Era una mujer que tuvo dos hijos gemelos y unidos a lo largo de todo el costado.
—No podrán vivir—dijo un doctor
—No podrán vivir—dijo el otro, quedando desahuciados los nuevos hermanos siameses.
Sin embargo, un hombre con fantasía y suficiencia, que se enteró del caso, dijo:
—Podrán vivir… Pero es menester que no se amen, sino que, por el contrario, se odien, se detesten.
Y dedicándose a la tarea de curarlos, les enseñó la envidia, el rencor, los celos, soplando al oído del uno y del otro las más calumniosas razones contra el uno y contra el otro, y así el corazón se fue repartiendo en dos corazones, y un día de un sencillo tirón los desgajó y los hizo vivir muchos años separados.
miércoles, 10 de febrero de 2016
martes, 9 de febrero de 2016
Oración lingüística. Pilar Galán.
Para Alfonso, que inventa palabras.
Mi suegra dice me se y te se, y asín, mientras la eternidad es una tarde de domingo atrapada en la mesa camilla de su casa.
Mi hijo pequeño dice sidericordia, y nos reímos. En el colegio estudia que los verbos indican acciones, y se buscan en el diccionario a través de los infinitivos. Ar, er, ir. También confiesa que confunde verbos y adjetivos, y que la lengua le aburre porque tiene que escribir renglones y renglones, y copiar los cuadros amarillos.
Mi madre no dice nada. Musita palabras sin sentido, o te mira fijamente intentando reconocer el camino de vuelta ya olvidado. A veces tose, o empieza a gemir y sobrevuela un conato de esperanza, que se diluye enseguida.
Mi hijo mayor escribe tqmuxo, y volveré trd. Bs.
Mi jefe dice reestructuración y objetivización adaptizada de contenidos actitudinales. Y luego plis, traime un café, porfa, enseñando unos dientes manchados de nicotina.
Durante el día, mi marido y yo cruzamos insultos y reproches, con el desafecto rápido de antiguos conocidos.
Por la noche, cuando todos duermen, hablo sola.
En el principio fue el Verbo, dicen.
Del final no dicen nada.
Porque estamos saciados de desprecios.
Sidericordia, señor, sidericordia.
Mi suegra dice me se y te se, y asín, mientras la eternidad es una tarde de domingo atrapada en la mesa camilla de su casa.
Mi hijo pequeño dice sidericordia, y nos reímos. En el colegio estudia que los verbos indican acciones, y se buscan en el diccionario a través de los infinitivos. Ar, er, ir. También confiesa que confunde verbos y adjetivos, y que la lengua le aburre porque tiene que escribir renglones y renglones, y copiar los cuadros amarillos.
Mi madre no dice nada. Musita palabras sin sentido, o te mira fijamente intentando reconocer el camino de vuelta ya olvidado. A veces tose, o empieza a gemir y sobrevuela un conato de esperanza, que se diluye enseguida.
Mi hijo mayor escribe tqmuxo, y volveré trd. Bs.
Mi jefe dice reestructuración y objetivización adaptizada de contenidos actitudinales. Y luego plis, traime un café, porfa, enseñando unos dientes manchados de nicotina.
Durante el día, mi marido y yo cruzamos insultos y reproches, con el desafecto rápido de antiguos conocidos.
Por la noche, cuando todos duermen, hablo sola.
En el principio fue el Verbo, dicen.
Del final no dicen nada.
Porque estamos saciados de desprecios.
Sidericordia, señor, sidericordia.
miércoles, 3 de febrero de 2016
La primera sabiduría. José María Merino.
La ficción fue la primera sabiduría de la humanidad, cuando la realidad exterior parecía sólo un conjunto de adversidades incomprensibles, hostiles, violentas, la ficción ayudó a entenderla: el sol es una brasa que una mano inocente lanzó una vez al cielo, el viento nos trae la voz de los muertos, la lluvia derrama de repente sobre nosotros las lágrimas perdidas, en los sueños nos habla lo que deseamos o lo que tememos. La ficción fue la primera forma comprensible de la realidad.
lunes, 1 de febrero de 2016
Ruidos. Pía Barros.
Mi hermano se mató, según dijeron, porque amaba demasiado. Amar será siempre un ruido sordo de escopeta.
sábado, 30 de enero de 2016
Carta de Schrödinger. Alberto Sánchez Argüello.
