—No hay en todo el universo
agua suficiente para apagar el infierno ni fuego suficiente para
incendiar el paraíso.
—Según.
Si esa agua y ese fuego fueran también imaginarios bastaría una
gota, una chispa.
El gato de Cheshire, 1965.
—No hay en todo el universo
agua suficiente para apagar el infierno ni fuego suficiente para
incendiar el paraíso.
—Según.
Si esa agua y ese fuego fueran también imaginarios bastaría una
gota, una chispa.
El gato de Cheshire, 1965.
K, Don Quijote y Sancho Panza
frente a los molinos de viento.
Don
Quijote: — ¡Ataque!
K:
— ¿Yo?
Don
Quijote: — ¿No vino aquí a desfacer agravios?
K:
—Vine a La Mancha porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un
tal Hermann Kafka.
Sancho:
— Ése caballero vive más al norte, señor K, donde hay ríos
llenos de truchas y bosques encantados.
Don
Quijote: —Vamos a buscarlo y nos olvidamos de estos gigantes de
brazos largos.
K:
— Pero, yo vengo del norte y él no está allí.
Sancho:
— Seguramente es otro norte el que usted buscó.
Don
Quijote: — Tiene razón el escudero: hay muchos nortes. ¡Andando!
K:
— Yo tengo una brújula y el norte es siempre el mismo. Mire.
Don
Quijote y Sancho: — ¡Válgame Dios!
Don
Quijote: —Usted es nigromante, K, y no nos había dicho nada.
K:
— Soy escritor igual que su amo.
Sancho:
—Mi amo no tiene amo, ¿o sí?
Don
Quijote: —El único escritor soy yo, ¿acaso sois ciegos?
K:
— Usted es un personaje creado por Don Miguel de Cervantes y
Saavedra.
Don
Quijote: —Ha perdido el norte irremediablemente, K. Deme el aparato
y finiquitamos el asunto. Usted se va por aquí y nosotros, por allá.
¿Le parece?
K
entrega la brújula a Don Quijote.
K:
— Ya no la necesito. Llegué al territorio de mis sueños y no me
di cuenta. Ahora, debo ir al sur.
Sancho:
— Si desea, podemos acompañarlo, ¿no es cierto, mi señor?
Don
Quijote: —Con la condición de que me llame “escritor” y no
“personaje”.
Sancho:
—Y que cuando diga “¡Ataque!”, usted ataca sin más ni más.
K:
—Muy bien, señores, haré lo que piden. Dicen que en el sur hay
volcanes activos y unos seres barbados que escriben historias mínimas
que me encantaría leer. Ahí puede estar mi padre.
A
Juan Armando Epple y Pedro Guillermo Jara
Después, cuando nos levantamos,
miramos en qué consistía el botín que había robado la banda en el
barco naufragado y encontramos botas y mantas y ropa y toda clase de
cosas distintas, un montón de libros y un catalejo y tres cajas de
cigarros. Ninguno de los dos habíamos sido nunca así de ricos en la
vida. Los cigarros eran de primera. Nos pasamos todo el principio de
la tarde en el bosque, charlando, y yo leyendo los libros y en
general pasándolo bien. Le conté a Jim todo lo ocurrido en el barco
y en el transbordador y dijo que esas cosas eran aventuras, pero que
no quería más. Dijo que cuando yo me metí en la cubierta superior
y él se volvió a rastras a la balsa y vio que había desaparecido
casi se muere, porque pensó que pasara lo que pasara para él ya
había acabado todo, pues si no se salvaba se ahogaría, y si se
salvaba el que lo viera lo devolvería a casa para cobrar la
recompensa y entonces seguro que la señorita Watson lo vendía en el
Sur. Bueno, tenía razón; casi siempre tenía razón; tenía una
cabeza de lo más razonable para un negro.
