jueves, 12 de septiembre de 2019

Las notas que duermen en las cuerdas. Alfredo Bryce Echenique.

Mediados de diciembre. El sol se ríe a carcajadas en los avisos de publicidad.
¡El sol! Durante algunos meses, algunos sectores de Lima tendrán la suerte de parecerse a Chaclacayo, Santa Inés, Los Ángeles, y Chosica. Pronto, los ternos de verano recién sacados del ropero dejarán de oler a humedad. El sol brilla sobre la ciudad, sobre las calles, sobre las casas. Brilla en todas partes menos en el interior de las viejas iglesias coloniales. Los grandes almacenes ponen a la venta las últimas novedades de la moda veraniega. Los almacenes de segunda categoría ponen a la venta las novedades de la moda del año pasado.
«Pruébate la ropa de baño, amorcito.» (¡Cuántos matrimonios dependerán de esa prueba!) Amada, la secretaria del doctor Ascencio, abogado de nota, casado, tres hijos, y automóvil más grande que el del vecino, ha dejado hoy, por primera vez, la chompita en casa. Ha entrado a la oficina, y el doctor ha bajado la mirada: es la moda del escote ecran, un escote que parece un frutero. «Qué linda su Medallita, Amada (el doctor lo ha oído decir por la calle). Tengo mucho, mucho que dictarle, y tengo tantos, tantos deseos de echarme una siestecita.» Por las calles, las limeñas lucen unos brazos de gimnasio. Parece que fueran ellas las que cargaran las andas en las procesiones, y que lo hicieran diariamente. Te dan la mano, y piensas en el tejido adiposo. No sabes bien lo que es, pero te suena a piel, a brazo, al brazo que tienes delante tuyo, y a ese hombro moreno que te decide a invitarla al cine. El doctor Risque pasa impecablemente vestido de blanco. Dos comentarios: «Maricón» (un muchacho de dieciocho años), y «exagera. No estamos en Casablanca» (el ingeniero Torres Pérez, cuarenta y tres años, empleado del Ministerio de Fomento). Pasa también Félix Arnolfi, escritor, autor de Tres veranos en Lima, y Amor y calor en la ciudad. Viste de invierno. Pero el sol brilla en Lima. Brilla a mediados de diciembre, y no cierre usted su persiana, señora Anunciata, aunque su lugar no esté en la playa, y su moral sea la del desencanto, la edad y los kilos...
El sol molestaba a los alumnos que estaban sentados cerca de la ventana.
Acababan de darles el rol de exámenes y la cosa no era para reírse. Cada dos días, un examen. Matemáticas y química seguidas. ¿Qué es lo que pretenden? ¿Jalarse a todo el mundo? Empezaban el lunes próximo, y la tensión era grande.
Hay cuatro cosas que se pueden hacer frente a un examen: estudiar, hacer comprimidos, darse por vencido antes del examen, y hacerse recomendar al jurado.
Los exámenes llegaron. Los primeros tenían sabor a miedo, y los últimos sabor a Navidad. Manolo aprobó invicto (había estudiado, había hecho comprimidos, se había dado por vencido antes de cada examen y un tío lo había recomendado, sin que él se lo pidiera). Repartición de premios: un alumno de quinto año de secundaria lloró al leer el discurso de Adiós al colegio, los primeros de cada clase recibieron sus premios, y luego, terminada la ceremonia, muchos fueron los que destrozaron sus libros y cuadernos: hay que aprender a desprenderse de las cosas. Manolo estaba libre.
En su casa, una de sus hermanas se había encargado del Nacimiento. El árbol de Navidad, cada año más pelado (al armarlo, siempre se rompía un adorno, y nadie lo reponía), y siempre cubierto de algodón, contrastaba con el calor sofocante del día. Manolo no haría nada hasta después del Año Nuevo. Permanecería encerrado en su casa, como si quisiera comprobar que su libertad era verdadera, y que realmente podía disponer del verano a sus anchas. Nada le gustaba tanto como despertarse diariamente a la hora de ir al colegio, comprobar que no tenía que levantarse, y volverse a dormir. Era su pequeño triunfo matinal.
¡Manolo! —llamó su hermana—. Ven a ver el Nacimiento. Ya está listo.
Voy —respondió Manolo, desde su cama.
Bajó en pijama hasta la sala, y se encontró con la Navidad en casa. Era veinticuatro de diciembre, y esa noche era Nochebuena. Manolo sintió un escalofrío, y luego se dio cuenta de que un extraño malestar se estaba apoderando de él. Recordó que siempre en Navidad le sucedía lo mismo, pero este año, ese mismo malestar parecía volver con mayor intensidad. Miraba hacia el Nacimiento, y luego hacia el árbol cubierto de algodón. «Está muy bonito», dijo.
Dio media vuelta, y subió nuevamente a su dormitorio.
Hacia el mediodía, Manolo salió a caminar. Contaba los automóviles que encontraba, las ventanas de las casas, los árboles en los jardines, y trataba de recordar el nombre de cada planta, de cada flor. Esos paseos que uno hace para no pensar eran cada día más frecuentes. Algo no marchaba bien. Se crispó al recordar que una mañana había aparecido en un mercado, confundido entre placeras y vendedores ambulantes. Aquel día había caminado mucho, y casi sin darse cuenta. Decidió regresar, pues pronto sería la hora del almuerzo.