Mi padre se fue a la guerra cuando éramos muy niños. Pasaron los años sin saber nada de su suerte, hasta que un día nos llegó una carta que ponía el nombre de mi madre con su letra. Ella la miró en silencio y la puso encima del mueble donde se guardaba la vajilla de porcelana. Mi hermanita intentó tomarla pero mi madre le sujeto fuertemente la mano y con su mirada le hizo entender –y a nosotros también- que la carta jamás sería abierta. Aquello se convirtió en nuestro silencio compartido. Por las noches jugábamos a imaginar su contenido: nuestro padre había liderado la batalla final y el enemigo, abatido y humillado -pero admirado por su heroísmo- le había convertido en su rey y ya no podría volver jamás; en otras ocasiones una bala de cañón había atravesado su estómago y con su sangre lograba escribir aquella nota; también lo imaginamos desertor, oculto en alguna isla del pacífico, viviendo a base de agua de coco y peces dorados. O bien secuestrado por un barco pirata que pedía como recompensa cuarenta lingotes de oro. Cuando algún amigo nos preguntaba por nuestro padre, nosotros señalábamos el sobre que se iba tornando amarillo en aquel mueble convertido en altar familiar. Nuestra madre murió después de una larga lucha contra la tuberculosis, decidimos enterrarla con el sobre en su regazo; así la carta dejó de ser un objeto y se convirtió en la herencia que pasamos a nuestros hijos y nietos: todas las historias posibles de nuestro padre.
miércoles, 20 de enero de 2016
Paternidad responsable. Carlos Alfaro.
Era tu padre. Estaba igual, más joven incluso que antes de su muerte, y
te miraba sonriente, parado al otro lado de la calle, con ese gesto que
solía poner cuando eras niño y te iba a recoger a la salida del colegio
cada tarde. Lógicamente, te quedaste perplejo, incapaz de entender qué
sucedía, y no reparaste ni en que el disco se ponía rojo de repente ni
en que derrapaba en la curva un autobús y se iba contra ti incontrolado.
Fue tremendo. Ya en el suelo, inmóvil y medio atragantado de sangre,
volviste de nuevo tus ojos hacia él y comprendiste. Era, siempre lo
había sido, un buen padre, y te alegró ver que había venido una vez más a
recogerte.
lunes, 18 de enero de 2016
Heliogábalo. Leo Maslíah.
Es una gran ventaja tener una amante que se llame igual que la mujer de uno, porque así, si uno la nombra dormido, su mujer no sospechará nada, y hasta se dará por aludida, estrechando al esposo entre sus brazos bajo las cálidas sábanas conyugales y dirá “qué, mi amor, qué”.
El problema es que mi esposa se llama Hermelinda, y ni entre las pocas mujeres que además de ella alguna vez me dieron bola, ni entre las muchas que no, hubo nunca ninguna que portara ése como nombre, ni como segundo nombre, y menos como apodo, y por supuesto tampoco como apellido.
Pero al promediar la crisis de los treinta años, en uno de esos días en que la compulsión a probar nuevas carnes me parecía cuestión de vida o muerte, cacé la guía telefónica y no paré de leerla hasta encontrar una abonada con el nombre de mi esposa.
Empecé a discar su número y estaba dispuesto a sorprenderla con una declaración de amor cuando mi visión periférica detectó, al costado de las cifras sobre las que yo fijaba mi atención, una pequeña anormalidad. Corriendo un poco la mirada observé que, en mi entusiasmo, había leído mal: la abonada no se llamaba Hermelinda, sino Hermenegilda. Mi primera reacción fue colgar el tubo, pero enseguida recapacité, considerando que si yo mientras dormía pronunciaba el nombre “Hermenegilda”, mi mujer no podría sospechar nada, y atribuiría la variación en el nombre a los tan comunes procesos de elaboración onírica que uno puede rastrear hasta en los sueños de las mejores familias.
Así pues, llamé a esa tal Hermenegilda y tuve la suerte de encontrarla. Inventé una historia acerca de que yo era su admirador secreto, que la había visto muchas veces por su barrio (en la guía telefónica, por supuesto, estaba su dirección) pero que nunca me había animado a hablarle, etcétera. Ella me creyó. Con cierta reticencia de su parte al principio, logré que concertáramos una cita. Nos encontramos al día siguiente en un bar, que quedaba lejos tanto de su casa como de la mía. Por supuesto, yo no tenía –antes de verla- la más remota idea de su apariencia física, pero lo que hice fue llegar temprano al bar, sentarme cerca de la puerta y decir “Hermenegilda” a toda mujer que viera entrar sola. En dos o tres casos lamenté que no se llamaran así, pero también me salvé de unas cuantas. Hubo una cuyo aspecto era tan asqueante que casi me inhibió de pronunciar el nombre, pero tuve que hacerlo porque si ésa llegaba a ser Hermenegilda y yo seguía llamando así a otras que fueran llegando después, se me armaba la gorda.
Bastante gordita resultó ser la verdadera Hermenegilda, pero la amplitud de sus caderas y su número de corpiño la hacían todavía deseable pese a estar al borde de la tercera edad.
Modestia aparte, tengo que decir que yo le gusté. Nos fuimos pronto del bar y ese día se inició un caluroso romance. Pero al despedirnos ella me informó de cierta circunstancia que dificultaría el vernos con demasiada frecuencia: era casada. Yo le confesé que eso me tomaba por sorpresa, ya que al ver el número del teléfono a su nombre la había dado por soltera, viuda o divorciada.
