8 de mayo.
¡Qué hermoso día!
He pasado toda la mañana tumbado en la hierba, delante de mi casa,
bajo el enorme plátano que la cubre, abriga y sombrea por completo.
Me gusta esta comarca, y me gusta vivir en ella porque aquí tengo
mis raíces, esas profundas y delicadas raíces que unen a un hombre
a la tierra en que han nacido y muerto sus abuelos, que lo unen a lo
que se piensa y se come, tanto a las costumbres como a los alimentos,
a las locuciones locales, a las entonaciones de los campesinos y a
los olores del suelo, de los pueblos y del aire mismo.
Adoro la casa donde
he crecido. Desde mis ventanas veo el Sena que corre detrás del
camino, a lo largo de mi jardín, casi dentro de mi casa, el grande y
ancho Sena, cubierto de barcos, en el tramo entre Ruán y El Havre.
A lo lejos y a la
izquierda, está Ruán, la vasta ciudad de techos azules, con sus
numerosas y agudas torres góticas, delicadas o macizas, dominadas
por la flecha de hierro de su catedral, y pobladas de campanas que
tañen en el aire azul de las mañanas hermosas enviándome su suave
y lejano murmullo de hierro, su canto de bronce que me llega con
mayor o menor intensidad según que la brisa aumente o disminuya.
¡Qué hermosa
mañana!
A eso de las once
pasó frente a mi ventana un largo convoy de navíos arrastrados por
un remolcador grande como una mosca, que jadeaba de fatiga lanzando
por su chimenea un humo espeso.
Después, pasaron
dos goletas inglesas, cuyas rojas banderas flameaban sobre el fondo
del cielo, y un soberbio bergantín brasileño, blanco y
admirablemente limpio y reluciente. Saludé su paso sin saber por
qué, pues sentí placer al contemplarlo.
12 de mayo.
Tengo algo de fiebre
desde hace algunos días. Me siento dolorido o más bien triste.
¿De dónde vienen
esas misteriosas influencias que trasforman nuestro bienestar en
desaliento y nuestra confianza en angustia? Diríase que el aire, el
aire invisible, está poblado de lo desconocido, de poderes cuya
misteriosa proximidad experimentamos. ¿Por qué al despertarme
siento una gran alegría y ganas de cantar, y luego, sorpresivamente,
después de dar un corto paseo por la costa, regreso desolado como si
me esperase una desgracia en mi casa? ¿Tal vez una ráfaga fría al
rozarme la piel me ha alterado los nervios y ensombrecido el alma?
¿Acaso la forma de las nubes o el color tan variable del día o de
las cosas me ha perturbado el pensamiento al pasar por mis ojos?
¿Quién puede saberlo? Todo lo que nos rodea, lo que vemos sin
mirar, lo que rozamos inconscientemente, lo que tocamos sin palpar y
lo que encontramos sin reparar en ello, tiene efectos rápidos,
sorprendentes e inexplicables sobre nosotros, sobre nuestros órganos
y, por consiguiente, sobre nuestros pensamientos y nuestro corazón.
¡Cuán profundo es
el misterio de lo Invisible! No podemos explorarlo con nuestros
mediocres sentidos, con nuestros ojos que no pueden percibir lo muy
grande ni lo muy pequeño, lo muy próximo ni lo muy lejano, los
habitantes de una estrella ni los de una gota de agua… con nuestros
oídos que nos engañan, trasformando las vibraciones del aire en
ondas sonoras, como si fueran hadas que convierten milagrosamente en
sonido ese movimiento, y que mediante esa metamorfosis hacen surgir
la música que trasforma en canto la muda agitación de la
naturaleza… con nuestro olfato, más débil que el del perro… con
nuestro sentido del gusto, que apenas puede distinguir la edad de un
vino.
¡Cuántas cosas
descubriríamos a nuestro alrededor si tuviéramos otros órganos que
realizaran para nosotros otros milagros!
16 de mayo.
Decididamente, estoy
enfermo. ¡Y pensar que estaba tan bien el mes pasado! Tengo fiebre,
una fiebre atroz, o, mejor dicho, una nerviosidad febril que afecta
por igual el alma y el cuerpo. Tengo continuamente la angustiosa
sensación de un peligro que me amenaza, la aprensión de una
desgracia inminente o de la muerte que se aproxima, el presentimiento
suscitado por el comienzo de un mal aún desconocido que germina en
la carne y en la sangre.
18 de mayo.
Acabo de consultar
al médico pues ya no podía dormir. Me ha encontrado el pulso
acelerado, los ojos inflamados y los nervios alterados, pero ningún
síntoma alarmante. Debo darme duchas y tomar bromuro de potasio.
25 de mayo.
¡No siento ninguna
mejoría! Mi estado es realmente extraño. Cuando se aproxima la
noche, me invade una inexplicable inquietud, como si la noche
ocultase una terrible amenaza para mí. Ceno rápidamente y luego
trato de leer, pero no comprendo las palabras y apenas distingo las
letras. Camino entonces de un extremo a otro de la sala sintiendo la
opresión de un temor confuso e irresistible, el temor de dormir y el
temor de la cama. A las diez subo a la habitación. En cuanto entro,
doy dos vueltas a la llave y corro los cerrojos; tengo miedo… ¿de
qué?… Hasta ahora nunca sentía temor por nada… abro mis
armarios, miro debajo de la cama; escucho… escucho… ¿qué?…
¿Acaso puede sorprender que un malestar, un trastorno de la
circulación, y tal vez una ligera congestión, una pequeña
perturbación del funcionamiento tan imperfecto y delicado de nuestra
máquina viviente, convierta en un melancólico al más alegre de los
hombres y en un cobarde al más valiente? Luego me acuesto y espero
el sueño como si esperase al verdugo. Espero su llegada con espanto;
mi corazón late intensamente y mis piernas se estremecen; todo mi
cuerpo tiembla en medio del calor de la cama hasta el momento en que
caigo bruscamente en el sueño como si me ahogara en un abismo de
agua estancada. Ya no siento llegar como antes a ese sueño pérfido,
oculto cerca de mi, que me acecha, se apodera de mi cabeza, me cierra
los ojos y me aniquila.
Duermo durante dos o
tres horas, y luego no es un sueño sino una pesadilla lo que se
apodera de mí. Sé perfectamente que estoy acostado y que duermo…
lo comprendo y lo sé… y siento también que alguien se aproxima,
me mira, me toca, sube sobre la cama, se arrodilla sobre mi pecho y
tomando mi cuello entre sus manos aprieta y aprieta… con todas sus
fuerzas para estrangularme.
Trato de defenderme,
impedido por esa impotencia atroz que nos paraliza en los sueños:
quiero gritar y no puedo; trato de moverme y no puedo; con
angustiosos esfuerzos y jadeante, trato de liberarme, de rechazar ese
ser que me aplasta y me asfixia, ¡pero no puedo!
Y de pronto, me
despierto enloquecido y cubierto de sudor. Enciendo una bujía. Estoy
solo.
Después de esa
crisis, que se repite todas las noches, duermo por fin tranquilamente
hasta el amanecer.
2 de junio.
Mi estado se ha
agravado. ¿Qué es lo que tengo? El bromuro y las duchas no me
producen ningún efecto. Para fatigarme más, a pesar de que ya me
sentía cansado, fui a dar un paseo por el bosque de Roumare. En un
principio, me pareció que el aire suave, ligero y fresco, lleno de
aromas de hierbas y hojas vertía una sangre nueva en mis venas y
nuevas energías en mi corazón. Caminé por una gran avenida de caza
y después por una estrecha alameda, entre dos filas de árboles
desmesuradamente altos que formaban un techo verde y espeso, casi
negro, entre el cielo y yo.
De pronto sentí un
estremecimiento, no de frío sino un extraño temblor angustioso.
Apresuré el paso, inquieto por hallarme solo en ese bosque,
atemorizado sin razón por el profundo silencio. De improviso, me
pareció que me seguían, que alguien marchaba detrás de mí, muy
cerca, muy cerca, casi pisándome los talones.
Me volví hacia
atrás con brusquedad. Estaba solo. Únicamente vi detrás de mí el
resto y amplio sendero, vacío, alto, pavorosamente vacío; y del
otro lado se extendía también hasta perderse de vista de modo
igualmente solitario y atemorizante.
Cerré los ojos,
¿por qué? Y me puse a girar sobre un pie como un trompo. Estuve a
punto de caer; abrí los ojos: los árboles bailaban, la tierra
flotaba, tuve que sentarme. Después ya no supe por dónde había
llegado hasta allí. ¡Qué extraño! Ya no recordaba nada. Tomé
hacia la derecha, y llegué a la avenida que me había llevado al
centro del bosque.
3 de junio.
He pasado una noche
horrible. Voy a irme de aquí por algunas semanas. Un viaje breve sin
duda me tranquilizará.
2 de julio.
Regreso
restablecido. El viaje ha sido delicioso. Visité el monte
Saint-Michel que no conocía.
¡Qué hermosa
visión se tiene al llegar a Avranches, como llegué yo al caer la
tarde! La ciudad se halla sobre una colina. Cuando me llevaron al
jardín botánico, situado en un extremo de la población, no pude
evitar un grito de admiración. Una extensa bahía se extendía ante
mis ojos hasta el horizonte, entre dos costas lejanas que se
esfumaban en medio de la bruma, y en el centro de esa inmensa bahía,
bajo un dorado cielo despejado, se elevaba un monte extraño, sombrío
y puntiagudo en las arenas de la playa. El sol acababa de ocultarse,
y en el horizonte aún rojizo se recortaba el perfil de ese
fantástico acantilado que lleva en su cima un fantástico monumento.
Al amanecer me
dirigí hacia allí. El mar estaba bajo como la tarde anterior y a
medida que me acercaba veía elevarse gradualmente a la sorprendente
abadía. Luego de varias horas de marcha, llegué al enorme bloque de
piedra en cuya cima se halla la pequeña población dominada por la
gran iglesia. Después de subir por la calle estrecha y empinada,
penetré en la más admirable morada gótica construida por Dios en
la tierra, vasta como una ciudad, con numerosos recintos de techo
bajo, como aplastados por bóvedas y galerías superiores sostenidas
por frágiles columnas. Entré en esa gigantesca joya de granito,
ligera como un encaje, cubierta de torres, de esbeltos torreones, a
los cuales se sube por intrincadas escaleras, que destacan en el
cielo azul del día y negro de la noche sus extrañas cúpulas
erizadas de quimeras, diablos, animales fantásticos y flores
monstruosas, unidas entre sí por finos arcos labrados.
Cuando llegué a la
cumbre, dije al monje que me acompañaba:
—¡Qué bien se
debe estar aquí, padre!
—Es un lugar muy
ventoso, señor —me respondió. Y nos pusimos a conversar mientras
mirábamos subir el mar, que avanzaba sobre la playa y parecía
cubrirla con una coraza de acero.
El monje me refirió
historias, todas las viejas historias del lugar, leyendas, muchas
leyendas.
Una de ellas me
impresionó mucho. Los nacidos en el monte aseguran que de noche se
oyen voces en la playa y después se perciben los balidos de dos
cabras, una de voz fuerte y la otra de voz débil. Los incrédulos
afirman que son los graznidos de las aves marinas que se asemejan a
balidos o a quejas humanas, pero los pescadores rezagados juran haber
encontrado merodeando por las dunas, entre dos mareas y alrededor de
la pequeña población tan alejada del mundo, a un viejo pastor cuya
cabeza nunca pudieron ver por llevarla cubierta con su capa, y
delante de él marchan un macho cabrío con rostro de hombre y una
cabra con rostro de mujer; ambos tienen largos cabellos blancos y
hablan sin cesar: discuten en una lengua desconocida,
interrumpiéndose de pronto para balar con todas sus fuerzas.
—¿Cree usted en
eso? —pregunté al monje.
—No sé —me
contestó.
Yo proseguí:
—Si existieran en
la tierra otros seres diferentes de nosotros, los conoceríamos desde
hace mucho tiempo; ¿cómo es posible que no los hayamos visto usted
ni yo?
—¿Acaso vemos —me
respondió— la cienmilésima parte de lo que existe? Observe por
ejemplo el viento, que es la fuerza más poderosa de la naturaleza;
el viento, que derriba hombres y edificios, que arranca de cuajo los
árboles y levanta montañas de agua en el mar, que destruye los
acantilados y que arroja contra ellos a las grandes naves, el viento
que mata, silba, gime y ruge, ¿acaso lo ha visto alguna vez? ¿Acaso
lo puede ver? Y sin embargo existe.
Ante este sencillo
razonamiento opté por callarme. Este hombre podía ser un sabio o
tal vez un tonto. No podía afirmarlo con certeza, pero me llamé a
silencio. Con mucha frecuencia había pensado en lo que me dijo.
3 de julio.
Dormí mal;
evidentemente, hay una influencia febril, pues mi cochero sufre del
mismo mal que yo. Ayer, al regresar, observé su extraña palidez. Le
pregunté:
—¿Qué tiene,
Jean?
—Ya no puedo
descansar; mis noches desgastan mis días. Desde la partida del señor
parece que padezco una especie de hechizo.
Los demás criados
están bien, pero temo que me vuelvan las crisis.
4 de julio.
Decididamente, las
crisis vuelven a empezar. Vuelvo a tener las mismas pesadillas.
Anoche sentí que alguien se inclinaba sobre mí y con su boca sobre
la mía, bebía mi vida. Sí, la bebía con la misma avidez que una
sanguijuela. Luego se incorporó saciado, y yo me desperté tan
extenuado y aniquilado, que apenas podía moverme. Si eso se prolonga
durante algunos días volveré a ausentarme.
5 de julio.
¿He perdido la
razón? Lo que pasó, lo que vi anoche, ¡es tan extraño que cuando
pienso en ello pierdo la cabeza!
Había cerrado la
puerta con llave, como todas las noches, y luego sentí sed, bebí
medio vaso de agua y observé distraídamente que la botella estaba
llena.
Me acosté en
seguida y caí en uno de mis espantosos sueños del cual pude salir
cerca de dos horas después con una sacudida más horrible aún.
Imagínense ustedes un hombre que es asesinado mientras duerme, que
despierta con un cuchillo clavado en el pecho, jadeante y cubierto de
sangre, que no puede respirar y que muere sin comprender lo que ha
sucedido.
Después de recobrar
la razón, sentí nuevamente sed; encendí una bujía y me dirigí
hacia la mesa donde había dejado la botella. La levanté
inclinándola sobre el vaso, pero no había una gota de agua. Estaba
vacía, ¡completamente vacía! Al principio no comprendí nada, pero
de pronto sentí una emoción tan atroz que tuve que sentarme o,
mejor dicho, me desplomé sobre una silla. Luego me incorporé de un
salto para mirar a mi alrededor. Después volví a sentarme delante
del cristal trasparente, lleno de asombro y terror. Lo observaba con
la mirada fija, tratando de imaginarme lo que había pasado. Mis
manos temblaban. ¿Quién se había bebido el agua? Yo, yo sin duda.
¿Quién podía haber sido sino yo? Entonces… yo era sonámbulo, y
vivía sin saberlo esa doble vida misteriosa que nos hace pensar que
hay en nosotros dos seres, o que a veces un ser extraño, desconocido
e invisible ánima, mientras dormimos, nuestro cuerpo cautivo que le
obedece como a nosotros y más que a nosotros.
¡Ah! ¿Quién podrá
comprender mi abominable angustia? ¿Quién podrá comprender la
emoción de un hombre mentalmente sano, perfectamente despierto y en
uso de razón al contemplar espantado una botella que se ha vaciado
mientras dormía? Y así permanecí hasta el amanecer sin atreverme a
volver a la cama.
6 de julio.
Pierdo la razón.
¡Anoche también bebieron el agua de la botella, o tal vez la bebí
yo!
10 de julio.
Acabo de hacer
sorprendentes comprobaciones. ¡Decididamente estoy loco! Y sin
embargo…
El 6 de julio, antes
de acostarme puse sobre la mesa vino, leche, agua, pan y fresas. Han
bebido —o he bebido— toda el agua y un poco de leche. No han
tocado el vino, ni el pan ni las fresas.
El 7 de julio he
repetido la prueba con idénticos resultados.
El 8 de julio
suprimí el agua y la leche, y no han tocado nada.
Por último, el 9 de
julio puse sobre la mesa solamente el agua y la leche, teniendo
especial cuidado de envolver las botellas con lienzos de muselina
blanca y de atar los tapones. Luego me froté con grafito los labios,
la barba y las manos y me acosté.
Un sueño
irresistible se apoderó de mí, seguido poco después por el atroz
despertar. No me había movido; ni siquiera mis sábanas estaban
manchadas. Corrí hacia la mesa. Los lienzos que envolvían las
botellas seguían limpios e inmaculados. Desaté los tapones,
palpitante de emoción. ¡Se habían bebido toda el agua y toda la
leche! ¡Ah! ¡Dios mío!…
Partiré
inmediatamente hacia París.
12 de julio.
París. Estos
últimos días había perdido la cabeza. Tal vez he sido juguete de
mi enervada imaginación, salvo que yo sea realmente sonámbulo o que
haya sufrido una de esas influencias comprobadas, pero hasta ahora
inexplicables, que se llaman sugestiones. De todos modos, mi extravío
rayaba en la demencia, y han bastado veinticuatro horas en París
para recobrar la cordura.
Ayer, después de
paseos y visitas, que me han renovado y vivificado el alma, terminé
el día en el Théâtre-Français. Se representaba una pieza de
Alejandro Dumas hijo. Este autor vivaz y pujante ha terminado de
curarme. Es evidente que la soledad resulta peligrosa para las mentes
que piensan demasiado. Necesitamos ver a nuestro alrededor a hombres
que piensen y hablen. Cuando permanecemos solos durante mucho tiempo,
poblamos de fantasmas el vacío.
Regresé muy
contento al hotel, caminando por el centro. Al codearme con la
multitud, pensé, no sin ironía, en mis terrores y suposiciones de
la semana pasada, pues creí, sí, creí que un ser invisible vivía
bajo mi techo. Cuán débil es nuestra razón y cuán rápidamente se
extravía cuando nos estremece un hecho incomprensible.
En lugar de concluir
con estas simples palabras: «Yo no comprendo porque no puedo
explicarme las causas», nos imaginamos en seguida impresionantes
misterios y poderes sobrenaturales.
14 de julio.
Fiesta de la
República. He paseado por las calles. Los cohetes y banderas me
divirtieron como a un niño. Sin embargo, me parece una tontería
ponerse contento un día determinado por decreto del gobierno. El
pueblo es un rebaño de imbéciles, a veces tonto y paciente, y
otras, feroz y rebelde. Se le dice: «Diviértete». Y se divierte.
Se le dice: «Ve a combatir con tu vecino». Y va a combatir. Se le
dice: «Vota por el emperador». Y vota por el emperador. Después:
«Vota por la República». Y vota por la República.
Los que lo dirigen
son igualmente tontos, pero en lugar de obedecer a hombres se atienen
a principios, que por lo mismo que son principios sólo pueden ser
necios, estériles y falsos, es decir, ideas consideradas ciertas e
inmutables, en este mundo donde nada es seguro y donde la luz y el
sonido son ilusorios.
16 de julio.
Ayer he visto cosas
que me preocuparon mucho. Cené en casa de mi prima, la señora
Sablé, casada con el jefe del regimiento 76 de cazadores de Limoges.
Conocí allí a dos señoras jóvenes, casada una de ellas con el
doctor Parent que se dedica intensamente al estudio de las
enfermedades nerviosas y de los fenómenos extraordinarios que hoy
dan origen a las experiencias sobre hipnotismo y sugestión.
Nos refirió
detalladamente los prodigiosos resultados obtenidos por los sabios
ingleses y por los médicos de la escuela de Nancy. Los hechos que
expuso me parecieron tan extraños que manifesté mi incredulidad.
—Estamos a punto
de descubrir uno de los más importantes secretos de la naturaleza
—decía el doctor Parent—, es decir, uno de sus más importantes
secretos aquí en la tierra, puesto que hay evidentemente otros
secretos importantes en las estrellas. Desde que el hombre piensa,
desde que aprendió a expresar y a escribir su pensamiento, se siente
tocado por un misterio impenetrable para sus sentidos groseros e
imperfectos, y trata de suplir la impotencia de dichos sentidos
mediante el esfuerzo de su inteligencia. Cuando la inteligencia
permanecía aún en un estado rudimentario, la obsesión de los
fenómenos invisibles adquiría formas comúnmente terroríficas. De
ahí las creencias populares en lo sobrenatural, las leyendas de las
almas en pena, las hadas, los gnomos y los aparecidos; me atrevería
a mencionar incluso la leyenda de Dios, pues nuestras concepciones
del artífice creador de cualquier religión son las invenciones más
mediocres, estúpidas e inaceptables que pueden salir de la mente
atemorizada de los hombres. Nada es más cierto que este pensamiento
de Voltaire: "Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza
pero el hombre también ha procedido así con él". Pero desde
hace algo más de un siglo, parece percibirse algo nuevo. Mesmer y
algunos otros nos señalan un nuevo camino y, efectivamente, sobre
todo desde hace cuatro o cinco años, se han obtenido sorprendentes
resultados.
Mi prima, también
muy incrédula, sonreía. El doctor Parent le dijo:
—¿Quiere que la
hipnotice, señora?
—Sí; me parece
bien.
Ella se sentó en un
sillón y él comenzó a mirarla fijamente. De improviso, me dominó
la turbación, mi corazón latía con fuerza y sentía una opresión
en la garganta. Veía cerrarse pesadamente los ojos de la señora
Sablé, y su boca se crispaba y parecía jadear.
Al cabo de diez
minutos dormía.
—Póngase detrás
de ella —me dijo el médico.
Obedecí su
indicación, y él colocó en las manos de mi prima una tarjeta de
visita al tiempo que le decía: «Esto es un espejo; ¿qué ve en
él?».
—Veo a mi primo
—respondió.
—¿Qué hace?
—Se atusa el
bigote.
—¿Y ahora?
—Saca una
fotografía del bolsillo.
—¿Quién aparece
en la fotografía?
—Él, mi primo.
¡Era cierto! Esa
misma tarde me habían entregado esa fotografía en el hotel.
