martes, 21 de julio de 2020

Los de la tienda. Ana María Matute.

El aire del mar levantaba un polvo blanquecino de la planicie donde se elevaban las chabolas. A la derecha estaba la montaña rocosa y a la izquierda se iniciaba el suburbio de la población, con los primeros faroles de gas y las tapias de los solares. Luego, las callejas oscuras, de piedras resbaladizas y húmedas; las tabernas, las freidurías, las casas de comidas. Allí empezaba el barrio marinero, con la capilla de San Miguel y San Pedro. Después el mar. Desde las chabolas, en las mañanas claras, se oía, a veces, la campana de la capilla.
La tienda de comestibles se abría justamente en el centro de aquel mundo. A medias en el camino de las chabolas y de las primeras casas de pescadores. Era una tienda no muy grande, pero abarrotada. Embutidos, latas de conservas, velas, jabón, cajas de galletas, queso, mantequilla, estropajos, escobas… Todo se apilaba con orden, en estantes o pirámides, en torno al mostrador de madera abrillantada por el roce. Detrás del mostrador se abría la puerta de la vivienda de Ezequiel, de Mariana, su mujer, y del ahijado.
Al ahijado lo trajeron del pueblo de Mariana, cuando desesperaron de tener hijos propios. Se llamaba Dionisio y era hijo de una cuñada viuda y pobre, que aún tenía cuatro niños más pequeños. La madre se avino desde el primer día a la adopción, y ahora, a veces, le escribía cartas breves, de letra ancha y palabras extrañamente partidas, donde le hablaba de la huerta, de sus hermanos y de la gran calamidad de la vida. Seis años tenía Dionisio cuando dejó el pueblo, y otros seis llevaba de ahijado con Ezequiel y Mariana. De su madre tenía una idea triste y borrosa; de su pueblo, el recuerdo de las casas con sus porches, de la plaza y de la huerta en primavera, con el olor ácido y hermoso de la tierra mojada. Ahora, en cambio, conocía bien el olor a pimentón, jabón y especias de la tienda; y el aire salado que subía de allá detrás, arrastrando el polvo blanco, reseco, en la planicie de las chabolas.
Dionisio no recibía sueldo, pero Ezequiel le decía siempre que el día de mañana, suya y de nadie más sería la tienda. Dionisio comía a dos carrillos, como Ezequiel. Como él, al comer, se untaba de aceite la barbilla y el borde de los labios. Y como él se preparaba, a media mañana y a media tarde, grandes bocadillos de jamón, de sobreasada, de queso o de membrillo. Dionisio podía comer todo cuanto quisiera, a todas horas. Además, de siete a nueve, subía a peinarse con colonia de la de a granel, que olía fuertemente a violetas. Se quitaba la bata, y, con las manos bien limpias, se iba a la academia a estudiar Contabilidad.
Todo hubiera ido bien para Dionisio, que no deseaba nada, a no ser por Manolito y su pandilla. Manolito y su pandilla vivían en las chabolas.
Eran una banda de muchachos tostados por el sol, delgados, duros y rientes, que le subyugaban. Manolito y su pandilla se reunían en el descampado, tras la planicie de las chabolas; y tenían secretos, y salvajes y fascinantes juegos. Manolito y su pandilla hicieron pensar a Dionisio en los amigos. Amigos, juegos, aventuras. Todo aquello que aún desconocía.
Dionisio intentó muchas veces su amistad. Pero Manolito y su pandilla raramente le toleraban. Dionisio era «el de la tienda».
La tienda era un lugar codiciado y aborrecido, a un tiempo, por los de las chabolas. Así lo comprendió Dionisio, poco a poco. En la tienda no se fiaba, y la tienda era necesaria. En la tienda había todo lo que se necesitaba, pero de la tienda no se podían llevar nada que no fuese al contado. (Al contado, naturalmente, para los de las chabolas).
—Mira, Dionisio —decía Ezequiel en voz baja a su ahijado—. A don Marcelino y a doña Asunción, sí se les puede apuntar y fiar, porque son ricos. A los de las chabolas, no, porque son pobres. No olvides esto nunca.
Dionisio acabó comprendiéndolo, aunque a primera vista le pareciese una contradicción. También comprendió el despego hacia él por parte de los de las chabolas. Recordaba una tarde que entró Manolito por algo, mientras él se untaba un panecillo con sobreasada. Para esparcirla más convenientemente, la aplastaba con la ayuda de su dedo pulgar. El dedo lo llevaba envuelto en un esparadrapo sucio, porque se dio un tajo al cortar cien gramos de queso. Sintió en la frente algo extraño, como un desazonado cosquilleo. Levantó la cabeza y vio los ojos redondos y escudriñadores de Manolito, fijos en él: en su dedo pulgar envuelto en un esparadrapo sucio, en la sobreasada aplastada contra el pan. Y sintió algo que le hizo volverse de espaldas. Ezequiel, entre tanto, preguntaba desabridamente a Manolito qué quería.
—Un paquete de sal… —dijo Manolito.
Y Ezequiel indagó, aún más seco:
—¿Traes el dinero?
No: no le querían los de las chabolas. No le querían, y por ello, quizá, deseaba aún más pertenecer a su banda. Sobre todo en el verano, cuando bajaban a bañarse a la playa, dando gritos debajo del gran sol. Pero no le querían, estaba visto. Por más que las pocas veces que le admitieron con ellos llegó a casa con la cabeza llena de sabiduría, y casi no pudo dormir por la noche.
Un día Ezequiel le dio veinte duros. Así: veinte duros, como veinte soles. Cierto que él siempre le andaba pidiendo:
—Padrino, que no llevo nunca nada en el bolsillo… Padrino, deme usted algo, aunque sea para no gastar. Mire que todos los chicos de la academia llevan siempre dinero…
Ezequiel movía negativamente la cabeza y respondía:
—Dinero, no, Dioni. Ya sabes que la tienda será tuya algún día. Comes hasta reventar, y no te matas trabajando. ¿Qué más quieres?
Ante estas razones, Dionisio callaba, porque no sabía qué contestar. (Podía haber dicho, quizá: «Para presumir». Pero, claro, no se atrevía). Y de repente, una mañana, mientras él barría la tienda, Ezequiel le dijo:
—Anda, para que te calles de una vez: ahí va eso. ¡Pero pobre de ti si lo gastas! ¡Lo guardas bien guardado, donde ni lo veas!
Veinte duros. Así: de golpe, en un solo billete. Dionisio se quedó sin respiración.
—Gracias, padrino… ¡Qué bárbaro!
—Pero que no lo gastes, ¿eh? ¡Que no lo gastes!…
Dionisio, efectivamente, lo guardó. La verdad era que, excepto pertenecer a la banda de Manolito, no deseaba nada.
Guardó el dinero en el armario, entre las camisas, y con saber que estaba allí se contentaba. Los primeros días se acercaba a verlo, de cuando en cuando. Recordaba entonces una historia que leyó, de un avaro que guardaba su oro y lo acariciaba. Pero sonreía y se sentía satisfecho.
Fue lo menos quince o veinte días más tarde cuando ocurrió lo imprevisto. Era un lunes por la tarde. Salía de la tienda y decidió hacer novillos y darse una vuelta por la planicie. Ya estaba muy próximo el verano, y aún brillaba el sol, allá lejos, sobre la superficie rizada del mar. Cuando llegó a la altura de las chabolas, oyó el griterío. Se acercó corriendo, detrás de los muchachos que acudían en tropel.
La desgracia había caído sobre la chabola del Manolito. Su padre, que era albañil, se cayó del andamio, partiéndose tres costillas y una pierna. Lo habían llevado al hospital, y su mujer salía dando gritos, acompañada por las vecinas. En una esquina, sentado en el suelo, con las manos en los bolsillos, lejano a todos, con su carita dura y pálida, estaba Manolito. Dionisio se sintió invadido de una gran piedad. Corrió a él, y se le plantó delante, mirándole. Quería decir algo, pero no sabía. Al fin, Manolito levantó los ojos (como aquel día que le vio preparándose el bocadillo). Ante sus ojos negros, Dionisio se quedó sin habla.
—¡Lárgate, cerdo! —escupió Manolito—. ¡Que te largues!…
Se fue despacio. Sentía en la espalda, en la nuca, el peso de una gran desolación.
Aquella noche tomó su resolución. Casi no sentía sacrificio alguno. Se levantó más temprano que de costumbre, y, antes de bajar a la tienda, salió por la puerta trasera y corrió a las chabolas. Iba con la mano metida en el bolsillo y apretaba en el puño el billete de veinte duros.
Cuando llegó a la chabola de Manolito el corazón parecía latir en su misma garganta.
—¡Manolo! —llamó con voz trémula—. ¡Sal, Manolo, que tengo que darte un recado!
Manolo salió, medio desnudo, con los ojos entrecerrados. También la hermana menor, y otros dos más pequeños todavía, asomaron la cabeza.
—¿Dónde está tu madre? —le preguntó Dionisio.
El Manolito se encogió de hombros, y sus labios se doblaron con desprecio:
—Ande va a estar… ¡En el hospital!
Dionisio sintió que toda la sangre le subía a la cara:
—Oye, Manolo…, yo venía a decirte…, vamos, mira: esto he ahorrado yo, pero si tú quieres… yo te lo presto y cuando puedas, vamos, no me corre ninguna prisa…, ni siquiera que me lo devuelvas…
Le tendía el billete de veinte duros. Manolo se había quedado quieto, abierta su pequeña boca, oscura y manchada. Miraba el dinero con ojos fijos, como de vidrio. Avanzó despacio una mano delgada, llena de tierra. Dionisio le puso el dinero en la palma y echó a correr.
El corazón le dolía al entrar en la tienda. Ezequiel le dio un pescozón:
—¡Dónde habrás andado, golfante!… ¡Hala, a barrer!
Estuvo toda la mañana como en sueños. Cada vez que sonaba la campanilla de la puerta sentía flaquear sus piernas.
Pero Manolito no empujó la puerta hasta mediada la tarde. Su figurilla se recortó contra la luz del sol, en el umbral. El corazón le dio un vuelco a Dionisio, y sólo acertó a pensar: «Qué piernas tan flacas tiene Manolito». No: no parecía el capitán de la banda. Era como un pájaro, un triste y oscuro pájaro perdido.
Ezequiel le miró con desconfianza. El Manolito, con su voz clara y despaciosa, pidió arroz, azúcar, aceite, velas… A media retahíla, Ezequiel le cortó, como siempre:
—Oye, tú, ¿traes dinero?
Para decir dinero Ezequiel se frotaba las yemas del índice y del pulgar, uno contra el otro. Manolito asintió, con voz firme:
—Sí; lo traigo. Ponga usted, además…
Algo zumbaba en los oídos de Dionisio, y no podía escuchar más. Un ahogo, raro y dulce, le subía por la garganta. Quería esconderse, que no le vieran los ojos del Manolito. Las rodillas le temblaban y se sentó allí, detrás del mostrador, en un cajón de coca-colas vacío. Sólo veía a Ezequiel, de pie, colocando las cosas, con aire aún receloso.
Manolito pagó, alargando un billete de veinte duros. Dionisio vio las manos de Ezequiel: rojizas, de uñas rotas. Una mano de Ezequiel cogió el billete: «su» billete de veinte duros. Ezequiel lo palpó, lo alzó y lo miró al trasluz.
—¡Largo de ahí, golfo! —chilló—. ¡Largo de ahí, si no quieres que te eche de un puntapié!
Dionisio parpadeó, despacio. La luz del sol, en rayos finos, se filtraba a través de los rimeros de cajas de galletas. Una rata gorda, negra, corría por detrás de los montones de jabón.
—¡Que te largues, te digo! ¡Te creerás que me puedes engañar a mí! ¡Ya decía yo! ¡Ya me parecía a mí! Este billete es más falso que el alma de Judas…
Aún dijo Ezequiel muchas cosas más. Dionisio quiso levantarse, mirar por encima del mostrador. Pero algo había en el olor de la tienda —el pimentón, el jabón, las especias…— que aturdía, que se pegaba a la garganta, a los ojos, como un humo. Las rodillas se le volvieron blandas, como de algodón.
Después oyó la campanilla de la puerta. Por fin, Manolito se había marchado.

