Zhenia Bélenkaia, seis
añosActualmente
es operariaJunio
de 1941… Lo
recuerdo perfectamente. Yo era muy pequeña pero se me quedó grabado
en la cabeza…Lo
último que recuerdo de mi vida antes de la guerra es un cuento. Mamá
me lo leía cuando me iba a dormir. Era mi favorito, el del pececillo
dorado. Yo siempre le pedía algo al pececillo dorado: «Pececillo
dorado… Querido pececillo…». Mi hermana pequeña también le
pedía un deseo, pero ella lo hacía de otra forma: «Por arte de
magia, por mi voluntad, yo te ordeno…». Nuestro deseo era pasar el
verano con la yaya, y que papá viniera con nosotros. ¡Mi padre era
tan divertido!Una
mañana me desperté de pronto, asustada. Se oían unos ruidos
desconocidos para mí…Mis
padres no se dieron cuenta. Creían que mi hermana y yo dormíamos,
pero yo solo lo fingía. Me quedé en la cama junto a mi hermana
pequeña, muy quieta. Miraba: papá besaba a mamá sin parar, le
besaba la cara, las manos… Me sorprendió: nunca antes la había
besado así. Después salieron al patio, cogidos de la mano. Me
acerqué hasta la ventana de un brinco: mamá se había colgado de su
cuello y no lo dejaba marcharse. Él la apartó y corrió, ella lo
alcanzó y volvió a abrazarlo; lo quería detener, le gritaba.
Entonces yo también grité: «¡Papá! ¡Papá!».Mi
hermana pequeña se despertó, mi hermanito Vasia también. Ella me
vio llorar y gritó: «¡Papá!». Salimos afuera corriendo:
«¡Papá!». Nuestro padre, al vernos (lo recuerdo como si fuera
ayer), se llevó las manos a la cabeza y empezó a andar, a correr.
Le daba miedo mirar atrás.El
sol me daba en la cara. Hacía calor… Ni siquiera ahora me puedo
creer que aquella mañana mi padre se fuera a la guerra. Yo era muy
pequeña, pero tengo la sensación de que comprendía que aquella era
la última vez que lo veía. Nunca nos volveríamos a encontrar. Yo
era muy… muy pequeña…Así
es como ha quedado asociado en mi memoria: guerra es cuando papá no
está…También
recuerdo, de más adelante: el cielo negro y un avión negro. Al
borde de la carretera yace nuestra madre con los brazos abiertos. Le
pedimos que se levante, pero ella no responde. No se levanta. Los
soldados envolvieron a mamá en una tienda de campaña, la enterraron
en la arena, allí mismo. Nosotros gritábamos y suplicábamos: «No
metáis a nuestra mamaíta en ese hoyo. Ella se despertará y
seguiremos andando». Había unos escarabajos gigantes arrastrándose
por la arena… Yo no podía imaginarme cómo iba a vivir mamá
debajo de la tierra con esos escarabajos. ¿Cómo íbamos a
encontrarnos después, cómo lo haríamos para volver a estar juntos?
¿Quién le escribiría a nuestro papá?Uno
de los soldados me preguntó: «Niña, ¿cómo te llamas?». Pero a
mí se me había olvidado. «¿Cuál es tu apellido, niña? ¿Cómo
se llamaba tu madre?» No me acordaba de nada… Nos quedamos
sentados junto a la montañita de mamá hasta que se hizo de noche,
hasta que nos recogieron y nos subieron a un carro. Era un carro
lleno de niños. Nos llevaba un señor muy mayor, nos iba recogiendo
a todos por la carretera. Llegamos a una aldea, allí gente
desconocida nos cobijó en sus casas.Pasé
mucho tiempo sin hablar. Tan solo miraba.Después
recuerdo un día de verano. Un día espléndido de verano. Una mujer
extraña me acaricia el pelo. Y yo rompo a llorar. Y empiezo a
hablar… A contar cosas sobre mi mamá y mi papá. Cómo papá se
había ido corriendo sin ni siquiera mirar atrás… Cómo mamá
yacía en el suelo… Cómo los escarabajos se arrastraban por la
arena…La
mujer me acariciaba el pelo. En aquel momento lo comprendí: aquella
mujer se parecía a mi madre…
Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial. 1985
Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso
la tranquilizó: no le hubiera gustado nada tener que darle la razón
a su madre. ¿Monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor!
Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen. Estaba enojada
pero no era por el mono, pensó la chica: era por el cumpleaños.–No me gusta que
vayas –le había dicho–. Es una fiesta de ricos.–Los ricos también
se van al cielo –dijo la chica, que aprendía religión en el
colegio.–Qué cielo ni
cielo –dijo la madre–. Lo que pasa es que a usted, m’hijita, le
gusta cagar más arriba del culo.A la chica no le
parecía nada bien la manera de hablar de su madre: ella tenía nueve
años y era una de las mejores alumnas de su grado.–Yo voy a ir
porque estoy invitada –dijo–. Y estoy invitada porque Luciana es
mi amiga. Y se acabó.–Ah, sí, tu amiga
–dijo la madre. Hizo una pausa–. Oíme, Rosaura –dijo por fin–,
esa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la
hija de la sirvienta, nada más.Rosaura parpadeó
con energía: no iba a llorar.–Callate –gritó–.
