lunes, 20 de abril de 2020

Le daba miedo mirar atrás. Svetlana Alexiévich

Zhenia Bélenkaia, seis años
Actualmente es operaria
Junio de 1941…
 
Lo recuerdo perfectamente. Yo era muy pequeña pero se me quedó grabado en la cabeza…
Lo último que recuerdo de mi vida antes de la guerra es un cuento. Mamá me lo leía cuando me iba a dormir. Era mi favorito, el del pececillo dorado. Yo siempre le pedía algo al pececillo dorado: «Pececillo dorado… Querido pececillo…». Mi hermana pequeña también le pedía un deseo, pero ella lo hacía de otra forma: «Por arte de magia, por mi voluntad, yo te ordeno…». Nuestro deseo era pasar el verano con la yaya, y que papá viniera con nosotros. ¡Mi padre era tan divertido!
Una mañana me desperté de pronto, asustada. Se oían unos ruidos desconocidos para mí…
Mis padres no se dieron cuenta. Creían que mi hermana y yo dormíamos, pero yo solo lo fingía. Me quedé en la cama junto a mi hermana pequeña, muy quieta. Miraba: papá besaba a mamá sin parar, le besaba la cara, las manos… Me sorprendió: nunca antes la había besado así. Después salieron al patio, cogidos de la mano. Me acerqué hasta la ventana de un brinco: mamá se había colgado de su cuello y no lo dejaba marcharse. Él la apartó y corrió, ella lo alcanzó y volvió a abrazarlo; lo quería detener, le gritaba. Entonces yo también grité: «¡Papá! ¡Papá!».
Mi hermana pequeña se despertó, mi hermanito Vasia también. Ella me vio llorar y gritó: «¡Papá!». Salimos afuera corriendo: «¡Papá!». Nuestro padre, al vernos (lo recuerdo como si fuera ayer), se llevó las manos a la cabeza y empezó a andar, a correr. Le daba miedo mirar atrás.
El sol me daba en la cara. Hacía calor… Ni siquiera ahora me puedo creer que aquella mañana mi padre se fuera a la guerra. Yo era muy pequeña, pero tengo la sensación de que comprendía que aquella era la última vez que lo veía. Nunca nos volveríamos a encontrar. Yo era muy… muy pequeña…
Así es como ha quedado asociado en mi memoria: guerra es cuando papá no está…
También recuerdo, de más adelante: el cielo negro y un avión negro. Al borde de la carretera yace nuestra madre con los brazos abiertos. Le pedimos que se levante, pero ella no responde. No se levanta. Los soldados envolvieron a mamá en una tienda de campaña, la enterraron en la arena, allí mismo. Nosotros gritábamos y suplicábamos: «No metáis a nuestra mamaíta en ese hoyo. Ella se despertará y seguiremos andando». Había unos escarabajos gigantes arrastrándose por la arena… Yo no podía imaginarme cómo iba a vivir mamá debajo de la tierra con esos escarabajos. ¿Cómo íbamos a encontrarnos después, cómo lo haríamos para volver a estar juntos? ¿Quién le escribiría a nuestro papá?
Uno de los soldados me preguntó: «Niña, ¿cómo te llamas?». Pero a mí se me había olvidado. «¿Cuál es tu apellido, niña? ¿Cómo se llamaba tu madre?» No me acordaba de nada… Nos quedamos sentados junto a la montañita de mamá hasta que se hizo de noche, hasta que nos recogieron y nos subieron a un carro. Era un carro lleno de niños. Nos llevaba un señor muy mayor, nos iba recogiendo a todos por la carretera. Llegamos a una aldea, allí gente desconocida nos cobijó en sus casas.
Pasé mucho tiempo sin hablar. Tan solo miraba.
Después recuerdo un día de verano. Un día espléndido de verano. Una mujer extraña me acaricia el pelo. Y yo rompo a llorar. Y empiezo a hablar… A contar cosas sobre mi mamá y mi papá. Cómo papá se había ido corriendo sin ni siquiera mirar atrás… Cómo mamá yacía en el suelo… Cómo los escarabajos se arrastraban por la arena…
La mujer me acariciaba el pelo. En aquel momento lo comprendí: aquella mujer se parecía a mi madre…
 
Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial. 1985


domingo, 19 de abril de 2020

La fiesta ajena. Liliana Heker.

Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la tranquilizó: no le hubiera gustado nada tener que darle la razón a su madre. ¿Monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen. Estaba enojada pero no era por el mono, pensó la chica: era por el cumpleaños.
–No me gusta que vayas –le había dicho–. Es una fiesta de ricos.
–Los ricos también se van al cielo –dijo la chica, que aprendía religión en el colegio.
–Qué cielo ni cielo –dijo la madre–. Lo que pasa es que a usted, m’hijita, le gusta cagar más arriba del culo.
A la chica no le parecía nada bien la manera de hablar de su madre: ella tenía nueve años y era una de las mejores alumnas de su grado.
–Yo voy a ir porque estoy invitada –dijo–. Y estoy invitada porque Luciana es mi amiga. Y se acabó.
–Ah, sí, tu amiga –dijo la madre. Hizo una pausa–. Oíme, Rosaura –dijo por fin–, esa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más.
Rosaura parpadeó con energía: no iba a llorar.
–Callate –gritó–. Qué vas a saber vos lo que es ser amiga.
Ella iba casi todas las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los deberes mientras su madre hacía la limpieza.
Tomaban la leche en la cocina y se contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente todo lo que había en esa casa. Y la gente también le gustaba.
–Yo voy a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo dijo. Va a venir un mago y va a traer un mono y todo. La madre giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos en las caderas.
–¿Monos en un cumpleaños? –dijo–. ¡Por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen.
Rosaura se ofendió mucho. Además le parecía mal que su madre acusara a las personas de mentirosas simplemente porque eran ricas. Ella también quería ser rica, ¿qué?, si un día llegaba a vivir en un hermoso palacio, ¿su madre no la iba a querer tampoco a ella? Se sintió muy triste. Deseaba ir a esa fiesta más que nada en el mundo.
–Si no voy me muero –murmuró, casi sin mover los labios. Y no estaba muy segura de que se hubiera oído, pero lo cierto es que la mañana de la fiesta descubrió que su madre le había almidonado el vestido de Navidad. Y a la tarde, después que le lavó la cabeza, le enjuagó el pelo con vinagre de manzanas para que le quedara bien brillante. Antes de salir Rosaura se miró en el espejo, con el vestido blanco y el pelo brillándole, y se vio lindísima.
La señora Inés también pareció notarlo. Apenas la vio entrar, le dijo:
–Qué linda estás hoy, Rosaura.
Ella, con las manos, impartió un ligero balanceo a su pollera almidonada: entró a la fiesta con paso firme. Saludó a Luciana y le preguntó por el mono. Luciana puso cara de conspiradora; acercó su boca a la oreja de Rosaura.
–Está en la cocina –le susurró en la oreja–. Pero no se lo digas a nadie porque es un secreto.
Rosaura quiso verificarlo. Sigilosamente entró en la cocina y lo vio. Estaba meditando en su jaula. Tan cómico que la chica se quedó un buen rato mirándolo y después, cada tanto, abandonaba a escondidas la fiesta e iba a verlo. Era la única que tenía permiso para entrar en la cocina, la señora Inés se lo había dicho: “Vos sí pero ningún otro, son muy revoltosos, capaz que rompen algo”. Rosaura, en cambio, no rompió nada. Ni siquiera tuvo problemas con la jarra de naranjada, cuando la llevó desde la cocina al comedor. La sostuvo con mucho cuidado y no volcó ni una gota. Eso que la señora Inés le había dicho: “¿Te parece que vas a poder con esa jarra tan grande?”. Y claro que iba a poder: no era de manteca, como otras. De manteca era la rubia del moño en la cabeza. Apenas la vio, la del moño le dijo:
–¿Y vos quién sos?
–Soy amiga de Luciana –dijo Rosaura.
–No –dijo la del moño–, vos no sos amiga de Luciana porque yo soy la prima y conozco a todas sus amigas. Y a vos no te conozco.
–Y a mí qué me importa –dijo Rosaura–, yo vengo todas las tardes con mi mamá y hacemos los deberes juntas.
–¿Vos y tu mamá hacen los deberes juntas? –dijo la del moño, con una risita.
–Yo y Luciana hacemos los deberes juntas –dijo Rosaura, muy seria. La del moño se encogió de hombros.
–Eso no es ser amiga –dijo–. ¿Vas al colegio con ella?
–No.
–¿Y entonces, de dónde la conocés? –dijo la del moño, que empezaba a impacientarse.
Rosaura se acordaba perfectamente de las palabras de su madre. Respiró hondo:
–Soy la hija de la empleada –dijo.
Su madre se lo había dicho bien claro: Si alguno te pregunta, vos le decís que sos la hija de la empleada, y listo.
También le había dicho que tenía que agregar: y a mucha honra. Pero Rosaura pensó que nunca en su vida se iba a animar a decir algo así.
–Qué empleada–dijo la del moño–. ¿Vende cosas en una tienda?
–No –dijo Rosaura con rabia–, mi mamá no vende nada, para que sepas.
–¿Y entonces cómo es empleada? –dijo la del moño.
Pero en ese momento se acercó la señora Inés haciendo shh shh, y le dijo a Rosaura si no la podía ayudar a servir las salchichitas, ella que conocía la casa mejor que nadie.
–Viste –le dijo Rosaura a la del moño, y con disimulo le pateó un tobillo.
Fuera de la del moño todos los chicos le encantaron. La que más le gustaba era Luciana, con su corona de oro; después los varones. Ella salió primera en la carrera de embolsados y en la mancha agachada nadie la pudo agarrar.
