A mí me mataban en el primer
acto.
Había
acudido a aquella taberna toscana, sin que las ropas de labriego de
mi disfraz lograran disimular del todo mi condición nobiliaria, y
allí aguardaba a un criado de mi amigo el Conde Ricci que me
conduciría a algún lugar seguro.
Eran los últimos cinco
minutos del primer acto, la escena decimoquinta de un atropellado
drama en el que andaban los Médicis por medio y en el que, entre
lances de capa y espada, venenos e intrigas cortesanas, se iba
tejiendo un indescifrable galimatías derivado de la propia
adaptación de la obra que, como era habitual en la Galería
Salesiana, estaba arreglada para que la interpretasen exclusivamente
actores masculinos. .
Las
transferencias de amores en amistades, de pasión en idealismo, y el
trastorno de los parentescos, además del exceso de viudos y solteros
impenitentes, hacían que la trama navegara, con frecuencia, entre
ambiguas declaraciones fraternales y sospechosos rencores nacidos de
inexplicables despechos. Era muy dura de entender la desavenencia de
dos primos con un pasado que más parecía amoroso que otra cosa, o
la rara filiación de un vástago cuyo tío era como su madre, en
aquel raro mundo de exclusivos varones en el que hasta las teóricas
nodrizas parecían barbudos aldeanos.
Sentado
en un taburete, al pie del proscenio, con la jarra de vino en la mano
y el codo apoyado en la mesa, aguardaba con cierto aire de disimulada
despreocupación, al dichoso criado del Conde Ricci, que entraría
por el foro, tembloroso y con cara de traidor subvencionado, para
indicarle al sicario que le seguía que aquel desamparado
parroquiano, tan sospechosamente disfrazado, no era otro que el
Marqués del Arno, al que había que dar el trágico pasaporte
previsto en la terrible conspiración. Ni que decir tiene que mi
amigo el Conde estaba metido hasta las cachas en el asunto y que yo
pecaba de ingenuo esperando su amparo.
El
tabernero, después de servirme, había hecho un discreto mutis y
todo estaba dispuesto para la celada.
Entraría
el criado, me señalaría con el dedo e irrumpiría, blandiendo ya el
puñal, el voluntarioso sicario que se abalanzaría sobre mí sin
apenas darme tiempo a desenfundar la espada. Tras las arteras
cuchilladas yo haría un rápido movimiento hacia el cercano lateral,
donde el padre Corsino, director de la función, me vaciaría, con
muy ensayada y veloz medida, un tintero de tinta china roja que, al
volverme, mostraría al respetable la condición mortal de mis
heridas.
Había
bebido media jarra, ya que el padre Corsino consideraba que para el
realismo de la escena hasta el vino debía ser vino, aunque fuese de
misa, y comencé a sentir que me temblaba la mano y a percatarme de
que el tiempo de la espera era mayor que en los ensayos. Sujetando
los nervios a duras penas, convencido de que aquel terrible silencio
de la sala era un indicio casi insoportable de que los ojos de los
espectadores estaban fijos en mí, el único punto de atención en el
escenario, miré hacia el lateral y escuché algunos solapados y
frenéticos requerimientos.
Algo
iba mal entre bastidores y el padre Corsino alzaba los brazos en un
mudo gesto de indignada desesperación.
El
tiempo transcurría y de la sala comenzaron a llegarme, sorteando la
costa de oscuridad que marcaban las candilejas, variados ruidos de
impaciencia y desánimo que no tardarían en alcanzar cierta
insolencia.
Las
voces del padre Corsino vituperando a Escanciano, que hacía el papel
de sicario, reclamando su presencia, alcanzaban mis oídos y
acrecentaban mi nerviosismo. Por el forillo lateral también divisaba
la trémula figura de Enrique Yustas, el criado del Conde Ricci, que
devanaba el gorro entre las manos y se lo llevaba a la boca como si
fuera a comerlo.
Los
cinco minutos finales serían rematados, y nunca mejor dicho, con mi
muerte, antecedida por la súplica de la venganza a manos del hijo
que yo invocaría, y que cualquier espectador cabal fácilmente iba a
confundir entre tantos huérfanos de madre a los que ya se había
hecho referencia a lo largo de aquel acto.
Pero
esos cinco minutos se alargaban sin remedio, y en el fondo vacío de
la jarra yo contemplaba mi indefensión, puesto en evidencia en aquel
trance de una espera absurda.
