Cuando entré a avisarle a mi padre que lo buscaban, estaba ahí,
junto al fuego, masticando brasas y cantando para agradecer a los
dioses los dones poseídos. Interrumpí su canto para decirle que
urgentemente necesitaban de su ayuda. Un niño de Chenalhó venía a
buscarlo porque su hermano, el más pequeño, estaba enfermo. Tras
besar la tierra, que es la manera en que se saluda a un brujo cuando
uno va pedirle que intervenga en una curación, le contó que al
principio creyeron que el niño se había enfermado por los pecados
de su madre. Pero ella, para aliviarlo, ya había comido su propio
excremento como se debe hacer en estos casos y aún así el mal no se
alejaba. Entonces fue cuando pensaron que no se trataba de los
pecados ( que recaen en los niños inocentes para ser purgados por
medio de las enfermedades, el dolor o incluso la muerte) sino que tal
vez unTi 'bal le había devorado el alma.
Los que tienen el
alma fría nada pueden hacer para defenderse de los aires nefastos
que vomita la boca del infierno; ni de los Ti 'bales, espíritus que
se alimentan del alma dejando a la gente muerta a medias.
Mi padre tiene el
alma cálida, protegida por el Señor Sol. Con el fuego que lleva
dentro tiene la fuerza suficiente para hacer el bien o el mal. Cuando
la mujer de su hermano se metió con otro hombre, mi padre la desnudó
y le echó su vaho por todo el cuerpo. Con sólo hacer eso ella ardió
y ahora anda toda chamuscada. También lo he visto recobrar las
almas. Se pone una máscara con la que invoca al aire, reza la misma
palabra con insistencia hasta que se escucha un zumbido. Entonces
atrapa en el aire el alma que anda en el aire. El alma es una
serpiente tan delgada como un hilo, y cuando mi padre la devuelve al
cuerpo del desposeído ésta le entra por la boca con la rapidez del
aire.
Se puso su máscara
y rezó con insistencia, pero esta vez el aire no trajo nada. Por eso
decidió ir a ver al enfermo y partimos a Chenalhó.
Caminamos todo el
día y sólo nos detuvimos a beber en el ocaso, cuando el sol se
convierte en águila que cae a las entrañas de la tierra. A esta
hora, mi padre siempre tiene convulsiones y emite sonidos de águila.
Una vez que se calma, come tierra y reza.
Era ya de noche
cuando estábamos próximos a llegar al pueblo. Había algo
inquietante en el aire y se escuchaba a lo lejos un bullicio como de
fiesta o de riña. De entre los árboles salió mucha gente con palos
y piedras que gritaban " muerte al brujo". A sus gritos,
vinieron otros con antorchas. El niño que fingió necesitar ayuda y
nos hizo venir hasta Chenalhó, se fue corriendo. Me sorprendió que
mi padre, que todo lo adivina, no hubiera advertido el engaño.
Los de Chenalhó,
motivados por el cura, con astucias hicieron venir a los brujos de la
región para darles muerte. Nos apedrearon y a empujones nos llevaron
al pueblo
El aire traía
muchos gritos de otras partes, y en distintos sitios, por entre los
árboles, se veía correr la lumbre de las antorchas de aquellos que
perseguían a mansalva a los brujos que trataban de escapar. En el
centro de la plaza había una hoguera. Vi que entre muchos hombres
iban arrastrando a uno al que querían arrojar al fuego, pero el
brujo se convirtió en serpiente, se escurrió entre los cuerpos y se
metió en un hoyo. Otro hombre, al que también jaloneaban con el
mismo propósito, se convirtió en venado y tras patear a algunos
salió corriendo. Fue flechado por un joven y entonces se convirtió
en águila; desde el cielo se sacudió la flecha, que cayó sobre el
joven causándole la muerte.
Cuando vi todo esto
ya no me importó ver cómo arrastraban a mi padre. A mí me soltaron
cuando dijo que yo era de alma fría y a él lo llevaron hasta la
hoguera. Con la cara arrastrándose en el suelo me gritaba que fuera
a casa, pero yo estaba sin poder moverme, esperando su
transformación. El se quedó hombre todo el tiempo y vi cómo lo
echaron al fuego. Su cuerpo se retorció y se volvió cenizas.
Comprendí que mi
padre no tenía los poderes suficientes para transformarse como los
otros brujos, y lloré su muerte y más aún lloré su debilidad. Me
quedé ahí en el pueblo viendo la quemazón. Pocos fueron los brujos
que llegaron a quemar, y por cierto fueron los más ancianos, porque
los otros se transformaron en animales y lograron huir.
De regreso a casa,
durante la larga caminata, no pude quitarme de la mente la figura de
mi padre retorciéndose en el fuego. Caminé con asco por aquel olor
a hombres quemados, que tanto me penetró; caminé con tristeza y
desilusión.
A llegar a la casa
mi padre estaba ahí; sentado junto al fuego, masticando brasas y
cantando.
viernes, 14 de agosto de 2020
jueves, 13 de agosto de 2020
La muerte de Odjigh. Marcel Schwob.
En aquellos tiempos, el género humano parecía estar a punto de
extinguirse. La órbita solar tenía la frialdad de la luna. Un
invierno eterno resquebrajaba el suelo. Las montañas que habían
surgido, vomitando hacia el cielo las entrañas llameantes de la
tierra, se habían vuelto grises por la lava helada. Las comarcas
estaban surcadas por ranuras paralelas o en forma de estrella; las
grietas prodigiosas, abiertas de repente, destrozaban lo que había
encima, engulléndolo, y se veía dirigirse hacia ellas, resbalando
lentamente, largas filas de bloques erráticos. El aire oscuro estaba
salpicado de agujillas transparentes; una blancura siniestra cubría
los campos; la universal radiación plateada parecía esterilizar el
mundo.
Ya no quedaba vegetación, salvo algunos restos de líquenes pálidos sobre las rocas. La osamenta del mundo se había separado de la carne, hecha de tierra, y las llanuras se extendían como esqueletos. Y, atacando la muerte invernal primero a la vida inferior, los peces y los animales marinos habían desaparecido, prisioneros en el hielo, y después los insectos que bullían sobre las plantas trepadoras, y los animales que acarreaban a sus crías en las bolsas del vientre, y los seres semivoladores que habían frecuentado las grandes selvas; tan lejos como la vista alcanzaba no quedaban ya árboles ni hierbas, y no se encontraba nada vivo salvo lo que quedara en cavernas, grutas o cuevas.
De este modo, entre los hijos de los hombres dos razas se habían extinguido ya: los que habían vivido en nidos hechos de liana, en la copa de grandes árboles, y los que se habían retirado al centro de los lagos en casas flotantes; las selvas, bosques, montes y matorrales cubrían el brillante suelo, y la superficie de las aguas estaba dura y reluciente como la piedra pulida.
Los Cazadores de Fieras, que conocían el fuego, los Trogloditas que sabían hollar la tierra hasta llegar a su calor interno, y los Comedores de Pescado, que se habían aprovisionado de aceite marino en sus agujeros de hielo, todavía resistían el invierno. Pero las fieras escaseaban, atrapados por el hielo tan pronto como el hocico llegaba a ras de suelo, y la madera para hacer fuego estaba a punto de agotarse, y el aceite estaba sólido como una piedra amarilla coronada de blanco.
Sin embargo, un matador de lobos llamado Odjigh, que vivía en una gruta profunda y poseía un hacha de jade verde, enorme, pesada y temible, tuvo compasión de los seres animados. Cuando estaba al borde del gran mar interior cuyo extremo se extiende al este de Minnesota, dirigió su mirada hacia las regiones septentrionales en donde el frío parecía amontonarse. En lo más profundo de su gruta helada tomó la pipa sagrada, vaciada en piedra blanca, la llenó de hierbas aromáticas cuyo humo se eleva en círculos, y sopló el incienso divino en el aire. Los círculos subieron hacia el cielo y la espiral gris se inclinó hacia el norte.
Hacia el norte se encaminó Odjigh, el matador de lobos. Cubrió su cara con una piel de ratón forrada y llena de agujeros cuya cola se balanceaba como un penacho por encima de su cabeza, ató alrededor de su cintura, con un cordón de cuero, una bolsa llena de carne seca hecha picadillo y mezclada con grasa y, moviendo el hacha de jade verde, se dirigió hacia las espesas nubes del horizonte.
Conforme pasaba, la vida se iba apagando. Los ríos se habían callado hacía ya mucho tiempo. El aire opaco sólo traía sonidos asfixiados. Las moles heladas, azules, blancas y verdes, radiantes por la escarcha, parecían los pilares de una carretera monumental.
Odjigh extrañaba de corazón el bullir de los peces nacarados entre las mallas de las redes de hilo, y el nadar serpentino de las anguilas marinas, y el caminar pesado de las tortugas, y la carrera ladeada de los gigantescos cangrejos de ojos bizcos, y los vivos bostezos de los animales terrestres: criaturas provistas de un pico plano y de garras, criaturas vestidas de escamas, criaturas moteadas de diversas maneras que alegraban la vista, criaturas amantes de sus crías, que daban saltos ágiles o hacían giros extraños o vuelos peligrosos. Y, por encima de todos los animales, echaba de menos a los lobos feroces, sus pieles grises y sus aullidos familiares, acostumbrado como había estado a cazarlos con el mazo y el hacha de piedra en las noches brumosas, bajo la luz roja de la luna.
En ese momento apareció a su izquierda un animal de madriguera que vive en lo más profundo del suelo y que se resiste a ser sacado de su agujero: un tejón flaco de pelo erizado. Odjigh lo vio y se alegró, sin pensar siquiera en matarlo. El tejón se acercó a él, manteniendo la distancia. Después, a la derecha de Odjigh, salió de repente de un pasadizo helado un pobre lince de ojos insondables. Miraba a Odjigh de lado, temerosamente, y reptaba con inquietud. Pero el matador de lobos también se alegró y siguió caminando entre el tejón y el lince.
Mientras avanzaba con la bolsa de carne dándole en el costado, Odjigh oyó tras de sí un débil aullido de hambre. Volviéndose como tras haber oído una voz familiar, vio un lobo escuálido que lo seguía tristemente. Odjigh se compadeció de todos aquéllos a los que había partido el cráneo. El lobo tenía la humeante lengua fuera y los ojos enrojecidos.
El matador continuó su camino junto con sus compañeros animales: el tejón subterráneo a la izquierda, el lince que lo ve todo sobre la tierra a su derecha, y el lobo de vientre hambriento detrás.
Llegaron al centro del mar interior que sólo se distingue del continente por el vasto color verde del hielo. Allí Odijgh, el matador de lobos, se sentó sobre un témpano y colocó frente a sí la pipa de piedra. Y puso también delante de cada uno de sus compañeros vivos un pedazo de hielo, parecido a los incensarios en los que se alimenta el humo, que cortó con el pico del hacha. Rellenó las cuatro pipas con hierbas aromáticas y después chocó una contra otra las piedras que crean el fuego; las hierbas se prendieron, y cuatro finas columnas de humo ascendieron hacia el cielo.
La espiral gris que se elevaba ante el tejón se inclinó hacia el oeste, la que se elevaba frente al lince se curvó hacia el este y la que se elevaba ante el lobo hizo un arco hacia el sur. Mas la espiral gris de la pipa de Odjigh ascendió hacia el norte.
El matador de lobos volvió a ponerse en camino, y, mirando a su izquierda, se entristeció: el tejón que ve bajo la tierra se perdía hacia el oeste; mirando hacia la derecha, echó de menos al lince que lo ve todo sobre la tierra y que huía hacia el este. Pensaba en efecto que ambos compañeros animales eran prudentes y avezados, cada uno en el ámbito que se le había asignado.
No obstante, siguió caminando, intrépido, llevando tras de sí al lobo famélico de ojos enrojecidos por el que sentía lástima.
La masa de nubes frías situada al norte parecía tocar el suelo. El invierno se encrudecía aún más. Los pies de Odjigh sangraban, cortados por el hielo, y su sangre se helaba en costras negras. Pero él avanzaba durante horas, días, semanas sin duda, puede que meses, chupando un poco de carne seca, echando los despojos a su compañero el lobo, que le seguía.
Odjigh caminaba con una esperanza confusa. Se compadecía del mundo de los hombres, de los animales y de las plantas que perecían, y se sentía fuerte para luchar contra la causa del frío.
Al final, su camino fue interrumpido por una inmensa barrera de hielo que cerraba la cúpula sombría del cielo como una cadena de montañas de cima invisible. Los grandes témpanos sumergidos en la capa sólida del océano eran de un verde límpido; luego se enturbiaban al amontonarse y, a medida que se elevaban, parecían de un azul opaco parecido al color del cielo en los hermosos días de antaño, pues estaban hechos de agua dulce y nieve.
Odjigh agarró su hacha de jade verde y talló escalones en las escarpaduras. Así fue subiendo lentamente hasta una altura prodigiosa, donde le parecía que su cabeza estaba envuelta en nubes y que la tierra había huido. Y sobre el escalón, justo por debajo de él, estaba sentado el lobo, que aguardaba confiado.
Cuando creyó haber llegado a la cima, vio que estaba formada por una muralla azul vertical, brillante, y que no se podía continuar. Pero miró tras de sí y vio al animal vivo y hambriento. La piedad por el mundo animado le dio fuerzas.
Hundió el hacha de jade en la muralla azul y cavó en el hielo. Las esquirlas volaban a su alrededor, multicolores. Cavó durante horas y horas. Los miembros se le pusieron amarillos y arrugados del frío. La bolsa de la carne estaba marchita desde hacía mucho. Había masticado la hierba aromática de la pipa sagrada para engañar el hambre y, de pronto, infiel a los Poderes Superiores, tiró la pipa a las profundidades, junto con las dos piedras para hacer fuego.
Cavaba. Oyó un chirrido seco y gritó, porque sabía que el ruido venía de la hoja de su hacha de jade, que estaba a punto de rajarse por el frío excesivo. Entonces, como no tenía nada para calentarla, la alzó y la hundió rabiosamente en su muslo derecho. El hacha verde se tiñó de sangre tibia. Y Odjigh cavó de nuevo en la muralla azul. El lobo, sentado detrás de él, lamió gimiendo las gotas rojas que le llovían.Y de improviso la pulida muralla estalló. Surgió un inmenso hálito de calor, como si las estaciones cálidas se hubiesen acumulado al otro lado, en la barrera del cielo. La grieta aumentó y el fuerte soplo rodeó a Odjigh. Oyó el ruido de todos los brotes de la primavera y sintió llamear el verano. En la gran corriente que lo alzó le pareció que todas las estaciones volvían al mundo para salvar la vida general de la muerte en los hielos. La corriente arrastraba los rayos blancos del sol, y las lluvias tibias y las brisas que acarician y las nubes cargadas de fecundidad. Y en el aliento de la vida cálida las nubes negras se amontonaron y crearon el fuego.
Surgió un largo trazo de llamas con el estrépito del trueno, y la brillantísima línea le dio a Odjigh en el corazón como una espada roja. Cayó contra la muralla pulida, dando la espalda al mundo hacia el que las estaciones volvían en el río de la tempestad. El lobo hambriento, subiendo tímidamente, las patas apoyadas sobre sus hombros, se puso a roerle la nuca.
El rey de la máscara de oro, 1892.
Ya no quedaba vegetación, salvo algunos restos de líquenes pálidos sobre las rocas. La osamenta del mundo se había separado de la carne, hecha de tierra, y las llanuras se extendían como esqueletos. Y, atacando la muerte invernal primero a la vida inferior, los peces y los animales marinos habían desaparecido, prisioneros en el hielo, y después los insectos que bullían sobre las plantas trepadoras, y los animales que acarreaban a sus crías en las bolsas del vientre, y los seres semivoladores que habían frecuentado las grandes selvas; tan lejos como la vista alcanzaba no quedaban ya árboles ni hierbas, y no se encontraba nada vivo salvo lo que quedara en cavernas, grutas o cuevas.
De este modo, entre los hijos de los hombres dos razas se habían extinguido ya: los que habían vivido en nidos hechos de liana, en la copa de grandes árboles, y los que se habían retirado al centro de los lagos en casas flotantes; las selvas, bosques, montes y matorrales cubrían el brillante suelo, y la superficie de las aguas estaba dura y reluciente como la piedra pulida.
Los Cazadores de Fieras, que conocían el fuego, los Trogloditas que sabían hollar la tierra hasta llegar a su calor interno, y los Comedores de Pescado, que se habían aprovisionado de aceite marino en sus agujeros de hielo, todavía resistían el invierno. Pero las fieras escaseaban, atrapados por el hielo tan pronto como el hocico llegaba a ras de suelo, y la madera para hacer fuego estaba a punto de agotarse, y el aceite estaba sólido como una piedra amarilla coronada de blanco.
Sin embargo, un matador de lobos llamado Odjigh, que vivía en una gruta profunda y poseía un hacha de jade verde, enorme, pesada y temible, tuvo compasión de los seres animados. Cuando estaba al borde del gran mar interior cuyo extremo se extiende al este de Minnesota, dirigió su mirada hacia las regiones septentrionales en donde el frío parecía amontonarse. En lo más profundo de su gruta helada tomó la pipa sagrada, vaciada en piedra blanca, la llenó de hierbas aromáticas cuyo humo se eleva en círculos, y sopló el incienso divino en el aire. Los círculos subieron hacia el cielo y la espiral gris se inclinó hacia el norte.
Hacia el norte se encaminó Odjigh, el matador de lobos. Cubrió su cara con una piel de ratón forrada y llena de agujeros cuya cola se balanceaba como un penacho por encima de su cabeza, ató alrededor de su cintura, con un cordón de cuero, una bolsa llena de carne seca hecha picadillo y mezclada con grasa y, moviendo el hacha de jade verde, se dirigió hacia las espesas nubes del horizonte.
Conforme pasaba, la vida se iba apagando. Los ríos se habían callado hacía ya mucho tiempo. El aire opaco sólo traía sonidos asfixiados. Las moles heladas, azules, blancas y verdes, radiantes por la escarcha, parecían los pilares de una carretera monumental.
Odjigh extrañaba de corazón el bullir de los peces nacarados entre las mallas de las redes de hilo, y el nadar serpentino de las anguilas marinas, y el caminar pesado de las tortugas, y la carrera ladeada de los gigantescos cangrejos de ojos bizcos, y los vivos bostezos de los animales terrestres: criaturas provistas de un pico plano y de garras, criaturas vestidas de escamas, criaturas moteadas de diversas maneras que alegraban la vista, criaturas amantes de sus crías, que daban saltos ágiles o hacían giros extraños o vuelos peligrosos. Y, por encima de todos los animales, echaba de menos a los lobos feroces, sus pieles grises y sus aullidos familiares, acostumbrado como había estado a cazarlos con el mazo y el hacha de piedra en las noches brumosas, bajo la luz roja de la luna.
En ese momento apareció a su izquierda un animal de madriguera que vive en lo más profundo del suelo y que se resiste a ser sacado de su agujero: un tejón flaco de pelo erizado. Odjigh lo vio y se alegró, sin pensar siquiera en matarlo. El tejón se acercó a él, manteniendo la distancia. Después, a la derecha de Odjigh, salió de repente de un pasadizo helado un pobre lince de ojos insondables. Miraba a Odjigh de lado, temerosamente, y reptaba con inquietud. Pero el matador de lobos también se alegró y siguió caminando entre el tejón y el lince.
Mientras avanzaba con la bolsa de carne dándole en el costado, Odjigh oyó tras de sí un débil aullido de hambre. Volviéndose como tras haber oído una voz familiar, vio un lobo escuálido que lo seguía tristemente. Odjigh se compadeció de todos aquéllos a los que había partido el cráneo. El lobo tenía la humeante lengua fuera y los ojos enrojecidos.
El matador continuó su camino junto con sus compañeros animales: el tejón subterráneo a la izquierda, el lince que lo ve todo sobre la tierra a su derecha, y el lobo de vientre hambriento detrás.