El arrepentido y otras narraciones, 1967.
 

jueves, 9 de julio de 2020

Las lenguas. Juan José Millás.

Es sabido que los habitantes de Babel, una vez confundidas sus lenguas, se dividieron en grupos que partieron en direcciones diferentes para repoblar la Tierra. La Biblia no dice si había grupos, valga la contradicción, de una sola persona. Pero nosotros queremos imaginar que en aquel reparto lingüístico hubo lenguas que sólo hablaba un individuo: los solitarios del mundo, los malditos, los incomprendidos. Hombres o mujeres que hablaban sin que nadie los entendiera y sin que ellos entendiera a los demás. Aquellas almas partieron solas y fundaron países de un solo hombre o de una sola mujer con su constitución y sus semáforos y su ganadería y su gramática y su gastronomía y su medicina natural y su urbanismo.
Una lengua de este tipo, dado que las palabras sirven para comunicarse, puede parecer un peine sin púas. Pero se trata de algo más dramático (o quizá más hermoso). Si dispones de una lengua, por rara que sea, ¿cómo evitar utilizarla? Hablas contigo mismo, con el armario de tres cuerpos, con la mesa camilla, con la nevera, con el polvo, con las sábanas… Pero hablas. Hasta es posible que te dé por escribir. ¿Se imaginan a alguien escribiendo una obra maestra que nadie, excepto su creador, podrá leer? El caso es que hay en la actualidad un número notable de lenguas habladas por un solo individuo y otras tantas en trance de extinción. Todos los días desaparece algún idioma como desaparece una especie animal o vegetal. Estamos en pleno proceso de implosión.
Las lenguas de un solo individuo se están convirtiendo en una especie de atracción turística. Los estudiosos de todas las universidades del mundo acuden a visitar a estas personas, por lo general ancianas, y les piden que hablen. Hay una fascinación difícil de entender en esa escucha, como en los idiomas particulares creados por algunos hermanos gemelos. La división de lenguas, tal como aparece en la Biblia, parece una maldición, pero fue un milagro. Gracias a ella somos conscientes del valor del idioma. Si todos habláramos el mismo, la lengua habría devenido en algo biológico, a la altura del hígado. Pero el hígado sería interesante si lo poseyera un solo hombre.

Articuentos escogidos, 2012. 


 

sábado, 4 de julio de 2020

Lady Turton. Roald Dahl.

