Tom King rebañó el plato con el último trozo de pan para recoger
la última partícula de gachas, y masticó aquel bocado final
lentamente y con semblante pensativo. Cuando se levantó de la mesa,
le embargaba una inconfundible sensación de hambre. Él era el único
que había cenado. Los dos niños estaban acostados en la habitación
contigua. Los habían llevado a la cama antes que otros días para
que el sueño no les dejara pensar en que se habían ido a dormir sin
probar bocado.
La esposa de Tom
King no había cenado tampoco. Se había sentado frente a él y lo
observaba en silencio, con mirada solícita. Era una mujer de clase
humilde, flaca y agotada por el trabajo, pero cuyas facciones
conservaban restos de una antigua belleza. La vecina del piso de
enfrente le había prestado la harina para las gachas. Los dos medio
peniques que le quedaban los había invertido en pan.
Tom King se sentó
junto a la ventana, en una silla desvencijada que crujió al recibir
su peso. Con un movimiento maquinal, se llevó la pipa a la boca e
introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta. Al no encontrar
tabaco, se dio cuenta de su distracción y, lanzando un gruñido de
contrariedad, se guardó la pipa. Sus movimientos eran lentos y
premiosos, como si el extraordinario volumen de sus músculos le
abrumara. Era un hombre macizo, de rostro impasible y aspecto nada
simpático. Llevaba un traje viejo y lleno de arrugas, y sus
destrozados zapatos eran demasiado endebles para soportar el peso de
las gruesas suelas que les había puesto él mismo hacía ya bastante
tiempo. Su camisa de algodón (un modelo de no más de dos chelines)
tenía el cuello deshilachado y unas manchas de pintura que no se
quitaban con nada.
Bastaba verle la
cara a Tom King para comprender cuál era su profesión. Aquel rostro
era el típico del boxeador, del hombre que ha pasado muchos años en
el cuadrilátero y que, a causa de ello, ha desarrollado y subrayado
en sus facciones los rasgos característicos del animal de lucha. Era
una fisonomía que intimidaba, y para que ninguno de aquellos rasgos
pasara inadvertido iba perfectamente rasurado. Sus labios informes,
de expresión extremadamente dura, daban la impresión de una
cuchillada que atravesara su rostro. Su mandíbula inferior era
maciza, agresiva, brutal. Sus ojos, de perezosos movimientos y
dotados de gruesos párpados, apenas tenían expresión bajo sus
tupidas y aplastadas cejas. Estos ojos, lo más bestial de su
semblante, realzaban el aspecto de brutalidad del conjunto. Parecían
los ojos soñolientos de un león o de cualquier otro animal de
presa. La frente hundida y angosta lindaba con un cabello que,
cortado al cero, mostraba todas las protuberancias de aquella cabeza
monstruosa. Una nariz rota por dos partes y aplastada a fuerza de
golpes, y una oreja deforme, que había crecido hasta adquirir el
doble de su tamaño y que hacía pensar en una coliflor, completaban
el cuadro. Y en cuanto a su barba, aunque recién afeitada, apuntaba
bajo la piel, dando a su tez un tono azulado negruzco.
Si bien aquella
fisonomía era la de uno de esos hombres con los que no deseamos
encontrarnos a solas en un callejón oscuro o en un lugar apartado,
Tom King no era un criminal ni había cometido nunca una mala acción.
Dejando aparte las reyertas en que se había visto mezclado y que
eran cosa corriente en los medios que frecuentaba, no había hecho
daño a nadie. No se le consideraba un pendenciero. Era un
profesional de la contienda y reservaba toda su combatividad para sus
apariciones en el ring. Fuera del tablado, era un hombre bonachón,
de movimientos tardos, y en su juventud, cuando ganaba el dinero a
espuertas, había sido, no ya generoso, sino despilfarrador. Para él
el boxeo era un negocio. Cuando estaba en el cuadrilátero, pegaba
con intención de hacer daño, de lesionar, de destruir; pero no
había animosidad en sus golpes: era una simple cuestión de
intereses. El público acudía y pagaba para ver cómo dos hombres se
vapuleaban hasta que uno de ellos quedaba inconsciente. El vencedor
se quedaba con la parte del león de la bolsa. Hacía veinte años,
cuando Tom King se enfrentó con el «Salta Ojos», de
Woolloomoolloo, sabía que la mandíbula de su contrincante sólo
estaba firme desde hacía cuatro meses, pues anteriormente se la
habían partido en un combate celebrado en Newcastle. Por eso dirigió
todos sus golpes contra ella, y consiguió fracturarla nuevamente en
el noveno asalto. No lo movía ningún resentimiento contra su
adversario: procedió así porque era el medio más seguro de dejar
fuera de combate a aquel hombre y, de este modo, ganar la mayor parte
de la bolsa ofrecida. En cuanto al «Salta Ojos», no le guardó
rencor alguno. Ambos sabían que así era el boxeo, y había que
atenerse a sus reglas.
Tom King no era nada
hablador. En aquel momento en que permanecía sentado junto a la
ventana, se hallaba sumido en un huraño silencio, mientras se miraba
las manos. En el dorso de ellas se destacaban las venas gruesas e
hinchadas. El aspecto de los nudillos, aplastados, estropeados,
deformes, atestiguaba el empleo que había hecho de ellos. Tom no
había oído decir nunca que la vida de un hombre dependía de sus
arterias, pero sabía muy bien lo que significaban aquellas venas
prominentes, dilatadas. Su corazón había hecho correr demasiada
sangre por ellas a una presión excesiva. Ya no funcionaban bien.
Habían perdido la elasticidad, y su distensión había acabado con
su antigua resistencia. Ahora se fatigaba fácilmente. Ya no podía
resistir un combate a veinte asaltos con el ritmo acelerado de antes,
con fuerza y violencia sostenidas, luchando infatigablemente desde
que sonaba el gong, acosando sin cesar a su adversario, retrocediendo
hasta las cuerdas o llevando a su oponente hacia ellas, recibiendo
golpes y devolviéndolos. Ya no multiplicaba su acometividad y la
rapidez de sus golpes en el vigésimo y último asalto, levantando al
público de sus asientos y provocando sus aclamaciones, cuando él
acometía, pegaba, esquivaba, hacía caer una lluvia de golpes sobre
su adversario y recibía otra igual mientras su corazón no dejaba de
enviar, con impetuosa fidelidad, sangre a sus venas jóvenes y
elásticas. Sus arterias, dilatadas durante el combate, se encogían
de nuevo, pero no del todo; al principio, esta diferencia era
imperceptible, pero cada vez quedaban un poco más distendidas que la
anterior. Se contempló las venas y los estropeados nudillos. Por un
momento le pareció ver los magníficos puños que tenía en su
juventud, antes de romperse el primer nudillo contra la cabeza de
Benny Jones, apodado el «Terror de Gales».
Experimentó de
nuevo la sensación de hambre.
–¡Lo que daría
yo por un buen bistec! –murmuró, cerrando sus enormes puños y
lanzando un juramento en voz baja.
–He ido a la
carnicería de Burke y luego a la de Sawley –dijo la mujer en son
de disculpa.
–¿Y no te
quisieron fiar?
–Ni medio penique.
Burke me dijo que…
Vacilaba, no se
atrevía a seguir.
–¡Vamos! ¿Qué
dijo?
–Que como esta
noche Sandel te zurraría de lo lindo, no quería aumentar tu cuenta,
ya es bastante crecida.
Tom King lanzó un
gruñido por toda respuesta. Se acordaba del bulldog que tuvo en su
juventud, al que echaba continuamente bistecs crudos. En aquella
época, Burke le habría concedido crédito para mil bistecs. Pero
los tiempos cambian. Tom King estaba envejecido, y un viejo que tenía
que enfrentarse con un boxeador joven en un club de segunda categoría
no podía esperar que ningún comerciante le fiase.
Aquella mañana se
había levantado con el deseo de comer un bistec, y aquel deseo no lo
había abandonado. No había podido entrenarse debidamente para aquel
combate. En Australia el año había sido de sequía y los tiempos
eran difíciles. Había dificultades para encontrar trabajo, fuera de
la índole que fuere. No había tenido sparring, no siempre había
comido los alimentos debidos y en la cantidad necesaria. Había
trabajado varios días como peón en una obra, y algunas mañanas
había corrido para hacer piernas. Pero era difícil entrenarse sin
compañero y teniendo que atender a las necesidades de una esposa y
dos hijos. Cuando se anunció su combate con Sandel, los tenderos
apenas le concedieron un poco más de crédito. El secretario del
Gayety Club le adelantó tres libras –la cantidad que percibiría
si perdía el combate–, y se negó a darle un céntimo más. De vez
en cuando consiguió que sus antiguos compañeros le prestasen unos
centavos, pero no pudieron prestarle más, porque corrían malos
tiempos y ellos también pasaban sus apuros. En resumen, que era
inútil tratar de ocultarse que no estaba debidamente preparado para
la pelea. Le había faltado comida y le habían sobrado
preocupaciones. Además, ponerse «en forma» no es tan fácil para
un hombre de cuarenta años como para otro de veinte.
–¿Qué hora es,
Lizzie? –preguntó.
Su mujer fue a
preguntarlo a la vecina y, al regresar, le dio la respuesta.
–Las ocho menos
cuarto.
–El primer match
empezará dentro de unos minutos –observó Tom–. No es más que
un combate de prueba. Después hay un encuentro a cuatro asaltos
entre Dealer Wells y Gridley, y luego uno a diez asaltos entre
Starlight y un marinero. Yo aún tengo para una hora.
Otros diez minutos
de silencio y Tom se puso en pie.
–La verdad es,
Lizzie, que no me he entrenado todo lo que debía.
Cogió el sombrero y
se dirigió a la puerta. No le pasó por la mente besar a su mujer
–nunca la besaba al marcharse–, pero aquella noche ella lo hizo
por su cuenta y riesgo: le echó los brazos al cuello y lo obligó a
inclinarse hacia su rostro. Se veía menudita y frágil junto al
macizo corpachón de su marido.
–Buena suerte, Tom
–le dijo–. Tienes que ganar.
–Sí, tengo que
ganar –repitió él–. Ni más ni menos.
Se echó a reír,
tratando de mostrarse despreocupado, mientras ella se apretaba más
contra él. Tom contempló la desnuda estancia por encima del hombro
de su esposa. Aquel cuartucho, del que debía varios meses de
alquiler, era, con Lizzie y los niños, cuanto tenía en el mundo. Y
aquella noche salía en busca de comida para su hembra y sus
cachorros, no como el obrero de hoy que va a la fábrica, sino al
estilo antiguo, primitivo, arrogante y animal de las bestias de
presa.
–Tengo que ganar
–volvió a decir a su esposa, esta vez con un rictus de
desesperación–. Si gano, son treinta libras, con lo que podré
pagar todas las deudas y, además, verme un buen sobrante en el
bolsillo. Si pierdo, no me darán nada, ni un penique para tomar el
tranvía de vuelta, pues el secretario ya me ha dado todo lo que me
correspondería en caso de perder. Adiós, mujercita. Si gano,
volveré inmediatamente.
–Te espero –dijo
ella cuando Tom estaba ya en el rellano.
Había más de tres
kilómetros hasta el Gayety y, mientras los recorría, recordó sus
días de triunfo, cuando era el campeón de pesos pesados de Nueva
Gales del Sur. Entonces habría tomado un coche de punto para ir al
combate, y con toda seguridad alguno de sus admiradores se habría
empeñado en pagar el coche para tener el privilegio de acompañarlo.
Entre estos admiradores se contaban Tommy Burns y el yanqui Jack
Johnson, que poseían automóvil propio. ¡Y ahora tenía que ir a
pie! Como todo el mundo sabe, una marcha de tres kilómetros no es la
mejor preparación para un combate. Él era un viejo para el
pugilismo, y el mundo no trata bien a los viejos. Él sólo servía
ya para picar piedra, e incluso para esto era un obstáculo su nariz
rota y su oreja hinchada. Ojalá hubiera aprendido un oficio. A la
larga, habría sido mejor. Pero nadie se lo había enseñado. Por
otra parte, una voz interior le decía que él no habría prestado
atención si alguien hubiera tratado de enseñárselo. Su vida fue
demasiado fácil. Ganó mucho dinero. Tuvo combates duros y
magníficos, separados por períodos de descanso y holgazanería.
Estuvo rodeado de aduladores que se desvivían por acompañarle, por
darle palmadas en la espalda, por estrecharle la mano; de petimetres
que lo invitaban a beber para tener el privilegio de charlar con él
cinco minutos. Además, ¡aquellos magníficos combates ante un
público delirante de entusiasmo! ¡Y aquel último asalto en que se
lanzaba a fondo como un torbellino y el árbitro lo proclamaba
vencedor! ¡Y leer su nombre en las secciones deportivas de todos los
periódicos al día siguiente…!
¡Ah, qué tiempos
aquéllos! Pero, de pronto, su mente tarda y premiosa comprendió que
en aquellos lejanos días él dejaba fuera de combate a los viejos.
Él era entonces la juventud que despuntaba, y sus adversarios la
vejez que decaía. Era natural que resultara fácil para él: ellos
tenían las venas hinchadas, los nudillos rotos y los huesos
desvencijados por una larga serie de combates. Recordaba el día en
que «noqueó» al maduro Stowsher Bill en Rush-Cutters Bay al
decimoctavo asalto y luego lo vio llorando en los vestuarios,
llorando como un niño. Acaso el viejo Bill debía también varios
meses de alquiler, y acaso lo esperaban en su casa su mujer y sus
hijos. ¡Y quién sabe si aquel mismo día, el del combate, había
sentido el deseo de comerse un buen bistec! Bill combatió
valientemente, recibiendo a pie firme una soberana paliza. Ahora que
él pasaba el mismo calvario, comprendía que aquella noche de hacía
veinte años Bill luchó por algo más importante que su adversario,
el joven Tom King, que sólo trataba de ganar dinero y gloria
fácilmente. No era extraño que Stowsher Bill hubiese llorado en los
vestuarios amargamente después del combate.
No cabía duda de
que cada púgil podía soportar un número limitado de combates. Era
una ley inflexible del boxeo. Unos podían librar cien encuentros
durísimos, otros sólo veinte. Cada cual, según sus dotes físicas,
podía subir al ring tantas o cuantas veces. Después, quedaba al
margen.