Llegaron al centro del mar interior que sólo se distingue del continente por el vasto color verde del hielo. Allí Odijgh, el matador de lobos, se sentó sobre un témpano y colocó frente a sí la pipa de piedra. Y puso también delante de cada uno de sus compañeros vivos un pedazo de hielo, parecido a los incensarios en los que se alimenta el humo, que cortó con el pico del hacha. Rellenó las cuatro pipas con hierbas aromáticas y después chocó una contra otra las piedras que crean el fuego; las hierbas se prendieron, y cuatro finas columnas de humo ascendieron hacia el cielo.
La espiral gris que se elevaba ante el tejón se inclinó hacia el oeste, la que se elevaba frente al lince se curvó hacia el este y la que se elevaba ante el lobo hizo un arco hacia el sur. Mas la espiral gris de la pipa de Odjigh ascendió hacia el norte.
El matador de lobos volvió a ponerse en camino, y, mirando a su izquierda, se entristeció: el tejón que ve bajo la tierra se perdía hacia el oeste; mirando hacia la derecha, echó de menos al lince que lo ve todo sobre la tierra y que huía hacia el este. Pensaba en efecto que ambos compañeros animales eran prudentes y avezados, cada uno en el ámbito que se le había asignado.
No obstante, siguió caminando, intrépido, llevando tras de sí al lobo famélico de ojos enrojecidos por el que sentía lástima.
La masa de nubes frías situada al norte parecía tocar el suelo. El invierno se encrudecía aún más. Los pies de Odjigh sangraban, cortados por el hielo, y su sangre se helaba en costras negras. Pero él avanzaba durante horas, días, semanas sin duda, puede que meses, chupando un poco de carne seca, echando los despojos a su compañero el lobo, que le seguía.
Odjigh caminaba con una esperanza confusa. Se compadecía del mundo de los hombres, de los animales y de las plantas que perecían, y se sentía fuerte para luchar contra la causa del frío.
Al final, su camino fue interrumpido por una inmensa barrera de hielo que cerraba la cúpula sombría del cielo como una cadena de montañas de cima invisible. Los grandes témpanos sumergidos en la capa sólida del océano eran de un verde límpido; luego se enturbiaban al amontonarse y, a medida que se elevaban, parecían de un azul opaco parecido al color del cielo en los hermosos días de antaño, pues estaban hechos de agua dulce y nieve.
Odjigh agarró su hacha de jade verde y talló escalones en las escarpaduras. Así fue subiendo lentamente hasta una altura prodigiosa, donde le parecía que su cabeza estaba envuelta en nubes y que la tierra había huido. Y sobre el escalón, justo por debajo de él, estaba sentado el lobo, que aguardaba confiado.
Cuando creyó haber llegado a la cima, vio que estaba formada por una muralla azul vertical, brillante, y que no se podía continuar. Pero miró tras de sí y vio al animal vivo y hambriento. La piedad por el mundo animado le dio fuerzas.
Hundió el hacha de jade en la muralla azul y cavó en el hielo. Las esquirlas volaban a su alrededor, multicolores. Cavó durante horas y horas. Los miembros se le pusieron amarillos y arrugados del frío. La bolsa de la carne estaba marchita desde hacía mucho. Había masticado la hierba aromática de la pipa sagrada para engañar el hambre y, de pronto, infiel a los Poderes Superiores, tiró la pipa a las profundidades, junto con las dos piedras para hacer fuego.
Cavaba. Oyó un chirrido seco y gritó, porque sabía que el ruido venía de la hoja de su hacha de jade, que estaba a punto de rajarse por el frío excesivo. Entonces, como no tenía nada para calentarla, la alzó y la hundió rabiosamente en su muslo derecho. El hacha verde se tiñó de sangre tibia. Y Odjigh cavó de nuevo en la muralla azul. El lobo, sentado detrás de él, lamió gimiendo las gotas rojas que le llovían.Y de improviso la pulida muralla estalló. Surgió un inmenso hálito de calor, como si las estaciones cálidas se hubiesen acumulado al otro lado, en la barrera del cielo. La grieta aumentó y el fuerte soplo rodeó a Odjigh. Oyó el ruido de todos los brotes de la primavera y sintió llamear el verano. En la gran corriente que lo alzó le pareció que todas las estaciones volvían al mundo para salvar la vida general de la muerte en los hielos. La corriente arrastraba los rayos blancos del sol, y las lluvias tibias y las brisas que acarician y las nubes cargadas de fecundidad. Y en el aliento de la vida cálida las nubes negras se amontonaron y crearon el fuego.
Surgió un largo trazo de llamas con el estrépito del trueno, y la brillantísima línea le dio a Odjigh en el corazón como una espada roja. Cayó contra la muralla pulida, dando la espalda al mundo hacia el que las estaciones volvían en el río de la tempestad. El lobo hambriento, subiendo tímidamente, las patas apoyadas sobre sus hombros, se puso a roerle la nuca.
El rey de la máscara de oro, 1892.
miércoles, 12 de agosto de 2020
El cerdito. Juan Carlos Onetti.
La señora estaba siempre
vestida de negro y arrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio
a la sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que
daba a un pequeño jardín parduzco. Miró el reloj que le colgaba
del pecho y pensó que faltaba más de una hora para que llegaran los
niños. No eran suyos. A veces dos, a veces tres que llegaban desde
las casas en ruinas, más allá de la placita, atravesando el puente
de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua en los
temporales de invierno.
Aunque los niños empezaran a ir a la escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de sus aulas a la hora de pereza y calma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos y físicamente muy distintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; a veces a Juan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos y sonrisa; otras; ella los descubría en Emilio o Guido. Pero no trascurría ninguna tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán de nieto.
Pasó sin prisa a la cocina para preparar los tres tazones de café con leche y los panques que envolvían dulce de membrillo.
Aquella tarde los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja sino que golpearon con los nudillos el cristal de la puerta de entrada, la anciana demoró en oírlos pero los golpes continuaron insistentes y sin aumentar su fuerza. Por fin, porque había pasado a la sala para acomodar la mesa, la anciana percibió el ruido y divisó las tres siluetas que habían trepados los escalones.
Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la dulzura de la golosina, los niños repitieron las habituales tonterías, se acusaron entre ellos de fracasos y traiciones. La anciana no los comprendía pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; para aquella tarde, después de observar mucho para no equivocarse, decidió que Emilio le estaba recordando el nieto mucho más que los otros dos. Sobre todo con el movimientos de las manos.
Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas voces del secreteo y luego el silencio. Alguno caminó furtivo y ella no pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó nada más, bamboleó el cuerpo y luego quedó quieta en el suelo de su cocina.
Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo del colchón. Se repartieron billetes y monedas y Juan le propuso a Emilio:
-Dale otro golpe. Por si las dudas.
Caminaron despacio bajo el sol y al llegar al tablón de la zanja cada uno regresó separado, al barrio miserable. Cada uno a su choza y Guido, cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde, levantó ropas, chatarra y desperdicios del cajón que tenía junto al catre y extrajo la alcancía blanca y manchada para guardar su dinero; una alcancía de yeso en forma de cerdito con una ranura en el lomo.
Aunque los niños empezaran a ir a la escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de sus aulas a la hora de pereza y calma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos y físicamente muy distintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; a veces a Juan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos y sonrisa; otras; ella los descubría en Emilio o Guido. Pero no trascurría ninguna tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán de nieto.
Pasó sin prisa a la cocina para preparar los tres tazones de café con leche y los panques que envolvían dulce de membrillo.
Aquella tarde los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja sino que golpearon con los nudillos el cristal de la puerta de entrada, la anciana demoró en oírlos pero los golpes continuaron insistentes y sin aumentar su fuerza. Por fin, porque había pasado a la sala para acomodar la mesa, la anciana percibió el ruido y divisó las tres siluetas que habían trepados los escalones.
Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la dulzura de la golosina, los niños repitieron las habituales tonterías, se acusaron entre ellos de fracasos y traiciones. La anciana no los comprendía pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; para aquella tarde, después de observar mucho para no equivocarse, decidió que Emilio le estaba recordando el nieto mucho más que los otros dos. Sobre todo con el movimientos de las manos.
Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas voces del secreteo y luego el silencio. Alguno caminó furtivo y ella no pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó nada más, bamboleó el cuerpo y luego quedó quieta en el suelo de su cocina.
Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo del colchón. Se repartieron billetes y monedas y Juan le propuso a Emilio:
-Dale otro golpe. Por si las dudas.
Caminaron despacio bajo el sol y al llegar al tablón de la zanja cada uno regresó separado, al barrio miserable. Cada uno a su choza y Guido, cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde, levantó ropas, chatarra y desperdicios del cajón que tenía junto al catre y extrajo la alcancía blanca y manchada para guardar su dinero; una alcancía de yeso en forma de cerdito con una ranura en el lomo.
martes, 11 de agosto de 2020
Charo A'Rubia. Manuel Rivas.
Me llamo Antonio Ventura y soy alcohólico.Ése era el ritual de
presentación en la Unidad de Ayuda y Autoestima de Monelos. Todos
habíamos dicho aquella frase como quien suelta un tapón de corcho
atascado en la garganta. El tapón rodaba por una ruleta invisible e
iba dando turno en la rueda del grupo. Pero durante varios días
sentías vértigo y, cabizbajo, posabas los ojos de plomo en el eje,
en el justo centro del círculo, rogando a Dios que la rueda no
girara en tu dirección. Levantar la mirada, ir descubriendo a los
otros, decía el psicólogo, era subir un primer escalón en la
vuelta a la vida. A mi me costó mucho, muchísimo trabajo levantar
la mirada, quizás porque no tenía ninguna interés en hacer esa
ruta. Me daba más miedo la gente que la bebida. Lo que pasaba es que
había llegado a un punto en que la bebida me hacía ver cucarachas
en todas partes, en las sábanas de la cama, en el poso del café y
en las hendiduras de las uñas. Y bien sabe el demonio que tengo
mucho más miedo a las cucarachas que a la gente.
Antonio Ventura no miró hacia abajo. Dijo que era alcohólico con la resuelta naturalidad de quien se declara dueño de una bodega o de una destilería. Más aún como quien dice que es católico. Lo miramos con desconcierto y prevención, convencidos todos de que en efecto estaba borracho. Pero no. En realidad, nunca entendí muy bien qué rayos hacía Antonio Ventura en la Unidad de Ayuda y Autoestima, antes llamada Asociación de Ex Alcohólicos. Si yo fuera un tipo sano, si yo fuera como Dios manda, si yo volviera a nacer, me gustaría ser Antonio Ventura.
En las sesiones de terapia, cuando nos tocaba la vez, la mayoría de nosotros sufría para vencer la vergüenza. Yo retorcía las manos sin querer, y los dedos se enroscaban dolorosamente como si fueran nidos de serpientes heridos por la luz. Tenía un estropajo en la lengua y balbuceaba cosas que me arañaban los labios. Enfrente, Ventura deletreaba mis palabras con ansia. Permanecía alerta, ayudando con los ojos, a la manera de un interprete de sordomudos. Y cuando le tocaba a él hablar en la sesión de terapia, parecía que el mundo dejaba de ser un caos. La vida, en aquel preciso momento, tenia sentido. Y yo sentía sed. Sed de agua.
Un día tocó hablar del llorar. El llorar es bueno, dijo el psicólogo.
La ruleta, felizmente, fue a detenerse en la dirección de Ventura.
Hay muchas clases de llorar, dijo. Pero la primera vez que oí llorar, llorar de verdad, la primera vez que dije esto es el llorar fue cuando lloró Charo A’Rubia en el cine Rex. Ponían Capitanes intrépidos, una película en la que trabaja Spencer Tracy, que también hizo de Thomas Alva Edison, el que inventó la luz. Mucho me gustaba a mí Spencer Tracy cuando inventaba la luz. Bien, pues en la película ésta de Capitanes intrépidos el Spencer Tracy hacía de pescador en Terranova. Era la historia de un niño hijo de un padre muy rico que va en un barco que tiene un naufragio y es rescatado por un bacaladero. En aquel tiempo no era como hoy, no había manera de enviar un aviso ni los pescadores podían volver de vació por muy niño rico que fuera el náufrago. Así que el niño rico tuvo que hacer la marea. Era un auténtico repugnante, el niño rico. No quería echar una mano y amenazaba con las represalias de su padre cuando volvieran a puerto, todo por hacerle limpiar la cubierta o mondar unas patatas. La pesca no se daba bien y algunos hombres empezaron a murmurar que la culpa era del mocoso, que había traído una maldición. Y ahí entra Spencer Tracy, que en la película se llamaba Manuel y era portugués. Pues bien, el Manuel, poco a poco, va haciendo entender al chaval. Con pocas palabras, le descubre un mundo desconocido. El verdadero sentido del valor y del trabajo. Aquellos hombres, rudos y sin estudios, reaparecen a los ojos del niño como héroes. Manuel era para él una especie de Ulises que pescaba bacalao y al tiempo la figura del padre que no había tenido, alguien que le enseñaba a luchar en la vida codo a codo. Tener, tenía padre en tierra, pero no era un Ulises sino un Señor Dólar. El muchacho deja de ser un intruso caprichoso y pasa a ser un cho, el niño del barco. Y el pescado viene a manos llenas.
Yo también era un niño cuando vi aquella película, dijo Antonio. Mucho más pequeño que el de la película. Me colgaban los pies en la butaca. Lo recuerdo todo como si fuera hoy. Era la tarde de un domingo de febrero, uno de esos días agripados, de luz enferma, que empalmaban una noche con la otra. El mar golpeaba en el espigón queriéndose echar fuera, con la furia de un garañón coceando las tablas de un corral. Yo tenía un abriguito de cheviot con los bolsillos muy hondos y, camino al cine, no sacaba las manos, bien apretadas las monedas de real, por miedo a que me las llevara el viento del norte como dos petirrojos.
Y allí estábamos todos ahora metidos en la oscuridad del cine Rex, encogidos en las butacas, con las llamas de la pantalla lamiéndonos la cara. El pescador Manuel tocaba una sanfoña y le cantaba al niño rico con un cariño que nos daba envidia.
¡Ay mi pescadito deja de llorar!
¡Ay mi pescadito no llores ya más!
Y fue entonces cuando lloró Charo A’Ribia.
Era al principio un llorar manso que se confundía con la sanfoña. Me di cuenta porque ella estaba muy cerca, justo a mi lado. Cogió un pañuelo blanco y trató de contenerse tapando los ojos. Pero el llanto iba a más, hasta que los sollozos desbordados ocuparon todo el cine como si hubieran salido de la misma pantalla. Las cabezas giraron hacia ella pero volvieron a su sitio. Los mayores llevaron el índice a sus labios para acallar las preguntas inquietantes de los niños. Lloraba Charo A’Rubia y hasta pareció que Spencer Tracy dejaba la sanfoña para mirar con pena nostálgica hacia el patio de butacas. Recuerdo estremecido aquel llanto, el mar de lágrimas cayendo sin consuelo, salpicando mi abrigo de cheviot.
El marido de Charo A’Rubia había muerto dos años antes en Terranova. Todo lo que recuerdo de él es que tenía unas manos enormes con cicatrices en las yemas de los dedos. Me llamaron mucho la atención porque yo había visto esas manos ofreciéndoseme a modo de cuenco lleno de caramelos. Más tarde me contaron que él mismo se había hecho aquellas heridas, abriendo a navaja la carne para que con la sangre caliente no se le helaran las manos un día de frió polar en Terranova.
Charo A’Rubia era mi madre, dijo Antonio Ventura. Fue la primera vez que lo vi cabizbajo en la sesión de terapia de grupo, como si hubiera soltado de la garganta un maldito tapón de botella.
Ella, maldita alma, 1999.
Fotograma: Capitanes intrépidos. Víctor Fleming, 1937.
Antonio Ventura no miró hacia abajo. Dijo que era alcohólico con la resuelta naturalidad de quien se declara dueño de una bodega o de una destilería. Más aún como quien dice que es católico. Lo miramos con desconcierto y prevención, convencidos todos de que en efecto estaba borracho. Pero no. En realidad, nunca entendí muy bien qué rayos hacía Antonio Ventura en la Unidad de Ayuda y Autoestima, antes llamada Asociación de Ex Alcohólicos. Si yo fuera un tipo sano, si yo fuera como Dios manda, si yo volviera a nacer, me gustaría ser Antonio Ventura.
En las sesiones de terapia, cuando nos tocaba la vez, la mayoría de nosotros sufría para vencer la vergüenza. Yo retorcía las manos sin querer, y los dedos se enroscaban dolorosamente como si fueran nidos de serpientes heridos por la luz. Tenía un estropajo en la lengua y balbuceaba cosas que me arañaban los labios. Enfrente, Ventura deletreaba mis palabras con ansia. Permanecía alerta, ayudando con los ojos, a la manera de un interprete de sordomudos. Y cuando le tocaba a él hablar en la sesión de terapia, parecía que el mundo dejaba de ser un caos. La vida, en aquel preciso momento, tenia sentido. Y yo sentía sed. Sed de agua.
Un día tocó hablar del llorar. El llorar es bueno, dijo el psicólogo.
La ruleta, felizmente, fue a detenerse en la dirección de Ventura.
Hay muchas clases de llorar, dijo. Pero la primera vez que oí llorar, llorar de verdad, la primera vez que dije esto es el llorar fue cuando lloró Charo A’Rubia en el cine Rex. Ponían Capitanes intrépidos, una película en la que trabaja Spencer Tracy, que también hizo de Thomas Alva Edison, el que inventó la luz. Mucho me gustaba a mí Spencer Tracy cuando inventaba la luz. Bien, pues en la película ésta de Capitanes intrépidos el Spencer Tracy hacía de pescador en Terranova. Era la historia de un niño hijo de un padre muy rico que va en un barco que tiene un naufragio y es rescatado por un bacaladero. En aquel tiempo no era como hoy, no había manera de enviar un aviso ni los pescadores podían volver de vació por muy niño rico que fuera el náufrago. Así que el niño rico tuvo que hacer la marea. Era un auténtico repugnante, el niño rico. No quería echar una mano y amenazaba con las represalias de su padre cuando volvieran a puerto, todo por hacerle limpiar la cubierta o mondar unas patatas. La pesca no se daba bien y algunos hombres empezaron a murmurar que la culpa era del mocoso, que había traído una maldición. Y ahí entra Spencer Tracy, que en la película se llamaba Manuel y era portugués. Pues bien, el Manuel, poco a poco, va haciendo entender al chaval. Con pocas palabras, le descubre un mundo desconocido. El verdadero sentido del valor y del trabajo. Aquellos hombres, rudos y sin estudios, reaparecen a los ojos del niño como héroes. Manuel era para él una especie de Ulises que pescaba bacalao y al tiempo la figura del padre que no había tenido, alguien que le enseñaba a luchar en la vida codo a codo. Tener, tenía padre en tierra, pero no era un Ulises sino un Señor Dólar. El muchacho deja de ser un intruso caprichoso y pasa a ser un cho, el niño del barco. Y el pescado viene a manos llenas.
Yo también era un niño cuando vi aquella película, dijo Antonio. Mucho más pequeño que el de la película. Me colgaban los pies en la butaca. Lo recuerdo todo como si fuera hoy. Era la tarde de un domingo de febrero, uno de esos días agripados, de luz enferma, que empalmaban una noche con la otra. El mar golpeaba en el espigón queriéndose echar fuera, con la furia de un garañón coceando las tablas de un corral. Yo tenía un abriguito de cheviot con los bolsillos muy hondos y, camino al cine, no sacaba las manos, bien apretadas las monedas de real, por miedo a que me las llevara el viento del norte como dos petirrojos.
Y allí estábamos todos ahora metidos en la oscuridad del cine Rex, encogidos en las butacas, con las llamas de la pantalla lamiéndonos la cara. El pescador Manuel tocaba una sanfoña y le cantaba al niño rico con un cariño que nos daba envidia.
¡Ay mi pescadito deja de llorar!
¡Ay mi pescadito no llores ya más!
Y fue entonces cuando lloró Charo A’Ribia.