Almorzaban. Había decidido que esa noche irían juntos a la misa de Gallo, y que luego volverían para cenar. Su padre se encargaría de comprar el panetón, y su madre de preparar el chocolate. Sus hermanos prometían estar listos a tiempo para ir a la iglesia y encontrar asientos, mientras Manolo pensaba que él no había nacido para esas celebraciones. ¡Y aun faltaba el Año Nuevo! El Año Nuevo y sus cohetones, que parecían indicarle que su lugar estaba entre los atemorizados perros del barrio. Mientras almorzaba, iba recordando muchas cosas. Demasiadas. Recordaba el día en que entró al Estadio Nacional, y se desmayó al escuchar que se había batido el récord de asistencia. Recordaba también, cómo en los desfiles militares, le flaqueaban las piernas cuando pasaban delante suyo las bandas de música y los húsares de Junín. Las retretas, con las marchas que ejecutaba la banda de la Guardia Republicana, eran como la atracción al vacío. Almorzaban: comer, para que no le dijeran que comiera, era una de las pequeñas torturas a las que ya se había acostumbrado.
Hacia las tres de la tarde, su padre y sus hermanos se habían retirado del comedor. Quedaba tan sólo su madre, que leía el periódico, de espaldas a la ventana que daba al patio. La plenitud de ese día de verano era insoportable. A través de la ventana, Manolo veía cómo todo estaba inmóvil en el jardín. Ni siquiera el vuelo de una mosca, de esas moscas que se estrellan contra los vidrios, venía a interrumpir tanta inmovilidad. Sobre la mesa, delante de él, una taza de café se enfriaba sin que pudiera hacer nada por traerla hasta sus labios. En una de las paredes (Manolo calculaba cuántos metros tendría), el retrato de un antepasado se estaba burlando de él, y las dos puertas del comedor que llevaban a la otra habitación eran como la puerta de un calabozo, que da siempre al interior de la prisión.
Es terrible —dijo su madre, de pronto, dejando caer el periódico sobre la mesa—. Las tres de la tarde. La plenitud del día. Es una hora terrible.
Dura hasta las cinco, más o menos.
Deberías buscar a tus amigos, Manolo.
Sabes, mamá, si yo fuera poeta, diría: «Eran las tres de la tarde en la boca del estómago».
En los vasos, y en las ventanas.
Las tres de la tarde en las tres de la tarde. Hay que moverse.
«Ante todo, no debo sentarme», pensaba Manolo al pasar del comedor a la sala, y ver cómo los sillones lo invitaban a darse por vencido. Tenía miedo de esos sillones cuyos brazos parecían querer tragárselo. Caminó lentamente hacia la escalera, y subió como un hombre que sube al cadalso. Pasó por delante del dormitorio de su madre, y allí estaba, tirada sobre la cama, pero él sabía que no dormía, y que tenía los ojos abiertos, inmensos. Avanzó hasta su dormitorio, y se dejó caer pesadamente sobre la cama: «La próxima vez que me levante», pensó, «será para ir al centro».
A través de una de las ventanas del ómnibus, Manolo veía cómo las ramas de los árboles se movían lentamente. Disminuía ya la intensidad del sol, y cuando llegara al centro de la ciudad, empezaría a oscurecer. Durante los últimos meses, sus viajes al centro habían sido casi una necesidad. Recordaba que, muchas veces, se iba directamente desde el colegio, sin pasar por su casa, y abandonando a sus amigos que partían a ver la salida de algún colegio de mujeres. Detestaba esos grupos de muchachos que hablan de las mujeres como de un producto alimenticio: «Es muy rica. Es un lomo». Creía ver algo distinto en aquellas colegialas con los dedos manchados de tinta, y sus uniformes de virtud.
Había visto cómo uno de sus amigos se había trompeado por una chica que le gustaba, y luego, cuando te dejó de gustar, hablaba de ella como si fuera una puta. «Son terribles cuando están en grupo», pensaba, «y yo no soy un héroe para dedicarme a darles la contra».
El centro de Lima estaba lleno de colegios de mujeres, pero Manolo tenía sus preferencias. Casi todos los días, se paraba en la esquina del mismo colegio, y esperaba la salida de las muchachas como un acusado espera su sentencia. Sentía los latidos de su corazón, y sentía que el pecho se le oprimía, y que las manos se le helaban. Era más una tortura que un placer, pero no podía vivir sin ello.
Esperaba esos uniformes azules, esos cuellos blancos y almidonados, donde para él, se concentraba toda la bondad humana. Esos zapatos, casi de hombres, eran, sin embargo, tan pequeños, que lo hacían sentirse muy hombre. Estaba dispuesto a protegerlas a todas, a amarlas a todas, pero no sabía cómo. Esas colegialas que ocultaban sus cabellos bajo un gracioso gorro azul, eran dueñas de su destino. Se moría de frío: ya iba a sonar el timbre. Y cuando sonara, sería como siempre: se quedaría estático, casi paralizado, perdería la voz, las vería aparecer sin poder hacer nada por detener todo eso, y luego, en un supremo esfuerzo, se lanzaría entre ellas, con la mirada fija en la próxima esquina, el cuello tieso, un grito ahogado en la garganta, y una obsesión: alejarse lo suficiente para no ver más, para no sentir más, para descansar, casi para morir.
Los pocos días en que no asistía a la salida de ese colegio, las cosas eran aún peor.