Él se había pasado
de la raya, había librado más combates encarnizados de los que
debía, encuentros en que el corazón y los pulmones parecía que
iban a estallar; contiendas que hacían perder elasticidad a las
arterias y convertían un cuerpo esbelto y juvenil en un montón de
músculos nudosos; combates que desgastaban los nervios y los
músculos, el cerebro y los huesos, por obra del esfuerzo. Sí, él
había resistido más que nadie. No quedaba ya ni uno solo de sus
antiguos compañeros. Él era el último de la vieja guardia. Había
visto cómo iban cayendo todos y había contribuido a poner punto
final a la carrera de algunos de ellos.
Lo opusieron a los
boxeadores ya viejos y él los fue liquidando uno tras otro. Y
después, cuando los veía llorar en los vestuarios, como había
llorado el viejo Stowsher Bill, se reía. Pero ahora el viejo era él,
y a su vez tenía que enfrentarse con los jóvenes. Con Sandel, por
ejemplo. Había llegado de Nueva Zelanda precedido de un brillante
historial. Pero como en Australia aún era un desconocido, se acordó
enfrentarlo con el viejo Tom King. Si Sandel hacía un buen combate,
se le opondrían mejores púgiles y las bolsas serían más crecidas.
Así, pues, era de esperar que luchara como un demonio. Aquel combate
era decisivo para él, ya que si ganaba tendría dinero, cobraría
nombre y habría dado el primer paso de una brillante carrera. Tom
King no era para él más que el muro viejo que le cerraba el paso a
la fama y la fortuna. En cambio, a lo único que Tom King podía
aspirar era a recibir treinta libras, que le servirían para pagar al
dueño de la casa y a los tenderos. Y mientras cavilaba así, Tom
King vio alzarse ante sus ojos hinchados el cuadro de la juventud
triunfadora, exuberante e invencible, de músculos suaves y piel
sedosa, de corazón y pulmones que no sabían lo que era el cansancio
y se reían del jadeo de los viejos. Los jóvenes destruían a los
viejos sin pensar que, al hacerlo, se destruían a sí mismos,
dilatando sus arterias y aplastando sus nudillos, para ser, al fin,
aniquilados por una nueva generación de jóvenes. Pues la juventud
ha de ser siempre joven.
Al llegar a la calle
de Castlereagh dobló a la izquierda y, después de recorrer tres
manzanas, llegó al Gayety. Una multitud de golfillos apiñados
frente a la puerta se apartaron respetuosamente al verle y oyó que
decían:
–¡Es Tom King!
Una vez dentro,
cuando se dirigía a los vestuarios, encontró al secretario, un
joven de mirada viva y expresión astuta, que le estrechó la mano.
–¿Cómo te
encuentras, Tom? – le preguntó.
–Estupendamente
–respondió King, a sabiendas de que mentía y de que le hacía
tanta falta un buen bistec, que si tuviera una libra la daría a
cambio de él sin vacilar.
Cuando salió de los
vestuarios, seguido por sus segundos, y se dirigió al cuadrilátero,
que se alzaba en el centro de la sala, estalló una tempestad de
aplausos y vítores en el público. Él respondió saludando a
derecha e izquierda, aunque conocía muy pocas de aquellas caras. En
su mayoría, eran muchachos que aún tenían que nacer cuando él
cosechaba sus primeros laureles en el ring. Saltó con ligereza a la
alta plataforma y, después de pasar entre las cuerdas, se dirigió a
su ángulo y se sentó en un taburete plegable. Jack Ball, el
árbitro, se acercó a él para estrecharle la mano. Ball era un
boxeador fracasado que desde hacía diez años no pisaba el ring como
púgil. King se alegró de tenerlo por árbitro. Ambos eran
veteranos. Si él apretaba las tuercas a Sandel algo más de lo que
permitía el reglamento, sabía que Ball haría la vista gorda.
Subieron al tablado,
uno tras otro, varios jóvenes aspirantes a la categoría de pesos
pesados, y el árbitro los fue presentando sucesivamente al público.
Asimismo, expuso sus carteles de desafío.
–Young Pronto
–anunció Ball–, de Sidney del Norte, reta al ganador por
cincuenta libras.
El público aplaudió
y los aplausos se renovaron cuando Sandel trepó ágilmente al ring y
fue a sentarse en su rincón. Tom King, desde el ángulo opuesto, lo
miró con curiosidad, pensando que minutos después ambos estarían
enzarzados en implacable combate, y pondrían todo su empeño en
noquearse. Pero apenas pudo ver nada, pues Sandel llevaba, como él,
un mono de entrenamiento sobre su calzón corto de pugilista. Su cara
era muy atractiva. Estaba coronada por un mechón rizado de pelo
rubio, y su cuello grueso y musculoso anunciaba un cuerpo de atleta
verdaderamente magnífico.
Young Pronto se
dirigió sucesivamente a los dos ángulos y, después de estrechar
las manos a los boxeadores, salió del ring. Continuaron los
desafíos. Un joven tras otro pasaba entre las cuerdas. Aquellos
muchachos desconocidos pero ambiciosos estaban convencidos, y así lo
pregonaban, de que con su fuerza y destreza eran capaces de medirse
con el vencedor. Unos años antes, cuando su carrera se hallaba en su
apogeo y él se consideraba invencible, aquellos preliminares
hubieran divertido y aburrido a Tom King. Pero a la sazón los
contemplaba fascinado, incapaz de apartar de sus ojos la visión de
la juventud. Siempre existirían aquellos jóvenes que subían al
ring, y saltaban por las cuerdas para lanzar su reto a los cuatro
vientos; y siempre tendrían que caer ante ellos los boxeadores
gastados. Ascendían hacia el éxito trepando sobre los cuerpos de
los viejos púgiles. Y continuaban afluyendo en número creciente,
como una oleada de juventud incontenible que arrollaba a los viejos,
para envejecer a su vez y seguir el camino descendente, a impulsos de
la juventud eterna, de los nuevos mozos que desarrollaban sus
músculos y derribaban a sus mayores, mientras tras ellos se formaba
una nueva masa de jóvenes. Y así ocurriría hasta el fin de los
tiempos, pues aquella juventud voluntariosa era algo inseparable de
la humanidad.
King dirigió una
mirada al palco de la prensa y saludó con un movimiento de cabeza a
Morgan, del Sportsman, y a Corbett, del Referee. Luego tendió las
manos para que Sid Sullivan y Charles Bates, sus segundos, le
pusieran los guantes y se los atasen fuertemente, bajo la atenta
fiscalización de uno de los segundos de Sandel, que ya había
examinado con ojo crítico las vendas que cubrían los nudillos de
King. Uno de los segundos de Tom cumplía la misma misión en el
ángulo ocupado por Sandel. Este levantó las piernas para que le
despojasen de los pantalones del mono y luego se levantó para que
acabaran de quitarle la prenda por la cabeza. Tom King vio entonces
ante sí una encarnación de la juventud, un pecho ancho y
desbordante de vigor, unos músculos elásticos que se movían como
seres vivos bajo la piel blanca y satinada. Todo aquel cuerpo estaba
pletórico de vida, de una vida que aún no había dejado escapar
nada de ella por los doloridos poros en los largos combates en que la
juventud ha de pagar su tributo, dejando algo de ella misma en los
tablados.
Los dos púgiles
avanzaron hacia el centro del cuadrilátero y cuando los segundos
saltaron por las cuerdas, llevándose los taburetes plegables, ellos
simularon estrecharse las manos enguantadas e inmediatamente se
pusieron en guardia. Acto seguido, como un mecanismo de acero puesto
en marcha por un fino resorte, Sandel se lanzó al ataque. Asestó a
Tom un gancho de izquierda al entrecejo y un derechazo a las
costillas. Luego, entre fintas y sin cesar de saltar sobre las puntas
de los pies, se alejó ligeramente de su contrincante para volverse a
acercar en seguida, ágil y agresivo. Era un boxeador rápido e
inteligente, que había iniciado la pelea con una espectacular
exhibición. El público vociferaba entusiasmado. Pero King no se
dejó impresionar. Había librado demasiados encuentros y había
visto a demasiados jóvenes. Supo apreciar el verdadero valor de
aquellos golpes: eran demasiado rápidos y hábiles para ser
peligrosos. Evidentemente, Sandel trataba de forzar el curso del
combate desde el comienzo. No le sorprendió. Esto era muy propio de
la juventud, inclinada a malgastar sus espléndidas facultades en
furiosos ataques y locas acometidas, alentada por un ilimitado deseo
de gloria que redoblaba sus fuerzas.
Sandel atacaba,
retrocedía, estaba aquí y allá, en todas partes. Con pies ligeros
y corazón vehemente, deslumbrante con su carne blanca y sus potentes
músculos, tejía un ataque maravilloso, saltando y deslizándose
como una ardilla, eslabonando mil movimientos ofensivos, todos ellos
encaminados a la destrucción de Tom King, del hombre que se alzaba
entre él y la fortuna. Y Tom King soportaba pacientemente el
chaparrón. Conocía su oficio y sabía cómo era la juventud, ahora
que la había perdido. Se dijo que tenía que esperar a que su
oponente fuese perdiendo fogosidad, y sonrió para sus adentros
mientras se agachaba para parar un fuerte directo con la base del
cráneo. Era una argucia innoble, pero correcta, según el reglamento
del pugilismo. El boxeador tenía que velar por sus nudillos y, si se
empeñaba en golpear a su adversario en la cabeza, allá él. King
podía haberse agachado más para que el golpe no lo alcanzara, pero
se acordó de sus primeros encuentros y de cómo se partió por
primera vez un nudillo contra la cabeza del «Terror de Gales». Aun
ajustándose a las reglas del juego, al agacharse había atentado
contra los nudillos de Sandel. De momento, éste no lo notaría.
Seguro de sí mismo e indiferente, seguiría propinando golpes con la
misma fuerza durante todo el combate. Pero, andando el tiempo, cuando
en su historial tuviera muchos encuentros, el nudillo lesionado se
resentiría, y entonces él, volviendo la vista atrás, recordaría
el potente golpe asestado a la cabeza de Tom King.
El primer asalto lo
ganó Sandel por puntos. El joven boxeador mantuvo a la sala en vilo
con sus fulminantes arremetidas. Lanzó sobre King un verdadero
diluvio de golpes, y King no devolvió ni uno solo: se limitó a
cubrirse, mantener una guardia cerrada, esquivar y llegar a veces al
cuerpo a cuerpo para eludir el castigo. De vez en cuando hacía
alguna finta, movía la cabeza cuando encajaba un directo, e iba
evolucionando imperturbable por el ring, sin saltar ni bailar para no
malgastar ni un átomo de energías. Debía dejar que Sandel
desahogara el ardor de su juventud y sólo entonces replicarle, pues
no debía olvidar sus cuarenta años.
Los movimientos de
King eran lentos y metódicos. Sus ojos, casi inmóviles bajo los
gruesos párpados, le daban el aspecto de un hombre adormilado y
aturdido. Sin embargo, no se le escapaba ningún detalle: su
experiencia de más de veinte años le permitía verlo todo.
Sus ojos no
pestañeaban ni se desviaban al recibir un golpe, porque así podían
ver y medir mejor las distancias.
Cuando, al terminar
el asalto, fue a sentarse en su rincón para descansar, se recostó
con las piernas extendidas y apoyó los brazos en el ángulo recto
que formaban las cuerdas. Entonces su pecho y su abdomen empezaron a
subir y a bajar en profundas aspiraciones, mientras le acariciaban el
rostro el aire de las toallas con que le abanicaban sus segundos.
Con los ojos
cerrados, Tom King escuchaba el clamoreo del público.
–¿Por qué no
luchas, Tom? –le gritaron–. ¿Es que tienes miedo?
–Le pesan los
músculos –oyó que comentaba un espectador de primera fila–. No
puede moverse con más rapidez. ¡Dos libras contra una a favor de
Sandel!
Sonó el gong y los
dos púgiles abandonaron sus rincones. Sandel recorrió tres cuartas
partes del cuadrilátero, ansioso de reanudar la contienda. King
apenas se apartó de su rincón. Esto formaba parte de su plan de
ahorro de fuerzas. No había podido entrenarse como era debido, no
había comido lo suficiente, y el menor movimiento innecesario tenía
su importancia. Además, había que tener en cuenta que había
recorrido a pie más de tres kilómetros antes de subir al ring.
Aquel asalto fue una repetición del primero: Sandel atacaba en
tromba y el público, indignado, abucheaba a King al ver que no
combatía. Aparte algunas fintas y varios golpes lentos e ineficaces,
se limitaba a mantener una guardia cerrada, parar golpes y agarrarse
al adversario. Sandel deseaba acelerar el ritmo del combate, y King,
hombre de experiencia, se negaba a secundarlo. En su rostro deformado
por los golpes había una melancólica sonrisa, y Tom seguía
economizando fuerzas celosamente, como sólo puede hacerlo un
boxeador maduro. Sandel era joven y derrochaba sus energías con la
prodigalidad propia de su juventud. El generalato del ring
correspondía a Tom, y suya era también la sabiduría cosechada a
costa de largos y dolorosos combates. Observaba a su adversario con
mirada fría y ánimo sereno, moviéndose lentamente, en espera de
que se agotara el ardor de Sandel. Para la mayoría de espectadores,
aquello era buena prueba de que King era incapaz de medirse con su
joven adversario, opinión que expresaban en voz alta, apostando a
razón de tres a uno a favor de Sandel. Pero aún quedaban algunos
espectadores prudentes que conocían a King desde hacía años y
aceptaban estas ofertas, con grandes esperanzas de ganar.
El tercer asalto
comenzó como los anteriores. Sandel llevaba la iniciativa y
castigaba duramente a su adversario. Pero, cuando aún no había
transcurrido medio minuto, el joven, excesivamente confiado, se
olvidó de cubrirse, y los ojos de King centellearon a la vez que su
brazo derecho se lanzaba como un rayo hacia adelante. Fue su primer
golpe de verdad: un gancho reforzado, no sólo por el hábil
movimiento del brazo, sino por el peso de todo el cuerpo. El león
adormecido acababa de lanzar un imprevisto zarpazo. Sandel, tocado en
un lado de la mandíbula, cayó como un buey abatido por el matarife.
El público se quedó pasmado: algunos aplaudieron tímidamente,
mientras por toda la sala corrían murmullos de admiración.
¡Caramba, caramba! King no tenía los músculos tan embotados como
se creía, sino que era capaz de asestar verdaderos mazazos.