Cuando, ocho años atrás, murió el viejo sir William Turton y su hijo Basil heredó el periódico The Turton Press (además del título), recuerdo que empezaron a hacerse apuestas en Fleet Street sobre cuánto tiempo pasaría antes de que una joven persuadiera al pobre individuo de que ella debía cuidarse de él. Es decir, de él y de su dinero.
El nuevo sir Basil Turton tenía unos cuarenta años y era soltero. Hombre afable y de carácter sencillo; hasta entonces no había demostrado interés por nada que no fueran sus colecciones de pinturas modernas y esculturas. Ninguna mujer le había trastornado, ningún escándalo ni habladuría habían mancillado jamás su nombre. Pero ahora que se había convertido en el propietario de un importante periódico y una gran revista, era preciso que dejara la calma y tranquilidad de la casa de campo de su padre y se estableciera en Londres.
Naturalmente, los buitres empezaron a acecharle y estoy seguro de que no sólo Fleet Street sino la ciudad entera empezó a movilizarse en torno a él. Fue un movimiento lento, deliberado y mortal, y por lo tanto no parecían tanto unos buitres como un puñado de cangrejos tratando de alcanzar un trozo de comida bajo el agua.
Pero, para sorpresa de todos, el hombre demostró ser notablemente evasivo y la lucha continuó hasta la primavera y el principio del verano de aquel año. Yo no conocía a sir Basil personalmente, ni tenía ninguna razón para sentir simpatía hacia él, pero no podía evitar el ponerme repentinamente de parte de los de mi sexo y me alegraba cada vez que lograba salir de alguna trampa.
Luego, hacia el principio de agosto, y aparentemente en respuesta a una secreta señal femenina, las chicas declararon entre sí una suerte de tregua mientras se iban al extranjero y descansaban, con el fin de reagruparse y hacer nuevos planes para el siguiente invierno. Esto fue un error, porque en aquel preciso momento apareció una brillante criatura llamada Natalia o algo así, de quien nadie había oído hablar anteriormente, que llegó del continente europeo, tomó a sir Basil firmemente por la muñeca y lo llevo como un torbellino al Registro Civil de Caxton Hall y se casó con él antes de que nadie, y menos el novio, se diera cuenta de lo que había pasado.
Ya podrán imaginarse que las señoras de Londres estaban indignadas y, naturalmente, se dedicaron a levantar una gran cantidad de cotilleos alrededor de lady Turton: la asquerosa cazadora, la llamaban. Pero no hay necesidad de detenerse en ello. En realidad, para el propósito de mi historia podemos saltarnos los seis años siguientes, lo cual nos trae al presente; exactamente hoy hace una semana, cuando tuve el honor de conocer a Su Señoría por primera vez. Entonces, como ya podrán suponer, no sólo dirigía The Turton Press sino que, como resultado de ello, se había convertido en una fuerza política muy importante en el país. Ya entiendo que otras mujeres hayan sido capaces de hacer lo mismo, pero lo excepcional de este caso era el hecho de que ella fuera extranjera y el que nadie pareciese saber con precisión de qué país procedía: Yugoslavia, Bulgaria o Rusia.
El jueves pasado fui a una cena en casa de un amigo de Londres y mientras charlábamos en el salón antes de la cena, bebiendo martinis y hablando sobre la bomba atómica y sobre el señor Bevan, la doncella abrió la puerta para anunciar al último invitado.
—Lady Turton.
Nadie dejó de hablar, hubiera sido de mala educación, ni se volvieron las cabezas. Solamente nuestras miradas se dirigieron a la puerta, esperando su entrada.
Ella entró aprisa, alta y esbelta, con un traje rojo escarlata que brillaba admirablemente; jovial, tendiendo la mano a su anfitriona. Francamente, debo confesar que era una belleza.
—¡Buenas noches, Milfred!
—¡Mi querida lady Turton, me alegro de que haya venido! Creo que entonces fue cuando dejamos de hablar. Nos volvimos para mirarla, esperando pacientemente ser presentados, como si fuera una reina o una famosa estrella de cine. Sólo que esta vez era más guapa que cualquiera de ellas. Su pelo era negro y, en contraste, tenía uno de esos rostros pálidos, ovalados e inocentes de las flamencas del siglo xv, casi como una Madonna de Memling o Van Eyck; por lo menos ésta fue mi primera impresión. Más tarde, cuando llegó el momento de estrecharnos las manos, me di cuenta de que, excepto en el perfil y el color, estaba muy lejos de parecerse a una madonna, muy lejos de eso.
Las aletas de la nariz, por ejemplo, eran muy raras, bastante abiertas, relucientes y excesivamente arqueadas. Esto le daba a la nariz un terrible aspecto, que tenía cierto parecido a la de un potro salvaje.
Y los ojos, al mirarlos de cerca, no eran grandes y redondos, como los que los pintores atribuían a las madonnas, sino alargados y medio cerrados; casi sonrientes, medio adustos y bastante vulgares; así que de una manera o de otra le daban un aire delicadamente disipado, es más, no miraba directamente. Su mirada se acercaba a uno lentamente y como de costado, de tal forma que ponía nervioso. Intenté ver su color, creo que era gris pálido, pero no estoy seguro.
Después fue llevada a la otra parte de la habitación para ser presentada a otras personas. Yo me quedé mirándola. Ella se sentía consciente del éxito y del modo en que aquellos londinenses hablaban de ella.
«Aquí estoy yo —parecía decir—, hace pocos años que llegué a este país, pero ya soy más rica y poderosa que cualquiera de vosotros.»
Caminaba triunfalmente.
Pocos minutos más tarde pasamos a cenar y, con gran sorpresa, me encontré sentado a la derecha de Su Señoría. Supongo que nuestra anfitriona había hecho esto como una deferencia hacia mí, pensando que me proporcionaría tema para la columna social que escribo cada día en el periódico de la tarde. Me senté, dispuesto a participar en una comida interesante, pero la famosa lady no reparó siquiera en mi presencia; estuvo todo el tiempo hablando con el hombre de su izquierda, su anfitrión, hasta que al fin, cuando estaba acabando de tomar el helado, se volvió repentinamente, cogió mi tarjeta y leyó mi nombre. Luego, con aquella curiosa mirada suya, como de través, me miró a la cara. Yo le sonreí y le hice un pequeño saludo. Ella no me sonrió, pero empezó a dispararme preguntas, bastante personales: trabajo, edad, familia, cosas así, mientras yo contestaba lo mejor que podía.
Durante esta inquisición se enteró, entre otras cosas, de que yo era un amante de la pintura y la escultura.
—Puede venir alguna vez a nuestra casa de campo y verá la colección de mi esposo.
Lo dijo casualmente, como una simple norma de educación; pero deben comprender que en mi trabajo no puedo permitirme el lujo de perder una oportunidad como ésta.
—¡Qué amable, lady Turton! Me encantaría. ¿Cuándo puedo ir?
Levantó la cabeza y dudó unos instantes. Luego se encogió de hombros y dijo:
—No importa, cualquier día.
—¿Qué tal el próximo fin de semana? ¿Le parece bien? Sus ojos semicerrados descansaron un momento en los míos y luego se separaron.
—Supongo que sí, si lo desea, no me importa.
Así fue como el sábado siguiente por la tarde me encontré conduciendo mi coche por la carretera de Wooton, con mi maleta en el coche. Ustedes seguramente pensarán que forcé un tanto mi invitación, pero de otra forma no la hubiera conseguido.
Aparte del aspecto profesional, personalmente me apetecía ver la casa. Como ya saben, Wooton es una de las casas más importantes del primitivo Renacimiento inglés. Al igual que sus hermanas, Longleat, Wodlaton y Montacute, fue construida en la última mitad del siglo XVI, cuando por primera vez la casa de un señor importante pudo ser decorada como mansión confortable, no como un castillo, y cuando un grupo de arquitectos, como John Thorpe y los Smithson, empezaron a construir casas maravillosas por todo el país. Está al sur de Oxford, cerca de una pequeña ciudad llamada Princes Risborought, no muy lejos de Londres.
Al entrar por las puertas enrejadas, el cielo se cubría en lo alto y la tarde invernal empezaba a caer.
Conduje lentamente por el largo sendero, intentando captar los alrededores tanto como fuera posible, sobre todo el famoso jardín, del cual había oído hablar tanto. Debo confesar que era una vista impresionante. Por todas partes había masas de tejos, cortados en diferentes formas, muy cómicas todas ellas: gallinas, palomas, botellas, botas, sillones, castillos, hueveras, linternas, viejas con meticulosas enaguas, grandes columnas, algunas coronadas por una pelota, otras por tejas y hongos. En la creciente oscuridad, el verde se había convertido en negro, de tal forma que cada figura, cada árbol, tomaba una forma escultural, oscura y suave. En un momento dado vi una pradera en forma de tablero de ajedrez gigante, en el que cada ficha era un tejo maravillosamente recortado. Detuve el coche para dar un paseo y cada figura era dos veces más alta que yo. Comprobé que el juego —rey, reina, peón, alfil, caballo y torre— estaba completo y listo para iniciar la partida.
En la curva siguiente, vi la gran casa gris; frente a ella un espacioso porche rodeado de una balaustrada con pequeños pabellones en sus esquinas. Sobre los pilares de la balaustrada había obeliscos de piedra; la influencia italiana en la mente Tudor; y un tramo de escalones de metro y medio de ancho, que llevaban a la casa.
Al entrar en la explanada, vi con súbito desagrado que en el centro del surtidor había una gran estatua de Epstein. Era preciosa, desde luego, pero no estaba en consonancia con los alrededores. Al subir la escalera de la puerta central, volví la vista y vi que en todas las pequeñas praderas y terracitas había estatuas modernas y curiosas esculturas de todas clases. En la distancia creí reconocer el estilo de Gaudier Breska, Brancusi, Saint-Gaudens, Henry Moore, y Epstein de nuevo.
La puerta me fue franqueada por un joven criado que me condujo a mi habitación, situada en el primer piso.
—Su Señoría —explicó— está descansando, así como los otros invitados; pero bajarán al salón dentro de una hora, vestidos para la cena.
En mi oficio es preciso ir muchos fines de semana a grandes casas. Yo paso alrededor de cincuenta sábados y domingos al año en casa de otras personas, y en consecuencia soy muy sensible a las atmósferas poco agradables. Puedo decir si son agradables o no en el momento en que entro por la puerta, y ésta era de las que no me gustaban. El lugar señalaba tormenta, en el aire flotaba una atmósfera de conflictos o algo parecido. Lo presentía incluso mientras gozaba de un delicioso baño. No pude evitar el empezar a desear que nada malo ocurriera antes del lunes.
Lo primero, aunque fue más una sorpresa que una cosa desagradable, ocurrió diez minutos más tarde.
Yo estaba sentado en la cama poniéndome los calcetines cuando la puerta se abrió y un hombrecillo entró en la habitación. Era el mayordomo, explicó, y su nombre era Jelks. Me dijo que esperaba que estuviera cómodo y si tenía todo lo que necesitaba.
Yo le respondí afirmativamente.
Dijo que haría todo lo posible para que tuviera un fin de semana agradable. Le di las gracias y esperé a que se marchara. El dudó un momento y luego, con voz entrecortada, me pidió permiso para mencionar un asunto algo delicado. Yo le dije que hablara.
Para ser franco, era acerca de las propinas. El asunto de las propinas le hacía sentirse muy desgraciado.
¡Oh! ¿Y por qué era eso?
Bueno, si realmente quería saberlo, no le gustaba la idea de que sus invitados se creyeran en la obligación de darle propina al dejar la casa. Era un procedimiento indigno para el que daba y para el que recibía. Además, él se daba cuenta de la angustia que a veces se creaba en las mentes de los invitados como yo —y que perdonase la libertad— que podrían verse obligados por culpa de los convencionalismos a dar más de lo que ellos podían gastar.
Hizo una pausa. Sus cautelosos ojos me observaban. Yo le murmuré que no tenía por qué preocuparse en lo que a mí se refería.
Por el contrario, dijo, esperaba sinceramente que no le daría ninguna propina al terminar el fin de semana.
—Bueno —dije yo—, no discutamos acerca de ello: cuando llegue el momento ya veremos lo que hacemos.
—¡Por favor, señor, insisto!
Acordamos lo que él quería.
Me dio las gracias y se aproximó un par de pasos hacia mí. Luego inclinó la cabeza hacia un lado, cruzó las manos delante de él como un cura y encogió los hombros en gesto de disculpa. Sus ojos pequeños y duros todavía me miraban. Yo esperé, con un calcetín puesto y el otro en las manos, tratando de adivinar lo que querría ahora.
Lo que quería pedir —dijo bajito, tan bajito ahora que su voz era como la música de un concierto, oída desde lejos— era que en vez de propina le diera el treinta y tres coma tres por ciento de mis ganancias en las cartas, en todo el fin de semana. Si perdía no tendría que pagar nada.
Lo dijo todo tan suave, tranquila y rápidamente, que ni tan siquiera me sorprendió.
—¿Se juega mucho a las cartas, Jelks?
—Sí, señor, mucho.
—¿No cree que el treinta y tres coma tres es demasiado?
—No lo creo, señor.
—Le daré un diez por ciento.
—No, señor, eso no.
Examinaba las uñas de mi mano izquierda y arqueaba las cejas.
—Bien, entonces el quince. ¿De acuerdo?
