María Shua, 2011.

martes, 6 de diciembre de 2016

Hogar. Alberto Sánchez Argüello.

Después de siete horas en la fábrica, el hombre regresó a casa. Colocó cinco monedas en la ranura de la entrada y la puerta se deslizó suavemente hacia la derecha.

Adentro una niña jugaba en la sala y una mujer terminaba de servir la mesa. El hombre entró despacio, queriendo apreciar la escena sin que lo notaran, pero la niña alzó la mirada y le sonrió.

Se sentaron los tres. El hombre les contó su día entre máquinas y vapor. Les habló de la soledad que lo invadía en sus turnos, la presión de sus superiores, la ansiedad por escuchar la sirena que anunciaba el cierre de la jornada. Les describió su regreso, entre masas de hombres grises que caminaban sin hablar. Ellas lo escucharon atentas, la niña acariciando su brazo por momentos.

El hombre se levantó. Recogió los trastes y cubiertos para lavarlos. Desde la cocina miró a la niña acurrucarse con la mujer en el sillón frente al televisor. Al terminar, el hombre se acercó para abrazarlas, pero ellas se disiparon en el aire, como si estuviesen hechas de niebla. El hombre bajó la cabeza y arrastró los pies hacia la entrada, deslizó la puerta y sacó del bolsillo de su pantalón otras cinco monedas.


lunes, 5 de diciembre de 2016

La vieja pálida. José María Merino.

