Librada la batalla
de Clontarf, en la que fue humillado el noruego, el Alto Rey habló
con el poeta y le dijo:
-Las proezas más
claras pierden su lustre si no se las amoneda en palabras. Quiero que
cantes mi victoria y mi loa. Yo seré Eneas; tú serás mi Virgilio.
¿Te crees capaz de acometer esa empresa, que nos hará inmortales a
los dos?
-Sí, Rey -dijo el
poeta-. Yo soy el Ollan. Durante doce inviernos he cursado las
disciplinas de la métrica. Sé de memoria las trescientas sesenta
fábulas que son la base de la verdadera poesía. Los ciclos de
Ulster y de Munster están en las cuerdas de mi arpa. Las leyes me
autorizan a prodigar las voces más arcaicas del idioma y las más
complejas metáforas. Domino la escritura secreta que defiende
nuestro arte del indiscreto examen del vulgo. Puedo celebrar los
amores, los abigeatos, las navegaciones, las guerras. Conozco los
linajes mitológicos de todas las casas reales de Irlanda. Poseo las
virtudes de las hierbas, la astrología judiciaria, las matemáticas
y el derecho canónico. He derrotado en público certamen a mis
rivales. Me he adiestrado en la sátira, que causa enfermedades de la
piel, incluso la lepra. Sé manejar la espada, como lo probé en tu
batalla. Sólo una cosa ignoro: la de agradecer el don que me haces.
El Rey, a quien lo
fatigaban fácilmente los discursos largos y ajenos, le dijo con
alivio:
-Sé harto bien esas
cosas. Acaban de decirme que el ruiseñor ya cantó en Inglaterra.
Cuando pasen las lluvias y las nieves, cuando regrese el ruiseñor de
sus tierras del Sur, recitarás tu loa ante la corte y ante el
Colegio de Poetas. Te dejo un año entero. Limarás cada letra y cada
palabra. La recompensa, ya lo sabes, no será indigna de mi real
costumbre ni de tus inspiradas vigilias-
-Rey, la mejor
recompensa es ver tu rostro-dijo el poeta, que era también un
cortesano.
Hizo sus reverencias
y se fue, ya entreviendo algún verso.
Cumplido el plazo,
que fue de epidemias y rebeliones, presentó el panegírico. Lo
declamó con lenta seguridad, sin una ojeada al manuscrito. El Rey lo
iba aprobando con la cabeza. Todos imitaban su gesto, hasta los que
agolpados en las puertas, no descifraban una palabra. Al fin el Rey
habló.
-Acepto tu labor. Es
otra victoria. Has atribuido a cada vocablo su genuina acepción y a
cada nombre sustantivo el epíteto que le dieron los primeros poetas.
No hay en toda la loa una sola imagen que no hayan usado los
clásicos. La guerra es el hermoso tejido de hombres y el agua de la
espada es la sangre. El mar tiene su dios y las nubes predicen el
porvenir. Has manejado con destreza la rima, la aliteración, la
asonancia, las cantidades, los artificios de la docta retórica, la
sabia alteración de los metros. Si se perdiera toda la literatura de
Irlanda -omen absit- podría reconstruirse sin pérdida con tu
clásica oda. Treinta escribas la van a transcribir dos veces.
Hubo un silencio y
prosiguió.
-Todo está bien y
sin embargo nada ha pasado. En los pulsos no corre más a prisa la
sangre. Las manos no han buscado los arcos. Nadie ha palidecido.
Nadie profirió un grito de batalla, nadie opuso el pecho a los
vikingos. Dentro del término de un año aplaudiremos otra loa,
poeta. Como signo de nuestra aprobación, toma este espejo que es de
plata.
-Doy gracias y
comprendo -dijo el poeta. Las estrellas del cielo retornaron su claro
derrotero. Otra vez cantó el ruiseñor en las selvas sajonas y el
poeta retornó con su códice, menos largo que el anterior. No lo
repitió de memoria; lo leyó con visible inseguridad, omitiendo
ciertos pasajes, como si él mismo no los entendiera del todo o no
quisiera profanarlos. La página era extraña. No era una descripción
de la batalla, era la batalla. En su desorden bélico se agitaban el
Dios que es Tres y es Uno, los númenes paganos de Irlanda y los que
guerrearían, centenares de años después, en el principio de la
Edda Mayor. La forma no era menos curiosa. Un sustantivo singular
podía regir un verbo plural. Las preposiciones eran ajenas a las
normas comunes. La aspereza alternaba con la dulzura. Las metáforas
eran arbitrarias o así lo parecían.