Era al principio un llorar manso que se confundía con la sanfoña. Me di cuenta porque ella estaba muy cerca, justo a mi lado. Cogió un pañuelo blanco y trató de contenerse tapando los ojos. Pero el llanto iba a más, hasta que los sollozos desbordados ocuparon todo el cine como si hubieran salido de la misma pantalla. Las cabezas giraron hacia ella pero volvieron a su sitio. Los mayores llevaron el índice a sus labios para acallar las preguntas inquietantes de los niños. Lloraba Charo A’Rubia y hasta pareció que Spencer Tracy dejaba la sanfoña para mirar con pena nostálgica hacia el patio de butacas. Recuerdo estremecido aquel llanto, el mar de lágrimas cayendo sin consuelo, salpicando mi abrigo de cheviot.
El marido de Charo A’Rubia había muerto dos años antes en Terranova. Todo lo que recuerdo de él es que tenía unas manos enormes con cicatrices en las yemas de los dedos. Me llamaron mucho la atención porque yo había visto esas manos ofreciéndoseme a modo de cuenco lleno de caramelos. Más tarde me contaron que él mismo se había hecho aquellas heridas, abriendo a navaja la carne para que con la sangre caliente no se le helaran las manos un día de frió polar en Terranova.
Charo A’Rubia era mi madre, dijo Antonio Ventura. Fue la primera vez que lo vi cabizbajo en la sesión de terapia de grupo, como si hubiera soltado de la garganta un maldito tapón de botella.
Ella, maldita alma, 1999.
Fotograma: Capitanes intrépidos. Víctor Fleming, 1937.
lunes, 10 de agosto de 2020
Uru. Horacio Convertini.
De los pibes del barrio, el Uru, y eso que era más bueno que el pan.
Estoy hablando de Pompeya, donde tenías que ser guapo te gustara o
no. Vivía a la vuelta de mi casa, en Mom y Luppi, al fondo de un
conventillo con gallinero. Morochazo, flaco, pelo de virulana. Su
gracia era imitar el caminar de los gallos: ponía el cuerpo rígido,
sacaba el culo afuera y andaba moviendo el cogote de atrás hacia
delante. Un plato, le juro.
Al principio lo cargábamos porque decía “vó” al terminar una frase o porque contaba que había nacido en el Cerro y a todos nos daba risa. ¿Qué cerro podía tener Uruguay si era un país más chato que una sartén? Él no se enojaba nunca, pero a lo mejor por eso hablaba poco: para no caer en la tentación de tener que pelearse con sus amigos por pavadas. La primera vez que se cagó a trompadas a morir –esa primera vez que disparó la leyenda que usted viene a buscar– fue en la primaria. Íbamos al Genaro Sisto, de Tilcara, una escuelita de las de antes, en la que se mezclaba el hijo bien del doctor con el hijo reo del botellero. En quinto llegó un pibe nuevo: repetidor, trece años, un mastodonte al que los bigotes le asomaban como cardos. Nos miraba desde arriba con desprecio, igual que se mira a una hormiga dos segundos antes del pisotón. Ceiba, se llamaba, venía de Villa Diamante, y, apenas lo vi, enseguida supe que con alguien se la iba a agarrar. Rogué que no fuera conmigo, porque contra él no tenía chances y eso que yo no era ningún nene de mamá.
Ceiba eligió al Uru. Por el nombre saltó la cosa. El Uru se llamaba Washington, Washington Maldonado; raro acá, donde todos éramos Rubén, Luis o Juan Carlos, pero –usted sabe– bastante común al otro lado del río. Cada vez que la maestra tomaba lista y llegaba al Uru, Ceiba largaba una risotada o le hacía el eco con voz finita: Wayintón-tón-tón. Mi amigo, nada, como si no lo escuchara, pero yo me daba cuenta –porque lo conocía bien– que la cargada le revolvía las tripas. La situación se mantuvo así, digamos tensa, hasta que un sábado fuimos todos los del grado a jugar un picado en la Canchita de la Viuda. El Uru no era un crack, pero corría mucho y jamás escatimaba suela, lo que de cualquier manera lo volvía un jugador muy valorado por nosotros. Ceiba dijo de hacer un pan y queso con él. No fue casualidad, estoy seguro: quiso garantizarse que lo iba a tener de rival. Yo, que a bicho no me gana nadie, me avivé enseguida de que ellos estaban jugando un partido aparte. Había que ver cómo levantaban polvareda cada vez que trababan una pelota, los manotazos, las piernitas arriba, la furia que parecía nacerles en los músculos del cuello y, de ahí, en tobogán directo a los pies. El quilombo se armó en una que Ceiba se iba solo para el gol y el Uru lo barrió desde atrás y lo hizo caer de trompa. El mastodonte se levantó masticando tierra y lo miró, yo diría que contento, porque al fin había encontrado la excusa que buscaba: “¿Querés que te haga mierda, Wayintón-tón-tón?”. Se trenzaron como perros rabiosos. Ceiba tenía más físico y era muy fuerte, pero no sabía pegar: tiraba mamporros demasiado abiertos que agarraban al Uru en las sienes y lo sacudían entero, pero sin llegar a ponerlo fuera de combate. Por el contrario, aun boleado y con las orejas coloradas de los golpes, el Uru no retrocedía y cada tanto acertaba un piñazo seco. Ceiba jamás debió de haber imaginado semejante resistencia y por eso cambió de táctica: se le fue encima, lo agarró de la cabeza y rodaron por el piso. Pensé lo peor. Así, cuerpo a cuerpo, la bestia podía ahogarlo, partirle el cuello, no sé, cualquier barbaridad. Sin embargo, no me pregunte cómo, es el día de hoy que no me lo explico, el Uru se le escurrió de entre los brazos y lo sirvió con un derechazo al mentón justo cuando el otro se estaba levantando. Ceiba se desplomó boca abajo. Su sangre oscureció la tierra seca. Nosotros largamos un rugido de alegría, de miedo liberado, de orgullo de barrio. El Uru celebró la victoria bailando el pasito del gallo en torno al cuerpo desmayado de su enemigo.
Mi viejo, que no tenía estudio ni era sabio de la vida aunque a veces la embocaba, decía que el pagaré del destino se firma de pantalón corto. Nunca entendí muy bien a qué se refería, pero hoy, ya grande, a la luz de los hechos, veo que no se equivocaba. Ese año, el de la pelea con Ceiba, la maestra nos pidió que eligiéramos un personaje de la historia al que nos gustara parecernos y que al día siguiente lleváramos algo que representara sus virtudes. Nadie se rompió demasiado: todos decían el nombre de un prócer (San Martín, Belgrano) y pelaban una Billiken con dibujitos de sus hazañas. El despelote lo armé yo cuando dije “Juan Domingo Perón” y saqué el ejemplar de “Las veinte verdades peronistas” que mi viejo guardaba debajo de una tabla floja del dormitorio. Eran tiempos en los que mentar al general estaba prohibido y si no me expulsaron fue porque el director de la escuela resultó ser de los nuestros. Aunque lo importante en esta anécdota, y disculpe si me fui por las ramas, es lo que dijo el Uru. Se puso serio y soltó: “Dogomar Martínez”. “¿Dogoqué?”, lo apuró la maestra, sorprendida. “Dogomar Martínez, el campeón uruguayo que le aguantó diez rounds a Archie Moore en el Luna Park. Mire, salió en El Gráfico”. Se salvó de una mala nota porque enseguidita me tocó a mí y el escándalo por Perón tapó todo. Lo que queda claro, igual, es que ya le revoloteaba esa idea desgraciada por la cabeza: la del aguante, la del coraje heroico.
Ahora viene un bache de muchos años. Si le interesa esa parte, a lo mejor le conviene irse hasta Montevideo. Porque el Uru regresó al Cerro con la familia después de terminar la primaria. Una sola vez me escribió desde allá, por vago, seguro, igual que yo, que tardé un montón en responderle y lo único que se me ocurrió contarle era algo que todos sabían: que Perón había vuelto. Perón volvió, murió, agarró la turra ésa, volvieron los milicos asesinos y los que murieron después, como siempre, fueron los peronistas. En mi memoria, y en la de los pibes del barrio, el Uru empezó a desteñirse, lo fueron comiendo sus ausencias: no debutó con nosotros en los puteríos de la isla Maciel, ni estuvo en el velorio del general, ni sintió el miedo helado de ver un Falcon sin chapa estacionado en la esquina. Él quedó atrapado en nuestra infancia, esa infancia que hoy vemos de otra manera, lógicamente, pero que cuando sos adolescente y te querés morfar el mundo ni te das vuelta a mirarla.
Nos enteramos por los diarios. Ese sábado, en el Luna, peleaba el campeón mundial de los welter, el invicto yanqui Teddy Benson que andaba de gira por acá, contra una promesa uruguaya, Washington Maldonado, quince victorias consecutivas, ocho por nocaut. A diez rounds, sin el título en juego. ¿El Uru? ¡El Uru! ¡El Uru y la puta que lo parió! Nos agarró una alegría que usted no sabe, como si la hubiéramos tenido enterrada. Alguno averiguó que llegaba el viernes y que iba a parar en el hotel Roma, y ese día nos fuimos en patota a saludarlo. Estaba igual. Más alto, claro, más musculoso, espalda ancha, brazos largos, pero la sonrisa de bueno no se le había borrado. Nos recibió con un abrazo para triturar columnas y después se quedó callado, mirándonos. Creo que trataba de convencerse de que los que estábamos ahí frente a él no éramos impostores sino sus amigos de siempre, los pibes bravos de Pompeya, ahora con barba y pelo largo. “¿Y Ceiba?”, preguntó por fin. “Todavía está escupiendo tierra de la Canchita de la Viuda”, respondí yo y nos cagamos todos de risa. El Uru se portó bárbaro: pagó la cerveza y nos consiguió entradas para el ring side. Volvimos al barrio con la idea de que al negro ese se lo iba a comer crudo.
Si usted me pregunta si estábamos nerviosos, si teníamos miedo, le digo que no. Benson era muy bueno, pero el Uru era de los nuestros: sangre charrúa, pompeyana y peronista, ¿cómo no le íbamos a tener fe? Me dicen que de la pelea no quedaron filmaciones y es una lástima. Ojalá llegue el día en que inventen el aparato para transformar en película lo que uno tiene en la cabeza, porque yo llevo las escenas de esa noche terrible grabadas a fuego. Todavía me parece escuchar el chirrido de las zapatillas al deslizarse por la lona y los bufidos de mi amigo buscando aire.
El Uru empezó muy bien. Boxeaba a la distancia, en puntas de pie, entraba y salía rápido, sin arriesgarse mucho. El negro avanzaba agazapado, hamacándose como Frazier, y pum, cada tanto tiraba un cañonazo que el Uru visteaba o barría con los antebrazos. Pareja la cosa, tranquila. El quiebre se dio al final del cuarto round. Benson se jugó a fondo con una derecha y le regaló el mentón al Uru, que lo puso como Dios manda. El yanqui, groggy, zapateó un malambo cortito y se salvó por la campana. Los segundos tuvieron que arrastrarlo al rincón porque estaba perdido y las piernas no le daban.
Es ahí cuando el Uru se equivoca, me parece, humildemente. Porque en el quinto se le va encima para liquidarlo sin pensar que el otro no era un cuatro de copas, un pelotudito de Villa Diamante; ¡el otro era el campeón del mundo, invicto para colmo! Lo concreto es que en ese round pegó mucho, pero también cobró. Y que en el sexto ligó un cross a la mandíbula que lo tiró justo de cara a donde estábamos nosotros. “¡Vamos Uru carajo, aguante Pompeya y la concha de su madre!”, le gritábamos mientras él hacía fuerza para levantarse. Nos contestaba que sí con la cabeza, los ojos bien grandes, el protector bucal medio salido.
Usted dirá que es una boludez, pero a veces me pregunto qué habría ocurrido si el Uru hubiese caído del otro lado del ring. A lo mejor se quedaba en la lona y chau. Pero nos vio a nosotros y vio su infancia en el barrio, los valores compartidos, los códigos de honor y valentía, la ligazón indestructible que todavía nos seguía uniendo. O no, quizás llevaba esa locura adentro desde antes y por otras causas, y entonces me viene a la mente lo de Dogomar Martínez, ¿se acuerda? En fin, yo no nací para la filosofía y me quedo en lo que fue: el Uru cruzó piña y piña hasta el final, cayó tres veces más, la cara como un estofado, sangre por todos lados. Si aguantó de pie y perdió por puntos, fue porque tenía un corazón de oro.
El orgullo, además de mezquino, es un sentimiento miope. Lo digo porque no nos dimos cuenta de nada. Nos rompimos las manos aplaudiendo cuando Benson lo fue a saludar y lo único que deseamos en ese momento fue que el resto del estadio supiera que el uruguayito que había derrochado guapeza frente a un campeón del mundo estaba hecho de nuestra misma madera. Salimos y lo fuimos a esperar al hotel, que estaba enfrente. Pasamos media hora discutiendo dónde lo íbamos a llevar: si a comer pizza a Las Cuartetas o asado al Arriero, una parrilla de la Perito Moreno que ya no existe. Cuando vimos llegar la ambulancia, que estacionó en una puerta lateral del Luna, a uno se le ocurrió un chiste pelotudo: “Vienen a llevárselo al negro”. Pero a mí me agarró un escalofrío –me pregunto si los presagios se sentirán así– y corrí como un loco a preguntarles a los enfermeros qué pasaba. “El uruguayito se desmayó”, me contestó uno de los que cargaba la camilla. Lo sacaron rápido. Tenía los ojos tumefactos, las manos todavía vendadas. “Uru, Uru”, le grité yo, como para despertarlo, mire qué idiota.
Se lo llevaron al Argerich. Nosotros atrás, aturdidos por la sirena de la ambulancia y por el miedo. En la puerta de la guardia, un periodista mencionó la palabra temida, coma, y ya ni pensar quisimos. Las esperanzas se nos hacían cenizas con cada cigarrillo y cada cigarrillo eran cuatro o cinco pitadas de agonía. Amaneció y ni noticias. Yo me hice fuerte en una idea absurda: nadie bueno muere así, aunque en esa época y en esa Argentina sobraban ejemplos en contra. A las ocho de la mañana salió un médico de ojos enrojecidos y con el gesto lo dijo todo. Imagínese lo que lloramos.
Lo enterraron allá con honores. Leí en Crónica que una de las manijas del cajón la llevó Dogomar Martínez. Nadie escribió una línea de su infancia en Pompeya y eso, para qué negarlo, me dio un poco de bronca. El Uru, sentía yo, había encarnado la ilusión de heroísmo y lucha de ese barrio que ya empezaba a degradarse, e ignorar aquella parte de la historia era un insulto a él, a nosotros, a nuestras calles. Al año siguiente mis amigos organizaron un viaje a Montevideo para visitar la tumba. De paso conocemos el Centenario y Maroñas, me dijeron. Yo me negué con la excusa de que el barco me mareaba. Pero lo que me mareaba, lo que me dolía, era otra cosa: el recuerdo de lo perdido, la certeza triste de que nunca habríamos de ser lo que soñamos.
Al principio lo cargábamos porque decía “vó” al terminar una frase o porque contaba que había nacido en el Cerro y a todos nos daba risa. ¿Qué cerro podía tener Uruguay si era un país más chato que una sartén? Él no se enojaba nunca, pero a lo mejor por eso hablaba poco: para no caer en la tentación de tener que pelearse con sus amigos por pavadas. La primera vez que se cagó a trompadas a morir –esa primera vez que disparó la leyenda que usted viene a buscar– fue en la primaria. Íbamos al Genaro Sisto, de Tilcara, una escuelita de las de antes, en la que se mezclaba el hijo bien del doctor con el hijo reo del botellero. En quinto llegó un pibe nuevo: repetidor, trece años, un mastodonte al que los bigotes le asomaban como cardos. Nos miraba desde arriba con desprecio, igual que se mira a una hormiga dos segundos antes del pisotón. Ceiba, se llamaba, venía de Villa Diamante, y, apenas lo vi, enseguida supe que con alguien se la iba a agarrar. Rogué que no fuera conmigo, porque contra él no tenía chances y eso que yo no era ningún nene de mamá.
Ceiba eligió al Uru. Por el nombre saltó la cosa. El Uru se llamaba Washington, Washington Maldonado; raro acá, donde todos éramos Rubén, Luis o Juan Carlos, pero –usted sabe– bastante común al otro lado del río. Cada vez que la maestra tomaba lista y llegaba al Uru, Ceiba largaba una risotada o le hacía el eco con voz finita: Wayintón-tón-tón. Mi amigo, nada, como si no lo escuchara, pero yo me daba cuenta –porque lo conocía bien– que la cargada le revolvía las tripas. La situación se mantuvo así, digamos tensa, hasta que un sábado fuimos todos los del grado a jugar un picado en la Canchita de la Viuda. El Uru no era un crack, pero corría mucho y jamás escatimaba suela, lo que de cualquier manera lo volvía un jugador muy valorado por nosotros. Ceiba dijo de hacer un pan y queso con él. No fue casualidad, estoy seguro: quiso garantizarse que lo iba a tener de rival. Yo, que a bicho no me gana nadie, me avivé enseguida de que ellos estaban jugando un partido aparte. Había que ver cómo levantaban polvareda cada vez que trababan una pelota, los manotazos, las piernitas arriba, la furia que parecía nacerles en los músculos del cuello y, de ahí, en tobogán directo a los pies. El quilombo se armó en una que Ceiba se iba solo para el gol y el Uru lo barrió desde atrás y lo hizo caer de trompa. El mastodonte se levantó masticando tierra y lo miró, yo diría que contento, porque al fin había encontrado la excusa que buscaba: “¿Querés que te haga mierda, Wayintón-tón-tón?”. Se trenzaron como perros rabiosos. Ceiba tenía más físico y era muy fuerte, pero no sabía pegar: tiraba mamporros demasiado abiertos que agarraban al Uru en las sienes y lo sacudían entero, pero sin llegar a ponerlo fuera de combate. Por el contrario, aun boleado y con las orejas coloradas de los golpes, el Uru no retrocedía y cada tanto acertaba un piñazo seco. Ceiba jamás debió de haber imaginado semejante resistencia y por eso cambió de táctica: se le fue encima, lo agarró de la cabeza y rodaron por el piso. Pensé lo peor. Así, cuerpo a cuerpo, la bestia podía ahogarlo, partirle el cuello, no sé, cualquier barbaridad. Sin embargo, no me pregunte cómo, es el día de hoy que no me lo explico, el Uru se le escurrió de entre los brazos y lo sirvió con un derechazo al mentón justo cuando el otro se estaba levantando. Ceiba se desplomó boca abajo. Su sangre oscureció la tierra seca. Nosotros largamos un rugido de alegría, de miedo liberado, de orgullo de barrio. El Uru celebró la victoria bailando el pasito del gallo en torno al cuerpo desmayado de su enemigo.
Mi viejo, que no tenía estudio ni era sabio de la vida aunque a veces la embocaba, decía que el pagaré del destino se firma de pantalón corto. Nunca entendí muy bien a qué se refería, pero hoy, ya grande, a la luz de los hechos, veo que no se equivocaba. Ese año, el de la pelea con Ceiba, la maestra nos pidió que eligiéramos un personaje de la historia al que nos gustara parecernos y que al día siguiente lleváramos algo que representara sus virtudes. Nadie se rompió demasiado: todos decían el nombre de un prócer (San Martín, Belgrano) y pelaban una Billiken con dibujitos de sus hazañas. El despelote lo armé yo cuando dije “Juan Domingo Perón” y saqué el ejemplar de “Las veinte verdades peronistas” que mi viejo guardaba debajo de una tabla floja del dormitorio. Eran tiempos en los que mentar al general estaba prohibido y si no me expulsaron fue porque el director de la escuela resultó ser de los nuestros. Aunque lo importante en esta anécdota, y disculpe si me fui por las ramas, es lo que dijo el Uru. Se puso serio y soltó: “Dogomar Martínez”. “¿Dogoqué?”, lo apuró la maestra, sorprendida. “Dogomar Martínez, el campeón uruguayo que le aguantó diez rounds a Archie Moore en el Luna Park. Mire, salió en El Gráfico”. Se salvó de una mala nota porque enseguidita me tocó a mí y el escándalo por Perón tapó todo. Lo que queda claro, igual, es que ya le revoloteaba esa idea desgraciada por la cabeza: la del aguante, la del coraje heroico.