Me llamo Juan Macael y soy descuidero. El Chato Morillas, que tanto me enseñó, decía que es una profesión tan antigua y tan importante que hasta hubo un dios dedicado a proteger a nuestros antepasados. Vista aguda, manos seguras y rápidas, ánimo sereno, capacidad de improvisar. «Ante todo, sangre fría», repetía el Chato Morillas, «como te aturdas estás perdido». No hace mucho que, en uno de los trayectos de la Periferia norte, un paciente al que yo acababa de extirpar la cartera se dio cuenta de la pérdida y empezó a gritar: «¡Conductor, que me acaban de robar! ¡No abra las puertas!». El autobús iba repleto, el conductor lo detuvo junto a una parada y se escuchó su voz: «Aquí nos quedamos hasta que llegue la policía». Pasaron unos minutos, comprendí que estaba en un trance peligroso, pero recordé las enseñanzas de mi maestro. Me agaché simulando que recogía algo del suelo y alcé la cartera en la mano, mientras daba grandes voces: «¡Aquí hay una cartera!». El propietario la abrió y comprobó que no faltaba nada. Estaba tan aliviado que no pensó en nada más. «¿Es que vamos a quedarnos encerrados toda la mañana?», volví a gritar yo, «¡abra las puertas, conductor! ¡Hay gente que tiene cosas que hacer!». En cuanto se abrieron las puertas, salí con rapidez. Pero los años han pasado y aunque no pierdo los nervios venga lo que venga, ya mi vista no tiene la finura de antaño. Mis dedos siguen siendo precisos, así haga la pinza con el índice y el corazón, la tenaza con el pulgar y cualquiera de los otros o utilice la palma entera para el resbalón, arrastrando lo que deba arrastrar, pero ya noto los huesos de las piernas y no puedo doblar demasiado la cintura sin peligro de algún tirón. A veces, la ciática me ha tenido de baja durante una temporada y si no me he retirado todavía es porque, pese a mi edad, no puedo vivir sin trabajar. De manera que sigo haciendo lo mío día tras día, cambiando de línea, como es natural, y aprovechando las horas punta y las jornadas en que hay más turistas. En verano me voy a la playa y es cuando más recaudo, por la facilidad de la poca ropa y esa alegría de las vacaciones que tan descuidada pone a la gente. Yo no soy de aquí y me siento un poco agobiado en esta ciudad, pues las líneas de autobús no son demasiadas, ni demasiados los conductores y los inspectores, de modo que corro el peligro de que pronto acaben descubriendo los motivos de mis frecuentes viajes. Cuando eso empieza a ocurrir, tengo que irme a otra ciudad. Lo he hecho tres veces y cada vez me ha resultado menos agradable cambiar de lugar de trabajo, pues con los años uno se acostumbra a ciertas rutinas, le acaba cogiendo gusto al barrio en el que vive, a su casa, y hasta a la gente del bar donde ve el fútbol por la tele o juega la partida de dominó. Al fin y al cabo, tuve que dejar la gran ciudad, con sus infinitas líneas de autobús, y el metro, y los ferrocarriles de cercanías, porque los de una banda me dieron aviso de que tenía que pagar una cuota. «No le doy nada a Hacienda, que al fin y al cabo es el Estado y paga con ello a los maestros y a los sanitarios, como para pagaros a vosotros». Me marché de allí antes de que intentaran convencerme a palos. Así fue como me vine a trabajar a provincias, pero lo cierto es que ya no estoy en edad para una labor tan delicada. Si fuese más joven no me habría sucedido esto que me ha pasado, no habría cometido un error tan grave. Fue la tarde del viernes, cuando la mayoría de la gente trabajadora regresa a su casa con la ilusión de la libertad y el descanso del fin de semana. El autobús era uno de la ruta del río. Estaba yo estudiando a los pasajeros cuando subió, con bastante esfuerzo, una vieja flaca, vestida de negro de los pies a la cabeza como las ancianas de mi infancia, que llevaba un gran bolso colgado del brazo. La vieja fue avanzando entre los pasajeros y pude advertir que el bolso no estaba cerrado con cremallera y que relucía dentro la esquina de un sobre. Le cedí el asiento y permanecí de pie a su lado. Era una vieja muy pálida y arrugada. El pañuelo que cubría su cabeza dejaba asomar las canas ralas y amarillentas. Su aspecto era de algo pasado sin remedio y desprendía un tufillo rancio, a pan viejo y orines. Puso el bolso sobre sus piernas huesudas y pude observar mejor su contenido, bolsas de plástico que dejaban adivinar la forma de alguna verdura, envoltorios de periódico. El sobre estaba colocado encima de todo. Por las fechas, imaginé que contenía su pensión. Me engañó la vista, pues hace años hubiera descubierto enseguida las pequeñas arrugas que denotan si un sobre lleva dinero dentro. Una pensión es siempre algo suculento para un descuidero. Además, en esta profesión no puede haber sentimentalismos, la primera regla es apropiarse de todo lo que valga, y en el caso de que se ofrezcan diversas alternativas elegir la menos dificultosa, siempre que parezca rentable. Entre un niño y un adulto, ante la misma cantidad, se opera al niño. Y en esto no hay pobres ni ricos, sino gente que lleva o que no lleva. Si fuésemos a considerar la edad o la condición social de los pacientes, nuestro trabajo sería muy complicado. Además, quitarle a una vieja su pensión no es fastidiarla para toda la vida. Un mes pasa enseguida y la gente acaba arreglándoselas, bien o mal. El caso es que, aprovechando un frenazo, hice la pinza, escamoteé el sobre con toda limpieza y me bajé en la siguiente parada. Pero el sobre no contenía dinero, ni un talón, que es lo que pensé desde el momento de tocarlo. Lo abrí al llegar a casa y dentro había un papel doblado. En letras mayúsculas, estaban impresas cuatro palabras: TE QUEDAN TRES DÍAS. Al principio pensé que era una broma, pero yo a aquella vieja no la conocía de nada. Por la tarde, en el bar, se lo enseñé a los de la partida por si veían alguna explicación, pero para todos era solo un papel en blanco, aunque yo veía claramente las cuatro palabras impresas: TE QUEDAN TRES DÍAS. Ni me acordaba del dichoso papel al día siguiente, ayer, cuando me levanté de la cama, pero me llevé una sorpresa al ver que el mensaje del papel había cambiado ligeramente: TE QUEDAN DOS DÍAS, ponía, con unas letras gordas y bien negras. Creo que cualquiera se hubiera asustado y yo lo hice. Me quedé un rato sentado con el papel en la mano y por fin decidí buscar a la vieja pálida, devolverle el sobre con el papel y darle treinta euros, para que me perdonase las molestias. Así que me pasé la mañana y la tarde cambiando de línea de autobús, hasta recorrérmelas todas, pero no fui capaz de dar con ella. En ese afán descuidé mi trabajo, cuando acabó la jornada no había recaudado ni un euro, estaba muy cansado, apenas había comido y ni siquiera me quedaban ganas de ir al bar. Hoy, en ese papel que sólo yo puedo leer dice TE QUEDA UN DÍA. Se puede suponer que leerlo no me ha mejorado el humor. Además, he echado una mirada por la ventana para ver cómo está el tiempo y he descubierto a la vieja pálida en la acera, el rostro vuelto hacia aquí. Vamos a ver qué pasa con este día último que me anuncia el papel. Para empezar, he resuelto no salir a la calle y luego me he puesto a escribir esto en el cuaderno de las cuentas, como una especie de memoria o testimonio de la aventura tan rara que estoy viviendo, A veces me asomo a la ventana y veo que la vieja pálida sigue ahí, plantada en la acera y mirando en mi dirección. He comido un poco, me he echado la siesta, he soñado que extirpaba a un hombre gordo una cartera hinchada de billetes delante de la catedral, pero el despertar me ha devuelto la desazón del día y la figura de esa vieja pálida plantada debajo de mi casa. Cuando se acerca la medianoche alguien llama a la puerta del piso dando golpes sucesivos: suena como si golpeasen con algo de madera, o de hueso. He echado un vistazo por la mirilla y he percibido la cabeza de la vieja pálida al otro lado de la puerta. A la luz pobre del descansillo su rostro es una mancha blanca en la que las órbitas de los ojos forman dos oquedades oscuras. Ya no deja de golpear la puerta y comprendo que tengo que abrir. Aquí termina esta historia.