Sandel quedó casi
inconsciente, hizo girar su cuerpo hasta ponerse de costado e intentó
levantarse, pero, al oír los gritos de sus segundos que le
aconsejaban esperar hasta el último instante, no acabó de ponerse
en pie, sino que quedó con una rodilla en el suelo. El árbitro se
inclinó hacia él y empezó a contar los segundos con voz estentórea
junto a su oído. Cuando oyó decir «¡nueve!» Sandel se levantó
con gesto agresivo y Tom King hubo de hacerle frente, mientras se
lamentaba de no haberle dado el golpe un par de centímetros más
cerca del mentón, pues entonces habría conseguido el fuera de
combate y vuelto a casa con treinta libras para su mujer y sus hijos.
El asalto continuó
hasta que se cumplieron los tres minutos reglamentarios. Sandel
empezó a mirar con respeto a su oponente. Por su parte, King seguía
moviéndose con lentitud y su mirada aparecía tan soñolienta como
antes. Cuando el asalto estaba a punto de terminar, King se dio
cuenta de ello al ver a los segundos agazapados junto al
cuadrilátero. Estaban preparados para subir, pasando entre las
cuerdas. Entonces llevó el combate hacia su rincón, y, cuando sonó
el gong, pudo sentarse inmediatamente en el taburete que ya tenían
preparado. En cambio, Sandel tuvo que cruzar de ángulo a ángulo
todo el ring para llegar a su sitio. Esto era una pequeñez, pero
muchas pequeñeces juntas pueden formar algo importante. Al verse
obligado a dar aquellos pasos de más, Sandel perdió no sólo cierta
cantidad de energía, sino una parte de los preciosos sesenta
segundos de descanso. Al principio de cada asalto King salía
perezosamente de su rincón, con lo que obligaba a su adversario a
recorrer una distancia mayor, y cuando el asalto terminaba, King
estaba en su sitio y podía sentarse inmediatamente.
Transcurrieron otros
dos asaltos en los que King economizó sus fuerzas con toda
parsimonia, mientras Sandel derrochaba energías. Los esfuerzos que
el joven púgil hacía por imponer un ritmo más vivo a la lucha
resultaron bastante enojosos para King, que hubo de encajar una parte
bastante crecida del diluvio de golpes que cayó sobre él. Sin
embargo, King mantuvo su deliberada lentitud, sin importarle el
griterío de los jóvenes vehementes que querían verle pelear.
En el sexto asalto,
Sandel volvió a tener un descuido, y la terrible derecha de Tom King
lanzó un nuevo disparo contra su mandíbula. Otra vez contó el
árbitro hasta nueve.
Al comenzar el
séptimo asalto se vio claramente que el ardor de Sandel se había
esfumado. El joven boxeador se percataba de que estaba librando el
combate más duro de su carrera. Tom King era un boxeador gastado,
pero el de más calidad que se le había opuesto hasta entonces; un
boxeador maduro que no perdía la cabeza, que se defendía con
extraordinaria habilidad, cuyos golpes eran verdaderos mazazos y que
tenía un fuera de combate en cada puño. Pero Tom King no se atrevía
a utilizar estos potentes puños demasiado, pues no se olvidaba de
que tenía los nudillos lesionados y sabía que, para que pudieran
resistir todo el combate, tenía que racionar los golpes
prudentemente.
Mientras permanecía
sentado en su rincón, mirando a su adversario, pensó que la unión
de su experiencia y de la juventud de Sandel producirían un campeón
mundial. Pero esta mezcla era imposible. Sandel no sería campeón
del mundo. Le faltaba experiencia y ésta sólo podía obtenerse a
costa de la juventud. Cuando Sandel tuviera experiencia, advertiría
que había gastado su juventud para adquirirla.
King recurrió a
todas las tretas y argucias. No desaprovechaba ocasión de agarrarse
a su adversario y, cada vez que llegaba al cuerpo a cuerpo, clavaba
con fuerza el hombro en las costillas de Sandel. En la teoría
pugilística no había diferencia entre un hombro y un puño si con
ambos podía hacerse el mismo daño, y el hombro aventajaba al puño
en lo concerniente a la pérdida de energías. Asimismo, cuando se
agarraban los dos púgiles, King descargaba todo el peso de su cuerpo
sobre su contrincante y se resistía a soltarse. Esto obligaba al
árbitro a intervenir para separarlos, en lo cual hallaba las mayores
facilidades por parte de Sandel, que todavía no había aprendido a
descansar de este modo. El joven no podía dejar de emplear sus
magníficos brazos ni su lozana musculatura. Cuando King se aferraba
a él, clavándole el hombro en las costillas e introduciendo la
cabeza bajo su brazo izquierdo, Sandel le golpeaba el rostro pasando
su brazo derecho por detrás de su espalda. Era un castigo
espectacular que provocaba murmullos de admiración en el público,
pero sin ninguna eficacia. Por el contrario, sólo servía para hacer
perder energías a Sandel. Éste, incansable, no se daba cuenta de
que todo tiene un límite. King sonreía y no se apartaba de su
prudente táctica.
Sandel asestó un
sonoro derechazo al cuerpo de King, que la masa de espectadores
consideró como un rudo castigo, pero los pocos expertos que había
en la sala percibieron el hábil movimiento del guante izquierdo de
Tom, que tocó el bíceps de Sandel en el momento en que éste
lanzaba el fuerte derechazo. Sandel repitió una y otra vez este
golpe, consiguiendo que siempre llegara a su destino, pero nunca con
eficacia, debido al ligero contragolpe de King.
En el noveno asalto,
y en un solo minuto, Tom alcanzó con tres ganchos de derecha la
mandíbula de Sandel, y las tres veces el corpachón del joven besó
la lona y el árbitro hubo de contar hasta nueve. Sandel quedó
aturdido y ligeramente conmocionado, pero conservaba las energías.
Había perdido velocidad y economizaba sus fuerzas. Tenía el ceño
fruncido, pero seguía contando con el arma más importante del
boxeador: la juventud. El arma principal de King era la experiencia.
Cuando empezó el declive de su vitalidad, cuando su vigor empezó a
disminuir, lo reemplazó con la astucia, la sabiduría cosechada en
mil combates y una escrupulosa economía de sus fuerzas. King no era
el único que sabía eludir los movimientos superfluos, pero nadie
como él poseía el arte de incitar al adversario a despilfarrar sus
energías.
Una y otra vez,
haciendo fintas con los pies, los puños y el cuerpo, siguió
engañando a Sandel: obligándolo a saltar hacia atrás sin motivo, a
esquivar golpes imaginarios, a lanzar inútiles contraataques. King
descansaba, pero no daba descanso a su rival. Era la estrategia de un
boxeador maduro.
Al iniciarse el
décimo asalto, King detuvo las embestidas de Sandel con directos de
izquierda a la cara, y Sandel, que ahora procedía con cautela,
respondió esgrimiendo su izquierda, para bajarla en seguida,
mientras lanzaba un gancho de derecha a la cara de Tom King. El golpe
fue demasiado alto para resultar decisivo, pero King notó que ese
negro velo de inconsciencia tan conocido por los boxeadores se
extendía sobre su mente. Durante una fracción casi inapreciable de
tiempo, Tom dejó de luchar. Momentáneamente, desaparecieron de su
vista su adversario y el telón de fondo formado por las caras
blancas y expectantes del público…, pero sólo momentáneamente.
Le pareció que abría los ojos tras un sueño fugaz. El intervalo de
inconsciencia fue tan breve, que no tuvo tiempo de caer. El público
sólo lo vio vacilar y doblar las rodillas. Inmediatamente, Tom King
se recuperó y ocultó más su barbilla en el refugio que le ofrecía
su hombro izquierdo.
Sandel repitió
varias veces este golpe, aturdiendo parcialmente a King. Pero el
experto boxeador consiguió elaborar su defensa, que fue también una
forma de contraatacar. Retrocediendo ligeramente sin dejar de hacer
fintas con el brazo izquierdo, lanzó a Sandel un uppercut con toda
la potencia de su puño derecho. Lo calculó con tanta precisión,
que consiguió alcanzar de pleno la cara de Sandel cuando éste se
agachaba haciendo un regate. El joven, levantado en vilo, cayó hacia
atrás y fue a dar en la lona con la cabeza y la espalda. King
repitió este golpe dos veces. Después dio rienda suelta a su
acometividad y acorraló a su adversario contra las cuerdas, lanzando
sobre él una lluvia de golpes. Sus puños funcionaron sin cesar
hasta que el público, puesto en pie, le tributó una estruendosa
salva de aplausos. Pero Sandel poseía una energía y una resistencia
inagotables, y se mantenía en pie. Se mascaba el knock-out. Un
capitán de policía, impresionado por el terrible castigo que
recibía Sandel, se acercó al cuadrilátero para suspender el
combate, pero en este preciso instante sonó el gong, señalando el
fin del asalto, y Sandel regresó tambaleándose a su rincón, donde
aseguró al capitán que estaba bien y conservaba las fuerzas. Para
demostrarlo, dio un par de saltos, y el policía, convencido, volvió
a sentarse.
Tom King, mientras
descansaba en su rincón, jadeante, se decía, contrariado, que si el
combate se hubiera suspendido, el árbitro se habría visto obligado
a declararlo vencedor y la bolsa hubiera ido a parar a sus manos. A
diferencia de Sandel, él no luchaba por la gloria ni para abrirse
paso, sino para ganar treinta libras esterlinas. En aquel minuto de
descanso, Sandel se recuperaría.
La juventud será
servida… Esta frase cruzó como un relámpago por el cerebro de
King. Se acordó también de la ocasión en que la oyó: fue la noche
en que dejó fuera de combate a Stowsher Bill. El señorito que la
había pronunciado tenía razón. Aquella noche, tan lejana ya, él
encarnaba a la juventud. «Pero esta noche –se dijo– la juventud
se sienta en el rincón de enfrente.» Ya llevaba media hora de pelea
y los años le pesaban. Si hubiese luchado como Sandel, no hubiera
resistido ni quince minutos. Lo peor era que no se recuperaba. Sus
venas hinchadas y su corazón fatigado no le permitían recobrar las
perdidas fuerzas en los descansos entre asalto y asalto. Las energías
le faltarían ya desde el comienzo de los asaltos. Notaba las piernas
pesadas y empezaba a sentir calambres. No debió haber hecho a pie
aquellos tres kilómetros que mediaban desde su casa a la sala de
deportes. Y para colmo de desdichas, aquel bistec que no se había
podido comer aquella mañana y que tanto había deseado. Se despertó
en él un odio terrible contra los carniceros que se habían negado a
fiarle. Un hombre de sus años no podía boxear sin haber comido lo
suficiente. ¿Qué era, al fin y al cabo, un bistec? Una
insignificancia que valía unos cuantos peniques. Sin embargo, para
él significaba treinta libras esterlinas.
Cuando el gong
señaló el comienzo del undécimo asalto, Sandel se levantó
impetuosamente, aparentando una gallardía que estaba muy lejos de
poseer. King supo apreciar el justo valor de semejante actitud: se
trataba de un farol tan antiguo como el mismo boxeo. Para no gastar
fuerzas en balde, Tom se abrazó a su adversario. Luego, cuando lo
soltó, permitió que el joven se pusiera en guardia. Esto era lo que
King esperaba. Hizo una finta con la izquierda, consiguió que su
contrincante se agachara para rehuirla, y al mismo tiempo le lanzó
un gancho de derecha. Seguidamente King, retrocediendo un poco,
asestó a Sandel un uppercut que lo alcanzó en plena cara y lo
derribó. Después no le dio punto de reposo. Encajó mucho, pero
pegó mucho más. Acorraló a Sandel contra las cuerdas mediante una
serie de ganchos y con toda clase de golpes. Después de desprenderse
de sus brazos, le impidió que lo volviera a abrazar, propinándole
un directo cada vez que lo intentaba. Y cuando Sandel iba a caer, lo
sostenía con una mano y lo golpeaba inmediatamente con la otra para
arrojarlo contra las cuerdas, donde no le era posible desplomarse.
El público parecía
haber enloquecido. Todos los espectadores, puestos en pie, lo
animaban con sus gritos.
–¡Duro con él,
Tom! ¡Ya es tuyo! ¡Lo tienes en el bolsillo!
Querían que el
combate terminara con una lluvia de golpes irresistibles. Esto era lo
que deseaban ver; para esto pagaban.
Y Tom King, que
durante media hora había economizado sus fuerzas, las derrochó a
manos llenas en lo que debía ser el esfuerzo final, un esfuerzo que
no podría repetir. Era su única oportunidad. ¡Ahora o nunca! Las
fuerzas lo abandonaban rápidamente, y todas sus esperanzas se
cifraban en que, antes de que lo abandonasen del todo, habría
conseguido que su adversario permaneciera tendido en la lona durante
diez segundos. Y mientras seguía pegando y atacando, calculando
fríamente la fuerza de sus golpes y el daño que causaban,
comprendió lo difícil que era dejar a Sandel fuera de combate. La
resistencia de aquel hombre, realmente extraordinaria, era la
resistencia virgen de la juventud. Desde
luego, Sandel tenía
ante sí un futuro lleno de promesas. Él también lo tuvo. Todos los
buenos boxeadores poseían el temple que demostraba Sandel.
Sandel retrocedía
dando traspiés, perseguido por King, que empezaba a sentir calambres
en las piernas y cuyos nudillos comenzaban a resentirse. Sin embargo,
siguió asestando sus terribles golpes, sin detenerse ante el dolor
que cada uno de ellos producía en sus manos, en sus pobres manos,
viejas y torturadas. Aunque en aquellos momentos no recibía ninguna
réplica de su adversario, King se debilitaba a toda prisa, de modo
que pronto su estado igualaría el de Sandel. No fallaba un solo
golpe, pero éstos ya no poseían la potencia de antes y cada uno de
ellos suponía para Tom un esfuerzo extraordinario. Sus piernas
parecían de plomo y se arrastraban visiblemente por el ring. Los
partidarios de Sandel lo advirtieron y empezaron a dirigir gritos de
aliento al joven boxeador.
Esto decidió a King
a realizar un postrer esfuerzo y asestó dos golpes casi simultáneos:
uno con la izquierda, dirigido al plexo solar y que resultó un poco
alto, y otro con la derecha a la mandíbula. Estos golpes no fueron
demasiado fuertes, pero Sandel estaba ya tan conmocionado, que cayó
en la lona, donde quedó debatiéndose. El árbitro se inclinó sobre
él y empezó a contarle al oído los segundos fatales. Si antes del
décimo no se levantaba, habría perdido el combate. En la sala
reinaba un silencio de muerte. King apenas se mantenía en pie sobre
sus piernas temblorosas. Se había apoderado de él un mortal
aturdimiento y, ante sus ojos, el mar de caras se movía y se
balanceaba mientras a sus oídos llegaba, al parecer desde una
distancia remotísima, la voz del árbitro que contaba los segundos.
