sábado, 16 de noviembre de 2019

La respiración pulmonar. Juan José Millás.

Durante una época escribí en una revista de medicina y humanidades. Procuraba, por experimentar, dar a mis artículos un tono como de prospecto de medicina. Tuvo mucho éxito uno en el que recomendaba a la gente no tirar los analgésicos caducados en la idea que podrían aliviar, gracias a su capacidad retroactiva, los dolores de cabeza antiguos. Recibía muchas cartas de lectores hipocondríacos que me relataban sus síntomas en la convicción de que podía ayudarles. Conservo, entre otras, la de un ama de casa obsesionada con la idea de que si no estaba pendiente todo el rato de su respiración, los pulmones dejarían de funcionar. El síntoma comenzó en una clase de yoga que le había recomendado su médico de cabecera, cuya primera lección consistía en aprender a respirar. Ella había tenido hasta entonces muchos síntomas, pero ninguno relacionado con el aparato respiratorio. En las clases pedían a los alumnos que hicieran consciente el hecho de respirar, que imaginaran que el aire entraba de un color por las narices y salía de otro color por la boca.
Al segundo día, mientras regresaba a casa en el metro, sintió que en el vagón no había aire suficiente, o que estaba muy viciado, y tuvo que salir tres o cuatro estaciones antes de la suya. Era consciente, segundo a segundo, de su respiración, hasta el punto, aseguraba, de que si dejaba de pensar en ella, dejaba de respirar. Sobra decir que apenas dormía por miedo a asfixiarse y que empezó a utilizar por su cuenta y riesgo un broncodilatador del que se servía sin medida alguna. Su carta tenía un poder de sugestión increíble, pues mientras la leía yo mismo notaba que me faltaba el aire si dejaba de pensar en los movimientos de los pulmones. De otro lado, describía muy bien sus noches angustiosas en la cocina de su casa, observando atentamente su respiración y los números luminosos del microondas. Aunque su marido y sus hijos le preguntaban si le ocurría algo, ya que tenía cara de susto todo el rato, ella lo achacaba a las jaquecas.
Esa noche soñé que si no respondía a aquella carta agobiante, moriría asfixiado. Soy un poco supersticioso, de modo que decidí escribir a la mujer dándole unos consejos de trámite, para aliviar mi mala conciencia. Lo curioso es que mientras el bolígrafo se deslizaba por la cuartilla, mi respiración mejoraba de manera notable. Me pareció increíble que, habiendo respirado toda la vida, no me hubiera dado cuenta hasta aquel instante de lo importante que era hacerlo bien. El aire se había convertido de súbito en un producto de gourmet. A veces, me detenía a respirar como el que hace un alto en su trabajo para tomar una copa de cava con un montado de caviar.
Eché la carta al correo y ahí quedó la cosa. A los pocos días me olvidé de la mujer y volví a respirar de forma rutinaria. Pasados unos meses. recibí a través de la revista la carta de un hombre que se identificaba como el marido de aquella mujer. Me contaba que su esposa había muerto de un enfisema pulmonar y que al recoger sus cosas había visto mi carta entre sus pertenencias. Me agradecía los “consejos pulmonares” que le había dado a su mujer y me enviaba también, absurdamente, una fotografía de ella. Calculé que tendría unos treinta años. Su rostro era afilado y enormemente atractivo. Se trata de una foto de carné, con la marca de un sello, como si hubiera sido arrancada del pasaporte o de un documento semejante. La mujer estaba seria y tenía los labios entreabiertos en una expresión de ansiedad.
Lo suyo hubiera sido que me desprendiera de la fotografía, y de la carta, pero un movimiento supersticioso me obligó a guardarla en una caja donde meto las cosas que no me interesan, pero de las que me da miedo desprenderme. A veces, me venía a la memoria la expresión “consejos pulmonares” de aquel hombre y notaba en la boca un gusto raro, como el que siento en el mercado al pasar por delante de la casquería. Escribí varios artículos sobre la respiración pulmonar para ver si se me quitaba la idea de la cabeza y lo cierto es que con el tiempo me olvidé de la mujer, de su marido y de los pulmones.
Un año o dos más tarde, revisando papeles antiguos para hacer una limpia, tropecé con la fotografía de la mujer. No me atrevía a tirarla, pero tampoco quería dejarla en la caja de las cosas que asustan, de modo que le hice un hueco en el álbum familiar. Hace unos días mi mujer estaba ordenando las fotos de nuestro último viaje y descubrió la de la mujer que no respiraba bien. “Quién es esta”, preguntó. “No tengo ni idea”, dije. Tras contemplarla unos segundos, la dejó dentro del álbum, por si fuera alguien.