Le
leí a Jim muchas cosas sobre reyes y duques y condes y todo eso, y
lo bien que se vestían y lo elegantes que se ponían y cómo se
llamaban unos a otros «su majestad», «su señoría», «su
excelencia» y todo eso, en lugar de «señor», y a Jim se le salían
los ojos y estaba muy interesado. Va y dice:
—No
sabía que había tantos. Casi nunca había oído hablar de ellos,
más que del viejo aquel del rey Salamón, sin contar los reyes de la
baraja. ¿Cuánto cobra un rey?
—¿Cobrar?
—digo yo—; pues lo menos mil dólares al mes si quieren; pueden
llevarse lo que quieran; todo es suyo.
—Estupendo,
¿no? Y ¿qué tienen que hacer, Huck?
—¡No
hacen nada! ¡Qué cosas dices! Están ahí y nada más.
—No;
¿de verdad?
—Pues
claro que sí. No hacen más que estar ahí, salvo a lo mejor cuando
hay guerra; entonces se van a la guerra, o si no van de caza. Sí,
con halcones y todo eso... ¡Shhh! ¿no has oído un ruido?
Salimos
del bosque a mirar, pero no había nada más que el paleteo de la
rueda de un buque de vapor a lo lejos, que daba la vuelta a la punta,
así que volvimos.
—Si
—dije—, y otras veces, cuando las cosas están aburridas, se
meten con el Parlamento, y si no hacen las cosas como quieren ellos,
les cortan la cabeza. Pero donde más tiempo pasan es en el harén.
—¿En
el qué?
—En
el harén.
—¿Qué
es el harén?
—Donde
tienen a sus mujeres. ¿No sabes lo que es el harén? Salomón tenía
uno donde había por lo menos un millón de mujeres.
—Pues
es verdad; me... me se había olvidado. Un harén es una
pensión, supongo. Seguro que en el cuarto de los niños hay mucho
jaleo. Y seguro que las mujeres se pelean mucho, de forma que hay más
jaleo. Pero dicen que el Salamón era el hombre más sabio que
ha vivido. Yo no me lo acabo de creer, porque, ¿para qué iba un tío
tan sabio a querer vivir en medio de todo aquel escándalo? No...
seguro que no. Un hombre sabio se haría construir una fábrica de
calderas y entonces podría apagarlo todo cuando quisiera descansar.
—Bueno,
pero en todo caso fue el hombre más sabio del mundo, porque me lo ha
dicho la viuda, nada menos.
—Me
da igual lo que haya dicho la viuda; no era tan sabio. Se le ocurrían
algunas de las ideas más raras que he oído en mi vida. ¿Sabes lo
del niño que quería partir en dos?
—Sí,
la viuda me lo contó.
—¡Pues
entonces! ¿No te parece la idea más idiota del mundo? No tienes más
que pensarlo medio minuto. Ese tronco de allá, ése es una de las
mujeres; ése eres tú, el otro tronco; yo soy Salamón, y ese
billete de un dólar es el niño. Los dos lo queréis. ¿Qué hago
yo? ¿Voy a buscar entre los vecinos para ver de quién es el billete
y dárselo al dueño, como es normal, como haría cualquiera que
tuviese la menor idea? No; voy y rompo el billete en dos y te doy una
mitad a ti y la otra a la mujer. Eso es lo que iba a hacer el Salamón
con el niño. Y lo que yo te digo: ¿De qué vale a naide
medio billete? No se puede comprar nada con eso. ¿De qué vale medio
niño? Yo no daría nada por un millón de medios niños.
—Pero,
dita sea, Jim, es que no entiendes nada... Dita sea, es
que no te enteras.
—¿Quién?
¿Yo? Vamos. No me vengas diciendo a mí que no lo entiendo. Creo que
entiendo lo que es sentido común y lo que no. Y el hacer una cosa
así no tiene sentido. La pelea no era por medio niño; la pelea era
por un niño entero, y el hombre que crea que puede solucionar una
pelea por un niño entero con medio niño es que no sabe lo que es la
vida. No me hables a mí del tal Salamón, Huck. Ya he visto
yo a muchos así.
—Pero
te digo que no lo entiendes.