Pero consideraba el combate suyo. Era imposible que un hombre tan
castigado pudiera levantarse.
Solamente la
juventud se podía levantar… Y Sandel se levantó. Al cuarto
segundo, dio media vuelta, quedando de bruces, y buscó a tientas las
cuerdas. Al séptimo segundo ya había conseguido incorporarse hasta
quedar sobre una rodilla, y descansó un momento en esta postura,
mientras su aturdida cabeza se bamboleaba sobre sus hombros. Cuando
el árbitro gritó «¡nueve!» Sandel se levantó del todo,
adoptando la adecuada posición de guardia, cubriéndose la cara con
el brazo izquierdo y el estómago con el derecho. Así defendía sus
puntos vitales, mientras avanzaba agachado hacia King, con la
esperanza de agarrarse a él para ganar más tiempo.
Tan pronto como
Sandel se levantó, King se le echó encima, pero los dos golpes que
le envió tropezaron con los brazos protectores. Acto seguido, Sandel
se aferró a él desesperadamente, mientras el árbitro se esforzaba
por separarlo, ayudado por King. Éste sabía con cuánta rapidez se
recobraba la juventud y, al mismo tiempo, estaba seguro de que Sandel
sería suyo si podía evitar que se repusiera. Un enérgico directo
lo liquidaría. Tenía a Sandel en su poder, no cabía duda. Él
había llevado la iniciativa del combate, había demostrado mayor
experiencia que su contrincante, le llevaba ventaja de puntos. Sandel
se desprendió del cuerpo de King, tambaleándose, vacilando entre la
derrota y la supervivencia. Un buen golpe lo derribaría
definitivamente, y, ante esta idea, Tom King, presa de súbita
amargura, se acordó del bistec. ¡Ah, si lo hubiera tenido y contara
con su fuerza para el golpe que iba a asestar! Concentró sus últimas
energías en el golpe decisivo, pero éste no fue bastante fuerte ni
bastante rápido. Sandel se tambaleó, pero no llegó a caer. Con
paso vacilante, retrocedió hacia las cuerdas y se aferró a ellas.
King, también tambaleándose, lo siguió y, experimentando un dolor
indescriptible, le asestó un nuevo golpe. Pero las fuerzas lo habían
abandonado. Únicamente le quedaba su inteligencia de luchador,
turbia, oscurecida por el cansancio. Había dirigido el puño a la
mandíbula, pero tropezó en el hombro. Su intención había sido
darlo más alto, pero sus cansados músculos no lo obedecieron. Y,
por efecto del impacto, el propio Tom King retrocedió, dando
traspiés. Poco faltó para que cayera. De nuevo lo intentó. Esta
vez su directo ni siquiera alcanzó a Sandel. Era tal su debilidad
que cayó sobre el joven y se abrazó a su cuerpo, para no
desplomarse definitivamente a sus pies.
King ya no hizo nada
por separarse. Había puesto toda la carne en el asador: ya no podía
hacer más. La juventud se había impuesto. Incluso en aquel abrazo
notaba cómo Sandel iba recuperando sus fuerzas. Cuando el árbitro
los separó, King vio claramente cómo se recobraba su joven
adversario. Segundo a segundo, Sandel se iba mostrando más fuerte.
Sus directos, débiles y vacilantes al principio, cobraron dureza y
precisión. Los ofuscados ojos de Tom King vieron el guante que se
acercaba a su mandíbula y se propuso protegerla alzando el brazo.
Vio el peligro, deseó parar el golpe, pero el brazo le pesaba
demasiado y no pudo: le pareció que tenía que levantar un quintal
de plomo. El brazo no quería levantarse y él deseó con toda su
alma levantarlo. El guante de Sandel ya le había llegado a la cara.
Oyó un agudo chasquido semejante al de un chispazo eléctrico y el
negro velo de la inconsciencia envolvió su mente.
Cuando abrió de
nuevo los ojos, se encontró sentado en su rincón y oyó el clamoreo
del público, semejante al rumor del oleaje de la playa de Bondi.
Alguien le oprimía una esponja empapada contra la base del cráneo,
y Sid Sullivan le rociaba la cara y el pecho con agua fría. Le
habían quitado ya los guantes y Sandel, inclinado sobre él, le
estrechaba la mano. No sintió rencor alguno hacia el hombre que lo
había dejado fuera de combate, y le devolvió el apretón de manos
tan cordialmente que sus nudillos se resintieron. Luego Sandel se
dirigió al centro del cuadrilátero y el griterío del público se
acalló para oírle decir que aceptaba el desafío de Young Pronto, y
que proponía aumentar la apuesta a cien libras. King lo contemplaba,
indiferente, mientras sus segundos secaban el agua que corría a
raudales por su cuerpo, le pasaban una esponja por la cara y lo
preparaban para abandonar el cuadrilátero. King sentía hambre; no
era aquélla la sensación de hambre ordinaria, sino una gran
debilidad, una serie de palpitaciones en la boca del estómago que
repercutían en todo su cuerpo. Se acordó del momento en que había
tenido ante él a Sandel tambaleándose, al borde del knock-out. ¡Ah,
si hubiese tenido aquel bistec en el cuerpo! Entonces nada habría
salvado a Sandel. Le había faltado sólo esto para asestar el golpe
decisivo con eficacia. Había perdido por culpa de aquel bistec.
Sus segundos
trataron de ayudarlo a pasar entre las cuerdas, pero él los apartó,
se agachó y saltó solo al piso de la sala. Precedido por sus
cuidadores, avanzó por el pasillo central abarrotado de público.
Poco después, cuando salió de los vestuarios y se dirigió a la
calle, se encontró con un muchacho que le dijo:
–¿Por qué no le
pegaste de firme cuando lo tenías atontado?
–¡Vete al diablo!
–le respondió Tom King mientras bajaba los escalones del portal.
Las puertas de la
taberna de la esquina estaban abiertas de par en par. Tom King vio
las luces cegadoras del local y las sonrientes camareras, y, entre el
alegre tintineo de las monedas que saltaban en el mármol del
mostrador, oyó diversas voces que comentaban el combate. Alguien lo
llamó para invitarlo a una copa, pero él rechazó la invitación y
siguió su camino.
No llevaba un
céntimo encima. Los tres kilómetros que lo separaban de su casa le
parecieron muy largos. Era evidente que envejecía. Cuando cruzaba el
Dominio, se dejó caer de pronto en un banco. La idea de que su mujer
estaría esperándolo, ansiosa de saber cómo había terminado el
encuentro, lo sumió en una angustiosa desesperación. Esto era peor
que un knock-out: no se sentía con fuerzas para mirarla a la cara.
Estaba desfallecido
y amargado. El vivo dolor que sentía en los nudillos le hizo
comprender que, aunque encontrase trabajo como peón de albañil,
tardaría lo menos una semana en poder empuñar la pala o el pico.
Las palpitaciones que le producía el hambre en la boca del estómago
le hacían sentir náuseas. Una profunda desolación se apoderó de
él y notó que sus ojos se llenaban de lágrimas incontenibles. Se
cubrió la cara con las manos y lloró. Y mientras lloraba se acordó
de la paliza que propinó a Stowsher Bill una noche ya lejana. ¡Pobre
Stowsher Bill! Ahora comprendía por qué lloró aquella noche en los
vestuarios.
martes, 4 de agosto de 2020
lunes, 3 de agosto de 2020
Poltarnees, la que mira al mar. Lord Dunsany.
Toldees, Mondath, Arizim, éstas son las Tierras Interiores, las
tierras cuyos centinelas, puestos en los confines, no ven el Mar. Más
allá, por el Este, hay un desierto que jamás turbaron los hombres,
y es amarillo, manchado está por la sombra de las piedras, y la
muerte yace en él como leopardo tendido al sol. Están cerradas sus
fronteras; al Sur, por la magia; al Oeste, por una montaña, y al
Norte, por el grito y la cólera del viento Polar. Semejante a una
gran muralla es la montaña del Oeste. Viene desde muy lejos y se
pierde muy lejos también, y es su nombre Poltarnees, la que mira al
Mar. Hacia el Norte, rojos peñascos, tersos y limpios de tierra y
sin mota de musgo o hierba, se escalonan hasta los labios mismos del
viento Polar, y nada hay allí sino el rumor de su cólera. Muy
apacibles son las Tierras Interiores, y muy hermosas sus ciudades, y
no mantienen guerra entre sí, mas quietud y holgura. Y otro enemigo
no tienen sino los años, pues la sed y la fiebre se asolean tendidas
en mitad del desierto, y no rondan jamás por las Tierras Interiores.
Y a vampiros y fantasmas, cuyo camino real es la noche, las fronteras
de la magia los contienen al Sur. Y muy chicas son todas sus gratas
ciudades, y en ellas los hombres todos tienen trato entre sí, y se
bendicen unos a otros en las calles, saludándose por sus nombres. Y
existe en cada ciudad una vía amplia y verde, que viene de un valle
o bosque o loma, y entra en la ciudad y sale de ella por entre las
casas y cruzando las calles; y nunca pasean por ella las gentes; mas
todos los años, en el tiempo oportuno, entra por allí la Primavera
desde las tierras florecientes, abriendo anémonas en la vía verde,
y todos los goces de los bosques repuestos o de los valles apartados,
profundos, o de las triunfantes lomas, cuyas cabezas se yerguen tan
altivas en la distancia, lejos de las ciudades.
A veces entran carreros o pastores por aquella vía, de los que vienen a la ciudad desde las serranías nebulosas; y los ciudadanos no se lo impiden, porque hay un paso que mancilla la hierba y un paso que no la mancilla, y todo hombre sabe en los adentros del corazón cómo es su paso. Y en los claros soleados del bosque y en sus umbrías, lejos de la música de las ciudades y de la danza de las ciudades, conciertan la música de los lugares campestres y danzan las danzas campestres. Amable, próximo y amistoso se les muestra a estos hombres el Sol, y les es propicio y cuida de sus tiernos viñedos; y ellos, en cambio, se muestran benévolos para con los menudos seres de los bosques y atentos a todo rumor de hadas o leyendas antiguas. Y cuando la luz de alguna pequeña ciudad distante pone un leve rubor en el confín del firmamento y las felices ventanas de oro de las mansiones solariegas abren los ojos brillantes en la oscuridad, entonces la vieja y sagrada figura de la Fábula, velada hasta el rostro, baja de las colinas boscosas y manda alzarse y danzar a las sombras oscuras, y saca de ronda a las criaturas del bosque, y enciende al instante la lámpara del gusano de luz en su enramada de hierba, e impone silencio a las tierras grises, y de ellas suscita desmayadamente en las colinas lejanas la voz de un laúd. No hay en el mundo tierras más prósperas y felices que Toldees, Mondath y Arizim.
De estos tres pequeños reinos llamados las Tierras Interiores huían constantemente los mozos. Íbanse uno tras otro, sin que supiera nadie por qué, sino tan sólo que tenían un anhelo de ver el Mar. Poco hablaban de aquel anhelo; pero un mozo guardaba silencio unos días, y luego, una mañana, muy temprano, se escabullía trepando poco a poco por la dificultosa pendiente de Poltarnees, y, llegado a la cumbre, pasábala y no volvía nunca. Algunos se quedaron atrás, en las Tierras Interiores, y envejecieron; pero, desde los tiempos más primitivos, ninguno de los que subieron a lo alto de Poltarnees regresó jamás. Muchos dirigiéronse a Poltarnees jurando que volverían. Hubo un rey que envió a todos sus cortesanos, uno por uno, para que le revelaran el misterio, y después él mismo se fue allá; ninguno volvió.
Ahora bien, el pueblo de las Tierras Interiores guardaba el culto de los rumores y las leyendas del Mar, y todo cuanto del Mar pudieron saber sus profetas escrito estaba en un libro sagrado que los sacerdotes leían en los templos con devoción profunda en las festividades o en los días de aflicción. Y abríanse todos los templos hacia Poniente, sostenidos por columnas, para que la brisa del mar entrara en ellos; y abríanse hacia Levante, sostenidos por columnas, para que la brisa del Mar no se detuviera, sino que entrara en ellos, dondequiera que estuviese el Mar. Y ésta es la leyenda que tenían del Mar nunca visto por ser alguno de las Tierras Interiores. Decían que el Mar es un río que corre hacia Hércules, y decían que llega hasta el confín del mundo y que Poltarnees lo domina. Decían que todos los mundos celestes corren, entrechocándose, por aquel río, y la corriente los arrastra, y que aquella Infinitud es una intrincada espesura de selvas donde el río precipita su curso arrebatando todos los mundos celestes. Por entre los colosales troncos de aquellos árboles oscuros, en las más breves frondas, en cuyas ramas muchas noches se reconcentran, andan los dioses. Y cuando su sed, resplandeciente en el espacio como un magno sol, cae sobre los animales, el tigre de los dioses se desliza hasta el río para beber. Y el tigre de los dioses bebe ruidosamente hasta hartarse, destruyendo mundos; y el nivel del río se sume dentro de sus riberas, mientras la sed del animal va saciándose y dejando de resplandecer como un sol. Y multitud de mundos se amontonan entonces, secos, en la orilla, y ya no vuelven a andar por ahí los dioses, porque les lastiman los pies. Son aquellos los mundos sin destino, cuyas gentes carecen de dioses, y el río fluye sin parar. Y el nombre del río es Oriathon, pero los hombres le llaman Océano. Tal es la Creencia Inferior de las Tierras Interiores. Y hay una Creencia Superior, de que nunca se habla. Según la Creencia Superior de las Tierras Interiores, el río Oriathon corre por las selvas de la Infinitud y de pronto cae rugiendo sobre un confín, desde donde el tiempo llamaba antiguamente a sus horas para que pelearan en la guerra contra los dioses; y cae apagado por el resplandor de las noches y los días, con millas de olas no medidas nunca, en las profundidades de la nada.