 

viernes, 15 de noviembre de 2019

Regla de oro. Etgar Keret.

Por lo general, no nos besamos en público. Cecile, a pesar de todo lo guay que es, los escotes que lleva y su fuerte carácter de pelirroja, no deja de ser una rematada tímida. Y yo soy de esos que se fijan mucho en todo lo que pasa a su alrededor y que nunca consiguen olvidarse de dónde están. Pero la verdad es que aquella mañana sí lo conseguí y de repente Cecile y yo nos encontramos besándonos y abrazándonos sentados a la mesa de un café, como una pareja de estudiantes de instituto que intenta hacerse con un poco de intimidad en un lugar público.
Cuando Cecile se fue al lavabo me terminé el café de un trago. El resto del tiempo lo aproveché para arreglarme un poco la ropa y ordenar las ideas.
—Eres un hombre con suerte —oí una voz con un fuerte acento de Texas a mi mismísimo lado.
Volví la cabeza. En la mesa contigua había un hombre mayor con una gorra de béisbol. Todo ese rato que nos habíamos estado besando él había estado allí, hubiese podido tocarnos con sólo alargar la mano, y nosotros habíamos jadeado y gemido casi sobre su beicon y su huevo revuelto sin tan siquiera darnos cuenta de su presencia. Resultaba realmente desconcertante, pero no había manera de disculparse sin empeorar las cosas todavía más. Así que me limité a sonreírle y a asentir con la cabeza.
—No, de veras —continuó el viejo—, es muy raro conseguir conservar el amor después de casados. Normalmente, en cuanto la gente se casa, eso, sencillamente, desaparece.
—Como usted ha dicho —seguí sonriendo—, soy un hombre con suerte.
—Yo también —se rió el viejo, y alzó la mano con la alianza de boda—, yo también. Llevamos juntos cuarenta y dos años y ni tan siquiera hay asomo de desaliento. Mira, por mi trabajo me veo obligado a volar muchísimo y cada vez que me separo de ella, te lo digo, me entran ganas de llorar.
—Cuarenta y dos años —le dije dejando escapar un educado silbido de admiración—, debe de ser una mujer muy especial.
—Sí —lo corroboró el viejo.
Vi que dudaba si sacar una foto o no y me sentí aliviado cuando renunció a la idea. La situación se estaba volviendo cada vez más incómoda, a pesar de que estaba más que claro que su intención era buena.
—Tengo tres reglas —sonrió el viejo—, tres reglas de oro que me ayudan a mantener vivo nuestro amor. ¿Quieres oírlas?
—Pues claro que quiero —le dije, mientras le hacía señas a la camarera para que me trajera otro café.
—Primera regla —habló el viejo blandiendo un dedo en el aire—: todos los días intento encontrar algo nuevo que me guste de ella, aunque sea un detalle muy pequeño, ya sabes, la manera que tiene de contestar al teléfono, la forma que tiene de elevar la voz cuando simula no entender lo que digo y cosas por el estilo.
—¿Todos los días? —me admiré yo—. ¡Eso tiene que ser muy difícil!
—No tanto —se rio el viejo—, todo es ponerse a ello. Segunda regla: cada vez que veo a nuestros hijos, y ahora también a nuestros nietos, me digo a mí mismo que la mitad del amor que siento por ellos lo siento en realidad por ella. Porque la mitad de ellos son ella. Y última regla —siguió enumerando cuando Cecile, que ya volvía del lavabo, se sentó a mi lado—: cuando vuelvo de un viaje siempre le traigo un regalo a mi mujer. Aunque solamente me haya ido por un día.
Asentí con la cabeza y le dije que lo recordaría. Cecile nos miraba a los dos algo confusa porque yo no soy precisamente el tipo de persona que entabla conversación en un sitio público con un desconocido, y el viejo, que por lo visto se dio cuenta de ello, se puso de pie dispuesto a marcharse. Se tocó el ala del sombrero y me dijo:
—No cambies.
A continuación le hizo una pequeña reverencia a Cecile y se fue.
—¿Mi mujer? —se rió por lo bajo Cecile haciendo una mueca—. ¿No cambies?
—Olvídalo —le dije acariciándole la mano—, es que ha visto mi alianza de boda.
—Ah... —dijo Cecile dándome un beso en la mejilla—, tenía un aspecto un poco raro.
En el vuelo de vuelta a Israel estuve solo, tres asientos para mí, pero como de costumbre no pude dormir.
Pensé en el negocio con esa compañía suiza con la que no estaba muy seguro de que fuera a cuajar el acuerdo, y en la Play Station que le había comprado a Roí con el mando inalámbrico y todo. Y al pensar en Roí intenté recordar todo el rato que la mitad de mi amor por él era en realidad por Mira, y después intenté pensar en algún detalle que me gustara de ella, esa cara que pone como de indiferencia cuando me pesca en una mentira. Hasta le compré un regalo en el Duty Free del avión, un perfume francés nuevo que la joven y sonriente azafata dijo que ahora todos compran y que incluso ella usa.
—Compruébalo tú mismo —dijo la azafata y me tendió el bronceado dorso de la mano—, ¿no huele divino?
Y la verdad es que la mano le olía maravillosamente bien.