Cuando los dividieron en equipos para jugar al delegado, todos los varones pedían a gritos que la pusieran en su equipo. A Rosaura le pareció que nunca en su vida había sido tan feliz.
Pero faltaba lo mejor. Lo mejor vino después que Luciana apagó las velitas. Primero, la torta: la señora Inés le había pedido que la ayudara a servir la torta y Rosaura se divirtió muchísimo porque todos los chicos se le vinieron encima y le gritaban “a mí, a mí”. Rosaura se acordó de una historia donde había una reina que tenía derecho de vida y muerte sobre sus súbditos. Siempre le había gustado eso de tener derecho de vida y muerte. A Luciana y a los varones les dio los pedazos más grandes, y a la del moño una tajadita que daba lástima.
Después de la torta llegó el mago. Era muy flaco y tenía una capa roja. Y era mago de verdad. Desanudaba pañuelos con un solo soplo y enhebraba argollas que no estaban cortadas por ninguna parte. Adivinaba las cartas y el mono era el ayudante. Era muy raro el mago: al mono lo llamaba socio. “A ver, socio, dé vuelta una carta”, le decía. “No se me escape, socio, que estamos en horario de trabajo”.
La prueba final era la más emocionante. Un chico tenía que sostener al mono en brazos y el mago lo iba a hacer desaparecer.
–¿Al chico? –gritaron todos.
–¡Al mono! –gritó el mago.
Rosaura pensó que ésta era la fiesta más divertida del mundo.
El mago llamó a un gordito, pero el gordito se asustó enseguida y dejó caer al mono. El mago lo levantó con mucho cuidado, le dijo algo en secreto, y el mono hizo que sí con la cabeza.
–No hay que ser tan timorato, compañero –le dijo el mago al gordito.
–¿Qué es timorato? –dijo el gordito. El mago giró la cabeza hacia uno y otro lado, como para comprobar que no había espías.
–Cagón –dijo–. Vaya a sentarse, compañero.
Después fue mirando, una por una, las caras de todos. A Rosaura le palpitaba el corazón.
–A ver, la de los ojos de mora –dijo el mago. Y todos vieron cómo la señalaba a ella.
No tuvo miedo. Ni con el mono en brazos, ni cuando el mago hizo desaparecer al mono, ni al final, cuando el mago hizo ondular su capa roja sobre la cabeza de Rosaura, dijo las palabras mágicas… y el mono apareció otra vez allí, lo más contento, entre sus brazos. Todos los chicos aplaudieron a rabiar. Y antes de que Rosaura volviera a su asiento, el mago le dijo:
–Muchas gracias, señorita condesa.
Eso le gustó tanto que un rato después, cuando su madre vino a buscarla, fue lo primero que le contó.
–Yo lo ayudé al mago y el mago me dijo: “Muchas gracias, señorita condesa”.
Fue bastante raro porque, hasta ese momento, Rosaura había creído que estaba enojada con su madre. Todo el tiempo había pensado que le iba a decir: “Viste que no era mentira lo del mono”. Pero no. Estaba contenta, así que le contó lo del mago.
Su madre le dio un coscorrón y le dijo:
–Mírenla a la condesa.
Pero se veía que también estaba contenta.
Y ahora estaban las dos en el hall porque un momento antes la señora Inés, muy sonriente, había dicho: “Espérenme un momentito”.
Ahí la madre pareció preocupada.
–¿Qué pasa? –le preguntó a Rosaura.
–Y qué va a pasar –le dijo Rosaura–. Que fue a buscar los regalos para los que nos vamos.
Le señaló al gordito y a una chica de trenzas, que también esperaban en el hall al lado de sus madres. Y le explicó cómo era el asunto de los regalos. Lo sabía bien porque había estado observando a los que se iban antes. Cuando se iba una chica, la señora Inés le regalaba una pulsera. Cuando se iba un chico, le regalaba un yo-yo. A Rosaura le gustaba más el yo-yo porque tenía chispas, pero eso no se lo contó a su madre. Capaz que le decía: “Y entonces, ¿por qué no le pedís el yo-yo, pedazo de sonsa?”. Era así su madre. Rosaura no tenía ganas de explicarle que le daba vergüenza ser la única distinta. En cambio le dijo:
–Yo fui la mejor de la fiesta. Y no habló más porque la señora Inés acababa de entrar en el hall con una bolsa celeste y una bolsa rosa. Primero se acercó al gordito, le dio un yo-yo que había sacado de la bolsa celeste, y el gordito se fue con su mamá. Después se acercó a la de trenzas, le dio una pulsera que había sacado de la bolsa rosa, y la de trenzas se fue con su mamá.
Después se acercó a donde estaban ella y su madre. Tenía una sonrisa muy grande y eso le gustó a Rosaura. La señora Inés la miró, después miró a la madre, y dijo algo que a Rosaura la llenó de orgullo. Dijo:
–Qué hija que se mandó, Herminia.
Por un momento, Rosaura pensó que a ella le iba a hacer los dos regalos: la pulsera y el yo-yo. Cuando la señora Inés inició el ademán de buscar algo, ella también inició el movimiento de adelantar el brazo. Pero no llegó a completar ese movimiento. Porque la señora Inés no buscó nada en la bolsa celeste, ni buscó nada en la bolsa rosa. Buscó algo en su cartera.
En su mano aparecieron dos billetes.
–Esto te lo ganaste en buena ley–dijo, extendiendo la mano–. Gracias por todo, querida.
Ahora Rosaura tenía los brazos muy rígidos, pegados al cuerpo, y sintió que la mano de su madre se apoyaba sobre su hombro. Instintivamente se apretó contra el cuerpo de su madre. Nada más. Salvo su mirada. Su mirada fría, fija en la cara de la señora Inés.
La señora Inés, inmóvil, seguía con la mano extendida. Como si no se animara a retirarla. Como si la perturbación más leve pudiera desbaratar este delicado equilibrio.