—Treinta y tres coma tres, señor. Es muy razonable. Después de todo, señor, yo no sé siquiera si es usted un buen jugador o sea que lo que estoy haciendo es, y no quiero ser personal, apostar por un caballo que nunca he visto correr.
Sin duda ustedes pensarán que nunca debí empezar a regatear con el mayordomo y quizá tengan razón, pero soy una persona muy liberal y siempre trato de ser afable con la clase baja. Aparte de esto, cuanto más pensaba en ello, más me convencía a mí mismo de que era una oferta que ningún deportista podía rehusar.
—De acuerdo, Jelks, como quiera.
—Gracias, señor.
Se dirigió hacia la puerta andando despacio, pero cuando tenía la mano puesta en el pomo se volvió:
—¿Le puedo dar un consejo, señor?
—¿Qué es?
—Simplemente decirle que Su Señoría tiende a pujar muy alto.
Bueno, esto era demasiado. Estaba tan asustado que dejé caer el calcetín. Después de todo, una cosa es tener un pequeño arreglo deportivo con el mayordomo acerca de las propinas; pero cuando trata de conchabarse contigo para sacarle dinero a la anfitriona ha llegado el momento de pararle los pies.
—Bueno, Jelks, ya está bien.
—No se ofenda, señor, lo que quiero decir es que puede jugar contra Su Señoría. Ella siempre juega con el comandante Haddock.
—¿Con el comandante Haddock? ¿Jack Haddock?
—Sí, señor.
Observé un tono de burla en los labios de Jelks al hablar de ese hombre, y todavía era peor con lady Turton. Cada vez que decía «Su Señoría» los labios se le curvaban como si estuviera chupando un limón, y había una inflexión en su voz sutilmente jocosa.
—Ahora me debe perdonar, señor. Su Señoría bajará a las siete en punto, así como el comandante Haddock y los otros.
Salió silenciosamente igual que había entrado, dejando una sensación de gran tranquilidad en el cuarto.
Un poco después de las siete, bajé al salón principal. Lady Turton se levantó a saludarme- tan bella como siempre.
—No estaba muy segura de que viniera —dijo con voz curiosamente saltarina—. ¿Cuál es su nombre, por favor?
—Me temo que le tomé la palabra, lady Turton; espero que no la haya retirado.
—No, claro que no —dijo—. Hay cuarenta y siete dormitorios en la casa. Este es mi marido.
Un hombre pequeño salió por detrás de ella y dijo:
—Me alegro de que haya podido venir. Tenía una sonrisa agradable y al darme la mano sentí el roce de la amistad en los dedos.
—Y ésta es Carmen La Rosa —continuó Lady Turton.
Era una mujer que parecía como si tuviera algo que ver con los caballos. Se inclinó hacia mí y, aunque mi mano estaba a medio camino para estrechar la suya, ella no me la tendió, forzándome a hacer un falso movimiento con esa mano en dirección a la nariz.
—¿Está resfriado? Lo siento.
No me gustó miss Carmen La Rosa.
—Y éste es Jack Haddock.
Yo conocía a ese hombre ligeramente. Era director de compañías (a saber qué significará eso) y un miembro muy conocido en sociedad. Su nombre había salido varias veces en mis columnas, pero nunca me había gustado y ello era debido principalmente a que detesto a la gente que lleva los títulos militares en su vida privada, especialmente comandantes y coroneles. Con el traje de etiqueta y su cara muy de hombre, sus cejas negras y dientes grandes y blancos, parecía tan guapo que resultaba casi indecente. Tenía una manera muy estudiada de levantar el labio superior cuando sonreía enseñando los dientes. Me tendió la mano.
—Espero que diga cosas buenas de nosotros en su columna.
—Lo tendrá que hacer —dijo lady Turton—, porque si no yo diré cosas feas de él, en mi primera página.
Yo me reí, pero lady Turton, el comandante Haddock y Carmen La Rosa se volvieron de espaldas y se sentaron de nuevo en el sofá. Jelks me dio una bebida y sir Basil me llevó a la otra parte de la habitación para conversar un rato con él.
A cada momento lady Turton llamaba a su esposo para pedirle algo: otro martini, un cigarrillo, un cenicero, un pañuelo, y cuando él se iba a levantar de la silla se le anticipaba Jelks, solícito y atento a todos los detalles.
Era evidente que Jelks adoraba a su dueño y era fácil de ver que odiaba a su esposa. Cada vez que él hacía algo por ella, el mayordomo se erguía y en su rostro asomaba un gesto de desprecio.
En la cena, la anfitriona sentó a sus dos amigos a su lado. Este arreglo nos dejaba a sir Basil y a mí en la otra parte de la mesa, donde pudimos continuar nuestra agradable conversación acerca de pintura y escultura.
Naturalmente, ahora veía claro que el comandante estaba enamorado de Su Señoría, y también, aunque odio tener que decirlo, La Rosa quería cazar el mismo pájaro.
Todas estas locuras parecían deleitar a la anfitriona, pero no al marido. Me daba cuenta de que él estaba pendiente de ellos todo el tiempo, mientras hablábamos; a menudo su mente se alejaba de la conversación y se cortaba a la mitad de una frase, mientras sus ojos se dirigían a la otra parte de la mesa, deteniéndose patéticamente en aquella adorable cabeza de pelo negro y las pestañas curiosamente aleteantes. Parecía haberse dado cuenta de cómo coqueteaba ella, cómo dejaba su mano descuidada en el brazo del comandante mientras hablaban y cómo la otra mujer, la que debía tener algo que ver con los caballos, decía a cada momento:
—¡Natalia! ¡Oye, Natalia, escúchame!
—Mañana me tiene que enseñar las esculturas que hay en el jardín —propuse yo.
—Naturalmente —dijo él—, lo haré con mucho gusto.
Miró otra vez a su esposa, sus ojos tenían una mirada suplicante y triste. Era un hombre tan bueno y tan pasivo, que aun en esos momentos no había rastro de ira en él, ni veía peligro de una explosión.
Después de cenar fuimos a jugar a las cartas. Yo tenía por compañera a miss Carmen La Rosa contra el comandante Haddock y lady Turton. Sir Basil se sentó silenciosamente en el sofá con un libro en las manos.
No hubo nada digno de mención en el juego: fue rutinario y monótono, pero sobre todo Jelks se puso muy pesado. Se pasó toda la noche deambulando por allí, vaciándonos ceniceros, trayéndonos bebidas y mirando nuestras cartas. Se notaba que era corto de vista y dudo que pudiera ver nuestros juegos porque, por si no lo saben, les diré que aquí en Inglaterra nunca se ha permitido a los mayordomos llevar gafas ni, ya puestos a prohibir, bigote. Es una regla inalterable y muy acertada también, aunque no estoy muy seguro del porqué de esta prohibición. Supongo que el bigote les haría parecer unos caballeros y las gafas resultaban cosa de americanos, en cuyo caso me gustaría saber qué pasa con nosotros. De todas formas, Jelks estuvo muy pesado toda la noche y también lady Turton, a la cual llamaban constantemente por asuntos de la prensa.
A las once en punto levantó los ojos de sus cartas y dijo:
—Basil, ya es hora de que te vayas a la cama.
—Sí, querida, ya voy.
Cerró el libro y estuvo un momento mirando el juego.
—¿Cómo va eso? —preguntó.
Nadie se dignó contestarle, así que yo le dije:
—Muy bien, es una bonita partida.
—Me alegro. Jelks les cuidará y les dará lo que deseen.
—Jelks también puede irse a la cama —dijo ella.
A mi lado oía respirar por la nariz al comandante Haddock y el sonido de las cartas al caer, una por una, en la mesa, y los pasos de Jelks sobre la alfombra.
—¿No quiere que me quede, señora?
—No. Váyase a la cama, y tú también, Basil.
—Sí, querida, buenas noches. Buenas noches a todos. Jelks le abrió la puerta y salió lentamente, seguido de su mayordomo.
Tan pronto terminó la siguiente jugada, dije que yo también quería irme a la cama.
—Muy bien —dijo lady Turton—, buenas noches. Fui a mi habitación, cerré la puerta con pestillo, tomé mi píldora y me acosté.
A la mañana siguiente, domingo, me levanté y vestí hacia las diez y luego bajé a desayunar. Sir Basil estaba allí frente a mí. Jelks le servía riñones asados, con jamón y tomate frito. Se alegró de verme y me sugirió que en cuanto hubiera terminado de desayunar, daríamos un largo paseo por los alrededores. Yo mostré mi agrado por esta sugerencia.
Media hora más tarde salimos. Me sentí muy reconfortado de alejarme de aquella casa y salir al aire libre. Era uno de esos días buenos que aparecen a veces a mitad del invierno, después de una noche de lluvia copiosa, con un sol resplandeciente y ni un soplo de viento. Los árboles desnudos estaban muy bellos a la luz del sol. Todavía caían gotas de las ramas y todo en derredor. Las manchas de humedad titilaban con resplandores de diamantes. El cielo estaba tachonado de nubéculas.
—¡Qué día tan maravilloso!
—Sí, es fantástico.
Ya no volvimos a hablar durante el paseo; no era necesario; pero me llevó por todas partes y lo vi todo: el ajedrez gigante y el resto de aquellas maravillas. Las casitas del jardín, los estanques, las fuentes, los laberintos de los niños, los bosquecillos, las viñas y los árboles nectarianos; y naturalmente, las esculturas. La mayoría de los escultores europeos contemporáneos estaban allí, en bronce, granito, piedra caliza y madera; y aunque era muy bonito verlos erguirse al sol, a mí me parecía que estaban fuera de lugar en una mansión tan clásica.
—¿Descansamos aquí un poquito? —dijo sir Basil, después de haber andado más de una hora.
Nos sentamos en un banco, junto al estanque de lirios de agua, lleno de carpas. Encendimos sendos cigarrillos. Estábamos algo separados de la casa, en un montículo que se levantaba sobre los alrededores, y desde allí veíamos los jardines que se extendían, debajo de nosotros, como un dibujo de los viejos libros de arquitectura jardinera; con setos, praderas, terrazas y fuentes formando un bonito y original dibujo de cuadros y círculos.
—Mi padre compró esta casa antes de nacer yo —dijo sir Basil—, he vivido aquí toda mi vida y me la conozco palmo a palmo. Cada día me gusta más.
—Debe de ser maravillosa en verano.
—Sí lo es. Debería venir a verla en mayo o junio. ¿Me promete que vendrá?
—Sí, claro —dije yo—. Me encantaría venir.
Mientras hablaba estaba observando la figura de una mujer vestida de rojo, moviéndose por entre las flores en la distancia. La veía por encima de una gran extensión de césped, con su peculiar modo de andar. Al llegar a la pradera torció hacia la izquierda, pasó por debajo de unos tejos y llegó a una pradera más pequeña que era circular y tenía en su centro una escultura.
—El jardín es más moderno que la casa —dijo sir Basil—; fue plantado en el siglo XVIII por un francés llamado Beaumont, el mismo que hizo Levens, en Westmoreland. Tuvo doscientos cincuenta hombres trabajando aquí, durante un año seguido.
La mujer del vestido rojo se había reunido ahora con un hombre. Estaban cara a cara, a un metro de distancia, justo en el centro del jardín de aquella pequeña pradera, aparentemente conversando. El hombre tenía un objeto negro en su mano.
—Si le interesa, le enseñaré las cuentas que Beaumont le presentaba al viejo duque, mientras estaban haciendo las obras.
—Me gustaría mucho verlas. Deben de ser interesantes.
—Pagaba a sus trabajadores cada día y trabajaban diez horas.
En la claridad del día, no era difícil seguir los movimientos y gestos de las figuras de la pradera. Ahora se habían vuelto hacia la escultura y la señalaban como burlándose de ella, probablemente riéndose de su forma. Vi que se trataba de una escultura de Henry Moore hecha de madera, un fino objeto de singular belleza que tenía dos o tres orificios y un número de extraños miembros salientes.
—Cuando Beaumont plantó los tejos para el ajedrez gigante y todas las otras cosas, sabía que no lucirían hasta dentro de cien años. Nosotros no tenemos esa paciencia para plantar ahora, ¿verdad?
—No, ciertamente que no.
El objeto que el hombre tenía en la mano resultó ser una cámara fotográfica y ahora se había retirado dos pasos y estaba tomando fotografías a la mujer, al lado del Henry Moore. Ella iba adoptando diferentes poses, en todas ellas, por lo que yo distinguía, pretendiendo ser graciosa. Una vez puso sus brazos alrededor de uno de los miembros salientes y se abrazó a él, otra vez se subió y se sentó a caballo sobre él, llevando unas riendas imaginarias en sus manos. Los tejos ocultaban a las dos personas de la casa y del resto del jardín, excepto en la pequeña colina donde nosotros estábamos sentados. Ellos estaban seguros de que nadie los veía y, aunque hubiesen mirado hacia nosotros, estando de cara al sol dudo que vieran a dos figuras sentadas en el estanque.
—Me gustan esos tejos —habló sir Basil—: su color hace muy bonito en un jardín, porque los ojos pueden descansar en ellos, y en verano rompen la monotonía de la brillantez, con sus frutos colorados y sus pequeñas florecillas. ¿Se ha fijado en los diferentes tonos de verde que hay en los árboles?
—Es realmente muy bonito.
El hombre parecía estar explicando algo a la mujer, apuntando con el dedo a Henry Moore. Me daba cuenta, por la forma de mover las cabezas, que estaban riendo otra vez. El hombre continaba señalando con el dedo. Entonces la mujer se fue por detrás de la escultura de madera, se inclinó y metió la cabeza en uno de los agujeros. El conjunto tenía el tamaño, yo diría, de un caballo joven, y desde aquí se podían ver las dos partes, a la izquierda el cuerpo de la mujer y a la derecha su cabeza saliendo del agujero. Era como uno de esos juegos de playa en los que se pone la cabeza en el agujero de un panel para ser fotografiado como una señora gorda. En aquellos momentos el hombre le estaba haciendo una foto.