Qué vas a saber vos lo que es ser amiga.Ella iba casi todas
las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los deberes
mientras su madre hacía la limpieza.Tomaban la leche en
la cocina y se contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente
todo lo que había en esa casa. Y la gente también le gustaba.–Yo voy a ir
porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo dijo.
Va a venir un mago y va a traer un mono y todo. La madre giró el
cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos en las
caderas.–¿Monos en un
cumpleaños? –dijo–. ¡Por favor! Vos sí que te creés todas las
pavadas que te dicen.Rosaura se ofendió
mucho. Además le parecía mal que su madre acusara a las personas de
mentirosas simplemente porque eran ricas. Ella también quería ser
rica, ¿qué?, si un día llegaba a vivir en un hermoso palacio, ¿su
madre no la iba a querer tampoco a ella? Se sintió muy triste.
Deseaba ir a esa fiesta más que nada en el mundo.–Si no voy me
muero –murmuró, casi sin mover los labios. Y no estaba muy segura
de que se hubiera oído, pero lo cierto es que la mañana de la
fiesta descubrió que su madre le había almidonado el vestido de
Navidad. Y a la tarde, después que le lavó la cabeza, le enjuagó
el pelo con vinagre de manzanas para que le quedara bien brillante.
Antes de salir Rosaura se miró en el espejo, con el vestido blanco y
el pelo brillándole, y se vio lindísima.La señora Inés
también pareció notarlo. Apenas la vio entrar, le dijo:–Qué linda estás
hoy, Rosaura.Ella, con las manos,
impartió un ligero balanceo a su pollera almidonada: entró a la
fiesta con paso firme. Saludó a Luciana y le preguntó por el mono.
Luciana puso cara de conspiradora; acercó su boca a la oreja de
Rosaura.–Está en la
cocina –le susurró en la oreja–. Pero no se lo digas a nadie
porque es un secreto.Rosaura quiso
verificarlo. Sigilosamente entró en la cocina y lo vio. Estaba
meditando en su jaula. Tan cómico que la chica se quedó un buen
rato mirándolo y después, cada tanto, abandonaba a escondidas la
fiesta e iba a verlo. Era la única que tenía permiso para entrar en
la cocina, la señora Inés se lo había dicho: “Vos sí pero
ningún otro, son muy revoltosos, capaz que rompen algo”. Rosaura,
en cambio, no rompió nada. Ni siquiera tuvo problemas con la jarra
de naranjada, cuando la llevó desde la cocina al comedor. La sostuvo
con mucho cuidado y no volcó ni una gota. Eso que la señora Inés
le había dicho: “¿Te parece que vas a poder con esa jarra tan
grande?”. Y claro que iba a poder: no era de manteca, como otras.
De manteca era la rubia del moño en la cabeza. Apenas la vio, la del
moño le dijo:–¿Y vos quién
sos?–Soy amiga de
Luciana –dijo Rosaura.–No –dijo la del
moño–, vos no sos amiga de Luciana porque yo soy la prima y
conozco a todas sus amigas. Y a vos no te conozco.–Y a mí qué me
importa –dijo Rosaura–, yo vengo todas las tardes con mi mamá y
hacemos los deberes juntas.–¿Vos y tu mamá
hacen los deberes juntas? –dijo la del moño, con una risita.–Yo y Luciana
hacemos los deberes juntas –dijo Rosaura, muy seria. La del moño
se encogió de hombros.–Eso no es ser
amiga –dijo–. ¿Vas al colegio con ella?–No.–¿Y entonces, de
dónde la conocés? –dijo la del moño, que empezaba a
impacientarse.Rosaura se acordaba
perfectamente de las palabras de su madre. Respiró hondo:–Soy la hija de la
empleada –dijo.Su madre se lo había
dicho bien claro: Si alguno te pregunta, vos le decís que sos la
hija de la empleada, y listo.También le había
dicho que tenía que agregar: y a mucha honra. Pero Rosaura pensó
que nunca en su vida se iba a animar a decir algo así.–Qué
empleada–dijo la del moño–. ¿Vende cosas en una tienda?–No –dijo
Rosaura con rabia–, mi mamá no vende nada, para que sepas.–¿Y entonces cómo
es empleada? –dijo la del moño.Pero en ese momento
se acercó la señora Inés haciendo shh shh, y le dijo a Rosaura si
no la podía ayudar a servir las salchichitas, ella que conocía la
casa mejor que nadie.–Viste –le dijo
Rosaura a la del moño, y con disimulo le pateó un tobillo.Fuera de la del moño
todos los chicos le encantaron. La que más le gustaba era Luciana,
con su corona de oro; después los varones. Ella salió primera en la
carrera de embolsados y en la mancha agachada nadie la pudo agarrar.Cuando los
dividieron en equipos para jugar al delegado, todos los varones
pedían a gritos que la pusieran en su equipo. A Rosaura le pareció
que nunca en su vida había sido tan feliz.Pero faltaba lo
mejor. Lo mejor vino después que Luciana apagó las velitas.