Ahora viene un bache de muchos años. Si le interesa esa parte, a lo mejor le conviene irse hasta Montevideo. Porque el Uru regresó al Cerro con la familia después de terminar la primaria. Una sola vez me escribió desde allá, por vago, seguro, igual que yo, que tardé un montón en responderle y lo único que se me ocurrió contarle era algo que todos sabían: que Perón había vuelto. Perón volvió, murió, agarró la turra ésa, volvieron los milicos asesinos y los que murieron después, como siempre, fueron los peronistas. En mi memoria, y en la de los pibes del barrio, el Uru empezó a desteñirse, lo fueron comiendo sus ausencias: no debutó con nosotros en los puteríos de la isla Maciel, ni estuvo en el velorio del general, ni sintió el miedo helado de ver un Falcon sin chapa estacionado en la esquina. Él quedó atrapado en nuestra infancia, esa infancia que hoy vemos de otra manera, lógicamente, pero que cuando sos adolescente y te querés morfar el mundo ni te das vuelta a mirarla.
Nos enteramos por los diarios. Ese sábado, en el Luna, peleaba el campeón mundial de los welter, el invicto yanqui Teddy Benson que andaba de gira por acá, contra una promesa uruguaya, Washington Maldonado, quince victorias consecutivas, ocho por nocaut. A diez rounds, sin el título en juego. ¿El Uru? ¡El Uru! ¡El Uru y la puta que lo parió! Nos agarró una alegría que usted no sabe, como si la hubiéramos tenido enterrada. Alguno averiguó que llegaba el viernes y que iba a parar en el hotel Roma, y ese día nos fuimos en patota a saludarlo. Estaba igual. Más alto, claro, más musculoso, espalda ancha, brazos largos, pero la sonrisa de bueno no se le había borrado. Nos recibió con un abrazo para triturar columnas y después se quedó callado, mirándonos. Creo que trataba de convencerse de que los que estábamos ahí frente a él no éramos impostores sino sus amigos de siempre, los pibes bravos de Pompeya, ahora con barba y pelo largo. “¿Y Ceiba?”, preguntó por fin. “Todavía está escupiendo tierra de la Canchita de la Viuda”, respondí yo y nos cagamos todos de risa. El Uru se portó bárbaro: pagó la cerveza y nos consiguió entradas para el ring side. Volvimos al barrio con la idea de que al negro ese se lo iba a comer crudo.
Si usted me pregunta si estábamos nerviosos, si teníamos miedo, le digo que no. Benson era muy bueno, pero el Uru era de los nuestros: sangre charrúa, pompeyana y peronista, ¿cómo no le íbamos a tener fe? Me dicen que de la pelea no quedaron filmaciones y es una lástima. Ojalá llegue el día en que inventen el aparato para transformar en película lo que uno tiene en la cabeza, porque yo llevo las escenas de esa noche terrible grabadas a fuego. Todavía me parece escuchar el chirrido de las zapatillas al deslizarse por la lona y los bufidos de mi amigo buscando aire.
El Uru empezó muy bien. Boxeaba a la distancia, en puntas de pie, entraba y salía rápido, sin arriesgarse mucho. El negro avanzaba agazapado, hamacándose como Frazier, y pum, cada tanto tiraba un cañonazo que el Uru visteaba o barría con los antebrazos. Pareja la cosa, tranquila. El quiebre se dio al final del cuarto round. Benson se jugó a fondo con una derecha y le regaló el mentón al Uru, que lo puso como Dios manda. El yanqui, groggy, zapateó un malambo cortito y se salvó por la campana. Los segundos tuvieron que arrastrarlo al rincón porque estaba perdido y las piernas no le daban.
Es ahí cuando el Uru se equivoca, me parece, humildemente. Porque en el quinto se le va encima para liquidarlo sin pensar que el otro no era un cuatro de copas, un pelotudito de Villa Diamante; ¡el otro era el campeón del mundo, invicto para colmo! Lo concreto es que en ese round pegó mucho, pero también cobró. Y que en el sexto ligó un cross a la mandíbula que lo tiró justo de cara a donde estábamos nosotros. “¡Vamos Uru carajo, aguante Pompeya y la concha de su madre!”, le gritábamos mientras él hacía fuerza para levantarse. Nos contestaba que sí con la cabeza, los ojos bien grandes, el protector bucal medio salido.
Usted dirá que es una boludez, pero a veces me pregunto qué habría ocurrido si el Uru hubiese caído del otro lado del ring. A lo mejor se quedaba en la lona y chau. Pero nos vio a nosotros y vio su infancia en el barrio, los valores compartidos, los códigos de honor y valentía, la ligazón indestructible que todavía nos seguía uniendo. O no, quizás llevaba esa locura adentro desde antes y por otras causas, y entonces me viene a la mente lo de Dogomar Martínez, ¿se acuerda? En fin, yo no nací para la filosofía y me quedo en lo que fue: el Uru cruzó piña y piña hasta el final, cayó tres veces más, la cara como un estofado, sangre por todos lados. Si aguantó de pie y perdió por puntos, fue porque tenía un corazón de oro.
El orgullo, además de mezquino, es un sentimiento miope. Lo digo porque no nos dimos cuenta de nada. Nos rompimos las manos aplaudiendo cuando Benson lo fue a saludar y lo único que deseamos en ese momento fue que el resto del estadio supiera que el uruguayito que había derrochado guapeza frente a un campeón del mundo estaba hecho de nuestra misma madera. Salimos y lo fuimos a esperar al hotel, que estaba enfrente. Pasamos media hora discutiendo dónde lo íbamos a llevar: si a comer pizza a Las Cuartetas o asado al Arriero, una parrilla de la Perito Moreno que ya no existe. Cuando vimos llegar la ambulancia, que estacionó en una puerta lateral del Luna, a uno se le ocurrió un chiste pelotudo: “Vienen a llevárselo al negro”. Pero a mí me agarró un escalofrío –me pregunto si los presagios se sentirán así– y corrí como un loco a preguntarles a los enfermeros qué pasaba. “El uruguayito se desmayó”, me contestó uno de los que cargaba la camilla. Lo sacaron rápido. Tenía los ojos tumefactos, las manos todavía vendadas. “Uru, Uru”, le grité yo, como para despertarlo, mire qué idiota.
Se lo llevaron al Argerich. Nosotros atrás, aturdidos por la sirena de la ambulancia y por el miedo. En la puerta de la guardia, un periodista mencionó la palabra temida, coma, y ya ni pensar quisimos. Las esperanzas se nos hacían cenizas con cada cigarrillo y cada cigarrillo eran cuatro o cinco pitadas de agonía. Amaneció y ni noticias. Yo me hice fuerte en una idea absurda: nadie bueno muere así, aunque en esa época y en esa Argentina sobraban ejemplos en contra. A las ocho de la mañana salió un médico de ojos enrojecidos y con el gesto lo dijo todo. Imagínese lo que lloramos.
Lo enterraron allá con honores. Leí en Crónica que una de las manijas del cajón la llevó Dogomar Martínez. Nadie escribió una línea de su infancia en Pompeya y eso, para qué negarlo, me dio un poco de bronca. El Uru, sentía yo, había encarnado la ilusión de heroísmo y lucha de ese barrio que ya empezaba a degradarse, e ignorar aquella parte de la historia era un insulto a él, a nosotros, a nuestras calles. Al año siguiente mis amigos organizaron un viaje a Montevideo para visitar la tumba. De paso conocemos el Centenario y Maroñas, me dijeron. Yo me negué con la excusa de que el barco me mareaba. Pero lo que me mareaba, lo que me dolía, era otra cosa: el recuerdo de lo perdido, la certeza triste de que nunca habríamos de ser lo que soñamos.
domingo, 9 de agosto de 2020
El signo amarillo. Robert William Chambers.
Que el rojo amanecer adivine
lo que vamos a hacer,
cuando esta luz azul de estrellas muera
y todo haya acabado.
1.
¡Hay tantas cosas imposibles de explicar! ¿Por qué ciertos acordes musicales me hacen pensar en los tonos ocres y dorados del follaje de otoño? ¿Por qué la Misa de Santa Cecilia hace que mis pensamientos vaguen entre cavernas cuyas paredes relumbran con irregulares masas de plata virgen? ¿Qué hay en el rugido y agitación de Broadway a las seis en punto que me hace imaginar destellos de un silencioso bosque bretón donde el sol se filtra a través del follaje de primavera y Sylvia, inclinada sobre un lagarto verde con una expresión entre curiosa y tierna, murmura: «¡Y pensar que esto también es una criatura del Señor!»?
Cuando vi por primera vez al vigilante, estaba de espaldas a mí. Le miré con indiferencia hasta que entró en la iglesia. No le presté más atención que a cualquier otro hombre que holgazaneara por Washington Square aquella mañana, y cuando cerré la ventana y regresé al retrato ya lo había olvidado. Más tarde, a última hora de la tarde y tras un día caluroso, volví a abrir la ventana y me apoyé en el alféizar para respirar un poco de aire. Había un hombre apostado en el atrio de la iglesia, y volví a mirarle con el mismo desinterés de la mañana. Eché la vista al otro lado de la plaza donde el agua de la fuente reverberaba, y entonces, con la mente plagada de vagas imágenes de árboles, caminos de asfalto y grupos en movimiento de enfermeras y veraneantes, me dispuse a regresar a mi caballete. Cuando me giré, mi apática mirada incluyó al hombre apostado en el atrio de la iglesia.
Tenía el rostro vuelto hacia mí en esos momentos, y con un movimiento totalmente involuntario me incliné para observarle. En ese mismo instante, él levantó la cabeza y me miró. Instantáneamente pensé en un gusano necrófago. No podría precisar qué era lo que me repelía de él, pero la imagen de un grueso gusano necrófago blanco se hizo tan intensa y nauseabunda que probablemente me cambió la expresión de la cara, porque el hombre apartó su hinchado rostro con un movimiento que me recordó al de una perturbada larva de castaña.
Regresé a mi caballete y coloqué a la modelo en su pose. Tras trabajar durante un rato me convencí de que estaba arruinando tan rápidamente como era posible lo que ya había hecho; cogí una espátula y raspé el color de nuevo. Las tonalidades de la carne parecían macilentas e insanas, y no entendía cómo había podido pintar un color tan enfermizo en un retrato que antes había resplandecido con tonalidades saludables.
Miré a Tessie. Ella no había cambiado, y un pálido rubor de salud coloreó su cuello y mejillas mientras yo la observaba con el ceño fruncido.
—¿He hecho algo mal? —dijo ella.
—No… Me he hecho un lío con este brazo, y que me aspen si entiendo cómo he podido pintar en el lienzo semejante barrizal —contesté.
—¿Es que no poso bien? —insistió ella.
—Por supuesto que sí, perfectamente.
—¿Entonces no es mi culpa?
—No. Es mía.
—Lo siento —dijo ella.
Le dije que podía descansar mientras aplicaba un trapo y aguarrás a la zona infectada del lienzo, y ella salió a fumarse un cigarro y echar un vistazo a las ilustraciones del Courier Français.
No sé si había algo en el aguarrás o se trataba de un defecto del lienzo, pero cuanto más frotaba, más parecía extenderse la gangrena. Rasqué como un castor para sacarla, pero la enfermedad parecía propagarse de un miembro a otro del retrato ante mis ojos. Alarmado, luché por detenerla, pero entonces el color del pecho cambió y toda la figura pareció absorber la infección como una esponja sumergida en agua. Trabajé vigorosamente con la paleta, aguarrás y una rasqueta, pensando en todo momento en el tremendo rapapolvo que iba a echar a Duval, quien me había vendido el lienzo. Pero pronto advertí que no era el lienzo lo que estaba defectuoso, ni siquiera los colores de Edward. «Debe de ser el aguarrás», pensé malhumorado, «o bien mis ojos se han deslumbrado y confundido tanto por la luz de la tarde que ni tan siquiera puedo ver correctamente». Llamé a Tessie, la modelo. Ella entró y se apoyó sobre mi asiento exhalando anillos de humo en el aire.
—¿Qué le ha estado haciendo? —exclamó.
—Nada —gruñí—, ¡debe ser este aguarrás!
—Qué color más horrible tiene ahora —continuó—. ¿No le parece que mi piel parece queso verde?
—No, no lo creo —dije enfadado—, ¿es que alguna vez me has visto pintar de esa forma?
—¡No, claro que no!
—¡Pues bien, entonces!
—Debe ser el aguarrás, o algo así —admitió ella.
Se cubrió con una túnica japonesa y se acercó a la ventana. Yo rasqué y froté hasta que me sentí cansado; finalmente cogí los pinceles y los lancé rompiendo el lienzo mientras profería maldiciones, de las cuales Tessie tan sólo alcanzó a oír el tono.
Sin embargo, inmediatamente comenzó a renegar:
—¡Ya está bien de maldecir, hacer el tonto y arruinar sus pinceles! Lleva tres semanas con ese retrato, ¡y mire ahora! ¿De qué sirve que destroce el lienzo? ¡Qué criaturas más caprichosas son los artistas!
Me sentí tan avergonzado como habitualmente me sentía tras semejante explosión, y gire el arruinado lienzo hacia la pared. Tessie me ayudó a limpiar los pinceles, y luego se alejó dando saltitos para vestirse. Desde detrás del biombo me ofreció consejos sobre la pérdida total o parcial de nervios, hasta que, pensando quizás que ya me había atormentado lo suficiente, salió para suplicarme que le abotonara desde la cintura hasta el hombro, donde ella no alcanzaba.
—Todo empezó a ir mal desde el momento en que regresó de la ventana y comentó algo sobre aquel hombre del atrio de aspecto horrible —afirmó ella.
—Sí, probablemente haya embrujado el cuadro —dije bostezando. Miré mi reloj.
—Son más de las seis, lo sé —dijo Tessie, ajustándose el sombrero delante del espejo.
—Sí —contesté—, siento haberte retenido tanto tiempo —me apoyé sobre la ventana, pero retrocedí asqueado porque el joven con el rostro pálido seguía de pie junto al atrio. Tessie advirtió mi gesto de desaprobación y se inclinó sobre la ventana.
—¿Es ése el hombre que no le gusta? —susurró, y yo asentí—. No puedo verle la cara, pero parece gordo y blando. Por alguna razón —continuó, volviéndose a mirarme— me recuerda un sueño… un terrible sueño que tuve en una ocasión. Ó quizás… —reflexionó mirando sus hermosos zapatos—, ¿fue realmente un sueño?
—¿Cómo quieres que yo lo sepa? —sonreí.
Tessie me devolvió la sonrisa.
—Usted estaba en él —dijo ella—, así que quizás puede que supiera algo.
—¡Tessie! ¡Tessie! —protesté—, ¡no te atrevas a adularme diciendo que sueñas conmigo!
—Pero es cierto —insistió ella—, ¿quiere que se lo cuente?
—Adelante —repliqué, y se encendió un cigarrillo.
Tessie se echó hacia atrás apoyándose sobre el alféizar de la ventana abierta y comenzó a hablar muy seria.
—Una noche del pasado invierno estaba echada sobre la cama sin pensar en nada en particular. Había estado posando para usted y me sentía cansada y, sin embargo, no podía dormir. Escuché las campanas de la ciudad dando las diez, las once y la medianoche. Debí de dormirme alrededor de la medianoche, porque no recuerdo haber oído más campanadas. Me pareció que apenas acababa de cerrar los ojos cuando soñé que algo me impulsaba a acercarme a la ventana. Me levanté y, tras alzar el marco de la ventana, me apoyé sobre el alféizar. La calle Veinticinco estaba desierta hasta donde me alcanzaba la vista. Comencé a sentir miedo; todo ahí fuera parecía tan… tan negro e inhóspito. Entonces llegó a mis oídos el sonido de unas ruedas en la distancia, y me pareció que ese era el motivo por el que estaba esperando. Las ruedas se aproximaron muy lentamente, y por fin divisé un vehículo que avanzaba por la calle. Se iba acercando poco a poco, y cuando pasó por debajo de mi ventana vi que era una carroza fúnebre. Entonces, mientras yo temblaba de miedo, el conductor volvió la cabeza y me miró directamente a los ojos. Cuando me desperté estaba de pie junto a la ventana abierta temblando de frío, pero la carroza fúnebre con plumón negro y el conductor se habían ido. Soñé lo mismo el pasado mes de marzo, y de nuevo me desperté junto a la ventana abierta. Ayer noche volví a tener el mismo sueño. ¿Recuerda cómo llovía? Cuando me desperté, de pie junto a la ventana abierta, mi camisón estaba empapado.
—¿Pero dónde aparezco yo en el sueño? —pregunté.
—Usted… usted estaba en el ataúd; pero no estaba muerto.
—¿En el ataúd?
—Sí.
—¿Cómo lo supiste? ¿Pudiste verme?
—No; sólo supe que estaba allí.
—¿Habías estado comiendo tostadas galesas o ensalada de langosta? —comencé a reírme, pero la joven me interrumpió con un grito angustiado—. ¿Eh? Pero ¿qué ocurre? —dije mientras ella se encogía en el alféizar de la ventana.
—El hombre… el hombre que está ahí abajo en el atrio de la iglesia… él conducía la carroza fúnebre.
—Tonterías —dije, pero los ojos de Tessie estaban desorbitados por el terror. Me acerqué a la ventana y miré fuera. El hombre se había ido—. Venga, Tessie —la animé—, no seas tonta. Has estado posando demasiado rato; estás nerviosa.
—¿Cree que podría olvidar esa cara? —murmuró ella—. Tres veces vi esa carroza fúnebre pasar bajo mi ventana, y en cada ocasión el conductor se giró y me miró. Oh, ese rostro estaba tan blanco y… y ¿blando? Parecía el de un muerto… como si llevara muerto mucho tiempo.
Conduje a la chica hasta una silla y le hice beber un vaso de Marsala. Luego me senté junto a ella e intenté darle algún consejo.
—Mira, Tessie —dije—, vete al campo una o dos semanas y dejaras de soñar con carrozas fúnebres. Posas durante todo el día, y cuando llega la noche tienes los nervios a flor de piel. No puedes seguir así. Y luego, además, en lugar de irte a la cama cuando has acabado tu día de trabajo, te escapas a hacer picnics a Sulzerís Park, o te vas a Eldorado o a Coney Island, y cuando vienes por las mañanas estás totalmente reventada. No existe esa carroza fúnebre. Ha sido un sueño tras una cena de cangrejos.
Tessie sonrió débilmente.
—¿Y qué me dice del hombre en el atrio?
—Oh, simplemente es una criatura enfermiza de lo más común.
—¡Se lo juro, señor Scott: es tan cierto como que me llamo Tessie Reardon que el rostro del hombre de ahí abajo en el cementerio es el rostro del hombre que conducía la carroza fúnebre!
—¿Y qué? —dije—. Es un trabajo tan honrado como cualquier otro.
—¿Entonces cree que realmente vi esa carroza fúnebre?
—Oh —dije con diplomacia—, si la viste realmente, podría ser que el hombre de ahí abajo la condujera. No sería de extrañar.
Tessie se levantó, desdobló su pañuelo perfumado y, tras sacar un trozo de chicle de un nudo del dobladillo, se lo metió en la boca. Luego se quitó uno de los guantes y me ofreció la mano, con un sincero «Buenas noches, señor Scott», y salió.
2.