—Hay otra cosa sobre los tejos —continuó sir Basil—. Al principio del verano, cuando brotan los capullos... Dejó de hablar repentinamente. Su cuerpo se irguió.
—Sí —dije yo—. ¿Cuando los capullos brotan...?
El hombre ya había tomado la foto, pero la mujer todavía tenía la cabeza en los agujeros. Le vi poner las manos y la máquina en la espalda y avanzar hacia ella. Se inclinó hasta tocar su rostro y le dio, supongo, algunos besos o algo parecido. En el silencio que siguió imaginé oír una risa femenina donde ellos estaban.
—¿Volvemos a casa? —pregunté.
—¿A casa?
—Sí. ¿Volvemos a tomar algo antes de comer?
—¿Una bebida? Sí, tomaremos algo.
Pero no se movió. Se sentó muy quieto, lejos de mí, mirando a las dos figuras con intensidad. Yo también las miraba, no podía separar los ojos, tenía que mirarlas. Era como ver un ballet en miniatura. Conocía a los artistas y la música, pero no el final de la historia, ni la coreografía, ni lo que iba a pasar. Estaba fascinado y no podía hacer otra cosa.
—Gaudier Breska —dije yo—. ¿Dónde cree usted que hubiera llegado si no hubiera muerto tan joven?
—¿Quién?
—Gaudier Breska.
—Sí —habló distraídamente—, desde luego...
Ahora notaba que algo raro estaba pasando. La mujer tenía todavía la cabeza en el agujero, pero estaba empezando a remover su cuerpo de un lado a otro de una forma extremadamente peculiar. El hombre, a un paso de ella, la miraba sin hacer ningún movimiento. Por unos momentos se quedó quieto; luego puso la máquina en el suelo y se dirigió a la mujer, tomando la cabeza entre sus manos; de repente se convirtieron de figuras de ballet en marionetas; pequeñas figuritas de madera haciendo movimientos bruscos e irreales en un lejano escenario.
Permanecimos sentados sin decir una sola palabra. Observábamos cómo la delgada marioneta masculina manipulaba la cabeza de la mujer. Lo hacía suavemente, de esto no había duda alguna, suave y lentamente, dando un paso atrás de vez en cuando para pensar un modo mejor de sacarle la cabeza de allí, o bien moviéndose hacia un lado para ver desde otro ángulo la posición de ésta. En cuanto la dejaba sola, la mujer volvía a retorcerse de la misma manera que se mueve un perro cuando se le pone la cadena por vez primera.
—No puede salir —dijo sir Basil.
El hombre se dirigió a la otra parte de la escultura donde estaba el cuerpo de la mujer, levantó las manos y empezó a manipular con el cuello. De repente, desesperado, le dio dos o tres estirones por el cuello. Esta vez el sonido de la voz de ella se dejó oír con ira y dolor, y llegó hasta nosotros nítidamente a través de la luz del día.
Por el rabillo del ojo vi a sir Basil mover la cabeza repetidas veces.
—Una vez metí la mano en un jarrón de dulces y no la pude sacar —dijo.
El hombre había retrocedido unos metros. Tenía la manos en las caderas y la cabeza levantada. Se le notaba furioso y desesperado al mismo tiempo. La mujer, en su poco confortable posición, parecía hablarle, o más bien gritarle y aunque no podía moverse mucho, las piernas las tenía libres y las movía continuamente.
—Rompí el jarrón con un martillo y le dije a mi madre que se me había caído del estante sin darme cuenta.
Ahora parecía más calmado, aunque su voz tenía un curioso tono.
—Creo que deberíamos ir, por si acaso podemos ayudarles en algo.
—Creo que sí.
Pero no se movió. Sacó un cigarrillo y lo encendió, poniendo luego el fósforo gastado en la caja de nuevo. Nos levantamos y bajamos lentamente la cuesta de la pequeña colina.
—¡Oh, perdone! ¿Quiere uno?
—Sí, gracias.
Hizo una pequeña ceremonia para darme el cigarrillo y encendérmelo él mismo, poniendo otra vez el fósforo gastado dentro de la caja.
Nuestra llegada fue una sorpresa para ellos.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó sir Basil. Hablaba suavemente, con una peligrosa suavidad que estoy seguro su esposa no había oído nunca anteriormente.
—Ha metido la cabeza en el agujero y ahora no puede sacarla de ahí —dijo el comandante Haddock—. Fue para sacarle una foto.
—¿Para qué una foto?
—¡Basil! —gritó lady Turton—. ¡No digas tonterías y haz algo!
No se podía mover mucho, pero podía hablar.
—Es evidente que tendremos que romper este pedazo de madera —dijo el comandante.
En su bigote gris había un tinte rojo, y esto, con un poco más de color en sus mejillas, le hacía extremadamente ridículo.
—¿Romper el Henry Moore?
—Mi querido amigo, no hay otra forma de liberar a la señora. Dios sabe cómo se las ha compuesto para meterse, pero lo cierto es que ahora no puede sacar la cabeza. Las orejas lo impiden.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó sir Basil—. ¡Qué pena! ¡Mi precioso Henry Moore!
En aquel momento lady Turton empezó a hablarle a su marido de una forma muy desagradable, que no se sabe hasta cuándo hubiera durado si no hubiera salido Jelks repentinamente de las sombras. Apareció silenciosamente por la pradera y se colocó a cierta distancia de sir Basil como esperando instrucciones. Su traje negro resultaba ridículo en la soleada mañana. Todo en él resultaba anticuado, como si fuera un animalito que hubiera vivido toda su vida en un agujero bajo tierra.
—¿Puedo hacer algo, sir Basil?
Mantuvo su voz normal, pero su cara reflejaba destellos misteriosos al ver el estado de lady Turton.
—Sí, Jelks. Vuelve y tráeme una sierra o algo para que pueda cortar la madera.
—¿Llamo a alguno de los hombres, sir Basil? William es un buen carpintero.
—No, lo haré yo mismo, date prisa.
Mientras esperaban a Jelks, yo me separé de allí porque no quería oír las cosas que lady Turton decía a su marido. Volví en el momento en que regresaba el mayordorno, seguido de la otra mujer, Carmen La Rosa, quien se acercó rápidamente a la anfitriona.
—¡Natalia! ¡Mi querida Natalia! ¿Qué te han hecho?
—¡Oh, cállate! —contestó la otra—. ¡Quítate de enmedio!
Sir Basil se colocó muy cerca de la cabeza de su mujer, esperando a Jelks. Este avanzaba despacio, llevando una sierra en la mano y un hacha en la otra y se paró delante de él. Le enseñó ambas herramientas para que escogiera y hubo un momento, sólo un segundo o dos, de silencio y de espera. Por casualidad miré a Jelks en ese momento. Vi que la mano que llevaba el hacha sobresalía dos centímetros más en dirección a sir Basil. Fue un movimiento tan imperceptible que nadie se dio cuenta. Adelantó la mano, lenta y secretamente, con una oferta acompañada quizá de un pequeñísimo enarcamiento de cejas.
No estoy seguro de que sir Basil lo viera, pero dudó unos instantes y, de nuevo, la mano que llevaba el hacha se extendió hacia adelante. Era exactamente igual que ese truco de las cartas, en que un hombre te dice «coge la que quieras» y siempre se coge la que él quiere.
Sir Basil cogió el hacha. Le vi acercarse a ella en actitud casi sonámbula y luego aceptarla de Jelks. Pero en el momento en que la asió entre sus manos, pareció darse cuenta de lo que se quería de él y volvió a la vida.
Para mí, después de aquello, fue como ese terrible instante en que se ve a un niño cruzando la calle en el momento en que viene un coche y lo único que se puede hacer es cerrar los ojos y esperar a que el ruido nos diga lo que ha sucedido. El momento de la espera se convierte en un lúcido período de tiempo lleno de lunares amarillos y negros, que bailan en un campo oscuro y aunque se abran los ojos y se encuentre con que nadie está herido, ni muerto, no existe ninguna diferencia, porque en nuestra imaginación sucedió así.
Yo vi este accidente, con todos sus detalles, y no abrí los ojos hasta que oí la voz de sir Basil llamando con ligera insistencia al mayordomo.
—Jelks —llamó.
Al mirar le vi, tranquilo como siempre, sosteniendo aún el hacha con las manos. La cabeza de lady Turton estaba allí también, todavía metida en el agujero, pero su rostro tenía un color gris ceniza y su boca se abría y se cerraba, emitiendo sonidos inarticulados.
—Escucha, Jelks —dijo sir Basil—. ¿En qué estabas pensando? Esto es demasiado peligroso. Dame la sierra.
Al cambiar los instrumentos, vi por primera vez colorearse las mejillas de ella y, encima, en torno a los ojos, las arrugas que se producen cuando uno sonríe.