El Rey cambió unas
pocas palabras con los hombres de letras que lo rodeaban y habló de
esta manera:
-De tu primera loa
pude afirmar que era un feliz resumen de cuanto se ha cantado en
Irlanda. Ésta supera todo lo anterior y también lo aniquila.
Suspende, maravilla y deslumbra. No la merecerán los ignaros, pero
sí los doctos, los menos. Un cofre de marfil será la custodia del
único ejemplar. De la pluma que ha producido obra tan eminente
podemos esperar todavía una obra más alta.
Agregó con una
sonrisa: -Somos figuras de una fábula y es justo recordar que en las
fábulas prima el número tres.
El poeta se atrevió
a murmurar: -Los tres dones del hechicero, las tríadas y la
indudable Trinidad. El Rey prosiguió: -Como prenda de nuestra
aprobación, toma esta máscara de oro.
-Doy gracias y he
entendido -dijo el poeta. El aniversario volvió. Los centinelas del
palacio advirtieron que el poeta no traía un manuscrito. No sin
estupor el Rey lo miró; casi era otro. Algo, que no era el tiempo,
había surcado y transformado sus rasgos. Los ojos parecían mirar
muy lejos o haber quedado ciegos. El poeta le rogó que hablara unas
palabras con él. Los esclavos despejaron la cámara.
-¿No has ejecutado
la oda? -preguntó el Rey; -Sí -dijo tristemente el poeta-. Ojalá
Cristo Nuestro Señor me lo hubiera prohibido.
-¿Puedes
repetirla?. -No me atrevo.
-Yo te doy el valor
que te hace falta -declaró el Rey.
El poeta dijo el
poema. Era una sola línea. Sin animarse a pronunciarla en voz alta,
el poeta y su Rey la paladearon, como si fuera una plegaria secreta o
una blasfemia. El Rey no estaba menos maravillado y menos maltrecho
que el otro. Ambos se miraron, muy pálidos.
-En los años de mi
juventud -dijo el Rey- navegué hacia el ocaso. En una isla vi
lebreles de plata que daban muerte a jabalíes de oro. En otra nos
alimentamos con la fragancia de las manzanas mágicas. En otra vi
murallas de fuego. En la más lejana de todas un río abovedado y
pendiente surcaba el cielo y por sus aguas iban peces y barcos. Éstas
son maravillas, pero no se comparan con tu poema, que de algún modo
las encierra. ¿Qué hechicería te lo dio?
-En el alba -dijo el
poeta- me recordé diciendo unas palabras que al principio no
comprendí. Esas palabras son un poema. Sentí que había cometido un
pecado, quizá el que no perdona el Espíritu.
-El que ahora
compartimos los dos -el Rey musitó-. El de haber conocido la
Belleza, que es un don vedado a los hombres. Ahora nos toca expiarlo.
Te di un espejo y una máscara de oro; he aquí el tercer regalo que
será el último.
Le puso en la
diestra una daga. Del poeta sabemos que se dio muerte al salir del
palacio; del Rey, que es un mendigo que recorre los caminos de
Irlanda, que fue su reino, y que no ha repetido nunca el poema.
El libro de arena. Jorge Luis Borges, 1975.
domingo, 21 de enero de 2018
sábado, 20 de enero de 2018
Un solo deseo. Umberto Senegal.
Al
caracol que le enviaron las olas hasta la playa, le descubrió forma
de lámpara. Otra especie de lámpara de Aladino, discurrió
esperanzado y comenzó a frotarla. Un solo deseo. No necesitaba más.
Con sus ojos zambulléndose en el mar acarició en vano, hasta el
anochecer, al dorado caracol. Nada sucedió. Ya no hay lámparas de
Aladino. Un simple caracol. Y lo tiró mar adentro regresando a su
vivienda sin darse cuenta de la seductora sirena que, un poco
retrasada y confiando en encontrar allí al amor de su vida, llegó
hasta el lugar donde aquel hombre había encontrado el caracol.
Alucinamientos. Umberto Senegal, 2013.
Alucinamientos. Umberto Senegal, 2013.
viernes, 19 de enero de 2018
La memoria, esa incomodidad. Marco Denevi.