—¡Dale
con que no lo entiendo! Yo entiendo lo que entiendo. Y, entérate, lo
que hay que entender de verdad es más complicado; mucho más
complicado. Es cómo criaron al Salamón. Piénsalo: un hombre
tiene sólo uno o dos hijos; ¿va ese hombre a andar partiéndoles en
dos? No, ni hablar; no se lo puede permitir. Él sabe apreciarlos.
Pero un hombre que tiene cinco millones de hijos por toda la casa,
ése es diferente. A ése le da igual partir en dos a un niño que a
un gato. Quedan muchos más. Un niño o dos más o menos no le
importaban nada al Salamón, ¡maldito sea!
Nunca
he visto un negro así. Se le metía una cosa en la cabeza y ya no
había forma de sacársela. Nunca he visto a un negro que le tuviera
tanta manía a Salomón. Así que me puse a hablar de otros reyes y
dejé en paz a ése. Le hablé de Luis XVI, al que le cortaron la
cabeza en Francia hacía mucho tiempo, y de su hijo pequeño, el
delfín, que habría sido rey, pero se lo llevaron y lo metieron en
la cárcel y algunos dicen que allí se murió.
—Pobrecito.
—Pero
otros dicen que se escapó y que vino a América.
—¡Eso
está bien! Pero se sentirá muy solo... Aquí no hay reyes, ¿verdad,
Huck?
—No.
—Entonces
no puede conseguir trabajo. ¿Qué va a hacer?
—Bueno,
no sé. Algunos se hacen policías y otros enseñan a la gente a
hablar francés.
—Pero,
Huck, ¿es que los franceses no hablan como nosotros?
—No,
Jim; tú no entenderías ni una palabra de lo que dicen... ni una
sola palabra.
—Bueno,
¡que me cuelguen! ¿Porqué?
—No
lo sé, pero es verdad. He visto en un libro algunas de las cosas que
dicen. Imagínate que viene un hombre y te dice «parlé vu
fransé»; ¿qué pensarías tú?
—No
pensaría nada; le partiría la cara; bueno, si no era blanco. A un
negro no le dejaría que me llamara eso.
—Rediez,
no te estaría llamando nada. No haría más que preguntarte si sabes
hablar francés.
—Bueno,
entonces, ¿por qué no lo dice?
—Pero
si es lo que está diciendo. Así es como lo dicen los franceses.
—Bueno,
pues es una forma ridícula de decirlo y no quiero seguir hablando de
eso. No tiene sentido.
—Mira,
Jim; ¿hablan los gatos igual que nosotros?
—No,
los gatos no.
—Bueno,
¿y las vacas?
—No,
las vacas tampoco.
—¿Hablan
los gatos igual que las vacas o las vacas igual que los gatos?
—No.
—Lo
natural y lo normal es que hablen distinto, ¿no?
—Claro.
—¿Y
no es natural ni normal que los gatos y las vacas hablen distinto de
nosotros?
—Hombre,
pues claro que sí.
—Bueno,
entonces, ¿por qué no es natural y normal que un francés hable
diferente de nosotros? Contéstame a ésa.
—Huck,
¿son los gatos iguales que los hombres?
—No.
—Bueno,
entonces, no tiene sentido que los gatos hablen igual que los
hombres. ¿Son las vacas iguales que los hombres? ¿O son las vacas
iguales que los gatos?
—No,
ninguna de las dos cosas.
—Bueno,
entonces no tienen por qué hablar como los hombres o los gatos. ¿Son
hombres los franceses?
—Sí.
—¡Pues
entonces! Dita sea, ¿por qué no hablan igual que los
hombres? Contéstame tú a ésa.
Vi
que no tenía sentido seguir gastando saliva: a los negros no se les
puede enseñar a discutir. Así que lo dejé.
Las aventuras de Huckleberry Finn. 1884.
Picoteado salvajemente por innumerables bestias, Alfred cierra los ojos en un vano intento de conseguir un fundido a negro.
