viernes, 8 de diciembre de 2023

El cuchillo. Enrique Anderson Imbert.

Hoy, al revolver el baúl del desván, mis manos tropezaron otra vez con el cuchillo. Es viejo. Lo he visto infinidad de veces desde mi infancia. Según me dijeron, vino de Japón junto con otras cosas que dejó mi abuelo al suicidarse. Ya no sirve para nada y me pregunto si alguna vez sirvió para algo: más bien parece un cuchillo de puro adorno o vaya uno a saber para qué fútil ceremonia. A mí no me sirve ni como cortapapeles pues la hoja es demasiado larga y en curva. ¿Para qué lo conservo? La verdad es que no soy yo quien lo conserva: él se conserva solo. Simplemente está ahí, se queda ahí. Hoy, al tropezar con él, he pensado en arrojarlo. Pero ¡qué resistencia! No lo puedo poner de patitas en la calle. Se prende a mi vida, con fuerza. Se quedará conmigo, ya lo veo, hasta el final. Donde voy, va él, entre los muebles de la mudanza. Por lo visto no tiene otro sitio adonde ir y permanece a mi lado. No nos decimos nada. Solo tenemos de común el tiempo que pasamos juntos. Inútil: inútil mi voluntad de arrojar el cuchillo a la basura. ¿Qué querrá? Empiezo a preocuparme. Al empuñarlo me tira de la mano y su hoja me toca el vientre.

El gato de Cheshire. 1965.

jueves, 7 de diciembre de 2023

Pizarnik. Víctor Balcells Matas.

Y tú me hablabas de las cebollas que teníamos que comprar, de lo caro que era el autobús hasta Barcelona; y tú me hablabas de la suciedad de los mendigos, tan inconstitucional, de esa manía que tenían en las tiendas de abusar del aire acondicionado. Y yo sólo te hablé una vez, citando a Pizarnik. Cómo decir con palabras de este mundo que partió de mí un barco llevándome, te dije. Y en ese momento una chica que caminaba delante de nosotros se giró y me dijo: ¡Es un verso de Pizarnik!; y sin decir nada más siguió caminando y tomó otra calle, a la derecha o a la izquierda, no lo sé, pero quizá hubiera sido importante prestar atención a ese detalle, saber hacia dónde fue, pienso ahora, cuando levanto la cabeza -hubiera sido importante- y te veo tumbada en el sofá, sabiendo que quizá no me odies, pero que yo ya te doy igual. 

Yo mataré monstruos por ti. 2010.

miércoles, 6 de diciembre de 2023

Homo Sapiens. Lilian Elphick.

Aquella mañana, luego de un apacible sueño de amapolas, Gregorio despertó convertido en un horrible ser humano. Estaba en posición decúbito prono, arriba de un armatoste y cubierto por un lienzo blanco. Sintió tres golpes en la puerta y la suave voz de una mujer: -K, el desayuno está listo. Intentó bajar, pero se fue de bruces al suelo. Miró con pavor sus extremidades inferiores y las superiores, que terminaban en cinco alas pequeñas, desnudas. Se irguió con dificultad y al segundo tuvo que apoyarse, mareado y asustado. La mujer hacía preguntas que no pudo contestar. Entonces, abrió la ventana y el sol cegó sus ojos. Batió las diez alas con vigor y voló donde nadie jamás pudiera encontrarlo.

Imagen: ilustración de Luis Scafati. Kafka como Gregor Samsa. 

domingo, 3 de diciembre de 2023

Donde habitan las luciérnagas. Judith Priay.

Una vez al año, en la única noche que tenemos permitido salir de nuestro hogar, toda la familia nos vamos de excursión al pantano en el que viven las luciérnagas. El primer año se asustaron de nuestra presencia y dejaron de brillar. Ahora, sin embargo, ya se han acostumbrado e incluso lo iluminan todo con más fuerza, creando un baile perfecto durante horas. Así, su luz se entremezcla con las sombras de la noche, con la luz de las estrellas, con la naturaleza agreste libre de la acción del hombre y con nosotros que las contemplamos boquiabiertos. Al amanecer, cuando ellas se van, nosotros lo hacemos también, soñando con que al año que viene volveremos a verlas. Porque, incluso a los que ya solo somos retazos de oscuridad bajo tierra, nos gusta recordar que en algún lugar la luz sigue existiendo.

sábado, 2 de diciembre de 2023

La cosa maldita. Ambrose Bierce.