Se
encontraron por un capricho del azar. No se conocían, pero les bastó
mirarse para caer fulminados por lo que en Sicilia llaman el rayo del
amor. Sin pronunciar una palabra corrieron al lecho (al de ella, que
estaba siempre pronto) y se lanzaron el uno contra el otro como los
pugilistas en el gimnasio.
A la mañana siguiente fue Eneas el primero que despertó. Decidido a proseguir su viaje por el Mediterráneo, e incapaz de abandonar a una mujer sin una explicación, le dejó sobre la mesita de luz un papel en el que escribió con sublime laconismo: “¡Desdichada, lo sé todo! Adiós”.
Y se fue, la conciencia tranquila y el ánimo templado.
Varias horas después Dido abrió los ojos, todavía lánguida de placer, vio la esquela y la leyó. “¿Qué es lo que sabe de mí, si ni siquiera le revelé mi nombre?”, se preguntó estupefacta.
Por las dudas comenzó a pasar revista a su pasado, hasta que experimentó tanta vergüenza que se bebió un frasco íntegro de vitriolo.
El jardín de las delicias. Marco Denevi, 1992.
A la mañana siguiente fue Eneas el primero que despertó. Decidido a proseguir su viaje por el Mediterráneo, e incapaz de abandonar a una mujer sin una explicación, le dejó sobre la mesita de luz un papel en el que escribió con sublime laconismo: “¡Desdichada, lo sé todo! Adiós”.
Y se fue, la conciencia tranquila y el ánimo templado.
Varias horas después Dido abrió los ojos, todavía lánguida de placer, vio la esquela y la leyó. “¿Qué es lo que sabe de mí, si ni siquiera le revelé mi nombre?”, se preguntó estupefacta.
Por las dudas comenzó a pasar revista a su pasado, hasta que experimentó tanta vergüenza que se bebió un frasco íntegro de vitriolo.
El jardín de las delicias. Marco Denevi, 1992.
jueves, 18 de enero de 2018
Braulio o la incomunicación. Reinaldo Medina Hernández.
Se
levantó con el mismo retraso, pero también con el mismo buen humor
de todos los días. Bajó corriendo las escaleras y al pasar junto a
la portería saludó al portero con la jovialidad de siempre. Sin
embargo el saludo no le fue devuelto sino que a cambio recibió una
extraña mirada. Se sorprendió pero estaba muy apurado para ventilar
el asunto. En la calle quiso encender el primer cigarrillo de la
mañana, pero como con el apuro había olvidado su encendedor le
pidió fuego amablemente a un transeúnte: “¿Perdón?” -preguntó
el hombre sorprendido. Repitió su pedido con su mejor sonrisa; pero
el individuo le clavó una mirada dura y se alejó diciéndole: “Es
muy temprano para payasadas”. En el metro trató gentilmente de
cederle su asiento a una señora, pero ésta lo miró con ojos
aterrorizados y huyó al fondo del coche como si la hubiera amenazado
de muerte.
Ya en la oficina saludó a todos con su habitual estilo, galante con las mujeres, cortés con los colegas; pero no recibió una palabra a cambio, sino solo miradas sorprendidas disparadas desde el fondo de dilatados ojos de sonámbulos. “¿Es que están todos locos hoy, o toda la cuidad se volvió maleducada de repente?”. Discretamente se escurrió hasta el lavabo y se observó en el espejo buscando en su rostro una posible explicación. Todo estaba en orden, a pesar de las prisas se había afeitado correctamente, no tenía rastros de desayuno en el bigote, ni ninguna mancha en la cara. “Entonces, ¿qué coño pasa?”
Se apersonó en la oficina del Director para exponerle la disculpa de rutina, pero a medida que hablaba notaba cómo los ojos de su superior crecían: en sus órbitas y su boca se abría lentamete dejando ver sus dientes amarillos. “¿Qué mierda estás hablando Braulio, en qué jodido idioma te ha dado por hablar ahora?”. Sorprendido trató de replicar pero evidentemente no se hizo entender. “Ya es suficiente con que llegues tarde todos los días, para que ahora lo hagas también ebrio, no has logrado articular una palabra coherente, piérdete de mi vista, no quiero verte nunca más.”