Primero, la torta: la señora Inés le había pedido que la ayudara a
servir la torta y Rosaura se divirtió muchísimo porque todos los
chicos se le vinieron encima y le gritaban “a mí, a mí”.
Rosaura se acordó de una historia donde había una reina que tenía
derecho de vida y muerte sobre sus súbditos. Siempre le había
gustado eso de tener derecho de vida y muerte. A Luciana y a los
varones les dio los pedazos más grandes, y a la del moño una
tajadita que daba lástima.Después de la torta
llegó el mago. Era muy flaco y tenía una capa roja. Y era mago de
verdad. Desanudaba pañuelos con un solo soplo y enhebraba argollas
que no estaban cortadas por ninguna parte. Adivinaba las cartas y el
mono era el ayudante. Era muy raro el mago: al mono lo llamaba socio.
“A ver, socio, dé vuelta una carta”, le decía. “No se me
escape, socio, que estamos en horario de trabajo”.La prueba final era
la más emocionante. Un chico tenía que sostener al mono en brazos y
el mago lo iba a hacer desaparecer.–¿Al chico?
–gritaron todos.–¡Al mono! –gritó
el mago.Rosaura pensó que
ésta era la fiesta más divertida del mundo.El mago llamó a un
gordito, pero el gordito se asustó enseguida y dejó caer al mono.
El mago lo levantó con mucho cuidado, le dijo algo en secreto, y el
mono hizo que sí con la cabeza.–No hay que ser
tan timorato, compañero –le dijo el mago al gordito.–¿Qué es
timorato? –dijo el gordito. El mago giró la cabeza hacia uno y
otro lado, como para comprobar que no había espías.–Cagón –dijo–.
Vaya a sentarse, compañero.Después fue
mirando, una por una, las caras de todos. A Rosaura le palpitaba el
corazón.–A ver, la de los
ojos de mora –dijo el mago. Y todos vieron cómo la señalaba a
ella.No tuvo miedo. Ni
con el mono en brazos, ni cuando el mago hizo desaparecer al mono, ni
al final, cuando el mago hizo ondular su capa roja sobre la cabeza de
Rosaura, dijo las palabras mágicas… y el mono apareció otra vez
allí, lo más contento, entre sus brazos. Todos los chicos
aplaudieron a rabiar. Y antes de que Rosaura volviera a su asiento,
el mago le dijo:–Muchas gracias,
señorita condesa.Eso le gustó tanto
que un rato después, cuando su madre vino a buscarla, fue lo primero
que le contó.–Yo lo ayudé al
mago y el mago me dijo: “Muchas gracias, señorita condesa”.Fue bastante raro
porque, hasta ese momento, Rosaura había creído que estaba enojada
con su madre. Todo el tiempo había pensado que le iba a decir:
“Viste que no era mentira lo del mono”. Pero no. Estaba contenta,
así que le contó lo del mago.Su madre le dio un
coscorrón y le dijo:–Mírenla a la
condesa.Pero se veía que
también estaba contenta.Y ahora estaban las
dos en el hall porque un momento antes la señora Inés, muy
sonriente, había dicho: “Espérenme un momentito”.Ahí la madre
pareció preocupada.–¿Qué pasa? –le
preguntó a Rosaura.–Y qué va a pasar
–le dijo Rosaura–. Que fue a buscar los regalos para los que nos
vamos.Le señaló al
gordito y a una chica de trenzas, que también esperaban en el hall
al lado de sus madres. Y le explicó cómo era el asunto de los
regalos. Lo sabía bien porque había estado observando a los que se
iban antes. Cuando se iba una chica, la señora Inés le regalaba una
pulsera. Cuando se iba un chico, le regalaba un yo-yo. A Rosaura le
gustaba más el yo-yo porque tenía chispas, pero eso no se lo contó
a su madre. Capaz que le decía: “Y entonces, ¿por qué no le
pedís el yo-yo, pedazo de sonsa?”. Era así su madre. Rosaura no
tenía ganas de explicarle que le daba vergüenza ser la única
distinta. En cambio le dijo:–Yo fui la mejor
de la fiesta. Y no habló más porque la señora Inés acababa de
entrar en el hall con una bolsa celeste y una bolsa rosa. Primero se
acercó al gordito, le dio un yo-yo que había sacado de la bolsa
celeste, y el gordito se fue con su mamá. Después se acercó a la
de trenzas, le dio una pulsera que había sacado de la bolsa rosa, y
la de trenzas se fue con su mamá.Después se acercó
a donde estaban ella y su madre. Tenía una sonrisa muy grande y eso
le gustó a Rosaura. La señora Inés la miró, después miró a la
madre, y dijo algo que a Rosaura la llenó de orgullo. Dijo:–Qué hija que se
mandó, Herminia.Por un momento,
Rosaura pensó que a ella le iba a hacer los dos regalos: la pulsera
y el yo-yo. Cuando la señora Inés inició el ademán de buscar
algo, ella también inició el movimiento de adelantar el brazo. Pero
no llegó a completar ese movimiento. Porque la señora Inés no
buscó nada en la bolsa celeste, ni buscó nada en la bolsa rosa.