—¿Cómo aparece
en ese retrato?
—Se halla de pie,
con el sombrero en la mano.
Evidentemente, veía
en esa tarjeta de cartulina lo que hubiera visto en un espejo.
Las damas decían
espantadas: «¡Basta! ¡Basta, por favor!».
Pero el médico
ordenó: «Usted se levantará mañana a las ocho; luego irá a ver a
su primo al hotel donde se aloja, y le pedirá que le preste los
cinco mil francos que le pide su esposo y que le reclamará cuando
regrese de su próximo viaje». Luego la despertó.
Mientras regresaba
al hotel pensé en esa curiosa sesión y me asaltaron dudas, no sobre
la insospechable, la total buena fe de mi prima a quien conocía
desde la infancia como a una hermana, sino sobre la seriedad del
médico. ¿No escondería en su mano un espejo que mostraba a la
joven dormida, al mismo tiempo que la tarjeta?
Los
prestidigitadores profesionales hacen cosas semejantes.
No bien regresé me
acosté.
Pero a las ocho y
media de la mañana me despertó mi mucamo y me dijo:
—La señora Sablé
quiere hablar inmediatamente con el señor.
Me vestí de prisa y
la hice pasar.
Sentóse muy turbada
y me dijo sin levantar la mirada ni quitarse el velo:
—Querido primo,
tengo que pedirle un gran favor.
—¿De qué se
trata, prima?
—Me cuesta mucho
decirlo, pero no tengo más remedio. Necesito urgentemente cinco mil
francos.
—Pero cómo, ¿tan
luego usted?
—Sí, yo, o mejor
dicho mi esposo, que me ha encargado conseguirlos.
Me quedé tan
asombrado que apenas podía balbucear mis respuestas. Pensaba que
ella y el doctor Parent se estaba burlando de mí, y que eso podía
ser una mera farsa preparada de antemano y representada a la
perfección.
Pero todas mis dudas
se disiparon cuando la observé con atención. Temblaba de angustia.
Evidentemente esta gestión le resultaba muy penosa y advertí que
apenas podía reprimir el llanto.
Sabía que era muy
rica y le dije:
—¿Cómo es
posible que su esposo no disponga de cinco mil francos? —Reflexioné—.
¿Está segura de que le ha encargado pedírmelos a mí?
Vaciló durante
algunos segundos como si le costara mucho recordar, y luego
respondió:
—Sí… sí…
estoy segura.
—¿Le ha escrito?
Vaciló otra vez y
volvió a pensar. Advertí el penoso esfuerzo de su mente. No sabía.
Sólo recordaba que debía pedirme ese préstamo para su esposo. Por
consiguiente, se decidió a mentir.
—Sí, me escribió.
—¿Cuándo? Ayer
no me dijo nada.
—Recibí su carta
esta mañana.
—¿Puede
enseñármela?
—No, no…
contenía cosas íntimas… demasiado personales… y la he… la he
quemado.
—Así que su
marido tiene deudas.
Vaciló una vez más
y luego murmuró:
—No lo sé.
Bruscamente le
dije:
—Pero en este
momento, querida prima, no dispongo de cinco mil francos.
Dio una especie de
grito de desesperación:
—¡Ay! ¡Por
favor! ¡Se lo ruego! Trate de conseguirlos…
Exaltada, unía sus
manos como si se tratara de un ruego. Su voz cambió de tono; lloraba
murmurando cosas ininteligibles, molesta y dominada por la orden
irresistible que había recibido.
—¡Ay! Le suplico…
si supiera cómo sufro… los necesito para hoy.
Sentí piedad por
ella.
—Los tendrá de
cualquier manera. Se lo prometo.
—¡Oh! ¡Gracias,
gracias! ¡Qué bondadoso es usted!
—¿Recuerda lo que
pasó anoche en su casa? —le pregunté entonces.
—Sí.
—¿Recuerda que el
doctor Parent la hipnotizó?
—Sí.
—Pues bien, fue él
quien le ordenó venir esta mañana a pedirme cinco mil francos, y en
este momento usted obedece a su sugestión.
Reflexionó durante
algunos instantes y luego respondió:
—Pero es mi esposo
quien me los pide.
Durante una hora
traté infructuosamente de convencerla.
Cuando se fue, corrí
a casa del doctor Parent. Me dijo:
—¿Se ha
convencido ahora?
—Sí, no hay más
remedio que creer.
—Vamos a ver a su
prima.
Cuando llegamos
dormitaba en un sofá, rendida por el cansancio. El médico le tomó
el pulso, la miró durante algún tiempo con una mano extendida hacia
sus ojos que la joven cerró debido al influjo irresistible del poder
magnético.
Cuando se durmió,
el doctor Parent le dijo:
—¡Su esposo no
necesita los cinco mil francos! Por lo tanto, usted debe olvidar que
ha rogado a su primo para que se los preste, y si le habla de eso,
usted no comprenderá.
Luego le despertó.
Entonces saqué mi billetera.
—Aquí tiene,
querida prima. Lo que me pidió esta mañana.
Se mostró tan
sorprendida que no me atreví a insistir. Traté, sin embargo, de
refrescar su memoria, pero negó todo enfáticamente, creyendo que me
burlaba, y poco faltó para que se enojase.
Acabo de regresar.
La experiencia me ha impresionado tanto que no he podido almorzar.
19 de julio.
Muchas personas a
quienes he referido esta aventura se han reído de mí. Ya no sé qué
pensar. El sabio dijo: «Quizá».
21 de julio.
Cené en Bougival y
después estuve en el baile de los remeros. Decididamente, todo
depende del lugar y del medio. Creer en lo sobrenatural en la isla de
la Grenouillère sería el colmo del desatino… pero ¿no es así en
la cima del monte Saint-Michel, y en la India? Sufrimos la influencia
de lo que nos rodea. Regresaré a casa la semana próxima.
30 de julio.
Ayer he regresado a
casa. Todo está bien.
2 de agosto.
No hay novedades.
Hace un tiempo espléndido. Paso los días mirando correr el Sena.
4 de agosto.
Hay problemas entre
mis criados. Aseguran que alguien rompe los vasos en los armarios por
la noche. El mucamo acusa a la cocinera y ésta a la lavandera quien
a su vez acusa a los dos primeros. ¿Quién es el culpable? El tiempo
lo dirá.
6 de agosto.
Esta vez no estoy
loco. ¡He visto… he visto… he visto!... Ya no puedo dudar… ¡he
visto!... Todavía tengo frío hasta en las uñas… el miedo me
penetra hasta la médula… ¡ he visto!
A las dos de la
tarde me paseaba a pleno sol por mi rosedal; caminaba por el sendero
de rosales de otoño que comienzan a florecer.
Me detuve a observar
un hermoso ejemplar de géant des batailles, que tenía tres
flores magníficas, y vi entonces con toda claridad cerca de mí que
el tallo de una de las rosas se doblaba como movido por una mano
invisible: ¡luego, vi que se quebraba como si la misma mano lo
cortase! Luego la flor se elevó, siguiendo la curva que habría
descrito un brazo al llevarla hacia una boca y permaneció suspendida
en el aire trasparente, muy sola e inmóvil, como una pavorosa mancha
a tres pasos de mí.
Azorado, me arrojé
sobre ella para tomarla. Pero no pude hacerlo: había desaparecido.
Sentí entonces rabia contra mí mismo, pues no es posible que una
persona razonable tenga semejantes alucinaciones.
Pero ¿tratábase
realmente de una alucinación? Volví hacia el rosal para buscar el
tallo cortado e inmediatamente lo encontré, recién cortado, entre
las dos rosas que permanecían en la rama. Regresé entonces a casa
con la mente alterada; en efecto, ahora estoy convencido, seguro como
de la alternancia de los días y las noches, de que existe cerca de
mí un ser invisible, que se alimenta de leche y agua, que puede
tocar las cosas, tomarlas y cambiarlas de lugar; dotado, por
consiguiente, de un cuerpo material aunque imperceptible para
nuestros sentidos, y que habita en mi casa como yo…
7 de agosto.
Dormí
tranquilamente. Se ha bebido el agua de la botella pero no perturbó
mi sueño.
Me pregunto si estoy
loco. Cuando a veces me paseo a pleno sol, a lo largo de la costa, he
dudado de mi razón; no son ya dudas inciertas como las que he tenido
hasta ahora, sino dudas precisas, absolutas. He visto locos. He
conocido algunos que seguían siendo inteligentes, lúcidos y sagaces
en todas las cosas de la vida menos en un punto. Hablaban de todo con
claridad, facilidad y profundidad, pero de pronto su pensamiento
chocaba contra el escollo de la locura y se hacía pedazos, volaba en
fragmentos y se hundía en ese océano siniestro y furioso, lleno de
olas fragorosas, brumosas y borrascosas que se llama «demencia».
Ciertamente, estaría
convencido de mi locura, si no tuviera perfecta conciencia de mi
estado, al examinarlo con toda lucidez. En suma, yo sólo sería un
alucinado que razona. Se habría producido en mi mente uno de esos
trastornos que hoy tratan de estudiar y precisar los fisiólogos
modernos, y dicho trastorno habría provocado en mí una profunda
ruptura en lo referente al orden y a la lógica de las ideas.
Fenómenos semejantes se producen en el sueño, que nos muestra las
fantasmagorías más inverosímiles sin que ello nos sorprenda,
porque mientras duerme el aparato verificador, el sentido del
control, la facultad imaginativa vigila y trabaja. ¿Acaso ha dejado
de funcionar en mí una de las imperceptibles teclas del teclado
cerebral? Hay hombres que a raíz de accidentes pierden la memoria de
los nombres propios, de las cifras o solamente de las fechas. Hoy se
ha comprobado la localización de todas las partes del pensamiento.
No puede sorprender entonces que en este momento se haya disminuido
mi facultad de controlar la irrealidad de ciertas alucinaciones.
Pensaba en todo ello
mientras caminaba por la orilla del río. El sol iluminaba el agua,
sus rayos embellecían la tierra y llenaban mis ojos de amor por la
vida, por las golondrinas cuya agilidad constituye para mí un motivo
de alegría, por las hierbas de la orilla cuyo estremecimiento es un
placer para mis oídos.
Sin embargo,
paulatinamente me invadía un malestar inexplicable. Me parecía que
una fuerza desconocida me detenía, me paralizaba, impidiéndome
avanzar, y que trataba de hacerme volver atrás. Sentí ese doloroso
deseo de volver que nos oprime cuando hemos dejado en nuestra casa a
un enfermo querido y presentimos una agravación del mal.
Regresé entonces, a
pesar mío, convencido de que encontraría en casa una mala noticia,
una carta o un telegrama. Nada de eso había, y me quedé más
sorprendido e inquieto aún que si hubiese tenido una nueva visión
fantástica.
8 de agosto.
Pasé una noche
horrible. Él no ha aparecido más, pero lo siento cerca de mí. Me
espía, me mira, se introduce en mí y me domina. Así me resulta más
temible, pues al ocultarse de este modo parece manifestar su
presencia invisible y constante mediante fenómenos sobrenaturales.
Sin embargo he
podido dormir.
9 de agosto.
Nada ha sucedido,
pero tengo miedo.
10 de agosto.
Nada: ¿qué
sucederá mañana?
11 de agosto.
Nada, siempre nada;
no puedo quedarme aquí con este miedo y estos pensamientos que
dominan mi mente; me voy.
12 de agosto, 10 de
la noche.
Durante todo el día
he tratado de partir, pero no he podido. He intentado realizar ese
acto tan fácil y sencillo —salir, subir en mi coche para dirigirme
a Ruán— y no he podido. ¿Por qué?
13 de agosto.
Cuando nos atacan
ciertas enfermedades nuestros mecanismos físicos parecen fallar.
Sentimos que nos faltan las energías y que todos nuestros músculos
se relajan; los huesos parecen tan blandos como la carne y la carne
tan líquida como el agua. Todo eso repercute en mi espíritu de
manera extraña y desoladora. Carezco de fuerzas y de valor; no puedo
dominarme y ni siquiera puedo hacer intervenir mi voluntad. Ya no
tengo iniciativa; pero alguien lo hace por mí, y yo obedezco.
14 de agosto.
¡Estoy perdido!
¡Alguien domina mi alma y la dirige! Alguien ordena todos mis actos,
mis movimientos y mis pensamientos. Ya no soy nada en mí; no soy más
que un espectador prisionero y aterrorizado por todas las cosas que
realizo. Quiero salir y no puedo. Él no quiere y tengo que quedarme,
azorado y tembloroso, en el sillón donde me obliga a sentarme. Sólo
deseo levantarme, incorporarme para sentirme todavía dueño de mí.
¡Pero no puedo! Estoy clavado en mi asiento, y mi sillón se adhiere
al suelo de tal modo que no habría fuerza capaz de movernos.
De pronto, siento la
irresistible necesidad de ir al huerto a cortar fresas y comerlas. Y
voy. Corto fresas y las como. ¡Oh Dios mío! ¡Dios mío! ¿Será
acaso un Dios? Si lo es, ¡salvadme! ¡Libradme! ¡Socorredme!
¡Perdón! ¡Piedad! ¡Misericordia! ¡Salvadme! ¡Oh, qué
sufrimiento! ¡Qué suplicio! ¡Qué horror!
15 de agosto.
Evidentemente, así
estaba poseída y dominada mi prima cuando fue a pedirme cinco mil
francos. Obedecía a un poder extraño que había penetrado en ella
como otra alma, como un alma parásita y dominadora. ¿Es acaso el
fin del mundo? Pero ¿quién es el ser invisible que me domina?
¿Quién es ese desconocido, ese merodeador de una raza sobrenatural?
Por consiguiente,
¡los invisibles existen! ¿Pero cómo es posible que aún no se
hayan manifestado desde el origen del mundo en una forma tan evidente
como se manifiestan en mí? Nunca leí nada que se asemejara a lo que
ha sucedido en mi casa. Si pudiera abandonarla, irme, huir y no
regresar más, me salvaría, pero no puedo.
16 de agosto.
Hoy pude escaparme
durante dos horas, como un preso que encuentra casualmente abierta la
puerta de su calabozo. De pronto, sentí que yo estaba libre y que él
se hallaba lejos. Ordené uncir los caballos rápidamente y me dirigí
a Ruán. Qué alegría poder decirle a un hombre que obedece: «¡Vamos
a Ruán!».
Hice detener la
marcha frente a la biblioteca donde solicité en préstamo el gran
tratado del doctor Hermann Herestauss sobre los habitantes
desconocidos del mundo antiguo y moderno.
Después, cuando me
disponía a subir a mi coche, quise decir: «¡A la estación!» y
grité —no dije, grité— con una voz tan fuerte que llamó la
atención de los transeúntes: «A casa», y caí pesadamente, loco
de angustia, en el asiento. Él me había encontrado y volvía a
posesionarse de mí.
17 de agosto.
¡Ah! ¡Qué noche!
¡Qué noche! Y sin embargo me parece que debería alegrarme. Leí
hasta la una de la madrugada. Hermann Herestauss, doctor en filosofía
y en teogonía, ha escrito la historia y las manifestaciones de todos
los seres invisibles que merodean alrededor del hombre o han sido
soñados por él. Describe sus orígenes, sus dominios y sus poderes.
Pero ninguno de ellos se parece al que me domina. Se diría que el
hombre, desde que pudo pensar, presintió y temió la presencia de un
ser nuevo más fuerte que él —su sucesor en el mundo— y que como
no pudo prever la naturaleza de este amo, creó, en medio de su
terror, todo ese mundo fantástico de seres ocultos y de fantasmas
misteriosos surgidos del miedo. Después de leer hasta la una de la
madrugada, me senté junto a mi ventana abierta para refrescarme la
cabeza y el pensamiento con la apacible brisa de la noche.
Era una noche
hermosa y tibia, que en otra ocasión me hubiera gustado mucho.
No había luna. Las
estrellas brillaban en las profundidades del cielo con estremecedores
destellos.
¿Quién vive en
aquellos mundos? ¿Qué formas, qué seres vivientes, animales o
plantas, existirán allí? Los seres pensantes de esos universos,
¿serán más sabios y más poderosos que nosotros? ¿Conocerán lo
que nosotros ignoramos? Tal vez cualquiera de estos días uno de
ellos atravesará el espacio y llegará a la tierra para
conquistarla, así como antiguamente los normandos sometían a los
pueblos más débiles.
Somos tan
indefensos, inermes, ignorantes y pequeños, sobre este trozo de lodo
que gira disuelto en una gota de agua.
Pensando en eso, me
adormecí en medio del fresco viento de la noche.
Pero después de
dormir unos cuarenta minutos, abrí los ojos sin hacer un movimiento,
despertado por no sé qué emoción confusa y extraña. En un
principio no vi nada, pero de pronto me pareció que una de las
páginas del libro que había dejado abierto sobre la mesa acababa de
darse vuelta sola. No entraba ninguna corriente de aire por la
ventana. Esperé, sorprendido. Al cabo de cuatro minutos, vi, sí, vi
con mis propios ojos, que una nueva página se levantaba y caía
sobre la otra, como movida por un dedo. Mi sillón estaba vacío,
aparentemente estaba vacío, pero comprendí que él estaba leyendo
allí, sentado en mi lugar. ¡Con un furioso salto, un salto de fiera
irritada que se rebela contra el domador, atravesé la habitación
para atraparlo, estrangularlo y matarlo! Pero antes de que llegara,
el sillón cayó delante de mí como si él hubiera huido… la mesa
osciló, la lámpara rodó por el suelo y se apagó, y la ventana se
cerró como si un malhechor sorprendido hubiese escapado por la
oscuridad, tomando con ambas manos los batientes.
Había escapado;
había sentido miedo, ¡miedo de mí!
Entonces, mañana…
pasado mañana o cualquiera de estos… podré tenerlo bajo mis puños
y aplastarlo contra el suelo. ¿Acaso a veces los perros no muerden y
degüellan a sus amos?
18 de agosto.
He pensado durante
todo el día. ¡Oh!, sí, voy a obedecerle, seguiré sus impulsos,
cumpliré sus deseos, seré humilde, sumiso y cobarde. Él es más
fuerte. Hasta que llegue el momento…
19 de agosto.
¡Ya sé… ya sé
todo! Acabo de leer lo que sigue en la Revista del Mundo Científico:
«Nos llega una noticia muy curiosa de Río de Janeiro. Una epidemia
de locura, comparable a las demencias contagiosas que asolaron a los
pueblos europeos en la Edad Media, se ha producido en el Estado de
San Pablo. Los habitantes despavoridos abandonan sus casas y huyen de
los pueblos, dejan sus cultivos, creyéndose poseídos y dominados,
como un rebaño humano, por seres invisibles aunque tangibles, por
especies de vampiros que se alimentan de sus vidas mientras los
habitantes duermen, y que además beben agua y leche sin apetecerles
aparentemente ningún otro alimento.
»El profesor don
Pedro Henríquez, en compañía de varios médicos eminentes, ha
partido para el Estado de San Pablo, a fin de estudiar sobre el
terreno el origen y las manifestaciones de esta sorprendente locura,
y poder aconsejar al Emperador las medidas que juzgue convenientes
para apaciguar a los delirantes pobladores».
¡Ah! ¡Ahora
recuerdo el hermoso bergantín brasileño que pasó frente a mis
ventanas remontando el Sena, el 8 de mayo último! Me pareció tan
hermoso, blanco y alegre. Allí estaba él que venía de lejos, ¡del
lugar de donde es originaria su raza! ¡Y me vio! Vio también mi
blanca vivienda, y saltó del navío a la costa. ¡Oh Dios mío!
Ahora ya lo sé y lo
presiento: el reinado del hombre ha terminado.
Ha venido aquél que
inspiró los primeros terrores de los pueblos primitivos. Aquél que
exorcizaban los sacerdotes inquietos y que invocaban los brujos en
las noches oscuras, aunque sin verlo todavía. Aquél a quien los
presentimientos de los transitorios dueños del mundo adjudicaban
formas monstruosas o graciosas de gnomos, espíritus, genios, hadas y
duendes. Después de las groseras concepciones del espanto primitivo,
hombres más perspicaces han presentido con mayor claridad. Mesmer lo
sospechaba, y hace ya diez años que los médicos han descubierto la
naturaleza de su poder de manera precisa, antes de que él mismo
pudiera ejercerlo. Han jugado con el arma del nuevo Señor, con una
facultad misteriosa sobre el alma humana. La han denominado
magnetismo, hipnotismo, sugestión… ¡qué sé yo! ¡Los he visto
divertirse como niños imprudentes con este terrible poder!
¡Desgraciados de nosotros! ¡Desgraciado del hombre! Ha llegado el…
el… ¿cómo se llama?… el… parece que me gritara su nombre y no
lo oyese… el… sí… grita… Escucho… ¿cómo?… repite…
el… Horla… He oído… el Horla… es él… ¡el Horla… ha
llegado!…
¡Ah! El buitre se
ha comido la paloma, el lobo ha devorado el cordero; el león ha
devorado el búfalo de agudos cuernos; el hombre ha dado muerte al
león con la flecha, el puñal y la pólvora, pero el Horla hará con
el hombre lo que nosotros hemos hecho con el caballo y el buey: lo
convertirá en su cosa, su servidor y su alimento, por el solo poder
de su voluntad. ¡Desgraciados de nosotros!
No obstante, a veces
el animal se rebela y mata a quien lo domestica… yo también
quiero… yo podría hacer lo mismo… pero primero hay que
conocerlo, tocarlo y verlo. Los sabios afirman que los ojos de los
animales no distinguen las mismas cosas que los nuestros… Y mis
ojos no pueden distinguir al recién llegado que me oprime. ¿Por
qué? ¡Oh! Recuerdo ahora las palabras del monje del monte
Saint-Michel: «¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que
existe? Observe, por ejemplo, el viento que es la fuerza más
poderosa de la naturaleza, el viento que derriba hombres y edificios,
que arranca de cuajo los árboles, y levanta montañas de agua en el
mar, que destruye los acantilados y arroja contra ellos a las grandes
naves; el viento, que silba, gime y ruge. ¿Acaso lo ha visto usted
alguna vez? ¿Acaso puede verlo? ¡Y sin embargo existe!».