Las
voces del padre Corsino se habían incrementado y salpicaban sin
respeto los aledaños del escenario, donde podía comprenderse que
todos buscaban a Escanciano, desaparecido en el momento crucial.
Desde
el mar oscuro, el rumor de los espectadores era ya un bullicio
molesto y poco a poco se destacaban algunas voces solitarias, entre
las que no era difícil reconocer las de algunos alevines de
primaria, a buen seguro incitados por los más malévolos de los
internos y de los repetidores.
-¡Tabernerooo!
-clamaban los más osados -, ponle otra a mi cuenta…
-Calpurrio
-me insultaba ya directamente algún enemigo anónimo deformando la
voz -espabila que se te va a hacer de noche …
Alargando
el cuerpo hacia el cercano lateral llamé como pude a Evaristo
Valderas, que era el tabernero toscano y que permanecía sin moverse
entre el tumulto de los bastidores, aguardando el instante de mi
muerte para hacer la nueva entrada y recoger mi último suspiro.
-¿Dónde
está el padre Corsino? – -inquirí aterrado-. Dile que me saque…
-supliqué.
La
voz del padre Petronilo, el rector, rompió la algarabía que ya
tronaba en la oscuridad de la sala. Era una voz imperativa, metálica,
que se alzaba en el palco, desde donde contemplaba la función con
otros padres y profesores.
-No
aparece Escanciano -dijo lloroso Evaristo y volví a divisar por el
forillo a Yustas que devoraba la gorra.
El
silencio fue más cruel que la algarabía. La jarra se me fue de las
manos, rodó por la mesa, se estrelló en la tarima del escenario.
Abrí los ojos después de mantenerlos cerrados un momento y sentí
la humedad de las lágrimas.
Entonces
me di cuenta de que la oscuridad se había vaciado, que las
candilejas no marcaban esa costa difusa. Todos los rostros eran
nítidos en el atestado patio de butacas y en el frondoso gallinero y
en ninguno había el mínimo gesto de comprensión, todos aseveraban
mi orfandad, mi desamparo, ninguno daría un duro por la vida del
asediado Marqués del Arno, a quien los más crueles no dudaban en
llamar Calpurrio.
Los
insultos del padre Corsino mediaban entre las patadas con que traía
a Escanciano, de quien luego supe que se había encerrado en un aula
a fumar un cigarro con la mala suerte de que la puerta se había
trabado y no pudo abrirla.
Sentí
el desconcierto, la confusión y las bofetadas entre bastidores y vi
al padre Corsino con el hábito descompuesto y el cabello revuelto.
Enrique
Yustas lloraba a lágrima viva y se negaba a salir, suplicando por
Dios que no le obligaran. Escanciano recibía resignado las últimas
patadas y ajustaba con dificultades la camisola y los pantalones.
El
fondo de la taberna toscana tembló, los bastidores se movieron y
hasta las bambalinas fluctuaron inquietas cuando el criado del Conde
y el sicario desfilaron empujados por el padre Corsino, que ya no
lograba contenerse, hasta asomar por el foro y yo me disponía a
recibir las puñaladas.
Era
un momento de extrema tensión después de aquella demora que se
acercaba a los diez minutos, y un malévolo suspiro de alivio se
escuchó en la sala moteado con alguna voz que incitaba a Escanciano
para que se abrochase la bragueta.
Supongo
que en ese instante todos fuimos conscientes de que el desastre no
había terminado. Yo llevé la mano derecha a la empuñadura de mi
espada para preparar el inútil gesto de defensa, y en el vertiginoso
trance de aguardada acometida me volví, antes de tiempo, calculando
que, como sucedía en los ensayos, Escanciano se lanzaría veloz
sobre mi espalda sin aguardar apenas la indicación de Yustas.
Pero
allí estaban los dos, quietos y temblorosos, con las manos vacías,
sin decidirse siquiera a dar un paso.
-El
puñal… -gritó alguien entre bastidores, y fue la alerta desolada
que ponía en evidencia que el sicario venía
a por mí desarmado.
-Acabar
con él como sea… -ordenó el padre Corsino en el límite de la
desesperación.
Yo
ya blandía mi espada y había tenido tiempo suficiente para volverme
hacia ellos corroído entre la indecisión y el arrojo.