“A mí nadie me despide, yo renuncio” -pensó, y se sentó a escribir, pero lo horrorizaron las primeras líneas: “Yu, Breukio Púrev, renancié… “ Tiró el papel espantado y corrió a la calle tratando de pensar en lo que sucedía: “Dius mao, qui of exjo, pur qkn yb nesd jaso gios jebso kdn seo xcbl...”
Ya en la oficina saludó a todos con su habitual estilo, galante con las mujeres, cortés con los colegas; pero no recibió una palabra a cambio, sino solo miradas sorprendidas disparadas desde el fondo de dilatados ojos de sonámbulos. “¿Es que están todos locos hoy, o toda la cuidad se volvió maleducada de repente?”. Discretamente se escurrió hasta el lavabo y se observó en el espejo buscando en su rostro una posible explicación. Todo estaba en orden, a pesar de las prisas se había afeitado correctamente, no tenía rastros de desayuno en el bigote, ni ninguna mancha en la cara. “Entonces, ¿qué coño pasa?”
Se apersonó en la oficina del Director para exponerle la disculpa de rutina, pero a medida que hablaba notaba cómo los ojos de su superior crecían: en sus órbitas y su boca se abría lentamete dejando ver sus dientes amarillos. “¿Qué mierda estás hablando Braulio, en qué jodido idioma te ha dado por hablar ahora?”. Sorprendido trató de replicar pero evidentemente no se hizo entender. “Ya es suficiente con que llegues tarde todos los días, para que ahora lo hagas también ebrio, no has logrado articular una palabra coherente, piérdete de mi vista, no quiero verte nunca más.”
“A mí nadie me despide, yo renuncio” -pensó, y se sentó a escribir, pero lo horrorizaron las primeras líneas: “Yu, Breukio Púrev, renancié… “ Tiró el papel espantado y corrió a la calle tratando de pensar en lo que sucedía: “Dius mao, qui of exjo, pur qkn yb nesd jaso gios jebso kdn seo xcbl...”
miércoles, 17 de enero de 2018
Es que somos muy pobres. Juan Rulfo.
Aquí todo va de mal
en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado,
cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la
tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje,
porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y
el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos
tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que
pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo
del tejaban, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba
aquella cebada amarilla tan recién cortada.
Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río.
El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.
Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.
A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.
Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.
Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.
No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral, porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.
Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.
Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.
Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.
La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas las más grandes.
Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.
Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para donde; pero andan de pirujas.
Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.
La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.
Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vuelta a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: «Que Dios las ampare a las dos.»
Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.
—Sí —dice—, le llenará los ojos a cualquiera donde quiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.
Ésa era la mortificación de mi papá.
Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí, a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.
Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.
El llano en llamas. Juan Rulfo, 1953.
Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río.
El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.
Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.
A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.
Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.
Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.
No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral, porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.
Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.
Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.
Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.
La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas las más grandes.
Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.
Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para donde; pero andan de pirujas.
Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.
La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.
Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vuelta a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: «Que Dios las ampare a las dos.»
Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.
—Sí —dice—, le llenará los ojos a cualquiera donde quiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.
Ésa era la mortificación de mi papá.
Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí, a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.
Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.
El llano en llamas. Juan Rulfo, 1953.
martes, 16 de enero de 2018
La liebre bruja. Rafael Andolz.
Que
las brujas pueden convertirse en gatos (especialmente en gatos
negros) nadie lo ignora. Nuestros pueblos están llenos de historias
y cuentos de gatos y brujas entremezclados. Pero también pueden
hacerse lobos. En Centroeuropa fue el caso más frecuente de épocas
pasadas y de ahí viene el nombre de “licantropía” y
“licántropo” que significa hombre lobo pero que se aplica a
todos los casos de conversión de hombres en cualquier animal o de un
animal en hombre.
Sin embargo tenemos en el Pirineo una historia bastante reciente que hace referencia a otra transformación más extraña, ya que no se trata de ningún animal diabólico.
Empezamos por el principio.
Tres mozos amigos del pueblecillo de Aísa en el Campo de Jaca salieron a cazar un domingo por la mañana. Daban vueltas y vueltas pero no veían ninguna presa sobre la que disparar. Andando, andando, se metieron en el monte de Borau que linda con su pueblo. Se pararon a descansar un rato cuando en éstas que ven entre unas matas unas ropas como escondidas. Se trataba de vestidos de mujer. ¿Qué pintarían allí esos vestidos?
