domingo, 18 de diciembre de 2016

Casualidad. Ángela Adriana Rengifo.

Justo en el instante en el que él se estaba afeitando, ella se duchaba. 
Justo en el instante en el que ella se maquillaba, él leía el periódico. 
Justo en el instante en que él estaba desayunando, ella guardaba sus papeles. 
Justo en el instante en el que ella empacaba su almuerzo, él acariciaba su gato. 
Justo en el instante en que él daba instrucciones al portero, ella tomaba su café. 
Justo en el instante en el que ella salía de la casa, él cogía las llaves del carro. 
Justo en el instante en que él pasaba con su carro, ella cruzaba la calle.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Yo vi matar a aquella mujer. Ramón Gómez de la Serna.

En la habitación iluminada de aquel piso vi matar a aquella mujer. El que la mató, le dio veinte puñaladas, que la dejaron convertida en un palillero. Yo grité. Vinieron los guardias. Mandaron abrir la puerta en nombre de la ley, y nos abrió el mismo asesino, al que señalé a los guardias diciendo: 
—Este ha sido. 
Los guardias lo esposaron y entramos en la sala del crimen. La sala estaba vacía, sin una mancha de sangre siquiera. En la casa no había rastro de nada, y además no había tenido tiempo de ninguna ocultación esmerada. 
Ya me iba, cuando miré por último a la habitación del crimen, y vi que en el pavimento del espejo del armario de luna estaba la muerta, tirada como en la fotografía de todos los sucesos, enseñando las ligas de recién casada con la muerte… 
—Vean ustedes —dije a los guardias—. Vean ... El asesino la ha tirado al espejo, al trasmundo.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Centauros. Juan Gaitán.

En los alrededores de la ciudad vive una manada de centauros. Es fácil verlos al atardecer, cuando el calor se calma, paseando melancólicos por los bulevares. 
Los centauros tienen fuertes tendencias suicidas. El reputado psiquiatra Almus Sletsinger estudió su comportamiento durante años, llegando a publicar un opúsculo, hoy en día inencontrable, en el que desmenuzaba el alma de estos seres taciturnos. 
En aquella obra, el viejo psiquiatra establecía con científica eficiencia las razones que llevaban a un centauro al suicidio. Para el sabio doctor, algunos lo hacían por amor, la mayoría. Otros, el segundo grupo en importancia, por sentirse incomprendidos en un mundo de bípedos. Y, finalmente, el tercer grupo, el menos numeroso y sin duda el de mayor misterio, se quitaba la vida el día de su trigésimo tercer aniversario. 
El eminente psiquiatra no llegó nunca a saber por qué al cumplir los treinta y tres años muchos centauros deciden abrirse las venas y dejar correr la sangre. Solo pudo constatar que quienes no lo hacían y superaban esa edad para ellos maldita, se apartaban de la manada y dedicaban el resto de sus días a criar unos pequeños pajarillos de delicadas plumas color violeta cuyo canto, aunque esto forma ya parte de la leyenda, tiene la facultad de detener el tiempo.

 Ciudad violeta. Juan Gaitán, 2016.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

La vida en común. Inma Luna.