domingo, 4 de diciembre de 2016

El perro que deseaba ser humano. Augusto Monterroso.

En la casa de un rico mercader de la Ciudad de México, rodeado de comodidades y de toda clase de máquinas, vivía no hace mucho tiempo un Perro al que se le había metido en la cabeza convertirse en un ser humano, y trabajaba con ahínco en esto.

Al cabo de varios años, y después de persistentes esfuerzos sobre sí mismo, caminaba con facilidad en dos patas y a veces sentía que estaba ya a punto de ser un hombre, excepto por el hecho de que no mordía, movía la cola cuando encontraba a algún conocido, daba tres vueltas antes de acostarse, salivaba cuando oía las campanas de la iglesia, y por las noches se subía a una barda a gemir viendo largamente a la luna.


sábado, 3 de diciembre de 2016

Romper el cerdito. Etgar Keret.

Mi padre no accedió a comprarme un muñeco de Bart Simpson. Y eso que mi madre sí quería, pero mi padre no cedió y dijo que soy un caprichoso.

–¿Por qué se lo vamos a tener que comprar, eh? –le dijo a mi madre–. No tiene más que abrir la boca y tú ya te pones firme a sus órdenes.

Mi padre añadió que no tengo ningún respeto por el dinero, que si no aprendo a tenérselo ahora que soy pequeño, cuándo voy a aprenderlo. Los niños a los que les compran sin más muñecos de Bart Simpson se convierten de mayores en unos gamberros que roban en los quioscos porque se han acostumbrado a que todo lo que se les antoja se les da sin más. Así es que en vez de un muñeco de Bart Simpson me compró un cerdito feísimo de cerámica con una ranura en el lomo, y ahora sí que me voy a criar siendo una persona de bien, ahora ya no me voy a convertir en un gamberro.