El ómnibus se acercaba al jirón de la Unión, y Manolo, de pie, se preparaba para bajar. (Le había cedido el asiento a una señora, y la había odiado: temió, por un momento, que hablara de lo raro que es encontrar un joven bien educado en estos días, que todos los miraran, etc. Había decidido no volver a viajar sentado para evitar esos riesgos.) El ómnibus se detuvo, y Manolo descendió.
Empezaba a oscurecer. Miles de personas caminaban lentamente por el jirón de la Unión. Se detenían en cada tienda, cada vidriera, mientras Manolo avanzaba perdido entre esa muchedumbre. Su única preocupación era que nadie lo rozara al pasar, y que nadie le fuera a dar un codazo. Le pareció cruzarse con alguien que conocía, pero ya era demasiado tarde para voltear a saludarlo. «De la que me libré», pensó. «¿Y si me encuentro con Salas?» Salas era un compañero de colegio. Estaba en un año superior, y nunca se habían hablado. Prácticamente no se conocían, y sería demasiada coincidencia que se encontraran entre ese tumulto, pero a Manolo le espantaba la idea. Avanzaba. Oscurecía cada vez más, y las luces de neón empezaban a brillar en los avisos luminosos. Quería llegar hasta la Plaza San Martín, para dar media vuelta y caminar hasta la Plaza de Armas. Se detuvo a la altura de las Galerías Boza, y miró hacia su reloj: «Las siete de la noche». Continuó hasta llegar a la Plaza San Martín, y allí sintió repugnancia al ver que un grupo de hombres miraba groseramente a una mujer, y luego se reían a carcajadas. Los colectivos y los ómnibus llegaban repletos de gente. «Las tiendas permanecerán abiertas hasta las nueve de la noche», pensó.
«La Plaza de Armas.» Dio media vuelta, y se echó a andar. Una extraña e impresionante palidez en el rostro de la gente era efecto de los avisos luminosos. «Una tristeza eléctrica», pensaba Manolo, tratando de definir el sentimiento que se había apoderado de él. La noche caía sobre la gente, y las luces de neón le daban un aspecto fantasmagórico. Cargados de paquetes, hombres y mujeres pasaban a su lado, mientras avanzaba hacia la Plaza de Armas, como un bañista nadando hacia una boya. No sabía si era odio o amor lo que sentía, ni sabía tampoco si quería continuar esa extraña sumersión, o correr hacia un despoblado. Sólo sabía que estaba preso, que era el prisionero de todo lo que lo rodeaba. Una mujer lo rozó al pasar, y estuvo a punto de soltar un grito, pero en ese instante hubo ante sus ojos una muchacha. Una pálida chiquilla lo había mirado caminando. Vestía íntegramente de blanco. Manolo se detuvo. Ella sentiría que la estaba mirando, y él estaba seguro de haberle comunicado algo.
No sabía qué. Sabía que esos ojos tan negros y tan grandes eran como una voz, y que también le habían dicho algo. Le pareció que las luces de neón se estaban apoderando de esa cara. Esa cara se estaba electrizando, y era preciso sacarla de allí antes de que se muriera. La muchacha se alejaba, y Manolo la contemplaba calculando que tenía catorce años. «Pobre de ti, noche, si la tocas», pensó.
Se había detenido al llegar a la puerta de la iglesia de la Merced. Veía cómo la gente entraba y salía del templo, y pensaba que entraban más para descansar que para rezar, tan cargados venían de paquetes. Serían las ocho de la noche, cuando Manolo, parado ahora de espaldas a la iglesia, observaba una larga cola de compradores, ante la tienda Monterrey. Todos llevaban paquetes en las manos, pero todos tenían aún algo más que comprar. De pronto, distinguió a una mujer que llevaba un balde de playa y una pequeña lampa de lata. Vestía un horroroso traje floreado, y con la basta descosida. Era un traje muy viejo, y le quedaba demasiado grande. Le faltaban varios dientes, y le veía las piernas chuecas, muy chuecas. El balde y la pequeña lampa de lata estaban mal envueltos en papel de periódico, y él podía ver que eran de pésima calidad. «Los llevará un domingo, en tranvía, a la playa más inmunda. Cargada de hijos llorando. Se bañará en fustán», pensó. Esa mujer, fuera de lugar en esa cola, con la boca sin dientes abierta de fatiga como si fuera idiota, y chueca, chueca, lo conmovió hasta sentir que sus ojos estaban bañados en lágrimas. Era preciso marcharse. Largarse. «Yo me largo.» Era preciso desaparecer. Y, sobre todo, no encontrar a ninguno de sus odiados conocidos.
Desde su cama, con la habitación a oscuras, Manolo escuchaba a sus hermanas conversar mientras se preparaban para la misa de Gallo, y sentía un ligero temblor en la boca del estómago. Su único deseo era que todo aquello comenzara pronto para que terminara de una vez por todas. Se incorporó al escuchar la voz de su padre que los llamaba para partir.
«Voy», respondió al oír su nombre, y bajó lentamente las escaleras. Partieron.
Conocía a casi todos los que estaban en la iglesia. Eran los mismos de los domingos, los mismos de siempre. Familias enteras ocupaban las bancas, y el calor era muy fuerte. Manolo, parado entre sus padres y hermanos, buscaba con la mirada a alguien a quien cederle el asiento. Tendría que hacerlo, pues la iglesia se iba llenando de gente, y quería salir de eso lo antes posible. Vio que una amiga de su madre se acercaba, y le dejó su lugar, a pesar de que aún quedaban espacios libres en otras bancas.