Los bordes de lo real. 1991.
 

sábado, 18 de abril de 2020

Cortísimo metraje. Julio Cortázar.

Automovilista en vacaciones recorre las montañas del centro de Francia, se aburre lejos de la ciudad y de la vida nocturna. Muchacha le hace el gesto usual del auto-stop, tímidamente pregunta si dirección Beaune o Tournus. En la carretera unas palabras, hermoso perfil moreno que pocas veces pleno rostro, lacónicamente a las preguntas del que ahora, mirando los muslos desnudos contra el asiento rojo. Al término de un viraje el auto sale de la carretera y se pierde en lo más espeso. De reojo sintiendo cómo cruza las manos sobre la minifalda mientras el terror crece poco a poco. Bajo los árboles una profunda gruta vegetal donde se podrá, salta del auto, la otra portezuela y brutalmente por los hombros. La muchacha lo mira como si no, se deja bajar del auto sabiendo que en la soledad del bosque. Cuando la mano por la cintura para arrastrarla entre los árboles, pistola del bolso y a la sien. Después billetera, verifica bien llena, de paso roba el auto que abandonará algunos kilómetros más lejos sin dejar la menor impresión digital porque en ese oficio no hay que descuidarse.

 

jueves, 16 de abril de 2020

Un niño mira. Eduardo Galeano.

La madre le tapó los ojos para que no viera al abuelo colgado de los pies. Y después las manos de la madre no lo dejaron ver al padre agujereado por los balazos de los bandoleros, ni a los tíos balanceándose, al soplo del aire, allá en lo alto de los postes del telégrafo.
Ahora la madre también se murió o se cansó de defenderle los ojos. Sentado en la cerca de piedra que culebrea por las lomas, Juan Rulfo contempla a ojo desnudo su tierra áspera. Ve a los jinetes, federales o cristeros, que lo mismo da, emergiendo del humo y, tras ellos, allá lejos, un incendio. Ve la hilera de los ahorcados, pura ropa en jirones vaciada por los buitres, y ve una procesión de mujeres vestidas de negro.
Juan Rulfo es un niño de nueve años rodeado de fantasmas que se le parecen.
Aquí no hay nada viviente. No hay más voces que los aullidos de los coyotes, ni más aire que el negro viento que sube en tremolina. En los llanos de Jalisco, los vivos son muertos que disimulan.

Memoria del fuego III. El siglo del viento, 1986.
 

miércoles, 15 de abril de 2020

Dulces para lo dulce. Robert Bloch.