A la mañana siguiente Thomas, el botones, me trajo el Herald y una información. La iglesia vecina había sido vendida. Di gracias a los cielos por ello, y no es que, siendo yo católico, sintiese ninguna repugnancia por los feligreses que se congregaban en la puerta, sino porque tenía los nervios destrozados por el vociferante predicador que pronunciaba cada palabra tan fuerte que retumbaba a través de la nave de la iglesia como si estuviera en mi propio apartamento, y que insistía en sus erres con una persistencia nasal que enervaba todos mis sentidos. Además, también estaba aquel demonio con forma humana, un organista, que se dedicaba a tocar algunos grandiosos himnos antiguos con una interpretación demasiado personal, y deseaba con toda mi alma la sangre de una criatura que podía ejecutar la doxología con una modificación de acordes menores que sólo se escucha en un cuarteto de estudiantes. Creo que el pastor era un buen hombre, pero cuando bramaba: «Y el Señorrrr dijo a Moisés, el Señorrrr es un guerrero; el Señorrrr es su nombre. ¡Mi ira se inflamará y os mataré con mi espada!», me preguntaba cuántos siglos de purgatorio se necesitarían para expiar tamaño pecado.
—¿Quién ha comprado la propiedad? —pregunté a Thomas.
—Nadie que yo conozca, señor. Dicen que el caballero propietario de estos apartamentos Hamilton estaba echando un vistazo. Puede que vaya a construir más estudios.
Me acerqué a la ventana. El joven con el rostro enfermizo estaba apostado junto a la verja del atrio, y con tan sólo mirarle me embargó la misma repugnancia abrumadora.
—Por cierto, Thomas —dije—, ¿quién es ese tipo de allí?
Thomas inhaló aire con gesto de desprecio.
—¿Aquel gusano de allí, señor? Es el vigilante nocturno de la iglesia, señor. Me toca las narices verle sentado toda la noche en esos escalones y mirando fijamente con todo el descaro. Le reventaría la cabeza, señor… y disculpe usted…
—Continúa, Thomas.
—Una noche, cuando regresaba a casa con Harry, el otro chico inglés, va y veo a ese tipo allí en los escalones. Molly y Jen estaban con nosotros, señor, las dos chicas del servicio de habitaciones, y entonces nos mira tan descaradamente que me acerco a él y le digo: «¿Qué miras, babosa abotargada?», disculpe, señor, pero así se lo dije. Entonces va y no dice nada, y yo digo: «Sal aquí que te reviente esa cabeza de gelatina». Entonces salto la verja y entro, pero él no dice nada, sólo me mira descaradamente. Entonces le golpeo una vez, pero, ¡ugh!, su cabeza está tan fría y blanda que vomitaría sólo con tocarla.
—¿Qué hizo él entonces? —pregunté con curiosidad.
—¿Él? Nada.
—¿Y tú, Thomas?
El joven se ruborizó como avergonzado y sonrió incómodo.
—Señor Scott, no soy un cobarde y no puedo entender por qué corrí. He estado en el Quinto de Lanceros, señor, corneta en Tel-el-Kebir, y me dispararon junto a las trincheras.
—¿Me estás diciendo que saliste corriendo?
—Sí, señor; me fui corriendo.
—¿Por qué?
—Eso mismo quiero saber yo, señor. Agarré del brazo a Molly y corrí, y los otros estaban tan asustados como yo.
—¿Pero de qué estabais asustados?
Thomas rehusó contestar durante unos momentos, pero mi curiosidad por el repulsivo joven ya había despertado y continué presionándole. Los tres años de estancia en América no sólo no habían modificado el acento cockney de Thomas, sino que le habían añadido el norteamericano miedo al ridículo.
—No me va a creer, señor Thomas.
—Sí, te creeré.
—¿Y no se reirá de mí, señor?
—¡Tonterías!
Vaciló unos segundos.
—Bueno, señor, Dios es testigo de que cuando le golpeé, él me sujetó las muñecas, señor, y cuando le retorcí su blando y viscoso puño, uno de sus dedos cayó en mi mano.
El intenso asco y horror en el rostro de Thomas debió de reflejarse en el mío, porque añadió:
—Es horrible, y ahora en cuanto le veo salgo pitando. Me pone enfermo.
Cuando Thomas se hubo marchado, me acerqué a la ventana. El hombre estaba en la parte exterior de la verja de la iglesia y tenía ambas manos apoyadas en la puerta, pero de nuevo retrocedí a toda prisa hacia mi caballete, asqueado y aterrorizado, porque pude ver que el dedo corazón de su mano derecha había desaparecido.
A las nueve en punto Tessie apareció y se escondió tras el biombo con un animado «Buenos días, señor Scott». Mientras reaparecía y se colocaba para posar en la tarima, comencé con un nuevo lienzo, lo cual la deleitó sobremanera. Permaneció en silencio mientras yo pintaba, pero en cuanto cesó el rasgueo del carboncillo y cogí el fijador, comenzó a parlotear.
—Oh, me lo pasé de maravilla ayer noche. Fuimos a Tony Pastor.
—¿Quiénes fuisteis? —inquirí.
—Oh, Maggie, ya sabe, la modelo del señor Whyte, y Pinkie McCormick… la llamamos Pinkie porque tiene esa hermosa melena pelirroja que a ustedes los pintores tanto les gusta… y Lizzie Burke.
Rocié con fijador el lienzo y dije:
—Bueno, continúa.
—Vimos a Kelly y Baby Barnes, la bailarina de velos y… y todos los demás. Estuve flirteando con un chico.
—¿Entonces me has traicionado, Tessie?
Ella rió y negó con la cabeza.
—Es el hermano de Lizzie Burke, Ed. Es un perfecto caballero.
Me sentí obligado a darle algunos consejos paternales sobre el flirteo, los cuales aceptó con una brillante sonrisa.
—Oh, ya sé cómo evitar los flirteos con extraños —dijo ella, examinando su chicle—, pero Ed es diferente. Lizzie es mi mejor amiga.
Entonces me contó cómo Ed había regresado de la fábrica de medias de Lowell, Massachusetts y las había encontrado a ella y a Lizzie ya convertidas en mujercitas, y lo buen mozo que era y lo poco que le había costado gastarse medio dólar en helados y ostras para celebrar su nuevo trabajo de oficinista en el departamento de lana de Macy’s. Antes de que acabara, comencé a pintar, y ella volvió a posar, sonriendo y cotorreando como un gorrión. A mediodía tenía el retrato bastante bien perfilado y Tessie se acercó para mirarlo.
—Mucho mejor —dijo.
Y así lo pensaba yo también, y comí el almuerzo con una sensación satisfecha de que todo iba bien. Tessie colocó su almuerzo sobre la mesa de dibujo frente a mí y bebimos el clarete de la misma botella y encendimos cigarrillos con la misma cerilla. Yo me sentía muy unido a Tessie. La había visto florecer hasta convertirse en una mujer delgada pero de exquisita figura desde que era una niña frágil y patosa. Había posado para mí durante los tres últimos años, y de todas mis modelos ella era mi favorita. En efecto, me habría preocupado sobremanera si se hubiera vuelto arisca o demasiado superficial, pero jamás observé ningún deterioro de su carácter, y sabía con seguridad que ella estaba bien. Tessie y yo nunca discutíamos sobre cuestiones morales, y yo no tenía intención de empezar a hacerlo, en parte porque no tenía ningún consejo que darle, y en parte porque sabía que ella haría lo que le apeteciera a pesar de mis consejos. Sin embargo, aún tenía esperanzas de que se mantuviera alejada de cualquier complicación, porque deseaba lo mejor para ella, y también porque quería conservar la mejor modelo que tenía. Sabía que el flirteo, como ella lo llamaba, no tenía la mayor importancia para chicas como Tessie, y que tales cosas en Norteamérica no se parecían ni remotamente a las mismas cuestiones en París. Sin embargo, habiendo vivido siempre con los ojos bien abiertos, también sabía que algún día alguien se llevaría a Tessie de una forma u otra, y aunque yo creía que el matrimonio era algo absurdo, sinceramente esperaba que, en este caso, hubiese un cura al final del camino. Soy católico. Cuando voy a misa, cuando me persigno, siento que todo, incluido yo mismo, es más agradable, y cuando me confieso, me siento bien. Un hombre que vive tan solitariamente como yo debe confesarse a alguien. Además, Sylvia era católica, y con eso me bastaba. Pero estaba hablando de Tessie, que es muy diferente. Tessie también era católica y mucho más devota que yo, así que, teniendo todo esto en cuenta, mi bonita modelo no iba darme muchos quebraderos de cabeza hasta el momento en que se enamorase, porque entonces sabía que tan sólo el destino decidiría su futuro por ella, e interiormente rezaba para que ese destino la mantuviese alejada de hombres como yo y le pusiese en su camino a hombres como Ed Burke y Jimmy McCormick. ¡Que Dios bendiga su dulce rostro!
Tessie estaba sentada exhalando humo hacia el techo y agitando el cubito de hielo de su bebida.
—¿Sabes que yo también tuve un sueño ayer noche? —comenté.
—No sería sobre ese hombre —se rió.
—Exactamente. Un sueño similar al tuyo, pero mucho peor.
Fue estúpido e irreflexivo que dijera esto, pero ya se sabe el poco tacto que poseen los pintores en general.
—Debí de dormirme sobre las diez en punto —continué—, y después de un rato soñé que me despertaba. Oí tan nítidamente las campanadas de medianoche, el viento en las ramas de los árboles y el silbido de los barcos de vapor de la bahía que incluso ahora a duras penas dudo si realmente no estaba despierto. Parecía estar tumbado dentro de una caja con una tapa de cristal. Observé borrosamente las farolas de la calle mientras pasaba, porque debo decir, Tessie, que la caja en la que estaba tumbado parecía descansar sobre un carro acolchado que traqueteaba sobre el pavimento empedrado. Después de un rato comencé a impacientarme e intenté moverme, pero la caja era demasiado estrecha. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, de forma que no podía levantarlas para ayudarme con ellas. Agucé el oído y luego intenté gritar. Mi voz había desaparecido. Podía oír los cascos de los caballos que tiraban del carro e incluso la respiración del conductor. Entonces, otro sonido llegó a mis oídos, como si alguien abriera una ventana. Logré girar levemente la cabeza y descubrí que podía ver no sólo a través del cristal de mi caja, sino también a través de los cristales laterales del vehículo. Vi casas, vacías y silenciosas, sin luz ni vida en el interior de ninguna de ellas, excepto en una. En aquella casa había una ventana abierta en la primera planta y una figura totalmente vestida de blanco miraba a la calle. Eras tú.
Tessie había apartado su rostro de mí y tenía los codos apoyados sobre la mesa.
—Pude ver tu rostro —continué—, y me pareció que reflejaba una enorme pena. Entonces pasamos bajo tu ventana y giramos hacia una estrecha y negra calle. Poco después los caballos pararon. Esperé y esperé, con los ojos cerrados, temeroso e impaciente, pero todo permanecía tan silencioso como una tumba. Después de lo que me parecieron horas, comencé a sentirme incómodo. Una sensación de que alguien estaba cerca de mí me hizo abrir los ojos. Entonces vi el blanco rostro del conductor de la carroza fúnebre mirándome a través de la tapa del ataúd…
Me interrumpió un sollozo de Tessie. Estaba temblando como una hoja. Comprendí entonces lo estúpido que había sido e intenté reparar el daño.
—Pero ¿por qué, Tess? —dije—, sólo te he contado esto para demostrarte qué influencia puede tener tu historia en los sueños de otra persona. No creerás en serio que yo yacía en un ataúd, ¿verdad? ¿Por qué tiemblas? ¿No comprendes que tu sueño y mi irracional desagrado por aquel inofensivo vigilante de la iglesia simplemente pusieron a funcionar mi cerebro en cuanto me dormí?
Tessie apoyó la cabeza entre sus brazos y sollozó como si tuviera el corazón roto. ¡Menudo zopenco había sido! Pero estaba a punto de batir mi propio récord. Me acerqué a ella y la rodeé con el brazo.
—Tessie, querida, perdóname —dije—; no tenía derecho a asustarte con tantas tonterías. Eres una chica demasiado sensible, una católica demasiado buena para creer en sueños.
Su mano se tensó en la mía y apoyó la cabeza en mi hombro, pero seguía temblando y la acaricié para reconfortarla.
—Venga, Tess, abre los ojos y sonríe.
Abrió los ojos con un movimiento lento y lánguido y los posó en los míos, pero tenía una expresión tan extraña en su rostro que me apresuré a tranquilizarla.
—Es todo falso, Tessie, no es posible que creas que te puede pasar nada malo por eso.
—No —dijo ella, pero sus labios escarlata temblaron.
—Entonces, ¿qué ocurre? ¿Tienes miedo?
—Sí. Pero no por mí.
—¿Por mí, entonces? —pregunté jovialmente.
—Por usted —murmuró con un hilo de voz casi inaudible—, yo… yo le quiero…
Al principio comencé a reírme, pero en el momento en que la comprendí, sentí un mazazo y me quedé sentado totalmente petrificado. Éste había sido el culmen de todas las estupideces que había cometido. Durante los segundos que pasaron entre su respuesta y mi réplica, pensé en mil respuestas posibles a aquella inocente confesión. Podía dejarla pasar con una risa, podía fingir que no la había entendido y tranquilizarla sobre mi salud, podía simplemente señalar que era imposible que ella pudiera amarme. Pero mi respuesta fue más rápida que mis pensamientos y podría haber seguido pensando y pensando cuando ya era demasiado tarde, porque en aquel instante la besé en la boca.
Aquella tarde salí a dar mi habitual paseo por el parque de Washington, reflexionando sobre todo lo acontecido ese día. Estaba profundamente involucrado. No era posible echarse atrás ahora, y miré al futuro de frente. No era un hombre bueno, ni siquiera escrupuloso, pero ni por un segundo se me pasó por la cabeza engañarme a mí mismo o a Tessie. La única pasión de mi vida permanecía enterrada en los soleados bosques de Bretaña. ¿Enterrada para siempre? La Esperanza me gritó «¡No!». Durante tres años había estado escuchando la voz de la Esperanza, y durante tres años había estado esperando oír unos pasos en el umbral de mi puerta. ¿Se había olvidado Sylvia? «¡No!», me gritó la Esperanza.
He dicho que no soy una buena persona. Y es cierto, pero tampoco soy lo que se dice un patético villano de ópera. Había gozado de una vida fácil y temeraria, aceptando todo lo que me reportara placer, deplorando y en ocasiones arrepintiéndome amargamente de las consecuencias. Tan sólo me tomaba en serio una cosa, aparte de mi arte, y esta permanecía escondida, si no perdida para siempre, en los bosques bretones.
Era ya demasiado tarde para arrepentirme de lo ocurrido durante el día. Ya fuera pena, o una repentina ternura por su tristeza, o un instinto más brutal de vanidad gratificada, ahora ya daba igual, y, a menos que desease herir un corazón inocente, mi camino ya estaba marcado frente a mí. El fuego y la intensidad, la profundidad apasionada de un amor que yo ni siquiera había sospechado, a pesar de mi supuesta experiencia mundana, no me dejaron más alternativas que responder o rechazarla. Si fue porque soy un cobarde cuando se trata de causar daño a otros, o porque me queda bien poco dentro de mí del sombrío puritano, no lo sé, pero me amedrenté y no renegué de mi responsabilidad por ese beso irreflexivo, y de hecho no tuve tiempo de hacerlo antes de que las puertas de su corazón se abrieran y una riada se desbordase de él. Otros que habitualmente cumplen con su deber y encuentran una hosca satisfacción en hacerse ellos mismos y a todos los demás infelices podrían haberse resistido. Pero yo no. No me atreví. Después de que la tormenta amainara, le dije que podría irle mejor si amara a Ed Burke y llevase una sencilla sortija de oro, pero ella se negó a escucharme, y pensé que quizás, ya que ella había decidido amar a alguien con quien no podía casarse, mejor que fuera a mí. Yo, al menos, podría tratarla con un afecto inteligente, y cuando se cansase de su capricho no saldría peor parada por ello. Y es que yo ya me había decidido en ese punto, aunque sabía lo difícil que sería. Pensé en el final habitual de las relaciones platónicas y recordé lo disgustado que me sentía cuando oía hablar de alguna. Sabía que estaba asumiendo una difícil tarea para un hombre tan poco escrupuloso como yo, y temía el futuro, pero ni un solo segundo dude de que ella estaría segura conmigo. Si hubiera sido cualquier otra persona distinta a Tessie, no me hubiera devanado los sesos con escrúpulos. Y es que no se me pasaba por la mente sacrificar a Tessie como lo hubiera hecho con una mujer de mundo. Miré el futuro de frente y contemplé los distintos finales del affaire. O bien ella se cansaría de toda la situación, o bien sería tan desdichada que yo tendría que casarme con ella o huir. Si me casaba con ella, seríamos infelices. Yo con una esposa no apropiada para mí, y ella con un marido no apropiado para ninguna mujer. Mi vida pasada difícilmente me otorgaba el derecho a casarme. Si me fuera, ella podría o bien enfermar, recuperarse y casarse con Eddie Burke, o podría inconsciente o deliberadamente escapar y hacer algo estúpido. Por otro lado, si se cansaba de mí, entonces su vida todavía se mostraría ante sus ojos con bellas perspectivas de Eddie Burkes y anillos de matrimonio y gemelos y apartamentos en Harlem y Dios sabe qué más. Mientras paseaba por entre los árboles junto al Arco de Washington, decidí que en todo caso ella encontraría un buen amigo en mí y que el futuro podría cuidarse de sí mismo. A continuación entré en la casa y me vestí de noche; había leído la pequeña nota ligeramente perfumada en mi aparador que decía: «Espéreme con un coche de alquiler en la entrada de artistas a las once», firmada por «Edith Carmichael, Metropolitan Theater, 19 de junio, 189—».
Cené esa noche, o más bien, cenamos la señorita Carmichael y yo en Solari’s y el amanecer comenzaba a dorar la cruz de la Memorial Church cuando entré en Washington Square tras dejar a Edith en el Brunswick. No había ni una sola alma en el parque cuando pasé entre los árboles y tomé la senda que lleva desde la estatua de Garibaldi hasta los Apartamentos Hamilton, pero cuando pasaba junto al atrio de la iglesia vi una figura sentada en los escalones de piedra. A mi pesar, un escalofrío me recorrió al ver la hinchada cara blanca, y aceleré el paso. Entonces él dijo algo que podría haber estado dirigido a mí o quizás simplemente se lo murmuró a sí mismo, pero una repentina ira furibunda se encendió dentro de mí al ver que semejante criatura me interpelaba. Durante unos segundos sentí el impulso de girarme sobre mis talones y golpearle en la cabeza con el bastón, pero continué andando y, tras entrar en el edificio Hamilton, me dirigí a mi apartamento.
Durante algún tiempo estuve dando vueltas en la cama, intentando borrar el sonido de su voz en mis oídos, pero me fue imposible. Invadía mi cabeza con aquel sonido farfullante, como un aceitoso y pesado humo que manara de una freidora o el hedor de una fétida putrefacción. Y mientras estaba allí tendido dando vueltas, la voz en mis oídos se hizo más nítida, y comencé a entender las palabras que había murmurado. Me llegaron lentamente, como si las hubiera olvidado, y por fin pude encontrar el sentido a los sonidos. Era el siguiente:
—¿Ha encontrado el Signo Amarillo?
—¿Ha encontrado el Signo Amarillo?
—¿Ha encontrado el Signo Amarillo?
Estaba furioso. ¿Qué significaba eso? Entonces, maldiciéndole, me di la vuelta y me dispuse a dormir, pero cuando me desperté más tarde estaba pálido y demacrado, porque había estado soñando el sueño de la noche anterior y me había incomodado más de lo que hubiera deseado.
Me vestí y bajé al estudio. Tessie estaba sentada junto a la ventana, pero cuando entré se levantó y puso sus brazos alrededor de mi cuello para darme un beso inocente. Se la veía tan dulce y delicada que la besé otra vez y luego me senté frente al caballete.
—¡Eh! ¿Dónde está el retrato que comencé ayer? —pregunté.
Tessie parecía haberse dado cuenta, pero no respondió. Comencé a buscar entre los lienzos apilados, diciendo:
—¡Date prisa, Tess, y prepárate! Quiero aprovechar la luz de la mañana.
Cuando finalmente terminé de comprobar el resto de lienzos y me giré para echar un vistazo a la habitación en busca del retrato, advertí que Tessie estaba de pie junto al biombo con la ropa aún puesta.