Un hombre sin cabeza, 2011.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

El sueño de María. María Elena Lorenzin.

Aburrida de tanta paz celestial, la Virgen María coge el nuevo Diccionario Salamanca de la Lengua Española. Lo abre en la letra M. Allí encuentra: "María s.f. 1. coloquial; peyorativo. Mujer sencilla, de poco nivel cultural: "El mercado estaba lleno de marías". Sin. maruja 2. coloquial, peyorativo. Asignatura de poca importancia o fácil de aprobar. 3. Coloquial. Tipo de galleta redonda y plana. 4. Jergal. Marihuana". La Virgen cierra el diccionario. Abre su laptop, se enchufa a Internet y le manda un e-mail al Director. Se desconoce el contenido del correo mariano, pero es probable que en una nueva edición del diccionario figure alguna rectificación.

 

martes, 12 de noviembre de 2019

Cocina rápida. José Luis Zárate.

Prisas. Prisas. 12 Invitados. Miró su reloj. Se había hartado de comer sola, por ello esta cena. Pero el tiempo, el maldito tiempo. Leyó las instrucciones. Sopa.
Tres cubitos. Añadir agua. Menos mal que se auto calentaba. Pollo. Sacó el paquete. Marcó en el formateador: Pierna y Muslo. En cocción frito. ¿Qué más? Frutas. No debía olvidar las frutas. Sacó los tubos de 100% natural y los exprimió en el plato. Sonrió. Todo iba a salir bien.
Faltaba algo... ¿qué? Estuvo a punto de abandonar la cocina cuando se acordó.
Que tonta. Añadió los invitados en polvo al hidratador, marcó 12 y mientras estaban listos se fue a vestir... 

 


domingo, 10 de noviembre de 2019

En el bosque. Juan Armando Epple.

La Abuela encuentra al Leñador oculto entre las sábanas y lo interpela: ¿qué buscas aquí, viejo libidinoso, disfrazado de Lobo?
El Lobo le responde: lo mismo que tú, vieja curiosa, disfrazada con esa ridícula capa de niñita.


Con tinta sangre, 2004.
 

sábado, 9 de noviembre de 2019

Jardín de infancia. Naguib Mahfuz.