Como siempre, mi marido llegó a casa cuando yo estaba preparando la cena. Como siempre, se sentó en el sillón y ni palabra. Empuñó el mando a distancia y puso en marcha el televisor. Como siempre, había fútbol.
Era un día igual a cualquier otro. Su misma cara, el traje idéntico al que llevaba el día anterior, la semana anterior, el mes anterior. Los mismos ojos extasiados ante la pantalla, su aspecto pánfilo, su desidia y su silencio, su perpetuo silencio.
Nunca se alteraba, ni siquiera con el partido. Simplemente miraba. Se entregaba al televisor con ojos de vaca. Me recordaba a los recién nacidos que contemplan impasibles lo que les rodea sin comprender un ápice.
Esa noche volví a insistir. Ya resultaba malsano pero no podía evitarlo. Cada noche el mismo monólogo. “¿Quieres cenar? ¿Qué te apetece? He hecho tortilla, con cebolla, como a ti te gusta. También puedo prepararte un sándwich”. No sé por qué lo hacía. No tenía sentido. Podía decir cualquier otra cosa y le hubiese dado igual. Podía decir, por ejemplo: “Juan, voy a agujerearme el corazón con la taladradora. Juan, me tiré por el balcón esta mañana. Juan, te quiero”.
Le llevé un buen trozo de tortilla y lo dejé en la mesita baja de comedor. Yo cené en la cocina. No me acostumbraba a estos días de fútbol. Días de fútbol y silencio. Noches para la soledad. Así llevábamos años, quizá décadas, hasta puede que nunca hubiésemos tenido nada mejor.
Me tomé un café y metí los cacharros en el lavavajillas. Puse la radio. "María de la O, qué desgraciaíta, gitana tú eres, teniéndolo tó". Me senté junto a la ventana. Encendí un cigarrillo.
A través de los cristales, televisores del vecindario. Voces, mezcla de voces. Chapurreo de presentadores más o menos familiares. Comunicación intercanal. Aparte de las teles, nadie hablaba.
Y la canción en la radio. "Te quieres reír y hasta los ojitos los tiene moraos de tanto sufrir". Tarareé.
Escuchaba la televisión de mi vecina de enfrente como si estuviese en mi propia cocina. Lo que necesitas es amor. Claro, pensé, María de la O, lo que necesitas es amor.
Apagué el cigarrillo y apagué la luz.
La canción también terminó en la radio.
Antes de acostarme, un nuevo intento. Entré casi desnuda en el comedor justo en el instante en que se iniciaba la tanda de penaltis. Si seré imbécil. Mi cuerpo se volvió transparente.
Cuando me iba a la cama le di las buenas noches. No contestó.
Por la mañana seguía allí, con los ojos muy abiertos ante el televisor. El forense apuntó las cinco de la tarde como hora probable de la muerte. Yo juraría que cuando llegó a casa estaba vivo pero con estas cosas nunca se sabe. 


 Las mujeres no tienen que machacar con ajos su corazón en el mortero, Inma Luna, 2008.

lunes, 12 de diciembre de 2016

La voz tras el cristal de color ámbar. Felipe Benítez Reyes.

Cuando le diagnosticaron la enfermedad, decidí cerrar el negocio para poder cuidarla durante el tiempo que le quedase, pues, aunque el tiempo sea para todo el mundo una cuenta atrás, esa cuenta suya era ya muy breve, según el especialista.


Por las noches, le leía yo novelas protagonizadas por faraones embrujados del Egipto o por emperadores lascivos y altaneros de la Roma imperial. Le cogimos afición a eso, y era como desviarla un poco no del camino de la muerte, pero sí al menos del pensamiento de la muerte.


A veces, cuando la medicación le provocaba debilidad en el entendimiento y le fijaba los ojos en un punto inconcreto del vacío, le leía alguna de esas revistas que suelen entrevistar a princesas y a banqueros que están a bordo de un yate blanco o subidos a un caballo también blanco, siempre junto a mujeres tan guapas que parecen sacadas de un sueño de ilusiones dolorosas. Aquello de lo que se hablaba en esas revistas es posible que fuesen banalidades, no soy yo quién para juzgarlo, pero reconozco que nos gustaba leerlas, porque suponía la comprobación de lo mucho que nos habíamos perdido de la vida y del mundo, pero también la certeza de que todo eso que nos habíamos perdido no nos importaba lo suficiente como para convertirnos en personas rencorosas.


Nuestro piso es amplio, pero siempre ha sido caluroso a la vez que umbrío, porque tiene pequeñas las ventanas, y a ella no le venía bien el aire acondicionado, así que, durante buena parte de julio y todo agosto, salíamos por la noche a la terraza y nos sentábamos allí durante un par de horas para respirar el aire limpio de la ciudad casi vacía y también para enfriarnos un poco los pulmones, que se debilitan por el exceso de calor, y allí le leía las novelas de fantasías impensables, o las revistas.


Al principio no nos dimos cuenta.


No hacía ningún ruido. No tosía. No fumaba. Nada delataba su presencia intrusa y nada nos hacía sospechar que estuviese allí, en la terraza contigua, oyendo lo que yo leía para ella. Pero estaba, y podía llevar allí mucho tiempo sin que lo hubiésemos notado.


Lo descubrí por casualidad, que suele ser el modo en que las cosas se descubren tanto en las ciencias de veras importantes como en las situaciones sin importancia ni relieve.


El caso es que pusieron farolas nuevas en la calle, y el resplandor de una de ellas delató a contraluz, recortada en el cristal esmerilado de color ámbar que separa nuestros tramos de terraza, la silueta del intruso.