Buscó algo en su cartera.En su mano
aparecieron dos billetes.–Esto te lo
ganaste en buena ley–dijo, extendiendo la mano–. Gracias por
todo, querida.Ahora Rosaura tenía
los brazos muy rígidos, pegados al cuerpo, y sintió que la mano de
su madre se apoyaba sobre su hombro. Instintivamente se apretó
contra el cuerpo de su madre. Nada más. Salvo su mirada. Su mirada
fría, fija en la cara de la señora Inés.La señora Inés,
inmóvil, seguía con la mano extendida. Como si no se animara a
retirarla. Como si la perturbación más leve pudiera desbaratar este
delicado equilibrio.
Los bordes de lo real. 1991.
Automovilista en vacaciones
recorre las montañas del centro de Francia, se aburre lejos de la
ciudad y de la vida nocturna. Muchacha le hace el gesto usual del
auto-stop, tímidamente pregunta si dirección Beaune o Tournus. En
la carretera unas palabras, hermoso perfil moreno que pocas veces
pleno rostro, lacónicamente a las preguntas del que ahora, mirando
los muslos desnudos contra el asiento rojo. Al término de un viraje
el auto sale de la carretera y se pierde en lo más espeso. De reojo
sintiendo cómo cruza las manos sobre la minifalda mientras el terror
crece poco a poco. Bajo los árboles una profunda gruta vegetal donde
se podrá, salta del auto, la otra portezuela y brutalmente por los
hombros. La muchacha lo mira como si no, se deja bajar del auto
sabiendo que en la soledad del bosque. Cuando la mano por la cintura
para arrastrarla entre los árboles, pistola del bolso y a la sien.
Después billetera, verifica bien llena, de paso roba el auto que
abandonará algunos kilómetros más lejos sin dejar la menor
impresión digital porque en ese oficio no hay que descuidarse.

La madre le tapó los ojos
para que no viera al abuelo colgado de los pies. Y después las manos
de la madre no lo dejaron ver al padre agujereado por los balazos de
los bandoleros, ni a los tíos balanceándose, al soplo del aire,
allá en lo alto de los postes del telégrafo.Ahora
la madre también se murió o se cansó de defenderle los ojos.
Sentado en la cerca de piedra que culebrea por las lomas, Juan Rulfo
contempla a ojo desnudo su tierra áspera. Ve a los jinetes,
federales o cristeros, que lo mismo da, emergiendo del humo y, tras
ellos, allá lejos, un incendio. Ve la hilera de los ahorcados, pura
ropa en jirones vaciada por los buitres, y ve una procesión de
mujeres vestidas de negro.Juan
Rulfo es un niño de nueve años rodeado de fantasmas que se le
parecen.Aquí
no hay nada viviente. No hay más voces que los aullidos de los
coyotes, ni más aire que el negro viento que sube en tremolina. En
los llanos de Jalisco, los vivos son muertos que disimulan.
Memoria del fuego III. El siglo del viento, 1986.
Irma no parecía una bruja.Era menuda y bien
proporcionada, con el aspecto de un melocotón en almíbar, con los
ojos azules, con un fantástico cabello rubio ceniciento. Después de
todo, sólo tenía ocho años.-¿Por qué joroba
tanto esta niña? -suspiró miss Pall-. Será porque tiene esa manía
de decir que es una pequeña bruja…Sam Steever recostó
su gran espalda en la chirriante silla giratoria y dejó caer sus
grandes manos sobre su regazo. Su cara gorda de abogado era una
máscara inexpresiva, pero realmente estaba angustiado.Una mujer como miss
Pall no debería suspirar lloriqueante. Sus gafas grandes, su fina
nariz respingona, las arrugas enrojecidas de sus párpados y su
cabello duro se le desordenaban por completo.-Tranquilícese, por
favor -le rogó Sam Steever tratando de ganársela-. Quizá si
habláramos de todo esto tranquilamente…-¡No puedo! -se
lamentó miss Pall, de nuevo lloriqueante-. Y no volveré a esa casa.
No puedo soportarlo. Además, no hay nada que yo pueda hacer. Se
trata de su hermano y la niña es la hija de su hermano. No es
responsabilidad mía. Ya he tratado suficientemente de…-Ya sé que lo ha
intentado -dijo Sam Steever sonriendo bondadoso, como si miss Pall
fuera la presidenta de un jurado-. La comprendo perfectamente… Pero
aún no entiendo por qué está usted tan atacada, mi querida señora.Miss Pall se quitó
las gafas y enjugó unas lágrimas de sus ojos con un pañuelo
estampado de flores. Después lo metió hecho una bola empapada en su
bolso, cerró el bolso, se puso las gafas otra vez y se irguió
tensa.-De acuerdo, Mr.