Lo que tengo que hacer, a partir de hoy, todas las mañanas, es tomarme una taza de cacao, aunque lo odio. El cacao con telilla de nata es un shekel ; sin telilla, medio shekel, pero si después de tomármelo voy directamente a vomitar, entonces no me dan nada. Las monedas se las voy echando al cerdito por el lomo, de manera que si lo sacudo hace ruido. Cuando en el cerdito haya tantas monedas que al sacudirlo no se oiga nada, entonces me regalarán un muñeco de Bart Simpson en monopatín. Porque, como dice mi padre, eso sí que es educar.

El caso es que el cerdito es muy mono, tiene el hocico frío cuando se le toca y, además, sonríe al meterle el shekel por el lomo, lo mismo que cuando sólo se le echa medio shekel, aunque lo mejor es que también sonríe cuando no se le echa nada. Además le he buscado un nombre, le he puesto Pesajson, como el hombre que tuvo nuestro buzón antes de que llegáramos nosotros, un buzón del que mi padre no conseguía arrancar la pegatina. Pesajson no es como mis otros juguetes, es mucho más tranquilo, sin luces ni resortes, y sin pilas que le suelten su líquido por la cara. Lo único que hay que hacer es tenerlo vigilado para que no salte de la mesa.

–¡Pesajson, cuidado, que eres de cerámica! –le digo cuando me doy cuenta de que se ha agachado un poco y mira al suelo, y entonces él me sonríe y espera pacientemente a que yo lo baje. Me encanta cuando sonríe; es sólo por él por lo que me tomo el cacao con la telilla de nata todas las mañanas, para poderle echar el shekel por el lomo y ver cómo su sonrisa no cambia ni una pizca.

–Te quiero, Pesajson –le digo después–, y para ser sincero te diré que te quiero más que a papá y a mamá. Además siempre te querré, pase lo que pase, aunque atraque quioscos. ¡Pero si llegas a saltar de la mesa, pobre de ti!

Ayer vino mi padre, cogió a Pesajson y empezó a sacudirlo salvajemente del revés.

–Cuidado, papá –le dije–, vas a hacer que a Pesajson le duela la barriga –pero mi padre siguió como si nada.

–No hace ruido, ¿sabes lo que quiere decir eso, Yoavi? Que mañana vas a tener un Bart Simpson en monopatín.

–¡Qué bien, papá! –le dije–. Un Bart Simpson en monopatín, genial. Pero deja de sacudirlo, porque haces que se sienta mal.

Papá dejó a Pesajson en su sitio y fue a llamar a mi madre. Volvió al cabo de un minuto arrastrándola con una mano y en la otra un martillo.

–¿Ves cómo yo tenía razón? –le dijo a mi madre–, ahora sabrá valorar las cosas, ¿a que sí, Yoavi?

–Pues claro –le respondí–, claro que sí, pero ¿por qué un martillo?

–Es para ti –dijo mi padre mientras me lo entregaba–, pero ten cuidado.

–Pues claro que lo tengo –le respondí, porque la verdad es que así era, pero a los pocos minutos mi padre se impacientó y me espetó:

–¡Venga, dale ya al cerdito de una vez!

–¿Qué? –exclamé yo–. ¿A Pesajson?

–Sí, sí, a Pesajson –insistió mi padre–. Anda, venga, rómpelo. Te mereces ese Bart Simpson, porque te lo has ganado a pulso.

Pesajson me brindó la melancólica sonrisa de un cerdito de cerámica que sabe que ha llegado su fin. A la porra con el Bart Simpson, porque ¿cómo iba a darle un martillazo en la cabeza a un amigo?

–No quiero un Simpson –dije, y le devolví el martillo a mi padre–, me basta con Pesajson.

–No lo has entendido –me aclaró entonces mi padre–, no pasa nada, así es como se aprende, ven, que te lo voy a romper yo –alzó el martillo mientras yo miraba los ojos desesperados de mi madre y luego la sonrisa fatigada de Pesajson, y entonces supe que todo dependía de mí, que si no hacía algo Pesajson iba a morir.

–Papá –le dije sujetándolo por la pernera.