Ella se sobresaltó cuando le señalé aquella sombra, pero me llevé el dedo a los labios con prontitud, antes de que dijera algo ofensivo o inconveniente, pues los medicamentos estaban alterándole su carácter natural y yo mismo tenía que obligarla a veces a que se tomara una dosis doble de neurolépticos para que volviera si no a su ser, sí al menos a su limbo.


No podíamos dejar de salir a la terraza por las noches, a pesar de la presencia del intruso, porque fue mucho el calor que trajo aquel agosto. Los pulmones se le calentaban de manera alarmante durante el día, y el médico me había encomendado la tarea de enfriárselos lo más posible con estancias prolongadas al aire libre. Así que seguimos saliendo a la terraza para leerle lo que aquel día aconsejase su estado: las fantasías de los libros o las fábulas sociales de las revistas. Lo único que podía hacer era rebajar el volumen de mi voz cuando veía la silueta del intruso recortada en el cristal de color ámbar. Yo leía para ella, no para él, pero él tenía derecho a estar allí, y nadie puede obligar a nadie a renunciar a sus derechos.


Noche tras noche, sin saber que veíamos su silueta, se sentaba él a escuchar mi lectura en voz alta. Nunca tosía. Nunca arrastraba siquiera una silla. Pero yo bajaba el volumen de voz, hasta hacerla tal vez un poco espectral y poco alegre, y luego me notaba irritada la garganta, y notaba también que ella no siempre se reía al llegar a un pasaje cómico, no sé si porque no me oía bien o por estar padeciendo en ese preciso instante un presentimiento pasajero de muerte.


Septiembre vino también cálido, de modo que continuamos saliendo durante casi todo ese mes a la terraza, aunque ya un poco más temprano y con algo más de abrigo, y allí seguía el intruso.


Octubre vino por el contrario muy cambiante, y ella no podía exponerse a esas oscilaciones brusquísimas, así que dejamos de salir por las noches a la terraza y pude recuperar el volumen natural de mi voz al leerle las fantasías.


Luego vino noviembre, que es un mes de malos presagios, pero que nosotros sorteamos con éxito, y luego diciembre, que se la llevó, porque se trata de un mes al que sobreviven muy pocos enfermos, tal vez por el frío en sí o tal vez por la melancolía que promueve el frío en los enfermos, que suelen confundir el frío con la muerte y se vienen entonces abajo, según dicen algunos.


Abrí de nuevo la heladería, a pesar del frío, porque la gente ya ha perdido el miedo a los helados durante el invierno: sólo hay que dejarlos un rato a temperatura ambiente para que desaparezca no el helor que les da carácter, sino la violencia de ese helor. Basta con eso.


Volver a casa ya no era lo mismo y lo hacía siempre a horas irregulares, aunque por lo común tardías, pues siempre les viene bien el pasear a los viudos y a los ociosos, que de ese modo dan tregua al pensamiento.


Una noche de tantas, me crucé con un vecino en la puerta del bloque. Él sabía quién era yo, pero yo no sabía que se trataba del intruso, aunque no tardé en saberlo: «Vivo en el primero B», me dijo. «Yo en el primero A». Y ahí comenzó todo.


Cuando, en nuestro segundo encuentro, me invitó a cenar en su casa, no supe qué decir, de modo que opté por la solución que me ocasionaba menos conflictos en ese instante: aceptar su invitación con agradecimiento.


Y cené en su casa.


Él insistió en que no me moviera, en que me quedara sentado sin preocuparme de nada, porque era su invitado. De modo que fue sirviéndome unos platos que me supieron bien, y también me sirvió el vino, que era algo bronco pero bueno. A los postres, me anunció que la tarta de arándanos y queso la había hecho para mí, y me obligó luego a llevarme lo mucho de esa tarta que sobró, alegando con insistencia que la había hecho especialmente para mí y que la tarta era mía.


De él me extrañaba todo, pero me extrañaba especialmente el hecho de que, a pesar de su edad, no tosiera. «Será de pulmones fríos», pensé, porque yo sé lo que es tener unos pulmones de naturaleza cálida, y sé lo que es toser a causa del calentamiento de los pulmones, cuando sientes en ellos una especie de magma. «¿No tose usted?», y él negó sonriente con la cabeza.


Al día siguiente, me invitó de nuevo a cenar. Y cenamos muy bien. Y él se encargó de servir y de recoger los platos.


Al día siguiente me dijo que le gustaría pasear conmigo. Y paseamos juntos, y me pedía que le hablara: «Me gusta mucho su voz. Me va a tomar usted por un exagerado, pero podría pasarme la vida entera oyéndole hablar...».