Estaba recostado contra una columna de mármol, y desde allí paseaba la mirada por toda la iglesia. Muchos de los asistentes, bronceados por el sol, habían empezado a ir a la playa. Las muchachas le impresionaban con sus pañuelos de seda en la cabeza. Esos pañuelos de seda, que ocultando una parte del rostro, hacen resaltar los ojos, lo impresionaban al punto de encontrarse con las manos pegadas a la columna; fuertemente apoyadas, como si quisiera hacerla retroceder.
«Sansón», pensó.
Había detenido la mirada en el pálido rostro de una muchacha que llevaba un pañuelo de seda en la cabeza, y cuyos ojos resaltaban de una manera extraña.
Miraban hacia el altar con tal intensidad, que parecían estar viendo a Dios. La contemplaba. Imposible dejar de contemplarla. Manolo empezaba a sentir que todo alrededor suyo iba desapareciendo, y que en la iglesia sólo quedaba aquel rostro tan desconocido y lejano. Temía que ella lo descubriera mirándola, y no poder continuar con ese placer. ¿Placer? «Debe hacer calor en la iglesia», pensó, mientras comprobaba que sus manos estaban más frías que el mármol de la columna.
La música del órgano resonaba por toda la iglesia, y Manolo sentía como si algo fuera a estallar. «Los ojos. Es peor que bonita.» En las bancas, los hombres caían sobre sus rodillas, como si esa música que venía desde el fondo del templo, los golpeara sobre los hombros, haciéndolos caer prosternados ante un Dios recién descubierto y obligatorio. Esa música parecía que iba a derrumbar las paredes, hasta que, de pronto, un profundo y negro silencio se apoderó del templo, y era como si hubieran matado al organista. «Tan negros y tan brillantes.» Un sacerdote subió al púlpito, y anunció que Jesús había nacido, y el órgano resonó nuevamente sobre los hombros de los fieles, y Manolo sintió que se moría de amor, y la gente ya quería salir para desearse «feliz Navidad».
Terminada la ceremonia, si alguien le hubiera dicho que se había desmayado, él lo hubiera creído. Salían. El mundo andaba muy bien aquella noche en la puerta de la iglesia, mientras Manolo no encontraba a la muchacha que parecía haber visto a Dios.
Al llegar a su casa, sin pensarlo, Manolo se dirigió a un pequeño baño que había en el primer piso. Cerró la puerta, y se dio cuenta de que no era necesario que estuviera allí. Se miró en el espejo, sobre el lavatorio, y recordó que tenía que besar a sus padres y hermanos: era la costumbre, antes de la cena. ¡Feliz Navidad con besos y abrazos! Trató de orinar. Inútil. Desde el comedor, su madre lo estaba llamando. Abrió la puerta, y encontró a su perro que lo miraba como si quisiera enterarse de lo que estaba pasando. Se agachó para acariciarlo, y avanzó hasta llegar al comedor. Al entrar, continuaba siempre agachado y acariciando al perro que caminaba a su lado. Avanzaba hacia los zapatos blancos de una de sus hermanas, hasta que, torpemente, se lanzó sobre ella para abrazarla. No logró besarla. «Feliz Navidad», iba repitiendo mientras cumplía con las reglas del juego. Los regalos.
Cenaban. «Esos besos y abrazos que uno tiene que dar...», pensaba. «Ésos cariños.» Daría la vida por cada uno de sus hermanos. «Pero uno no da la vida en un día establecido...» Recordaba aquel cumpleaños de su hermana preferida: se había marchado a la casa de un amigo para no tener que saludarla, pero luego había sentido remordimientos, y la había llamado por teléfono: «Qué loco soy».
Cenaban. El chocolate estaba demasiado caliente, y con tanto sueño era difícil encontrar algo de qué hablar mientras se enfriaba. «No es el mejor panetón del mundo, pero es el único que quedaba», comentó su padre. Manolo sentía que su madre lo estaba mirando, y no se atrevía a levantar los ojos de la mesa. A lo lejos, se escuchaban los estallidos de los cohetes, y pensaba que su perro debía estar aterrorizado. Bebían el chocolate. «Tengo que ir a ver al perro. Debe estar muerto de miedo.» En ese momento, uno de sus hermanos bostezó, y se disculpó diciendo que se había levantado muy temprano esa mañana. Permanecían en silencio, y Manolo esperaba que llegara el momento de ir a ver a su perro. De pronto, uno de sus hermanos se puso de pie: «Creo que me voy a acostar», dijo dirigiéndose lentamente hacia la puerta del comedor. Desapareció. Los demás siguieron el ejemplo.
En el patio, Manolo acariciaba a su perro. Había algo en la atmósfera que lo hacía sentirse nuevamente como en la iglesia. Le parecía que tenía algo que decir. Algo que decirle a alguna persona que no conocía; a muchas personas que no conocía. Escuchaba el estallido de los cohetes, y sentía deseos de salir a caminar.
Hacia las tres de la madrugada, Manolo continuaba su extraño paseo. Hacia las cuatro de la madrugada, un hombre quedó sorprendido, al cruzarse con un muchacho de unos quince años, que caminaba con el rostro bañado en lágrimas.