Ahora bien, conforme iban transcurriendo siglos y el camino único accesible a los hombres para subir a Poltarnees desgastándose de tantas huellas, más y más hombres lo pasaban para no volver. Y aún se ignoraba en las Tierras Interiores el misterio que desde Poltarnees se descubría. Y un día tranquilo y sin viento, mientras los hombres caminaban felices por sus hermosas calles o guardaban rebaños en la campiña, saltó de pronto el viento del Oeste y entróse por ellas desde el Mar. Y llegó velado, gris, luctuoso, y trajo hasta alguno el grito hambriento del Mar que reclamaba huesos de hombres. Y el que lo oyó revolvióse sin descanso durante horas, y al cabo se levantó de súbito, irresistiblemente, vuelto hacia Poltarnees, y dijo, como se acostumbra en el país cuando alguien se despide por poco tiempo: «Hasta que venga el recuerdo al corazón del hombre», lo cual significa: «Hasta luego»; mas los que lo amaban, viéndole mirar a Poltarnees, contestáronle tristes: «Hasta que los dioses olviden», que quiere decir: «Adios».
Tenía el rey de Arizim una hija que jugaba con las flores silvestres del bosque, y con las fuentes del palacio de su padre, y con los pajaritos azules del cielo que en la invernada llegábanse a su puerta buscando refugio contra la nieve. Y más hermosa era que las flores silvestres del bosque, y que todas las fuentes del palacio de su padre, y que los pajaritos azules del cielo, cuando con todo su plumaje invernal buscan refugio contra la nieve. Los viejos y sabios reyes de Mondath y Toldees viéronla una vez cuando andaba ligera por los estrechos andenes de su jardín, y volviendo los ojos a las nieblas del pensamiento, reflexionaron sobre el destino de sus Tierras Interiores. Y la miraron atentos junto a las flores majestuosas, y sola, en pie, a la luz del sol; y vieron pasar y repasar contorneándose las aves purpúreas que los recoveros del rey habían traído de Asagéhon. Cuando ella cumplió los quince años, el rey de Mondath convocó un Consejo de reyes. Y con él se reunieron los reyes de Toldees y Arizim. Y el rey de Mondath, en su Consejo, habló de esta suerte:
«El grito del Mar implacable y hambriento (y a la palabra Mar los tres reyes inclinaron la cabeza) atrae cada año, sacándolos de nuestros reinos felices, a más y más súbditos nuestros, y aún ignoramos el misterio del Mar, y ningún juramento se ha inventado que nos devuelva a un hombre solo. Ahora bien, tu hija, Arizim, es más bella que la luz del sol, y más bella que las majestuosas flores que tan altas crecen en tu jardín, y tiene mayor gracia y hermosura que esas extrañas aves que los afortunados recoveros traen en rechinantes carros de Asagéhon, y en cuyo plumaje la púrpura alterna con el blanco. Pues el que se enamore de tu hija Hilnaric, sea quien fuere, ése podrá subir a Poltarnees y regresar, como nadie hasta aquí lo hizo, y contarnos lo que se divisa desde Poltarnees, porque acaso tu hija sea más hermosa que el Mar.»
Alzóse entonces de su sitial del Consejo el rey de Arizim. Y dijo:
«Temo que hayas blasfemado del Mar, y me asusta que tu blasfemia pueda acarrearnos desgracia. No había reparado, a decir verdad, en su hermosura. ¡ Hace tan poco que era niña chica y llevaba el pelo suelto y no recogido aún al modo de las princesas, y se iba sin que nadie la vigilara a los bosques silvestres, y volvía con las vestiduras manchadas y desgarradas, y no escuchaba regaños con sumisión, sino haciendo muecas aun en mi patio de mármol todo rodeado de fuentes!»
Luego habló el rey de Toldees:
«Vigilémosla más atentos y contemplemos a la princesa Hilnaric en la estación de los huertos floridos, cuando las grandes aves se despiden del Mar, que conocen, y buscan descanso en nuestros palacios del interior; y si fuera más hermosa que el amanecer sobre nuestros reinos unidos, cuando los huertos están en flor, acaso sea más hermosa que el Mar.»
Y el rey de Arizim dijo:
«Temo que sea terrible blasfemia, mas lo haré según lo decidisteis en Consejo.»
Y llegó la estación de los huertos floridos. Una noche, el rey de Arizim llamó a su hija para que saliese al balcón de mármol. Y la luna surgía, grande, redonda, sagrada, sobre los bosques oscuros, y todas las fuentes cantaban a la noche. Y la luna tocó los aleros del palacio de mármol, y resplandecieron sobre la tierra. Y la luna tocó las cimas de todas las fuentes, y las grises columnas se quebraron en luces de magia. Y la luna dejó los oscuros caminos del bosque e iluminó todo el blanco palacio y sus fuentes, y brilló en la frente de la princesa, y el palacio de Arizim ganó en resplandores, y las fuentes se trocaron en columnas de relucientes joyas y cantos. Y de la luna, al levantarse, salió una melodía, que no llegó del todo a oídos mortales. E Hilnaric estaba en pie, maravillada, vestida de blanco, con el brillo de la luna en la frente; y acechándola desde la sombra, en el terrado, estaban los reyes de Mondath y Toldees. Y dijeron:
«Es más hermosa que el nacer de la luna.»
Y otro día, el rey de Arizim hizo que su hija se asomara al amanecer, y ellos volvieron a situarse cerca del balcón. Y el sol salió sobre un mundo de huertos, y las nieblas marinas se retiraron de Poltarnees hacia el Mar; leves voces silvestres levantáronse de todos los matorrales, las voces de las fuentes comenzaron a desfallecer, y alzóse, en todos los templos de mármol, el cantar de las aves consagradas al Mar. E Hilnaric estaba en pie, resplandeciente aún del sueño celestial.
«Es más hermosa —dijeron los reyes— que el alba.»
Otra prueba impusieron aún a la hermosura de Hilnaric, porque la observaron en las terrazas a la puesta del sol, cuando ya los pétalos de los huertos estaban caídos y en toda la linde de los bosques vecinos florecían el rododendro y la azalea. Y el sol se puso tras la escarpada Poltarnees, y la niebla del Mar se vertió sobre su cumbre interior. Y los templos de mármol se levantaban claros en el atardecer, pero nubecillas de crepúsculo se extendían entre montaña y ciudad. Entonces, de la cornisa de los templos y del tejaroz de los palacios soltáronse atrevidamente los murciélagos, y desplegando las alas, flotaron arriba y abajo por las vías ya oscuras; empezaron a encenderse las luces en las doradas ventanas, los hombres se envolvieron en sus capas por temor a la niebla marina gris, levantóse el son de algunas cancioncillas, y el rostro de Hilnaric convirtióse en lugar de reposo de misterios y ensueños.
«Más que todo —dijeron los reyes— es hermosa; pero ¿quién puede saber si es más hermosa que el Mar?»
Tendido en un macizo de rododendros, en la linde de las praderas de palacio, había esperado un cazador a que el sol se pusiera. Cerca de él había un estanque profundo donde crecían los jacintos y en el que flotaban extrañas flores de anchas hojas; a él iban a beber los toros salvajes, a la luz de las estrellas, y en su acecho vio él la blanca forma de la princesa apoyada en el balcón. Antes de que brillaran las estrellas y se llegaran a beber los toros dejó él su escondrijo y se acercó al palacio para ver más próxima a la princesa. Cubiertas estaban las praderas de palacio de no hollado rocío y todo yacía en calma cuando él las cruzó, empuñando su luengo venablo. En el más escondido rincón de la terraza, los tres viejos reyes discutían acerca de la hermosura de Hilnaric y del destino de las Tierras Interiores. Caminando ligero, con paso de cazador, acercóse más el que acechaba junto al estanque, en la quietud del anochecer, sin que aún la princesa le viese. Así que la hubo visto de cerca, exclamó de súbito:
«Ha de ser más hermosa que el Mar.»
Volvióse la princesa, y en su porte y luengo venablo conoció que era un cazador de toros salvajes.
Cuando los tres reyes oyeron la exclamación del mozo, dijéronse por lo bajo:
«Este ha de ser el hombre.»
Mostráronsele luego, y le dijeron, con propósito de probarle:
«Señor, habéis blasfemado del Mar.»
Y el mancebo murmuro:
«Es más hermosa que el Mar.»
Y dijeron los tres reyes:
«Más viejos somos y más sabios que vos, y sabemos que nade existe más hermoso que el Mar.»
Y el mozo, destocado y postrado al ver que hablaba con los reyes, contestó, empero:
«Por este venablo; es más hermosa que el Mar.»
Y, entre tanto, la princesa le miraba, reconociéndole por un cazador de toros salvajes.
Dijo el rey de Arizim al que acechaba en el estanque:
«Si subes a Poltarnees y vuelves, como nadie volvió, y nos refieres qué atracción mágica tiene el Mar, te perdonaremos tu blasfemia, y tendrás a la princesa por esposa, y te sentarás en el Consejo de los reyes.»
Y el mozo al punto mostró su asentimiento con alegría. Y la princesa le habló y le preguntó su nombre. Y él le dijo que se llamaba Athelvok, y se llenó de gozo al oír la voz de ella. Y prometió a los tres reyes salir a tercero día para escalar la pendiente de Poltarnees y regresar, y éste fue el juramento con que le ligaron para que volviera:
«Juro por el Mar que arrastra los mundos, por el río de Oriathon, a quien los hombres llaman Océano, y por los dioses y su tigre, y por el sino de los mundos, que volveré a las Tierras Interiores después de haber contemplado el Mar.»
Y prestó con solemnidad el juramento aquella misma noche en uno de los templos del Mar; pero los tres reyes fiaron aún más en la hermosura de Hilnaric que en el poder del juramento.
Al otro día de mañana fue Athelvok al palacio de Arizim, cruzando las campiñas del Este desde el país de Toldees, e Hilnaric salió al balcón y se reunió con él en las terrazas. Y le preguntó si había matado algún toro salvaje, y él le dijo que tres, y luego le contó que había cazado el primero junto al estanque del bosque. Había cogido el venablo de su padre, se fue a la orilla del estanque, se tendió bajo las azaleas a esperar que las estrellas saliesen, porque a su primera luz van los toros salvajes a beber de aquellas aguas. Y fue muy temprano, y tuvo mucho que esperar, y el pasar de las horas se le hizo más largo de lo que era. Y todos los pájaros acudieron a aquel lugar en la noche. Y ya había salido el murciélago, y ningún toro se acercaba al estanque. Y Athelvok estaba persuadido de que ninguno se acercaría. Y tan pronto como su mente adquirió esta certidumbre, abrióse sin rumor la maleza y un enorme toro salvaje se presentó a sus ojos, a la orilla del agua, y sus largos cuernos surgían a los lados de su cabeza, encorvándose por los extremos, y medían cuatro pasos de punta a punta. Y no había visto a Athelvok, porque el enorme toro estaba al otro extremo del reducido estanque, y Athelvok no podía ir arrastrándose hasta él por miedo de cortar el viento (pues los toros salvajes, que apenas ven en las selvas oscuras, se guardan por el oído y el olfato). Mas pronto se tramó el plan en su mente, mientras el toro erguía la cabeza a veinte pasos justos de donde estaba él, con el agua por medio. Y el toro olfateó con cautela el viento, se puso a escuchar, y luego bajó la cabeza hasta el estanque y bebió. En aquel punto saltó Athelvok al agua y atravesó rápidamente sus algosas profundidades, por entre los tallos de las extrañas flores que flotaban con sus anchas hojas en la superficie. Y Athelvok asestaba su venablo, recto, y mantenía rígidos y cerrados los dedos de la mano izquierda, sin salir a la superficie, de modo que la fuerza del salto le llevó adelante y le hizo pasar sin que se enredara por entre los tallos de las flores. Cuando saltó Athelvok al agua, el toro hubo de levantar la cabeza, se asustó al verse salpicado y luego debió de escuchar y ventear, y como no oyera ni olfateara peligro ninguno, hubo de quedarse rígido por unos instantes, porque en esta actitud le encontró Athelvok al surgir sin aliento a sus pies. Hiriendo de pronto, Athelvok le clavó la lanza en el cuello, antes de que pudiera bajar la cabeza y los cuernos terribles. Pero Athelvok se había colgado de uno de los cuernos y se vio arrastrado a tremenda velocidad por entre los matorrales de rododendros, hasta que el toro cayó, para levantarse de nuevo y morir de pie, luchando sin cesar, ahogado en su propia sangre.
Hilnaric escuchaba el relato como si un héroe de la antigúedad surgiese de nuevo ante sus ojos en toda la gloria de su legendaria juventud.
Mucho tiempo se pasearon por las terrazas, diciéndose lo que siempre se había dicho y se dijo luego, lo que repetirán labios aún por formarse. Y sobre ellos se erguía Poltarnees, mirando al Mar.
Y llegó el día en que Athelvok debía marcharse. E Hilnaric le dijo:
«¿Es cierto que volverás, luego que hayan mirado tus ojos desde la cumbre de Poltarnees?»
Athelvok repuso:
«Cierto que volveré, porque tu voz es más hermosa que el himno de los sacerdotes cuando cantan los loores del Mar; y aunque muchos mares tributarios fluyan hacia Oriathon y él y los otros viertan su hermosura en un estanque a mis pies, volvería jurando que tú eres más hermosa. »
E Hilnaric contestóle:
«La sabiduría del corazón me dice, o una antigua ciencia o profecía, o un raro saber, que nunca más he de oír tu voz. Y por ello te perdono.»
Pero él, repitiendo el juramento prestado, se fue, mirando muchas veces atrás, hasta que la pendiente se hizo tan empinada que su faz tocaba a la roca. Púsose en camino por la mañana y estuvo subiendo todo el día, con pequeño descanso, por los hoyos que había pulimentado el roce de muchos pies. Antes de llegar a la cima escondiósele el sol y fueron oscureciéndose cada vez más las Tierras Interiores. Apresuróse para ver, antes que fuere de noche, lo que había de mostrarle Poltarnees. Ya era profunda la oscuridad sobre las Tierras Interiores, y las luces de las ciudades chispeaban entre la niebla marina cuando llegó a la cumbre de Poltarnees, y el sol, de la otra parte, aún no se había retirado del firmamento.