Era
imposible que, dadas las circunstancias, aquellos dos temblorosos
sujetos reaccionaran con la decisión precisa, lanzándose sobre mí
para cumplir con las manos lo que ya no era posible con el puñal.
Ambos me miraban con asombro y sorpresa, tan cohibidos como
indefensos.
Atravesé
primero a Yustas, que simuló la caída de forma lamentable, y eso
que había ensayado mucho la escena de su muerte en el segundo acto,
y ensarté con más propiedad a Escanciano, que dio un traspié
bastante convincente
y se llevó la banqueta por delante al estrellarse en el suelo.
-Telón,
telón -pedía el padre Corsino, mientras el padre Petronilo se
descolgaba literalmente del palco y venía hacia el escenario con los
ojos inyectados del veneno de los Médicis.
Al
Marqués del Arno lo sacrificaron en el entreacto pero, así y todo,
la función duró cuatro horas.
Los males menores, 1993.
sábado, 23 de noviembre de 2019
martes, 19 de noviembre de 2019
Sección de anuncios. Carlos Almira Picazo.
Solíamos
venir a pasear al río pero hace unos días me soltó cerca del
puente y cometí el error de alejarme. Es un hombre de estatura
mediana, de unos cuarenta o cuarenta y cinco años, de paso lento y
tristón. Si alguien lo ve, le ruego se ponga en contacto
inmediatamente conmigo: voy todas las tardes al río, entre las cinco
y las nueve. Ya me abruman los remordimientos. Llevo un collar de
cuero rojo, chapado con mi nombre.
La llave dorada, 2014.
La llave dorada, 2014.
domingo, 17 de noviembre de 2019
La cena. Augusto Monterroso.
Tuve
un sueño. Estábamos en París participando en el Congreso Mundial
de Escritores. Después de la última sesión, el 5 de junio, Alfredo
Bryce Echenique nos había invitado a cenar en su departamento de 8
bis, 2º piso izquierda, rue Amyot, a Julio Ramón Ribeyro, Miguel
Rojas-Mix, Franz Kafka, Bárbara Jacobs y yo. Como en cualquier gran
ciudad, en París hay calles difíciles de encontrar; pero la rue
Amyot es fácil si uno baja en la estación Monge del Metro y
después, como puede, pregunta por la rue Amyot.
A las diez de la noche, todavía con sol, nos encontrábamos ya todos reunidos, menos Franz, quien había dicho que antes de llegar pasaría a recoger una tortuga que deseaba obsequiarme en recuerdo de la rapidez con que el Congreso se había desarrollado.
Como a las once y cuarto telefoneó para decir que se hallaba en la estación Saint Germain de Prés y preguntó si Monge era hacia Fort d’Aubervilliers o hacia Mairie d’Ivry. Añadió que pensándolo bien hubiera sido mejor usar un taxi. A las doce llamó nuevamente para informar que ya había salido de Monge, pero que antes tomó la salida equivocada y que había tenido que subir 93 escalones para encontrarse al final con que las puertas de hierro plegadizas que dan a la calle Navarre estaban cerradas desde las ocho treinta, pero que había desandado el camino para salir por la escalera eléctrica y que ya venía con la tortuga, a la que estaba dando agua en un café, a tres cuadras de nosotros. Nosotros bebíamos vino, whisky, coca cola y perrier.
A la una llamó para pedir que lo disculpáramos, que había estado tocando en el número 8 y que nadie había abierto, que el teléfono del que hablaba estaba a una cuadra y que ya se había dado cuenta de que el número de la casa no era el 8 sino el 8 bis.
A las dos sonó el timbre de la puerta. El vecino de Bryce, que vive en el mismo 2º piso, derecha, no izquierda, dijo en bata y con cierta alarma que hacía unos minutos un señor había tocado insistentemente en su departamento; que cuando por fin le abrió, ese señor, apenado sin duda por su equivocación y por haberlo hecho levantar, inventó que en la calle tenía una tortuga; que había dicho que iba por ella, y que si lo conocíamos.
La palabra mágica, 1983.
A las diez de la noche, todavía con sol, nos encontrábamos ya todos reunidos, menos Franz, quien había dicho que antes de llegar pasaría a recoger una tortuga que deseaba obsequiarme en recuerdo de la rapidez con que el Congreso se había desarrollado.