—¿Qué ocurre? —pregunté—, ¿no te sientes bien?
—Sí.
—Entonces, date prisa.
—¿Quieres que pose como… como siempre he posado?
Entonces comprendí. Aquí teníamos otra complicación. Por supuesto, había perdido la mejor modelo de desnudo que jamás hubiera tenido. Miré a Tessie. Su rostro estaba escarlata. ¡Ay, ay! Habíamos comido del árbol del conocimiento, y el Edén y la inocencia original eran tan sólo sueños del pasado… es decir… para ella.
Supongo que notó la decepción en mi rostro, porque a continuación dijo:
—Posaré si así lo deseas. El retrato está detrás del biombo, donde lo puse.
—No —dije—, comenzaremos algo nuevo.
Me dirigí al armario y elegí un vestido árabe que relucía con adornos brillantes. Era un vestido real y Tessie se retiró al biombo encantada con él. Cuando salió me quedé atónito. Su largo cabello negro estaba recogido sobre su cabeza con una diadema de turquesas, y las puntas se rizaban alrededor del reluciente fajín. Los pies estaban enfundados en unas zapatillas bordadas acabadas en punta y la falda del vestido, curiosamente tejida con arabescos de plata, le llegaba hasta los tobillos. El corpiño de un color azul metálico profundo y la chaquetilla morisca con lentejuelas y turquesas engarzadas le sentaban maravillosamente. Tessie se acercó a mí y me miró sonriente. Deslicé la mano en el bolsillo, saqué una cadena de oro con una cruz y se la puse por encima de la cabeza.
—Es tuya, Tessie.
—¿Mía? —tartamudeó ella.
—Tuya. Ahora ve y posa.
Entonces con una sonrisa radiante corrió tras el biombo y en breve reapareció con una cajita en la que estaba escrito mi nombre.
—Quería dártela antes de irme a casa esta noche —dijo ella—, pero ahora no puedo esperar.
Abrí la caja. Sobre el algodón rosa del interior había un broche de ónice negro en el que había tallado un extraño símbolo o letra en oro. No era árabe ni chino, ni tampoco pertenecía a ningún tipo de escritura humana, como más tarde averigüé.
—Es lo único que tengo para ofrecerte como recuerdo —dijo con timidez.
Yo estaba algo molesto, pero le dije lo mucho que apreciaba el detalle, y le prometí que lo llevaría siempre. Ella lo abrochó en mi abrigo, bajo la solapa.
—Qué locura, Tess, que hayas ido a comprarme algo tan bello como esto —dije.
—No lo he comprado —rió ella.
—¿De dónde lo has sacado?
Entonces me explicó que lo encontró un día mientras salía del acuario en el Battery y que puso un anuncio en los periódicos y los estuvo leyendo durante días, pero que finalmente había perdido toda esperanza de encontrar al dueño.
—Eso ocurrió el pasado invierno —dijo—, el mismo día que tuve el primer sueño horrible con la carroza fúnebre.
Recordé mi sueño de la noche anterior, pero no dije nada; en breve mi carboncillo volaba sobre el nuevo lienzo y Tessie permaneció inmóvil sobre el estrado.
3.
El día siguiente fue desastroso para mí. Mientras transportaba un lienzo con marco de un caballete a otro, resbalé sobre el suelo pulido y caí pesadamente sobre ambas muñecas. Me las torcí tanto que me resultaba imposible sujetar un pincel, y me vi obligado a pasear de un lado a otro del estudio, mirando de reojo dibujos y bocetos inacabados hasta que me invadió la desesperación y me senté furioso a fumar y a hacer círculos con los pulgares. La lluvia golpeaba contra las ventanas y repiqueteaba sobre el tejado de la iglesia, un ruido que me produjo un ataque de nervios con su interminable golpeteo. Tessie estaba sentada junto a la ventana cosiendo, y de vez en cuando levantaba la cabeza y me miraba con una compasión tan inocente que comencé a sentirme avergonzado por mi irritación; entonces, miré a mi alrededor buscando algo con lo que mantenerme ocupado. Había leído todos los periódicos y todos los libros de la biblioteca, pero, para entretenerme, me acerqué a las vitrinas de libros y las abrí con el codo. Conocía todos los libros por su color y los examine uno tras otro, paseando lentamente por la biblioteca y silbando para levantarme el ánimo. Cuando me giré para dirigirme al comedor, mis ojos se quedaron clavados en un libro encuadernado en amarillo y que estaba colocado en una esquina del estante superior de la última estantería. No lo recordaba, y desde el suelo no lograba descifrar las pálidas letras del lomo, así que me dirigí al cuarto de fumar y llamé a Tessie. Ella vino del estudio y se encaramó para alcanzarme el libro.
—¿Qué es? —pregunté.
—El Rey de Amarillo.
Me quedé estupefacto. ¿Quién lo había colocado allí? ¿Cómo había llegado a mi apartamento? Mucho tiempo atrás decidí no abrir jamás ese libro, y nada en este mundo me hubiera hecho comprarlo. Temía que la curiosidad me tentara a abrirlo, pero la terrible tragedia del joven Castaigne, a quien yo conocía, me impedía explorar sus páginas malignas. Siempre había rehusado escuchar ni una sola descripción del mismo y, por supuesto, nadie jamás osó discutir en voz alta la segunda parte, así que desconocía absolutamente cualquier detalle de lo que aquellas hojas podrían revelar. Miré la venenosa portada amarilla como miraría a una serpiente.
—No lo toques, Tessie —dije—, baja.
Por supuesto, mi advertencia bastó para despertar su curiosidad, y antes de que pudiera evitarlo, había cogido el libro, riéndose, y se fue bailando con él hacia el estudio. La llamé, pero se escabulló de mis manos inútiles con una sonrisa torturadora, y la seguí con cierta impaciencia.
—¡Tessie! —grité mientras entraba de nuevo en la biblioteca—, escucha, lo digo en serio. Apártate de ese libro. ¡No quiero que lo abras!
La biblioteca estaba vacía. Entré en los dos salones, luego en los dormitorios, el lavadero, la cocina, y finalmente regresé a la biblioteca e inicié una búsqueda sistemática. Tessie se había escondido tan bien que me llevó media hora descubrirla agazapada, pálida y silenciosa, junto a la ventana de celosía en el trastero del piso de arriba. En cuanto la vi, me di cuenta de que había sido castigada por su insensatez. El Rey de Amarillo estaba tirado a sus pies, pero el libro estaba abierto por la segunda parte. Miré a Tessie y vi que ya era demasiado tarde. Había abierto El Rey de Amarillo. Luego tomé su mano y la conduje al estudio. Parecía aturdida y, cuando le dije que se echara en el sofá, me obedeció sin rechistar. Después de un rato cerró los ojos y su respiración se hizo regular y profunda, pero no pude averiguar si estaba dormida o no. Durante un largo lapso de tiempo me quedé sentado en silencio junto a ella, pero ella no se movió ni habló. Por fin, me levanté y, tras entrar en el trastero en desuso, cogí el libro amarillo con la mano menos dañada. Me pareció tan pesado como el plomo, pero lo llevé de nuevo al estudio, me senté en la alfombra junto al sofá, lo abrí y lo leí de principio a fin.
Cuando, débil por los excesos de mis emociones, dejé el libro y apoyé exhausto la espalda en el sofá, Tessie abrió los ojos y me miró.
Llevábamos hablando largo y tendido en un mortecino y monótono tono de voz cuando me di cuenta de que estábamos discutiendo sobre El Rey de Amarillo. Oh, el pecado de escribir semejantes palabras… palabras que son diáfanas como el cristal, transparentes y musicales como manantiales burbujeantes, ¡palabras que destellan y resplandecen como los envenenados diamantes de los Médicis! Oh, la perversidad, la condena sin esperanza de un alma capaz de fascinar y paralizar a criaturas humanas con tales palabras, palabras comprendidas tanto por el ignorante como por el sabio, palabras más preciosas que joyas, más reconfortantes que música celestial, más terribles que la propia muerte.
Hablamos y hablamos, haciendo caso omiso de las sombras que se agolpaban a nuestro alrededor, y ella me suplicaba que me deshiciera del broche de ónice negro con la extraña incrustación de lo que ahora sabíamos que era el Signo Amarillo. Nunca sabré por qué me negué a hacerlo, incluso en estos momentos, aquí en mi dormitorio mientras escribo esta confesión, me gustaría saber qué fue lo que me impidió arrancarme el Signo Amarillo del pecho y lanzarlo al fuego. Estoy seguro de que deseaba hacerlo, pero Tessie me suplicó en vano. La noche cayó y las horas se arrastraron, pero aún continuamos susurrando el uno al otro sobre el Rey y la Máscara Pálida, y la medianoche resonó en las brumosas agujas de la ciudad cubierta por la niebla. Hablamos de Hastur y de Cassilda mientras en el exterior la bruma se agolpaba contra los vacíos cristales de las ventanas, como las turbias olas se agolpan y rompen contra las orillas de Hali.
La casa estaba en total silencio en esos momentos y ni un solo ruido de las brumosas calles lo quebrantó. Tessie estaba tendida entre cojines y su rostro era un manchón grisáceo en la penumbra, pero sus manos sujetaban las mías y yo sabía que ella sabía y que leía mis pensamientos como yo leía los suyos, porque habíamos entendido el misterio del Hades y el Fantasma de la Verdad se nos había revelado. Entonces, mientras nos respondíamos el uno al otro, rápidamente, en silencio, pensamiento tras pensamiento, las sombras se agitaron en la penumbra a nuestro alrededor, y lejos en las calles distantes escuchamos un sonido. Se fue acercando más y más, el amortiguado crujido de unas ruedas, más y más cerca, y aún más cerca, hasta que cesó justo frente a la puerta. Me acerqué con paso lento a la ventana y vi una carroza fúnebre con plumón negro. La verja de abajo se abrió y se cerró, me arrastre temblando hasta la puerta de mi apartamento y eché el cerrojo, pero sabía que ningún cerrojo, ninguna llave mantendría fuera a esa criatura que había venido en busca del Signo Amarillo. Y entonces lo escuché moviéndose muy suavemente por el pasillo. Ahora ya estaba frente a la puerta, y los cerrojos se pudrieron bajo su mano. Y entonces entró. Mis ojos se salían de sus órbitas mientras escudriñaba la oscuridad, pero cuando entró en la habitación no lo vi. Sólo cuando le sentí rodeándome con su frío y viscoso abrazo grite y luché con mortífera furia, pero mis manos lucharon en vano; me arrancó el broche de ónice del abrigo y me golpeó en la cara. Entonces, mientras caía al suelo, escuche el débil grito de Tessie y su espíritu huyó para encontrarse con Dios, e incluso mientras caía al suelo deseé seguirla, porque sabía que el Rey de Amarillo había abierto su raído manto y ya sólo podía suplicar a Cristo.
Podría contar más cosas, pero no veo en qué beneficiaría al mundo. En cuanto a mí, estoy más allá de cualquier ayuda o esperanza humana. Mientras estoy aquí tendido, escribiendo, sin importarme si muero o no antes de acabar, puedo ver al doctor recogiendo sus polvos y ampollas y dirigiendo un vago gesto al buen cura que está de pie junto a mí… un gesto que comprendo.
Tendrán curiosidad por conocer la tragedia… aquellos del mundo exterior que escriben libros e imprimen millones de periódicos, pero ya no escribiré más, y el padre confesor sellará mis últimas palabras con el lacre de santidad cuando su santo oficio termine. Aquellos del mundo exterior pueden enviar a sus vástagos a casas derruidas y hogares golpeados por la muerte, y sus periódicos prosperarán a base de sangre y lágrimas, pero conmigo sus espías deberán detenerse ante el secreto confesional. Saben que Tessie está muerta y que yo estoy muriéndome. Saben que los habitantes de la casa, despertados por un grito infernal, entraron a toda prisa en mi cuarto y encontraron a un vivo y a dos muertos, pero no saben que el doctor dijo, señalando un horrible montón de restos descompuestos… el cadáver lívido del vigilante de la iglesia:
—No tengo ninguna teoría o explicación a esto. ¡Ese hombre debe de llevar meses muerto!
Creo que me estoy muriendo. Ojalá el cura…
lo que vamos a hacer,
cuando esta luz azul de estrellas muera
y todo haya acabado.
1.
¡Hay tantas cosas imposibles de explicar! ¿Por qué ciertos acordes musicales me hacen pensar en los tonos ocres y dorados del follaje de otoño? ¿Por qué la Misa de Santa Cecilia hace que mis pensamientos vaguen entre cavernas cuyas paredes relumbran con irregulares masas de plata virgen? ¿Qué hay en el rugido y agitación de Broadway a las seis en punto que me hace imaginar destellos de un silencioso bosque bretón donde el sol se filtra a través del follaje de primavera y Sylvia, inclinada sobre un lagarto verde con una expresión entre curiosa y tierna, murmura: «¡Y pensar que esto también es una criatura del Señor!»?
Cuando vi por primera vez al vigilante, estaba de espaldas a mí. Le miré con indiferencia hasta que entró en la iglesia. No le presté más atención que a cualquier otro hombre que holgazaneara por Washington Square aquella mañana, y cuando cerré la ventana y regresé al retrato ya lo había olvidado. Más tarde, a última hora de la tarde y tras un día caluroso, volví a abrir la ventana y me apoyé en el alféizar para respirar un poco de aire. Había un hombre apostado en el atrio de la iglesia, y volví a mirarle con el mismo desinterés de la mañana. Eché la vista al otro lado de la plaza donde el agua de la fuente reverberaba, y entonces, con la mente plagada de vagas imágenes de árboles, caminos de asfalto y grupos en movimiento de enfermeras y veraneantes, me dispuse a regresar a mi caballete. Cuando me giré, mi apática mirada incluyó al hombre apostado en el atrio de la iglesia.
Tenía el rostro vuelto hacia mí en esos momentos, y con un movimiento totalmente involuntario me incliné para observarle. En ese mismo instante, él levantó la cabeza y me miró. Instantáneamente pensé en un gusano necrófago. No podría precisar qué era lo que me repelía de él, pero la imagen de un grueso gusano necrófago blanco se hizo tan intensa y nauseabunda que probablemente me cambió la expresión de la cara, porque el hombre apartó su hinchado rostro con un movimiento que me recordó al de una perturbada larva de castaña.
Regresé a mi caballete y coloqué a la modelo en su pose. Tras trabajar durante un rato me convencí de que estaba arruinando tan rápidamente como era posible lo que ya había hecho; cogí una espátula y raspé el color de nuevo. Las tonalidades de la carne parecían macilentas e insanas, y no entendía cómo había podido pintar un color tan enfermizo en un retrato que antes había resplandecido con tonalidades saludables.
Miré a Tessie. Ella no había cambiado, y un pálido rubor de salud coloreó su cuello y mejillas mientras yo la observaba con el ceño fruncido.
—¿He hecho algo mal? —dijo ella.
—No… Me he hecho un lío con este brazo, y que me aspen si entiendo cómo he podido pintar en el lienzo semejante barrizal —contesté.
—¿Es que no poso bien? —insistió ella.
—Por supuesto que sí, perfectamente.
—¿Entonces no es mi culpa?
—No. Es mía.
—Lo siento —dijo ella.
Le dije que podía descansar mientras aplicaba un trapo y aguarrás a la zona infectada del lienzo, y ella salió a fumarse un cigarro y echar un vistazo a las ilustraciones del Courier Français.
No sé si había algo en el aguarrás o se trataba de un defecto del lienzo, pero cuanto más frotaba, más parecía extenderse la gangrena. Rasqué como un castor para sacarla, pero la enfermedad parecía propagarse de un miembro a otro del retrato ante mis ojos. Alarmado, luché por detenerla, pero entonces el color del pecho cambió y toda la figura pareció absorber la infección como una esponja sumergida en agua. Trabajé vigorosamente con la paleta, aguarrás y una rasqueta, pensando en todo momento en el tremendo rapapolvo que iba a echar a Duval, quien me había vendido el lienzo. Pero pronto advertí que no era el lienzo lo que estaba defectuoso, ni siquiera los colores de Edward. «Debe de ser el aguarrás», pensé malhumorado, «o bien mis ojos se han deslumbrado y confundido tanto por la luz de la tarde que ni tan siquiera puedo ver correctamente». Llamé a Tessie, la modelo. Ella entró y se apoyó sobre mi asiento exhalando anillos de humo en el aire.
—¿Qué le ha estado haciendo? —exclamó.
—Nada —gruñí—, ¡debe ser este aguarrás!
—Qué color más horrible tiene ahora —continuó—. ¿No le parece que mi piel parece queso verde?
—No, no lo creo —dije enfadado—, ¿es que alguna vez me has visto pintar de esa forma?
—¡No, claro que no!
—¡Pues bien, entonces!
—Debe ser el aguarrás, o algo así —admitió ella.
Se cubrió con una túnica japonesa y se acercó a la ventana. Yo rasqué y froté hasta que me sentí cansado; finalmente cogí los pinceles y los lancé rompiendo el lienzo mientras profería maldiciones, de las cuales Tessie tan sólo alcanzó a oír el tono.
Sin embargo, inmediatamente comenzó a renegar:
—¡Ya está bien de maldecir, hacer el tonto y arruinar sus pinceles! Lleva tres semanas con ese retrato, ¡y mire ahora! ¿De qué sirve que destroce el lienzo? ¡Qué criaturas más caprichosas son los artistas!
Me sentí tan avergonzado como habitualmente me sentía tras semejante explosión, y gire el arruinado lienzo hacia la pared. Tessie me ayudó a limpiar los pinceles, y luego se alejó dando saltitos para vestirse. Desde detrás del biombo me ofreció consejos sobre la pérdida total o parcial de nervios, hasta que, pensando quizás que ya me había atormentado lo suficiente, salió para suplicarme que le abotonara desde la cintura hasta el hombro, donde ella no alcanzaba.
—Todo empezó a ir mal desde el momento en que regresó de la ventana y comentó algo sobre aquel hombre del atrio de aspecto horrible —afirmó ella.
—Sí, probablemente haya embrujado el cuadro —dije bostezando. Miré mi reloj.
—Son más de las seis, lo sé —dijo Tessie, ajustándose el sombrero delante del espejo.
—Sí —contesté—, siento haberte retenido tanto tiempo —me apoyé sobre la ventana, pero retrocedí asqueado porque el joven con el rostro pálido seguía de pie junto al atrio. Tessie advirtió mi gesto de desaprobación y se inclinó sobre la ventana.
—¿Es ése el hombre que no le gusta? —susurró, y yo asentí—. No puedo verle la cara, pero parece gordo y blando. Por alguna razón —continuó, volviéndose a mirarme— me recuerda un sueño… un terrible sueño que tuve en una ocasión. Ó quizás… —reflexionó mirando sus hermosos zapatos—, ¿fue realmente un sueño?
—¿Cómo quieres que yo lo sepa? —sonreí.
Tessie me devolvió la sonrisa.
—Usted estaba en él —dijo ella—, así que quizás puede que supiera algo.
—¡Tessie! ¡Tessie! —protesté—, ¡no te atrevas a adularme diciendo que sueñas conmigo!
—Pero es cierto —insistió ella—, ¿quiere que se lo cuente?
—Adelante —repliqué, y se encendió un cigarrillo.
Tessie se echó hacia atrás apoyándose sobre el alféizar de la ventana abierta y comenzó a hablar muy seria.