Huerto cerrado, 1968.
 

lunes, 9 de septiembre de 2019

Madrid. Rubén Abella.

La brevísima reseña en prensa que se ocupó del caso hablaba de imprudencia, pero lo cierto es que Ana García no había cometido una imprudencia en su vida. Si hizo lo que hizo fue porque estaba cansada de que nadie la viera, de andar por el mundo como si estuviese hecha de aire, como si no existiera. Para sus compañeros de trabajo era un cero a la izquierda, en las cafeterías la servían tarde y mal, la gente olvidaba su nombre, se la saltaban en las colas, nadie recordaba su rostro. Vivía como un fantasma en un limbo invisible, un alma en pena en el purgatorio de la ciudad.
Así que si hizo lo que hizo no fue por imprudencia, sino para que la vieran. Cruzó la Castellana sin mirar para verificar que su cuerpo era real, que estaba hecha de carne, que existía.
Y el conductor del coche la vio.
Demasiado tarde, pero la vio.

No habría sido igual sin la lluvia, 2017.
 

sábado, 7 de septiembre de 2019

Lobotomías. Juan Armando Epple.

Dicen que antes de la invención de los rayos láser la gente tenía muchos problemas para organizar su pasado. Es decir, tenían que recordar y olvidar por sí mismos. No como ahora, que basta ir a la clínica, llenar el formulario y poner, por ejemplo, bórreme el año 1973, esa canción que comienza hoy la vi, yo estaba en el bar, el examen final de latín, la frase que me citaron en el estacionamiento de autos, todo lo que tiene que ver con el nombre de Laura, o rescáteme en detalles la función de matinée de Los paraguas de Cherburgo, la fiesta de graduación pero sólo hasta las diez de la noche, mi abuelo cuando me lleva al circo y tengo cinco años. La tarde en el café Paula, ésa donde la mayonesa del croissant dejó una mancha apetecible en la comisura de sus labios.

 

jueves, 5 de septiembre de 2019

Bibelot. Félix J. Palma.

Alberto no descubrió cuánto necesitaba abrazar a alguien hasta que aquella anciana desconocida se le abalanzó con la intención de envolverlo en sus brazos. ¿Cuánto hacía que él no tenía oportunidad de realizar aquel gesto de cariño? En la oficina era algo impracticable, con su padre hacía mucho que resumía sus afectos en el beso casi arzobispal que desovaba cada noche sobre su frente, y desde que Fátima, harta de trabajos esporádicos, había decidido enfangarse en unas oposiciones a la administración pública, sus encuentros se reducían a un torpe intercambio de palabras en el descansillo de una escalera desvencijada, rebozados en penumbra sucia, mientras su madre los espiaba con la puerta entreabierta fingiendo que trasteaba en la cocina. Famélico de contacto humano, Alberto correspondió al abrazo de la anciana sin pensárselo, como en un acto reflejo: la estrechó entre sus brazos poniendo cuidado en no troncharle la osamenta, que se adivinaba frágil como un entramado de barquillo, y aspiró su aroma a piel gastada, abandonándose a la bonanza del roce, disfrutando de aquel inesperado trato epidérmico. La apretó con firmeza, metódico y agradecido, mientras se llenaba de ella como un cántaro, sabiendo en el fondo que aquello no podía prolongarse mucho más, que en breve la anciana lo miraría a la cara y comprendería que la penumbra del pasillo le había hecho confundir a algún ser querido con el vendedor de enciclopedias.
Sin embargo, cuando al fin deshizo el abrazo para enfrentar su mirada, los labios de la anciana no dibujaron otra cosa que una amplia sonrisa.


-José Luis, hijo mío -exclamó con la voz rota por la emoción-. Sabía que vendrías, que no te olvidarías de tu madre el día de su cumpleaños.


Alberto parpadeó, sorprendido, mientras creía distinguir en los ojos de la anciana el nubarrón de las cataratas, lo que, sumado al mezquino resplandor que exhalaba la bombilla del pasillo, había creado el equívoco. Iba a sacarla de su error, pero la anciana ya lo empujaba por un pasillo de catacumba que desembocaba en una salita minúscula, abigarrada de muebles de anticuario, la mayoría enterrados bajo una hojarasca de paños de ganchillo. Proliferaban sobre las repisas los adornos zafios y los trastos inútiles, que parecían reproducirse a su aire en aquella penumbra, como animalitos noctívagos. La única nota de color la ponía la tarta de cumpleaños que, erizada de velitas encendidas, había alunizado sobre la mesa camilla.


-Siéntate, hijo, y vamos a cortar la tarta, que traerás hambre- ordenó la anciana, tendiéndole un birrete de papel charol semejante al que ella misma procedió a colocarse sobre sus guedejas grises.


Inmóvil en el centro de la estancia, Alberto contempló estupefacto a la anciana, sentada expectante a la mesa, con el rostro suavizado por el resplandor de las velitas y la tilde del bonete redimiendo su átona figura, y se dijo que por qué no. Llevaba todo el día peinando el extrarradio con el abrigo abrochado hasta el cuello, cada vez más encorvado bajo el aliento glacial de un invierno que, si había que hacer caso a los videntes ocasionales que producía el reuma, barruntaba nieve por primera vez en doce años. Bajo aquella perspectiva la mesa camilla, entre cuyas enaguas debía latir un brasero, se le antojaba madriguera, útero materno, trinchera desde donde oír sin miedo el rugido de los obuses. Nada le costaba suplantar al desagradecido de José Luis y ofrecerle a su anciana madre unas migajas de felicidad. Resuelto a ello, dejó el maletín en el suelo, se sentó en la mecedora y con el gesto diligente de un cirujano curtido empuñó los cubiertos. Reforzando su fingida desenvoltura con un canturreo bajito, procedió a cortar el pastel, sin dejar de mirar de soslayo a la anciana, quien a su vez lo contemplaba a él con una sonrisa complacida. Tras servir la tarta, ambos atacaron su porción en un silencio de abadía, roto únicamente por los mugidos de deleite con que se turnaban para halagar el virtuosismo del pastelero.


Mientras devoraba el dulce, Alberto reparó en los dos retratos que colgaban en una de las paredes. Uno pertenecía a una mujer morena, de tez pálida y ojos lánguidos, probablemente hija de la anciana. El otro correspondía a un individuo flaco, de rostro elemental y nariz aguileña que debía de ser José Luis. Tuvo que reconocer que guardaba cierto aire de familia con el individuo al que estaba sustituyendo, aunque el tipo de la fotografía poseía una mirada resuelta con la que él no había tenido la fortuna de nacer. Estaba claro que José Luis pertenecía a ese grupo de personas que encaran la vida como una competición excitante, por lo que no era difícil imaginarlo yendo de aquí para allá con rollos de planos bajo el brazo, o hurgando en los subterráneos de una mujer con un guante de látex, o impartiendo órdenes a un equipo de vendedores de enciclopedias formado por hombres sin más sangre en las venas que la imprescindible para mantenerse con vida. Resultaba triste, de todas formas, que tuviese algo más importante que hacer el día del cumpleaños de su madre que estar allí. Tan triste como que él no tuviese nada más importante que hacer en algún otro lugar.