Como a las once y cuarto telefoneó para decir que se hallaba en la estación Saint Germain de Prés y preguntó si Monge era hacia Fort d’Aubervilliers o hacia Mairie d’Ivry. Añadió que pensándolo bien hubiera sido mejor usar un taxi. A las doce llamó nuevamente para informar que ya había salido de Monge, pero que antes tomó la salida equivocada y que había tenido que subir 93 escalones para encontrarse al final con que las puertas de hierro plegadizas que dan a la calle Navarre estaban cerradas desde las ocho treinta, pero que había desandado el camino para salir por la escalera eléctrica y que ya venía con la tortuga, a la que estaba dando agua en un café, a tres cuadras de nosotros. Nosotros bebíamos vino, whisky, coca cola y perrier.
A la una llamó para pedir que lo disculpáramos, que había estado tocando en el número 8 y que nadie había abierto, que el teléfono del que hablaba estaba a una cuadra y que ya se había dado cuenta de que el número de la casa no era el 8 sino el 8 bis.
A las dos sonó el timbre de la puerta. El vecino de Bryce, que vive en el mismo 2º piso, derecha, no izquierda, dijo en bata y con cierta alarma que hacía unos minutos un señor había tocado insistentemente en su departamento; que cuando por fin le abrió, ese señor, apenado sin duda por su equivocación y por haberlo hecho levantar, inventó que en la calle tenía una tortuga; que había dicho que iba por ella, y que si lo conocíamos.
La palabra mágica, 1983.
sábado, 16 de noviembre de 2019
La respiración pulmonar. Juan José Millás.
Al segundo día, mientras regresaba a casa en el metro, sintió que en el vagón no había aire suficiente, o que estaba muy viciado, y tuvo que salir tres o cuatro estaciones antes de la suya. Era consciente, segundo a segundo, de su respiración, hasta el punto, aseguraba, de que si dejaba de pensar en ella, dejaba de respirar. Sobra decir que apenas dormía por miedo a asfixiarse y que empezó a utilizar por su cuenta y riesgo un broncodilatador del que se servía sin medida alguna. Su carta tenía un poder de sugestión increíble, pues mientras la leía yo mismo notaba que me faltaba el aire si dejaba de pensar en los movimientos de los pulmones. De otro lado, describía muy bien sus noches angustiosas en la cocina de su casa, observando atentamente su respiración y los números luminosos del microondas. Aunque su marido y sus hijos le preguntaban si le ocurría algo, ya que tenía cara de susto todo el rato, ella lo achacaba a las jaquecas.
Esa noche soñé que si no respondía a aquella carta agobiante, moriría asfixiado. Soy un poco supersticioso, de modo que decidí escribir a la mujer dándole unos consejos de trámite, para aliviar mi mala conciencia. Lo curioso es que mientras el bolígrafo se deslizaba por la cuartilla, mi respiración mejoraba de manera notable. Me pareció increíble que, habiendo respirado toda la vida, no me hubiera dado cuenta hasta aquel instante de lo importante que era hacerlo bien. El aire se había convertido de súbito en un producto de gourmet. A veces, me detenía a respirar como el que hace un alto en su trabajo para tomar una copa de cava con un montado de caviar.
Eché la carta al correo y ahí quedó la cosa. A los pocos días me olvidé de la mujer y volví a respirar de forma rutinaria. Pasados unos meses. recibí a través de la revista la carta de un hombre que se identificaba como el marido de aquella mujer. Me contaba que su esposa había muerto de un enfisema pulmonar y que al recoger sus cosas había visto mi carta entre sus pertenencias. Me agradecía los “consejos pulmonares” que le había dado a su mujer y me enviaba también, absurdamente, una fotografía de ella. Calculé que tendría unos treinta años. Su rostro era afilado y enormemente atractivo. Se trata de una foto de carné, con la marca de un sello, como si hubiera sido arrancada del pasaporte o de un documento semejante. La mujer estaba seria y tenía los labios entreabiertos en una expresión de ansiedad.
Lo suyo hubiera sido que me desprendiera de la fotografía, y de la carta, pero un movimiento supersticioso me obligó a guardarla en una caja donde meto las cosas que no me interesan, pero de las que me da miedo desprenderme. A veces, me venía a la memoria la expresión “consejos pulmonares” de aquel hombre y notaba en la boca un gusto raro, como el que siento en el mercado al pasar por delante de la casquería. Escribí varios artículos sobre la respiración pulmonar para ver si se me quitaba la idea de la cabeza y lo cierto es que con el tiempo me olvidé de la mujer, de su marido y de los pulmones.