A veces se venía a pasar la mañana o la tarde a la heladería, y allí se sentaba, y me pedía que le hablase. De cualquier cosa: «Me gusta oír su voz, sencillamente».


Noté que se echaba mucha colonia cuando me invitaba a cenar por ahí. Noté también que sabía de muchas cosas, aunque nunca supe de qué clase de cosas se trataba, porque él se empeñaba en que hablase yo: mi voz le gustaba mucho, según no se cansaba de repetir cuando le pedía que hablase un poco con él.


Acabé entrando con frecuencia en su piso y él en el mío. Me dijo que despidiese a la limpiadora, que no la necesitaría mientras él tuviese un poco de salud, y me negué a aquello, pero él insistió, de modo que despedí a la limpiadora, y un par de veces por semana me limpiaba él el piso, y me iba cambiando con buen gusto las cosas de lugar, porque tenía la magia de dar realce a los objetos con sólo modificar su posición o su combinación, y llenaba todo de flores y quincalla.


«¿Nunca ha pensado usted en vivir con alguien?», me preguntó un día, y aquella pregunta me cogió por sorpresa, porque la verdad es que nunca me la había hecho a mí mismo desde que murió mi mujer, quizá porque la respuesta negativa se anticipaba a la pregunta. «Creo que podría estar siempre a su lado, oyendo su voz. Porque no sé si le he dicho que tiene usted una voz preciosa. Y lee con mucha amabilidad.»


Un día me sentí obligado a confesarle que le veía a través del cristal de color ámbar cuando salía a la terraza con mi difunta mujer a leerle novelas o revistas. También creí necesario confesarle que bajaba el volumen de voz no tanto para que él no me oyese como porque me intimidaba su presencia. «Sus susurros también me parecían muy hermosos. Un hombre que sabe susurrar oculta muchas cosas en su corazón, y a los demás nos interesa descubrir cuáles son esas cosas», me dijo.


Él me había dado confianza, pero yo le había cogido miedo, porque no lograba entender la razón de aquella confianza que me daba. Le dije: «Usted está confundido con respecto a mí. No me gustan las fantasías de los libros. Yo sólo estaba dando alivio a una enferma. No tengo nada especial dentro de mi corazón, y mi voz es como la de cualquiera». Él me sonrió. «Ya sabe dónde estoy. Le estaré esperando», me dijo. Cogió del jarrón azul que me regaló por mi cumpleaños uno de los claveles blancos que él mismo me había llevado esa mañana —el tallo mojado goteó sobre su zapato derecho— y se fue.


Hace mucho calor, aunque aún falta para que llegue agosto. Cada noche salgo a la terraza y allí está él, sin fumar, sin moverse y sin toser. Mirándome a través del cristal de color ámbar. Mirándole yo. Frente a frente. Sin ninguno entender lo que nos ocurre. 


 

domingo, 11 de diciembre de 2016

Mar de fondo. José Manuel Dorrego Sáenz.

Me compré una fabulosa casita con vistas al mar. Luego, entre mi casa y el mar, construyeron otra magnífica casa con vistas al mismo mar. Ya no veía los barquitos en el horizonte, pero podía escuchar el romper de las olas sobre las rocas. Después, entre las dos casas y el mar, levantaron otro edificio con vistas a nuestro mar. Entonces dejé de oír el rumor de las olas, pero aún me llegaban jirones de la inconfundible brisa marina, esa brisa que trae retazos de caracolas, algas, aletas de sirenas…
Ahora, entre mi casa y el mar, hay toda una ciudad. Ya no llegan hasta mí ni brisas, ni peces ni olas, pero dicen, los que viven más cerca de la orilla, que el mar aún sigue allí. 


 

viernes, 9 de diciembre de 2016

La historia según Pao Cheng. Salvador Elizondo.