Relatos de lo inesperado, 1979.

jueves, 2 de julio de 2020

La rama seca. Ana María Matute.

1


Apenas tenía seis años y aún no la llevaban al campo. Era por el tiempo de la siega, con un calor grande, abrasador, sobre los senderos. La dejaban en casa, cerrada con llave, y le decían:
—Que seas buena, que no alborotes: y si algo te pasara, asómate a la ventana y llama a doña Clementina.
Ella decía que sí con la cabeza. Pero nunca le ocurría nada, y se pasaba el día sentada al borde de la ventana, jugando con “Pipa”.
Doña Clementina la veía desde el huertecillo. Sus casas estaban pegadas la una a la otra, aunque la de doña Clementina era mucho más grande, y tenía, además, un huerto con un peral y dos ciruelos. Al otro lado del muro se abría el ventanuco tras el cual la niña se sentaba siempre. A veces, doña Clementina levantaba los ojos de su costura y la miraba.
—¿Qué haces, niña?
La niña tenía la carita delgada, pálida, entre las flacas trenzas de un negro mate.
—Juego con “Pipa” —decía.
Doña Clementina seguía cosiendo y no volvía a pensar en la niña. Luego, poco a poco, fue escuchando aquel raro parloteo que le llegaba de lo alto, a través de las ramas del peral. En su ventana, la pequeña de los Mediavilla se pasaba el día hablando, al parecer, con alguien.
—¿Con quién hablas, tú?
—Con “Pipa”.
Doña Clementina, día a día, se llenó de una curiosidad leve, tierna, por la niña y por “Pipa”. Doña Clementina estaba casada con don Leoncio, el médico. Don Leoncio era un hombre adusto y dado al vino, que se pasaba el día renegando de la aldea y de sus habitantes. No tenían hijos y doña Clementina estaba ya hecha a su soledad. En un principio, apenas pensaba en aquella criatura, también solitaria, que se sentaba al alféizar de la ventana. Por piedad la miraba de cuando en cuando y se aseguraba de que nada malo le ocurría. La mujer Mediavilla se lo pidió:
—Doña Clementina, ya que usted cose en el huerto por las tardes, ¿querrá echar de cuando en cuando una mirada a la ventana, por si le pasara algo a la niña? Sabe usted, es aún pequeña para llevarla a los pagos…
—Sí, mujer, nada me cuesta. Marcha sin cuidado…
Luego, poco a poco, la niña de los Mediavilla y su charloteo ininteligible, allá arriba, fueron metiéndosele pecho adentro.
—Cuando acaben con las tareas del campo y la niña vuelva a jugar en la calle, la echaré a faltar —se decía.


2


Un día, por fin, se enteró de quién era “Pipa”.


—La muñeca —explicó la niña.
—Enséñamela…
La niña levantó en su mano terrosa un objeto que doña Clementina no podía ver claramente.
—No la veo, hija. Échamela…
La niña vaciló.
—Pero luego, ¿me la devolverá?
—Claro está…
La niña le echó a “Pipa” y doña Clementina, cuando la tuvo en sus manos, se quedó pensativa. “Pipa” era simplemente una ramita seca envuelta en un trozo de percal sujeto con un cordel. Le dio la vuelta entre los dedos y miró con cierta tristeza hacia la ventana. La niña la observaba con ojos impacientes y extendía las dos manos.
—¿Me la echa, doña Clementina…?
Doña Clementina se levantó de la silla y arrojó de nuevo a “Pipa” hacia la ventana. “Pipa” pasó sobre la cabeza de la niña y entró en la oscuridad de la casa. La cabeza de la niña desapareció y al cabo de un rato asomó de nuevo, embebida en su juego.
Desde aquel día doña Clementina empezó a escucharla. La niña hablaba infatigablemente con “Pipa”.
—“Pipa”, no tengas miedo, estate quieta. ¡Ay, “Pipa”, cómo me miras! Cogeré un palo grande y le romperé la cabeza al lobo. No tengas miedo, “Pipa”… Siéntate, estate quietecita, te voy a contar, el lobo está ahora escondido en la montaña…
La niña hablaba con “Pipa” del lobo, del hombre mendigo con su saco lleno de gatos muertos, del horno del pan, de la comida. Cuando llegaba la hora de comer la niña cogía el plato que su madre le dejó tapado, al arrimo de las ascuas. Lo llevaba a la ventana y comía despacito, con su cuchara de hueso. Tenía a “Pipa” en las rodillas, y la hacía participar de su comida.
—Abre la boca, “Pipa”, que pareces tonta…
Doña Clementina la oía en silencio. La escuchaba, bebía cada una de sus palabras. Igual que escuchaba al viento sobre la hierba y entre las ramas, la algarabía de los pájaros y el rumor de la acequia.


3


Un día, la niña dejó de asomarse a la ventana. Doña Clementina le preguntó a la mujer Mediavilla:
—¿Y la pequeña?
—Ay, está delicá, sabe usted. Don Leoncio dice que le dieron las fiebres de Malta.
—No sabía nada…
Claro, ¿cómo iba a saber algo? Su marido nunca le contaba los sucesos de la aldea.
—Sí —continuó explicando la Mediavilla—. Se conoce que algún día debí dejarme la leche sin hervir… ¿sabe usted? ¡Tiene una tanto que hacer! Ya ve usted, ahora, en tanto se reponga, he de privarme de los brazos de Pascualín.
Pascualín tenía doce años y quedaba durante el día al cuidado de la niña. En realidad, Pascualín salía a la calle o se iba a robar fruta al huerto vecino, al del cura o al del alcalde. A veces, doña Clementina oía la voz de la niña que llamaba. Un día se decidió a ir, aunque sabía que su marido la regañaría.
La casa era angosta, maloliente y oscura. Junto al establo nacía una escalera, en la que se acostaban las gallinas. Subió, pisando con cuidado los escalones apolillados que crujían bajo su peso. La niña la debió oír, porque gritó:
—¡Pascualín! ¡Pascualín!
Entró en una estancia muy pequeña, a donde la claridad llegaba apenas por un ventanuco alargado. Afuera, al otro lado, debían moverse las ramas de algún árbol, porque la luz era de un verde fresco y encendido, extraño como un sueño en la oscuridad. El fajo de luz verde venía a dar contra la cabecera de la cama de hierro en que estaba la niña. Al verla, abrió más sus párpados entornados.
—Hola, pequeña —dijo doña Clementina—. ¿Qué tal estás?
La niña empezó a llorar de un modo suave y silencioso. Doña Clementina se agachó y contempló su carita amarillenta, entre las trenzas negras.
—Sabe usted —dijo la niña—, Pascualín es malo. Es un bruto. Dígale usted que me devuelva a “Pipa”, que me aburro sin “Pipa”…
Seguía llorando. Doña Clementina no estaba acostumbrada a hablar a los niños, y algo extraño agarrotaba su garganta y su corazón.
Salió de allí, en silencio, y buscó a Pascualín. Estaba sentado en la calle, con la espalda apoyada en el muro de la casa. Iba descalzo y sus piernas morenas, desnudas, brillaban al sol como dos piezas de cobre.
—Pascualín —dijo doña Clementina.
El muchacho levantó hacia ella sus ojos desconfiados. Tenía las pupilas grises y muy juntas y el cabello le crecía abundante como a una muchacha, por encima de las orejas.
—Pascualín, ¿qué hiciste de la muñeca de tu hermana? Devuélvesela.
Pascualín lanzó una blasfemia y se levantó.
—¡Anda! ¡La muñeca dice! ¡Aviaos estamos!
Dio media vuelta y se fue hacia la casa, murmurando.
Al día siguiente, doña Clementina volvió a visitar a la niña. En cuanto la vio, como si se tratara de una cómplice, la pequeña le habló de “Pipa”:
—Que me traiga a “Pipa”, dígaselo usted, que la traiga…
El llanto levantaba el pecho de la niña, le llenaba la cara de lágrimas, que caían despacio hasta la manta.
—Yo te voy a traer una muñeca, no llores.
Doña Clementina dijo a su marido, por la noche:
—Tendría que bajar a Fuenmayor, a unas compras.
—Baja —respondió el médico, con la cabeza hundida en el periódico.