Y a sus pies se fruncía el viejo Mar, sonriendo y murmurando cantares. Y daba el pecho a unos barcos chicos de velas deslumbradoras, y en las manos tenía los vetustos restos de naufragios tan echados de menos, y los mástiles todos tachonados de clavos de oro que desgajó en su cólera de los soberbios galeones. Y la gloria del sol reinaba en las olas que arrastraban a la deriva maderos de islas de especias, sacudiendo las cabezas doradas. Y las corrientes grises se arrastraban hacia el Sur, como solitarias serpientes enamoradas de algo lejano con amor inquieto, fatal. Y toda la llanura de agua resplandeciente al sol postrero, y las olas y las corrientes, y las velas blancas de los navíos, formaban, juntas, la faz de un extraño dios nuevo que mira a un hombre por primera vez a los ojos en el instante de su muerte; y Athelvok, mirando al maravilloso Mar, supo por qué no vuelven nunca los muertos: porque hay algo que los muertos sienten y conocen y los vivos no entenderán nunca, aunque los muertos vuelvan a contarles lo que han visto. Y el Mar le sonreía, alegre en la gloria del sol. Y había en él un puerto para las naves que regresaban, y junto a él una soleada ciudad, y la gente andaba por sus calles ataviada con las inconcebibles mercancías de las costas más lejanas.
Una fácil pendiente de roca suelta y menuda llevaba desde la cumbre de Poltarnees hasta la orilla del Mar.
Athelvok detúvose un largo rato lleno del pesar de lo perdido, dándose cuenta de que había entrado en su alma algo que no entenderían jamás los de las Tierras Interiores, porque sus pensamientos no iban más allá de los tres breves reinos. Luego, mirando los buques errantes, y las maravillosas mercancías de países remotos, y el color ignorado que ceñía la frente del Mar, volvió los ojos a las Tierras Interiores.
En aquel punto entonó el Mar un canto fúnebre al ocaso por todo el daño que causó en su cólera y por toda la ruina que acarreó a los navíos aventureros; y había lágrimas en la voz del tiránico Mar, porque amaba a las galeras hundidas, y llamaba a sí a todos los hombres y a todo lo viviente para disculparse, porque amaba los huesos que había desparramado. Y volviéndose, Athelvok puso un pie en la pendiente suelta, y otro después, y anduvo un poco para acercarse al Mar, y luego le sobrecogió un sueño y sintió que los hombres juzgaban mal del Mar, tan digno de ser amado, porque mostró alguna cólera, porque a veces fue cruel; sintió que reñían las mareas, porque el Mar había amado a las galeras fenecidas. Siguió andando, y las piedras menudas rodaban con él, y en el momento en que se desvaneció el ocaso y apareció una estrella, llegó él a la dorada costa, y siguió adelante hasta que las olas le tocaron las rodillas, y oyó las bendiciones, semejantes a las plegarias, del Mar. Mucho tiempo estuvo así, mientras iban saliendo estrellas y copiando su brillo en las olas; más estrellas salían, atorbellinándose en su carrera, del Mar; parpadeaban las luces en toda la ciudad del puerto, colgaban linternas de las naves y ardía la noche de púrpura; y la Tierra, ante los ojos de los dioses, que están sentados tan lejos de ella, refulgía como en una llama. Entonces entró Athelvok en la ciudad del puerto, en donde encontró a muchos que habían dejado antes que él las Tierras Interiores; ninguno deseaba volver al pueblo que no había visto el mar; muchos se habían olvidado de los tres breves reinos, y se susurraba que un hombre que una vez intentó volver halló imposible la subida por la pendiente movediza, deleznable.
Hilnaric no se casó jamás. Pero su dote se destinó a edificar un templo en que los hombres maldicen al Océano.
Una vez al año, con solemnes ritos y ceremonias, maldicen las mareas del Mar; y la luna se mira en él y los aborrece.
Cuentos de un soñador, 1910.
A veces entran carreros o pastores por aquella vía, de los que vienen a la ciudad desde las serranías nebulosas; y los ciudadanos no se lo impiden, porque hay un paso que mancilla la hierba y un paso que no la mancilla, y todo hombre sabe en los adentros del corazón cómo es su paso. Y en los claros soleados del bosque y en sus umbrías, lejos de la música de las ciudades y de la danza de las ciudades, conciertan la música de los lugares campestres y danzan las danzas campestres. Amable, próximo y amistoso se les muestra a estos hombres el Sol, y les es propicio y cuida de sus tiernos viñedos; y ellos, en cambio, se muestran benévolos para con los menudos seres de los bosques y atentos a todo rumor de hadas o leyendas antiguas. Y cuando la luz de alguna pequeña ciudad distante pone un leve rubor en el confín del firmamento y las felices ventanas de oro de las mansiones solariegas abren los ojos brillantes en la oscuridad, entonces la vieja y sagrada figura de la Fábula, velada hasta el rostro, baja de las colinas boscosas y manda alzarse y danzar a las sombras oscuras, y saca de ronda a las criaturas del bosque, y enciende al instante la lámpara del gusano de luz en su enramada de hierba, e impone silencio a las tierras grises, y de ellas suscita desmayadamente en las colinas lejanas la voz de un laúd. No hay en el mundo tierras más prósperas y felices que Toldees, Mondath y Arizim.
De estos tres pequeños reinos llamados las Tierras Interiores huían constantemente los mozos. Íbanse uno tras otro, sin que supiera nadie por qué, sino tan sólo que tenían un anhelo de ver el Mar. Poco hablaban de aquel anhelo; pero un mozo guardaba silencio unos días, y luego, una mañana, muy temprano, se escabullía trepando poco a poco por la dificultosa pendiente de Poltarnees, y, llegado a la cumbre, pasábala y no volvía nunca. Algunos se quedaron atrás, en las Tierras Interiores, y envejecieron; pero, desde los tiempos más primitivos, ninguno de los que subieron a lo alto de Poltarnees regresó jamás. Muchos dirigiéronse a Poltarnees jurando que volverían. Hubo un rey que envió a todos sus cortesanos, uno por uno, para que le revelaran el misterio, y después él mismo se fue allá; ninguno volvió.
Ahora bien, el pueblo de las Tierras Interiores guardaba el culto de los rumores y las leyendas del Mar, y todo cuanto del Mar pudieron saber sus profetas escrito estaba en un libro sagrado que los sacerdotes leían en los templos con devoción profunda en las festividades o en los días de aflicción. Y abríanse todos los templos hacia Poniente, sostenidos por columnas, para que la brisa del mar entrara en ellos; y abríanse hacia Levante, sostenidos por columnas, para que la brisa del Mar no se detuviera, sino que entrara en ellos, dondequiera que estuviese el Mar. Y ésta es la leyenda que tenían del Mar nunca visto por ser alguno de las Tierras Interiores. Decían que el Mar es un río que corre hacia Hércules, y decían que llega hasta el confín del mundo y que Poltarnees lo domina. Decían que todos los mundos celestes corren, entrechocándose, por aquel río, y la corriente los arrastra, y que aquella Infinitud es una intrincada espesura de selvas donde el río precipita su curso arrebatando todos los mundos celestes. Por entre los colosales troncos de aquellos árboles oscuros, en las más breves frondas, en cuyas ramas muchas noches se reconcentran, andan los dioses. Y cuando su sed, resplandeciente en el espacio como un magno sol, cae sobre los animales, el tigre de los dioses se desliza hasta el río para beber. Y el tigre de los dioses bebe ruidosamente hasta hartarse, destruyendo mundos; y el nivel del río se sume dentro de sus riberas, mientras la sed del animal va saciándose y dejando de resplandecer como un sol. Y multitud de mundos se amontonan entonces, secos, en la orilla, y ya no vuelven a andar por ahí los dioses, porque les lastiman los pies. Son aquellos los mundos sin destino, cuyas gentes carecen de dioses, y el río fluye sin parar. Y el nombre del río es Oriathon, pero los hombres le llaman Océano. Tal es la Creencia Inferior de las Tierras Interiores. Y hay una Creencia Superior, de que nunca se habla. Según la Creencia Superior de las Tierras Interiores, el río Oriathon corre por las selvas de la Infinitud y de pronto cae rugiendo sobre un confín, desde donde el tiempo llamaba antiguamente a sus horas para que pelearan en la guerra contra los dioses; y cae apagado por el resplandor de las noches y los días, con millas de olas no medidas nunca, en las profundidades de la nada.
Ahora bien, conforme iban transcurriendo siglos y el camino único accesible a los hombres para subir a Poltarnees desgastándose de tantas huellas, más y más hombres lo pasaban para no volver. Y aún se ignoraba en las Tierras Interiores el misterio que desde Poltarnees se descubría. Y un día tranquilo y sin viento, mientras los hombres caminaban felices por sus hermosas calles o guardaban rebaños en la campiña, saltó de pronto el viento del Oeste y entróse por ellas desde el Mar. Y llegó velado, gris, luctuoso, y trajo hasta alguno el grito hambriento del Mar que reclamaba huesos de hombres. Y el que lo oyó revolvióse sin descanso durante horas, y al cabo se levantó de súbito, irresistiblemente, vuelto hacia Poltarnees, y dijo, como se acostumbra en el país cuando alguien se despide por poco tiempo: «Hasta que venga el recuerdo al corazón del hombre», lo cual significa: «Hasta luego»; mas los que lo amaban, viéndole mirar a Poltarnees, contestáronle tristes: «Hasta que los dioses olviden», que quiere decir: «Adios».
Tenía el rey de Arizim una hija que jugaba con las flores silvestres del bosque, y con las fuentes del palacio de su padre, y con los pajaritos azules del cielo que en la invernada llegábanse a su puerta buscando refugio contra la nieve. Y más hermosa era que las flores silvestres del bosque, y que todas las fuentes del palacio de su padre, y que los pajaritos azules del cielo, cuando con todo su plumaje invernal buscan refugio contra la nieve. Los viejos y sabios reyes de Mondath y Toldees viéronla una vez cuando andaba ligera por los estrechos andenes de su jardín, y volviendo los ojos a las nieblas del pensamiento, reflexionaron sobre el destino de sus Tierras Interiores. Y la miraron atentos junto a las flores majestuosas, y sola, en pie, a la luz del sol; y vieron pasar y repasar contorneándose las aves purpúreas que los recoveros del rey habían traído de Asagéhon. Cuando ella cumplió los quince años, el rey de Mondath convocó un Consejo de reyes. Y con él se reunieron los reyes de Toldees y Arizim. Y el rey de Mondath, en su Consejo, habló de esta suerte:
«El grito del Mar implacable y hambriento (y a la palabra Mar los tres reyes inclinaron la cabeza) atrae cada año, sacándolos de nuestros reinos felices, a más y más súbditos nuestros, y aún ignoramos el misterio del Mar, y ningún juramento se ha inventado que nos devuelva a un hombre solo. Ahora bien, tu hija, Arizim, es más bella que la luz del sol, y más bella que las majestuosas flores que tan altas crecen en tu jardín, y tiene mayor gracia y hermosura que esas extrañas aves que los afortunados recoveros traen en rechinantes carros de Asagéhon, y en cuyo plumaje la púrpura alterna con el blanco. Pues el que se enamore de tu hija Hilnaric, sea quien fuere, ése podrá subir a Poltarnees y regresar, como nadie hasta aquí lo hizo, y contarnos lo que se divisa desde Poltarnees, porque acaso tu hija sea más hermosa que el Mar.»
Alzóse entonces de su sitial del Consejo el rey de Arizim. Y dijo:
«Temo que hayas blasfemado del Mar, y me asusta que tu blasfemia pueda acarrearnos desgracia. No había reparado, a decir verdad, en su hermosura. ¡ Hace tan poco que era niña chica y llevaba el pelo suelto y no recogido aún al modo de las princesas, y se iba sin que nadie la vigilara a los bosques silvestres, y volvía con las vestiduras manchadas y desgarradas, y no escuchaba regaños con sumisión, sino haciendo muecas aun en mi patio de mármol todo rodeado de fuentes!»
Luego habló el rey de Toldees:
«Vigilémosla más atentos y contemplemos a la princesa Hilnaric en la estación de los huertos floridos, cuando las grandes aves se despiden del Mar, que conocen, y buscan descanso en nuestros palacios del interior; y si fuera más hermosa que el amanecer sobre nuestros reinos unidos, cuando los huertos están en flor, acaso sea más hermosa que el Mar.»
Y el rey de Arizim dijo:
«Temo que sea terrible blasfemia, mas lo haré según lo decidisteis en Consejo.»
Y llegó la estación de los huertos floridos. Una noche, el rey de Arizim llamó a su hija para que saliese al balcón de mármol. Y la luna surgía, grande, redonda, sagrada, sobre los bosques oscuros, y todas las fuentes cantaban a la noche. Y la luna tocó los aleros del palacio de mármol, y resplandecieron sobre la tierra. Y la luna tocó las cimas de todas las fuentes, y las grises columnas se quebraron en luces de magia. Y la luna dejó los oscuros caminos del bosque e iluminó todo el blanco palacio y sus fuentes, y brilló en la frente de la princesa, y el palacio de Arizim ganó en resplandores, y las fuentes se trocaron en columnas de relucientes joyas y cantos. Y de la luna, al levantarse, salió una melodía, que no llegó del todo a oídos mortales. E Hilnaric estaba en pie, maravillada, vestida de blanco, con el brillo de la luna en la frente; y acechándola desde la sombra, en el terrado, estaban los reyes de Mondath y Toldees. Y dijeron:
«Es más hermosa que el nacer de la luna.»
Y otro día, el rey de Arizim hizo que su hija se asomara al amanecer, y ellos volvieron a situarse cerca del balcón. Y el sol salió sobre un mundo de huertos, y las nieblas marinas se retiraron de Poltarnees hacia el Mar; leves voces silvestres levantáronse de todos los matorrales, las voces de las fuentes comenzaron a desfallecer, y alzóse, en todos los templos de mármol, el cantar de las aves consagradas al Mar. E Hilnaric estaba en pie, resplandeciente aún del sueño celestial.
«Es más hermosa —dijeron los reyes— que el alba.»
Otra prueba impusieron aún a la hermosura de Hilnaric, porque la observaron en las terrazas a la puesta del sol, cuando ya los pétalos de los huertos estaban caídos y en toda la linde de los bosques vecinos florecían el rododendro y la azalea. Y el sol se puso tras la escarpada Poltarnees, y la niebla del Mar se vertió sobre su cumbre interior. Y los templos de mármol se levantaban claros en el atardecer, pero nubecillas de crepúsculo se extendían entre montaña y ciudad. Entonces, de la cornisa de los templos y del tejaroz de los palacios soltáronse atrevidamente los murciélagos, y desplegando las alas, flotaron arriba y abajo por las vías ya oscuras; empezaron a encenderse las luces en las doradas ventanas, los hombres se envolvieron en sus capas por temor a la niebla marina gris, levantóse el son de algunas cancioncillas, y el rostro de Hilnaric convirtióse en lugar de reposo de misterios y ensueños.