Irma no parecía una bruja.
Era menuda y bien proporcionada, con el aspecto de un melocotón en almíbar, con los ojos azules, con un fantástico cabello rubio ceniciento. Después de todo, sólo tenía ocho años.
-¿Por qué joroba tanto esta niña? -suspiró miss Pall-. Será porque tiene esa manía de decir que es una pequeña bruja…
Sam Steever recostó su gran espalda en la chirriante silla giratoria y dejó caer sus grandes manos sobre su regazo. Su cara gorda de abogado era una máscara inexpresiva, pero realmente estaba angustiado.
Una mujer como miss Pall no debería suspirar lloriqueante. Sus gafas grandes, su fina nariz respingona, las arrugas enrojecidas de sus párpados y su cabello duro se le desordenaban por completo.
-Tranquilícese, por favor -le rogó Sam Steever tratando de ganársela-. Quizá si habláramos de todo esto tranquilamente…
-¡No puedo! -se lamentó miss Pall, de nuevo lloriqueante-. Y no volveré a esa casa. No puedo soportarlo. Además, no hay nada que yo pueda hacer. Se trata de su hermano y la niña es la hija de su hermano. No es responsabilidad mía. Ya he tratado suficientemente de…
-Ya sé que lo ha intentado -dijo Sam Steever sonriendo bondadoso, como si miss Pall fuera la presidenta de un jurado-. La comprendo perfectamente… Pero aún no entiendo por qué está usted tan atacada, mi querida señora.
Miss Pall se quitó las gafas y enjugó unas lágrimas de sus ojos con un pañuelo estampado de flores. Después lo metió hecho una bola empapada en su bolso, cerró el bolso, se puso las gafas otra vez y se irguió tensa.
-De acuerdo, Mr. Steever -dijo-. Le diré cuál fue la razón de que aceptara el empleo que me ofreció su hermano -suspiró antes de seguir diciendo-: Acudí a John Steever hace dos años después de leer un anuncio en el que pedía un ama de llaves, como ya sabe usted. Cuando supe que además tendría que hacerme cargo de una huérfana de seis años me asusté, no sabía nada de cómo cuidar niños.
-John tuvo contratada una niñera durante seis años -asintió Sam Steever-. Ya sabe usted que la madre de Irma murió en el parto.
-Lo supe entonces y por eso acepté -dijo miss Pall muy peripuesta-. Naturalmente, me volqué de todo corazón con aquella niña solitaria y maleducada… Estaba terriblemente sola, Mr. Steever; si la hubiera visto por los rincones de esa casa tan grande, vieja y fea…
-La vi -respondió Sam Steever rápido, intentando atajarla-. Y sé muy bien cuánto ha hecho usted por Irma. Mi hermano tiende a la introspección, incluso en las cosas que más directamente le afectan. Él no comprende…
-Su hermano es cruel -dijo miss Pall con un vehemencia insólita-. Cruel y malvado. Aunque se trate de su hermano, le diré que no sería un buen padre para ningún niño. Cuando vine aquí, la niña tenía los bracitos llenos de moratones, y los sigue teniendo… Su hermano se quita el cinturón y…
-Lo sé… Muchas veces he pensado que mi hermano no ha podido superar la muerte de su esposa… Por eso me alegré tanto de que la contratara a usted para cuidar de la niña, mi querida señora. Estoy seguro de que usted puede ayudarla mucho y controlar la situación.
-Lo he intentado -volvió a suspirar miss Pall-. Bien sabe usted que lo he intentado. Nunca he levantado la mano contra esa niña en dos años, por mucho que su hermano me haya recomendado que lo hiciera. “Dele unas tortas a esa pequeña bruja, todo lo que necesita es una buena paliza”, suele decir él, y entonces la niña corre a esconderse tras de mí y me pide que la proteja… Pero nunca llora, Mr. Steever… Puede que no lo crea, pero le digo que nunca la he visto llorar.
Sam Steever se sentía vagamente irritado y un poco molesto. Deseaba que aquella vieja gallinota, sin embargo, dejara de crear problemas, así que sonrió para engatusarla.
-Bien, ¿cuál es realmente el problema, mi querida señora? -preguntó.
-Cuando llegué a la casa todo fue bien. Nos entendíamos perfectamente los tres. Comencé a enseñar a leer a Irma, y realmente me sorprendió que aprendiera tan pronto y tan bien. Su hermano decía al principio que él también me ayudaría a enseñar más cosas a la niña, pero luego se pasaba el tiempo en la planta de arriba tirado en un sofá con un libro. “Igual que ella”, decía refiriéndose a Irma. “Esa pequeña bruja mal nacida no juega con los demás niños… Sí, es una pequeña bruja”. Eso decía, Mr. Steever, como si la niña fuese una especie de no sé qué… Pero la niña era dulce, tranquila y tan guapa… ¿Quiere saber qué leía? Yo quise que leyera lo mismo que yo había leído a su edad, pero nunca supuse… Bien, no sabe usted cuán chocante me resultó verla un día leyendo un volumen de la Enciclopedia británica. “¿Qué lees, Irma?”, le pregunté, y me mostró lo que leía. Era el artículo dedicado a la brujería… ¿Ve usted qué pensamientos tan morbosos ha inculcado su hermano a esa pobre criatura? Le aseguro que siempre he hecho las cosas lo mejor que he podido. Le compré juguetes, pues ya sabe usted que no tenía ni uno, ni siquiera una muñeca. ¡Y no sabía jugar con ellos! Intenté igualmente que conociera, que se interesara por las demás niñas del vecindario, y nada… La verdad es que no la entendían y que Irma tampoco las entendía… Incluso hubo algunas escenas que… Los niños son crueles, ya lo sabemos. El caso es que el padre de Irma no quería que fuese al colegio. Era yo quien la enseñaba esas pocas cosas que sabe… Por ejemplo, a modelar el barro. A Irma le gustaba eso. Se podía pasar horas y horas modelando caras en barro. Para tener seis años poseía un talento realmente grande. Juntas hacíamos muñecas, para las que yo cosía vestiditos… Aquel primer año fue realmente feliz, a pesar de todo, Mr. Steever. Sobre todo durante los meses en que su hermano estuvo fuera, en Sudamérica… Pero cuando regresó… Bueno, prefiero no hablar de eso…
-Por favor -intervino Sam Steever-, comprenda que John no es un hombre feliz. La pérdida de su esposa, después el hundimiento de su negocio… Y la bebida… Qué le voy a decir que no sepa usted.
-Sólo sé que odia a Irma -miss Pall se echó a llorar tras decirlo-. La odia, sí. En realidad quiere que Irma sea mala para poder castigarla. “Si usted no impone disciplina a esa pequeña bruja tendré que hacerlo yo”, me dice. Y sube la escalera, se quita el cinturón y azota a la pobre criatura… Tiene usted que hacer algo, Mr. Steever, o de lo contrario me veré obligada a acudir a las autoridades.
Sam Steever pensó que aquella vieja loca podría ser capaz de cumplir su amenaza. El único remedio, más tacto, tratar de engatusarla como fuese.
-Bien, en cuanto a Irma… -comenzó a decir.
-Ha cambiado mucho -lo interrumpió miss Pall-, sobre todo desde el regreso de su padre… Ya no juega conmigo, incluso me mira casi con asco… Es como si pensara que no la protejo suficientemente de ese hombre, Mr. Steever… Y encima… cree realmente que es una bruja.
Loco. Estaba a punto de volverse loco. Sam Steever tenía que hacer verdaderos esfuerzos para mantener el tipo, no paraba de moverse en su silla chirriante.
-No me mire así, Mr. Steever… La niña seguramente le contará todo lo que yo le he dicho, si va a visitarla.
Sam Steever captó el reproche que había en las palabras de aquella mujer, pero se limitó a asentir con aire despreciativo.
-Mira, no hace mucho me dijo la niña que si su padre quería que fuese una bruja, lo sería… Y creo que si no juega ya conmigo, ni quiere hacerlo con nadie, es porque está convencida de que las brujas no juegan. El último Halloween me pidió una escoba… La verdad es que sería gracioso, si en el fondo no fuera todo tan trágico. Esta pobre niña está perdiendo la razón… Pero hace unas semanas me sorprendió al pedirme que la llevara el domingo a la iglesia, lo que me hizo creer por un momento que cambiaba para bien. “Quiero ver un bautizo”, me dijo. Imagínese, una niña de ocho años interesándose por el bautismo, algo sobre lo que había leído bastante. Bien, fuimos a la iglesia e Irma se mostró todo lo dulce que realmente es, con su vestido azul nuevo, de mi mano todo el rato… Me sentía muy orgullosa de ella, Mr. Steever, realmente orgullosa… Pero una vez salimos de la iglesia volvió a meterse en su concha. De nuevo se pasaba el día vagando por la casa, leyendo, paseando por el jardín cuando empezaba a oscurecer y hablando en voz alta consigo misma… Creo que su actitud se debía aque su hermano, Mr. Steever, se negó a comprarle una mascota. La niña le pidió un gato negro, y cuando él le preguntó por qué, le respondió: “Porque todas las brujas tienen un gato negro”. Entonces la condujo a la planta superior. No pude impedir que la golpeara, imagínese… También la golpeó una noche en que se fue la luz y no encontramos las velas… Su hermano dijo que la niña las había robado… Ya ve usted, acusar a una niña de ocho años de robar velas… Ése fue el principio del fin… y cuando encontró el cepillo del pelo…
-¿Quiere decir que también la golpea con el cepillo para el pelo?
-Sí. La niña admitió que lo había cogido para peinar a su muñeca…
-Pero ¿no decía usted que no juega con muñecas?
-Ella misma se hizo una… Estoy segura de que la hizo ella misma, sí… Yo no la he visto… No nos la ha enseñado. Ni la lleva a la mesa para hablar con ella… Es una muñeca pequeña, lo intuyo porque nos se la ve cuando la lleva en sus brazos, y porque dijo que había cogido el cepillo para peinarla cuando él le preguntó dónde estaba. A su hermano, Mr. Steever, le dio un auténtico ataque de locura, la verdad es que se había pasado toda la mañana en su habitación, bebiendo sin parar. La niña le dijo sonriente que ya podía peinarse con su cepillo para el pelo, y que ella misma se lo traería después de peinar a su muñeca… Se levantó, fue a su cuarto y regresó con el cepillo, en el que observé que había cabellos. Nada más verlo, él se lo arrebató y comenzó a golpearla con el cepillo en los hombros, y en los brazos, y entonces… -miss Pall se hundió en su asiento, entre sollozos que le agitaban el pecho.
Sam Steever se inclinó sobre ella como un elefante sobre un canario herido.
-Eso es todo, Mr. Steever -siguió un poco después miss Pall-. Tenía que decírselo a usted. No volveré a esa casa ni para recoger mis cosas… No podría soportar ni un momento más ver cómo la golpea, ni comprobar que la niña no llora, sino que ríe y ríe y ríe mientras la golpea… A veces he llegado a pensar que realmente es una bruja, la bruja en que la ha convertido su padre.