Un año o dos más tarde, revisando papeles antiguos para hacer una limpia, tropecé con la fotografía de la mujer. No me atrevía a tirarla, pero tampoco quería dejarla en la caja de las cosas que asustan, de modo que le hice un hueco en el álbum familiar. Hace unos días mi mujer estaba ordenando las fotos de nuestro último viaje y descubrió la de la mujer que no respiraba bien. “Quién es esta”, preguntó. “No tengo ni idea”, dije. Tras contemplarla unos segundos, la dejó dentro del álbum, por si fuera alguien.
viernes, 15 de noviembre de 2019
Regla de oro. Etgar Keret.
Por lo general, no nos besamos en público. Cecile, a pesar de todo
lo guay que es, los escotes que lleva y su fuerte carácter de
pelirroja, no deja de ser una rematada tímida. Y yo soy de esos que
se fijan mucho en todo lo que pasa a su alrededor y que nunca
consiguen olvidarse de dónde están. Pero la verdad es que aquella
mañana sí lo conseguí y de repente Cecile y yo nos encontramos
besándonos y abrazándonos sentados a la mesa de un café, como una
pareja de estudiantes de instituto que intenta hacerse con un poco de
intimidad en un lugar público.
Cuando Cecile se fue al lavabo me terminé el café de un trago. El resto del tiempo lo aproveché para arreglarme un poco la ropa y ordenar las ideas.
—Eres un hombre con suerte —oí una voz con un fuerte acento de Texas a mi mismísimo lado.
Volví la cabeza. En la mesa contigua había un hombre mayor con una gorra de béisbol. Todo ese rato que nos habíamos estado besando él había estado allí, hubiese podido tocarnos con sólo alargar la mano, y nosotros habíamos jadeado y gemido casi sobre su beicon y su huevo revuelto sin tan siquiera darnos cuenta de su presencia. Resultaba realmente desconcertante, pero no había manera de disculparse sin empeorar las cosas todavía más. Así que me limité a sonreírle y a asentir con la cabeza.
—No, de veras —continuó el viejo—, es muy raro conseguir conservar el amor después de casados. Normalmente, en cuanto la gente se casa, eso, sencillamente, desaparece.
—Como usted ha dicho —seguí sonriendo—, soy un hombre con suerte.
—Yo también —se rió el viejo, y alzó la mano con la alianza de boda—, yo también. Llevamos juntos cuarenta y dos años y ni tan siquiera hay asomo de desaliento. Mira, por mi trabajo me veo obligado a volar muchísimo y cada vez que me separo de ella, te lo digo, me entran ganas de llorar.
—Cuarenta y dos años —le dije dejando escapar un educado silbido de admiración—, debe de ser una mujer muy especial.
—Sí —lo corroboró el viejo.
Vi que dudaba si sacar una foto o no y me sentí aliviado cuando renunció a la idea. La situación se estaba volviendo cada vez más incómoda, a pesar de que estaba más que claro que su intención era buena.
—Tengo tres reglas —sonrió el viejo—, tres reglas de oro que me ayudan a mantener vivo nuestro amor. ¿Quieres oírlas?
—Pues claro que quiero —le dije, mientras le hacía señas a la camarera para que me trajera otro café.
—Primera regla —habló el viejo blandiendo un dedo en el aire—: todos los días intento encontrar algo nuevo que me guste de ella, aunque sea un detalle muy pequeño, ya sabes, la manera que tiene de contestar al teléfono, la forma que tiene de elevar la voz cuando simula no entender lo que digo y cosas por el estilo.
—¿Todos los días? —me admiré yo—. ¡Eso tiene que ser muy difícil!
—No tanto —se rio el viejo—, todo es ponerse a ello. Segunda regla: cada vez que veo a nuestros hijos, y ahora también a nuestros nietos, me digo a mí mismo que la mitad del amor que siento por ellos lo siento en realidad por ella. Porque la mitad de ellos son ella. Y última regla —siguió enumerando cuando Cecile, que ya volvía del lavabo, se sentó a mi lado—: cuando vuelvo de un viaje siempre le traigo un regalo a mi mujer. Aunque solamente me haya ido por un día.