I. No siempre se come lo que está sobre la mesa.


A la luz de una vela de sebo en un extremo de la rústica mesa, un hombre leía un libro. Era un viejo libro de cuentas muy usado y, al parecer, su escritura no era demasiado legible porque a veces el hombre acercaba el libro a la vela para ver mejor. En esos momentos la mitad de la habitación quedaba en sombra y sólo era posible entrever unos rostros borrosos, los de los ocho hombres que estaban con el lector. Siete de ellos se hallaban sentados, inmóviles y en silencio, junto a las paredes de troncos rugosos y, dada la pequeñez del cuarto, a corta distancia de la mesa. De haber extendido un brazo, cualquiera de ellos habría rozado al octavo hombre que, tendido boca arriba sobre la mesa, con los brazos pegados a los costados, estaba parcialmente cubierto con una sábana. Era un muerto.
El hombre del libro leía en voz baja. Excepto el cadáver, todos parecían esperar que algo sucediera. Una serie de extraños ruidos de desolación nocturna penetraba por la abertura que hacía de ventana: el largo aullido innombrable de un coyote lejano; la incesante vibración de los insectos en los árboles; los gritos extraños de las aves nocturnas, tan diferentes del canto de los pájaros durante el día; el zumbido de los grandes escarabajos que vuelan desordenadamente, y todo ese coro indescifrable de leves sonidos que, cuando de golpe se interrumpe, creemos haber escuchado sólo a medias, con la sospecha de haber sido indiscretos. Pero nada de esto era advertido en aquella reunión; sus miembros, según se apreciaba en sus rostros hoscos con aquella débil luz, no parecían muy partidarios de fijar la atención en cosas superfluas.
Sin duda alguna eran hombres de la vecindad; granjeros y leñadores.
El que leía era un poco diferente; tenía algo de hombre de mundo, sagaz, aunque su indumentaria revelaba una cierta relación con los demás. Su ropa apenas habría resultado aceptable en San Francisco; su calzado no era el típico de la ciudad, y el sombrero que había en el suelo a su lado (era el único que no lo llevaba puesto) no podía ser considerado un adorno personal sin perder todo su sentido. Tenía un semblante agradable, aunque mostraba una cierta severidad aceptada y cuidada en función de su cargo. Era el juez, y como tal se hallaba en posesión del libro que había sido encontrado entre los efectos personales del muerto, en la misma cabaña en que se desarrollaba la investigación.
Cuando terminó su lectura se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. En ese momento, la puerta se abrió y entró un joven. Se notaba claramente que no había nacido ni se había educado en la montaña: iba vestido como la gente de la ciudad. Su ropa, sin embargo, estaba llena de polvo, ya que había galopado mucho para asistir a aquella reunión.
Solamente el juez le hizo un breve saludo.
—Lo esperábamos —dijo—. Es necesario acabar con este asunto esta misma noche.
—Lamento haberlos hecho esperar —dijo el joven, sonriendo—. Me marché, no para eludir su citación, sino para enviar a mi periódico un relato de los hechos como el que supongo quiere usted oír de mí.
El juez sonrió.
—Ese relato tal vez difiera del que va a hacernos aquí bajo juramento.
—Como usted guste —replicó el joven enrojeciendo con vehemencia—. Aquí tengo una copia de la información que envié a mi periódico. No se trata de una crónica, que resultaría increíble, sino de una especie de cuento. Quisiera que formara parte de mi testimonio.
—Pero usted dice que es increíble.
—Eso no es asunto suyo, señor juez; si yo juro que es cierto.
El juez permaneció en silencio durante un rato, con la cabeza inclinada. El resto de los asistentes charlaba en voz baja sin apartar la mirada del rostro del cadáver. Al cabo de unos instantes el juez alzó la vista y dijo:
—Procedamos con la investigación.
Los hombres se quitaron los sombreros y el joven prestó juramento.
—¿Cuál es su nombre? —le preguntó el juez.
—William Harker.
—¿Edad?
—Veintisiete años.
—¿Conocía usted al difunto Hugh Morgan?
—Sí.
—¿Estaba usted con él cuando murió?
—Sí, muy cerca.
—Y ¿cómo se explica...? su presencia, quiero decir.
—Había venido a visitarlo para ir a cazar y a pescar. Además, también quería estudiar su tipo de vida, tan extraña y taciturna. Parecía un buen modelo para un personaje de novela. A veces escribo cuentos.
—Y yo a veces los leo.
—Gracias.
—Cuentos en general, no me refería sólo a los suyos.
Algunos de los presentes se echaron a reír.
En un ambiente sombrío el humor se aprecia mejor. Los soldados ríen con facilidad en los intervalos de la batalla, y un chiste en la capilla mortuoria, sorprendentemente, suele hacernos reír.
—Cuéntenos las circunstancias de la muerte de este hombre —dijo el juez—. Puede utilizar todas las notas o apuntes que desee.
El joven comprendió. Sacó un manuscrito del bolsillo de su chaqueta y, tras acercarlo a la vela, pasó las páginas hasta encontrar el pasaje que buscaba. Entonces empezó a leer.


