miércoles, 20 de febrero de 2019

Robinson. Fermín López Costero.


Todas las mañanas bajo corriendo hasta la playa, para ver si las olas han arrastrado algún objeto que pueda serme útil: un jirón de vela, unas tablas, alguna cuerda, un barril de ron… Pero, rara es la vez que encuentro algo provechoso.
Tampoco vislumbro en lontananza la silueta de ningún barco. Ni encuentro a nadie conocido con quien hablar. Ese muchacho negro al que llamo Viernes, hace días que no aparece. Aburrido y descorazonado, a mediodía recojo la toalla y la sombrilla y me voy para la piscina del hotel.


martes, 19 de febrero de 2019

Silencio. David Roas.

He pasado un mes fuera y sólo llegar me encuentro a Juan por la calle. Me siento tan cansado que estoy tentado de no saludarle y seguir mi camino hasta casa, pero hace mucho que le perdí la pista y me apetece hablar con él. Nos damos la mano y le pregunto cómo está. Muerto, me dice. Le digo que no será para tanto y le propongo tomar algo en un bar cercano. Acepta sin energía. Venga, hombre, una caña te repondrá. Apoyados en la barra, y tras pedir dos cervezas, le digo que me cuente cómo le va la vida. Estoy muerto, repite, ¿no te lo he dicho antes? Sí, vale, como quieras, yo también estoy muy cansado, pero —insisto— ¿cómo te van las cosas? Hace mucho que no nos vemos y seguro que algo tienes que contarme. Me mira con gesto alicaído y en un tono áspero vuelve a repetir: Estoy muerto, ¿no te vale con eso? Muerto. Empiezo a pensar que a Juan le pasa algo. Quizá esté deprimido (tiene todo el aspecto), o puede que lo hayan despedido, que esté enfermo, que su mujer le haya abandonado... Trato de quitarle hierro al asunto: Muy muerto no debes de estar si te tengo a mi lado bebiendo una cerveza. Juan se levanta la manga del brazo izquierdo, lo alarga hasta mí y me dice: Tómame el pulso, a ver si te convences de una vez. Le sigo la corriente y cojo su muñeca buscando torpemente las venas (¿o son arterias?) donde comprobar sus pulsaciones. No noto nada. Debo estar haciéndolo mal. Lo intento de nuevo. Juan me observa con una mezcla de apatía y fastidio. Pruebo otra vez. Nada. ¿Lo ves?, muerto, no hay más. Empiezo a inquietarme. Y no porque Juan esté muerto (es evidente que eso es imposible), sino porque lo que he tomado por abatimiento o depresión puede ser en realidad una crisis psicótica. Ya sé que decir que eso en Juan me extraña es una tontería (nadie es inmune), pero siempre ha sido un tipo muy equilibrado. ¿Te convences?, vuelve a preguntarme, cuando te decía que estoy muerto es que estoy muerto; no es una forma de hablar. Por tu cara intuyo que no crees una sola palabra de lo que te estoy diciendo. Cómo quieres que te crea, lo que pasa es que no sé encontrar tus latidos y ya está. Juan llama al camarero y con absoluta tranquilidad le pide que le tome el pulso. Yo miro al camarero y con una sonrisa forzada le digo que no haga caso a mi amigo, que es una broma. Pero este, en lugar de reaccionar con escándalo a su insensata petición, hace lo que Juan le ha requerido. Y como si estuviera habituado a dar esa respuesta, dice cansinamente: No hay pulso. Antes de que pueda reaccionar, Juan coge mi mano y la coloca sobre la muñeca del camarero, quien se deja hacer. Tampoco noto nada. No sé qué decir. No puedo hacer otra cosa que mirar a ambos e intentar procesar lo que está sucediendo. Los dos me observan con el mismo gesto fatigado. Juan se dirige a un tipo que está bebiendo un cortado al otro extremo de la barra: ¿Le importa que mi amigo le tome el pulso? El desconocido deja el vaso y se acerca perezosamente, mientras, en un gesto que no puedo evitar tomar por habitual, se levanta la manga del brazo izquierdo. Juan guía de nuevo mi mano y la coloca en la muñeca del desconocido. No sé cómo voy a reaccionar si encuentro el mismo vacío, el mismo silencio. Los anhelados latidos no aparecen. Es imposible. No pueden estar muertos. Los veo moverse, hablar, beber. Juan interrumpe mis reflexiones. No, no te engañes pensando que es un sueño o una alucinación. Estamos muertos. Todos estamos muertos. ¿Ves esa mujer sentada en la mesa de la esquina? (La miro; es una escena que he visto mil veces: una mujer tomando un café mientras lee el periódico). Muerta. ¿Esos dos niños que pasan junto a la ventana camino del colegio? (Ambos cargan afanosamente unas pesadas mochilas). Muertos. ¿El cartero que acaba de entrar en el bar? Absolutamente difunto. No encontrarás ni un solo latido en sus muñecas. Aunque si quieres podemos hacer con ellos la misma prueba. Le digo que ya he tenido suficiente. Aunque en el mismo instante en que lo digo sé que estoy mintiendo. No es suficiente. No puede ser suficiente. Porque lo que está sucediendo es un disparate sin sentido. Pero ¿cómo contradecirles? Empiezo a dudar de mi salud mental. Quizá soy yo, y no el pobre Juan, el que se ha vuelto loco. Como si leyera mi mente, Juan me dice que no estoy loco. Y añade: Esto nos ha pasado a todos, sin excepción; al principio lo más difícil es aceptar que uno esté muerto (el camarero y el desconocido asienten con desgana). Pero entonces ¿Ana? ¿mis padres? ¿mis hermanos? De pronto, como si todo eso no fuera importante, una pregunta irrumpe en mi cerebro, una pregunta que no llego a verbalizar, porque en ese mismo momento, Juan agarra con fuerza mi mano derecha. Sin que pueda evitarlo, con un rápido movimiento la coloca sobre mi muñeca izquierda, donde ya sé que sólo me espera el silencio.