Sam Steever levantó el auricular. La llamada de teléfono había roto el silencio en que se hallaba tras la marcha de miss Pall.
-Hola, Sam…
Reconoció de inmediato la voz de su hermano, la voz de alguien que estaba bebido.
-Sí John, dime.
-Supongo que ese viejo murciélago habrá estado ahí, soltando la lengua…
-Si te refieres a miss Pall, sí, la he visto.
-No prestes atención. Puedo explicártelo todo.
-¿Quieres que vaya a verte? Hace mucho que no te visito, hace meses…
-Bueno, ahora mismo no… Tengo una cita con el médico esta tarde.
-¿Algo va mal?
-Me duele un brazo. Reumatismo o algo así. He debido de coger frío. Te llamaré de nuevo mañana y hablaremos sobre todo eso.
-De acuerdo.
Pero John Steever no llamó a su hermano al día siguiente. Fue Sam quien llamó a la hora de la cena.
Para su sorpresa, Irma descolgó el teléfono. Su voz suave sonó encantadora y dulce a oídos de Sam.
-Papá está arriba, durmiendo… No se encuentra bien.
-Vale, entonces no le llames… ¿Es su brazo?
-No, ahora es la espalda… Va a ir al médico otra vez.
-Dile que le llamaré mañana… Eh… ¿Todo va bien, Irma? ¿Está contigo miss Pall?
-No, se ha ido y estoy muy triste… Es una estúpida.
-Ya comprendo… Llámame si necesitas algo, ¿de acuerdo? Espero que tu papá se ponga bien pronto.
-Te llamaré si necesito algo -dijo Irma echándose a reír y colgó el auricular.
No había risas la tarde siguiente, cuando John Steever llamó a Sam a su despacho. Su voz era la de un hombre sobrio. Sobrio y dolorido.
-Sam, ven a verme, por el amor de Dios… Me está ocurriendo algo…
-¿Qué te pasa?
-Tengo un dolor… que me mata… Tengo que verte cuanto antes.
-Estoy con un cliente, pero iré en cuanto acabe, será cosa de unos minutos… ¿Por qué no llamas al médico?
-Ese inútil no puede ayudarme. Me mandó unas pastillas para el brazo y ayer me dio las mismas para la espalda…
-¿No te aliviaron?
-Al principio, sí; desapareció el dolor, pero ahora lo siento de nuevo y más fuerte… Es un dolor que me oprime el pecho y no me deja respirar.
-Podría ser pleuresía… Deberías llamar al médico.
-No es pleuresía, ya me examinó y dijo que no era eso… Dice que mi pecho suena como un dólar… Sé que no es nada orgánico, pero no puedo decirle la causa real…
-¿La causa real?
-Si, los alfileres… Los alfileres que esa pequeña bruja clava en su muñeca… En el brazo, en la espalda… Sólo Dios sabe cómo lo hace…
-John, no querrás decir…
-¡Vale ya de palabras! No me puedo mover de la cama por su culpa, estoy en sus manos… No puedo levantarme y detenerla, ni quitarle su maldita muñeca. Y lo peor de todo es que nadie me creería… Pero te aseguro que se trata de la muñeca que hizo con cera de velas y con los cabellos que tomó de mi cepillo para el pelo… Sí, ya sé que es duro decirlo, pero esta niña es una pequeña bruja… Es una malvada. Sam, prométeme que harás algo, lo que sea, para quitarle esa maldita muñeca… Quítasela, por favor…