«Más que todo —dijeron los reyes— es hermosa; pero ¿quién puede saber si es más hermosa que el Mar?»
Tendido en un macizo de rododendros, en la linde de las praderas de palacio, había esperado un cazador a que el sol se pusiera. Cerca de él había un estanque profundo donde crecían los jacintos y en el que flotaban extrañas flores de anchas hojas; a él iban a beber los toros salvajes, a la luz de las estrellas, y en su acecho vio él la blanca forma de la princesa apoyada en el balcón. Antes de que brillaran las estrellas y se llegaran a beber los toros dejó él su escondrijo y se acercó al palacio para ver más próxima a la princesa. Cubiertas estaban las praderas de palacio de no hollado rocío y todo yacía en calma cuando él las cruzó, empuñando su luengo venablo. En el más escondido rincón de la terraza, los tres viejos reyes discutían acerca de la hermosura de Hilnaric y del destino de las Tierras Interiores. Caminando ligero, con paso de cazador, acercóse más el que acechaba junto al estanque, en la quietud del anochecer, sin que aún la princesa le viese. Así que la hubo visto de cerca, exclamó de súbito:
«Ha de ser más hermosa que el Mar.»
Volvióse la princesa, y en su porte y luengo venablo conoció que era un cazador de toros salvajes.
Cuando los tres reyes oyeron la exclamación del mozo, dijéronse por lo bajo:
«Este ha de ser el hombre.»
Mostráronsele luego, y le dijeron, con propósito de probarle:
«Señor, habéis blasfemado del Mar.»
Y el mancebo murmuro:
«Es más hermosa que el Mar.»
Y dijeron los tres reyes:
«Más viejos somos y más sabios que vos, y sabemos que nade existe más hermoso que el Mar.»
Y el mozo, destocado y postrado al ver que hablaba con los reyes, contestó, empero:
«Por este venablo; es más hermosa que el Mar.»
Y, entre tanto, la princesa le miraba, reconociéndole por un cazador de toros salvajes.
Dijo el rey de Arizim al que acechaba en el estanque:
«Si subes a Poltarnees y vuelves, como nadie volvió, y nos refieres qué atracción mágica tiene el Mar, te perdonaremos tu blasfemia, y tendrás a la princesa por esposa, y te sentarás en el Consejo de los reyes.»
Y el mozo al punto mostró su asentimiento con alegría. Y la princesa le habló y le preguntó su nombre. Y él le dijo que se llamaba Athelvok, y se llenó de gozo al oír la voz de ella. Y prometió a los tres reyes salir a tercero día para escalar la pendiente de Poltarnees y regresar, y éste fue el juramento con que le ligaron para que volviera:
«Juro por el Mar que arrastra los mundos, por el río de Oriathon, a quien los hombres llaman Océano, y por los dioses y su tigre, y por el sino de los mundos, que volveré a las Tierras Interiores después de haber contemplado el Mar.»
Y prestó con solemnidad el juramento aquella misma noche en uno de los templos del Mar; pero los tres reyes fiaron aún más en la hermosura de Hilnaric que en el poder del juramento.
Al otro día de mañana fue Athelvok al palacio de Arizim, cruzando las campiñas del Este desde el país de Toldees, e Hilnaric salió al balcón y se reunió con él en las terrazas. Y le preguntó si había matado algún toro salvaje, y él le dijo que tres, y luego le contó que había cazado el primero junto al estanque del bosque. Había cogido el venablo de su padre, se fue a la orilla del estanque, se tendió bajo las azaleas a esperar que las estrellas saliesen, porque a su primera luz van los toros salvajes a beber de aquellas aguas. Y fue muy temprano, y tuvo mucho que esperar, y el pasar de las horas se le hizo más largo de lo que era. Y todos los pájaros acudieron a aquel lugar en la noche. Y ya había salido el murciélago, y ningún toro se acercaba al estanque. Y Athelvok estaba persuadido de que ninguno se acercaría. Y tan pronto como su mente adquirió esta certidumbre, abrióse sin rumor la maleza y un enorme toro salvaje se presentó a sus ojos, a la orilla del agua, y sus largos cuernos surgían a los lados de su cabeza, encorvándose por los extremos, y medían cuatro pasos de punta a punta. Y no había visto a Athelvok, porque el enorme toro estaba al otro extremo del reducido estanque, y Athelvok no podía ir arrastrándose hasta él por miedo de cortar el viento (pues los toros salvajes, que apenas ven en las selvas oscuras, se guardan por el oído y el olfato). Mas pronto se tramó el plan en su mente, mientras el toro erguía la cabeza a veinte pasos justos de donde estaba él, con el agua por medio. Y el toro olfateó con cautela el viento, se puso a escuchar, y luego bajó la cabeza hasta el estanque y bebió. En aquel punto saltó Athelvok al agua y atravesó rápidamente sus algosas profundidades, por entre los tallos de las extrañas flores que flotaban con sus anchas hojas en la superficie. Y Athelvok asestaba su venablo, recto, y mantenía rígidos y cerrados los dedos de la mano izquierda, sin salir a la superficie, de modo que la fuerza del salto le llevó adelante y le hizo pasar sin que se enredara por entre los tallos de las flores. Cuando saltó Athelvok al agua, el toro hubo de levantar la cabeza, se asustó al verse salpicado y luego debió de escuchar y ventear, y como no oyera ni olfateara peligro ninguno, hubo de quedarse rígido por unos instantes, porque en esta actitud le encontró Athelvok al surgir sin aliento a sus pies. Hiriendo de pronto, Athelvok le clavó la lanza en el cuello, antes de que pudiera bajar la cabeza y los cuernos terribles. Pero Athelvok se había colgado de uno de los cuernos y se vio arrastrado a tremenda velocidad por entre los matorrales de rododendros, hasta que el toro cayó, para levantarse de nuevo y morir de pie, luchando sin cesar, ahogado en su propia sangre.
Hilnaric escuchaba el relato como si un héroe de la antigúedad surgiese de nuevo ante sus ojos en toda la gloria de su legendaria juventud.
Mucho tiempo se pasearon por las terrazas, diciéndose lo que siempre se había dicho y se dijo luego, lo que repetirán labios aún por formarse. Y sobre ellos se erguía Poltarnees, mirando al Mar.
Y llegó el día en que Athelvok debía marcharse. E Hilnaric le dijo:
«¿Es cierto que volverás, luego que hayan mirado tus ojos desde la cumbre de Poltarnees?»
Athelvok repuso:
«Cierto que volveré, porque tu voz es más hermosa que el himno de los sacerdotes cuando cantan los loores del Mar; y aunque muchos mares tributarios fluyan hacia Oriathon y él y los otros viertan su hermosura en un estanque a mis pies, volvería jurando que tú eres más hermosa. »
E Hilnaric contestóle:
«La sabiduría del corazón me dice, o una antigua ciencia o profecía, o un raro saber, que nunca más he de oír tu voz. Y por ello te perdono.»
Pero él, repitiendo el juramento prestado, se fue, mirando muchas veces atrás, hasta que la pendiente se hizo tan empinada que su faz tocaba a la roca. Púsose en camino por la mañana y estuvo subiendo todo el día, con pequeño descanso, por los hoyos que había pulimentado el roce de muchos pies. Antes de llegar a la cima escondiósele el sol y fueron oscureciéndose cada vez más las Tierras Interiores. Apresuróse para ver, antes que fuere de noche, lo que había de mostrarle Poltarnees. Ya era profunda la oscuridad sobre las Tierras Interiores, y las luces de las ciudades chispeaban entre la niebla marina cuando llegó a la cumbre de Poltarnees, y el sol, de la otra parte, aún no se había retirado del firmamento.
Y a sus pies se fruncía el viejo Mar, sonriendo y murmurando cantares. Y daba el pecho a unos barcos chicos de velas deslumbradoras, y en las manos tenía los vetustos restos de naufragios tan echados de menos, y los mástiles todos tachonados de clavos de oro que desgajó en su cólera de los soberbios galeones. Y la gloria del sol reinaba en las olas que arrastraban a la deriva maderos de islas de especias, sacudiendo las cabezas doradas. Y las corrientes grises se arrastraban hacia el Sur, como solitarias serpientes enamoradas de algo lejano con amor inquieto, fatal. Y toda la llanura de agua resplandeciente al sol postrero, y las olas y las corrientes, y las velas blancas de los navíos, formaban, juntas, la faz de un extraño dios nuevo que mira a un hombre por primera vez a los ojos en el instante de su muerte; y Athelvok, mirando al maravilloso Mar, supo por qué no vuelven nunca los muertos: porque hay algo que los muertos sienten y conocen y los vivos no entenderán nunca, aunque los muertos vuelvan a contarles lo que han visto. Y el Mar le sonreía, alegre en la gloria del sol. Y había en él un puerto para las naves que regresaban, y junto a él una soleada ciudad, y la gente andaba por sus calles ataviada con las inconcebibles mercancías de las costas más lejanas.
Una fácil pendiente de roca suelta y menuda llevaba desde la cumbre de Poltarnees hasta la orilla del Mar.
Athelvok detúvose un largo rato lleno del pesar de lo perdido, dándose cuenta de que había entrado en su alma algo que no entenderían jamás los de las Tierras Interiores, porque sus pensamientos no iban más allá de los tres breves reinos. Luego, mirando los buques errantes, y las maravillosas mercancías de países remotos, y el color ignorado que ceñía la frente del Mar, volvió los ojos a las Tierras Interiores.
En aquel punto entonó el Mar un canto fúnebre al ocaso por todo el daño que causó en su cólera y por toda la ruina que acarreó a los navíos aventureros; y había lágrimas en la voz del tiránico Mar, porque amaba a las galeras hundidas, y llamaba a sí a todos los hombres y a todo lo viviente para disculparse, porque amaba los huesos que había desparramado. Y volviéndose, Athelvok puso un pie en la pendiente suelta, y otro después, y anduvo un poco para acercarse al Mar, y luego le sobrecogió un sueño y sintió que los hombres juzgaban mal del Mar, tan digno de ser amado, porque mostró alguna cólera, porque a veces fue cruel; sintió que reñían las mareas, porque el Mar había amado a las galeras fenecidas. Siguió andando, y las piedras menudas rodaban con él, y en el momento en que se desvaneció el ocaso y apareció una estrella, llegó él a la dorada costa, y siguió adelante hasta que las olas le tocaron las rodillas, y oyó las bendiciones, semejantes a las plegarias, del Mar. Mucho tiempo estuvo así, mientras iban saliendo estrellas y copiando su brillo en las olas; más estrellas salían, atorbellinándose en su carrera, del Mar; parpadeaban las luces en toda la ciudad del puerto, colgaban linternas de las naves y ardía la noche de púrpura; y la Tierra, ante los ojos de los dioses, que están sentados tan lejos de ella, refulgía como en una llama. Entonces entró Athelvok en la ciudad del puerto, en donde encontró a muchos que habían dejado antes que él las Tierras Interiores; ninguno deseaba volver al pueblo que no había visto el mar; muchos se habían olvidado de los tres breves reinos, y se susurraba que un hombre que una vez intentó volver halló imposible la subida por la pendiente movediza, deleznable.
Hilnaric no se casó jamás. Pero su dote se destinó a edificar un templo en que los hombres maldicen al Océano.
Una vez al año, con solemnes ritos y ceremonias, maldicen las mareas del Mar; y la luna se mira en él y los aborrece.
Cuentos de un soñador, 1910.
domingo, 2 de agosto de 2020
Alberto Chimal. El juego más antiguo.
Y pasó que en la tierra de
Mundarna, en un cruce de caminos, una tarde de invierno, se
encontraron dos brujas. Una se llamaba Antazil, la otra Bondur. Eran
expertas en sus artes y sobre todo en el de la transformación, que
permite a sus adeptos mudar de apariencia y de naturaleza. Venían de
lugares lejanos, igualmente distantes, y se odiaban.
La causa no es tan importante: los conflictos de los poderosos son los nuestros, igual de terribles o de mezquinos, por más que ellos se empeñen en pintarlos dignos de más atención, de horror o maravilla, de arrastrar pueblos y naciones. Básteme decir que habían conversado, por medios mágicos, y decidido: que ninguna podía tolerar más la existencia de la otra, y que allí, lejos de miradas indiscretas, lejos de cualquiera que pudiese sufrir daño, resolverían sus diferencias de una vez.
Una llegó por el norte, caminando. La otra por el sur. Cuando estuvieron cerca, a unos palmos de tierra fría la una de la otra, se detuvieron. Se miraron, y no dijeron nada.
Pero Antazil se convirtió en águila, grande y majestuosa, de garras y pico de acero, y se arrojó sobre Bondur para sacarle los ojos. Y Bondur se volvió una serpiente constrictora, de piel gruesa y verde, y se enroscó en el águila para estrangularla. Y Antazil se volvió agua para escapar de la serpiente, y Bondur se volvió tierra para absorber el agua, y Antazil se volvió lombriz para devorar la tierra. Luego Bondur se volvió pájaro para comerse a la lombriz…
Era el juego más antiguo, como a veces lo llaman, y el que juega pierde cuando no atina a repeler un ataque, cuando no puede hallar una nueva forma, cuando demora demasiado. Pero quien juega casi nunca lo hace más que con palabras, con la imaginación, y en cambio la lombriz se transformó en gato y atacó al pájaro, que se volvió perro y persiguió al gato, que se volvió rabia e hizo enfermar al perro, que se volvió tiempo, que cura o que mata. La rabia se convirtió en clepsidra para aprisionar al tiempo; el tiempo se convirtió en piedra para romper la clepsidra, que se convirtió en pico para romper la piedra, que se volvió hacha para cortar el mango del pico…
Así combatieron durante mucho tiempo, con furor cada vez más grande, pues no cambiaba con sus formas. Ninguna bruja superaba a la otra, ninguna estratagema servía, y así Bondur y Antazil fueron animales, plantas, objetos, ideas, categorías, todas las cosas que tienen nombre, y cada vez más rápido, hasta que los caminos que se cruzaban bajo la batalla, no exagero, pudieron confundirse con los que llevaban al Templo de las Maravillas, el que Yuma de Haydayn mandó hacer cuando fue rey y en el que estaba, en verdad o en imagen, todo: lo creado y no creado, lo inconcebible, para su goce y el espanto de su pueblo.