—Una noche del pasado invierno estaba echada sobre la cama sin pensar en nada en particular. Había estado posando para usted y me sentía cansada y, sin embargo, no podía dormir. Escuché las campanas de la ciudad dando las diez, las once y la medianoche. Debí de dormirme alrededor de la medianoche, porque no recuerdo haber oído más campanadas. Me pareció que apenas acababa de cerrar los ojos cuando soñé que algo me impulsaba a acercarme a la ventana. Me levanté y, tras alzar el marco de la ventana, me apoyé sobre el alféizar. La calle Veinticinco estaba desierta hasta donde me alcanzaba la vista. Comencé a sentir miedo; todo ahí fuera parecía tan… tan negro e inhóspito. Entonces llegó a mis oídos el sonido de unas ruedas en la distancia, y me pareció que ese era el motivo por el que estaba esperando. Las ruedas se aproximaron muy lentamente, y por fin divisé un vehículo que avanzaba por la calle. Se iba acercando poco a poco, y cuando pasó por debajo de mi ventana vi que era una carroza fúnebre. Entonces, mientras yo temblaba de miedo, el conductor volvió la cabeza y me miró directamente a los ojos. Cuando me desperté estaba de pie junto a la ventana abierta temblando de frío, pero la carroza fúnebre con plumón negro y el conductor se habían ido. Soñé lo mismo el pasado mes de marzo, y de nuevo me desperté junto a la ventana abierta. Ayer noche volví a tener el mismo sueño. ¿Recuerda cómo llovía? Cuando me desperté, de pie junto a la ventana abierta, mi camisón estaba empapado.
—¿Pero dónde aparezco yo en el sueño? —pregunté.
—Usted… usted estaba en el ataúd; pero no estaba muerto.
—¿En el ataúd?
—Sí.
—¿Cómo lo supiste? ¿Pudiste verme?
—No; sólo supe que estaba allí.
—¿Habías estado comiendo tostadas galesas o ensalada de langosta? —comencé a reírme, pero la joven me interrumpió con un grito angustiado—. ¿Eh? Pero ¿qué ocurre? —dije mientras ella se encogía en el alféizar de la ventana.
—El hombre… el hombre que está ahí abajo en el atrio de la iglesia… él conducía la carroza fúnebre.
—Tonterías —dije, pero los ojos de Tessie estaban desorbitados por el terror. Me acerqué a la ventana y miré fuera. El hombre se había ido—. Venga, Tessie —la animé—, no seas tonta. Has estado posando demasiado rato; estás nerviosa.
—¿Cree que podría olvidar esa cara? —murmuró ella—. Tres veces vi esa carroza fúnebre pasar bajo mi ventana, y en cada ocasión el conductor se giró y me miró. Oh, ese rostro estaba tan blanco y… y ¿blando? Parecía el de un muerto… como si llevara muerto mucho tiempo.
Conduje a la chica hasta una silla y le hice beber un vaso de Marsala. Luego me senté junto a ella e intenté darle algún consejo.
—Mira, Tessie —dije—, vete al campo una o dos semanas y dejaras de soñar con carrozas fúnebres. Posas durante todo el día, y cuando llega la noche tienes los nervios a flor de piel. No puedes seguir así. Y luego, además, en lugar de irte a la cama cuando has acabado tu día de trabajo, te escapas a hacer picnics a Sulzerís Park, o te vas a Eldorado o a Coney Island, y cuando vienes por las mañanas estás totalmente reventada. No existe esa carroza fúnebre. Ha sido un sueño tras una cena de cangrejos.
Tessie sonrió débilmente.
—¿Y qué me dice del hombre en el atrio?
—Oh, simplemente es una criatura enfermiza de lo más común.
—¡Se lo juro, señor Scott: es tan cierto como que me llamo Tessie Reardon que el rostro del hombre de ahí abajo en el cementerio es el rostro del hombre que conducía la carroza fúnebre!
—¿Y qué? —dije—. Es un trabajo tan honrado como cualquier otro.
—¿Entonces cree que realmente vi esa carroza fúnebre?
—Oh —dije con diplomacia—, si la viste realmente, podría ser que el hombre de ahí abajo la condujera. No sería de extrañar.
Tessie se levantó, desdobló su pañuelo perfumado y, tras sacar un trozo de chicle de un nudo del dobladillo, se lo metió en la boca. Luego se quitó uno de los guantes y me ofreció la mano, con un sincero «Buenas noches, señor Scott», y salió.
2.
A la mañana siguiente Thomas, el botones, me trajo el Herald y una información. La iglesia vecina había sido vendida. Di gracias a los cielos por ello, y no es que, siendo yo católico, sintiese ninguna repugnancia por los feligreses que se congregaban en la puerta, sino porque tenía los nervios destrozados por el vociferante predicador que pronunciaba cada palabra tan fuerte que retumbaba a través de la nave de la iglesia como si estuviera en mi propio apartamento, y que insistía en sus erres con una persistencia nasal que enervaba todos mis sentidos. Además, también estaba aquel demonio con forma humana, un organista, que se dedicaba a tocar algunos grandiosos himnos antiguos con una interpretación demasiado personal, y deseaba con toda mi alma la sangre de una criatura que podía ejecutar la doxología con una modificación de acordes menores que sólo se escucha en un cuarteto de estudiantes. Creo que el pastor era un buen hombre, pero cuando bramaba: «Y el Señorrrr dijo a Moisés, el Señorrrr es un guerrero; el Señorrrr es su nombre. ¡Mi ira se inflamará y os mataré con mi espada!», me preguntaba cuántos siglos de purgatorio se necesitarían para expiar tamaño pecado.
—¿Quién ha comprado la propiedad? —pregunté a Thomas.
—Nadie que yo conozca, señor. Dicen que el caballero propietario de estos apartamentos Hamilton estaba echando un vistazo. Puede que vaya a construir más estudios.
Me acerqué a la ventana. El joven con el rostro enfermizo estaba apostado junto a la verja del atrio, y con tan sólo mirarle me embargó la misma repugnancia abrumadora.
—Por cierto, Thomas —dije—, ¿quién es ese tipo de allí?
Thomas inhaló aire con gesto de desprecio.
—¿Aquel gusano de allí, señor? Es el vigilante nocturno de la iglesia, señor. Me toca las narices verle sentado toda la noche en esos escalones y mirando fijamente con todo el descaro. Le reventaría la cabeza, señor… y disculpe usted…
—Continúa, Thomas.
—Una noche, cuando regresaba a casa con Harry, el otro chico inglés, va y veo a ese tipo allí en los escalones. Molly y Jen estaban con nosotros, señor, las dos chicas del servicio de habitaciones, y entonces nos mira tan descaradamente que me acerco a él y le digo: «¿Qué miras, babosa abotargada?», disculpe, señor, pero así se lo dije. Entonces va y no dice nada, y yo digo: «Sal aquí que te reviente esa cabeza de gelatina». Entonces salto la verja y entro, pero él no dice nada, sólo me mira descaradamente. Entonces le golpeo una vez, pero, ¡ugh!, su cabeza está tan fría y blanda que vomitaría sólo con tocarla.
—¿Qué hizo él entonces? —pregunté con curiosidad.
—¿Él? Nada.
—¿Y tú, Thomas?
El joven se ruborizó como avergonzado y sonrió incómodo.
—Señor Scott, no soy un cobarde y no puedo entender por qué corrí. He estado en el Quinto de Lanceros, señor, corneta en Tel-el-Kebir, y me dispararon junto a las trincheras.
—¿Me estás diciendo que saliste corriendo?
—Sí, señor; me fui corriendo.
—¿Por qué?
—Eso mismo quiero saber yo, señor. Agarré del brazo a Molly y corrí, y los otros estaban tan asustados como yo.
—¿Pero de qué estabais asustados?
Thomas rehusó contestar durante unos momentos, pero mi curiosidad por el repulsivo joven ya había despertado y continué presionándole. Los tres años de estancia en América no sólo no habían modificado el acento cockney de Thomas, sino que le habían añadido el norteamericano miedo al ridículo.
—No me va a creer, señor Thomas.
—Sí, te creeré.
—¿Y no se reirá de mí, señor?
—¡Tonterías!
Vaciló unos segundos.
—Bueno, señor, Dios es testigo de que cuando le golpeé, él me sujetó las muñecas, señor, y cuando le retorcí su blando y viscoso puño, uno de sus dedos cayó en mi mano.
El intenso asco y horror en el rostro de Thomas debió de reflejarse en el mío, porque añadió:
—Es horrible, y ahora en cuanto le veo salgo pitando. Me pone enfermo.
Cuando Thomas se hubo marchado, me acerqué a la ventana. El hombre estaba en la parte exterior de la verja de la iglesia y tenía ambas manos apoyadas en la puerta, pero de nuevo retrocedí a toda prisa hacia mi caballete, asqueado y aterrorizado, porque pude ver que el dedo corazón de su mano derecha había desaparecido.
A las nueve en punto Tessie apareció y se escondió tras el biombo con un animado «Buenos días, señor Scott». Mientras reaparecía y se colocaba para posar en la tarima, comencé con un nuevo lienzo, lo cual la deleitó sobremanera. Permaneció en silencio mientras yo pintaba, pero en cuanto cesó el rasgueo del carboncillo y cogí el fijador, comenzó a parlotear.
—Oh, me lo pasé de maravilla ayer noche. Fuimos a Tony Pastor.
—¿Quiénes fuisteis? —inquirí.
—Oh, Maggie, ya sabe, la modelo del señor Whyte, y Pinkie McCormick… la llamamos Pinkie porque tiene esa hermosa melena pelirroja que a ustedes los pintores tanto les gusta… y Lizzie Burke.
Rocié con fijador el lienzo y dije:
—Bueno, continúa.
—Vimos a Kelly y Baby Barnes, la bailarina de velos y… y todos los demás. Estuve flirteando con un chico.
—¿Entonces me has traicionado, Tessie?
Ella rió y negó con la cabeza.
—Es el hermano de Lizzie Burke, Ed. Es un perfecto caballero.
Me sentí obligado a darle algunos consejos paternales sobre el flirteo, los cuales aceptó con una brillante sonrisa.
—Oh, ya sé cómo evitar los flirteos con extraños —dijo ella, examinando su chicle—, pero Ed es diferente. Lizzie es mi mejor amiga.
Entonces me contó cómo Ed había regresado de la fábrica de medias de Lowell, Massachusetts y las había encontrado a ella y a Lizzie ya convertidas en mujercitas, y lo buen mozo que era y lo poco que le había costado gastarse medio dólar en helados y ostras para celebrar su nuevo trabajo de oficinista en el departamento de lana de Macy’s. Antes de que acabara, comencé a pintar, y ella volvió a posar, sonriendo y cotorreando como un gorrión. A mediodía tenía el retrato bastante bien perfilado y Tessie se acercó para mirarlo.
—Mucho mejor —dijo.
Y así lo pensaba yo también, y comí el almuerzo con una sensación satisfecha de que todo iba bien. Tessie colocó su almuerzo sobre la mesa de dibujo frente a mí y bebimos el clarete de la misma botella y encendimos cigarrillos con la misma cerilla. Yo me sentía muy unido a Tessie. La había visto florecer hasta convertirse en una mujer delgada pero de exquisita figura desde que era una niña frágil y patosa. Había posado para mí durante los tres últimos años, y de todas mis modelos ella era mi favorita. En efecto, me habría preocupado sobremanera si se hubiera vuelto arisca o demasiado superficial, pero jamás observé ningún deterioro de su carácter, y sabía con seguridad que ella estaba bien. Tessie y yo nunca discutíamos sobre cuestiones morales, y yo no tenía intención de empezar a hacerlo, en parte porque no tenía ningún consejo que darle, y en parte porque sabía que ella haría lo que le apeteciera a pesar de mis consejos. Sin embargo, aún tenía esperanzas de que se mantuviera alejada de cualquier complicación, porque deseaba lo mejor para ella, y también porque quería conservar la mejor modelo que tenía. Sabía que el flirteo, como ella lo llamaba, no tenía la mayor importancia para chicas como Tessie, y que tales cosas en Norteamérica no se parecían ni remotamente a las mismas cuestiones en París. Sin embargo, habiendo vivido siempre con los ojos bien abiertos, también sabía que algún día alguien se llevaría a Tessie de una forma u otra, y aunque yo creía que el matrimonio era algo absurdo, sinceramente esperaba que, en este caso, hubiese un cura al final del camino. Soy católico. Cuando voy a misa, cuando me persigno, siento que todo, incluido yo mismo, es más agradable, y cuando me confieso, me siento bien. Un hombre que vive tan solitariamente como yo debe confesarse a alguien. Además, Sylvia era católica, y con eso me bastaba. Pero estaba hablando de Tessie, que es muy diferente. Tessie también era católica y mucho más devota que yo, así que, teniendo todo esto en cuenta, mi bonita modelo no iba darme muchos quebraderos de cabeza hasta el momento en que se enamorase, porque entonces sabía que tan sólo el destino decidiría su futuro por ella, e interiormente rezaba para que ese destino la mantuviese alejada de hombres como yo y le pusiese en su camino a hombres como Ed Burke y Jimmy McCormick. ¡Que Dios bendiga su dulce rostro!
Tessie estaba sentada exhalando humo hacia el techo y agitando el cubito de hielo de su bebida.
—¿Sabes que yo también tuve un sueño ayer noche? —comenté.
—No sería sobre ese hombre —se rió.
—Exactamente. Un sueño similar al tuyo, pero mucho peor.
Fue estúpido e irreflexivo que dijera esto, pero ya se sabe el poco tacto que poseen los pintores en general.
—Debí de dormirme sobre las diez en punto —continué—, y después de un rato soñé que me despertaba. Oí tan nítidamente las campanadas de medianoche, el viento en las ramas de los árboles y el silbido de los barcos de vapor de la bahía que incluso ahora a duras penas dudo si realmente no estaba despierto. Parecía estar tumbado dentro de una caja con una tapa de cristal. Observé borrosamente las farolas de la calle mientras pasaba, porque debo decir, Tessie, que la caja en la que estaba tumbado parecía descansar sobre un carro acolchado que traqueteaba sobre el pavimento empedrado. Después de un rato comencé a impacientarme e intenté moverme, pero la caja era demasiado estrecha. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, de forma que no podía levantarlas para ayudarme con ellas. Agucé el oído y luego intenté gritar. Mi voz había desaparecido. Podía oír los cascos de los caballos que tiraban del carro e incluso la respiración del conductor. Entonces, otro sonido llegó a mis oídos, como si alguien abriera una ventana. Logré girar levemente la cabeza y descubrí que podía ver no sólo a través del cristal de mi caja, sino también a través de los cristales laterales del vehículo. Vi casas, vacías y silenciosas, sin luz ni vida en el interior de ninguna de ellas, excepto en una. En aquella casa había una ventana abierta en la primera planta y una figura totalmente vestida de blanco miraba a la calle. Eras tú.
Tessie había apartado su rostro de mí y tenía los codos apoyados sobre la mesa.
—Pude ver tu rostro —continué—, y me pareció que reflejaba una enorme pena. Entonces pasamos bajo tu ventana y giramos hacia una estrecha y negra calle. Poco después los caballos pararon. Esperé y esperé, con los ojos cerrados, temeroso e impaciente, pero todo permanecía tan silencioso como una tumba. Después de lo que me parecieron horas, comencé a sentirme incómodo. Una sensación de que alguien estaba cerca de mí me hizo abrir los ojos. Entonces vi el blanco rostro del conductor de la carroza fúnebre mirándome a través de la tapa del ataúd…
Me interrumpió un sollozo de Tessie. Estaba temblando como una hoja. Comprendí entonces lo estúpido que había sido e intenté reparar el daño.
—Pero ¿por qué, Tess? —dije—, sólo te he contado esto para demostrarte qué influencia puede tener tu historia en los sueños de otra persona. No creerás en serio que yo yacía en un ataúd, ¿verdad? ¿Por qué tiemblas? ¿No comprendes que tu sueño y mi irracional desagrado por aquel inofensivo vigilante de la iglesia simplemente pusieron a funcionar mi cerebro en cuanto me dormí?
Tessie apoyó la cabeza entre sus brazos y sollozó como si tuviera el corazón roto. ¡Menudo zopenco había sido! Pero estaba a punto de batir mi propio récord. Me acerqué a ella y la rodeé con el brazo.
—Tessie, querida, perdóname —dije—; no tenía derecho a asustarte con tantas tonterías. Eres una chica demasiado sensible, una católica demasiado buena para creer en sueños.
Su mano se tensó en la mía y apoyó la cabeza en mi hombro, pero seguía temblando y la acaricié para reconfortarla.
—Venga, Tess, abre los ojos y sonríe.
Abrió los ojos con un movimiento lento y lánguido y los posó en los míos, pero tenía una expresión tan extraña en su rostro que me apresuré a tranquilizarla.
—Es todo falso, Tessie, no es posible que creas que te puede pasar nada malo por eso.
—No —dijo ella, pero sus labios escarlata temblaron.
—Entonces, ¿qué ocurre? ¿Tienes miedo?
—Sí. Pero no por mí.
—¿Por mí, entonces? —pregunté jovialmente.
—Por usted —murmuró con un hilo de voz casi inaudible—, yo… yo le quiero…
Al principio comencé a reírme, pero en el momento en que la comprendí, sentí un mazazo y me quedé sentado totalmente petrificado. Éste había sido el culmen de todas las estupideces que había cometido. Durante los segundos que pasaron entre su respuesta y mi réplica, pensé en mil respuestas posibles a aquella inocente confesión. Podía dejarla pasar con una risa, podía fingir que no la había entendido y tranquilizarla sobre mi salud, podía simplemente señalar que era imposible que ella pudiera amarme. Pero mi respuesta fue más rápida que mis pensamientos y podría haber seguido pensando y pensando cuando ya era demasiado tarde, porque en aquel instante la besé en la boca.
Aquella tarde salí a dar mi habitual paseo por el parque de Washington, reflexionando sobre todo lo acontecido ese día. Estaba profundamente involucrado. No era posible echarse atrás ahora, y miré al futuro de frente. No era un hombre bueno, ni siquiera escrupuloso, pero ni por un segundo se me pasó por la cabeza engañarme a mí mismo o a Tessie. La única pasión de mi vida permanecía enterrada en los soleados bosques de Bretaña. ¿Enterrada para siempre? La Esperanza me gritó «¡No!». Durante tres años había estado escuchando la voz de la Esperanza, y durante tres años había estado esperando oír unos pasos en el umbral de mi puerta. ¿Se había olvidado Sylvia? «¡No!», me gritó la Esperanza.
He dicho que no soy una buena persona. Y es cierto, pero tampoco soy lo que se dice un patético villano de ópera. Había gozado de una vida fácil y temeraria, aceptando todo lo que me reportara placer, deplorando y en ocasiones arrepintiéndome amargamente de las consecuencias. Tan sólo me tomaba en serio una cosa, aparte de mi arte, y esta permanecía escondida, si no perdida para siempre, en los bosques bretones.
Era ya demasiado tarde para arrepentirme de lo ocurrido durante el día. Ya fuera pena, o una repentina ternura por su tristeza, o un instinto más brutal de vanidad gratificada, ahora ya daba igual, y, a menos que desease herir un corazón inocente, mi camino ya estaba marcado frente a mí. El fuego y la intensidad, la profundidad apasionada de un amor que yo ni siquiera había sospechado, a pesar de mi supuesta experiencia mundana, no me dejaron más alternativas que responder o rechazarla. Si fue porque soy un cobarde cuando se trata de causar daño a otros, o porque me queda bien poco dentro de mí del sombrío puritano, no lo sé, pero me amedrenté y no renegué de mi responsabilidad por ese beso irreflexivo, y de hecho no tuve tiempo de hacerlo antes de que las puertas de su corazón se abrieran y una riada se desbordase de él. Otros que habitualmente cumplen con su deber y encuentran una hosca satisfacción en hacerse ellos mismos y a todos los demás infelices podrían haberse resistido. Pero yo no. No me atreví. Después de que la tormenta amainara, le dije que podría irle mejor si amara a Ed Burke y llevase una sencilla sortija de oro, pero ella se negó a escucharme, y pensé que quizás, ya que ella había decidido amar a alguien con quien no podía casarse, mejor que fuera a mí. Yo, al menos, podría tratarla con un afecto inteligente, y cuando se cansase de su capricho no saldría peor parada por ello. Y es que yo ya me había decidido en ese punto, aunque sabía lo difícil que sería. Pensé en el final habitual de las relaciones platónicas y recordé lo disgustado que me sentía cuando oía hablar de alguna. Sabía que estaba asumiendo una difícil tarea para un hombre tan poco escrupuloso como yo, y temía el futuro, pero ni un solo segundo dude de que ella estaría segura conmigo. Si hubiera sido cualquier otra persona distinta a Tessie, no me hubiera devanado los sesos con escrúpulos. Y es que no se me pasaba por la mente sacrificar a Tessie como lo hubiera hecho con una mujer de mundo. Miré el futuro de frente y contemplé los distintos finales del affaire. O bien ella se cansaría de toda la situación, o bien sería tan desdichada que yo tendría que casarme con ella o huir. Si me casaba con ella, seríamos infelices. Yo con una esposa no apropiada para mí, y ella con un marido no apropiado para ninguna mujer. Mi vida pasada difícilmente me otorgaba el derecho a casarme. Si me fuera, ella podría o bien enfermar, recuperarse y casarse con Eddie Burke, o podría inconsciente o deliberadamente escapar y hacer algo estúpido. Por otro lado, si se cansaba de mí, entonces su vida todavía se mostraría ante sus ojos con bellas perspectivas de Eddie Burkes y anillos de matrimonio y gemelos y apartamentos en Harlem y Dios sabe qué más. Mientras paseaba por entre los árboles junto al Arco de Washington, decidí que en todo caso ella encontraría un buen amigo en mí y que el futuro podría cuidarse de sí mismo. A continuación entré en la casa y me vestí de noche; había leído la pequeña nota ligeramente perfumada en mi aparador que decía: «Espéreme con un coche de alquiler en la entrada de artistas a las once», firmada por «Edith Carmichael, Metropolitan Theater, 19 de junio, 189—».