–¿Qué pasa, Yoavi? –me respondió él, con el martillo todavía en alto.

–Quiero un shekel más, por favor –le supliqué–, deja que le eche otro shekel, mañana, después del cacao, y entonces lo rompemos, mañana, lo prometo.

–¿Otro shekel? –sonrió mi padre, dejando el martillo sobre la mesa–. ¿Lo ves, mujer?, he conseguido que el niño tome conciencia.

–Eso, sí, conciencia –le dije–, mañana –y eso que las lágrimas ya me anegaban la garganta.

Cuando ellos hubieron salido de la habitación abracé muy fuerte a Pesajson y di rienda suelta a mi llanto. Pesajson no decía nada, sino que, muy calladito, temblaba entre mis brazos.

–No te preocupes –le susurré al oído–, que te voy a salvar.

Por la noche me quedé esperando a que mi padre terminara de ver la tele en el salón y se fuera a dormir. Entonces me levanté sin hacer ruido y me escabullí afuera con Pesajson, por la galería. Anduvimos juntos durante muchísimo rato en medio de la oscuridad, hasta que llegamos a un campo lleno de ortigas.

–A los cerdos les encantan los campos –le dije a Pesajson mientras lo dejaba en el suelo–, especialmente los campos de ortigas. Vas a estar muy bien aquí.

Me quedé esperando una respuesta, pero Pesajson no dijo nada, y cuando le rocé el morro como gesto de despedida, se limitó a clavar en mí su melancólica mirada. Sabía que nunca más volvería a verme.


jueves, 1 de diciembre de 2016

Un perro peligroso. Luis del Val.

Vivía sola desde hacía mucho tiempo, y su única compañía era un bóxer que le había regalado una vecina. Ella no tenía más de sesenta años, pero el cultivo de la misantropía y las rarezas le habían agriado el carácter, así que sólo salía a la calle para pasear al perro y hacer la compra.

Hablar, lo que se dice hablar, sólo hablaba con el perro, un largo monólogo a través del cual le reprendía, le alababa y, también, le contaba las cosas que le ocurrían y lo que pensaba de ellas. El perro la escuchaba con atención, como si pudiera entenderla, y a ella se le fueron dulcificando algunas de sus rarezas.

Un día, el perro volvió de la terraza sin haber hecho caso de la comida, y ella, en su melopea habitual, fue desgranando en voz alta las causas por las que el perro podía haberse dejado el plato. Y entonces el perro, de espaldas, dijo: «Me estoy meando, sácame a la calle».

Ella obedeció sin rechistar. Lo sacó a la calle y, al volver, le dijo a la vecina que el perro le había hablado. Quiso hacerle una demostración, pero por más que lo intentó, el perro permaneció mudo.

Sin embargo, en casa cada vez hablaba más. Le dijo que no le gustaba el pienso compuesto, que había una perra enfrente que estaba en celo, que hacía frío en la cocina... La verdad es que el perro hablaba mucho.

Ella trató de hacérselo saber a una emisora local, escribió cartas a la Sociedad Protectora de Animales y lo contó en todas partes, pero nadie le hizo caso, porque el perro, si ella no estaba sola, no hablaba. Le empezó a pegar por hablar sólo con ella, y el perro le replicó que si le seguía pegando, contaría todo lo que sabía de ella. Y algo debía saber el perro porque ella, asustada, dejó de pegarle.

Se volvió loca. La impotencia por no poder demostrar lo que era tan evidente, que el perro hablaba, la sacó de quicio y comenzó a ladrar por las noches y a morder a los vecinos.

La metieron a la fuerza en la ambulancia. El perro, dos días después, consiguió salir del piso, arañó la puerta de la vecina y cuando ésta abrió, le dijo: «Tengo hambre».

A los tres meses, la vecina también fue recluida en un sanatorio psiquiátrico: se había empeñado en que el perro de la vecina sabía hablar.


Cuentos de medianoche. Luis del Val, 2006.