Steever -dijo-. Le diré cuál fue la razón de que aceptara el
empleo que me ofreció su hermano -suspiró antes de seguir
diciendo-: Acudí a John Steever hace dos años después de leer un
anuncio en el que pedía un ama de llaves, como ya sabe usted. Cuando
supe que además tendría que hacerme cargo de una huérfana de seis
años me asusté, no sabía nada de cómo cuidar niños.-John tuvo
contratada una niñera durante seis años -asintió Sam Steever-. Ya
sabe usted que la madre de Irma murió en el parto.-Lo supe entonces y
por eso acepté -dijo miss Pall muy peripuesta-. Naturalmente, me
volqué de todo corazón con aquella niña solitaria y maleducada…
Estaba terriblemente sola, Mr. Steever; si la hubiera visto por los
rincones de esa casa tan grande, vieja y fea…-La vi -respondió
Sam Steever rápido, intentando atajarla-. Y sé muy bien cuánto ha
hecho usted por Irma. Mi hermano tiende a la introspección, incluso
en las cosas que más directamente le afectan. Él no comprende…-Su hermano es cruel
-dijo miss Pall con un vehemencia insólita-. Cruel y malvado. Aunque
se trate de su hermano, le diré que no sería un buen padre para
ningún niño. Cuando vine aquí, la niña tenía los bracitos llenos
de moratones, y los sigue teniendo… Su hermano se quita el cinturón
y…-Lo sé… Muchas
veces he pensado que mi hermano no ha podido superar la muerte de su
esposa… Por eso me alegré tanto de que la contratara a usted para
cuidar de la niña, mi querida señora. Estoy seguro de que usted
puede ayudarla mucho y controlar la situación.-Lo he intentado
-volvió a suspirar miss Pall-. Bien sabe usted que lo he intentado.
Nunca he levantado la mano contra esa niña en dos años, por mucho
que su hermano me haya recomendado que lo hiciera. “Dele unas
tortas a esa pequeña bruja, todo lo que necesita es una buena
paliza”, suele decir él, y entonces la niña corre a esconderse
tras de mí y me pide que la proteja… Pero nunca llora, Mr.
Steever… Puede que no lo crea, pero le digo que nunca la he visto
llorar.Sam Steever se
sentía vagamente irritado y un poco molesto. Deseaba que aquella
vieja gallinota, sin embargo, dejara de crear problemas, así que
sonrió para engatusarla.-Bien, ¿cuál es
realmente el problema, mi querida señora? -preguntó.-Cuando llegué a la
casa todo fue bien. Nos entendíamos perfectamente los tres. Comencé
a enseñar a leer a Irma, y realmente me sorprendió que aprendiera
tan pronto y tan bien. Su hermano decía al principio que él también
me ayudaría a enseñar más cosas a la niña, pero luego se pasaba
el tiempo en la planta de arriba tirado en un sofá con un libro.
“Igual que ella”, decía refiriéndose a Irma. “Esa pequeña
bruja mal nacida no juega con los demás niños… Sí, es una
pequeña bruja”. Eso decía, Mr. Steever, como si la niña fuese
una especie de no sé qué… Pero la niña era dulce, tranquila y
tan guapa… ¿Quiere saber qué leía? Yo quise que leyera lo mismo
que yo había leído a su edad, pero nunca supuse… Bien, no sabe
usted cuán chocante me resultó verla un día leyendo un volumen de
la Enciclopedia británica. “¿Qué lees, Irma?”, le pregunté, y
me mostró lo que leía. Era el artículo dedicado a la brujería…
¿Ve usted qué pensamientos tan morbosos ha inculcado su hermano a
esa pobre criatura? Le aseguro que siempre he hecho las cosas lo
mejor que he podido. Le compré juguetes, pues ya sabe usted que no
tenía ni uno, ni siquiera una muñeca. ¡Y no sabía jugar con
ellos! Intenté igualmente que conociera, que se interesara por las
demás niñas del vecindario, y nada… La verdad es que no la
entendían y que Irma tampoco las entendía… Incluso hubo algunas
escenas que… Los niños son crueles, ya lo sabemos. El caso es que
el padre de Irma no quería que fuese al colegio. Era yo quien la
enseñaba esas pocas cosas que sabe… Por ejemplo, a modelar el
barro. A Irma le gustaba eso. Se podía pasar horas y horas modelando
caras en barro. Para tener seis años poseía un talento realmente
grande. Juntas hacíamos muñecas, para las que yo cosía vestiditos…
Aquel primer año fue realmente feliz, a pesar de todo, Mr. Steever.