-Papá…
-¿Qué?
-Yo y mi amiga Nadia siempre estamos juntas.
-Claro, mujer, porque es tu amiga.
-En clase… en el recreo… a la hora de comer…
-Estupendo… es una niña buena y juiciosa.
-Pero en la hora de religión yo voy a una clase y ella a otra.
Miró a la madre y vio que sonreía, ocupada en bordar un mantel. Y dijo, sonriendo también:
-Sí… pero sólo en la clase de religión…
-¿Y por qué, papá?
-Porque tú eres de una religión y ella de otra.
-Pero, ¿por qué, papá?
-Porque tú eres musulmana y ella cristiana.
-¿Y por qué, papá?
-Eres aún muy pequeña, ya lo comprenderás…
-No, ¡soy mayor!
-No, eres pequeña, cariñito…
-¿Y por qué soy musulmana?
Debía ser comprensivo y delicado: no faltar a los preceptos de la pedagogía moderna a la primera dificultad. Contestó:
-Porque papá es musulmán… mamá es musulmana…
-¿Y Nadia?
-Porque su papá es cristiano y su mamá también…
-¿Porque su papá lleva gafas?
-No… Las gafas no tienen nada que ver. Es porque su abuelo también era cristiano y…
Siguió con la cadena de antepasados hasta aburrirse. Trató de cambiar el tema pero la niña preguntó:
-¿Cuál es mejor?
Dudó un momento antes de contestar:
-Las dos…
-¡Pero yo quiero saber cuál es mejor!
-Es que las dos lo son.
-¿Y por qué no me hago cristiana para estar siempre con Nadia?
-No, cariñito, es mejor que no. Hay que ser lo mismo que papá y que mamá…
-¿Y por qué?
Francamente: la pedagogía moderna es tiránica.
-¿Por qué no esperas a ser mayor?
-No. ¡Ahora!
-Bien. Digamos que por gusto. A ella le gusta más una y tú prefieres la otra. Tú eres musulmana y ella tiene otro gusto. Por eso tienes que seguir siendo musulmana.
-¿Nadia tiene mal gusto?
Dios te confunda a ti y a Nadia. Había metido la pata a pesar de todas las precauciones. Se lanzó sin piedad al cuello de una botella.
-Sobre gustos no hay nada escrito. Lo único imprescindible es seguir siendo como papá y mamá…
-¿Puedo decirle que ella tiene mal gusto y yo no?
Salió al paso:
-Las dos son buenas: tanto el Islam como el Cristianismo adoran a Dios.
-¿Y por qué yo lo adoro en una habitación y ella en otra?
-Porque ella lo adora de una manera y tú de otra.
-¿Y cuál es la diferencia, papá?
-Ya lo estudiarás el año que viene o el otro. Por el momento confórmate con saber que el Islam y el Cristianismo adoran a Dios.
-¿Y quién es Dios, papá?
Se detuvo, reflexionó un segundo y preguntó, extremando las precauciones:
-¿Qué os ha dicho Abla?
-Lee la azora y nos enseña a rezar, pero yo no sé. ¿Quién es Dios, papá?
Se quedó pensando con sonrisa torcida. Luego:
-Es el Creador del mundo.
-¿De todo?
-De todo.
-¿Qué quiere decir Creador, papá?
-Quiere decir que lo ha hecho todo.
-¿Cómo, papá?
-Con su sumo poder.
-¿Y dónde vive?
-En todo el mundo.
-¿Y antes del mundo?
-Arriba…
-¿En el cielo?
-Sí…
-Quiero verlo.
-No se puede.
-¿Ni en la televisión?
-No.
-¿Y no lo ha visto nadie?
-Nadie.
-¿Y por qué sabes que está arriba?
-Porque sí.
-¿Quién adivinó que estaba arriba?
-Los profetas.
-¿Los profetas?
-Sí, como nuestro profeta Mahoma.
-¿Y cómo, papá?
-Por una gracia especial.
-¿Tenía Mahoma los ojos muy grandes?
-Sí.
-¿Y por qué, papá?
-Porque Dios lo creó así.
-¿Y por qué, papá?
Contestó tratando de no perder la paciencia:
-Porque puede hacer lo que quiera…
-¿Y cómo dices que es?
-Muy grande, muy fuerte, todo lo puede…
-¿Como tú, papá?
Contestó disimulando una sonrisa:
-No se puede comparar.
-¿Y por qué vive arriba?
-Porque en la tierra no cabe, pero lo ve todo.
Se distrajo un momento, pero volvió:
-Pues Nadia me ha dicho que vivió en la tierra.
-No es eso; es que lo ve todo como si viviese en todas partes.
-Y también me ha dicho que la gente lo mató.
-No, está vivo, no ha muerto.
-Pues Nadia me ha dicho que lo mataron.
-Qué va, cariño, creyeron que lo habían matado pero estaba vivo.
-¿El abuelo también está vivo?
-No, el abuelo murió.
-¿Lo han matado?
-No, se murió.
-¿Cómo?
-Se puso enfermo y se murió.
-Entonces ¿mi hermana va a morirse?
Frunció las cejas y contestó, advirtiendo un movimiento de reproche por parte de la madre:
-Ni mucho menos, ella se curará si Dios quiere…
-¿Por qué se murió entonces el abuelo?
-Porque cuando se puso enfermo era ya mayor.
-¡Pues tú eres mayor, has estado enfermo y no te has muerto!
La madre lo miró enfadada. Luego, intranquila, pasó la vista de uno a otra. Él dijo:
-Nos morimos cuando Dios lo dispone.
-¿Y por qué dispone Dios que nos muramos?
-Porque es libre de hacer lo que quiere.
-¿Es bonito morirse?
-Qué va, mi vida.
-¿Y por qué Dios quiere una cosa que no es bonita?
-Todo lo que Dios quiere para nosotros es bueno.
-Pero tú acabas de decir que no lo es.
-Me he equivocado, querida.
-¿Y por qué mamá se ha enfadado cuando he dicho que por qué no te habías muerto?
-Porque todavía no es la voluntad de Dios que yo muera.
-¿Y por qué no, papá?
-Porque Él nos ha puesto aquí y Él nos lleva.
-¿Y por qué, papá?
-Para que hagamos cosas buenas aquí antes de irnos.
-¿Y por qué no nos quedamos siempre?
-Porque si nos quedásemos no habría sitio para todos en la tierra.
-¿Y dejamos todas las cosas buenas?
-Sí, por otras mucho mejores.
-¿Dónde están?
-Arriba.
-¿Con Dios?
-Sí.
-¿Y lo veremos?
-Sí.
-¿Y eso es bonito?
-Claro.
-Entonces, ¡vámonos!
-Pero aún no hemos hecho todas las cosas buenas.
-¿El abuelo las había hecho?
-Sí.
-¿Cuáles?
-Construir una casa, plantar un jardín…
-¿Y qué había hecho el primo Totó?
Por un momento se puso sombrío. Echó a la madre furtivamente una mirada desvalida, luego contestó:
-Él también había construido una casa, aunque pequeña, antes de irse…
-Pues Lulú el vecino me pega y nunca hace cosas buenas…
-Es que él ha nacido anormal.
-¿Y cuándo va a morirse?
-Cuando Dios quiera.
-¿Aunque no haga cosas buenas?
-Todos tenemos que morir. Los que hacen cosas buenas se van con Dios y los que hacen cosas malas se van al infierno.
Suspiró y se quedó callada. El padre se sintió materialmente aliviado. No sabía si lo había hecho bien o si se había equivocado. Aquel torrente de preguntas había removido interrogaciones sedimentadas en lo más hondo de sí. Pero la incansable criatura gritó:
-¡Yo quiero estar siempre con Nadia!
La miró inquisitivo y ella declaró:
-¡En la clase de religión también!
Se rio estrepitosamente, la madre también rio, él dijo bostezando:
-Nunca imaginé que fuera posible discutir estas cuestiones a semejante nivel…
Habló la mujer:
-Llegará el día en que la niña crezca y puedas razonarle las verdades.
Se volvió para comprobar si aquellas palabras eran sinceras o irónicas y la encontró enfrascada en el bordado.