El funcionario está escribiendo las listas de nombres para exiliar. Distraído, sin querer copia uno cualquiera de la guía de teléfonos. En otra parte de la ciudad, una mujer se apresta para ir a comprar el pan. Al salir de su casa, dejando a sus hijos, la toma la policía secreta y la arroja a un avión. Lo pierde todo, pero sobre todo, pierde su vida de todos los días. Vaga por el mundo, por los idiomas y por el desarraigo. Lleva consigo la llave de su casa durante treinta años. Caen los dictadores, emerge la bandera del retorno. La llave firmemente cogida entre las manos. Dos hijos corren abrazársele. Entre llantos, preguntan: “Mamá, ¿trajiste el pan?”.
Señor, al toque de Ánimas,
hoy te invoco, aunque no creo
que me escuches, pero eres
todavía una palabra
aprendida desde niño,
y hay veces, como esta tarde,
que no está mal repetirla.
Señor, ser viento, Señor.
Viento, ser campo, Señor.
Campo, ser yerba, Señor.
Yerba, ser nido, Señor.
Nido, ser pluma, Señor.
Pluma, ser nube, Señor.
Nube, ser cielo, Señor.
Cielo, ser lluvia, Señor.
Lluvia, ser río, Señor.
Río, ser barco, Señor.
Barco, ser humo, Señor.
Humo, ser mares, Señor.
Mares, ser luna, Señor.
Luna, ser rayo, Señor.
Rayo, ser trueno, Señor.
Trueno, ser calma, Señor.
Calma, ser ira, Señor.
Ira, ser verde, Señor.
Verde, ser azul, Señor.
Azul, ser negro, Señor.
Negro, ser bruma, Señor.
Bruma, ser claro, Señor.
Claro, ser alba, Señor.
Alba, ser día, Señor.
Día, ser día, Señor.
Cualquier cosa que se vea,
que flote, vuele o se hunda,
que sepa que está en el aire,
que está en la tierra o el agua.
Algo, ser algo, ser algo,
menos lo que soy ahora:
un poeta, las raíces
rotas, al viento, partidas,
una voz seca, sin riego,
un hombre alejado, solo,
forzosamente alejado,
que ve ponerse la tarde,
con el temor de la noche.
Cualquier cosa, pero viva,
por más pequeña que sea.
Sí, cualquier cosa, Señor,
pero viva, cualquier cosa...
Antón Mihailovich escupió,
dijo ¡puaj! Escupió otra vez y dijo ¡puaj!, otra
vez. Y escupió otra vez y dijo ¡puaj!, otra vez y se fue.
Que se vaya al infierno. En lugar de esta historia, déjenme que les
cuente la de Ilya Pavlovich.
.....
Ilya Pavlovich nació en 1883 en Constantinopla. Cuando era todavía
un niño, sus padres se trasladaron a San Petersburgo, y allí se
graduó en la Escuela Alemana de la Calle Kirchnaya. Después trabajó
en una tienda: a continuación hizo algo más; y cuando llegó la
revolución, emigró. Bueno, pues que se vaya también al infierno.
En lugar de esta historia permitidme que os hable acerca de Anna
Ignatievna.
.....
Pero no es fácil decir algo acerca de Anna Ignatievna. En primer
lugar, porque no conozco casi nada sobre ella, y en segundo lugar,
porque me acabo de caer de mi silla y me he olvidado de lo que iba a
decir. Entonces, bueno pues déjenme que les hable de mi mismo.
.....
Soy alto, bastante inteligente; me visto con cierto recato, pero con
gusto; no bebo, no apuesto a los caballos, pero me gustan las
mujeres. A ellas parece que no les importa. Les gusta que salga con
ellas. Serafima Izmaylovna, me ha invitado a su casa en muchas
ocasiones, y Zinaida Yakovlevna, también dice que ella siempre se
alegra de verme. Me vi envuelto en un incidente gracioso con Marina
Petrovna, que me gustaría contar. Es algo bastante vulgar, pero
entretenido. Por mi culpa Marina Petrovna perdió todo su pelo –se
quedó calva como la cabeza de un crío. Ocurrió así: Fui una vez a
visitar a Marina Petrovna y ¡pum! perdió todo el pelo. Y eso fue
todo.
Me llaman capuchino, 2006.