Asentí con la cabeza y le dije que lo recordaría. Cecile nos miraba a los dos algo confusa porque yo no soy precisamente el tipo de persona que entabla conversación en un sitio público con un desconocido, y el viejo, que por lo visto se dio cuenta de ello, se puso de pie dispuesto a marcharse. Se tocó el ala del sombrero y me dijo:
—No cambies.
A continuación le hizo una pequeña reverencia a Cecile y se fue.
—¿Mi mujer? —se rió por lo bajo Cecile haciendo una mueca—. ¿No cambies?
—Olvídalo —le dije acariciándole la mano—, es que ha visto mi alianza de boda.
—Ah... —dijo Cecile dándome un beso en la mejilla—, tenía un aspecto un poco raro.
En el vuelo de vuelta a Israel estuve solo, tres asientos para mí, pero como de costumbre no pude dormir.
Pensé en el negocio con esa compañía suiza con la que no estaba muy seguro de que fuera a cuajar el acuerdo, y en la Play Station que le había comprado a Roí con el mando inalámbrico y todo. Y al pensar en Roí intenté recordar todo el rato que la mitad de mi amor por él era en realidad por Mira, y después intenté pensar en algún detalle que me gustara de ella, esa cara que pone como de indiferencia cuando me pesca en una mentira. Hasta le compré un regalo en el Duty Free del avión, un perfume francés nuevo que la joven y sonriente azafata dijo que ahora todos compran y que incluso ella usa.
—Compruébalo tú mismo —dijo la azafata y me tendió el bronceado dorso de la mano—, ¿no huele divino?
Y la verdad es que la mano le olía maravillosamente bien.
Un hombre sin cabeza, 2011.
Cuando Cecile se fue al lavabo me terminé el café de un trago. El resto del tiempo lo aproveché para arreglarme un poco la ropa y ordenar las ideas.
—Eres un hombre con suerte —oí una voz con un fuerte acento de Texas a mi mismísimo lado.
Volví la cabeza. En la mesa contigua había un hombre mayor con una gorra de béisbol. Todo ese rato que nos habíamos estado besando él había estado allí, hubiese podido tocarnos con sólo alargar la mano, y nosotros habíamos jadeado y gemido casi sobre su beicon y su huevo revuelto sin tan siquiera darnos cuenta de su presencia. Resultaba realmente desconcertante, pero no había manera de disculparse sin empeorar las cosas todavía más. Así que me limité a sonreírle y a asentir con la cabeza.
—No, de veras —continuó el viejo—, es muy raro conseguir conservar el amor después de casados. Normalmente, en cuanto la gente se casa, eso, sencillamente, desaparece.
—Como usted ha dicho —seguí sonriendo—, soy un hombre con suerte.
—Yo también —se rió el viejo, y alzó la mano con la alianza de boda—, yo también. Llevamos juntos cuarenta y dos años y ni tan siquiera hay asomo de desaliento. Mira, por mi trabajo me veo obligado a volar muchísimo y cada vez que me separo de ella, te lo digo, me entran ganas de llorar.
—Cuarenta y dos años —le dije dejando escapar un educado silbido de admiración—, debe de ser una mujer muy especial.
—Sí —lo corroboró el viejo.
Vi que dudaba si sacar una foto o no y me sentí aliviado cuando renunció a la idea. La situación se estaba volviendo cada vez más incómoda, a pesar de que estaba más que claro que su intención era buena.
—Tengo tres reglas —sonrió el viejo—, tres reglas de oro que me ayudan a mantener vivo nuestro amor. ¿Quieres oírlas?
—Pues claro que quiero —le dije, mientras le hacía señas a la camarera para que me trajera otro café.
—Primera regla —habló el viejo blandiendo un dedo en el aire—: todos los días intento encontrar algo nuevo que me guste de ella, aunque sea un detalle muy pequeño, ya sabes, la manera que tiene de contestar al teléfono, la forma que tiene de elevar la voz cuando simula no entender lo que digo y cosas por el estilo.
—¿Todos los días? —me admiré yo—. ¡Eso tiene que ser muy difícil!