Y yo seguía
pensando: mis ojos son tan débiles e imperfectos que ni siquiera
distinguen los cuerpos sólidos cuando son trasparentes como el
vidrio… Si un espejo sin azogue obstruye mi camino chocaré contra
él como el pájaro que penetra en una habitación y se rompe la
cabeza contra los vidrios. Por lo demás, mil cosas nos engañan y
desorientan. No puede extrañar entonces que el hombre no sepa
percibir un cuerpo nuevo que atraviesa la luz.
¡Un ser nuevo! ¿Por
qué no? ¡No podía dejar de venir! ¿Por qué nosotros íbamos a
ser los últimos? Nosotros no los distinguimos pero tampoco nos
distinguían los seres creados antes que nosotros. Ello se explica
porque su naturaleza es más perfecta, más elaborada y mejor
terminada que la nuestra, tan endeble y torpemente concebida, trabada
por órganos siempre fatigados, siempre forzados como mecanismos
demasiado complejos, que vive como una planta o como un animal,
nutriéndose penosamente de aire, hierba y carne, máquina animal
acosada por las enfermedades, las deformaciones y las putrefacciones;
que respira con dificultad, imperfecta, primitiva y extraña,
ingeniosamente mal hecha, obra grosera y delicada, bosquejo del ser
que podría convertirse en inteligente y poderoso.
Existen muchas
especies en este mundo, desde la ostra al hombre. ¿Por qué no
podría aparecer una más, después de cumplirse el período que
separa las sucesivas apariciones de las diversas especies?
¿Por qué no puede
aparecer una más? ¿Por qué no pueden surgir también nuevas
especies de árboles de flores gigantescas y resplandecientes que
perfumen regiones enteras? ¿Por qué no pueden aparecer otros
elementos que no sean el fuego, el aire, la tierra y el agua? ¡Sólo
son cuatro, nada más que cuatro, esos padres que alimentan a los
seres! ¡Qué lástima! ¿Por qué no serán cuarenta, cuatrocientos
o cuatro mil? ¡Todo es pobre, mezquino, miserable! ¡Todo se ha dado
con avaricia, se ha inventado secamente y se ha hecho con torpeza!
¡Ah! ¡Cuánta gracia hay en el elefante y el hipopótamo! ¡Qué
elegante es el camello!
Se podrá decir que
la mariposa es una flor que vuela. Yo sueño con una que sería tan
grande como cien universos, con alas cuya forma, belleza, color y
movimiento ni siquiera puedo describir. Pero lo veo… va de estrella
a estrella, refrescándolas y perfumándolas con el soplo armonioso y
ligero de su vuelo… Y los pueblos que allí habitan la miran pasar,
extasiados y maravillados…
¿Qué es lo que
tengo? Es el Horla que me hechiza, que me hace pensar esas locuras.
Está en mí, se convierte en mi alma. ¡Lo mataré!
19 de agosto.
Lo mataré. ¡Lo he
visto! Anoche yo estaba sentado a la mesa y simulé escribir con gran
atención. Sabía perfectamente que vendría a rondar a mi alrededor,
muy cerca, tan cerca que tal vez podría tocarlo y asirlo. ¡Y
entonces!… Entonces tendría la fuerza de los desesperados;
dispondría de mis manos, mis rodillas, mi pecho, mi frente y mis
dientes para estrangularlo, aplastarlo, morderlo y despedazarlo.
Yo acechaba con
todos mis sentidos sobreexcitados.
Había encendido las
dos lámparas y las ocho bujías de la chimenea, como si fuese
posible distinguirlo con esa luz.
Frente a mí está
mi cama, una vieja cama de roble, a la derecha la chimenea; a la
izquierda la puerta cerrada cuidadosamente, después de dejarla
abierta durante largo rato a fin de atraerlo; detrás de mí un gran
armario con espejos que todos los días me servía para afeitarme y
vestirme y donde acostumbraba mirarme de pies a cabeza cuando pasaba
frente a él.
Como dije antes,
simulaba escribir para engañarlo, pues él también me espiaba. De
pronto, sentí, sentí, tuve la certeza de que leía por encima de mi
hombro, de que estaba allí rozándome la oreja. Me levanté con las
manos extendidas, girando con tal rapidez que estuve a punto de caer.
Pues bien… se veía como si fuera pleno día, ¡y sin embargo no me
vi en el espejo!… ¡Estaba vacío, claro, profundo y
resplandeciente de luz! ¡Mi imagen no aparecía y yo estaba frente a
él! Veía aquel vidrio totalmente límpido de arriba abajo. Y lo
miraba con ojos extraviados; no me atrevía a avanzar, y ya no tuve
valor para hacer un movimiento más. Sentía que él estaba allí,
pero que se me escaparía otra vez, con su cuerpo imperceptible que
me impedía reflejarme en el espejo. ¡Cuánto miedo sentí! De
pronto, mi imagen volvió a reflejarse pero como si estuviese
envuelta en la bruma, como si la observase a través de una capa de
agua. Me parecía que esa agua se deslizaba lentamente de izquierda a
derecha y que paulatinamente mi imagen adquiría mayor nitidez. Era
como el final de un eclipse. Lo que la ocultaba no parecía tener
contornos precisos; era una especie de trasparencia opaca, que poco a
poco se aclaraba.
Por último, pude
distinguirme completamente como todos los días.
¡Lo había visto!
Conservo el espanto que aún me hace estremecer.
20 de agosto.
¿Cómo podré
matarlo si está fuera de mi alcance? ¿Envenenándolo? Pero él me
verá mezclar el veneno en el agua y tal vez nuestros venenos no
tienen ningún efecto sobre un cuerpo imperceptible. No… no…
decididamente no. Pero entonces… ¿qué haré entonces?
21 de agosto.- He
llamado a un cerrajero de Ruán y le he encargado persianas metálicas
como las que tienen algunas residencias particulares de París, en la
planta baja, para evitar los robos. Me haré además una puerta
similar. Me debe haber tomado por un cobarde, pero no importa…
10 de septiembre.
Ruán, Hotel
Continental. Ha sucedido… ha sucedido… pero ¿habrá muerto? Lo
que vi me ha trastornado.
Ayer, después que
el cerrajero colocó la persiana y la puerta de hierro, dejé todo
abierto hasta medianoche a pesar de que comenzaba a hacer frío. De
improviso, sentí que estaba aquí y me invadió la alegría, una
enorme alegría. Me levanté lentamente y caminé en cualquier
dirección durante algún tiempo para que no sospechase nada. Luego
me quité los botines y me puse distraídamente unas pantuflas. Cerré
después la persiana metálica y regresé con paso tranquilo hasta la
puerta, cerrándola también con dos vueltas de llave. Regresé
entonces hacia la ventana, la cerré con un candado y guardé la
llave en el bolsillo.
De pronto, comprendí
que se agitaba a mi alrededor, que él también sentía miedo, y que
me ordenaba que le abriera. Estuve a punto de ceder, pero no lo hice.
Me acerqué a la puerta y la entreabrí lo suficiente como para poder
pasar retrocediendo, y como soy muy alto mi cabeza llegaba hasta el
dintel. Estaba seguro de que no había podido escapar y allí lo
acorralé solo, completamente solo. ¡Qué alegría! ¡Había caído
en mi poder! Entonces descendí corriendo a la planta baja; tomé las
dos lámparas que se hallaban en la sala situada debajo de mi
habitación, y, con el aceite que contenían rocié la alfombra, los
muebles, todo. Luego les prendí fuego, y me puse a salvo después de
cerrar bien, con dos vueltas de llave, la puerta de entrada.
Me escondí en el
fondo de mi jardín tras un macizo de laureles. ¡Qué larga me
pareció la espera! Reinaba la más completa oscuridad, gran quietud
y silencio; no soplaba la menor brisa, no había una sola estrella,
nada más que montañas de nubes que aunque no se veían hacían
sentir su gran peso sobre mi alma.
Miraba mi casa y
esperaba. ¡Qué larga era la espera! Creía que el fuego ya se había
extinguido por sí solo o que él lo había extinguido. Hasta que vi
que una de las ventanas se hacía astillas debido a la presión del
incendio, y una gran llamarada roja y amarilla, larga, flexible y
acariciante, ascendió por la pared blanca hasta rebasar el techo.
Una luz se reflejó en los árboles, en las ramas y en las hojas, y
también un estremecimiento, ¡un estremecimiento de pánico! Los
pájaros se despertaban; un perro comenzó a ladrar; parecía que iba
a amanecer. De inmediato, estallaron otras ventanas, y pude ver que
toda la planta baja de mi casa ya no era más que un espantoso
brasero. Pero se oyó un grito en medio de la noche, un grito de
mujer horrible, sobreagudo y desgarrador, al tiempo que se abrían
las ventanas de dos buhardillas. ¡Me había olvidado de los criados!
¡Vi sus rostros enloquecidos y sus brazos que se agitaban!…
Despavorido, eché a
correr hacia el pueblo gritando: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Fuego!
¡Fuego!». Encontré gente que ya acudía al lugar y regresé con
ellos para ver.
La casa ya sólo era
una hoguera horrible y magnífica, una gigantesca hoguera que
iluminaba la tierra, una hoguera donde ardían los hombres, y él
también. Él, mi prisionero, el nuevo Ser, el nuevo amo, ¡el Horla!
De pronto el techo
entero se derrumbó entre las paredes y un volcán de llamas ascendió
hasta el cielo. Veía esa masa de fuego por todas las ventanas
abiertas hacia ese enorme horno, y pensaba que él estaría allí,
muerto en ese horno…
¿Muerto? ¿Será
posible? ¿Acaso su cuerpo, que la luz atravesaba, podía destruirse
por los mismos medios que destruyen nuestros cuerpos?
¿Y si no hubiera
muerto? Tal vez sólo el tiempo puede dominar al Ser Invisible y
Temido. ¿Para qué ese cuerpo trasparente, ese cuerpo invisible, ese
cuerpo de Espíritu, si también está expuesto a los males, las
heridas, las enfermedades y la destrucción prematura?
¿La destrucción
prematura? ¡Todo el temor de la humanidad procede de ella! Después
del hombre, el Horla. Después de aquél que puede morir todos los
días, a cualquier hora, en cualquier minuto, en cualquier accidente,
ha llegado aquél que morirá solamente un día determinado en una
hora y en un minuto determinado, al llegar al límite de su vida.
No… no… no hay
duda, no hay duda… no ha muerto… entonces tendré que suicidarme…
Imagen extraída de la edición ilustrada de El Horla y otros cuentos de Mauro Cascioli. Editorial Zorro Rojo.
miércoles, 22 de julio de 2020
martes, 21 de julio de 2020
Los de la tienda. Ana María Matute.
El aire del mar levantaba un polvo blanquecino de la planicie donde
se elevaban las chabolas. A la derecha estaba la montaña rocosa y a
la izquierda se iniciaba el suburbio de la población, con los
primeros faroles de gas y las tapias de los solares. Luego, las
callejas oscuras, de piedras resbaladizas y húmedas; las tabernas,
las freidurías, las casas de comidas. Allí empezaba el barrio
marinero, con la capilla de San Miguel y San Pedro. Después el mar.
Desde las chabolas, en las mañanas claras, se oía, a veces, la
campana de la capilla.
La tienda de comestibles se abría justamente en el centro de aquel mundo. A medias en el camino de las chabolas y de las primeras casas de pescadores. Era una tienda no muy grande, pero abarrotada. Embutidos, latas de conservas, velas, jabón, cajas de galletas, queso, mantequilla, estropajos, escobas… Todo se apilaba con orden, en estantes o pirámides, en torno al mostrador de madera abrillantada por el roce. Detrás del mostrador se abría la puerta de la vivienda de Ezequiel, de Mariana, su mujer, y del ahijado.
Al ahijado lo trajeron del pueblo de Mariana, cuando desesperaron de tener hijos propios. Se llamaba Dionisio y era hijo de una cuñada viuda y pobre, que aún tenía cuatro niños más pequeños. La madre se avino desde el primer día a la adopción, y ahora, a veces, le escribía cartas breves, de letra ancha y palabras extrañamente partidas, donde le hablaba de la huerta, de sus hermanos y de la gran calamidad de la vida. Seis años tenía Dionisio cuando dejó el pueblo, y otros seis llevaba de ahijado con Ezequiel y Mariana. De su madre tenía una idea triste y borrosa; de su pueblo, el recuerdo de las casas con sus porches, de la plaza y de la huerta en primavera, con el olor ácido y hermoso de la tierra mojada. Ahora, en cambio, conocía bien el olor a pimentón, jabón y especias de la tienda; y el aire salado que subía de allá detrás, arrastrando el polvo blanco, reseco, en la planicie de las chabolas.
Dionisio no recibía sueldo, pero Ezequiel le decía siempre que el día de mañana, suya y de nadie más sería la tienda. Dionisio comía a dos carrillos, como Ezequiel. Como él, al comer, se untaba de aceite la barbilla y el borde de los labios. Y como él se preparaba, a media mañana y a media tarde, grandes bocadillos de jamón, de sobreasada, de queso o de membrillo. Dionisio podía comer todo cuanto quisiera, a todas horas. Además, de siete a nueve, subía a peinarse con colonia de la de a granel, que olía fuertemente a violetas. Se quitaba la bata, y, con las manos bien limpias, se iba a la academia a estudiar Contabilidad.
Todo hubiera ido bien para Dionisio, que no deseaba nada, a no ser por Manolito y su pandilla. Manolito y su pandilla vivían en las chabolas.
Eran una banda de muchachos tostados por el sol, delgados, duros y rientes, que le subyugaban. Manolito y su pandilla se reunían en el descampado, tras la planicie de las chabolas; y tenían secretos, y salvajes y fascinantes juegos. Manolito y su pandilla hicieron pensar a Dionisio en los amigos. Amigos, juegos, aventuras. Todo aquello que aún desconocía.
Dionisio intentó muchas veces su amistad. Pero Manolito y su pandilla raramente le toleraban. Dionisio era «el de la tienda».
La tienda era un lugar codiciado y aborrecido, a un tiempo, por los de las chabolas. Así lo comprendió Dionisio, poco a poco. En la tienda no se fiaba, y la tienda era necesaria. En la tienda había todo lo que se necesitaba, pero de la tienda no se podían llevar nada que no fuese al contado. (Al contado, naturalmente, para los de las chabolas).
—Mira, Dionisio —decía Ezequiel en voz baja a su ahijado—. A don Marcelino y a doña Asunción, sí se les puede apuntar y fiar, porque son ricos. A los de las chabolas, no, porque son pobres. No olvides esto nunca.
Dionisio acabó comprendiéndolo, aunque a primera vista le pareciese una contradicción. También comprendió el despego hacia él por parte de los de las chabolas. Recordaba una tarde que entró Manolito por algo, mientras él se untaba un panecillo con sobreasada. Para esparcirla más convenientemente, la aplastaba con la ayuda de su dedo pulgar. El dedo lo llevaba envuelto en un esparadrapo sucio, porque se dio un tajo al cortar cien gramos de queso. Sintió en la frente algo extraño, como un desazonado cosquilleo. Levantó la cabeza y vio los ojos redondos y escudriñadores de Manolito, fijos en él: en su dedo pulgar envuelto en un esparadrapo sucio, en la sobreasada aplastada contra el pan. Y sintió algo que le hizo volverse de espaldas. Ezequiel, entre tanto, preguntaba desabridamente a Manolito qué quería.
—Un paquete de sal… —dijo Manolito.
Y Ezequiel indagó, aún más seco:
—¿Traes el dinero?
No: no le querían los de las chabolas. No le querían, y por ello, quizá, deseaba aún más pertenecer a su banda. Sobre todo en el verano, cuando bajaban a bañarse a la playa, dando gritos debajo del gran sol. Pero no le querían, estaba visto. Por más que las pocas veces que le admitieron con ellos llegó a casa con la cabeza llena de sabiduría, y casi no pudo dormir por la noche.
Un día Ezequiel le dio veinte duros. Así: veinte duros, como veinte soles. Cierto que él siempre le andaba pidiendo:
—Padrino, que no llevo nunca nada en el bolsillo… Padrino, deme usted algo, aunque sea para no gastar. Mire que todos los chicos de la academia llevan siempre dinero…
Ezequiel movía negativamente la cabeza y respondía:
—Dinero, no, Dioni. Ya sabes que la tienda será tuya algún día. Comes hasta reventar, y no te matas trabajando. ¿Qué más quieres?
Ante estas razones, Dionisio callaba, porque no sabía qué contestar. (Podía haber dicho, quizá: «Para presumir». Pero, claro, no se atrevía). Y de repente, una mañana, mientras él barría la tienda, Ezequiel le dijo:
—Anda, para que te calles de una vez: ahí va eso. ¡Pero pobre de ti si lo gastas! ¡Lo guardas bien guardado, donde ni lo veas!
Veinte duros. Así: de golpe, en un solo billete. Dionisio se quedó sin respiración.
—Gracias, padrino… ¡Qué bárbaro!
—Pero que no lo gastes, ¿eh? ¡Que no lo gastes!…
Dionisio, efectivamente, lo guardó. La verdad era que, excepto pertenecer a la banda de Manolito, no deseaba nada.
Guardó el dinero en el armario, entre las camisas, y con saber que estaba allí se contentaba. Los primeros días se acercaba a verlo, de cuando en cuando. Recordaba entonces una historia que leyó, de un avaro que guardaba su oro y lo acariciaba. Pero sonreía y se sentía satisfecho.
Fue lo menos quince o veinte días más tarde cuando ocurrió lo imprevisto. Era un lunes por la tarde. Salía de la tienda y decidió hacer novillos y darse una vuelta por la planicie. Ya estaba muy próximo el verano, y aún brillaba el sol, allá lejos, sobre la superficie rizada del mar. Cuando llegó a la altura de las chabolas, oyó el griterío. Se acercó corriendo, detrás de los muchachos que acudían en tropel.
La desgracia había caído sobre la chabola del Manolito. Su padre, que era albañil, se cayó del andamio, partiéndose tres costillas y una pierna. Lo habían llevado al hospital, y su mujer salía dando gritos, acompañada por las vecinas. En una esquina, sentado en el suelo, con las manos en los bolsillos, lejano a todos, con su carita dura y pálida, estaba Manolito. Dionisio se sintió invadido de una gran piedad. Corrió a él, y se le plantó delante, mirándole. Quería decir algo, pero no sabía. Al fin, Manolito levantó los ojos (como aquel día que le vio preparándose el bocadillo). Ante sus ojos negros, Dionisio se quedó sin habla.
—¡Lárgate, cerdo! —escupió Manolito—. ¡Que te largues!…
Se fue despacio. Sentía en la espalda, en la nuca, el peso de una gran desolación.
Aquella noche tomó su resolución. Casi no sentía sacrificio alguno. Se levantó más temprano que de costumbre, y, antes de bajar a la tienda, salió por la puerta trasera y corrió a las chabolas. Iba con la mano metida en el bolsillo y apretaba en el puño el billete de veinte duros.
Cuando llegó a la chabola de Manolito el corazón parecía latir en su misma garganta.
—¡Manolo! —llamó con voz trémula—. ¡Sal, Manolo, que tengo que darte un recado!
Manolo salió, medio desnudo, con los ojos entrecerrados. También la hermana menor, y otros dos más pequeños todavía, asomaron la cabeza.
—¿Dónde está tu madre? —le preguntó Dionisio.
El Manolito se encogió de hombros, y sus labios se doblaron con desprecio:
—Ande va a estar… ¡En el hospital!
Dionisio sintió que toda la sangre le subía a la cara:
—Oye, Manolo…, yo venía a decirte…, vamos, mira: esto he ahorrado yo, pero si tú quieres… yo te lo presto y cuando puedas, vamos, no me corre ninguna prisa…, ni siquiera que me lo devuelvas…
Le tendía el billete de veinte duros. Manolo se había quedado quieto, abierta su pequeña boca, oscura y manchada. Miraba el dinero con ojos fijos, como de vidrio. Avanzó despacio una mano delgada, llena de tierra. Dionisio le puso el dinero en la palma y echó a correr.
El corazón le dolía al entrar en la tienda. Ezequiel le dio un pescozón:
—¡Dónde habrás andado, golfante!… ¡Hala, a barrer!
Estuvo toda la mañana como en sueños. Cada vez que sonaba la campanilla de la puerta sentía flaquear sus piernas.
Pero Manolito no empujó la puerta hasta mediada la tarde. Su figurilla se recortó contra la luz del sol, en el umbral. El corazón le dio un vuelco a Dionisio, y sólo acertó a pensar: «Qué piernas tan flacas tiene Manolito». No: no parecía el capitán de la banda. Era como un pájaro, un triste y oscuro pájaro perdido.
Ezequiel le miró con desconfianza. El Manolito, con su voz clara y despaciosa, pidió arroz, azúcar, aceite, velas… A media retahíla, Ezequiel le cortó, como siempre:
—Oye, tú, ¿traes dinero?
Para decir dinero Ezequiel se frotaba las yemas del índice y del pulgar, uno contra el otro. Manolito asintió, con voz firme:
—Sí; lo traigo. Ponga usted, además…
Algo zumbaba en los oídos de Dionisio, y no podía escuchar más. Un ahogo, raro y dulce, le subía por la garganta. Quería esconderse, que no le vieran los ojos del Manolito. Las rodillas le temblaban y se sentó allí, detrás del mostrador, en un cajón de coca-colas vacío. Sólo veía a Ezequiel, de pie, colocando las cosas, con aire aún receloso.
Manolito pagó, alargando un billete de veinte duros. Dionisio vio las manos de Ezequiel: rojizas, de uñas rotas. Una mano de Ezequiel cogió el billete: «su» billete de veinte duros. Ezequiel lo palpó, lo alzó y lo miró al trasluz.
—¡Largo de ahí, golfo! —chilló—. ¡Largo de ahí, si no quieres que te eche de un puntapié!
Dionisio parpadeó, despacio. La luz del sol, en rayos finos, se filtraba a través de los rimeros de cajas de galletas. Una rata gorda, negra, corría por detrás de los montones de jabón.