4


A las seis de la mañana doña Clementina tomó el auto de línea, y a las once bajó en Fuenmayor. En Fuenmayor había tiendas, mercado, y un gran bazar llamado “El Ideal”. Doña Clementina llevaba sus pequeños ahorros envueltos en un pañuelo de seda. En “El Ideal” compró una muñeca de cabello crespo y ojos redondos y fijos, que le pareció muy hermosa. “La pequeña va a alegrarse de veras”, pensó. Le costó más cara de lo que imaginaba, pero pagó de buena gana.
Anochecía ya cuando llegó a la aldea. Subió la escalera y, algo avergonzada de sí misma, notó que su corazón latía fuerte. La mujer Mediavilla estaba ya en casa, preparando la cena. En cuanto la vio alzó las dos manos.
—¡Ay, usté, doña Clementina! ¡Válgame Dios, ya disimulará en qué trazas la recibo! ¡Quién iba a pensar…!
Cortó sus exclamaciones.
—Venía a ver a la pequeña, le traigo un juguete…
Muda de asombro la Mediavilla la hizo pasar.
—Ay, cuitada, y mira quién viene a verte…
La niña levantó la cabeza de la almohada. La llama de un candil de aceite, clavado en la pared, temblaba, amarilla.
—Mira lo que te traigo: te traigo otra “Pipa”, mucho más bonita.
Abrió la caja y la muñeca apareció, rubia y extraña.
Los ojos negros de la niña estaban llenos de una luz nueva, que casi embellecía su carita fea. Una sonrisa se le iniciaba, que se enfrió en seguida a la vista de la muñeca. Dejó caer de nuevo la cabeza en la almohada y empezó a llorar despacio y silenciosamente, como acostumbraba.
—No es “Pipa” —dijo—. No es “Pipa”.
La madre empezó a chillar:
—¡Habrase visto la tonta! ¡Habrase visto, la desagradecida! ¡Ay, por Dios, doña Clementina, no se lo tenga usted en cuenta, que esta moza nos ha salido retrasada…!
Doña Clementina parpadeó. (Todos en el pueblo sabían que era una mujer tímida y solitaria, y le tenían cierta compasión).
—No importa, mujer —dijo, con una pálida sonrisa—. No importa.
Salió. La mujer Mediavilla cogió la muñeca entre sus manos rudas, como si se tratara de una flor.
—¡Ay, madre, y qué cosa más preciosa! ¡Habrase visto la tonta ésta…!
Al día siguiente doña Clementina recogió del huerto una ramita seca y la envolvió en un retal. Subió a ver a la niña:
—Te traigo a tu “Pipa”.
La niña levantó la cabeza con la viveza del día anterior. De nuevo, la tristeza subió a sus ojos oscuros.
—No es “Pipa”.
Día a día, doña Clementina confeccionó “Pipa” tras “Pipa”, sin ningún resultado. Una gran tristeza la llenaba, y el caso llegó a oídos de don Leoncio.
—Oye, mujer: que no sepa yo de más majaderías de ésas… ¡Ya no estamos, a estas alturas, para andar siendo el hazmerreír del pueblo! Que no vuelvas a ver a esa muchacha: se va a morir, de todos modos…
—¿Se va a morir?
—Pues claro, ¡que remedio! No tienen posibilidades los Mediavilla para pensar en otra cosa… ¡Va a ser mejor para todos!


5


En efecto, apenas iniciado el otoño, la niña se murió. Doña Clementina sintió un pesar grande, allí dentro, donde un día le naciera tan tierna curiosidad por “Pipa” y su pequeña madre.


6


Fue a la primavera siguiente, ya en pleno deshielo, cuando una mañana, rebuscando en la tierra, bajo los ciruelos, apareció la ramita seca, envuelta en su pedazo de percal. Estaba quemada por la nieve, quebradiza, y el color rojo de la tela se había vuelto de un rosa desvaído. Doña Clementina tomó a “Pipa” entre sus dedos, la levantó con respeto y la miró, bajo los rayos pálidos del sol.
—Verdaderamente— se dijo—. ¡Cuánta razón tenía la pequeña! ¡Qué cara tan hermosa y triste tiene esta muñeca!

Historias de la Artámila, 1961.
 

domingo, 28 de junio de 2020

Una niña perversa. Jehanne Jean-Charles.

Esta tarde empujé a Arturo a la fuente. Cayó en ella y se puso a hacer "gluglú" con la boca, pero también gritaba y fue oído. Papá y mamá llegaron corriendo. Mamá lloraba porque creía que Arturo se había ahogado. Pero no era así. Ha venido el doctor. Arturo está ahora muy bien. Ha pedido pastel de mermelada y mamá se lo ha dado. Sin embargo, eran las siete, casi la hora de acostarse, cuando pidió pastel, y a pesar de eso mamá se lo dio. Arturo estaba muy contento y orgulloso. Todo el mundo le hacía preguntas. Mamá le preguntó cómo había podido caerse, si se había resbalado, y Arturo ha dicho que sí, que se tropezó. Es gentil que haya dicho eso, pero yo sigo detestándolo y volveré a hacerlo en la primera ocasión.
Por lo demás, si no ha dicho que lo empujé yo, quizá sea sencillamente porque sabe muy bien que a mamá la horrorizan las delaciones. El otro día, cuando le apreté el cuello con la cuerda de saltar y se fue a quejar con mamá diciendo: "Elena me ha hecho esto", mamá le ha dado una terrible palmada y le ha dicho: "¡No vuelvas a hacer una cosa así!" Y cuando llegó papá, ella se lo ha contado, y papá también se puso furioso. Arturo se quedó sin postre. Por eso comprendió. Y esta vez, como no ha dicho nada, le han dado pastel de mermelada. Me gusta enormemente el pastel de mermelada: se lo he pedido a mamá yo también, tres veces, pero ella ha puesto cara de no oírme. ¿Sospechará que yo fui la que empujó a Arturo?
Antes, yo era buena con Arturo, porque mamá y papá me festejaban tanto como a él. Cuando él tenía un auto nuevo, yo tenía una muñeca, y no le hubieran dado pastel sin darme a mí. Pero desde hace un mes, papá y mamá han cambiado completamente conmigo. Todo es para Arturo. A cada momento le hacen regalos. Con esto no mejora su carácter. Siempre ha sido un poco caprichoso, pero ahora es detestable. Sin parar está pidiendo esto y lo otro. Y mamá cede casi siempre. A decir verdad, creo que en todo un mes solo lo han regañado el día de la cuerda de saltar, y lo raro es que esta vez no era culpa suya.
Me pregunto por qué papá y mamá, que me querían tanto, han dejado de repente de interesarse en mí. Parece que ya no soy su niñita. Cuando beso a mamá, ella no sonríe. Papá tampoco. Cuando van a pasear, voy con ellos, pero continúan desinteresándose de mí. Puedo jugar junto a la fuente lo que yo quiera. Les da igual. Sólo Arturo es gentil conmigo de cuando en cuando, pero a veces se niega a jugar conmigo. Le pregunté el otro día por qué mamá se había vuelto así conmigo. Yo no quería hablarle del asunto, pero no pude evitarlo. Me ha mirado desde arriba, con ese aire burlón que toma adrede para hacerme rabiar, y me ha dicho que era porque mamá no quiere oír hablar de mí. Le dije que no era verdad. Él me dijo que sí, que había oído a mamá decirle eso a papá, y que le había dicho: "No quiero oír hablar nunca más de ella."
Ese fue el día que le apreté el cuello con la cuerda. Después de eso, yo estaba tan furiosa, a pesar de la palmada que él había recibido, que fui a su recámara y le dije que lo mataría.
Esta tarde me ha dicho que mamá, papá y él iban a ir al mar, y que yo no iría. Se rió y me hizo muecas. Entonces lo empujé a la fuente.
Ahora duerme, y papá y mamá también. Dentro de un momento iré a su recámara y esta vez no tendrá tiempo de gritar, tengo la cuerda de saltar en las manos. Él la olvidó en el jardín y yo la tomé.
Con esto se verán obligados a ir al mar sin él. Y luego me iré a acostar sola, al fondo de ese maldito jardín, en esa horrible caja blanca donde me obligan a dormir desde hace un mes.

 

sábado, 27 de junio de 2020

El partido de fútbol. Francisco García Pavón.