Cené esa noche, o más bien, cenamos la señorita Carmichael y yo en Solari’s y el amanecer comenzaba a dorar la cruz de la Memorial Church cuando entré en Washington Square tras dejar a Edith en el Brunswick. No había ni una sola alma en el parque cuando pasé entre los árboles y tomé la senda que lleva desde la estatua de Garibaldi hasta los Apartamentos Hamilton, pero cuando pasaba junto al atrio de la iglesia vi una figura sentada en los escalones de piedra. A mi pesar, un escalofrío me recorrió al ver la hinchada cara blanca, y aceleré el paso. Entonces él dijo algo que podría haber estado dirigido a mí o quizás simplemente se lo murmuró a sí mismo, pero una repentina ira furibunda se encendió dentro de mí al ver que semejante criatura me interpelaba. Durante unos segundos sentí el impulso de girarme sobre mis talones y golpearle en la cabeza con el bastón, pero continué andando y, tras entrar en el edificio Hamilton, me dirigí a mi apartamento.
Durante algún tiempo estuve dando vueltas en la cama, intentando borrar el sonido de su voz en mis oídos, pero me fue imposible. Invadía mi cabeza con aquel sonido farfullante, como un aceitoso y pesado humo que manara de una freidora o el hedor de una fétida putrefacción. Y mientras estaba allí tendido dando vueltas, la voz en mis oídos se hizo más nítida, y comencé a entender las palabras que había murmurado. Me llegaron lentamente, como si las hubiera olvidado, y por fin pude encontrar el sentido a los sonidos. Era el siguiente:
—¿Ha encontrado el Signo Amarillo?
—¿Ha encontrado el Signo Amarillo?
—¿Ha encontrado el Signo Amarillo?
Estaba furioso. ¿Qué significaba eso? Entonces, maldiciéndole, me di la vuelta y me dispuse a dormir, pero cuando me desperté más tarde estaba pálido y demacrado, porque había estado soñando el sueño de la noche anterior y me había incomodado más de lo que hubiera deseado.
Me vestí y bajé al estudio. Tessie estaba sentada junto a la ventana, pero cuando entré se levantó y puso sus brazos alrededor de mi cuello para darme un beso inocente. Se la veía tan dulce y delicada que la besé otra vez y luego me senté frente al caballete.
—¡Eh! ¿Dónde está el retrato que comencé ayer? —pregunté.
Tessie parecía haberse dado cuenta, pero no respondió. Comencé a buscar entre los lienzos apilados, diciendo:
—¡Date prisa, Tess, y prepárate! Quiero aprovechar la luz de la mañana.
Cuando finalmente terminé de comprobar el resto de lienzos y me giré para echar un vistazo a la habitación en busca del retrato, advertí que Tessie estaba de pie junto al biombo con la ropa aún puesta.
—¿Qué ocurre? —pregunté—, ¿no te sientes bien?
—Sí.
—Entonces, date prisa.
—¿Quieres que pose como… como siempre he posado?
Entonces comprendí. Aquí teníamos otra complicación. Por supuesto, había perdido la mejor modelo de desnudo que jamás hubiera tenido. Miré a Tessie. Su rostro estaba escarlata. ¡Ay, ay! Habíamos comido del árbol del conocimiento, y el Edén y la inocencia original eran tan sólo sueños del pasado… es decir… para ella.
Supongo que notó la decepción en mi rostro, porque a continuación dijo:
—Posaré si así lo deseas. El retrato está detrás del biombo, donde lo puse.
—No —dije—, comenzaremos algo nuevo.
Me dirigí al armario y elegí un vestido árabe que relucía con adornos brillantes. Era un vestido real y Tessie se retiró al biombo encantada con él. Cuando salió me quedé atónito. Su largo cabello negro estaba recogido sobre su cabeza con una diadema de turquesas, y las puntas se rizaban alrededor del reluciente fajín. Los pies estaban enfundados en unas zapatillas bordadas acabadas en punta y la falda del vestido, curiosamente tejida con arabescos de plata, le llegaba hasta los tobillos. El corpiño de un color azul metálico profundo y la chaquetilla morisca con lentejuelas y turquesas engarzadas le sentaban maravillosamente. Tessie se acercó a mí y me miró sonriente. Deslicé la mano en el bolsillo, saqué una cadena de oro con una cruz y se la puse por encima de la cabeza.
—Es tuya, Tessie.
—¿Mía? —tartamudeó ella.
—Tuya. Ahora ve y posa.
Entonces con una sonrisa radiante corrió tras el biombo y en breve reapareció con una cajita en la que estaba escrito mi nombre.
—Quería dártela antes de irme a casa esta noche —dijo ella—, pero ahora no puedo esperar.
Abrí la caja. Sobre el algodón rosa del interior había un broche de ónice negro en el que había tallado un extraño símbolo o letra en oro. No era árabe ni chino, ni tampoco pertenecía a ningún tipo de escritura humana, como más tarde averigüé.
—Es lo único que tengo para ofrecerte como recuerdo —dijo con timidez.
Yo estaba algo molesto, pero le dije lo mucho que apreciaba el detalle, y le prometí que lo llevaría siempre. Ella lo abrochó en mi abrigo, bajo la solapa.
—Qué locura, Tess, que hayas ido a comprarme algo tan bello como esto —dije.
—No lo he comprado —rió ella.
—¿De dónde lo has sacado?
Entonces me explicó que lo encontró un día mientras salía del acuario en el Battery y que puso un anuncio en los periódicos y los estuvo leyendo durante días, pero que finalmente había perdido toda esperanza de encontrar al dueño.
—Eso ocurrió el pasado invierno —dijo—, el mismo día que tuve el primer sueño horrible con la carroza fúnebre.
Recordé mi sueño de la noche anterior, pero no dije nada; en breve mi carboncillo volaba sobre el nuevo lienzo y Tessie permaneció inmóvil sobre el estrado.
3.
El día siguiente fue desastroso para mí. Mientras transportaba un lienzo con marco de un caballete a otro, resbalé sobre el suelo pulido y caí pesadamente sobre ambas muñecas. Me las torcí tanto que me resultaba imposible sujetar un pincel, y me vi obligado a pasear de un lado a otro del estudio, mirando de reojo dibujos y bocetos inacabados hasta que me invadió la desesperación y me senté furioso a fumar y a hacer círculos con los pulgares. La lluvia golpeaba contra las ventanas y repiqueteaba sobre el tejado de la iglesia, un ruido que me produjo un ataque de nervios con su interminable golpeteo. Tessie estaba sentada junto a la ventana cosiendo, y de vez en cuando levantaba la cabeza y me miraba con una compasión tan inocente que comencé a sentirme avergonzado por mi irritación; entonces, miré a mi alrededor buscando algo con lo que mantenerme ocupado. Había leído todos los periódicos y todos los libros de la biblioteca, pero, para entretenerme, me acerqué a las vitrinas de libros y las abrí con el codo. Conocía todos los libros por su color y los examine uno tras otro, paseando lentamente por la biblioteca y silbando para levantarme el ánimo. Cuando me giré para dirigirme al comedor, mis ojos se quedaron clavados en un libro encuadernado en amarillo y que estaba colocado en una esquina del estante superior de la última estantería. No lo recordaba, y desde el suelo no lograba descifrar las pálidas letras del lomo, así que me dirigí al cuarto de fumar y llamé a Tessie. Ella vino del estudio y se encaramó para alcanzarme el libro.
—¿Qué es? —pregunté.
—El Rey de Amarillo.
Me quedé estupefacto. ¿Quién lo había colocado allí? ¿Cómo había llegado a mi apartamento? Mucho tiempo atrás decidí no abrir jamás ese libro, y nada en este mundo me hubiera hecho comprarlo. Temía que la curiosidad me tentara a abrirlo, pero la terrible tragedia del joven Castaigne, a quien yo conocía, me impedía explorar sus páginas malignas. Siempre había rehusado escuchar ni una sola descripción del mismo y, por supuesto, nadie jamás osó discutir en voz alta la segunda parte, así que desconocía absolutamente cualquier detalle de lo que aquellas hojas podrían revelar. Miré la venenosa portada amarilla como miraría a una serpiente.
—No lo toques, Tessie —dije—, baja.
Por supuesto, mi advertencia bastó para despertar su curiosidad, y antes de que pudiera evitarlo, había cogido el libro, riéndose, y se fue bailando con él hacia el estudio. La llamé, pero se escabulló de mis manos inútiles con una sonrisa torturadora, y la seguí con cierta impaciencia.
—¡Tessie! —grité mientras entraba de nuevo en la biblioteca—, escucha, lo digo en serio. Apártate de ese libro. ¡No quiero que lo abras!
La biblioteca estaba vacía. Entré en los dos salones, luego en los dormitorios, el lavadero, la cocina, y finalmente regresé a la biblioteca e inicié una búsqueda sistemática. Tessie se había escondido tan bien que me llevó media hora descubrirla agazapada, pálida y silenciosa, junto a la ventana de celosía en el trastero del piso de arriba. En cuanto la vi, me di cuenta de que había sido castigada por su insensatez. El Rey de Amarillo estaba tirado a sus pies, pero el libro estaba abierto por la segunda parte. Miré a Tessie y vi que ya era demasiado tarde. Había abierto El Rey de Amarillo. Luego tomé su mano y la conduje al estudio. Parecía aturdida y, cuando le dije que se echara en el sofá, me obedeció sin rechistar. Después de un rato cerró los ojos y su respiración se hizo regular y profunda, pero no pude averiguar si estaba dormida o no. Durante un largo lapso de tiempo me quedé sentado en silencio junto a ella, pero ella no se movió ni habló. Por fin, me levanté y, tras entrar en el trastero en desuso, cogí el libro amarillo con la mano menos dañada. Me pareció tan pesado como el plomo, pero lo llevé de nuevo al estudio, me senté en la alfombra junto al sofá, lo abrí y lo leí de principio a fin.
Cuando, débil por los excesos de mis emociones, dejé el libro y apoyé exhausto la espalda en el sofá, Tessie abrió los ojos y me miró.
Llevábamos hablando largo y tendido en un mortecino y monótono tono de voz cuando me di cuenta de que estábamos discutiendo sobre El Rey de Amarillo. Oh, el pecado de escribir semejantes palabras… palabras que son diáfanas como el cristal, transparentes y musicales como manantiales burbujeantes, ¡palabras que destellan y resplandecen como los envenenados diamantes de los Médicis! Oh, la perversidad, la condena sin esperanza de un alma capaz de fascinar y paralizar a criaturas humanas con tales palabras, palabras comprendidas tanto por el ignorante como por el sabio, palabras más preciosas que joyas, más reconfortantes que música celestial, más terribles que la propia muerte.
Hablamos y hablamos, haciendo caso omiso de las sombras que se agolpaban a nuestro alrededor, y ella me suplicaba que me deshiciera del broche de ónice negro con la extraña incrustación de lo que ahora sabíamos que era el Signo Amarillo. Nunca sabré por qué me negué a hacerlo, incluso en estos momentos, aquí en mi dormitorio mientras escribo esta confesión, me gustaría saber qué fue lo que me impidió arrancarme el Signo Amarillo del pecho y lanzarlo al fuego. Estoy seguro de que deseaba hacerlo, pero Tessie me suplicó en vano. La noche cayó y las horas se arrastraron, pero aún continuamos susurrando el uno al otro sobre el Rey y la Máscara Pálida, y la medianoche resonó en las brumosas agujas de la ciudad cubierta por la niebla. Hablamos de Hastur y de Cassilda mientras en el exterior la bruma se agolpaba contra los vacíos cristales de las ventanas, como las turbias olas se agolpan y rompen contra las orillas de Hali.
La casa estaba en total silencio en esos momentos y ni un solo ruido de las brumosas calles lo quebrantó. Tessie estaba tendida entre cojines y su rostro era un manchón grisáceo en la penumbra, pero sus manos sujetaban las mías y yo sabía que ella sabía y que leía mis pensamientos como yo leía los suyos, porque habíamos entendido el misterio del Hades y el Fantasma de la Verdad se nos había revelado. Entonces, mientras nos respondíamos el uno al otro, rápidamente, en silencio, pensamiento tras pensamiento, las sombras se agitaron en la penumbra a nuestro alrededor, y lejos en las calles distantes escuchamos un sonido. Se fue acercando más y más, el amortiguado crujido de unas ruedas, más y más cerca, y aún más cerca, hasta que cesó justo frente a la puerta. Me acerqué con paso lento a la ventana y vi una carroza fúnebre con plumón negro. La verja de abajo se abrió y se cerró, me arrastre temblando hasta la puerta de mi apartamento y eché el cerrojo, pero sabía que ningún cerrojo, ninguna llave mantendría fuera a esa criatura que había venido en busca del Signo Amarillo. Y entonces lo escuché moviéndose muy suavemente por el pasillo. Ahora ya estaba frente a la puerta, y los cerrojos se pudrieron bajo su mano. Y entonces entró. Mis ojos se salían de sus órbitas mientras escudriñaba la oscuridad, pero cuando entró en la habitación no lo vi. Sólo cuando le sentí rodeándome con su frío y viscoso abrazo grite y luché con mortífera furia, pero mis manos lucharon en vano; me arrancó el broche de ónice del abrigo y me golpeó en la cara. Entonces, mientras caía al suelo, escuche el débil grito de Tessie y su espíritu huyó para encontrarse con Dios, e incluso mientras caía al suelo deseé seguirla, porque sabía que el Rey de Amarillo había abierto su raído manto y ya sólo podía suplicar a Cristo.
Podría contar más cosas, pero no veo en qué beneficiaría al mundo. En cuanto a mí, estoy más allá de cualquier ayuda o esperanza humana. Mientras estoy aquí tendido, escribiendo, sin importarme si muero o no antes de acabar, puedo ver al doctor recogiendo sus polvos y ampollas y dirigiendo un vago gesto al buen cura que está de pie junto a mí… un gesto que comprendo.
Tendrán curiosidad por conocer la tragedia… aquellos del mundo exterior que escriben libros e imprimen millones de periódicos, pero ya no escribiré más, y el padre confesor sellará mis últimas palabras con el lacre de santidad cuando su santo oficio termine. Aquellos del mundo exterior pueden enviar a sus vástagos a casas derruidas y hogares golpeados por la muerte, y sus periódicos prosperarán a base de sangre y lágrimas, pero conmigo sus espías deberán detenerse ante el secreto confesional. Saben que Tessie está muerta y que yo estoy muriéndome. Saben que los habitantes de la casa, despertados por un grito infernal, entraron a toda prisa en mi cuarto y encontraron a un vivo y a dos muertos, pero no saben que el doctor dijo, señalando un horrible montón de restos descompuestos… el cadáver lívido del vigilante de la iglesia:
—No tengo ninguna teoría o explicación a esto. ¡Ese hombre debe de llevar meses muerto!
Creo que me estoy muriendo. Ojalá el cura…
viernes, 7 de agosto de 2020
Vivir. Magda Hollander-Lafon.
¿Cómo olvidar las grandes
llamas del crematorio que consumieron mi infancia?
La desesperación dio paso al vacío. Una fatiga inhumana se apoderó de mí; me hizo perder incluso la memoria. Un día, una semana, una noche, una larga eternidad se confundieron en mi cerebro. Estaba sola; ya no era nada. ¿De dónde venían esas lágrimas? ¿Eran aún las mías? Extraña sensación la de no pertenecerse a sí mismo: se solapan la realidad, el sueño, la desesperación. Qué fácil habría sido abandonarse, dejarse llevar por el vértigo de la muerte.
Estaba todo previsto para crear esa vida desesperante; a nuestro alrededor y en nuestro interior se cultivaba minuciosamente el miedo, la incertidumbre, la mentira, para empujarnos a la locura o a la muerte. No puedo olvidar a las numerosas compañeras que, por la noche, se ayudaban unas a otras a colgarse en los baños, al fondo del barracón, usando como cuerda jirones de ropa.
Se nos arrancaba toda identidad: recuerdos, vestimenta e incluso pelo o dientes si tenían fundas de oro. Pero la fraternidad permanecía en el corazón de algunas y resplandecía.
Aún oigo la voz cálida de una compañera que llevaba allí cinco años y nos decía: "Tened confianza en la vida. Ahuyentemos la desesperación. Cultivemos la amistad entre nosotras. Unamos nuestras fuerzas. No perdamos el valor: aquí los débiles no viven. Hay que sobrevivir. Hacen falta testigos".
Estas palabras venían de una hermana desconocida. Echaron raíces en mí y desde entonces me han ayudado a vivir en momentos de agotamiento.
La razón de que hoy en día atraviese dolorida el puente de mi memoria es para hacer pervivir el recuerdo de aquellas y aquellos a quienes les robaron la vida y que hasta el final quisieron infundirnos valor para vivir.
Cuatro mendrugos de pan, 2012.
La desesperación dio paso al vacío. Una fatiga inhumana se apoderó de mí; me hizo perder incluso la memoria. Un día, una semana, una noche, una larga eternidad se confundieron en mi cerebro. Estaba sola; ya no era nada. ¿De dónde venían esas lágrimas? ¿Eran aún las mías? Extraña sensación la de no pertenecerse a sí mismo: se solapan la realidad, el sueño, la desesperación. Qué fácil habría sido abandonarse, dejarse llevar por el vértigo de la muerte.
Estaba todo previsto para crear esa vida desesperante; a nuestro alrededor y en nuestro interior se cultivaba minuciosamente el miedo, la incertidumbre, la mentira, para empujarnos a la locura o a la muerte. No puedo olvidar a las numerosas compañeras que, por la noche, se ayudaban unas a otras a colgarse en los baños, al fondo del barracón, usando como cuerda jirones de ropa.
Se nos arrancaba toda identidad: recuerdos, vestimenta e incluso pelo o dientes si tenían fundas de oro. Pero la fraternidad permanecía en el corazón de algunas y resplandecía.
Aún oigo la voz cálida de una compañera que llevaba allí cinco años y nos decía: "Tened confianza en la vida. Ahuyentemos la desesperación. Cultivemos la amistad entre nosotras. Unamos nuestras fuerzas. No perdamos el valor: aquí los débiles no viven. Hay que sobrevivir. Hacen falta testigos".
Estas palabras venían de una hermana desconocida. Echaron raíces en mí y desde entonces me han ayudado a vivir en momentos de agotamiento.
La razón de que hoy en día atraviese dolorida el puente de mi memoria es para hacer pervivir el recuerdo de aquellas y aquellos a quienes les robaron la vida y que hasta el final quisieron infundirnos valor para vivir.
Cuatro mendrugos de pan, 2012.
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