II. Lo que puede suceder en un campo de avena.


...apenas había amanecido cuando abandonamos la casa. Íbamos en busca de codornices, cada uno con su escopeta, y nos acompañaba un perro. Morgan dijo que la mejor zona estaba detrás de un cerro, que señaló, y que cruzamos por un sendero rodeado de arbustos. Al otro lado el terreno era bastante llano y cubierto de avena silvestre. Cuando salimos de la maleza, Morgan iba unas cuantas yardas por delante de mí. De repente oímos, muy cerca, a nuestra derecha y también enfrente, el ruido de un animal que se revolvía con violencia entre unas matas.
—Es un ciervo —dije—. Ojalá hubiéramos traído un rifle.
Morgan, que se había parado a examinar los arbustos, no dijo nada, pero había cargado los dos cañones de su escopeta y se disponía a disparar. Parecía algo excitado y esto me sorprendió, pues era célebre por su sangre fría, incluso en momentos de súbito e inminente peligro.
—Ven —dije—. No esperarás acabar con un ciervo a base de perdigones, ¿verdad?
No contestó, pero cuando se volvió hacia mí vi su rostro y quedé impresionado por su expresión tensa, alarmada. Comprendí entonces que algo serio ocurría, y lo primero que intuí fue que nos habíamos topado con un oso. Colgué mi escopeta y avancé hasta donde estaba Morgan.
Los arbustos ya no se movían y el ruido había cesado, pero mi amigo observaba el lugar con la misma atención.
—Pero ¿qué pasa? ¿Qué diablos es? —le pregunté.
—¡Esa cosa maldita! —contestó sin volverse.
Su voz sonaba ronca y extraña. Estaba temblando.
Iba a decir algo cuando vi que la avena que había en torno al lugar se movía de un modo inexplicable. No sé cómo describirlo. Era como si, empujada por una ráfaga de viento, no sólo se cimbreara sino que se tronchaba y no volvía a enderezarse; y aquel movimiento se acercaba lentamente hacia nosotros.
Aunque no recuerdo haber pasado miedo, nada antes me había afectado de un modo tan extraño como aquel fenómeno insólito e inenarrable. Recuerdo (y lo comento porque me vino entonces a la memoria) que una vez, al mirar distraídamente por una ventana, confundí un cercano arbolito con otro de un grupo de árboles, mucho más grandes, que estaban más lejos. Parecía del mismo tamaño que éstos, pero al estar más clara y marcadamente definido en sus detalles, no armonizaba con el resto. Fue un simple error de perspectiva pero me sobresaltó y llegó incluso a aterrorizarme.