Media hora después, a las cuatro y media de la tarde, Sam Steever llegaba a la casa de su hermano.
Irma le abrió la puerta.
A Sam le produjo un gran impacto verla allí, sonriente e imperturbable, con su pelo rubio bien peinado que realzaba el óvalo delicioso de su carita. Era como una pequeña muñeca… Una pequeña muñeca…
-Hola, tío Sam.
-Hola, Irma… Tu papá me ha llamado, ¿no te lo ha dicho? Dice que no se siente muy bien…
-Ya lo sé. Pero está bien ahora. Está durmiendo.
Algo sintió San Steever. Como si una gota de agua helada le recorriese la espalda.
-¿Que está durmiendo? -preguntó con la voz algo quebrada-. ¿Arriba?
Antes de que la niña pudiese abrir la boca para responder, ya estaba él subiendo los peldaños de la escalera que llevaba a la planta superior de la casa, para ir rápido a la habitación de John.
John estaba en la cama, dormido, sólo dormido… Sam Steever vio que respiraba normalmente, pero así y todo se inclinó sobre el pecho de su hermano para comprobarlo. John tenía el rostro en calma, relajado.
A Sam se le evaporó aquella gota helada que le recorría la espalda; sonrió y se dijo que todo aquello era una tontería; respiró profundamente y se dispuso a bajar.
Mientras descendía por la escalera fue haciendo planes. Unas vacaciones de seis meses para su hermano, eso que llaman “una cura”. Y un orfanato para Irma; había que darle a la niña la oportunidad de abandonar aquella casa tan vieja, todos esos libros tan mórbidos…
Se detuvo en mitad de la escalera. Inclinándose sobre la balaustrada vio a Irma en el sofá; parecía la niña una pequeña bola blanca, de tan replegada sobre sí misma como estaba. Hablaba con algo que tenía en sus brazos, a lo que mecía.
Así que aquello era su muñeca…
Sam Steever siguió bajando los peldaños despacio, sin hacer ruido, y se dirigió a Irma.
-Hola -dijo.
La niña se levantó de golpe. Cubrió por completo con sus brazos aquello que acunaba. Sonrió taimada y sorprendida apretándolo más contra su pecho.
Sam Steever pensó que acabaría metiéndose la muñeca en el pecho, de tanto como la apretaba.
Irma estaba de pie ante él, su cara era una máscara de inocencia. En la penumbra de la casa su cara parecía realmente una máscara. La máscara de una niña que ocultaba… ¿Qué ocultaba?
-Papá está mejor, ¿no? -dijo Irma en voz baja.
-Sí, mucho mejor.
-Estaba segura de que se pondría bien.
-Pero me temo que va a tener que irse una temporada, para descansar… Necesita un largo descanso.
Una sonrisa iluminó la máscara.
-Bien -dijo Irma.
-Claro que -siguió diciendo Sam- no vas a quedarte aquí sola… Estaba pensando… Quizá deberíamos mandarte a un colegio, o a una casa en la que…
Irma se echó a reír.
-No tienes que preocuparte por mí -dijo recostándose de nuevo en el sofá mientras Sam tomaba asiento frente a ella, muy cerca.
Los brazos de la niña se abrieron con aquel movimiento y Sam Steever pudo ver entre ellos un par de piernectias que descansaban en un codo de la pequeña. Aquello tenía puesto unos pantaloncitos y unos trocitos de piel a modo de zapatos.
-¿Qué tienes ahí, Irma? ¿Una muñeca? -preguntó Sam.
Lentamente extendió la mano hacia ella.
La niña se echó hacia atrás.
-No puedes verla -dijo.
-Me gustaría -dijo Sam-. Miss Pall me dijo que hacías unas muñecas muy bonitas.
-Miss Pall es una estúpida. Y tú también… Lárgate.
-Por favor, Irma, déjame verla…
Mientras hablaba, Sam intentaba por todos los medios ver aquello; lo consiguió a medias, al moverse la niña para cubrir mejor su muñeca con el cuerpo. Sam llegó a ver una cabeza muy bien hecha, una cara muy blanca sobre la que caía algo de pelo… A pesar de lo fugaz de la visión, a pesar de la penumbra, consiguió ver igualmente unos ojos, una nariz, una barbilla, cosas que reconoció perfectamente.
Tenía que insistir.
-Dame esa muñeca, Irma -ordenó a la niña-. Sé qué es… Sé quién es…
Por unos momentos se borró de la cara de Irma la máscara y Sam Steever vio que aquel rostro desnudo de la niña expresaba miedo.
Ella lo sabía… Sabía que él lo sabía.
Pero de inmediato volvió a aparecer la máscara en su carita.
Irma era una niña dulce, buena, aplicada… que sonreía con ojos maliciosos.
-Tío Sam -dijo riéndose-, eres tan tonto… Esto no es una muñeca de verdad.
-¿Qué es? -inquirió él.
Irma se echó a reír de nuevo mientras se erguía en el sofá.
-Sólo es… un caramelo -dijo.
-¿Un caramelo?
Irma asintió. Luego, lentamente, se metió en la boca la cabeza de aquello.
Y se lo comió.
Arriba se dejó sentir un grito desgarrador.
Cuando Sam Steever subió aprisa la escalera, la pequeña Irma, masticando aún, salió por la puerta de la casa para perderse en la oscuridad incipiente.