—¡Que te largues, te digo! ¡Te creerás que me puedes engañar a mí! ¡Ya decía yo! ¡Ya me parecía a mí! Este billete es más falso que el alma de Judas…
Aún dijo Ezequiel muchas cosas más. Dionisio quiso levantarse, mirar por encima del mostrador. Pero algo había en el olor de la tienda —el pimentón, el jabón, las especias…— que aturdía, que se pegaba a la garganta, a los ojos, como un humo. Las rodillas se le volvieron blandas, como de algodón.
Después oyó la campanilla de la puerta. Por fin, Manolito se había marchado.
El arrepentido y otras narraciones, 1967.
La tienda de comestibles se abría justamente en el centro de aquel mundo. A medias en el camino de las chabolas y de las primeras casas de pescadores. Era una tienda no muy grande, pero abarrotada. Embutidos, latas de conservas, velas, jabón, cajas de galletas, queso, mantequilla, estropajos, escobas… Todo se apilaba con orden, en estantes o pirámides, en torno al mostrador de madera abrillantada por el roce. Detrás del mostrador se abría la puerta de la vivienda de Ezequiel, de Mariana, su mujer, y del ahijado.
Al ahijado lo trajeron del pueblo de Mariana, cuando desesperaron de tener hijos propios. Se llamaba Dionisio y era hijo de una cuñada viuda y pobre, que aún tenía cuatro niños más pequeños. La madre se avino desde el primer día a la adopción, y ahora, a veces, le escribía cartas breves, de letra ancha y palabras extrañamente partidas, donde le hablaba de la huerta, de sus hermanos y de la gran calamidad de la vida. Seis años tenía Dionisio cuando dejó el pueblo, y otros seis llevaba de ahijado con Ezequiel y Mariana. De su madre tenía una idea triste y borrosa; de su pueblo, el recuerdo de las casas con sus porches, de la plaza y de la huerta en primavera, con el olor ácido y hermoso de la tierra mojada. Ahora, en cambio, conocía bien el olor a pimentón, jabón y especias de la tienda; y el aire salado que subía de allá detrás, arrastrando el polvo blanco, reseco, en la planicie de las chabolas.
Dionisio no recibía sueldo, pero Ezequiel le decía siempre que el día de mañana, suya y de nadie más sería la tienda. Dionisio comía a dos carrillos, como Ezequiel. Como él, al comer, se untaba de aceite la barbilla y el borde de los labios. Y como él se preparaba, a media mañana y a media tarde, grandes bocadillos de jamón, de sobreasada, de queso o de membrillo. Dionisio podía comer todo cuanto quisiera, a todas horas. Además, de siete a nueve, subía a peinarse con colonia de la de a granel, que olía fuertemente a violetas. Se quitaba la bata, y, con las manos bien limpias, se iba a la academia a estudiar Contabilidad.
Todo hubiera ido bien para Dionisio, que no deseaba nada, a no ser por Manolito y su pandilla. Manolito y su pandilla vivían en las chabolas.
Eran una banda de muchachos tostados por el sol, delgados, duros y rientes, que le subyugaban. Manolito y su pandilla se reunían en el descampado, tras la planicie de las chabolas; y tenían secretos, y salvajes y fascinantes juegos. Manolito y su pandilla hicieron pensar a Dionisio en los amigos. Amigos, juegos, aventuras. Todo aquello que aún desconocía.
Dionisio intentó muchas veces su amistad. Pero Manolito y su pandilla raramente le toleraban. Dionisio era «el de la tienda».
La tienda era un lugar codiciado y aborrecido, a un tiempo, por los de las chabolas. Así lo comprendió Dionisio, poco a poco. En la tienda no se fiaba, y la tienda era necesaria. En la tienda había todo lo que se necesitaba, pero de la tienda no se podían llevar nada que no fuese al contado. (Al contado, naturalmente, para los de las chabolas).
—Mira, Dionisio —decía Ezequiel en voz baja a su ahijado—. A don Marcelino y a doña Asunción, sí se les puede apuntar y fiar, porque son ricos. A los de las chabolas, no, porque son pobres. No olvides esto nunca.
Dionisio acabó comprendiéndolo, aunque a primera vista le pareciese una contradicción. También comprendió el despego hacia él por parte de los de las chabolas. Recordaba una tarde que entró Manolito por algo, mientras él se untaba un panecillo con sobreasada. Para esparcirla más convenientemente, la aplastaba con la ayuda de su dedo pulgar. El dedo lo llevaba envuelto en un esparadrapo sucio, porque se dio un tajo al cortar cien gramos de queso. Sintió en la frente algo extraño, como un desazonado cosquilleo. Levantó la cabeza y vio los ojos redondos y escudriñadores de Manolito, fijos en él: en su dedo pulgar envuelto en un esparadrapo sucio, en la sobreasada aplastada contra el pan. Y sintió algo que le hizo volverse de espaldas. Ezequiel, entre tanto, preguntaba desabridamente a Manolito qué quería.
—Un paquete de sal… —dijo Manolito.
Y Ezequiel indagó, aún más seco:
—¿Traes el dinero?
No: no le querían los de las chabolas. No le querían, y por ello, quizá, deseaba aún más pertenecer a su banda. Sobre todo en el verano, cuando bajaban a bañarse a la playa, dando gritos debajo del gran sol. Pero no le querían, estaba visto. Por más que las pocas veces que le admitieron con ellos llegó a casa con la cabeza llena de sabiduría, y casi no pudo dormir por la noche.
Un día Ezequiel le dio veinte duros. Así: veinte duros, como veinte soles. Cierto que él siempre le andaba pidiendo:
—Padrino, que no llevo nunca nada en el bolsillo… Padrino, deme usted algo, aunque sea para no gastar. Mire que todos los chicos de la academia llevan siempre dinero…
Ezequiel movía negativamente la cabeza y respondía:
—Dinero, no, Dioni. Ya sabes que la tienda será tuya algún día. Comes hasta reventar, y no te matas trabajando. ¿Qué más quieres?
Ante estas razones, Dionisio callaba, porque no sabía qué contestar. (Podía haber dicho, quizá: «Para presumir». Pero, claro, no se atrevía). Y de repente, una mañana, mientras él barría la tienda, Ezequiel le dijo:
—Anda, para que te calles de una vez: ahí va eso. ¡Pero pobre de ti si lo gastas! ¡Lo guardas bien guardado, donde ni lo veas!
Veinte duros. Así: de golpe, en un solo billete. Dionisio se quedó sin respiración.
—Gracias, padrino… ¡Qué bárbaro!
—Pero que no lo gastes, ¿eh? ¡Que no lo gastes!…
Dionisio, efectivamente, lo guardó. La verdad era que, excepto pertenecer a la banda de Manolito, no deseaba nada.
Guardó el dinero en el armario, entre las camisas, y con saber que estaba allí se contentaba. Los primeros días se acercaba a verlo, de cuando en cuando. Recordaba entonces una historia que leyó, de un avaro que guardaba su oro y lo acariciaba. Pero sonreía y se sentía satisfecho.
Fue lo menos quince o veinte días más tarde cuando ocurrió lo imprevisto. Era un lunes por la tarde. Salía de la tienda y decidió hacer novillos y darse una vuelta por la planicie. Ya estaba muy próximo el verano, y aún brillaba el sol, allá lejos, sobre la superficie rizada del mar. Cuando llegó a la altura de las chabolas, oyó el griterío. Se acercó corriendo, detrás de los muchachos que acudían en tropel.
La desgracia había caído sobre la chabola del Manolito. Su padre, que era albañil, se cayó del andamio, partiéndose tres costillas y una pierna. Lo habían llevado al hospital, y su mujer salía dando gritos, acompañada por las vecinas. En una esquina, sentado en el suelo, con las manos en los bolsillos, lejano a todos, con su carita dura y pálida, estaba Manolito. Dionisio se sintió invadido de una gran piedad. Corrió a él, y se le plantó delante, mirándole. Quería decir algo, pero no sabía. Al fin, Manolito levantó los ojos (como aquel día que le vio preparándose el bocadillo). Ante sus ojos negros, Dionisio se quedó sin habla.
—¡Lárgate, cerdo! —escupió Manolito—. ¡Que te largues!…
Se fue despacio. Sentía en la espalda, en la nuca, el peso de una gran desolación.
Aquella noche tomó su resolución. Casi no sentía sacrificio alguno. Se levantó más temprano que de costumbre, y, antes de bajar a la tienda, salió por la puerta trasera y corrió a las chabolas. Iba con la mano metida en el bolsillo y apretaba en el puño el billete de veinte duros.
Cuando llegó a la chabola de Manolito el corazón parecía latir en su misma garganta.
—¡Manolo! —llamó con voz trémula—. ¡Sal, Manolo, que tengo que darte un recado!
Manolo salió, medio desnudo, con los ojos entrecerrados. También la hermana menor, y otros dos más pequeños todavía, asomaron la cabeza.
—¿Dónde está tu madre? —le preguntó Dionisio.
El Manolito se encogió de hombros, y sus labios se doblaron con desprecio:
—Ande va a estar… ¡En el hospital!
Dionisio sintió que toda la sangre le subía a la cara:
—Oye, Manolo…, yo venía a decirte…, vamos, mira: esto he ahorrado yo, pero si tú quieres… yo te lo presto y cuando puedas, vamos, no me corre ninguna prisa…, ni siquiera que me lo devuelvas…
Le tendía el billete de veinte duros. Manolo se había quedado quieto, abierta su pequeña boca, oscura y manchada. Miraba el dinero con ojos fijos, como de vidrio. Avanzó despacio una mano delgada, llena de tierra. Dionisio le puso el dinero en la palma y echó a correr.
El corazón le dolía al entrar en la tienda. Ezequiel le dio un pescozón:
—¡Dónde habrás andado, golfante!… ¡Hala, a barrer!
Estuvo toda la mañana como en sueños. Cada vez que sonaba la campanilla de la puerta sentía flaquear sus piernas.
Pero Manolito no empujó la puerta hasta mediada la tarde. Su figurilla se recortó contra la luz del sol, en el umbral. El corazón le dio un vuelco a Dionisio, y sólo acertó a pensar: «Qué piernas tan flacas tiene Manolito». No: no parecía el capitán de la banda. Era como un pájaro, un triste y oscuro pájaro perdido.
Ezequiel le miró con desconfianza. El Manolito, con su voz clara y despaciosa, pidió arroz, azúcar, aceite, velas… A media retahíla, Ezequiel le cortó, como siempre:
—Oye, tú, ¿traes dinero?
Para decir dinero Ezequiel se frotaba las yemas del índice y del pulgar, uno contra el otro. Manolito asintió, con voz firme:
—Sí; lo traigo. Ponga usted, además…
Algo zumbaba en los oídos de Dionisio, y no podía escuchar más. Un ahogo, raro y dulce, le subía por la garganta. Quería esconderse, que no le vieran los ojos del Manolito. Las rodillas le temblaban y se sentó allí, detrás del mostrador, en un cajón de coca-colas vacío. Sólo veía a Ezequiel, de pie, colocando las cosas, con aire aún receloso.
Manolito pagó, alargando un billete de veinte duros. Dionisio vio las manos de Ezequiel: rojizas, de uñas rotas. Una mano de Ezequiel cogió el billete: «su» billete de veinte duros. Ezequiel lo palpó, lo alzó y lo miró al trasluz.
—¡Largo de ahí, golfo! —chilló—. ¡Largo de ahí, si no quieres que te eche de un puntapié!
Dionisio parpadeó, despacio. La luz del sol, en rayos finos, se filtraba a través de los rimeros de cajas de galletas. Una rata gorda, negra, corría por detrás de los montones de jabón.
—¡Que te largues, te digo! ¡Te creerás que me puedes engañar a mí! ¡Ya decía yo! ¡Ya me parecía a mí! Este billete es más falso que el alma de Judas…
Aún dijo Ezequiel muchas cosas más. Dionisio quiso levantarse, mirar por encima del mostrador. Pero algo había en el olor de la tienda —el pimentón, el jabón, las especias…— que aturdía, que se pegaba a la garganta, a los ojos, como un humo. Las rodillas se le volvieron blandas, como de algodón.
Después oyó la campanilla de la puerta. Por fin, Manolito se había marchado.
El arrepentido y otras narraciones, 1967.
jueves, 9 de julio de 2020
Las lenguas. Juan José Millás.
Es sabido que los habitantes
de Babel, una vez confundidas sus lenguas, se dividieron en grupos
que partieron en direcciones diferentes para repoblar la Tierra. La
Biblia no dice si había grupos, valga la contradicción, de una sola
persona. Pero nosotros queremos imaginar que en aquel reparto
lingüístico hubo lenguas que sólo hablaba un individuo: los
solitarios del mundo, los malditos, los incomprendidos. Hombres o
mujeres que hablaban sin que nadie los entendiera y sin que ellos
entendiera a los demás. Aquellas almas partieron solas y fundaron
países de un solo hombre o de una sola mujer con su constitución y
sus semáforos y su ganadería y su gramática y su gastronomía y su
medicina natural y su urbanismo.
Una lengua de este tipo, dado que las palabras sirven para comunicarse, puede parecer un peine sin púas. Pero se trata de algo más dramático (o quizá más hermoso). Si dispones de una lengua, por rara que sea, ¿cómo evitar utilizarla? Hablas contigo mismo, con el armario de tres cuerpos, con la mesa camilla, con la nevera, con el polvo, con las sábanas… Pero hablas. Hasta es posible que te dé por escribir. ¿Se imaginan a alguien escribiendo una obra maestra que nadie, excepto su creador, podrá leer? El caso es que hay en la actualidad un número notable de lenguas habladas por un solo individuo y otras tantas en trance de extinción. Todos los días desaparece algún idioma como desaparece una especie animal o vegetal. Estamos en pleno proceso de implosión.
Las lenguas de un solo individuo se están convirtiendo en una especie de atracción turística. Los estudiosos de todas las universidades del mundo acuden a visitar a estas personas, por lo general ancianas, y les piden que hablen. Hay una fascinación difícil de entender en esa escucha, como en los idiomas particulares creados por algunos hermanos gemelos. La división de lenguas, tal como aparece en la Biblia, parece una maldición, pero fue un milagro. Gracias a ella somos conscientes del valor del idioma. Si todos habláramos el mismo, la lengua habría devenido en algo biológico, a la altura del hígado. Pero el hígado sería interesante si lo poseyera un solo hombre.
Articuentos escogidos, 2012.
Una lengua de este tipo, dado que las palabras sirven para comunicarse, puede parecer un peine sin púas. Pero se trata de algo más dramático (o quizá más hermoso). Si dispones de una lengua, por rara que sea, ¿cómo evitar utilizarla? Hablas contigo mismo, con el armario de tres cuerpos, con la mesa camilla, con la nevera, con el polvo, con las sábanas… Pero hablas. Hasta es posible que te dé por escribir. ¿Se imaginan a alguien escribiendo una obra maestra que nadie, excepto su creador, podrá leer? El caso es que hay en la actualidad un número notable de lenguas habladas por un solo individuo y otras tantas en trance de extinción. Todos los días desaparece algún idioma como desaparece una especie animal o vegetal. Estamos en pleno proceso de implosión.
Las lenguas de un solo individuo se están convirtiendo en una especie de atracción turística. Los estudiosos de todas las universidades del mundo acuden a visitar a estas personas, por lo general ancianas, y les piden que hablen. Hay una fascinación difícil de entender en esa escucha, como en los idiomas particulares creados por algunos hermanos gemelos. La división de lenguas, tal como aparece en la Biblia, parece una maldición, pero fue un milagro. Gracias a ella somos conscientes del valor del idioma. Si todos habláramos el mismo, la lengua habría devenido en algo biológico, a la altura del hígado. Pero el hígado sería interesante si lo poseyera un solo hombre.
Articuentos escogidos, 2012.
sábado, 4 de julio de 2020
Lady Turton. Roald Dahl.
Cuando, ocho años atrás, murió el viejo sir William Turton y su
hijo Basil heredó el periódico The Turton Press (además del
título), recuerdo que empezaron a hacerse apuestas en Fleet Street
sobre cuánto tiempo pasaría antes de que una joven persuadiera al
pobre individuo de que ella debía cuidarse de él. Es decir, de él
y de su dinero.
El nuevo sir Basil Turton tenía unos cuarenta años y era soltero. Hombre afable y de carácter sencillo; hasta entonces no había demostrado interés por nada que no fueran sus colecciones de pinturas modernas y esculturas. Ninguna mujer le había trastornado, ningún escándalo ni habladuría habían mancillado jamás su nombre. Pero ahora que se había convertido en el propietario de un importante periódico y una gran revista, era preciso que dejara la calma y tranquilidad de la casa de campo de su padre y se estableciera en Londres.
Naturalmente, los buitres empezaron a acecharle y estoy seguro de que no sólo Fleet Street sino la ciudad entera empezó a movilizarse en torno a él. Fue un movimiento lento, deliberado y mortal, y por lo tanto no parecían tanto unos buitres como un puñado de cangrejos tratando de alcanzar un trozo de comida bajo el agua.
Pero, para sorpresa de todos, el hombre demostró ser notablemente evasivo y la lucha continuó hasta la primavera y el principio del verano de aquel año. Yo no conocía a sir Basil personalmente, ni tenía ninguna razón para sentir simpatía hacia él, pero no podía evitar el ponerme repentinamente de parte de los de mi sexo y me alegraba cada vez que lograba salir de alguna trampa.
Luego, hacia el principio de agosto, y aparentemente en respuesta a una secreta señal femenina, las chicas declararon entre sí una suerte de tregua mientras se iban al extranjero y descansaban, con el fin de reagruparse y hacer nuevos planes para el siguiente invierno. Esto fue un error, porque en aquel preciso momento apareció una brillante criatura llamada Natalia o algo así, de quien nadie había oído hablar anteriormente, que llegó del continente europeo, tomó a sir Basil firmemente por la muñeca y lo llevo como un torbellino al Registro Civil de Caxton Hall y se casó con él antes de que nadie, y menos el novio, se diera cuenta de lo que había pasado.
Ya podrán imaginarse que las señoras de Londres estaban indignadas y, naturalmente, se dedicaron a levantar una gran cantidad de cotilleos alrededor de lady Turton: la asquerosa cazadora, la llamaban. Pero no hay necesidad de detenerse en ello. En realidad, para el propósito de mi historia podemos saltarnos los seis años siguientes, lo cual nos trae al presente; exactamente hoy hace una semana, cuando tuve el honor de conocer a Su Señoría por primera vez. Entonces, como ya podrán suponer, no sólo dirigía The Turton Press sino que, como resultado de ello, se había convertido en una fuerza política muy importante en el país. Ya entiendo que otras mujeres hayan sido capaces de hacer lo mismo, pero lo excepcional de este caso era el hecho de que ella fuera extranjera y el que nadie pareciese saber con precisión de qué país procedía: Yugoslavia, Bulgaria o Rusia.
El jueves pasado fui a una cena en casa de un amigo de Londres y mientras charlábamos en el salón antes de la cena, bebiendo martinis y hablando sobre la bomba atómica y sobre el señor Bevan, la doncella abrió la puerta para anunciar al último invitado.
—Lady Turton.
Nadie dejó de hablar, hubiera sido de mala educación, ni se volvieron las cabezas. Solamente nuestras miradas se dirigieron a la puerta, esperando su entrada.
Ella entró aprisa, alta y esbelta, con un traje rojo escarlata que brillaba admirablemente; jovial, tendiendo la mano a su anfitriona. Francamente, debo confesar que era una belleza.
—¡Buenas noches, Milfred!
—¡Mi querida lady Turton, me alegro de que haya venido! Creo que entonces fue cuando dejamos de hablar. Nos volvimos para mirarla, esperando pacientemente ser presentados, como si fuera una reina o una famosa estrella de cine. Sólo que esta vez era más guapa que cualquiera de ellas. Su pelo era negro y, en contraste, tenía uno de esos rostros pálidos, ovalados e inocentes de las flamencas del siglo xv, casi como una Madonna de Memling o Van Eyck; por lo menos ésta fue mi primera impresión. Más tarde, cuando llegó el momento de estrecharnos las manos, me di cuenta de que, excepto en el perfil y el color, estaba muy lejos de parecerse a una madonna, muy lejos de eso.
Las aletas de la nariz, por ejemplo, eran muy raras, bastante abiertas, relucientes y excesivamente arqueadas. Esto le daba a la nariz un terrible aspecto, que tenía cierto parecido a la de un potro salvaje.
Y los ojos, al mirarlos de cerca, no eran grandes y redondos, como los que los pintores atribuían a las madonnas, sino alargados y medio cerrados; casi sonrientes, medio adustos y bastante vulgares; así que de una manera o de otra le daban un aire delicadamente disipado, es más, no miraba directamente. Su mirada se acercaba a uno lentamente y como de costado, de tal forma que ponía nervioso. Intenté ver su color, creo que era gris pálido, pero no estoy seguro.
Después fue llevada a la otra parte de la habitación para ser presentada a otras personas. Yo me quedé mirándola. Ella se sentía consciente del éxito y del modo en que aquellos londinenses hablaban de ella.
«Aquí estoy yo —parecía decir—, hace pocos años que llegué a este país, pero ya soy más rica y poderosa que cualquiera de vosotros.»
Caminaba triunfalmente.
Pocos minutos más tarde pasamos a cenar y, con gran sorpresa, me encontré sentado a la derecha de Su Señoría. Supongo que nuestra anfitriona había hecho esto como una deferencia hacia mí, pensando que me proporcionaría tema para la columna social que escribo cada día en el periódico de la tarde. Me senté, dispuesto a participar en una comida interesante, pero la famosa lady no reparó siquiera en mi presencia; estuvo todo el tiempo hablando con el hombre de su izquierda, su anfitrión, hasta que al fin, cuando estaba acabando de tomar el helado, se volvió repentinamente, cogió mi tarjeta y leyó mi nombre. Luego, con aquella curiosa mirada suya, como de través, me miró a la cara. Yo le sonreí y le hice un pequeño saludo. Ella no me sonrió, pero empezó a dispararme preguntas, bastante personales: trabajo, edad, familia, cosas así, mientras yo contestaba lo mejor que podía.
Durante esta inquisición se enteró, entre otras cosas, de que yo era un amante de la pintura y la escultura.
—Puede venir alguna vez a nuestra casa de campo y verá la colección de mi esposo.