Confiamos tanto en el buen funcionamiento de las leyes naturales que su suspensión aparente nos parece una amenaza para nuestra seguridad, un aviso de alguna calamidad inconcebible. Del mismo modo, aquel movimiento de la maleza, al parecer sin causa, y su aproximación lenta e inexorable resultaban inquietantes. Mi compañero estaba realmente asustado; apenas pude dar crédito a mis ojos cuando le vi arrimarse la escopeta al hombro y vaciar los dos cañones contra el cereal en movimiento. Antes de que el humo de la descarga hubiera desaparecido oí un grito feroz -un alarido como el de una bestia salvaje- y vi que Morgan tiraba su escopeta y, a todo correr, desaparecía de aquel lugar. En ese mismo instante fui arrojado al suelo por el impacto de algo que el humo ocultaba, una sustancia blanda y pesada que me embistió con gran fuerza.
Cuando me puse de pie y recuperé mi escopeta, que me había sido arrebatada de las manos, oí a Morgan gritar como si agonizara. A sus gritos se unían aullidos feroces, como cuando dos perros luchan entre sí. Completamente aterrorizado, me incorporé con gran dificultad y dirigí la vista hacia el lugar por el que mi amigo había desaparecido. ¡Que Dios me libre de otro espectáculo como aquél! Morgan estaba a unas treinta yardas; tenía una rodilla en tierra, la cabeza, con su largo cabello revuelto, descoyuntada espantosamente hacia atrás, y era presa de unas convulsiones que zarandeaban todo su cuerpo. Su brazo derecho estaba levantado y, por lo que pude ver, había perdido la mano. Al menos yo no la veía. El otro brazo había desaparecido. A veces, tal como ahora recuerdo aquella escena extraordinaria, no podía distinguir más que una parte de su cuerpo; era como si hubiera sido parcialmente borrado (ya sé, es extraño, pero no sé expresarlo de otra forma) y al cambiar de posición volviera a apreciarse de nuevo en su totalidad.
Debió de ocurrir todo en unos pocos segundos, durante los cuales Morgan adoptó todas las posturas posibles del obstinado luchador que es derrotado por un peso y una fuerza superiores. Yo sólo lo veía a él y no siempre con claridad. Durante el incidente soltaba gritos y profería maldiciones acompañadas de unos rugidos furiosos como nunca antes había oído salir de la garganta de un hombre o una bestia.
Permanecí en pie por un momento sin saber qué hacer, hasta que decidí tirar la escopeta y correr en ayuda de mi amigo. Creí que estaba sufriendo un ataque o una especie de colapso. Antes de llegar a su lado, lo vi caer y quedar inerte. Los ruidos habían cesado pero volví a ver, con un sentimiento de terror como jamás había experimentado, el misterioso movimiento de la avena que se extendía desde la zona pisoteada en torno al cuerpo de Morgan hacia los límites del bosque. Sólo cuando hubo alcanzado los primeros árboles, aparté la vista de aquel insólito fenómeno y miré a mi compañero. Estaba muerto.