-¿Dónde ésta mi regalo?- inquirió de repente la anciana.


La pregunta alarmó a Alberto. Contempló a su anfitriona, sin saber qué contestarle, hasta que se acordó del regalo que esa misma tarde, mientras deambulaba por un centro comercial, había comprado para Fátima. ¿Por qué no, puestos a jugar, hacerlo bien?, se dijo hurgando en su maletín. Extrajo el regalo, lo desenvolvió y se lo mostró a la anciana. Ésta estudió la bola de cristal que anidaba en la palma de Alberto con una mirada escéptica.


-Es un bibelot- explicó Alberto.


Lo sacudió con un movimiento seco, e inmediatamente, sobre el pintoresco pueblecito que se alojaba en su interior, se desencadenó una nevada. Al ver surgir de la nada aquellos copos de nieve a la anciana se le iluminó el rostro. Lo tomó con reverencia de las manos de Alberto y, tras un momento de duda, se atrevió a agitarlo ella misma, conjurando de nuevo la nieve sobre aquel paisaje minúsculo. Luego, dejándolo a un lado, como si quisiera aplazar su disfrute para cuando volviera a encontrarse sola, dedicó a su falso hijo una mirada satisfecha.
-Es un mundo de juguete que tiene sus propias reglas -puntualizó Alberto, señalando el bibelot con las cejas-. Ahí dentro todo funciona de otra manera.
La anciana asintió con gravedad, pese a que resultaba imposible que hubiese llegado a entender sus palabras. Al instante, Alberto se reprochó el haber correspondido a la afable disposición de su anfitriona formulando un pensamiento tan íntimo e idiota como eran las impresiones que le había producido el bibelot. Pero ya estaba hecho. Se recordó entonces aventurándose en aquella tienda del centro comercial sin más propósito que el de reunir el valor suficiente para volver a encarar el frío de las calles. Una vez dentro, había merodeado entre sus estanterías, contemplando los abalorios sin demasiado interés, mientras un sentimiento de desdicha se iba apoderando de él. ¿Con aquella misma desgana iría royendo el futuro, malgastando los días rondando por bares y almacenes como un desarrapado al que ni siquiera le quedaba el consuelo del vino para disfrazar su inútil existencia? Pero qué podía hacer, si no se sentía con fuerzas para doblegarse ante los elementos ni lograba encontrar un sueño que perseguir, un anhelo a cuya consecución poder entregarse para exhibir al menos un poco de coraje. A veces miraba a su alrededor, hacía balance del día, y encontraba una exigua calderilla vital: el fogonazo de alegría que le había producido vender alguna enciclopedia, la victoria de haberle robado un beso o una caricia a Fátima, modesta gratificación a su perseverancia en la desapacible penumbra del descansillo. Y se echaba en la cama vencido, aterrado ante la posibilidad de que aquel mundo fuese inamovible, de que para que las cosas cambiasen fuera necesario el concurso de su voluntad. Perdido en tan funestos pensamientos, clavó los ojos en el bibelot que descansaba en un anaquel, en cuyo vientre el fabricante había acomodado una aldea de cuento, formada por cuatro o cinco casitas de madera y algunos abetos. Sin saber por qué, se imaginó viviendo allí dentro, en una de aquellas cabañas, rodeado de vecinos que al igual que él también habrían desertado de una realidad hostil y se afanaban en mantener en funcionamiento aquella suerte de simulacro. Finalmente, al verse presionado por las miradas cada vez más recelosas de la dependienta, había comprado el bibelot, aquel mundo dentro del mundo, sometido a la regencia de un dios que lo único que podía hacerles era espolvorearlos de tanto en tanto con una nevada inofensiva.


-Tu hermana debe de estar a punto de llamar- advirtió de repente la anciana, arrancando de sus pensamientos a Alberto, quien, tras un momento de confusión, clavó los ojos en el retrato de la mujer que había en la pared, no sin cierto temor-. Antes nunca me llamaba, ¿sabes? Pero desde el día en que se lo reproché, no se le olvida jamás.


En ese momento, como si las palabras de la anciana fuesen un conjuro, sonó el teléfono. Alberto dio un respingo, y buscó con la mirada el artilugio que producía aquel sonido desabrido e impertinente. Lo descubrió en una mesita cercana, camuflado entre cachivaches inútiles. Con esfuerzo, la anciana se levantó, se dirigió al aparato y lo descolgó.


-Hola, hija- saludó con la voz transida de emoción-. ¿Cómo estás? ¿Hace frío en Bruselas?


Conmovido, Alberto observó a la anciana, que se mantenía de pie junto a la mesita, oscilando levemente, como si el peso del auricular la desequilibrara. Mientras la oía conversar, admiró su figura desgastada, aquel compendio de años que tenía ante sí, y no pudo evitar sentir un principio de vértigo al ser consciente de que la anciana había habitado un tiempo distinto al suyo, que ella ya existía cuando él no era nada, tan sólo una remota posibilidad, una hipótesis que se concretó gracias al tesón de un zapatero, que no cejó hasta que la hija de su mejor clienta aceptó acompañarlo al baile de Navidad. Contempló aquella criatura deteriorada con infinita ternura, maravillado por las vivencias que debía de atesorar en sus ojos, y lamentando que todo aquello fuese un legado sin destinatario que se perdería por el desagüe cuando la muerte decidiera al fin quitar el tapón de su existencia. ¿Qué clase de vida le habría tocado en suerte?, se preguntó. A juzgar por el modesto agujero donde rebañaba sus días, debía de haber tenido una de esas existencias de abeja laboriosa, dura y anónima, que siempre parecen discurrir al margen de la verdadera vida, cualquiera que esta sea. Junto a un marido que debía de haber fallecido unos años atrás, y de cuyo carácter Alberto nada podía deducir, la mujer habría criado a sus dos hijos sin escatimar coraje ni sacrificio, y ahora era probable que contemplara el puñado de días que le quedaba por consumir como un interminable tiempo muerto que no sabía en qué emplear. A esas alturas de la vida, pensó Alberto, con los deberes ya hechos, sólo cabía sentarse a reponer fuerzas, a disfrutar del cariño de los suyos, de la satisfacción de saberse artífice en las sombras de sus logros, de haber traído al mundo a alguien en cuyas gestas podamos constatar que el esfuerzo mereció la pena. Aunque resultaba evidente que sus hijos le negaban el placer de verlos construir sus vidas. La hija al menos la llamaba desde la remota Bruselas. El tal José Luis, que al parecer permanecía en la ciudad, ni siquiera eso. Apenado, Alberto continuó comiéndose la tarta, sin quitar oído de la conversación, algo preocupado por los derroteros que pudiese tomar. Su inquietud se acentuó cuando, después de unos minutos donde se había limitado a asentir al parloteo que provenía del otro lado de la línea, la anciana dijo:


-No te preocupes por mí, hija. No estoy sola. Tu hermano ha venido a verme.


Tenso sobre la silla, aguardando acontecimientos, Alberto masticó despacio el bocado de dulce que acababa de llevarse a la boca. Oyó a la mujer replicar algo, con un tono de voz repentinamente severo, que hizo que la anciana enmudeciera un instante, como si buscase las palabras adecuadas para responderle.


-No empieces otra vez, hija -la oyó decir-. ¿Por qué siempre me dices lo mismo? ¡José Luis no está muerto! ¡No murió en ningún accidente de avión! Está aquí, conmigo, comiéndose la tarta.


Alberto dejó de masticar, aturdido, y fulminó con la mirada el retrato de José Luis. ¿Estaba suplantando a un muerto? Miró de nuevo a la anciana, que continuaba insistiendo en que su hijo estaba vivo. Pero la voz del otro lado no daba su brazo a torcer.


-Anda, habla con tu hermana -le ordenó de pronto la anciana tendiéndole el teléfono-. Dile lo muerto que estás.


Alberto contempló el auricular como si se tratase de una cobra. Porque no supo cómo negarse sin levantar sospechas en su anfitriona, se incorporó y cruzó, algo mareado, la distancia que lo separaba del teléfono. Empuñó el auricular sin saber qué hacer.


-Hola, hermana- dijo, con el corazón batiéndole el pecho -. ¿Qué tal todo?


Al otro lado de la línea se hizo un silencio sepulcral.


-¿Quién eres, hijo de puta?- oyó preguntar a la mujer cuando se recuperó de la sorpresa.


Pese a la dureza del tono, a Alberto le pareció una voz agradable. Observó el retrato que colgaba de la pared, y eso disipó parte de su inquietud, como si el hecho de conocer su aspecto físico le diese algún tipo de extraña ventaja sobre la mujer. Ésta, ante su silencio, había comenzado a insultarlo e incluso amenazaba con llamar a la policía si no se identificaba.


-Escuche- dijo Alberto bajando la voz, tras comprobar de soslayo que la anciana había regresado a su butaca y no podía oírle-. Sólo soy un vendedor de enciclopedias. Su madre me ha confundido con su hermano y yo he decidido continuar con la farsa. No voy a hacerle ningún daño, créame, ni voy a robarle nada. Sólo le estoy ofreciendo un poco de compañía, eso es todo. Me comeré la tarta y me marcharé.


La mujer guardó silencio durante unos instantes, digiriendo su explicación, y Alberto, consciente de lo disparatada que sonaba la verdad, temió que no lo creyese. Pero para su sorpresa, cuando la desconocida volvió a hablar fue para disculparse por su actitud y agradecerle lo que estaba haciendo por su madre.


-La pobre está muy sola- explicó la mujer en un tono lento, divagatorio, como si reflexionase para sí misma-. Desde la muerte de mi hermano no es la misma, ¿sabe? Se niega a creer que José Luis haya fallecido. Ha construido un mundo donde todo sigue como antes. Le agradezco que haya contribuido a hacerlo real. Es lo que hacemos todos.


Alberto la dejó hablar sin atreverse a interrumpirla, consciente de que la mujer no estaba sino desahogándose. Cuando volvió a quedarse callada insistió en que no tenía porqué agradecerle nada: la tarta era deliciosa y él no tenía nada mejor que hacer esa tarde. La mujer dejó escapar una risita, que a Alberto se le antojó extraordinariamente dulce. Le resultó incongruente escuchar un sonido tan delicado y limpio en aquella habitación desolada, sumida en la más viscosa de las tristezas, y estuvo a punto de pedirle a la mujer que volviera a reír, que volviera a enredarle los tímpanos con aquella mariposa de luz, pero le pareció una petición temeraria, impropia entre dos desconocidos. Incomodados por el silencio que, una vez aclarado todo, se había instalado entre ellos, ambos se apresuraron a despedirse. Al colgar el teléfono, a Alberto le sorprendió saber que, en la remota Bruselas, una desconocida estaba plagiándole el gesto. Por los comentarios de la anciana había deducido que la mujer no estaba casada ni parecía convivir con nadie, por lo que la imaginó sentada en un sofá, vestida con un pijama sencillo, de esos con trazas masculina, y el cabello moreno húmedo y reluciente debido a la ducha que se habría regalado como colofón a una cansina jornada laboral en algún edificio administrativo, entre cuyas sobrias paredes se le escurría la vida sin ella saberlo. La ubicó en un apartamento pequeño, decorado sin demasiados alardes imaginativos pero con buen gusto, tal vez con vistas a un parquecillo alfombrado de una hojarasca crujiente, casi musical, sobre la que la mujer solía caminar de regreso a casa bajo la trágica luz del crepúsculo. No sabía cuánto habría de cierto en el retrato que había improvisado. Quizá tan sólo hubiese acertado en lo del sofá, puede que en el pijama. Pero lo que sí podía asegurar era que, ahora, en aquel preciso instante, la mujer estaba pensando en él. Tal vez no volviese a hacerlo nunca más, pero en aquel momento lo estaría imaginando, asignándole un físico movida por ese acto reflejo que nos obliga a ponerle un rostro a los desconocidos que nos llaman por teléfono. Y el hecho de que, pese a que no se conocían ni jamás se habían visto, estuviesen pensando el uno en el otro, perfectamente sincronizados, separados por un océano de kilómetros, le produjo una sensación de agradable complicidad.