Lo dijo casualmente, como una simple norma de educación; pero deben comprender que en mi trabajo no puedo permitirme el lujo de perder una oportunidad como ésta.
—¡Qué amable, lady Turton! Me encantaría. ¿Cuándo puedo ir?
Levantó la cabeza y dudó unos instantes. Luego se encogió de hombros y dijo:
—No importa, cualquier día.
—¿Qué tal el próximo fin de semana? ¿Le parece bien? Sus ojos semicerrados descansaron un momento en los míos y luego se separaron.
—Supongo que sí, si lo desea, no me importa.
Así fue como el sábado siguiente por la tarde me encontré conduciendo mi coche por la carretera de Wooton, con mi maleta en el coche. Ustedes seguramente pensarán que forcé un tanto mi invitación, pero de otra forma no la hubiera conseguido.
Aparte del aspecto profesional, personalmente me apetecía ver la casa. Como ya saben, Wooton es una de las casas más importantes del primitivo Renacimiento inglés. Al igual que sus hermanas, Longleat, Wodlaton y Montacute, fue construida en la última mitad del siglo XVI, cuando por primera vez la casa de un señor importante pudo ser decorada como mansión confortable, no como un castillo, y cuando un grupo de arquitectos, como John Thorpe y los Smithson, empezaron a construir casas maravillosas por todo el país. Está al sur de Oxford, cerca de una pequeña ciudad llamada Princes Risborought, no muy lejos de Londres.
Al entrar por las puertas enrejadas, el cielo se cubría en lo alto y la tarde invernal empezaba a caer.
Conduje lentamente por el largo sendero, intentando captar los alrededores tanto como fuera posible, sobre todo el famoso jardín, del cual había oído hablar tanto. Debo confesar que era una vista impresionante. Por todas partes había masas de tejos, cortados en diferentes formas, muy cómicas todas ellas: gallinas, palomas, botellas, botas, sillones, castillos, hueveras, linternas, viejas con meticulosas enaguas, grandes columnas, algunas coronadas por una pelota, otras por tejas y hongos. En la creciente oscuridad, el verde se había convertido en negro, de tal forma que cada figura, cada árbol, tomaba una forma escultural, oscura y suave. En un momento dado vi una pradera en forma de tablero de ajedrez gigante, en el que cada ficha era un tejo maravillosamente recortado. Detuve el coche para dar un paseo y cada figura era dos veces más alta que yo. Comprobé que el juego —rey, reina, peón, alfil, caballo y torre— estaba completo y listo para iniciar la partida.
En la curva siguiente, vi la gran casa gris; frente a ella un espacioso porche rodeado de una balaustrada con pequeños pabellones en sus esquinas. Sobre los pilares de la balaustrada había obeliscos de piedra; la influencia italiana en la mente Tudor; y un tramo de escalones de metro y medio de ancho, que llevaban a la casa.
Al entrar en la explanada, vi con súbito desagrado que en el centro del surtidor había una gran estatua de Epstein. Era preciosa, desde luego, pero no estaba en consonancia con los alrededores. Al subir la escalera de la puerta central, volví la vista y vi que en todas las pequeñas praderas y terracitas había estatuas modernas y curiosas esculturas de todas clases. En la distancia creí reconocer el estilo de Gaudier Breska, Brancusi, Saint-Gaudens, Henry Moore, y Epstein de nuevo.
La puerta me fue franqueada por un joven criado que me condujo a mi habitación, situada en el primer piso.
—Su Señoría —explicó— está descansando, así como los otros invitados; pero bajarán al salón dentro de una hora, vestidos para la cena.
En mi oficio es preciso ir muchos fines de semana a grandes casas. Yo paso alrededor de cincuenta sábados y domingos al año en casa de otras personas, y en consecuencia soy muy sensible a las atmósferas poco agradables. Puedo decir si son agradables o no en el momento en que entro por la puerta, y ésta era de las que no me gustaban. El lugar señalaba tormenta, en el aire flotaba una atmósfera de conflictos o algo parecido. Lo presentía incluso mientras gozaba de un delicioso baño. No pude evitar el empezar a desear que nada malo ocurriera antes del lunes.
Lo primero, aunque fue más una sorpresa que una cosa desagradable, ocurrió diez minutos más tarde.
Yo estaba sentado en la cama poniéndome los calcetines cuando la puerta se abrió y un hombrecillo entró en la habitación. Era el mayordomo, explicó, y su nombre era Jelks. Me dijo que esperaba que estuviera cómodo y si tenía todo lo que necesitaba.
Yo le respondí afirmativamente.
Dijo que haría todo lo posible para que tuviera un fin de semana agradable. Le di las gracias y esperé a que se marchara. El dudó un momento y luego, con voz entrecortada, me pidió permiso para mencionar un asunto algo delicado. Yo le dije que hablara.
Para ser franco, era acerca de las propinas. El asunto de las propinas le hacía sentirse muy desgraciado.
¡Oh! ¿Y por qué era eso?
Bueno, si realmente quería saberlo, no le gustaba la idea de que sus invitados se creyeran en la obligación de darle propina al dejar la casa. Era un procedimiento indigno para el que daba y para el que recibía. Además, él se daba cuenta de la angustia que a veces se creaba en las mentes de los invitados como yo —y que perdonase la libertad— que podrían verse obligados por culpa de los convencionalismos a dar más de lo que ellos podían gastar.
Hizo una pausa. Sus cautelosos ojos me observaban. Yo le murmuré que no tenía por qué preocuparse en lo que a mí se refería.
Por el contrario, dijo, esperaba sinceramente que no le daría ninguna propina al terminar el fin de semana.
—Bueno —dije yo—, no discutamos acerca de ello: cuando llegue el momento ya veremos lo que hacemos.
—¡Por favor, señor, insisto!
Acordamos lo que él quería.
Me dio las gracias y se aproximó un par de pasos hacia mí. Luego inclinó la cabeza hacia un lado, cruzó las manos delante de él como un cura y encogió los hombros en gesto de disculpa. Sus ojos pequeños y duros todavía me miraban. Yo esperé, con un calcetín puesto y el otro en las manos, tratando de adivinar lo que querría ahora.
Lo que quería pedir —dijo bajito, tan bajito ahora que su voz era como la música de un concierto, oída desde lejos— era que en vez de propina le diera el treinta y tres coma tres por ciento de mis ganancias en las cartas, en todo el fin de semana. Si perdía no tendría que pagar nada.
Lo dijo todo tan suave, tranquila y rápidamente, que ni tan siquiera me sorprendió.
—¿Se juega mucho a las cartas, Jelks?
—Sí, señor, mucho.
—¿No cree que el treinta y tres coma tres es demasiado?
—No lo creo, señor.
—Le daré un diez por ciento.
—No, señor, eso no.
Examinaba las uñas de mi mano izquierda y arqueaba las cejas.
—Bien, entonces el quince. ¿De acuerdo?
—Treinta y tres coma tres, señor. Es muy razonable. Después de todo, señor, yo no sé siquiera si es usted un buen jugador o sea que lo que estoy haciendo es, y no quiero ser personal, apostar por un caballo que nunca he visto correr.
Sin duda ustedes pensarán que nunca debí empezar a regatear con el mayordomo y quizá tengan razón, pero soy una persona muy liberal y siempre trato de ser afable con la clase baja. Aparte de esto, cuanto más pensaba en ello, más me convencía a mí mismo de que era una oferta que ningún deportista podía rehusar.
—De acuerdo, Jelks, como quiera.
—Gracias, señor.
Se dirigió hacia la puerta andando despacio, pero cuando tenía la mano puesta en el pomo se volvió:
—¿Le puedo dar un consejo, señor?
—¿Qué es?
—Simplemente decirle que Su Señoría tiende a pujar muy alto.
Bueno, esto era demasiado. Estaba tan asustado que dejé caer el calcetín. Después de todo, una cosa es tener un pequeño arreglo deportivo con el mayordomo acerca de las propinas; pero cuando trata de conchabarse contigo para sacarle dinero a la anfitriona ha llegado el momento de pararle los pies.
—Bueno, Jelks, ya está bien.
—No se ofenda, señor, lo que quiero decir es que puede jugar contra Su Señoría. Ella siempre juega con el comandante Haddock.
—¿Con el comandante Haddock? ¿Jack Haddock?
—Sí, señor.
Observé un tono de burla en los labios de Jelks al hablar de ese hombre, y todavía era peor con lady Turton. Cada vez que decía «Su Señoría» los labios se le curvaban como si estuviera chupando un limón, y había una inflexión en su voz sutilmente jocosa.
—Ahora me debe perdonar, señor. Su Señoría bajará a las siete en punto, así como el comandante Haddock y los otros.
Salió silenciosamente igual que había entrado, dejando una sensación de gran tranquilidad en el cuarto.
Un poco después de las siete, bajé al salón principal. Lady Turton se levantó a saludarme- tan bella como siempre.
—No estaba muy segura de que viniera —dijo con voz curiosamente saltarina—. ¿Cuál es su nombre, por favor?
—Me temo que le tomé la palabra, lady Turton; espero que no la haya retirado.
—No, claro que no —dijo—. Hay cuarenta y siete dormitorios en la casa. Este es mi marido.
Un hombre pequeño salió por detrás de ella y dijo:
—Me alegro de que haya podido venir. Tenía una sonrisa agradable y al darme la mano sentí el roce de la amistad en los dedos.
—Y ésta es Carmen La Rosa —continuó Lady Turton.
Era una mujer que parecía como si tuviera algo que ver con los caballos. Se inclinó hacia mí y, aunque mi mano estaba a medio camino para estrechar la suya, ella no me la tendió, forzándome a hacer un falso movimiento con esa mano en dirección a la nariz.
—¿Está resfriado? Lo siento.
No me gustó miss Carmen La Rosa.
—Y éste es Jack Haddock.
Yo conocía a ese hombre ligeramente. Era director de compañías (a saber qué significará eso) y un miembro muy conocido en sociedad. Su nombre había salido varias veces en mis columnas, pero nunca me había gustado y ello era debido principalmente a que detesto a la gente que lleva los títulos militares en su vida privada, especialmente comandantes y coroneles. Con el traje de etiqueta y su cara muy de hombre, sus cejas negras y dientes grandes y blancos, parecía tan guapo que resultaba casi indecente. Tenía una manera muy estudiada de levantar el labio superior cuando sonreía enseñando los dientes. Me tendió la mano.
—Espero que diga cosas buenas de nosotros en su columna.
—Lo tendrá que hacer —dijo lady Turton—, porque si no yo diré cosas feas de él, en mi primera página.
Yo me reí, pero lady Turton, el comandante Haddock y Carmen La Rosa se volvieron de espaldas y se sentaron de nuevo en el sofá. Jelks me dio una bebida y sir Basil me llevó a la otra parte de la habitación para conversar un rato con él.
A cada momento lady Turton llamaba a su esposo para pedirle algo: otro martini, un cigarrillo, un cenicero, un pañuelo, y cuando él se iba a levantar de la silla se le anticipaba Jelks, solícito y atento a todos los detalles.
Era evidente que Jelks adoraba a su dueño y era fácil de ver que odiaba a su esposa. Cada vez que él hacía algo por ella, el mayordomo se erguía y en su rostro asomaba un gesto de desprecio.
En la cena, la anfitriona sentó a sus dos amigos a su lado. Este arreglo nos dejaba a sir Basil y a mí en la otra parte de la mesa, donde pudimos continuar nuestra agradable conversación acerca de pintura y escultura.
Naturalmente, ahora veía claro que el comandante estaba enamorado de Su Señoría, y también, aunque odio tener que decirlo, La Rosa quería cazar el mismo pájaro.
Todas estas locuras parecían deleitar a la anfitriona, pero no al marido. Me daba cuenta de que él estaba pendiente de ellos todo el tiempo, mientras hablábamos; a menudo su mente se alejaba de la conversación y se cortaba a la mitad de una frase, mientras sus ojos se dirigían a la otra parte de la mesa, deteniéndose patéticamente en aquella adorable cabeza de pelo negro y las pestañas curiosamente aleteantes. Parecía haberse dado cuenta de cómo coqueteaba ella, cómo dejaba su mano descuidada en el brazo del comandante mientras hablaban y cómo la otra mujer, la que debía tener algo que ver con los caballos, decía a cada momento:
—¡Natalia! ¡Oye, Natalia, escúchame!
—Mañana me tiene que enseñar las esculturas que hay en el jardín —propuse yo.
—Naturalmente —dijo él—, lo haré con mucho gusto.
Miró otra vez a su esposa, sus ojos tenían una mirada suplicante y triste. Era un hombre tan bueno y tan pasivo, que aun en esos momentos no había rastro de ira en él, ni veía peligro de una explosión.
Después de cenar fuimos a jugar a las cartas. Yo tenía por compañera a miss Carmen La Rosa contra el comandante Haddock y lady Turton. Sir Basil se sentó silenciosamente en el sofá con un libro en las manos.
No hubo nada digno de mención en el juego: fue rutinario y monótono, pero sobre todo Jelks se puso muy pesado. Se pasó toda la noche deambulando por allí, vaciándonos ceniceros, trayéndonos bebidas y mirando nuestras cartas. Se notaba que era corto de vista y dudo que pudiera ver nuestros juegos porque, por si no lo saben, les diré que aquí en Inglaterra nunca se ha permitido a los mayordomos llevar gafas ni, ya puestos a prohibir, bigote. Es una regla inalterable y muy acertada también, aunque no estoy muy seguro del porqué de esta prohibición. Supongo que el bigote les haría parecer unos caballeros y las gafas resultaban cosa de americanos, en cuyo caso me gustaría saber qué pasa con nosotros. De todas formas, Jelks estuvo muy pesado toda la noche y también lady Turton, a la cual llamaban constantemente por asuntos de la prensa.
A las once en punto levantó los ojos de sus cartas y dijo:
—Basil, ya es hora de que te vayas a la cama.
—Sí, querida, ya voy.
Cerró el libro y estuvo un momento mirando el juego.
—¿Cómo va eso? —preguntó.
Nadie se dignó contestarle, así que yo le dije:
—Muy bien, es una bonita partida.
—Me alegro. Jelks les cuidará y les dará lo que deseen.
—Jelks también puede irse a la cama —dijo ella.
A mi lado oía respirar por la nariz al comandante Haddock y el sonido de las cartas al caer, una por una, en la mesa, y los pasos de Jelks sobre la alfombra.
—¿No quiere que me quede, señora?
—No. Váyase a la cama, y tú también, Basil.
—Sí, querida, buenas noches. Buenas noches a todos. Jelks le abrió la puerta y salió lentamente, seguido de su mayordomo.
Tan pronto terminó la siguiente jugada, dije que yo también quería irme a la cama.
—Muy bien —dijo lady Turton—, buenas noches. Fui a mi habitación, cerré la puerta con pestillo, tomé mi píldora y me acosté.
A la mañana siguiente, domingo, me levanté y vestí hacia las diez y luego bajé a desayunar. Sir Basil estaba allí frente a mí. Jelks le servía riñones asados, con jamón y tomate frito. Se alegró de verme y me sugirió que en cuanto hubiera terminado de desayunar, daríamos un largo paseo por los alrededores. Yo mostré mi agrado por esta sugerencia.
Media hora más tarde salimos. Me sentí muy reconfortado de alejarme de aquella casa y salir al aire libre. Era uno de esos días buenos que aparecen a veces a mitad del invierno, después de una noche de lluvia copiosa, con un sol resplandeciente y ni un soplo de viento. Los árboles desnudos estaban muy bellos a la luz del sol. Todavía caían gotas de las ramas y todo en derredor. Las manchas de humedad titilaban con resplandores de diamantes. El cielo estaba tachonado de nubéculas.
—¡Qué día tan maravilloso!
—Sí, es fantástico.
Ya no volvimos a hablar durante el paseo; no era necesario; pero me llevó por todas partes y lo vi todo: el ajedrez gigante y el resto de aquellas maravillas. Las casitas del jardín, los estanques, las fuentes, los laberintos de los niños, los bosquecillos, las viñas y los árboles nectarianos; y naturalmente, las esculturas. La mayoría de los escultores europeos contemporáneos estaban allí, en bronce, granito, piedra caliza y madera; y aunque era muy bonito verlos erguirse al sol, a mí me parecía que estaban fuera de lugar en una mansión tan clásica.
—¿Descansamos aquí un poquito? —dijo sir Basil, después de haber andado más de una hora.
Nos sentamos en un banco, junto al estanque de lirios de agua, lleno de carpas. Encendimos sendos cigarrillos. Estábamos algo separados de la casa, en un montículo que se levantaba sobre los alrededores, y desde allí veíamos los jardines que se extendían, debajo de nosotros, como un dibujo de los viejos libros de arquitectura jardinera; con setos, praderas, terrazas y fuentes formando un bonito y original dibujo de cuadros y círculos.
—Mi padre compró esta casa antes de nacer yo —dijo sir Basil—, he vivido aquí toda mi vida y me la conozco palmo a palmo. Cada día me gusta más.
—Debe de ser maravillosa en verano.
—Sí lo es. Debería venir a verla en mayo o junio. ¿Me promete que vendrá?
—Sí, claro —dije yo—. Me encantaría venir.
Mientras hablaba estaba observando la figura de una mujer vestida de rojo, moviéndose por entre las flores en la distancia. La veía por encima de una gran extensión de césped, con su peculiar modo de andar. Al llegar a la pradera torció hacia la izquierda, pasó por debajo de unos tejos y llegó a una pradera más pequeña que era circular y tenía en su centro una escultura.
—El jardín es más moderno que la casa —dijo sir Basil—; fue plantado en el siglo XVIII por un francés llamado Beaumont, el mismo que hizo Levens, en Westmoreland. Tuvo doscientos cincuenta hombres trabajando aquí, durante un año seguido.
La mujer del vestido rojo se había reunido ahora con un hombre. Estaban cara a cara, a un metro de distancia, justo en el centro del jardín de aquella pequeña pradera, aparentemente conversando. El hombre tenía un objeto negro en su mano.
—Si le interesa, le enseñaré las cuentas que Beaumont le presentaba al viejo duque, mientras estaban haciendo las obras.
—Me gustaría mucho verlas. Deben de ser interesantes.
—Pagaba a sus trabajadores cada día y trabajaban diez horas.
En la claridad del día, no era difícil seguir los movimientos y gestos de las figuras de la pradera. Ahora se habían vuelto hacia la escultura y la señalaban como burlándose de ella, probablemente riéndose de su forma. Vi que se trataba de una escultura de Henry Moore hecha de madera, un fino objeto de singular belleza que tenía dos o tres orificios y un número de extraños miembros salientes.
—Cuando Beaumont plantó los tejos para el ajedrez gigante y todas las otras cosas, sabía que no lucirían hasta dentro de cien años. Nosotros no tenemos esa paciencia para plantar ahora, ¿verdad?
—No, ciertamente que no.
El objeto que el hombre tenía en la mano resultó ser una cámara fotográfica y ahora se había retirado dos pasos y estaba tomando fotografías a la mujer, al lado del Henry Moore. Ella iba adoptando diferentes poses, en todas ellas, por lo que yo distinguía, pretendiendo ser graciosa. Una vez puso sus brazos alrededor de uno de los miembros salientes y se abrazó a él, otra vez se subió y se sentó a caballo sobre él, llevando unas riendas imaginarias en sus manos. Los tejos ocultaban a las dos personas de la casa y del resto del jardín, excepto en la pequeña colina donde nosotros estábamos sentados. Ellos estaban seguros de que nadie los veía y, aunque hubiesen mirado hacia nosotros, estando de cara al sol dudo que vieran a dos figuras sentadas en el estanque.
—Me gustan esos tejos —habló sir Basil—: su color hace muy bonito en un jardín, porque los ojos pueden descansar en ellos, y en verano rompen la monotonía de la brillantez, con sus frutos colorados y sus pequeñas florecillas. ¿Se ha fijado en los diferentes tonos de verde que hay en los árboles?
—Es realmente muy bonito.
El hombre parecía estar explicando algo a la mujer, apuntando con el dedo a Henry Moore. Me daba cuenta, por la forma de mover las cabezas, que estaban riendo otra vez. El hombre continaba señalando con el dedo. Entonces la mujer se fue por detrás de la escultura de madera, se inclinó y metió la cabeza en uno de los agujeros. El conjunto tenía el tamaño, yo diría, de un caballo joven, y desde aquí se podían ver las dos partes, a la izquierda el cuerpo de la mujer y a la derecha su cabeza saliendo del agujero. Era como uno de esos juegos de playa en los que se pone la cabeza en el agujero de un panel para ser fotografiado como una señora gorda. En aquellos momentos el hombre le estaba haciendo una foto.
—Hay otra cosa sobre los tejos —continuó sir Basil—. Al principio del verano, cuando brotan los capullos... Dejó de hablar repentinamente. Su cuerpo se irguió.
—Sí —dije yo—. ¿Cuando los capullos brotan...?
El hombre ya había tomado la foto, pero la mujer todavía tenía la cabeza en los agujeros. Le vi poner las manos y la máquina en la espalda y avanzar hacia ella. Se inclinó hasta tocar su rostro y le dio, supongo, algunos besos o algo parecido. En el silencio que siguió imaginé oír una risa femenina donde ellos estaban.
—¿Volvemos a casa? —pregunté.
—¿A casa?
—Sí. ¿Volvemos a tomar algo antes de comer?
—¿Una bebida? Sí, tomaremos algo.
Pero no se movió. Se sentó muy quieto, lejos de mí, mirando a las dos figuras con intensidad. Yo también las miraba, no podía separar los ojos, tenía que mirarlas. Era como ver un ballet en miniatura. Conocía a los artistas y la música, pero no el final de la historia, ni la coreografía, ni lo que iba a pasar. Estaba fascinado y no podía hacer otra cosa.
—Gaudier Breska —dije yo—. ¿Dónde cree usted que hubiera llegado si no hubiera muerto tan joven?
—¿Quién?
—Gaudier Breska.
—Sí —habló distraídamente—, desde luego...
Ahora notaba que algo raro estaba pasando. La mujer tenía todavía la cabeza en el agujero, pero estaba empezando a remover su cuerpo de un lado a otro de una forma extremadamente peculiar. El hombre, a un paso de ella, la miraba sin hacer ningún movimiento. Por unos momentos se quedó quieto; luego puso la máquina en el suelo y se dirigió a la mujer, tomando la cabeza entre sus manos; de repente se convirtieron de figuras de ballet en marionetas; pequeñas figuritas de madera haciendo movimientos bruscos e irreales en un lejano escenario.