III. Un hombre desnudo puede estar hecho jirones.


El juez se levantó y se acercó al muerto. Tiró de un extremo de la sábana y dejó el cuerpo al descubierto. Estaba desnudo y, a la luz de la vela, mostraba un color amarillento. Presentaba unos grandes hematomas de un azul oscuro, causados sin duda alguna por las contusiones, y parecía que lo habían golpeado en el pecho y los costados con un garrote. Había unas horribles heridas y tenía la piel desgarrada, hecha jirones.
El juez llegó hasta el extremo de la mesa y desató el nudo que sujetaba un pañuelo de seda por debajo de la barbilla hasta la parte superior de la cabeza. Al retirarlo vimos lo que tenía en la garganta. Los miembros del jurado que se habían levantado para ver mejor lamentaron su curiosidad y volvieron la cabeza. El joven Harker fue hacia la ventana abierta y se inclinó sobre el alféizar, a punto de vomitar. Después de cubrir de nuevo la garganta del muerto, el juez se dirigió a un rincón de la habitación en el que había un montón de prendas. Empezó a coger una por una y a examinarlas mientras las sostenía en alto.
Estaban destrozadas y rígidas por la sangre seca. El resto de los presentes prefirió no hacer un examen más exhaustivo. A decir verdad, ya habían visto este tipo de cosas antes. Lo único que les resultaba nuevo era el testimonio de Harker.
—Señores -dijo el juez—, estas son todas las pruebas que tenemos. Ya saben su cometido; si no tienen nada que preguntar, pueden salir a deliberar.
El presidente del jurado, un hombre de unos sesenta años, alto, con barba y toscamente vestido, se levantó y dijo:
—Quisiera hacer una pregunta, señor. ¿De qué manicomio se ha escapado este último testigo?
—Señor Harker —dijo el juez con tono grave y tranquilo—; ¿de qué manicomio se ha escapado usted?
Harker enrojeció de nuevo pero no contestó, y los siete individuos se levantaron y abandonaron solemnemente la cabaña uno tras otro.
—Si ha terminado ya de insultarme, señor —dijo Harker tan pronto como se quedó a solas con el juez—, supongo que puedo marcharme, ¿no es así?
—En efecto.
Harker avanzó hacia la puerta y se detuvo con la mano en el picaporte. Su sentido profesional era más fuerte que su amor propio. Se volvió y dijo:
—Ese libro que tiene ahí es el diario de Morgan, ¿verdad?. Debe de ser muy interesante porque mientras prestaba mi testimonio no dejaba de leerlo. ¿Puedo verlo? Al público le gustaría...
—Este libro tiene poco que añadir a nuestro asunto —contestó el juez mientras se lo guardaba—, todas las anotaciones son anteriores a la muerte de su autor.
Al salir Harker, el jurado volvió a entrar y permaneció en pie en torno a la mesa en la que el cadáver, cubierto de nuevo, se perfilaba claramente bajo la sábana. El presidente se sentó cerca de la vela, sacó del bolsillo lápiz y papel y redactó laboriosamente el siguiente veredicto, que fue firmado, con más o menos esfuerzo, por el resto:
—Nosotros, el jurado, consideramos que el difunto encontró la muerte al ser atacado por un puma, aunque alguno cree que sufrió un colapso.


IV. Una explicación desde la tumba.


En el diario del difunto Hugh Morgan hay ciertos apuntes interesantes que pueden tener valor científico. En la investigación que se desarrolló junto a su cuerpo el libro no fue citado como prueba porque el juez consideró que podría haber confundido a los miembros del jurado. La fecha del primero de los apuntes mencionados no puede apreciarse con claridad por estar rota la parte superior de la hoja correspondiente; el resto expone lo siguiente:
...corría describiendo un semicírculo, con la cabeza vuelta hacia el centro, y de pronto se detenía y ladraba furiosamente. Al final echó a correr hacia el bosque a gran velocidad. En un principio pensé que se había vuelto loco, pero al volver a casa no encontré otro cambio en su conducta que no fuera el lógico del miedo al castigo.
¿Puede un perro ver con la nariz? ¿Es que los olores impresionan algún centro cerebral con imágenes de las cosas que los producen?


2 sep:
Anoche, mientras miraba las estrellas en lo alto del cerco que hay al este de la casa, vi cómo desaparecían sucesivamente, de izquierda a derecha. Se apagaban una a una por un instante, y en ocasiones unas pocas a la vez, pero todas las que estaban a un grado o dos por encima del cerco se eclipsaban totalmente. Fue como si algo se interpusiera entre ellas y yo, pero no conseguí verlo pues las estrellas no emitían suficiente luz para delimitar su contorno. ¡Uf! Esto no me gusta nada...»


Faltan tres hojas con los apuntes correspondientes a varias semanas.