Uno de los jóvenes creyó adivinarlo:
—Seguro que se trata de alguna bruja que se ha convertido en lobo o en gato y ha dejado aquí su ropa...
—Pronto lo sabremos —dijo otro—. Mi madre, esta mañana al salir de misa me ha dado su rosario para que se lo guardara y lo tengo aquí. Si lo ponemos en la ropa, la bruja no se atreverá a tocarla.
Y diciendo esto, sacó, efectivamente del bolsillo un rosario y lo depositó encima de las prendas, sin cambiarlas para nada. Luego se escondieron por allí cerca los tres para esperar acontecimientos. Pasó más de una hora sin que sucediera nada. Ellos esperaban en silencio. Y de pronto, se presenta en el lugar una liebre.
Uno de los mozos agarró inmediatamente su escopeta y ya se disponía a apuntar el arma, cuando otro compañero le sujetó del brazo, impidiéndoselo y se llevó el dedo índice a los labios pidiéndole silencio. La liebre no se había percatado de su presencia y se acercaba paso a paso hacia ellos.
Al llegar a la ropa debió quedar desconcertada. La miró atentamente y empezó a dar vueltas alrededor de ella, sin tocarla. Luego empezó a mirar hacia todos los lados hasta que descubrió a los muchachos.
Ellos quedaron pasmados cuando vieron que, lejos de huir, se les aproximaba más y luego, con una voz extrañísima, pero claramente humana, les pidió:
—Quitad “eso” de encima de la ropa, que no me puedo vestir.
El muchacho que parecía más enterado de las cosas de brujería le contestó:
—Sí, lo quitaremos. Pero antes tienes que decirnos de dónde vienes y qué mal has hecho.
—Vengo de Borau de casa Tal, porque le tenía que dar el mal de ojo a un niñer que tienen.
—Pues vuelve a Borau, a esa casa, y quítale el mal al niñer y nosotros quitaremos el rosario.
La bruja no se lo hizo repetir dos veces y desapareció a todo correr.
Como el pueblo no estaba demasiado lejos y uno de ellos era buen andador, marchó corriendo tras la liebre a comprobar los hechos. Conocía a la familia que había dicho la bruja y se dirigió directamente a su casa.
—Buenos días, señora Felisa. ¿Qué tal están todos? Nada, que pasaba por aquí y se me ha ocurrido parar a saludarles.
—Gracias, hijo mío. Todos estamos bien, ¿y vosotros?... Bueno, al nene esta mañana de repente se le ha puesto una fiebre muy alta, sin saber por qué. Y no se la podíamos quitar ni con pañuelos mojados con colonia en la frente. Pero, de pronto, hace un ratico, igual que le ha venido la calentura se le ha marchado. Ya está jugando otra vez tan campante. Pero, pasa y tomarás un traguico de vino.
—No, señora, no: que me están esperando unos amigos en Sandianar. Con que, nada. ¡A plantar fuerte!
—¡Gracias, hijo, que vaya bueno!
El mozo volvió corriendo a donde sus compañeros. La liebre estaba ya esperando agazapada. Él contó todo y se decidieron a quitar el rosario. La liebre se convirtió en una vieja que ellos no conocían. Se vistió y desapareció por el bosque.
La verdad es que tuvo más suerte que otra bruja de otro pueblo de la montaña que se convirtió en cabra pero todo el mundo se dio cuenta porque se le olvidó quitarse los pendientes y a la pobre la persiguieron y hasta un zagal, bastante bruto, le cortó una oreja.
Desde aquel día, otra abuelica que llevaba fama de bruja en el pueblo se puso un pañuelo en la cabeza tapándose las orejas y nunca la vieron sin él.
Leyendas del Pirineo para niños y adultos. Rafael Andolz, 2004.
Sin embargo tenemos en el Pirineo una historia bastante reciente que hace referencia a otra transformación más extraña, ya que no se trata de ningún animal diabólico.
Empezamos por el principio.
Tres mozos amigos del pueblecillo de Aísa en el Campo de Jaca salieron a cazar un domingo por la mañana. Daban vueltas y vueltas pero no veían ninguna presa sobre la que disparar. Andando, andando, se metieron en el monte de Borau que linda con su pueblo. Se pararon a descansar un rato cuando en éstas que ven entre unas matas unas ropas como escondidas. Se trataba de vestidos de mujer. ¿Qué pintarían allí esos vestidos?