Permanecimos sentados sin decir una sola palabra. Observábamos cómo la delgada marioneta masculina manipulaba la cabeza de la mujer. Lo hacía suavemente, de esto no había duda alguna, suave y lentamente, dando un paso atrás de vez en cuando para pensar un modo mejor de sacarle la cabeza de allí, o bien moviéndose hacia un lado para ver desde otro ángulo la posición de ésta. En cuanto la dejaba sola, la mujer volvía a retorcerse de la misma manera que se mueve un perro cuando se le pone la cadena por vez primera.
—No puede salir —dijo sir Basil.
El hombre se dirigió a la otra parte de la escultura donde estaba el cuerpo de la mujer, levantó las manos y empezó a manipular con el cuello. De repente, desesperado, le dio dos o tres estirones por el cuello. Esta vez el sonido de la voz de ella se dejó oír con ira y dolor, y llegó hasta nosotros nítidamente a través de la luz del día.
Por el rabillo del ojo vi a sir Basil mover la cabeza repetidas veces.
—Una vez metí la mano en un jarrón de dulces y no la pude sacar —dijo.
El hombre había retrocedido unos metros. Tenía la manos en las caderas y la cabeza levantada. Se le notaba furioso y desesperado al mismo tiempo. La mujer, en su poco confortable posición, parecía hablarle, o más bien gritarle y aunque no podía moverse mucho, las piernas las tenía libres y las movía continuamente.
—Rompí el jarrón con un martillo y le dije a mi madre que se me había caído del estante sin darme cuenta.
Ahora parecía más calmado, aunque su voz tenía un curioso tono.
—Creo que deberíamos ir, por si acaso podemos ayudarles en algo.
—Creo que sí.
Pero no se movió. Sacó un cigarrillo y lo encendió, poniendo luego el fósforo gastado en la caja de nuevo. Nos levantamos y bajamos lentamente la cuesta de la pequeña colina.
—¡Oh, perdone! ¿Quiere uno?
—Sí, gracias.
Hizo una pequeña ceremonia para darme el cigarrillo y encendérmelo él mismo, poniendo otra vez el fósforo gastado dentro de la caja.
Nuestra llegada fue una sorpresa para ellos.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó sir Basil. Hablaba suavemente, con una peligrosa suavidad que estoy seguro su esposa no había oído nunca anteriormente.
—Ha metido la cabeza en el agujero y ahora no puede sacarla de ahí —dijo el comandante Haddock—. Fue para sacarle una foto.
—¿Para qué una foto?
—¡Basil! —gritó lady Turton—. ¡No digas tonterías y haz algo!
No se podía mover mucho, pero podía hablar.
—Es evidente que tendremos que romper este pedazo de madera —dijo el comandante.
En su bigote gris había un tinte rojo, y esto, con un poco más de color en sus mejillas, le hacía extremadamente ridículo.
—¿Romper el Henry Moore?
—Mi querido amigo, no hay otra forma de liberar a la señora. Dios sabe cómo se las ha compuesto para meterse, pero lo cierto es que ahora no puede sacar la cabeza. Las orejas lo impiden.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó sir Basil—. ¡Qué pena! ¡Mi precioso Henry Moore!
En aquel momento lady Turton empezó a hablarle a su marido de una forma muy desagradable, que no se sabe hasta cuándo hubiera durado si no hubiera salido Jelks repentinamente de las sombras. Apareció silenciosamente por la pradera y se colocó a cierta distancia de sir Basil como esperando instrucciones. Su traje negro resultaba ridículo en la soleada mañana. Todo en él resultaba anticuado, como si fuera un animalito que hubiera vivido toda su vida en un agujero bajo tierra.
—¿Puedo hacer algo, sir Basil?
Mantuvo su voz normal, pero su cara reflejaba destellos misteriosos al ver el estado de lady Turton.
—Sí, Jelks. Vuelve y tráeme una sierra o algo para que pueda cortar la madera.
—¿Llamo a alguno de los hombres, sir Basil? William es un buen carpintero.
—No, lo haré yo mismo, date prisa.
Mientras esperaban a Jelks, yo me separé de allí porque no quería oír las cosas que lady Turton decía a su marido. Volví en el momento en que regresaba el mayordorno, seguido de la otra mujer, Carmen La Rosa, quien se acercó rápidamente a la anfitriona.
—¡Natalia! ¡Mi querida Natalia! ¿Qué te han hecho?
—¡Oh, cállate! —contestó la otra—. ¡Quítate de enmedio!
Sir Basil se colocó muy cerca de la cabeza de su mujer, esperando a Jelks. Este avanzaba despacio, llevando una sierra en la mano y un hacha en la otra y se paró delante de él. Le enseñó ambas herramientas para que escogiera y hubo un momento, sólo un segundo o dos, de silencio y de espera. Por casualidad miré a Jelks en ese momento. Vi que la mano que llevaba el hacha sobresalía dos centímetros más en dirección a sir Basil. Fue un movimiento tan imperceptible que nadie se dio cuenta. Adelantó la mano, lenta y secretamente, con una oferta acompañada quizá de un pequeñísimo enarcamiento de cejas.
No estoy seguro de que sir Basil lo viera, pero dudó unos instantes y, de nuevo, la mano que llevaba el hacha se extendió hacia adelante. Era exactamente igual que ese truco de las cartas, en que un hombre te dice «coge la que quieras» y siempre se coge la que él quiere.
Sir Basil cogió el hacha. Le vi acercarse a ella en actitud casi sonámbula y luego aceptarla de Jelks. Pero en el momento en que la asió entre sus manos, pareció darse cuenta de lo que se quería de él y volvió a la vida.
Para mí, después de aquello, fue como ese terrible instante en que se ve a un niño cruzando la calle en el momento en que viene un coche y lo único que se puede hacer es cerrar los ojos y esperar a que el ruido nos diga lo que ha sucedido. El momento de la espera se convierte en un lúcido período de tiempo lleno de lunares amarillos y negros, que bailan en un campo oscuro y aunque se abran los ojos y se encuentre con que nadie está herido, ni muerto, no existe ninguna diferencia, porque en nuestra imaginación sucedió así.
Yo vi este accidente, con todos sus detalles, y no abrí los ojos hasta que oí la voz de sir Basil llamando con ligera insistencia al mayordomo.
—Jelks —llamó.
Al mirar le vi, tranquilo como siempre, sosteniendo aún el hacha con las manos. La cabeza de lady Turton estaba allí también, todavía metida en el agujero, pero su rostro tenía un color gris ceniza y su boca se abría y se cerraba, emitiendo sonidos inarticulados.
—Escucha, Jelks —dijo sir Basil—. ¿En qué estabas pensando? Esto es demasiado peligroso. Dame la sierra.
Al cambiar los instrumentos, vi por primera vez colorearse las mejillas de ella y, encima, en torno a los ojos, las arrugas que se producen cuando uno sonríe.
Relatos de lo inesperado, 1979.
El nuevo sir Basil Turton tenía unos cuarenta años y era soltero. Hombre afable y de carácter sencillo; hasta entonces no había demostrado interés por nada que no fueran sus colecciones de pinturas modernas y esculturas. Ninguna mujer le había trastornado, ningún escándalo ni habladuría habían mancillado jamás su nombre. Pero ahora que se había convertido en el propietario de un importante periódico y una gran revista, era preciso que dejara la calma y tranquilidad de la casa de campo de su padre y se estableciera en Londres.
Naturalmente, los buitres empezaron a acecharle y estoy seguro de que no sólo Fleet Street sino la ciudad entera empezó a movilizarse en torno a él. Fue un movimiento lento, deliberado y mortal, y por lo tanto no parecían tanto unos buitres como un puñado de cangrejos tratando de alcanzar un trozo de comida bajo el agua.
Pero, para sorpresa de todos, el hombre demostró ser notablemente evasivo y la lucha continuó hasta la primavera y el principio del verano de aquel año. Yo no conocía a sir Basil personalmente, ni tenía ninguna razón para sentir simpatía hacia él, pero no podía evitar el ponerme repentinamente de parte de los de mi sexo y me alegraba cada vez que lograba salir de alguna trampa.
Luego, hacia el principio de agosto, y aparentemente en respuesta a una secreta señal femenina, las chicas declararon entre sí una suerte de tregua mientras se iban al extranjero y descansaban, con el fin de reagruparse y hacer nuevos planes para el siguiente invierno. Esto fue un error, porque en aquel preciso momento apareció una brillante criatura llamada Natalia o algo así, de quien nadie había oído hablar anteriormente, que llegó del continente europeo, tomó a sir Basil firmemente por la muñeca y lo llevo como un torbellino al Registro Civil de Caxton Hall y se casó con él antes de que nadie, y menos el novio, se diera cuenta de lo que había pasado.
Ya podrán imaginarse que las señoras de Londres estaban indignadas y, naturalmente, se dedicaron a levantar una gran cantidad de cotilleos alrededor de lady Turton: la asquerosa cazadora, la llamaban. Pero no hay necesidad de detenerse en ello. En realidad, para el propósito de mi historia podemos saltarnos los seis años siguientes, lo cual nos trae al presente; exactamente hoy hace una semana, cuando tuve el honor de conocer a Su Señoría por primera vez. Entonces, como ya podrán suponer, no sólo dirigía The Turton Press sino que, como resultado de ello, se había convertido en una fuerza política muy importante en el país. Ya entiendo que otras mujeres hayan sido capaces de hacer lo mismo, pero lo excepcional de este caso era el hecho de que ella fuera extranjera y el que nadie pareciese saber con precisión de qué país procedía: Yugoslavia, Bulgaria o Rusia.
El jueves pasado fui a una cena en casa de un amigo de Londres y mientras charlábamos en el salón antes de la cena, bebiendo martinis y hablando sobre la bomba atómica y sobre el señor Bevan, la doncella abrió la puerta para anunciar al último invitado.
—Lady Turton.
Nadie dejó de hablar, hubiera sido de mala educación, ni se volvieron las cabezas. Solamente nuestras miradas se dirigieron a la puerta, esperando su entrada.
Ella entró aprisa, alta y esbelta, con un traje rojo escarlata que brillaba admirablemente; jovial, tendiendo la mano a su anfitriona. Francamente, debo confesar que era una belleza.
—¡Buenas noches, Milfred!
—¡Mi querida lady Turton, me alegro de que haya venido! Creo que entonces fue cuando dejamos de hablar. Nos volvimos para mirarla, esperando pacientemente ser presentados, como si fuera una reina o una famosa estrella de cine. Sólo que esta vez era más guapa que cualquiera de ellas. Su pelo era negro y, en contraste, tenía uno de esos rostros pálidos, ovalados e inocentes de las flamencas del siglo xv, casi como una Madonna de Memling o Van Eyck; por lo menos ésta fue mi primera impresión. Más tarde, cuando llegó el momento de estrecharnos las manos, me di cuenta de que, excepto en el perfil y el color, estaba muy lejos de parecerse a una madonna, muy lejos de eso.
Las aletas de la nariz, por ejemplo, eran muy raras, bastante abiertas, relucientes y excesivamente arqueadas. Esto le daba a la nariz un terrible aspecto, que tenía cierto parecido a la de un potro salvaje.
Y los ojos, al mirarlos de cerca, no eran grandes y redondos, como los que los pintores atribuían a las madonnas, sino alargados y medio cerrados; casi sonrientes, medio adustos y bastante vulgares; así que de una manera o de otra le daban un aire delicadamente disipado, es más, no miraba directamente. Su mirada se acercaba a uno lentamente y como de costado, de tal forma que ponía nervioso. Intenté ver su color, creo que era gris pálido, pero no estoy seguro.
Después fue llevada a la otra parte de la habitación para ser presentada a otras personas. Yo me quedé mirándola. Ella se sentía consciente del éxito y del modo en que aquellos londinenses hablaban de ella.
«Aquí estoy yo —parecía decir—, hace pocos años que llegué a este país, pero ya soy más rica y poderosa que cualquiera de vosotros.»
Caminaba triunfalmente.
Pocos minutos más tarde pasamos a cenar y, con gran sorpresa, me encontré sentado a la derecha de Su Señoría. Supongo que nuestra anfitriona había hecho esto como una deferencia hacia mí, pensando que me proporcionaría tema para la columna social que escribo cada día en el periódico de la tarde. Me senté, dispuesto a participar en una comida interesante, pero la famosa lady no reparó siquiera en mi presencia; estuvo todo el tiempo hablando con el hombre de su izquierda, su anfitrión, hasta que al fin, cuando estaba acabando de tomar el helado, se volvió repentinamente, cogió mi tarjeta y leyó mi nombre. Luego, con aquella curiosa mirada suya, como de través, me miró a la cara. Yo le sonreí y le hice un pequeño saludo. Ella no me sonrió, pero empezó a dispararme preguntas, bastante personales: trabajo, edad, familia, cosas así, mientras yo contestaba lo mejor que podía.
Durante esta inquisición se enteró, entre otras cosas, de que yo era un amante de la pintura y la escultura.
—Puede venir alguna vez a nuestra casa de campo y verá la colección de mi esposo.
Lo dijo casualmente, como una simple norma de educación; pero deben comprender que en mi trabajo no puedo permitirme el lujo de perder una oportunidad como ésta.
—¡Qué amable, lady Turton! Me encantaría. ¿Cuándo puedo ir?
Levantó la cabeza y dudó unos instantes. Luego se encogió de hombros y dijo:
—No importa, cualquier día.
—¿Qué tal el próximo fin de semana? ¿Le parece bien? Sus ojos semicerrados descansaron un momento en los míos y luego se separaron.
—Supongo que sí, si lo desea, no me importa.
Así fue como el sábado siguiente por la tarde me encontré conduciendo mi coche por la carretera de Wooton, con mi maleta en el coche. Ustedes seguramente pensarán que forcé un tanto mi invitación, pero de otra forma no la hubiera conseguido.
Aparte del aspecto profesional, personalmente me apetecía ver la casa. Como ya saben, Wooton es una de las casas más importantes del primitivo Renacimiento inglés. Al igual que sus hermanas, Longleat, Wodlaton y Montacute, fue construida en la última mitad del siglo XVI, cuando por primera vez la casa de un señor importante pudo ser decorada como mansión confortable, no como un castillo, y cuando un grupo de arquitectos, como John Thorpe y los Smithson, empezaron a construir casas maravillosas por todo el país. Está al sur de Oxford, cerca de una pequeña ciudad llamada Princes Risborought, no muy lejos de Londres.
Al entrar por las puertas enrejadas, el cielo se cubría en lo alto y la tarde invernal empezaba a caer.
Conduje lentamente por el largo sendero, intentando captar los alrededores tanto como fuera posible, sobre todo el famoso jardín, del cual había oído hablar tanto. Debo confesar que era una vista impresionante. Por todas partes había masas de tejos, cortados en diferentes formas, muy cómicas todas ellas: gallinas, palomas, botellas, botas, sillones, castillos, hueveras, linternas, viejas con meticulosas enaguas, grandes columnas, algunas coronadas por una pelota, otras por tejas y hongos. En la creciente oscuridad, el verde se había convertido en negro, de tal forma que cada figura, cada árbol, tomaba una forma escultural, oscura y suave. En un momento dado vi una pradera en forma de tablero de ajedrez gigante, en el que cada ficha era un tejo maravillosamente recortado. Detuve el coche para dar un paseo y cada figura era dos veces más alta que yo. Comprobé que el juego —rey, reina, peón, alfil, caballo y torre— estaba completo y listo para iniciar la partida.
En la curva siguiente, vi la gran casa gris; frente a ella un espacioso porche rodeado de una balaustrada con pequeños pabellones en sus esquinas. Sobre los pilares de la balaustrada había obeliscos de piedra; la influencia italiana en la mente Tudor; y un tramo de escalones de metro y medio de ancho, que llevaban a la casa.
Al entrar en la explanada, vi con súbito desagrado que en el centro del surtidor había una gran estatua de Epstein. Era preciosa, desde luego, pero no estaba en consonancia con los alrededores. Al subir la escalera de la puerta central, volví la vista y vi que en todas las pequeñas praderas y terracitas había estatuas modernas y curiosas esculturas de todas clases. En la distancia creí reconocer el estilo de Gaudier Breska, Brancusi, Saint-Gaudens, Henry Moore, y Epstein de nuevo.
La puerta me fue franqueada por un joven criado que me condujo a mi habitación, situada en el primer piso.
—Su Señoría —explicó— está descansando, así como los otros invitados; pero bajarán al salón dentro de una hora, vestidos para la cena.
En mi oficio es preciso ir muchos fines de semana a grandes casas. Yo paso alrededor de cincuenta sábados y domingos al año en casa de otras personas, y en consecuencia soy muy sensible a las atmósferas poco agradables. Puedo decir si son agradables o no en el momento en que entro por la puerta, y ésta era de las que no me gustaban. El lugar señalaba tormenta, en el aire flotaba una atmósfera de conflictos o algo parecido. Lo presentía incluso mientras gozaba de un delicioso baño. No pude evitar el empezar a desear que nada malo ocurriera antes del lunes.
Lo primero, aunque fue más una sorpresa que una cosa desagradable, ocurrió diez minutos más tarde.
Yo estaba sentado en la cama poniéndome los calcetines cuando la puerta se abrió y un hombrecillo entró en la habitación. Era el mayordomo, explicó, y su nombre era Jelks. Me dijo que esperaba que estuviera cómodo y si tenía todo lo que necesitaba.
Yo le respondí afirmativamente.
Dijo que haría todo lo posible para que tuviera un fin de semana agradable. Le di las gracias y esperé a que se marchara. El dudó un momento y luego, con voz entrecortada, me pidió permiso para mencionar un asunto algo delicado. Yo le dije que hablara.
Para ser franco, era acerca de las propinas. El asunto de las propinas le hacía sentirse muy desgraciado.
¡Oh! ¿Y por qué era eso?
Bueno, si realmente quería saberlo, no le gustaba la idea de que sus invitados se creyeran en la obligación de darle propina al dejar la casa. Era un procedimiento indigno para el que daba y para el que recibía. Además, él se daba cuenta de la angustia que a veces se creaba en las mentes de los invitados como yo —y que perdonase la libertad— que podrían verse obligados por culpa de los convencionalismos a dar más de lo que ellos podían gastar.
Hizo una pausa. Sus cautelosos ojos me observaban. Yo le murmuré que no tenía por qué preocuparse en lo que a mí se refería.
Por el contrario, dijo, esperaba sinceramente que no le daría ninguna propina al terminar el fin de semana.
—Bueno —dije yo—, no discutamos acerca de ello: cuando llegue el momento ya veremos lo que hacemos.
—¡Por favor, señor, insisto!
Acordamos lo que él quería.
Me dio las gracias y se aproximó un par de pasos hacia mí. Luego inclinó la cabeza hacia un lado, cruzó las manos delante de él como un cura y encogió los hombros en gesto de disculpa. Sus ojos pequeños y duros todavía me miraban. Yo esperé, con un calcetín puesto y el otro en las manos, tratando de adivinar lo que querría ahora.
Lo que quería pedir —dijo bajito, tan bajito ahora que su voz era como la música de un concierto, oída desde lejos— era que en vez de propina le diera el treinta y tres coma tres por ciento de mis ganancias en las cartas, en todo el fin de semana. Si perdía no tendría que pagar nada.
Lo dijo todo tan suave, tranquila y rápidamente, que ni tan siquiera me sorprendió.
—¿Se juega mucho a las cartas, Jelks?
—Sí, señor, mucho.
—¿No cree que el treinta y tres coma tres es demasiado?
—No lo creo, señor.
—Le daré un diez por ciento.
—No, señor, eso no.
Examinaba las uñas de mi mano izquierda y arqueaba las cejas.
—Bien, entonces el quince. ¿De acuerdo?
—Treinta y tres coma tres, señor. Es muy razonable. Después de todo, señor, yo no sé siquiera si es usted un buen jugador o sea que lo que estoy haciendo es, y no quiero ser personal, apostar por un caballo que nunca he visto correr.
Sin duda ustedes pensarán que nunca debí empezar a regatear con el mayordomo y quizá tengan razón, pero soy una persona muy liberal y siempre trato de ser afable con la clase baja. Aparte de esto, cuanto más pensaba en ello, más me convencía a mí mismo de que era una oferta que ningún deportista podía rehusar.
—De acuerdo, Jelks, como quiera.
—Gracias, señor.
Se dirigió hacia la puerta andando despacio, pero cuando tenía la mano puesta en el pomo se volvió:
—¿Le puedo dar un consejo, señor?
—¿Qué es?
—Simplemente decirle que Su Señoría tiende a pujar muy alto.
Bueno, esto era demasiado. Estaba tan asustado que dejé caer el calcetín. Después de todo, una cosa es tener un pequeño arreglo deportivo con el mayordomo acerca de las propinas; pero cuando trata de conchabarse contigo para sacarle dinero a la anfitriona ha llegado el momento de pararle los pies.
—Bueno, Jelks, ya está bien.
—No se ofenda, señor, lo que quiero decir es que puede jugar contra Su Señoría. Ella siempre juega con el comandante Haddock.
—¿Con el comandante Haddock? ¿Jack Haddock?
—Sí, señor.
Observé un tono de burla en los labios de Jelks al hablar de ese hombre, y todavía era peor con lady Turton. Cada vez que decía «Su Señoría» los labios se le curvaban como si estuviera chupando un limón, y había una inflexión en su voz sutilmente jocosa.
—Ahora me debe perdonar, señor. Su Señoría bajará a las siete en punto, así como el comandante Haddock y los otros.
Salió silenciosamente igual que había entrado, dejando una sensación de gran tranquilidad en el cuarto.
Un poco después de las siete, bajé al salón principal. Lady Turton se levantó a saludarme- tan bella como siempre.
—No estaba muy segura de que viniera —dijo con voz curiosamente saltarina—. ¿Cuál es su nombre, por favor?
—Me temo que le tomé la palabra, lady Turton; espero que no la haya retirado.