Distorsiones. David Roas, 2010.

lunes, 18 de febrero de 2019

El saludo. Pedro Orgambide.


Ha sido una gran función la de esta noche. Los espectadores aplauden de pie y esperan el saludo de La Diva. Pero ella no sale aún. Algún crítico mal intencionado piensa que La Diva se hace rogar, que administra, con astucia, el fervor del público. Puede que sea así, pero yo no soy nadie para revelar esos secretos. Mi patrona, que otros llaman la Diva, sabe muy bien que no lo haré. En todos estos años que estuve a su servicio, nadie obtuvo de mí una infidencia, un comentario que pudiera afectar a la señora. Al contrario, muchas veces hice un discreto mutis, por decir así, para ocultar o disimular una situación embarazosa. “Esta mosquita muerta lo ve todo, lo sabe todo”, suele decir mi patrona. Y es así, realmente: he visto cosas por las que pagarían buen dinero esas revistas de chismes en las que a veces sale la foto de la señora, acompañada por el caballero o el jovencito de turno. Sólo yo sé que esas minucias poco tienen que ver con ella. A ella, lo que en verdad le importa es el aplauso del público. No, no sale todavía. Ella no es como esas jovencitas, como esas actrices novatas que apenas cae el telón, corren desbocadas hasta el proscenio, para mendigar el aplauso. De ningún modo. Ella suele esperar entre bambalinas, dejar que el aplauso crezca en forma considerable, antes de caminar hacia la gente que le arroja flores y la llama diosa. Sólo entonces mueve levemente la cabeza, como negando el mérito a la estruendosa realidad. Con modestia, debe admitir que el éxito es suyo. Puede permitirse entonces una sonrisa, un ademán gracioso, algún saltito que insinúa un deseo de regresar al camarín. Pero el público es tirano, el público exige otro saludo. Y bien, no hay que negárselo. Es entonces cuando La Diva arroja un beso al aire. El público se agita, grita, patalea. Entonces ella lleva su mano al pecho, hacia el corazón y llora. “un momento así vale la pena”, le oí decir muchas veces a mi patrona. Por ese momento, ella pasa horas haciendo gimnasia, pedaleando en la bicicleta fija, cubriéndose la cara con horribles mascarillas y cosméticos. Pero eso el público no lo sabe, es un secreto entre ella y yo. Nunca diré que vi su rostro envejecido, sus arrugas, el tic que afea su boca. No, no lo haré. Tampoco diré que se babea por las noches, que tose en la oscuridad y maldice su suerte. No quiero llevar agua al molino de sus enemigos, Dios no lo permita. Pero hay que reconocer que no siempre saluda con dignidad. Yo la he visto empujar al primer actor de la compañía, para que trastabille delante de los espectadores. También he visto como “tapaba” a la dama joven, poniéndose delante de la muchacha, como distraída. No, no me engaño. Así no saludan los grandes del teatro. Ellos saludan muy sobrios, con la ostentosa dignidad de parecer humildes. Pero yo no soy quién para juzgarla. En estos años la vi luchar por el aplauso, firmar contratos abusivos, soportar los chistes de ignotos productores, sólo para obtener ese premio que necesita como el aire. Porque después de meses de ensayo, de debatirse frente al espejo, de abandonar a su último amante, de aprender un texto que en realidad detesta, ella va a salir a saludar al público. Y la van a aplaudir. Y eso es lo único que importa. Ella quedará suspendida en el tiempo, oyendo el aplauso, las voces que repiten su nombre. Lástima que hoy no será así. Lástima su mal trato, la fea costumbre de insultarme. Aunque yo se lo había perdonado todo, en verdad. Porque yo la admiraba, igual que esa gente que ahora implora su presencia en el escenario, esas mujeres y esos hombres de pie, ansiosos, impacientes por ver a La Diva. Lástima. Porque ella no debió levantarme la mano, ni decirme bruta, ignorante, ladrona. No, eso estuvo mal. Si me puse el vestido de marquesa, el que ella usa en la obra, fue solo para imitarla, sin mala intención. Es lo que hice durante todas las noches, cuando ella se cambiaba y se ponía la bata de seda, para saludar y recibir los aplausos. No sabía que se iba a enojar tanto. Pero, ¿por qué me amenazó con esa tijera que ahora está clavada en su corazón? Con el vestido de marquesa y el antifaz ya soy igual a ella. Oigo el rumor de los aplausos. Es algo verdaderamente hermoso. Es hora de salir, de saludar al público. Ellos están allí, llamándome, gritándome divina, diosa. Hago una reverencia, arrojo un beso al aire y los saludo, fatigada y feliz.