—No tanto —se rio el viejo—, todo es ponerse a ello. Segunda regla: cada vez que veo a nuestros hijos, y ahora también a nuestros nietos, me digo a mí mismo que la mitad del amor que siento por ellos lo siento en realidad por ella. Porque la mitad de ellos son ella. Y última regla —siguió enumerando cuando Cecile, que ya volvía del lavabo, se sentó a mi lado—: cuando vuelvo de un viaje siempre le traigo un regalo a mi mujer. Aunque solamente me haya ido por un día.
Asentí con la cabeza y le dije que lo recordaría. Cecile nos miraba a los dos algo confusa porque yo no soy precisamente el tipo de persona que entabla conversación en un sitio público con un desconocido, y el viejo, que por lo visto se dio cuenta de ello, se puso de pie dispuesto a marcharse. Se tocó el ala del sombrero y me dijo:
—No cambies.
A continuación le hizo una pequeña reverencia a Cecile y se fue.
—¿Mi mujer? —se rió por lo bajo Cecile haciendo una mueca—. ¿No cambies?
—Olvídalo —le dije acariciándole la mano—, es que ha visto mi alianza de boda.
—Ah... —dijo Cecile dándome un beso en la mejilla—, tenía un aspecto un poco raro.
En el vuelo de vuelta a Israel estuve solo, tres asientos para mí, pero como de costumbre no pude dormir.
Pensé en el negocio con esa compañía suiza con la que no estaba muy seguro de que fuera a cuajar el acuerdo, y en la Play Station que le había comprado a Roí con el mando inalámbrico y todo. Y al pensar en Roí intenté recordar todo el rato que la mitad de mi amor por él era en realidad por Mira, y después intenté pensar en algún detalle que me gustara de ella, esa cara que pone como de indiferencia cuando me pesca en una mentira. Hasta le compré un regalo en el Duty Free del avión, un perfume francés nuevo que la joven y sonriente azafata dijo que ahora todos compran y que incluso ella usa.
—Compruébalo tú mismo —dijo la azafata y me tendió el bronceado dorso de la mano—, ¿no huele divino?
Y la verdad es que la mano le olía maravillosamente bien.
Un hombre sin cabeza, 2011.
miércoles, 13 de noviembre de 2019
El sueño de María. María Elena Lorenzin.
Aburrida
de tanta paz celestial, la Virgen María coge el nuevo Diccionario
Salamanca de la Lengua Española. Lo abre en la letra M. Allí
encuentra: "María s.f. 1. coloquial; peyorativo. Mujer
sencilla, de poco nivel cultural: "El mercado estaba lleno de
marías". Sin. maruja 2. coloquial, peyorativo. Asignatura de
poca importancia o fácil de aprobar. 3. Coloquial. Tipo de galleta
redonda y plana. 4. Jergal. Marihuana". La Virgen cierra el
diccionario. Abre su laptop, se enchufa a Internet y le manda un
e-mail al Director. Se desconoce el contenido del correo mariano,
pero es probable que en una nueva edición del diccionario figure
alguna rectificación.
martes, 12 de noviembre de 2019
Cocina rápida. José Luis Zárate.
Prisas.
Prisas. 12 Invitados. Miró su reloj. Se había hartado de comer
sola, por ello esta cena. Pero el tiempo, el maldito tiempo. Leyó
las instrucciones. Sopa.
Tres cubitos. Añadir agua. Menos mal que se auto calentaba. Pollo. Sacó el paquete. Marcó en el formateador: Pierna y Muslo. En cocción frito. ¿Qué más? Frutas. No debía olvidar las frutas. Sacó los tubos de 100% natural y los exprimió en el plato. Sonrió. Todo iba a salir bien.
Faltaba algo... ¿qué? Estuvo a punto de abandonar la cocina cuando se acordó.
Que tonta. Añadió los invitados en polvo al hidratador, marcó 12 y mientras estaban listos se fue a vestir...
Tres cubitos. Añadir agua. Menos mal que se auto calentaba. Pollo. Sacó el paquete. Marcó en el formateador: Pierna y Muslo. En cocción frito. ¿Qué más? Frutas. No debía olvidar las frutas. Sacó los tubos de 100% natural y los exprimió en el plato. Sonrió. Todo iba a salir bien.
Faltaba algo... ¿qué? Estuvo a punto de abandonar la cocina cuando se acordó.
Que tonta. Añadió los invitados en polvo al hidratador, marcó 12 y mientras estaban listos se fue a vestir...
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