—No, claro que no —dijo—. Hay cuarenta y siete dormitorios en la casa. Este es mi marido.
Un hombre pequeño salió por detrás de ella y dijo:
—Me alegro de que haya podido venir. Tenía una sonrisa agradable y al darme la mano sentí el roce de la amistad en los dedos.
—Y ésta es Carmen La Rosa —continuó Lady Turton.
Era una mujer que parecía como si tuviera algo que ver con los caballos. Se inclinó hacia mí y, aunque mi mano estaba a medio camino para estrechar la suya, ella no me la tendió, forzándome a hacer un falso movimiento con esa mano en dirección a la nariz.
—¿Está resfriado? Lo siento.
No me gustó miss Carmen La Rosa.
—Y éste es Jack Haddock.
Yo conocía a ese hombre ligeramente. Era director de compañías (a saber qué significará eso) y un miembro muy conocido en sociedad. Su nombre había salido varias veces en mis columnas, pero nunca me había gustado y ello era debido principalmente a que detesto a la gente que lleva los títulos militares en su vida privada, especialmente comandantes y coroneles. Con el traje de etiqueta y su cara muy de hombre, sus cejas negras y dientes grandes y blancos, parecía tan guapo que resultaba casi indecente. Tenía una manera muy estudiada de levantar el labio superior cuando sonreía enseñando los dientes. Me tendió la mano.
—Espero que diga cosas buenas de nosotros en su columna.
—Lo tendrá que hacer —dijo lady Turton—, porque si no yo diré cosas feas de él, en mi primera página.
Yo me reí, pero lady Turton, el comandante Haddock y Carmen La Rosa se volvieron de espaldas y se sentaron de nuevo en el sofá. Jelks me dio una bebida y sir Basil me llevó a la otra parte de la habitación para conversar un rato con él.
A cada momento lady Turton llamaba a su esposo para pedirle algo: otro martini, un cigarrillo, un cenicero, un pañuelo, y cuando él se iba a levantar de la silla se le anticipaba Jelks, solícito y atento a todos los detalles.
Era evidente que Jelks adoraba a su dueño y era fácil de ver que odiaba a su esposa. Cada vez que él hacía algo por ella, el mayordomo se erguía y en su rostro asomaba un gesto de desprecio.
En la cena, la anfitriona sentó a sus dos amigos a su lado. Este arreglo nos dejaba a sir Basil y a mí en la otra parte de la mesa, donde pudimos continuar nuestra agradable conversación acerca de pintura y escultura.
Naturalmente, ahora veía claro que el comandante estaba enamorado de Su Señoría, y también, aunque odio tener que decirlo, La Rosa quería cazar el mismo pájaro.
Todas estas locuras parecían deleitar a la anfitriona, pero no al marido. Me daba cuenta de que él estaba pendiente de ellos todo el tiempo, mientras hablábamos; a menudo su mente se alejaba de la conversación y se cortaba a la mitad de una frase, mientras sus ojos se dirigían a la otra parte de la mesa, deteniéndose patéticamente en aquella adorable cabeza de pelo negro y las pestañas curiosamente aleteantes. Parecía haberse dado cuenta de cómo coqueteaba ella, cómo dejaba su mano descuidada en el brazo del comandante mientras hablaban y cómo la otra mujer, la que debía tener algo que ver con los caballos, decía a cada momento:
—¡Natalia! ¡Oye, Natalia, escúchame!
—Mañana me tiene que enseñar las esculturas que hay en el jardín —propuse yo.
—Naturalmente —dijo él—, lo haré con mucho gusto.
Miró otra vez a su esposa, sus ojos tenían una mirada suplicante y triste. Era un hombre tan bueno y tan pasivo, que aun en esos momentos no había rastro de ira en él, ni veía peligro de una explosión.
Después de cenar fuimos a jugar a las cartas. Yo tenía por compañera a miss Carmen La Rosa contra el comandante Haddock y lady Turton. Sir Basil se sentó silenciosamente en el sofá con un libro en las manos.
No hubo nada digno de mención en el juego: fue rutinario y monótono, pero sobre todo Jelks se puso muy pesado. Se pasó toda la noche deambulando por allí, vaciándonos ceniceros, trayéndonos bebidas y mirando nuestras cartas. Se notaba que era corto de vista y dudo que pudiera ver nuestros juegos porque, por si no lo saben, les diré que aquí en Inglaterra nunca se ha permitido a los mayordomos llevar gafas ni, ya puestos a prohibir, bigote. Es una regla inalterable y muy acertada también, aunque no estoy muy seguro del porqué de esta prohibición. Supongo que el bigote les haría parecer unos caballeros y las gafas resultaban cosa de americanos, en cuyo caso me gustaría saber qué pasa con nosotros. De todas formas, Jelks estuvo muy pesado toda la noche y también lady Turton, a la cual llamaban constantemente por asuntos de la prensa.
A las once en punto levantó los ojos de sus cartas y dijo:
—Basil, ya es hora de que te vayas a la cama.
—Sí, querida, ya voy.
Cerró el libro y estuvo un momento mirando el juego.
—¿Cómo va eso? —preguntó.
Nadie se dignó contestarle, así que yo le dije:
—Muy bien, es una bonita partida.
—Me alegro. Jelks les cuidará y les dará lo que deseen.
—Jelks también puede irse a la cama —dijo ella.
A mi lado oía respirar por la nariz al comandante Haddock y el sonido de las cartas al caer, una por una, en la mesa, y los pasos de Jelks sobre la alfombra.
—¿No quiere que me quede, señora?
—No. Váyase a la cama, y tú también, Basil.
—Sí, querida, buenas noches. Buenas noches a todos. Jelks le abrió la puerta y salió lentamente, seguido de su mayordomo.
Tan pronto terminó la siguiente jugada, dije que yo también quería irme a la cama.
—Muy bien —dijo lady Turton—, buenas noches. Fui a mi habitación, cerré la puerta con pestillo, tomé mi píldora y me acosté.
A la mañana siguiente, domingo, me levanté y vestí hacia las diez y luego bajé a desayunar. Sir Basil estaba allí frente a mí. Jelks le servía riñones asados, con jamón y tomate frito. Se alegró de verme y me sugirió que en cuanto hubiera terminado de desayunar, daríamos un largo paseo por los alrededores. Yo mostré mi agrado por esta sugerencia.
Media hora más tarde salimos. Me sentí muy reconfortado de alejarme de aquella casa y salir al aire libre. Era uno de esos días buenos que aparecen a veces a mitad del invierno, después de una noche de lluvia copiosa, con un sol resplandeciente y ni un soplo de viento. Los árboles desnudos estaban muy bellos a la luz del sol. Todavía caían gotas de las ramas y todo en derredor. Las manchas de humedad titilaban con resplandores de diamantes. El cielo estaba tachonado de nubéculas.
—¡Qué día tan maravilloso!
—Sí, es fantástico.
Ya no volvimos a hablar durante el paseo; no era necesario; pero me llevó por todas partes y lo vi todo: el ajedrez gigante y el resto de aquellas maravillas. Las casitas del jardín, los estanques, las fuentes, los laberintos de los niños, los bosquecillos, las viñas y los árboles nectarianos; y naturalmente, las esculturas. La mayoría de los escultores europeos contemporáneos estaban allí, en bronce, granito, piedra caliza y madera; y aunque era muy bonito verlos erguirse al sol, a mí me parecía que estaban fuera de lugar en una mansión tan clásica.
—¿Descansamos aquí un poquito? —dijo sir Basil, después de haber andado más de una hora.
Nos sentamos en un banco, junto al estanque de lirios de agua, lleno de carpas. Encendimos sendos cigarrillos. Estábamos algo separados de la casa, en un montículo que se levantaba sobre los alrededores, y desde allí veíamos los jardines que se extendían, debajo de nosotros, como un dibujo de los viejos libros de arquitectura jardinera; con setos, praderas, terrazas y fuentes formando un bonito y original dibujo de cuadros y círculos.
—Mi padre compró esta casa antes de nacer yo —dijo sir Basil—, he vivido aquí toda mi vida y me la conozco palmo a palmo. Cada día me gusta más.
—Debe de ser maravillosa en verano.
—Sí lo es. Debería venir a verla en mayo o junio. ¿Me promete que vendrá?
—Sí, claro —dije yo—. Me encantaría venir.
Mientras hablaba estaba observando la figura de una mujer vestida de rojo, moviéndose por entre las flores en la distancia. La veía por encima de una gran extensión de césped, con su peculiar modo de andar. Al llegar a la pradera torció hacia la izquierda, pasó por debajo de unos tejos y llegó a una pradera más pequeña que era circular y tenía en su centro una escultura.
—El jardín es más moderno que la casa —dijo sir Basil—; fue plantado en el siglo XVIII por un francés llamado Beaumont, el mismo que hizo Levens, en Westmoreland. Tuvo doscientos cincuenta hombres trabajando aquí, durante un año seguido.
La mujer del vestido rojo se había reunido ahora con un hombre. Estaban cara a cara, a un metro de distancia, justo en el centro del jardín de aquella pequeña pradera, aparentemente conversando. El hombre tenía un objeto negro en su mano.
—Si le interesa, le enseñaré las cuentas que Beaumont le presentaba al viejo duque, mientras estaban haciendo las obras.
—Me gustaría mucho verlas. Deben de ser interesantes.
—Pagaba a sus trabajadores cada día y trabajaban diez horas.
En la claridad del día, no era difícil seguir los movimientos y gestos de las figuras de la pradera. Ahora se habían vuelto hacia la escultura y la señalaban como burlándose de ella, probablemente riéndose de su forma. Vi que se trataba de una escultura de Henry Moore hecha de madera, un fino objeto de singular belleza que tenía dos o tres orificios y un número de extraños miembros salientes.
—Cuando Beaumont plantó los tejos para el ajedrez gigante y todas las otras cosas, sabía que no lucirían hasta dentro de cien años. Nosotros no tenemos esa paciencia para plantar ahora, ¿verdad?
—No, ciertamente que no.
El objeto que el hombre tenía en la mano resultó ser una cámara fotográfica y ahora se había retirado dos pasos y estaba tomando fotografías a la mujer, al lado del Henry Moore. Ella iba adoptando diferentes poses, en todas ellas, por lo que yo distinguía, pretendiendo ser graciosa. Una vez puso sus brazos alrededor de uno de los miembros salientes y se abrazó a él, otra vez se subió y se sentó a caballo sobre él, llevando unas riendas imaginarias en sus manos. Los tejos ocultaban a las dos personas de la casa y del resto del jardín, excepto en la pequeña colina donde nosotros estábamos sentados. Ellos estaban seguros de que nadie los veía y, aunque hubiesen mirado hacia nosotros, estando de cara al sol dudo que vieran a dos figuras sentadas en el estanque.
—Me gustan esos tejos —habló sir Basil—: su color hace muy bonito en un jardín, porque los ojos pueden descansar en ellos, y en verano rompen la monotonía de la brillantez, con sus frutos colorados y sus pequeñas florecillas. ¿Se ha fijado en los diferentes tonos de verde que hay en los árboles?
—Es realmente muy bonito.
El hombre parecía estar explicando algo a la mujer, apuntando con el dedo a Henry Moore. Me daba cuenta, por la forma de mover las cabezas, que estaban riendo otra vez. El hombre continaba señalando con el dedo. Entonces la mujer se fue por detrás de la escultura de madera, se inclinó y metió la cabeza en uno de los agujeros. El conjunto tenía el tamaño, yo diría, de un caballo joven, y desde aquí se podían ver las dos partes, a la izquierda el cuerpo de la mujer y a la derecha su cabeza saliendo del agujero. Era como uno de esos juegos de playa en los que se pone la cabeza en el agujero de un panel para ser fotografiado como una señora gorda. En aquellos momentos el hombre le estaba haciendo una foto.
—Hay otra cosa sobre los tejos —continuó sir Basil—. Al principio del verano, cuando brotan los capullos... Dejó de hablar repentinamente. Su cuerpo se irguió.
—Sí —dije yo—. ¿Cuando los capullos brotan...?
El hombre ya había tomado la foto, pero la mujer todavía tenía la cabeza en los agujeros. Le vi poner las manos y la máquina en la espalda y avanzar hacia ella. Se inclinó hasta tocar su rostro y le dio, supongo, algunos besos o algo parecido. En el silencio que siguió imaginé oír una risa femenina donde ellos estaban.
—¿Volvemos a casa? —pregunté.
—¿A casa?
—Sí. ¿Volvemos a tomar algo antes de comer?
—¿Una bebida? Sí, tomaremos algo.
Pero no se movió. Se sentó muy quieto, lejos de mí, mirando a las dos figuras con intensidad. Yo también las miraba, no podía separar los ojos, tenía que mirarlas. Era como ver un ballet en miniatura. Conocía a los artistas y la música, pero no el final de la historia, ni la coreografía, ni lo que iba a pasar. Estaba fascinado y no podía hacer otra cosa.
—Gaudier Breska —dije yo—. ¿Dónde cree usted que hubiera llegado si no hubiera muerto tan joven?
—¿Quién?
—Gaudier Breska.
—Sí —habló distraídamente—, desde luego...
Ahora notaba que algo raro estaba pasando. La mujer tenía todavía la cabeza en el agujero, pero estaba empezando a remover su cuerpo de un lado a otro de una forma extremadamente peculiar. El hombre, a un paso de ella, la miraba sin hacer ningún movimiento. Por unos momentos se quedó quieto; luego puso la máquina en el suelo y se dirigió a la mujer, tomando la cabeza entre sus manos; de repente se convirtieron de figuras de ballet en marionetas; pequeñas figuritas de madera haciendo movimientos bruscos e irreales en un lejano escenario.
Permanecimos sentados sin decir una sola palabra. Observábamos cómo la delgada marioneta masculina manipulaba la cabeza de la mujer. Lo hacía suavemente, de esto no había duda alguna, suave y lentamente, dando un paso atrás de vez en cuando para pensar un modo mejor de sacarle la cabeza de allí, o bien moviéndose hacia un lado para ver desde otro ángulo la posición de ésta. En cuanto la dejaba sola, la mujer volvía a retorcerse de la misma manera que se mueve un perro cuando se le pone la cadena por vez primera.
—No puede salir —dijo sir Basil.
El hombre se dirigió a la otra parte de la escultura donde estaba el cuerpo de la mujer, levantó las manos y empezó a manipular con el cuello. De repente, desesperado, le dio dos o tres estirones por el cuello. Esta vez el sonido de la voz de ella se dejó oír con ira y dolor, y llegó hasta nosotros nítidamente a través de la luz del día.
Por el rabillo del ojo vi a sir Basil mover la cabeza repetidas veces.
—Una vez metí la mano en un jarrón de dulces y no la pude sacar —dijo.
El hombre había retrocedido unos metros. Tenía la manos en las caderas y la cabeza levantada. Se le notaba furioso y desesperado al mismo tiempo. La mujer, en su poco confortable posición, parecía hablarle, o más bien gritarle y aunque no podía moverse mucho, las piernas las tenía libres y las movía continuamente.
—Rompí el jarrón con un martillo y le dije a mi madre que se me había caído del estante sin darme cuenta.
Ahora parecía más calmado, aunque su voz tenía un curioso tono.
—Creo que deberíamos ir, por si acaso podemos ayudarles en algo.
—Creo que sí.
Pero no se movió. Sacó un cigarrillo y lo encendió, poniendo luego el fósforo gastado en la caja de nuevo. Nos levantamos y bajamos lentamente la cuesta de la pequeña colina.
—¡Oh, perdone! ¿Quiere uno?
—Sí, gracias.
Hizo una pequeña ceremonia para darme el cigarrillo y encendérmelo él mismo, poniendo otra vez el fósforo gastado dentro de la caja.
Nuestra llegada fue una sorpresa para ellos.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó sir Basil. Hablaba suavemente, con una peligrosa suavidad que estoy seguro su esposa no había oído nunca anteriormente.
—Ha metido la cabeza en el agujero y ahora no puede sacarla de ahí —dijo el comandante Haddock—. Fue para sacarle una foto.
—¿Para qué una foto?
—¡Basil! —gritó lady Turton—. ¡No digas tonterías y haz algo!
No se podía mover mucho, pero podía hablar.
—Es evidente que tendremos que romper este pedazo de madera —dijo el comandante.
En su bigote gris había un tinte rojo, y esto, con un poco más de color en sus mejillas, le hacía extremadamente ridículo.
—¿Romper el Henry Moore?
—Mi querido amigo, no hay otra forma de liberar a la señora. Dios sabe cómo se las ha compuesto para meterse, pero lo cierto es que ahora no puede sacar la cabeza. Las orejas lo impiden.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó sir Basil—. ¡Qué pena! ¡Mi precioso Henry Moore!
En aquel momento lady Turton empezó a hablarle a su marido de una forma muy desagradable, que no se sabe hasta cuándo hubiera durado si no hubiera salido Jelks repentinamente de las sombras. Apareció silenciosamente por la pradera y se colocó a cierta distancia de sir Basil como esperando instrucciones. Su traje negro resultaba ridículo en la soleada mañana. Todo en él resultaba anticuado, como si fuera un animalito que hubiera vivido toda su vida en un agujero bajo tierra.
—¿Puedo hacer algo, sir Basil?
Mantuvo su voz normal, pero su cara reflejaba destellos misteriosos al ver el estado de lady Turton.
—Sí, Jelks. Vuelve y tráeme una sierra o algo para que pueda cortar la madera.
—¿Llamo a alguno de los hombres, sir Basil? William es un buen carpintero.
—No, lo haré yo mismo, date prisa.
Mientras esperaban a Jelks, yo me separé de allí porque no quería oír las cosas que lady Turton decía a su marido. Volví en el momento en que regresaba el mayordorno, seguido de la otra mujer, Carmen La Rosa, quien se acercó rápidamente a la anfitriona.
—¡Natalia! ¡Mi querida Natalia! ¿Qué te han hecho?
—¡Oh, cállate! —contestó la otra—. ¡Quítate de enmedio!
Sir Basil se colocó muy cerca de la cabeza de su mujer, esperando a Jelks. Este avanzaba despacio, llevando una sierra en la mano y un hacha en la otra y se paró delante de él. Le enseñó ambas herramientas para que escogiera y hubo un momento, sólo un segundo o dos, de silencio y de espera. Por casualidad miré a Jelks en ese momento. Vi que la mano que llevaba el hacha sobresalía dos centímetros más en dirección a sir Basil. Fue un movimiento tan imperceptible que nadie se dio cuenta. Adelantó la mano, lenta y secretamente, con una oferta acompañada quizá de un pequeñísimo enarcamiento de cejas.
No estoy seguro de que sir Basil lo viera, pero dudó unos instantes y, de nuevo, la mano que llevaba el hacha se extendió hacia adelante. Era exactamente igual que ese truco de las cartas, en que un hombre te dice «coge la que quieras» y siempre se coge la que él quiere.
Sir Basil cogió el hacha. Le vi acercarse a ella en actitud casi sonámbula y luego aceptarla de Jelks. Pero en el momento en que la asió entre sus manos, pareció darse cuenta de lo que se quería de él y volvió a la vida.
Para mí, después de aquello, fue como ese terrible instante en que se ve a un niño cruzando la calle en el momento en que viene un coche y lo único que se puede hacer es cerrar los ojos y esperar a que el ruido nos diga lo que ha sucedido. El momento de la espera se convierte en un lúcido período de tiempo lleno de lunares amarillos y negros, que bailan en un campo oscuro y aunque se abran los ojos y se encuentre con que nadie está herido, ni muerto, no existe ninguna diferencia, porque en nuestra imaginación sucedió así.
Yo vi este accidente, con todos sus detalles, y no abrí los ojos hasta que oí la voz de sir Basil llamando con ligera insistencia al mayordomo.
—Jelks —llamó.
Al mirar le vi, tranquilo como siempre, sosteniendo aún el hacha con las manos. La cabeza de lady Turton estaba allí también, todavía metida en el agujero, pero su rostro tenía un color gris ceniza y su boca se abría y se cerraba, emitiendo sonidos inarticulados.
—Escucha, Jelks —dijo sir Basil—. ¿En qué estabas pensando? Esto es demasiado peligroso. Dame la sierra.
Al cambiar los instrumentos, vi por primera vez colorearse las mejillas de ella y, encima, en torno a los ojos, las arrugas que se producen cuando uno sonríe.
Relatos de lo inesperado, 1979.
jueves, 2 de julio de 2020
La rama seca. Ana María Matute.
1
Apenas tenía seis años y aún no la llevaban al campo. Era por el tiempo de la siega, con un calor grande, abrasador, sobre los senderos. La dejaban en casa, cerrada con llave, y le decían:
—Que seas buena, que no alborotes: y si algo te pasara, asómate a la ventana y llama a doña Clementina.
Ella decía que sí con la cabeza. Pero nunca le ocurría nada, y se pasaba el día sentada al borde de la ventana, jugando con “Pipa”.
Doña Clementina la veía desde el huertecillo. Sus casas estaban pegadas la una a la otra, aunque la de doña Clementina era mucho más grande, y tenía, además, un huerto con un peral y dos ciruelos. Al otro lado del muro se abría el ventanuco tras el cual la niña se sentaba siempre. A veces, doña Clementina levantaba los ojos de su costura y la miraba.
—¿Qué haces, niña?
La niña tenía la carita delgada, pálida, entre las flacas trenzas de un negro mate.
—Juego con “Pipa” —decía.
Doña Clementina seguía cosiendo y no volvía a pensar en la niña. Luego, poco a poco, fue escuchando aquel raro parloteo que le llegaba de lo alto, a través de las ramas del peral. En su ventana, la pequeña de los Mediavilla se pasaba el día hablando, al parecer, con alguien.
—¿Con quién hablas, tú?
—Con “Pipa”.