viernes, 8 de noviembre de 2019

En el olvido. Nélida Magdalena González de Tapia.

Nos llaman los malditos sin ninguna razón. Por las noches, a la misma hora, todos salimos a visitar nuestros antiguos hogares. Nos sentimos desilusionados, nuestras moradas están totalmente abandonadas.
Nadie se ocupa de nosotros y ni siquiera piensan que somos parte de su pasado. Cada uno regresa a su antigua residencia y la recorre en busca de un poco de amor. Nos presienten y se asustan. Nosotros no queremos atemorizarlos, queremos su compañía y su amor.
A veces, cuando nos reunimos al regresar, nos preguntamos si realmente existió algún afecto. Pero nadie encuentra respuesta. Recorremos durante la noche todo aquello que nos hizo feliz, nuestros lugares favoritos y aquello que la vida nos dio y que perdimos.
No entendemos tanta desidia, hicimos todo lo que pudimos y dimos todo lo que estaba a nuestro alcance. Pero por lo visto no alcanzó, no fue suficiente para ellos.
¿Nosotros somos los malditos porque queremos estar con ellos? No tenemos la culpa de estar en el lugar que estamos, ni tampoco de que nos intuyan y sientan un temor inexplicable.
Volvemos a nuestro lugar antes del amanecer, muy tristes. Nunca nadie trae una buena noticia, solamente compartimos los comentarios que escuchamos maldiciendo nuestra presencia.
Somos almas abandonadas, que deambulan en la noche, pero como dije antes no somos nosotros los malditos. Nos dejaron tirados en una fosa y se olvidaron. Nosotros los fantasmas pedimos un poco de cariño y que alguna vez alguien nos lleve una flor silvestre para poder descansar en paz, pensando que algún ser nos tuvo afección.

Internacional Microcuentista, 2011.