Sobre todo durante los meses en que su hermano estuvo fuera, en
Sudamérica… Pero cuando regresó… Bueno, prefiero no hablar de
eso…-Por favor
-intervino Sam Steever-, comprenda que John no es un hombre feliz. La
pérdida de su esposa, después el hundimiento de su negocio… Y la
bebida… Qué le voy a decir que no sepa usted.-Sólo sé que odia
a Irma -miss Pall se echó a llorar tras decirlo-. La odia, sí. En
realidad quiere que Irma sea mala para poder castigarla. “Si usted
no impone disciplina a esa pequeña bruja tendré que hacerlo yo”,
me dice. Y sube la escalera, se quita el cinturón y azota a la pobre
criatura… Tiene usted que hacer algo, Mr. Steever, o de lo
contrario me veré obligada a acudir a las autoridades.Sam Steever pensó
que aquella vieja loca podría ser capaz de cumplir su amenaza. El
único remedio, más tacto, tratar de engatusarla como fuese.-Bien, en cuanto a
Irma… -comenzó a decir.-Ha cambiado mucho
-lo interrumpió miss Pall-, sobre todo desde el regreso de su padre…
Ya no juega conmigo, incluso me mira casi con asco… Es como si
pensara que no la protejo suficientemente de ese hombre, Mr. Steever…
Y encima… cree realmente que es una bruja.Loco. Estaba a punto
de volverse loco. Sam Steever tenía que hacer verdaderos esfuerzos
para mantener el tipo, no paraba de moverse en su silla chirriante.-No me mire así,
Mr. Steever… La niña seguramente le contará todo lo que yo le he
dicho, si va a visitarla.Sam Steever captó
el reproche que había en las palabras de aquella mujer, pero se
limitó a asentir con aire despreciativo.-Mira, no hace mucho
me dijo la niña que si su padre quería que fuese una bruja, lo
sería… Y creo que si no juega ya conmigo, ni quiere hacerlo con
nadie, es porque está convencida de que las brujas no juegan. El
último Halloween me pidió una escoba… La verdad es que sería
gracioso, si en el fondo no fuera todo tan trágico. Esta pobre niña
está perdiendo la razón… Pero hace unas semanas me sorprendió al
pedirme que la llevara el domingo a la iglesia, lo que me hizo creer
por un momento que cambiaba para bien. “Quiero ver un bautizo”,
me dijo. Imagínese, una niña de ocho años interesándose por el
bautismo, algo sobre lo que había leído bastante. Bien, fuimos a la
iglesia e Irma se mostró todo lo dulce que realmente es, con su
vestido azul nuevo, de mi mano todo el rato… Me sentía muy
orgullosa de ella, Mr. Steever, realmente orgullosa… Pero una vez
salimos de la iglesia volvió a meterse en su concha. De nuevo se
pasaba el día vagando por la casa, leyendo, paseando por el jardín
cuando empezaba a oscurecer y hablando en voz alta consigo misma…
Creo que su actitud se debía aque su hermano, Mr. Steever, se negó
a comprarle una mascota. La niña le pidió un gato negro, y cuando
él le preguntó por qué, le respondió: “Porque todas las brujas
tienen un gato negro”. Entonces la condujo a la planta superior. No
pude impedir que la golpeara, imagínese… También la golpeó una
noche en que se fue la luz y no encontramos las velas… Su hermano
dijo que la niña las había robado… Ya ve usted, acusar a una niña
de ocho años de robar velas… Ése fue el principio del fin… y
cuando encontró el cepillo del pelo…-¿Quiere decir que
también la golpea con el cepillo para el pelo?-Sí. La niña
admitió que lo había cogido para peinar a su muñeca…-Pero ¿no decía
usted que no juega con muñecas?-Ella misma se hizo
una… Estoy segura de que la hizo ella misma, sí… Yo no la he
visto… No nos la ha enseñado. Ni la lleva a la mesa para hablar
con ella… Es una muñeca pequeña, lo intuyo porque nos se la ve
cuando la lleva en sus brazos, y porque dijo que había cogido el
cepillo para peinarla cuando él le preguntó dónde estaba. A su
hermano, Mr. Steever, le dio un auténtico ataque de locura, la
verdad es que se había pasado toda la mañana en su habitación,
bebiendo sin parar. La niña le dijo sonriente que ya podía peinarse
con su cepillo para el pelo, y que ella misma se lo traería después
de peinar a su muñeca… Se levantó, fue a su cuarto y regresó con
el cepillo, en el que observé que había cabellos. Nada más verlo,
él se lo arrebató y comenzó a golpearla con el cepillo en los
hombros, y en los brazos, y entonces… -miss Pall se hundió en su
asiento, entre sollozos que le agitaban el pecho.Sam Steever se
inclinó sobre ella como un elefante sobre un canario herido.-Eso es todo, Mr.
Steever -siguió un poco después miss Pall-. Tenía que decírselo a
usted. No volveré a esa casa ni para recoger mis cosas… No podría
soportar ni un momento más ver cómo la golpea, ni comprobar que la
niña no llora, sino que ríe y ríe y ríe mientras la golpea… A
veces he llegado a pensar que realmente es una bruja, la bruja en que
la ha convertido su padre.
Sam Steever levantó
el auricular. La llamada de teléfono había roto el silencio en que
se hallaba tras la marcha de miss Pall.-Hola, Sam…Reconoció de
inmediato la voz de su hermano, la voz de alguien que estaba bebido.-Sí John, dime.-Supongo que ese
viejo murciélago habrá estado ahí, soltando la lengua…-Si te refieres a
miss Pall, sí, la he visto.-No prestes
atención. Puedo explicártelo todo.-¿Quieres que vaya
a verte? Hace mucho que no te visito, hace meses…-Bueno, ahora mismo
no… Tengo una cita con el médico esta tarde.-¿Algo va mal?-Me duele un brazo.