Doña Clementina, día a día, se llenó de una curiosidad leve, tierna, por la niña y por “Pipa”. Doña Clementina estaba casada con don Leoncio, el médico. Don Leoncio era un hombre adusto y dado al vino, que se pasaba el día renegando de la aldea y de sus habitantes. No tenían hijos y doña Clementina estaba ya hecha a su soledad. En un principio, apenas pensaba en aquella criatura, también solitaria, que se sentaba al alféizar de la ventana. Por piedad la miraba de cuando en cuando y se aseguraba de que nada malo le ocurría. La mujer Mediavilla se lo pidió:
—Doña Clementina, ya que usted cose en el huerto por las tardes, ¿querrá echar de cuando en cuando una mirada a la ventana, por si le pasara algo a la niña? Sabe usted, es aún pequeña para llevarla a los pagos…
—Sí, mujer, nada me cuesta. Marcha sin cuidado…
Luego, poco a poco, la niña de los Mediavilla y su charloteo ininteligible, allá arriba, fueron metiéndosele pecho adentro.
—Cuando acaben con las tareas del campo y la niña vuelva a jugar en la calle, la echaré a faltar —se decía.
2
Un día, por fin, se enteró de quién era “Pipa”.
—La muñeca —explicó la niña.
—Enséñamela…
La niña levantó en su mano terrosa un objeto que doña Clementina no podía ver claramente.
—No la veo, hija. Échamela…
La niña vaciló.
—Pero luego, ¿me la devolverá?
—Claro está…
La niña le echó a “Pipa” y doña Clementina, cuando la tuvo en sus manos, se quedó pensativa. “Pipa” era simplemente una ramita seca envuelta en un trozo de percal sujeto con un cordel. Le dio la vuelta entre los dedos y miró con cierta tristeza hacia la ventana. La niña la observaba con ojos impacientes y extendía las dos manos.
—¿Me la echa, doña Clementina…?
Doña Clementina se levantó de la silla y arrojó de nuevo a “Pipa” hacia la ventana. “Pipa” pasó sobre la cabeza de la niña y entró en la oscuridad de la casa. La cabeza de la niña desapareció y al cabo de un rato asomó de nuevo, embebida en su juego.
Desde aquel día doña Clementina empezó a escucharla. La niña hablaba infatigablemente con “Pipa”.
—“Pipa”, no tengas miedo, estate quieta. ¡Ay, “Pipa”, cómo me miras! Cogeré un palo grande y le romperé la cabeza al lobo. No tengas miedo, “Pipa”… Siéntate, estate quietecita, te voy a contar, el lobo está ahora escondido en la montaña…
La niña hablaba con “Pipa” del lobo, del hombre mendigo con su saco lleno de gatos muertos, del horno del pan, de la comida. Cuando llegaba la hora de comer la niña cogía el plato que su madre le dejó tapado, al arrimo de las ascuas. Lo llevaba a la ventana y comía despacito, con su cuchara de hueso. Tenía a “Pipa” en las rodillas, y la hacía participar de su comida.
—Abre la boca, “Pipa”, que pareces tonta…
Doña Clementina la oía en silencio. La escuchaba, bebía cada una de sus palabras. Igual que escuchaba al viento sobre la hierba y entre las ramas, la algarabía de los pájaros y el rumor de la acequia.
3
Un día, la niña dejó de asomarse a la ventana. Doña Clementina le preguntó a la mujer Mediavilla:
—¿Y la pequeña?
—Ay, está delicá, sabe usted. Don Leoncio dice que le dieron las fiebres de Malta.
—No sabía nada…
Claro, ¿cómo iba a saber algo? Su marido nunca le contaba los sucesos de la aldea.
—Sí —continuó explicando la Mediavilla—. Se conoce que algún día debí dejarme la leche sin hervir… ¿sabe usted? ¡Tiene una tanto que hacer! Ya ve usted, ahora, en tanto se reponga, he de privarme de los brazos de Pascualín.
Pascualín tenía doce años y quedaba durante el día al cuidado de la niña. En realidad, Pascualín salía a la calle o se iba a robar fruta al huerto vecino, al del cura o al del alcalde. A veces, doña Clementina oía la voz de la niña que llamaba. Un día se decidió a ir, aunque sabía que su marido la regañaría.
La casa era angosta, maloliente y oscura. Junto al establo nacía una escalera, en la que se acostaban las gallinas. Subió, pisando con cuidado los escalones apolillados que crujían bajo su peso. La niña la debió oír, porque gritó:
—¡Pascualín! ¡Pascualín!
Entró en una estancia muy pequeña, a donde la claridad llegaba apenas por un ventanuco alargado. Afuera, al otro lado, debían moverse las ramas de algún árbol, porque la luz era de un verde fresco y encendido, extraño como un sueño en la oscuridad. El fajo de luz verde venía a dar contra la cabecera de la cama de hierro en que estaba la niña. Al verla, abrió más sus párpados entornados.
—Hola, pequeña —dijo doña Clementina—. ¿Qué tal estás?
La niña empezó a llorar de un modo suave y silencioso. Doña Clementina se agachó y contempló su carita amarillenta, entre las trenzas negras.
—Sabe usted —dijo la niña—, Pascualín es malo. Es un bruto. Dígale usted que me devuelva a “Pipa”, que me aburro sin “Pipa”…
Seguía llorando. Doña Clementina no estaba acostumbrada a hablar a los niños, y algo extraño agarrotaba su garganta y su corazón.
Salió de allí, en silencio, y buscó a Pascualín. Estaba sentado en la calle, con la espalda apoyada en el muro de la casa. Iba descalzo y sus piernas morenas, desnudas, brillaban al sol como dos piezas de cobre.
—Pascualín —dijo doña Clementina.
El muchacho levantó hacia ella sus ojos desconfiados. Tenía las pupilas grises y muy juntas y el cabello le crecía abundante como a una muchacha, por encima de las orejas.
—Pascualín, ¿qué hiciste de la muñeca de tu hermana? Devuélvesela.
Pascualín lanzó una blasfemia y se levantó.
—¡Anda! ¡La muñeca dice! ¡Aviaos estamos!
Dio media vuelta y se fue hacia la casa, murmurando.
Al día siguiente, doña Clementina volvió a visitar a la niña. En cuanto la vio, como si se tratara de una cómplice, la pequeña le habló de “Pipa”:
—Que me traiga a “Pipa”, dígaselo usted, que la traiga…
El llanto levantaba el pecho de la niña, le llenaba la cara de lágrimas, que caían despacio hasta la manta.
—Yo te voy a traer una muñeca, no llores.
Doña Clementina dijo a su marido, por la noche:
—Tendría que bajar a Fuenmayor, a unas compras.
—Baja —respondió el médico, con la cabeza hundida en el periódico.
4
A las seis de la mañana doña Clementina tomó el auto de línea, y a las once bajó en Fuenmayor. En Fuenmayor había tiendas, mercado, y un gran bazar llamado “El Ideal”. Doña Clementina llevaba sus pequeños ahorros envueltos en un pañuelo de seda. En “El Ideal” compró una muñeca de cabello crespo y ojos redondos y fijos, que le pareció muy hermosa. “La pequeña va a alegrarse de veras”, pensó. Le costó más cara de lo que imaginaba, pero pagó de buena gana.
Anochecía ya cuando llegó a la aldea. Subió la escalera y, algo avergonzada de sí misma, notó que su corazón latía fuerte. La mujer Mediavilla estaba ya en casa, preparando la cena. En cuanto la vio alzó las dos manos.
—¡Ay, usté, doña Clementina! ¡Válgame Dios, ya disimulará en qué trazas la recibo! ¡Quién iba a pensar…!
Cortó sus exclamaciones.
—Venía a ver a la pequeña, le traigo un juguete…
Muda de asombro la Mediavilla la hizo pasar.
—Ay, cuitada, y mira quién viene a verte…
La niña levantó la cabeza de la almohada. La llama de un candil de aceite, clavado en la pared, temblaba, amarilla.
—Mira lo que te traigo: te traigo otra “Pipa”, mucho más bonita.
Abrió la caja y la muñeca apareció, rubia y extraña.
Los ojos negros de la niña estaban llenos de una luz nueva, que casi embellecía su carita fea. Una sonrisa se le iniciaba, que se enfrió en seguida a la vista de la muñeca. Dejó caer de nuevo la cabeza en la almohada y empezó a llorar despacio y silenciosamente, como acostumbraba.
—No es “Pipa” —dijo—. No es “Pipa”.
La madre empezó a chillar:
—¡Habrase visto la tonta! ¡Habrase visto, la desagradecida! ¡Ay, por Dios, doña Clementina, no se lo tenga usted en cuenta, que esta moza nos ha salido retrasada…!
Doña Clementina parpadeó. (Todos en el pueblo sabían que era una mujer tímida y solitaria, y le tenían cierta compasión).
—No importa, mujer —dijo, con una pálida sonrisa—. No importa.
Salió. La mujer Mediavilla cogió la muñeca entre sus manos rudas, como si se tratara de una flor.
—¡Ay, madre, y qué cosa más preciosa! ¡Habrase visto la tonta ésta…!
Al día siguiente doña Clementina recogió del huerto una ramita seca y la envolvió en un retal. Subió a ver a la niña:
—Te traigo a tu “Pipa”.
La niña levantó la cabeza con la viveza del día anterior. De nuevo, la tristeza subió a sus ojos oscuros.
—No es “Pipa”.
Día a día, doña Clementina confeccionó “Pipa” tras “Pipa”, sin ningún resultado. Una gran tristeza la llenaba, y el caso llegó a oídos de don Leoncio.
—Oye, mujer: que no sepa yo de más majaderías de ésas… ¡Ya no estamos, a estas alturas, para andar siendo el hazmerreír del pueblo! Que no vuelvas a ver a esa muchacha: se va a morir, de todos modos…
—¿Se va a morir?
—Pues claro, ¡que remedio! No tienen posibilidades los Mediavilla para pensar en otra cosa… ¡Va a ser mejor para todos!
5
En efecto, apenas iniciado el otoño, la niña se murió. Doña Clementina sintió un pesar grande, allí dentro, donde un día le naciera tan tierna curiosidad por “Pipa” y su pequeña madre.
6
Fue a la primavera siguiente, ya en pleno deshielo, cuando una mañana, rebuscando en la tierra, bajo los ciruelos, apareció la ramita seca, envuelta en su pedazo de percal. Estaba quemada por la nieve, quebradiza, y el color rojo de la tela se había vuelto de un rosa desvaído. Doña Clementina tomó a “Pipa” entre sus dedos, la levantó con respeto y la miró, bajo los rayos pálidos del sol.
—Verdaderamente— se dijo—. ¡Cuánta razón tenía la pequeña! ¡Qué cara tan hermosa y triste tiene esta muñeca!
Historias de la Artámila, 1961.
Apenas tenía seis años y aún no la llevaban al campo. Era por el tiempo de la siega, con un calor grande, abrasador, sobre los senderos. La dejaban en casa, cerrada con llave, y le decían:
—Que seas buena, que no alborotes: y si algo te pasara, asómate a la ventana y llama a doña Clementina.
Ella decía que sí con la cabeza. Pero nunca le ocurría nada, y se pasaba el día sentada al borde de la ventana, jugando con “Pipa”.
Doña Clementina la veía desde el huertecillo. Sus casas estaban pegadas la una a la otra, aunque la de doña Clementina era mucho más grande, y tenía, además, un huerto con un peral y dos ciruelos. Al otro lado del muro se abría el ventanuco tras el cual la niña se sentaba siempre. A veces, doña Clementina levantaba los ojos de su costura y la miraba.
—¿Qué haces, niña?
La niña tenía la carita delgada, pálida, entre las flacas trenzas de un negro mate.
—Juego con “Pipa” —decía.
Doña Clementina seguía cosiendo y no volvía a pensar en la niña. Luego, poco a poco, fue escuchando aquel raro parloteo que le llegaba de lo alto, a través de las ramas del peral. En su ventana, la pequeña de los Mediavilla se pasaba el día hablando, al parecer, con alguien.
—¿Con quién hablas, tú?
—Con “Pipa”.
Doña Clementina, día a día, se llenó de una curiosidad leve, tierna, por la niña y por “Pipa”. Doña Clementina estaba casada con don Leoncio, el médico. Don Leoncio era un hombre adusto y dado al vino, que se pasaba el día renegando de la aldea y de sus habitantes. No tenían hijos y doña Clementina estaba ya hecha a su soledad. En un principio, apenas pensaba en aquella criatura, también solitaria, que se sentaba al alféizar de la ventana. Por piedad la miraba de cuando en cuando y se aseguraba de que nada malo le ocurría. La mujer Mediavilla se lo pidió:
—Doña Clementina, ya que usted cose en el huerto por las tardes, ¿querrá echar de cuando en cuando una mirada a la ventana, por si le pasara algo a la niña? Sabe usted, es aún pequeña para llevarla a los pagos…
—Sí, mujer, nada me cuesta. Marcha sin cuidado…
Luego, poco a poco, la niña de los Mediavilla y su charloteo ininteligible, allá arriba, fueron metiéndosele pecho adentro.
—Cuando acaben con las tareas del campo y la niña vuelva a jugar en la calle, la echaré a faltar —se decía.
2
Un día, por fin, se enteró de quién era “Pipa”.
—La muñeca —explicó la niña.
—Enséñamela…
La niña levantó en su mano terrosa un objeto que doña Clementina no podía ver claramente.
—No la veo, hija. Échamela…
La niña vaciló.
—Pero luego, ¿me la devolverá?
—Claro está…
La niña le echó a “Pipa” y doña Clementina, cuando la tuvo en sus manos, se quedó pensativa. “Pipa” era simplemente una ramita seca envuelta en un trozo de percal sujeto con un cordel. Le dio la vuelta entre los dedos y miró con cierta tristeza hacia la ventana. La niña la observaba con ojos impacientes y extendía las dos manos.
—¿Me la echa, doña Clementina…?
Doña Clementina se levantó de la silla y arrojó de nuevo a “Pipa” hacia la ventana. “Pipa” pasó sobre la cabeza de la niña y entró en la oscuridad de la casa. La cabeza de la niña desapareció y al cabo de un rato asomó de nuevo, embebida en su juego.
Desde aquel día doña Clementina empezó a escucharla. La niña hablaba infatigablemente con “Pipa”.
—“Pipa”, no tengas miedo, estate quieta. ¡Ay, “Pipa”, cómo me miras! Cogeré un palo grande y le romperé la cabeza al lobo. No tengas miedo, “Pipa”… Siéntate, estate quietecita, te voy a contar, el lobo está ahora escondido en la montaña…
La niña hablaba con “Pipa” del lobo, del hombre mendigo con su saco lleno de gatos muertos, del horno del pan, de la comida. Cuando llegaba la hora de comer la niña cogía el plato que su madre le dejó tapado, al arrimo de las ascuas. Lo llevaba a la ventana y comía despacito, con su cuchara de hueso. Tenía a “Pipa” en las rodillas, y la hacía participar de su comida.
—Abre la boca, “Pipa”, que pareces tonta…
Doña Clementina la oía en silencio. La escuchaba, bebía cada una de sus palabras. Igual que escuchaba al viento sobre la hierba y entre las ramas, la algarabía de los pájaros y el rumor de la acequia.
3
Un día, la niña dejó de asomarse a la ventana. Doña Clementina le preguntó a la mujer Mediavilla:
—¿Y la pequeña?
—Ay, está delicá, sabe usted. Don Leoncio dice que le dieron las fiebres de Malta.
—No sabía nada…
Claro, ¿cómo iba a saber algo? Su marido nunca le contaba los sucesos de la aldea.
—Sí —continuó explicando la Mediavilla—. Se conoce que algún día debí dejarme la leche sin hervir… ¿sabe usted? ¡Tiene una tanto que hacer! Ya ve usted, ahora, en tanto se reponga, he de privarme de los brazos de Pascualín.
Pascualín tenía doce años y quedaba durante el día al cuidado de la niña. En realidad, Pascualín salía a la calle o se iba a robar fruta al huerto vecino, al del cura o al del alcalde. A veces, doña Clementina oía la voz de la niña que llamaba. Un día se decidió a ir, aunque sabía que su marido la regañaría.
La casa era angosta, maloliente y oscura. Junto al establo nacía una escalera, en la que se acostaban las gallinas. Subió, pisando con cuidado los escalones apolillados que crujían bajo su peso. La niña la debió oír, porque gritó:
—¡Pascualín! ¡Pascualín!
Entró en una estancia muy pequeña, a donde la claridad llegaba apenas por un ventanuco alargado. Afuera, al otro lado, debían moverse las ramas de algún árbol, porque la luz era de un verde fresco y encendido, extraño como un sueño en la oscuridad. El fajo de luz verde venía a dar contra la cabecera de la cama de hierro en que estaba la niña. Al verla, abrió más sus párpados entornados.
—Hola, pequeña —dijo doña Clementina—. ¿Qué tal estás?
La niña empezó a llorar de un modo suave y silencioso. Doña Clementina se agachó y contempló su carita amarillenta, entre las trenzas negras.
—Sabe usted —dijo la niña—, Pascualín es malo. Es un bruto. Dígale usted que me devuelva a “Pipa”, que me aburro sin “Pipa”…
Seguía llorando. Doña Clementina no estaba acostumbrada a hablar a los niños, y algo extraño agarrotaba su garganta y su corazón.
Salió de allí, en silencio, y buscó a Pascualín. Estaba sentado en la calle, con la espalda apoyada en el muro de la casa. Iba descalzo y sus piernas morenas, desnudas, brillaban al sol como dos piezas de cobre.
—Pascualín —dijo doña Clementina.
El muchacho levantó hacia ella sus ojos desconfiados. Tenía las pupilas grises y muy juntas y el cabello le crecía abundante como a una muchacha, por encima de las orejas.
—Pascualín, ¿qué hiciste de la muñeca de tu hermana? Devuélvesela.
Pascualín lanzó una blasfemia y se levantó.
—¡Anda! ¡La muñeca dice! ¡Aviaos estamos!
Dio media vuelta y se fue hacia la casa, murmurando.
Al día siguiente, doña Clementina volvió a visitar a la niña. En cuanto la vio, como si se tratara de una cómplice, la pequeña le habló de “Pipa”:
—Que me traiga a “Pipa”, dígaselo usted, que la traiga…
El llanto levantaba el pecho de la niña, le llenaba la cara de lágrimas, que caían despacio hasta la manta.
—Yo te voy a traer una muñeca, no llores.
Doña Clementina dijo a su marido, por la noche:
—Tendría que bajar a Fuenmayor, a unas compras.
—Baja —respondió el médico, con la cabeza hundida en el periódico.
4
A las seis de la mañana doña Clementina tomó el auto de línea, y a las once bajó en Fuenmayor. En Fuenmayor había tiendas, mercado, y un gran bazar llamado “El Ideal”. Doña Clementina llevaba sus pequeños ahorros envueltos en un pañuelo de seda. En “El Ideal” compró una muñeca de cabello crespo y ojos redondos y fijos, que le pareció muy hermosa. “La pequeña va a alegrarse de veras”, pensó. Le costó más cara de lo que imaginaba, pero pagó de buena gana.
Anochecía ya cuando llegó a la aldea. Subió la escalera y, algo avergonzada de sí misma, notó que su corazón latía fuerte. La mujer Mediavilla estaba ya en casa, preparando la cena. En cuanto la vio alzó las dos manos.
—¡Ay, usté, doña Clementina! ¡Válgame Dios, ya disimulará en qué trazas la recibo! ¡Quién iba a pensar…!
Cortó sus exclamaciones.
—Venía a ver a la pequeña, le traigo un juguete…
Muda de asombro la Mediavilla la hizo pasar.
—Ay, cuitada, y mira quién viene a verte…
La niña levantó la cabeza de la almohada. La llama de un candil de aceite, clavado en la pared, temblaba, amarilla.
—Mira lo que te traigo: te traigo otra “Pipa”, mucho más bonita.
Abrió la caja y la muñeca apareció, rubia y extraña.
Los ojos negros de la niña estaban llenos de una luz nueva, que casi embellecía su carita fea. Una sonrisa se le iniciaba, que se enfrió en seguida a la vista de la muñeca. Dejó caer de nuevo la cabeza en la almohada y empezó a llorar despacio y silenciosamente, como acostumbraba.
—No es “Pipa” —dijo—. No es “Pipa”.
La madre empezó a chillar:
—¡Habrase visto la tonta! ¡Habrase visto, la desagradecida! ¡Ay, por Dios, doña Clementina, no se lo tenga usted en cuenta, que esta moza nos ha salido retrasada…!
Doña Clementina parpadeó. (Todos en el pueblo sabían que era una mujer tímida y solitaria, y le tenían cierta compasión).
—No importa, mujer —dijo, con una pálida sonrisa—. No importa.
Salió. La mujer Mediavilla cogió la muñeca entre sus manos rudas, como si se tratara de una flor.
—¡Ay, madre, y qué cosa más preciosa! ¡Habrase visto la tonta ésta…!
Al día siguiente doña Clementina recogió del huerto una ramita seca y la envolvió en un retal. Subió a ver a la niña:
—Te traigo a tu “Pipa”.
La niña levantó la cabeza con la viveza del día anterior. De nuevo, la tristeza subió a sus ojos oscuros.
—No es “Pipa”.
Día a día, doña Clementina confeccionó “Pipa” tras “Pipa”, sin ningún resultado. Una gran tristeza la llenaba, y el caso llegó a oídos de don Leoncio.
—Oye, mujer: que no sepa yo de más majaderías de ésas… ¡Ya no estamos, a estas alturas, para andar siendo el hazmerreír del pueblo! Que no vuelvas a ver a esa muchacha: se va a morir, de todos modos…
—¿Se va a morir?
—Pues claro, ¡que remedio! No tienen posibilidades los Mediavilla para pensar en otra cosa… ¡Va a ser mejor para todos!
5
En efecto, apenas iniciado el otoño, la niña se murió. Doña Clementina sintió un pesar grande, allí dentro, donde un día le naciera tan tierna curiosidad por “Pipa” y su pequeña madre.
6
Fue a la primavera siguiente, ya en pleno deshielo, cuando una mañana, rebuscando en la tierra, bajo los ciruelos, apareció la ramita seca, envuelta en su pedazo de percal. Estaba quemada por la nieve, quebradiza, y el color rojo de la tela se había vuelto de un rosa desvaído. Doña Clementina tomó a “Pipa” entre sus dedos, la levantó con respeto y la miró, bajo los rayos pálidos del sol.
—Verdaderamente— se dijo—. ¡Cuánta razón tenía la pequeña! ¡Qué cara tan hermosa y triste tiene esta muñeca!
Historias de la Artámila, 1961.
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