 Revista Weird Tales, 1947.

martes, 14 de abril de 2020

Despecho. Andrés Neuman.

A Violeta le sobran esos dos kilos que yo necesito para enamorarme de su cuerpo. A mí, en cambio, me sobran siempre esas dos palabras que ella necesitaría dejar de oír para empezar a quererme.

 

lunes, 13 de abril de 2020

Subraye las palabras adecuadas. Luis Britto García.

Una mañana tarde noche el niño joven anciano que estaba moribundo enamorado prófugo confundido sintió las primeras punzadas notas detonaciones reminiscencias sacudidas precursoras seguidoras creadoras multiplicadoras trasformadoras extinguidoras de la helada la vacación la transfiguración la acción la inundación la cosecha. Pensó recordó imaginó inventó miró oyó talló cardó concluyó corrigió anudó pulió desnudó volteó rajó barnizó fundió la piedra la esclusa la falleba la red la antena la espita la mirilla la artesa la jarra la podadora la aguja la aceitera la máscara la lezna la ampolla la ganzúa la reja y con ellas atacó erigió consagró bautizó pulverizó unificó roció aplastó creó dispersó cimbró lustró repartió lijó el reloj el banco el submarino el arco el patíbulo el cinturón el yunque el velamen el remo el yelmo el torno el roble el caracol el gato el fusil el tiempo el naipe el torno el vino el bote el pulpo el labio el peplo el yunque, para luego antes ahora después nunca siempre a veces con el pie codo dedo cribarlos fecundarlos omitirlos encresparlos podarlos en el bosque río arenal ventisquero volcán dédalo sifón cueva coral luna mundo viaje día trompo jaula vuelta pez ojo malla turno flecha clavo seno brillo tumba ceja manto flor ruta aliento raya, y así se volvió tierra.