jueves, 1 de diciembre de 2016

Un perro peligroso. Luis del Val.

Vivía sola desde hacía mucho tiempo, y su única compañía era un bóxer que le había regalado una vecina. Ella no tenía más de sesenta años, pero el cultivo de la misantropía y las rarezas le habían agriado el carácter, así que sólo salía a la calle para pasear al perro y hacer la compra.

Hablar, lo que se dice hablar, sólo hablaba con el perro, un largo monólogo a través del cual le reprendía, le alababa y, también, le contaba las cosas que le ocurrían y lo que pensaba de ellas. El perro la escuchaba con atención, como si pudiera entenderla, y a ella se le fueron dulcificando algunas de sus rarezas.

Un día, el perro volvió de la terraza sin haber hecho caso de la comida, y ella, en su melopea habitual, fue desgranando en voz alta las causas por las que el perro podía haberse dejado el plato. Y entonces el perro, de espaldas, dijo: «Me estoy meando, sácame a la calle».

Ella obedeció sin rechistar. Lo sacó a la calle y, al volver, le dijo a la vecina que el perro le había hablado. Quiso hacerle una demostración, pero por más que lo intentó, el perro permaneció mudo.

Sin embargo, en casa cada vez hablaba más. Le dijo que no le gustaba el pienso compuesto, que había una perra enfrente que estaba en celo, que hacía frío en la cocina... La verdad es que el perro hablaba mucho.

Ella trató de hacérselo saber a una emisora local, escribió cartas a la Sociedad Protectora de Animales y lo contó en todas partes, pero nadie le hizo caso, porque el perro, si ella no estaba sola, no hablaba. Le empezó a pegar por hablar sólo con ella, y el perro le replicó que si le seguía pegando, contaría todo lo que sabía de ella. Y algo debía saber el perro porque ella, asustada, dejó de pegarle.

Se volvió loca. La impotencia por no poder demostrar lo que era tan evidente, que el perro hablaba, la sacó de quicio y comenzó a ladrar por las noches y a morder a los vecinos.

La metieron a la fuerza en la ambulancia. El perro, dos días después, consiguió salir del piso, arañó la puerta de la vecina y cuando ésta abrió, le dijo: «Tengo hambre».

A los tres meses, la vecina también fue recluida en un sanatorio psiquiátrico: se había empeñado en que el perro de la vecina sabía hablar.


Cuentos de medianoche. Luis del Val, 2006.

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