Alberto reparó entonces en que la anciana se había quedado dormida. Demasiadas emociones por hoy, pensó. Se quitó el bonete, lo dejó sobre la mesa y, tras coger su maletín, se despidió de ella con una sonrisa. Cerró la puerta del piso sin hacer ruido y bajó las escaleras. En el portal, antes de salir, se detuvo a estudiar los buzones, movido por la necesidad de adjudicarle un nombre a su anfitriona. Buscó el casillero que le correspondía y acarició la plaquita con los dedos, repasando las letras doradas que componían la identidad de la anciana como lo haría un ciego.


-Hoy es su cumpleaños -dijo alguien a su espalda.


Sorprendido, Alberto se volvió. La vecina del bajo, una mujer de unos cincuenta años, lo observaba desde la puerta entreabierta de su piso, con un plato envuelto en papel de aluminio entre las manos.


-De doña Elvira, digo. Hoy cumple años. Ahora mismo iba a llevarle unas rosquillas que le he preparado. La pobrecilla está muy sola. ¿La conoce usted?


-Un poco -respondió Alberto, incómodo por el escrutinio al que lo estaba sometiendo la mujer, que lo observaba recelosa, meciendo peligrosamente el plato.-Era amigo de José Luis- se vio obligado a añadir, esperando que aquello la tranquilizara.


-Era un muchacho estupendo- dijo la mujer, aparentemente contenta de conocer a un amigo del difunto-. Su pérdida fue terrible para Elvira. No sé cómo lo soporta, la verdad. Sobre todo cuando, dos meses después del accidente de José Luis, su hermana, creyéndose culpable de su muerte porque viajaba a Bruselas para verla a ella, se suicidó tomándose un tubo entero de pastillas.


Alberto sintió que le faltaba el aire. La cabeza empezó a darle vueltas y, al borde del desmayo, se despidió de la vecina con un murmuro ininteligible y se precipitó hacia la puerta del inmueble. El aire gélido de la noche le ayudó a recobrarse. Se apoyó en una farola, respirando con dificultad. ¿La mujer también había muerto? ¿Con quién había hablado entonces?, se preguntó, sintiendo cómo un sudor frío le resbalaba por la espalda. ¿Había hablado con un fantasma? De repente, al recordar la voz de la mujer, su risa de cascabel, sintió miedo, un miedo atroz, desmesurado, pero también una profunda repulsa al comprender que había mantenido contacto con una persona que no existía, con alguien que habitaba otro mundo. Pero aquello no podía ser, se dijo, obligándose a buscar otra explicación antes de que lo dominara el pánico. Era más racional pensar que no había hablado con la mujer del retrato, sino con otra, tal vez con la compañera de piso de la desconocida quien, como él, también se hacía pasar por un muerto. Quizá la anciana, sumida en la soledad y el delirio tras la muerte de su hija, seguía marcado su número de teléfono cada noche para reprocharle que nunca la llamase, y su antigua compañera de piso, apiadándose de ella, había decidido suplantar a su amiga. Aquella posibilidad, mucho más sensata, lo tranquilizó.


Más sereno, se abotonó el abrigo, haciéndose la promesa de continuar con su papel. Acudiría allí cada año, se pondría el birrete y cortaría la tarta, y aguardaría la llamada de aquella desconocida para hablar con la hermana que nunca había tenido. Y pudiera ser que, mientras su vida verdadera continuaba inmóvil, varada en el descansillo de la escalera de Fátima, en su otra vida la desconocida viniera a verlos, a ocupar la mecedora vacía que quedaba en la habitación, y mientras la oía hablar de Bruselas, él podría cogerle la mano por debajo de las enaguas, sin importarle encontrarla tan fría como debía estarlo la suya, porque qué importaba que ella hubiese muerto ingiriendo un tubo entero de pastillas y él en una catástrofe aérea si ahora estaban allí, todos juntos componiendo un mundo de mentira, un mundo dentro del mundo en el que poder ser felices. Sonrió, mientras del cielo, en ráfagas lentas y suaves, comenzaban a caer copos de nieve, como si alguien, en alguna parte, hubiese sacudido un bibelot.

 

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Robinson. Fernando Vicente.

La mujer con la que convivo en la isla tiene la piel tostada por el sol. Siempre lleva los pechos desnudos; son grandes, turgentes y suaves, pero prietos. De madera policromada.

Internacional Microcuentista, 2011.
 

domingo, 1 de septiembre de 2019

El amor en los tiempos de Wikipedia. Sara Gutiérrez Herance.

Sonaba Vivaldi. Vivaldi fue un compositor y músico del Barroco. Se acercaron hasta besarse. Un beso es el acto de tocar algo con los labios, generalmente a otra persona. Se declararon su amor. Amor es un sentimiento relacionado con el afecto y el apego. Y fueron felices. Feliz es un municipio brasileño del estado de Rio Grande do Sul que ocupa una superficie de 256,9 km2.