Uno de los jóvenes creyó adivinarlo:
—Seguro que se trata de alguna bruja que se ha convertido en lobo o en gato y ha dejado aquí su ropa...
—Pronto lo sabremos —dijo otro—. Mi madre, esta mañana al salir de misa me ha dado su rosario para que se lo guardara y lo tengo aquí. Si lo ponemos en la ropa, la bruja no se atreverá a tocarla.
Y diciendo esto, sacó, efectivamente del bolsillo un rosario y lo depositó encima de las prendas, sin cambiarlas para nada. Luego se escondieron por allí cerca los tres para esperar acontecimientos. Pasó más de una hora sin que sucediera nada. Ellos esperaban en silencio. Y de pronto, se presenta en el lugar una liebre.
Uno de los mozos agarró inmediatamente su escopeta y ya se disponía a apuntar el arma, cuando otro compañero le sujetó del brazo, impidiéndoselo y se llevó el dedo índice a los labios pidiéndole silencio. La liebre no se había percatado de su presencia y se acercaba paso a paso hacia ellos.
Al llegar a la ropa debió quedar desconcertada. La miró atentamente y empezó a dar vueltas alrededor de ella, sin tocarla. Luego empezó a mirar hacia todos los lados hasta que descubrió a los muchachos.
Ellos quedaron pasmados cuando vieron que, lejos de huir, se les aproximaba más y luego, con una voz extrañísima, pero claramente humana, les pidió:
—Quitad “eso” de encima de la ropa, que no me puedo vestir.
El muchacho que parecía más enterado de las cosas de brujería le contestó:
—Sí, lo quitaremos. Pero antes tienes que decirnos de dónde vienes y qué mal has hecho.
—Vengo de Borau de casa Tal, porque le tenía que dar el mal de ojo a un niñer que tienen.
—Pues vuelve a Borau, a esa casa, y quítale el mal al niñer y nosotros quitaremos el rosario.
La bruja no se lo hizo repetir dos veces y desapareció a todo correr.
Como el pueblo no estaba demasiado lejos y uno de ellos era buen andador, marchó corriendo tras la liebre a comprobar los hechos. Conocía a la familia que había dicho la bruja y se dirigió directamente a su casa.
—Buenos días, señora Felisa. ¿Qué tal están todos? Nada, que pasaba por aquí y se me ha ocurrido parar a saludarles.
—Gracias, hijo mío. Todos estamos bien, ¿y vosotros?... Bueno, al nene esta mañana de repente se le ha puesto una fiebre muy alta, sin saber por qué. Y no se la podíamos quitar ni con pañuelos mojados con colonia en la frente. Pero, de pronto, hace un ratico, igual que le ha venido la calentura se le ha marchado. Ya está jugando otra vez tan campante. Pero, pasa y tomarás un traguico de vino.
—No, señora, no: que me están esperando unos amigos en Sandianar. Con que, nada. ¡A plantar fuerte!
—¡Gracias, hijo, que vaya bueno!
El mozo volvió corriendo a donde sus compañeros. La liebre estaba ya esperando agazapada. Él contó todo y se decidieron a quitar el rosario. La liebre se convirtió en una vieja que ellos no conocían. Se vistió y desapareció por el bosque.
La verdad es que tuvo más suerte que otra bruja de otro pueblo de la montaña que se convirtió en cabra pero todo el mundo se dio cuenta porque se le olvidó quitarse los pendientes y a la pobre la persiguieron y hasta un zagal, bastante bruto, le cortó una oreja.
Desde aquel día, otra abuelica que llevaba fama de bruja en el pueblo se puso un pañuelo en la cabeza tapándose las orejas y nunca la vieron sin él.
Leyendas del Pirineo para niños y adultos. Rafael Andolz, 2004.
lunes, 15 de enero de 2018
El inmortal. Javier Puche.
Tras
una larga búsqueda, capturaron finalmente al inmortal, que fue
sometido sin dilación a toda suerte de experimentos clínicos. En la
rueda de prensa, los médicos dictaminaron perplejos que nada lo
distinguía fisiológicamente del hombre común, salvo su
temporalidad incesante. Hoy ocupa una tenebrosa celda del zoológico
municipal. Y hordas de visitantes intentan matarlo cada día con
inexplicable saña. Pero el inmortal persiste. Dicen que por las
noches llora muy despacio en un rincón.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