Reumatismo o algo así. He debido de coger frío. Te llamaré de
nuevo mañana y hablaremos sobre todo eso.-De acuerdo.Pero John Steever no
llamó a su hermano al día siguiente. Fue Sam quien llamó a la hora
de la cena.Para su sorpresa,
Irma descolgó el teléfono. Su voz suave sonó encantadora y dulce a
oídos de Sam.-Papá está arriba,
durmiendo… No se encuentra bien.-Vale, entonces no
le llames… ¿Es su brazo?-No, ahora es la
espalda… Va a ir al médico otra vez.-Dile que le llamaré
mañana… Eh… ¿Todo va bien, Irma? ¿Está contigo miss Pall?-No, se ha ido y
estoy muy triste… Es una estúpida.-Ya comprendo…
Llámame si necesitas algo, ¿de acuerdo? Espero que tu papá se
ponga bien pronto.-Te llamaré si
necesito algo -dijo Irma echándose a reír y colgó el auricular.No había risas la
tarde siguiente, cuando John Steever llamó a Sam a su despacho. Su
voz era la de un hombre sobrio. Sobrio y dolorido.-Sam, ven a verme,
por el amor de Dios… Me está ocurriendo algo…-¿Qué te pasa?-Tengo un dolor…
que me mata… Tengo que verte cuanto antes.-Estoy con un
cliente, pero iré en cuanto acabe, será cosa de unos minutos…
¿Por qué no llamas al médico?-Ese inútil no
puede ayudarme. Me mandó unas pastillas para el brazo y ayer me dio
las mismas para la espalda…-¿No te aliviaron?-Al principio, sí;
desapareció el dolor, pero ahora lo siento de nuevo y más fuerte…
Es un dolor que me oprime el pecho y no me deja respirar.-Podría ser
pleuresía… Deberías llamar al médico.-No es pleuresía,
ya me examinó y dijo que no era eso… Dice que mi pecho suena como
un dólar… Sé que no es nada orgánico, pero no puedo decirle la
causa real…-¿La causa real?-Si, los alfileres…
Los alfileres que esa pequeña bruja clava en su muñeca… En el
brazo, en la espalda… Sólo Dios sabe cómo lo hace…
-John, no querrás
decir…-¡Vale ya de
palabras! No me puedo mover de la cama por su culpa, estoy en sus
manos… No puedo levantarme y detenerla, ni quitarle su maldita
muñeca. Y lo peor de todo es que nadie me creería… Pero te
aseguro que se trata de la muñeca que hizo con cera de velas y con
los cabellos que tomó de mi cepillo para el pelo… Sí, ya sé que
es duro decirlo, pero esta niña es una pequeña bruja… Es una
malvada. Sam, prométeme que harás algo, lo que sea, para quitarle
esa maldita muñeca… Quítasela, por favor…
Media hora después,
a las cuatro y media de la tarde, Sam Steever llegaba a la casa de su
hermano.Irma le abrió la
puerta.A Sam le produjo un
gran impacto verla allí, sonriente e imperturbable, con su pelo
rubio bien peinado que realzaba el óvalo delicioso de su carita. Era
como una pequeña muñeca… Una pequeña muñeca…-Hola, tío Sam.-Hola, Irma… Tu
papá me ha llamado, ¿no te lo ha dicho? Dice que no se siente muy
bien…-Ya lo sé. Pero
está bien ahora. Está durmiendo.Algo sintió San
Steever. Como si una gota de agua helada le recorriese la espalda.-¿Que está
durmiendo? -preguntó con la voz algo quebrada-. ¿Arriba?Antes de que la niña
pudiese abrir la boca para responder, ya estaba él subiendo los
peldaños de la escalera que llevaba a la planta superior de la casa,
para ir rápido a la habitación de John.John estaba en la
cama, dormido, sólo dormido… Sam Steever vio que respiraba
normalmente, pero así y todo se inclinó sobre el pecho de su
hermano para comprobarlo. John tenía el rostro en calma, relajado.A Sam se le evaporó
aquella gota helada que le recorría la espalda; sonrió y se dijo
que todo aquello era una tontería; respiró profundamente y se
dispuso a bajar.Mientras descendía
por la escalera fue haciendo planes. Unas vacaciones de seis meses
para su hermano, eso que llaman “una cura”. Y un orfanato para
Irma; había que darle a la niña la oportunidad de abandonar aquella
casa tan vieja, todos esos libros tan mórbidos…Se detuvo en mitad
de la escalera. Inclinándose sobre la balaustrada vio a Irma en el
sofá; parecía la niña una pequeña bola blanca, de tan replegada
sobre sí misma como estaba. Hablaba con algo que tenía en sus
brazos, a lo que mecía.Así que aquello era
su muñeca…Sam Steever siguió
bajando los peldaños despacio, sin hacer ruido, y se dirigió a
Irma.-Hola -dijo.La niña se levantó
de golpe. Cubrió por completo con sus brazos aquello que acunaba.