27 sep:
Ha estado por aquí de nuevo. Todos los días encuentro pruebas de su presencia. Me he pasado la noche otra vez vigilando en el mismo puesto, con la escopeta cargada. Por la mañana sus huellas, aún frescas, estaban allí, como siempre. Podría jurar que no me quedé dormido ni un momento -en realidad apenas duermo. ¡Es terrible, insoportable! Si todas estas asombrosas experiencias son reales, voy a perder la razón; y si son pura imaginación, es que ya la perdí.
3 oct:
No me iré, no me echará de aquí. Esta es mi casa y mi tierra. Dios aborrece a los cobardes...


5 oct:
No puedo soportarlo más. He invitado a Harker a pasar unas semanas. Él tiene la cabeza en su sitio. Por su actitud podré juzgar si me cree loco.


7 oct:
Ya encontré la solución al misterio. Anoche la descubrí de repente, como por revelación. ¡Qué simple, qué horriblemente simple!»
Hay sonidos que no podemos oír. A ambos extremos de la escala hay notas que no hacen vibrar ese instrumento imperfecto que es el oído humano. Son muy agudas o muy graves. He visto cómo una bandada de mirlos ocupan la copa de un árbol, de varios árboles, y cantan todos a la vez. De repente, y al mismo tiempo, todos se lanzan al aire y emprenden el vuelo. ¿Cómo pueden hacerlo si no se ven unos a otros? Es imposible que vean el movimiento de un jefe. Deben de tener una señal de aviso o una orden, de un tono superior al estrépito de sus trinos, que es inaudible para mí. He observado también el mismo vuelo simultáneo cuando todos estaban en silencio, no sólo entre mirlos, sino también entre otras aves como las perdices, cuando están muy distanciadas entre los matorrales, incluso en pendientes opuestas de una colina.
Los marineros saben que un grupo de ballenas que se calienta al sol o juguetea sobre la superficie del océano, separadas por millas de distancia, se zambullen al mismo tiempo y desaparecen en un momento. La señal es emitida en un tono demasiado grave para el oído del marinero que está en el palo mayor o el de sus compañeros en cubierta, que sienten la vibración en el barco como las piedras de una catedral se conmueven con el bajo del órgano.
Y lo que pasa con los sonidos, ocurre también con los colores. A cada extremo del espectro luminoso el químico detecta la presencia de los llamados rayos 'actínicos'. Representan colores —colores integrales en la composición de la luz— que somos incapaces de reconocer. El ojo humano también es un instrumento imperfecto y su alcance llega sólo a unas pocas octavas de la verdadera 'escala cromática'. No estoy loco; lo que ocurre es que hay colores que no podemos ver.»
Y, Dios me ampare, ¡La Cosa Maldita es de uno de esos colores!

miércoles, 22 de noviembre de 2023

Derechos animales. Ana María Shua.

En la segunda parte del siglo XX, la creciente defensa de los derechos de los animales afectó gravemente al circo tradicional. En 1982 el pequeño circo Fallon, de los Estados Unidos, fue acusado de hambrear y martirizar a sus animales, a los que se exhibía en jaulas tan sucias como estrechas y se azotaba sin piedad en cada función, para diversión y escándalo de los espectadores. El fiscal levantó la acusación cuando se comprobó que los damnificados eran en todos los casos actores disfrazados.


 

martes, 21 de noviembre de 2023

La época de los poetas menores se acerca. Charles Simic.

La época de los poetas menores se acerca. Adiós Whitman, Dickinson, Frost. Bienvenido tú, cuya fama no irá más allá de tu familia más cercana y de quizás uno o dos buenos amigos reunidos después de la cena alrededor de una jarra de intenso vino tinto… mientras los niños se quedan dormidos, quejándose del ruido que haces al buscar en el armario tus viejos poemas, temeroso de que tu mujer los haya tirado en la última limpieza de primavera. Está nevando, dice alguien que se ha asomado a la oscuridad de la noche, y que se vuelve hacia ti cuando te preparas para leer, solemne y enrojecido, el largo poema de amor cuya estrofa final (que no conoces) está irremediablemente perdida.
A la manera de Aleksander Ristovic

El mundo no se acaba, 1990.