El primer partido de fútbol que vi fue aquel al que me llevaron el día que bautizaron a mi primo, cuando me daba el sol en los ojos. Pero ése no vale. No vi el fútbol bien hasta que me llevó papá desde el Casino con otros amigos suyos y nos sentamos en preferencia.
A los toros se iba por la calle de la Feria y al fútbol por la calle del Monte. A los toros se iba detrás de la Banda Municipal, con velocidad de pasodoble; al fútbol, como dándose un paseo tranquilo.
Hacía mucho sol. Pasó un coche cargado de señoritas… Laurita, la tía y ésas, que nos saludaron con mucha algarabía.
A los toreros los llevaban vestidos, en coche. Van pálidos, con la cara seria. Los futbolistas —esto me sorprendió— iban de paisano, sin corbata, a pie, seguidos sólo de algunos chiquillos. Piñero, el pescadero, que era el gran delantero centro, iba en bicicleta de carrera por medio de las eras. Ricardo y Blas, que eran señoritos, en automóvil.
La gente iba a los toros congestionada, con los ojos bailando, buscando grandes sangres. Con vino y merienda… Al fútbol iban así como a tomar el sol, con idea de ir luego al cine… «por matar el tiempo». Eran grupos desleídos, calle del Monte arriba, sin mujeres, sin mantones, ni coches, ni caballos. (Cuando no se emplean caballos para ir a las casas, todo es aburrido, ésa es la verdad).
El fútbol hace bostezar a los sanguíneos porque no había caballos. ¿Qué iban a hacer los caballos en el fútbol, si eran hombres los que trotaban? Tampoco había heroica bandera nacional, como en los toros. Y es que, como decía el señor veterinario, que era reaccionario, «el fútbol es natural de los ingleses, que gustan de cansarse corriendo detrás de las cosas inútiles y sin argumento». Los españoles prefieren los toros porque en ellos hay algo «práctico», hay drama.
Ya en el campo, nos sentamos en preferencia, que era primera fila a la sombra, como si fueran palcos de teatro. Detrás de nosotros estaban las gradas (clase media, honrado comercio y empleomanía). Enfrente, en general, al sol, la gente de la calle o vulgo, enracimados, detenidos por los palos que les apretaban la barriga. Era gente que daba lástima, siempre voceando, agarrada a aquellas maderas. Y como condenados, mentaban a cada nada a las madres de los «visitantes».
Me gustó mucho cuando salieron al campo, corriendo en hilera, los dos grandes equipos manchegos. El nuestro, merengue, y el Manzanares, de colorines. Salían con los puños en el pecho, a paso gimnástico, los calcetines muy gordos y los uniformes muy limpios… Parecía que todos tenían las rodillas de madera, menos el portero, que llevaba en ellas unas fajillas… y en la cabeza una gorra de visera. Las botas también parecían de madera, sin desbastar.
En el palco de al lado estaban Laurita, la tía y ésas, que reían mucho y hablaban de que algunos futbolistas eran muy peludos.
También fue bonito cuando echaron la moneda al aire y se dieron la mano. Y la hermana de Pablo, la guapa de la perfumería, le dio una patadita al balón y reía mucho. Le dieron flores y vino tan contenta. (La masa o plebe le dijo muchas cosas de sus cachos y no sé si de sus mamas o mamás, que no entendí). Tocó el pito uno con traje negro —árbitro o refrer, no lo sé bien— y empezó la función, que consistía en correr todos para allá detrás de la pelota. Y de pronto todos para acá. Sólo se miraba hacia un costado del campo cuando había saque de línea, que es muy bonito, porque el que saca hace como si se estirase muchísimo y echa el balón a la cabeza de un camarada.
Sobre nuestras cabezas pasaban las voces de la gente, que parecía mandar mucho sobre los jugadores, aunque éstos yo creo que no hacían caso.
—¡Montero, corre la línea!
—¡Ricardo, que es tuya!
—¡Arréale!
Como corrían para allá y luego para acá, el público lo que tenía que hacer era lo mismo: volver la cabeza para acá y para allá. Y daba gusto verlos a todos como si fueran soldados: «vista a la derecha, vista a la izquierda». Y muchos le daban así a la cabeza mil veces, sin dejar de comer cacahuetes, como monos locos, que masticaban, escupían y siempre se arrepentían de mirar hacia donde estaban mirando.
A los porteros se les veía metidos en el marco grande, como figurillas de un cuadro descomunal, agachados, con las manos en los muslos, mirando los cuarenta pies que corrían detrás del balón…, que es una pelota cubierta con piel de zapato con cordones y todo.
El de negro —árbitro o refrer— corría también para uno y otro lado, pero con carreras muy cortas, sin fuerza. Toda su potencia estaba en el silbato, que cuando se enfadaba por algo lo tocaba muy de prisa y muy fuerte. Y cuando estaba contento daba unas pitadas largas y melancólicas. Cuando pitaba muchísimo y levantaba los brazos porque no le hacían caso, la plebe o vulgo de sol le decía los máximos tacos del diccionario: el que empieza por C, el que empieza por M y el otro de la madre.
Los que me parecieron más inútiles fueron los jueces de línea, que estaban la tarde entera corriendo el campo, sin hacer otra cosa que levantar la banderita cuando la pelota se sale, como si los jugadores no se dieran cuenta de que no había pelota tras la que correr.
Cuando jugaban cerca de nosotros —sombra, sillas de preferencia, señoritos—, se oían muy bien los punterazos que daban al balón, el resollar de los jugadores y el rascar de las botas sobre la arena y, sobre todo, lo que decían:
—¡Aquí, aquí, Muñoz!
—¡Centra!
—¡Maldita sea!
Al final del primer acto los jugadores parecían muy cansados. Llevaban los uniformes empapados en sudor, con refregones de tierra. Unos cojeaban, otros masticaban limón, otros llevaban pañuelos en la frente, y todos las greñas sobre los ojos. Tenían aire de animales muy fatigados, que no miraban a nadie, e iban como hipnotizados, como caballos de noria tras el balón, que parecía pesar más, trazaba curvas más cortas y, sobre todo, se iba fuera a cada instante.
Cuando se hacía gol, y se hizo muchas veces —no me acuerdo quién ganó—, los futbolistas del equipo que metía el gol se abrazaban fuertemente, como si fuera la primera vez que les ocurría aquello en la vida. Los que recibían el gol no se abrazaban, sino que volvían a su línea con la cabeza reclinada y dándole pataditas a las chinas, muy contrariados.
Al acabar el primer acto, todos iban a la caseta descuajaringados, y les daban gaseosas, y se echaban agua, y resollaban.
Todos los hinchas y directivos iban a la caseta, así como el cronista local, Penalty, para mirar a «los chicos», que no hablaban, que sólo hacían que mirar con ojos de carnero y tomar gaseosa.
El segundo acto fue muy aburrido. Todo el mundo estaba ya cansado de mirar a un lado y a otro. El balón, sin fuerza, iba y venía a poca altura; a veces se quedaba solo, se iba fuera y así todo el tiempo.
Los espectadores hablaban más entre ellos, contaban chistes. Los de mi palco hablaban con la tía, Laurita y ésas; les daban caramelos y reían mucho. Y hablaban de ir al cine o hacer baile en una casa, que era lo bueno.
Cuando se puso el sol, los de general parecían más pacíficos.
El árbitro casi no se movía: se limitaba a pitar. A veces hacía unas pitadas largas, tristísimas, como las de las locomotoras a media noche.
Lo único impresionante de aquel segundo acto fue el penalty. Dejaron al pobre portero solo, destapado, y un enemigo, desde muy cerca, le dio una patada tan fuerte al balón, que el pobre portero seguía esperando el tiro cuando ya hacía mucho rato que el esférico descansaba en el fondo de la red. El portero se enfadó mucho y tiró la gorra contra el suelo y echó el balón al centro del campo de mala gana.
Yo estaba tan aburrido, que empecé a pensar en mis cosas: en el colegio, en Palmira, en los bigotes del general Berenguer, que vi en la portada de Crónica —«Un general que va a deshacer lo que hizo el otro general», que dijo mi abuelo—, y el Somatén, que ya no iba a desfilar más por las calles, según me dijeron… También pensaba en no volver al fútbol más en mi vida, porque no le veía argumento.
Cuando salimos, casi anochecía. Hacía fresco. La tía, Laurita y ésas habían decidido no ir a ver la segunda jornada de «Fanfán Rosales» e irse a bailar a la sala del piano de casa del abuelo.
La gente salía con ganas de andar. Los jugadores, derrengados, iban sin corbata, muy colorados. El jugador que cayó al suelo y empezó a retorcerse mucho con las manos en semejante parte y que hizo reír tanto a las señoritas, a pesar de que decían: «¡Qué pena!», salió cojeando, hecho una lástima.
En el automóvil tuvimos que ir muy despacio entre el gran gentío que caminaba con las manos en los bolsillos. Emilita, la hermana de Pablo, repartió las flores del ramo que le dio el capitán entre los hombres, y a mí me dio un beso. Dijo que eso era a mí solo. «Vosotros, claveles, claveles».
A mis amigos del colegio, los que eran tan aficionados al fútbol, los pasamos con el automóvil. Iban tan ofuscados, que no me vieron. Hablaban todos a la vez, y Manolín, delante del grupo, imitaba a un jugador en no sé qué pase… Aunque los llamé, no me oyeron, que así eran de aficionados.
Cuando llegué a casa, rendido, me llevé la gran sorpresa de que el abuelo había vuelto de Valencia y me estaba esperando con un mecano que me había comprado en la plaza de Castelar. Como tardaba, se había hecho ya un puente colgante con muchas varetas rojas y verdes.
Me dieron de merendar y me puse a jugar con el mecano, mientras el abuelo explicaba a papá que en Valencia se respiraba república por todas partes y que en casa de Llavador había visto bordar a las «chiquetas» una bandera tricolor.

Cuentos republicanos. 1961.
 

viernes, 26 de junio de 2020

Facundo. Ricardo Güiraldes.

Traspuestas las penurias del viaje, cayó al campamento una noche de invierno agudo.
Era un inconsciente de veinte años, proyecto tal vez de caudillo; impetuoso, sin temores e insolente, ante toda autoridad. De esos hombres nacían a diario en aquella época, encargados luego de eliminarse entre ellos, limpiando el campo a la ambición del más fuerte.
Apersonado al jefe, mostró la carta de presentación. Cambiaron cordiales recuerdos de amistad familiar y Quiroga recibió a su nuevo ayudante con hospitalidad de verdadero gaucho.
Concluida la cena, al ir y venir del asistente cebador, el mocito recordó cosas de su vivir ciudadano. Atropellos y bufonadas sangrientas, que aplaudía con meneos de cabeza el patilludo Tigre.
Contó también cómo se llenaba de plata merced a su habilidad para trampear en el monte.
El Tigre pareció de pronto hostil:
-¡Jugará con sonsos!
Insolente, el mocito respondía:
-No siempre, general..., y pa probarle, le jugaría una partidita a trampa limpia.
Quiroga accedió.
Los naipes obedecían dóciles, y el Tigre perdía sin pillar falta. En su gloria, el joven, besaba de vez en cuando el gollete de un porrón medianero, y no olvidaba chiste, entre los lucidos fraseos de barajar.
Inesperadamente, Quiroga se puso en pie.
-Bueno amigo, me ha ganao todo.
Recién el mozo miró hacia el montón, escamoso, de pesos fuertes, que plateaba delante suyo.
El general se retiraba.
Entonces, un horrible terror desvencijó la audacia del ganador. Las leyendas brutales ensombrecieron la estampa, hirsuta, del melenudo.
-¡General, le doy desquite!
-Vaya, amigo, vaya, que podría perder lo ganado y algo encima...
-No le hace, general; es justo que también usted talle.
-¿Se empeña?
-¿Cómo ha de ser?
Las mandíbulas le castañeteaban de miedo.
Quiroga arremangó la baraja, que chasqueó en sus dedos toscos.
-¡Bueno, mis estribos contra cien pesos!
Y mandó al asistente traer las prendas.
Facundo comenzó a recuperar; cuando igualaron pesos, sonrió diciendo al huésped:
-Bueno, amigo, a recoger, y hasta mañana.
Pero el mocito, queriendo apaciguar al que creía herido, había de cinchar hacia su desgracia. Balbuceó estúpidas excusas de terror.
Facundo volvió a sentarse, con esta advertencia:
-No culpe sino a su empeño lo que suceda... al hombre sonso la espina'el peje... voy a jugarle hasta lo último, ya que así quiere... Si gana, ensille al amanecer, y no cruce más mi camino...; si pierde, ha de ser más de lo que usted cree.
-¿Y es, mi general?
-¡Bah!, cualquier cosa.
Volvió a fallar el naipe inconsciente.
Quiroga trampeaba con descaro ante la pasividad del contrario, que miraba, como al través del delirio, la figura irreal, agrandada de leyenda.
Cuando el último peso fue suyo, llamó al asistente, ordenándole con una seña explicativa:
-Llévelo a dormir al mocito... y que descanse mucho, ¿no?
El muchacho quiso arrojarse de rodillas e intentar súplicas, pero Quiroga, indiferente, juntaba las barajas, y el asistente era más fuerte.


Cuentos de muerte y de sangre, 1915.