Sonrió taimada y sorprendida apretándolo más contra su pecho.Sam Steever pensó
que acabaría metiéndose la muñeca en el pecho, de tanto como la
apretaba.Irma estaba de pie
ante él, su cara era una máscara de inocencia. En la penumbra de la
casa su cara parecía realmente una máscara. La máscara de una niña
que ocultaba… ¿Qué ocultaba?-Papá está mejor,
¿no? -dijo Irma en voz baja.-Sí, mucho mejor.
-Estaba segura de que se pondría bien.
-Pero me temo que va a tener que irse una temporada, para descansar…
Necesita un largo descanso.
Una sonrisa iluminó la máscara.
-Bien -dijo Irma.
-Claro que -siguió diciendo Sam- no vas a quedarte aquí sola…
Estaba pensando… Quizá deberíamos mandarte a un colegio, o a una
casa en la que…
Irma se echó a reír.
-No tienes que preocuparte por mí -dijo recostándose de nuevo en el
sofá mientras Sam tomaba asiento frente a ella, muy cerca.
Los brazos de la niña se abrieron con aquel movimiento y Sam Steever
pudo ver entre ellos un par de piernectias que descansaban en un codo
de la pequeña. Aquello tenía puesto unos pantaloncitos y unos
trocitos de piel a modo de zapatos.
-¿Qué tienes ahí, Irma? ¿Una muñeca? -preguntó Sam.
Lentamente extendió la mano hacia ella.
La niña se echó hacia atrás.
-No puedes verla -dijo.
-Me gustaría -dijo Sam-. Miss Pall me dijo que hacías unas muñecas
muy bonitas.
-Miss Pall es una estúpida. Y tú también… Lárgate.
-Por favor, Irma, déjame verla…
Mientras hablaba, Sam intentaba por todos los medios ver aquello; lo
consiguió a medias, al moverse la niña para cubrir mejor su muñeca
con el cuerpo. Sam llegó a ver una cabeza muy bien hecha, una cara
muy blanca sobre la que caía algo de pelo… A pesar de lo fugaz de
la visión, a pesar de la penumbra, consiguió ver igualmente unos
ojos, una nariz, una barbilla, cosas que reconoció perfectamente.
Tenía que insistir.
-Dame esa muñeca, Irma -ordenó a la niña-. Sé qué es… Sé
quién es…
Por unos momentos se borró de la cara de Irma la máscara y Sam
Steever vio que aquel rostro desnudo de la niña expresaba miedo.
Ella lo sabía… Sabía que él lo sabía.
Pero de inmediato volvió a aparecer la máscara en su carita.
Irma era una niña dulce, buena, aplicada… que sonreía con ojos
maliciosos.
-Tío Sam -dijo riéndose-, eres tan tonto… Esto no es una muñeca
de verdad.
-¿Qué es? -inquirió él.
Irma se echó a reír de nuevo mientras se erguía en el sofá.
-Sólo es… un caramelo -dijo.
-¿Un caramelo?
Irma asintió. Luego, lentamente, se metió en la boca la cabeza de
aquello.
Y se lo comió.
Arriba se dejó sentir un grito desgarrador.
Cuando Sam Steever subió aprisa la escalera, la pequeña Irma,
masticando aún, salió por la puerta de la casa para perderse en la
oscuridad incipiente.
Revista Weird Tales, 1947.
A Violeta le sobran esos dos
kilos que yo necesito para enamorarme de su cuerpo. A mí, en cambio,
me sobran siempre esas dos palabras que ella necesitaría dejar de
oír para empezar a quererme.
Una mañana tarde noche el
niño joven anciano que estaba moribundo enamorado prófugo
confundido sintió las primeras punzadas notas detonaciones
reminiscencias sacudidas precursoras seguidoras creadoras
multiplicadoras trasformadoras extinguidoras de la helada la vacación
la transfiguración la acción la inundación la cosecha. Pensó
recordó imaginó inventó miró oyó talló cardó concluyó
corrigió anudó pulió desnudó volteó rajó barnizó fundió la
piedra la esclusa la falleba la red la antena la espita la mirilla la
artesa la jarra la podadora la aguja la aceitera la máscara la lezna
la ampolla la ganzúa la reja y con ellas atacó erigió consagró
bautizó pulverizó unificó roció aplastó creó dispersó cimbró
lustró repartió lijó el reloj el banco el submarino el arco el
patíbulo el cinturón el yunque el velamen el remo el yelmo el torno
el roble el caracol el gato el fusil el tiempo el naipe el torno el
vino el bote el pulpo el labio el peplo el yunque, para luego antes
ahora después nunca siempre a veces con el pie codo dedo cribarlos
fecundarlos omitirlos encresparlos podarlos en el bosque río arenal
ventisquero volcán dédalo sifón cueva coral luna mundo viaje día
trompo jaula vuelta pez ojo malla turno flecha clavo seno brillo
tumba ceja manto flor ruta aliento raya, y así se volvió tierra.