En un día de verano, hace más de tres mil quinientos años, el filósofo Pao Cheng se sentó a la orilla de un arrollo a adivinar su destino en el caparazón de una tortuga. El calor y el murmullo del agua pronto hicieron, sin embargo, vagar sus pensamientos y olvidándose poco a poco de las manchas del carey, Pao Cheng comenzó a inferir la historia del mundo a partir de ese momento. “Como las ondas de este arroyuelo, así corre el tiempo. Este pequeño cauce crece conforme fluye, pronto se convierte en un caudal hasta que desemboca en el mar, cruza el océano, asciende en forma de vapor hacia las nubes, vuelve a caer sobre la montaña con la lluvia y baja, finalmente, otra vez convertido en el mismo arroyo…” Este era, más o menos, el curso de su pensamiento y así, después de haber intuido la redondez de la tierra, su movimiento en torno al sol, la traslación de los demás astros y la propia rotación de la galaxia y del mundo, “¡Bah! —exclamó— este modo de pensar me aleja de la Tierra de Han y de sus hombres que son el centro inamovible y el eje en torno al que giran todas las humanidades que en él habitan…” Y pensando nuevamente en el hombre, Pao Cheng pensó en la Historia. Desentrañó, como si estuvieran escritos en el caparazón de la tortuga, los grandes acontecimientos futuros, las guerras, las migraciones, las pestes y las epopeyas de todos los pueblos a lo largo de varios milenios. Ante los ojos de su imaginación caían las grandes naciones y nacían las pequeñas que después se hacían grandes y poderosas antes de ser abatidas a su vez. Surgieron también todas las razas y las ciudades habitadas por ellas que se alzaban un instante majestuosas y luego caían por tierra para confundirse con la ruina y la escoria de innumerables generaciones. Una de estas ciudades entre todas las que existían en ese futuro imaginado por Pao Cheng llamó poderosamente su atención y su divagación se hizo más precisa en cuanto a los detalles que la componían, como si en ella estuviera encerrado un enigma relacionado con su persona. Aguzó su mirada interior y trato de penetrar en los resquicios de esa topografía increada. La fuerza de su imaginación era tal que se sentía caminar por sus calles, levantando la vista azorado ante la grandeza de las construcciones y la belleza de los monumentos. Largo rato paseó Pao Cheng por aquella ciudad mezclándose a los hombres ataviados con extrañas vestiduras y que hablaban una lengua lentísima, incomprensible, hasta que pronto se detuvo ante una casa en cuya fachada parecían estar inscritos los signos indescifrables de un misterio que lo atraía irresistiblemente. A través de una de las ventanas pudo vislumbrar a un hombre que estaba escribiendo. En ese mismo momento Pao Cheng sintió que allí se dirimía una cuestión que lo atañía íntimamente. Cerró los ojos y acariciándose la frente perlada de sudor con las puntas de sus dedos alargados trató de penetrar, con el pensamiento, en el interior de la habitación en la que el hombre estaba escribiendo. Se elevó volando del pavimento y su imaginación traspuso el reborde de la ventana que estaba abierta y por la que se colaba una ráfaga fresca que hacía temblar las cuartillas, cubiertas de incomprensibles caracteres, que yacían sobre la mesa. Pao Cheng se acercó cautelosamente al hombre y miró por encima de sus hombros, conteniendo la respiración para que éste no notara su presencia. El hombre no lo hubiera notado pues parecía absorto en su tarea de cubrir aquellas hojas de papel con esos signos cuyo contenido todavía escapaba al entendimiento de Pao Cheng. De vez en cuando el hombre se detenía, miraba pensativo por la ventana, aspiraba un pequeño cilindro blanco y arrojaba una bocanada de humo azulado por la boca y por las narices, luego volvía a escribir. Pao Cheng miró las cuartillas terminadas que yacían en desorden sobre un extremo de la mesa y conforme pudo ir descifrando el significado de las palabras que estaban escritas en ellas, su rostro se fue nublando y un escalofrío de terror cruzó, como la reptación de una serpiente venenosa, el fondo de su cuerpo. ”Este hombre está escribiendo un cuento”, se dijo. Pao Cheng volvió a leer las palabras escritas sobre las cuartillas. “El cuento se llama La Historia según Pao Cheng y trata de un filósofo de la antigüedad que un día se sentó a la orilla de un arroyo y se puso a pensar en… ¡Luego yo soy un recuerdo de ese hombre y si ese hombre me olvida moriré…!”
El hombre, no bien había escrito sobre el papel las palabras “…si ese hombre me olvida moriré”, se detuvo, volvió a aspirar el cigarrillo y mientras dejaba escapar el humo por la boca, su mirada se ensombreció como si ante él cruzara una nube cargada de lluvia. Comprendió, en ese momento, que se había condenado a sí mismo, para toda la eternidad, a seguir escribiendo la historia de Pao Cheng, pues si su personaje era olvidado y moría, él que no era más que un pensamiento de Pao Cheng, también desaparecería.