-Es que la casa es mía. Yo siempre viví ahí –dijo ella-. José, mi marido, es un tipo que nunca tuvo donde caerse muerto.
A través de nuestros sucesivos encuentros me fui enterando de que el marido de Hermenegilda, según ella, sólo la quería por su dinero. La vida sexual de la pareja había durado menos que su luna de miel. Y conmigo ella se desquitaba de lo lindo. Hasta que una vez se abrió la puerta de nuestro cuarto de hotel, y entró José con un equipo de fotógrafos y técnicos en grabaciones de video. -Te pesqué, ramera –dijo-. Ahora tengo las pruebas que necesito para pedir el divorcio y quedarme con la mitad de tus bienes.
-Pero...-balbuceó Hermenegilda- ... ¿Cómo supiste de...nosotros?
-Entré en sospechas y decidí seguirte querida –contestó José-. Hace varias noches que cuando duermes pronuncias un nombre que no es el mío.
Efectivamente, yo no me llamo José, como él. Mi nombre es Heliogábalo.
El problema es que mi esposa se llama Hermelinda, y ni entre las pocas mujeres que además de ella alguna vez me dieron bola, ni entre las muchas que no, hubo nunca ninguna que portara ése como nombre, ni como segundo nombre, y menos como apodo, y por supuesto tampoco como apellido.
Pero al promediar la crisis de los treinta años, en uno de esos días en que la compulsión a probar nuevas carnes me parecía cuestión de vida o muerte, cacé la guía telefónica y no paré de leerla hasta encontrar una abonada con el nombre de mi esposa.
Empecé a discar su número y estaba dispuesto a sorprenderla con una declaración de amor cuando mi visión periférica detectó, al costado de las cifras sobre las que yo fijaba mi atención, una pequeña anormalidad. Corriendo un poco la mirada observé que, en mi entusiasmo, había leído mal: la abonada no se llamaba Hermelinda, sino Hermenegilda. Mi primera reacción fue colgar el tubo, pero enseguida recapacité, considerando que si yo mientras dormía pronunciaba el nombre “Hermenegilda”, mi mujer no podría sospechar nada, y atribuiría la variación en el nombre a los tan comunes procesos de elaboración onírica que uno puede rastrear hasta en los sueños de las mejores familias.
Así pues, llamé a esa tal Hermenegilda y tuve la suerte de encontrarla. Inventé una historia acerca de que yo era su admirador secreto, que la había visto muchas veces por su barrio (en la guía telefónica, por supuesto, estaba su dirección) pero que nunca me había animado a hablarle, etcétera. Ella me creyó. Con cierta reticencia de su parte al principio, logré que concertáramos una cita. Nos encontramos al día siguiente en un bar, que quedaba lejos tanto de su casa como de la mía. Por supuesto, yo no tenía –antes de verla- la más remota idea de su apariencia física, pero lo que hice fue llegar temprano al bar, sentarme cerca de la puerta y decir “Hermenegilda” a toda mujer que viera entrar sola. En dos o tres casos lamenté que no se llamaran así, pero también me salvé de unas cuantas. Hubo una cuyo aspecto era tan asqueante que casi me inhibió de pronunciar el nombre, pero tuve que hacerlo porque si ésa llegaba a ser Hermenegilda y yo seguía llamando así a otras que fueran llegando después, se me armaba la gorda.
Bastante gordita resultó ser la verdadera Hermenegilda, pero la amplitud de sus caderas y su número de corpiño la hacían todavía deseable pese a estar al borde de la tercera edad.
Modestia aparte, tengo que decir que yo le gusté. Nos fuimos pronto del bar y ese día se inició un caluroso romance. Pero al despedirnos ella me informó de cierta circunstancia que dificultaría el vernos con demasiada frecuencia: era casada. Yo le confesé que eso me tomaba por sorpresa, ya que al ver el número del teléfono a su nombre la había dado por soltera, viuda o divorciada.
-Es que la casa es mía. Yo siempre viví ahí –dijo ella-. José, mi marido, es un tipo que nunca tuvo donde caerse muerto.
A través de nuestros sucesivos encuentros me fui enterando de que el marido de Hermenegilda, según ella, sólo la quería por su dinero. La vida sexual de la pareja había durado menos que su luna de miel. Y conmigo ella se desquitaba de lo lindo. Hasta que una vez se abrió la puerta de nuestro cuarto de hotel, y entró José con un equipo de fotógrafos y técnicos en grabaciones de video. -Te pesqué, ramera –dijo-. Ahora tengo las pruebas que necesito para pedir el divorcio y quedarme con la mitad de tus bienes.
-Pero...-balbuceó Hermenegilda- ... ¿Cómo supiste de...nosotros?
-Entré en sospechas y decidí seguirte querida –contestó José-. Hace varias noches que cuando duermes pronuncias un nombre que no es el mío.
Efectivamente, yo no me llamo José, como él. Mi nombre es Heliogábalo.
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