Y hasta que Bondur, furiosa más allá de toda prudencia, se convirtió en hechizo, en magia pura de muerte y ruina. Antazil asumió su verdadera forma y, como bruja, comenzó a disolver el hechizo. Bondur apenas pudo transformarse de nuevo, porque en verdad se disipaba en el poder de Antazil, pero se convirtió en la espada Finor, la de la Gesta de Alabul, la que corta la piedra y seca la carne y es amiga de la desolación, y se arrojó sobre su enemiga.
Y he aquí que Antazil, cuando la hoja estaba por atravesarla, se transformó en Bondur.
Pensó que Bondur vacilaría, al mirarse fuera de su cuerpo, y vaciló, en efecto, pues Finor, la hoja terrible, la que en la Gesta mató sin piedad al mismo Endhra, al Eterno, se detuvo.
Pero luego, para estrangularla con sus propias manos, para hacerla pagar por el horror de verse a sí misma, Bondur se transformó, a su vez, en Antazil.
Y entonces se vieron.
Sí, Antazil con la carne de Bondur, Bondur con la de Antazil, pero también con los pensamientos de la otra, sus recuerdos, sus motivos para la vida y el arte y el combate. Y cada una comprendió a la otra, como nunca había comprendido nada en la existencia, y cuando se miró desde esos otros ojos, desde afuera, en aquel instante, también se conoció.
El país de los hablistas, 2001.
La causa no es tan importante: los conflictos de los poderosos son los nuestros, igual de terribles o de mezquinos, por más que ellos se empeñen en pintarlos dignos de más atención, de horror o maravilla, de arrastrar pueblos y naciones. Básteme decir que habían conversado, por medios mágicos, y decidido: que ninguna podía tolerar más la existencia de la otra, y que allí, lejos de miradas indiscretas, lejos de cualquiera que pudiese sufrir daño, resolverían sus diferencias de una vez.
Una llegó por el norte, caminando. La otra por el sur. Cuando estuvieron cerca, a unos palmos de tierra fría la una de la otra, se detuvieron. Se miraron, y no dijeron nada.
Pero Antazil se convirtió en águila, grande y majestuosa, de garras y pico de acero, y se arrojó sobre Bondur para sacarle los ojos. Y Bondur se volvió una serpiente constrictora, de piel gruesa y verde, y se enroscó en el águila para estrangularla. Y Antazil se volvió agua para escapar de la serpiente, y Bondur se volvió tierra para absorber el agua, y Antazil se volvió lombriz para devorar la tierra. Luego Bondur se volvió pájaro para comerse a la lombriz…
Era el juego más antiguo, como a veces lo llaman, y el que juega pierde cuando no atina a repeler un ataque, cuando no puede hallar una nueva forma, cuando demora demasiado. Pero quien juega casi nunca lo hace más que con palabras, con la imaginación, y en cambio la lombriz se transformó en gato y atacó al pájaro, que se volvió perro y persiguió al gato, que se volvió rabia e hizo enfermar al perro, que se volvió tiempo, que cura o que mata. La rabia se convirtió en clepsidra para aprisionar al tiempo; el tiempo se convirtió en piedra para romper la clepsidra, que se convirtió en pico para romper la piedra, que se volvió hacha para cortar el mango del pico…
Así combatieron durante mucho tiempo, con furor cada vez más grande, pues no cambiaba con sus formas. Ninguna bruja superaba a la otra, ninguna estratagema servía, y así Bondur y Antazil fueron animales, plantas, objetos, ideas, categorías, todas las cosas que tienen nombre, y cada vez más rápido, hasta que los caminos que se cruzaban bajo la batalla, no exagero, pudieron confundirse con los que llevaban al Templo de las Maravillas, el que Yuma de Haydayn mandó hacer cuando fue rey y en el que estaba, en verdad o en imagen, todo: lo creado y no creado, lo inconcebible, para su goce y el espanto de su pueblo.
Y hasta que Bondur, furiosa más allá de toda prudencia, se convirtió en hechizo, en magia pura de muerte y ruina. Antazil asumió su verdadera forma y, como bruja, comenzó a disolver el hechizo. Bondur apenas pudo transformarse de nuevo, porque en verdad se disipaba en el poder de Antazil, pero se convirtió en la espada Finor, la de la Gesta de Alabul, la que corta la piedra y seca la carne y es amiga de la desolación, y se arrojó sobre su enemiga.
Y he aquí que Antazil, cuando la hoja estaba por atravesarla, se transformó en Bondur.
Pensó que Bondur vacilaría, al mirarse fuera de su cuerpo, y vaciló, en efecto, pues Finor, la hoja terrible, la que en la Gesta mató sin piedad al mismo Endhra, al Eterno, se detuvo.
Pero luego, para estrangularla con sus propias manos, para hacerla pagar por el horror de verse a sí misma, Bondur se transformó, a su vez, en Antazil.
Y entonces se vieron.
Sí, Antazil con la carne de Bondur, Bondur con la de Antazil, pero también con los pensamientos de la otra, sus recuerdos, sus motivos para la vida y el arte y el combate. Y cada una comprendió a la otra, como nunca había comprendido nada en la existencia, y cuando se miró desde esos otros ojos, desde afuera, en aquel instante, también se conoció.
El país de los hablistas, 2001.
sábado, 1 de agosto de 2020
Sólo oí el grito de mi madre. Svetlana Alexiévich.
Lida Pogorzhélskaia, ocho años
Actualmente es doctora en Ciencias Biológicas
Llevo toda la vida recordando aquel día… El primer día sin mi padre…
Yo tenía sueño. Mamá nos despertó de madrugada y nos dijo: «¡Es la guerra!». ¿Quién podría seguir durmiendo después de eso? Empezamos a prepararnos para el viaje. Todavía no había miedo. Todos mirábamos a papá y él se comportaba con naturalidad. Como siempre. Era un funcionario del partido. «Todos tenéis que coger algo», dijo. A mí no se me ocurrió nada que pudiera coger; mi hermana pequeña se llevó una muñeca. Mamá cogió en brazos a nuestro hermanito. Papá nos alcanzaría por el camino.
He olvidado mencionar que vivíamos en la ciudad de Kobrin, cerca de Brest. Por eso el primer día ya teníamos la guerra encima. No hubo tiempo para recapacitar. Los mayores apenas hablaban: caminaban en silencio, montaban a caballo en silencio. Eso daba miedo. La gente caminaba, mucha gente, y nadie hablaba.
Cuando nuestro padre se reunió con nosotros, nos tranquilizamos un poco. En nuestra familia mi padre estaba al frente de todo porque mamá era muy joven, se casó a los dieciséis años. Ni siquiera sabía cocinar. En cambio, nuestro padre era huérfano, sabía de todo. Recuerdo cómo disfrutábamos cuando papá tenía un rato libre y cocinaba para nosotros alguna cosa rica. Era una auténtica fiesta. Todavía hoy pienso que no hay nada más rico que la papilla que nos hacía papá. Había sido muy difícil estar sin él en aquella carretera, cómo lo esperábamos… Quedarnos en mitad de la guerra sin papá: ni nos lo podíamos imaginar. Así era nuestra familia.
Se organizó una hilera de carretas muy larga. Nos movíamos lentamente. A ratos todos paraban y miraban al cielo. Buscábamos nuestros aviones con la mirada… Pero nada…
Después del mediodía vimos una columna de militares. Iban a caballo y vestían uniformes nuevos del Ejército Rojo. Los caballos estaban bien alimentados. Eran grandes. Nadie sospechó que se trataba de infiltrados. Pensamos: «¡Son los nuestros!». Y nos alegramos. Papá salió corriendo a su encuentro y oí el grito de mi madre. No oí el disparo… Solo oí a mamá gritar: «Aaah…». Recuerdo que los soldados ni siquiera bajaron de sus caballos… Cuando oí el grito de mi madre, eché a correr. Todo el mundo corrió. Corríamos en silencio. Dejé de oír el grito de mamá. Corrí hasta que me tropecé y caí sobre la hierba alta…
Nuestros caballos permanecieron inmóviles en el mismo lugar hasta bien entrada la noche. Nos esperaban. Nosotros regresamos cuando oscureció. Allí solo se había quedado mi madre, estaba esperando. Alguien dijo: «Mirad, el pelo se le ha vuelto blanco». Recuerdo que los adultos cavaron un hoyo… Luego alguien empezó a darnos pequeños empujones, a mí y a mi hermana pequeña: «Acercaos. Decidle adiós a vuestro padre». Yo avancé dos pasos y no pude andar más. Me senté en el suelo. Y mi hermana, lo mismo: se sentó a mi lado. Nuestro hermanito dormía, era muy pequeño, no entendía nada. Mamá estaba inconsciente en la carreta, no nos dejaban que nos acercásemos a ella.
Así que ninguno de nosotros vio a papá muerto. Y nadie lo recuerda muerto. Yo siempre que lo recuerdo, por alguna razón, lo veo vestido con una guerrera blanca. Joven y alegre. Incluso ahora, y eso que ya soy mayor que nuestro padre.
En la región de Stalingrado, adonde nos evacuaron, nuestra madre se puso a trabajar en el koljós. Mamá, la misma que no tenía ni idea de escardar un huerto, que no sabía diferenciar la avena del trigo, se convirtió en la mejor trabajadora de todas. No teníamos padre, no éramos los únicos. Otros habían perdido a sus madres. O a su hermano. O a su hermana. O a sus abuelos. Pero no nos sentíamos huérfanos. Nos compadecían y nos criaban entre todos. Recuerdo a la tía Tania Morózova. Había perdido a dos hijos y vivía sola. Nos daba hasta el último pedazo de pan que le quedaba, igual que nuestra madre. No era de la familia, era una persona desconocida, pero durante la guerra se convirtió en un familiar más. Mi hermano, cuando se hizo mayor, decía que no teníamos padre pero que teníamos dos mamás: la nuestra y la tía Tania. Así crecíamos todos. Con dos o tres mamás.
También recuerdo que durante la evacuación nos bombardeaban y nosotros corríamos a escondernos. Pero no corríamos hacia mamá, sino hacia los soldados. Cuando se acababa el ataque, mamá nos reñía por habernos escapado. Pero, igualmente, cuando volvían a dispararnos, nosotros corríamos hacia los soldados.
Cuando liberaron la ciudad de Minsk, decidimos regresar. A casa. A Bielorrusia. Nuestra madre era de Minsk, pero cuando bajamos del tren en la estación, ella no sabía hacia dónde dirigirse. Era una ciudad distinta. Toda en ruinas…, las piedras hechas arena…
Más tarde, yo empecé a estudiar en la academia de agricultura de Gorétskaia… Vivía en una residencia estudiantil; en la habitación éramos ocho. Todas huérfanas. No es que nos hubieran juntado así a propósito, es que había muchos huérfanos. Había varias habitaciones donde todos eran huérfanos. Recuerdo que de noche gritábamos… Yo a menudo saltaba de la cama y me ponía a aporrear la puerta… Sentía el impulso de marcharme… Las demás chicas me paraban. Entonces rompía a llorar. Y ellas detrás de mí. Toda la habitación sollozando. Por la mañana nos tocaba levantarnos y asistir a las clases.
Una vez me crucé por la calle con un hombre que se parecía a mi padre. Caminé detrás de él un buen rato. Es que nunca llegué a ver a papá muerto…
Últimos testigos. Los niños de la II Guerra Mundial. 1985.
Actualmente es doctora en Ciencias Biológicas
Llevo toda la vida recordando aquel día… El primer día sin mi padre…
Yo tenía sueño. Mamá nos despertó de madrugada y nos dijo: «¡Es la guerra!». ¿Quién podría seguir durmiendo después de eso? Empezamos a prepararnos para el viaje. Todavía no había miedo. Todos mirábamos a papá y él se comportaba con naturalidad. Como siempre. Era un funcionario del partido. «Todos tenéis que coger algo», dijo. A mí no se me ocurrió nada que pudiera coger; mi hermana pequeña se llevó una muñeca. Mamá cogió en brazos a nuestro hermanito. Papá nos alcanzaría por el camino.
He olvidado mencionar que vivíamos en la ciudad de Kobrin, cerca de Brest. Por eso el primer día ya teníamos la guerra encima. No hubo tiempo para recapacitar. Los mayores apenas hablaban: caminaban en silencio, montaban a caballo en silencio. Eso daba miedo. La gente caminaba, mucha gente, y nadie hablaba.
Cuando nuestro padre se reunió con nosotros, nos tranquilizamos un poco. En nuestra familia mi padre estaba al frente de todo porque mamá era muy joven, se casó a los dieciséis años. Ni siquiera sabía cocinar. En cambio, nuestro padre era huérfano, sabía de todo. Recuerdo cómo disfrutábamos cuando papá tenía un rato libre y cocinaba para nosotros alguna cosa rica. Era una auténtica fiesta. Todavía hoy pienso que no hay nada más rico que la papilla que nos hacía papá. Había sido muy difícil estar sin él en aquella carretera, cómo lo esperábamos… Quedarnos en mitad de la guerra sin papá: ni nos lo podíamos imaginar. Así era nuestra familia.
Se organizó una hilera de carretas muy larga. Nos movíamos lentamente. A ratos todos paraban y miraban al cielo. Buscábamos nuestros aviones con la mirada… Pero nada…
Después del mediodía vimos una columna de militares. Iban a caballo y vestían uniformes nuevos del Ejército Rojo. Los caballos estaban bien alimentados. Eran grandes. Nadie sospechó que se trataba de infiltrados. Pensamos: «¡Son los nuestros!». Y nos alegramos. Papá salió corriendo a su encuentro y oí el grito de mi madre. No oí el disparo… Solo oí a mamá gritar: «Aaah…». Recuerdo que los soldados ni siquiera bajaron de sus caballos… Cuando oí el grito de mi madre, eché a correr. Todo el mundo corrió. Corríamos en silencio. Dejé de oír el grito de mamá. Corrí hasta que me tropecé y caí sobre la hierba alta…
Nuestros caballos permanecieron inmóviles en el mismo lugar hasta bien entrada la noche. Nos esperaban. Nosotros regresamos cuando oscureció. Allí solo se había quedado mi madre, estaba esperando. Alguien dijo: «Mirad, el pelo se le ha vuelto blanco». Recuerdo que los adultos cavaron un hoyo… Luego alguien empezó a darnos pequeños empujones, a mí y a mi hermana pequeña: «Acercaos. Decidle adiós a vuestro padre». Yo avancé dos pasos y no pude andar más. Me senté en el suelo. Y mi hermana, lo mismo: se sentó a mi lado. Nuestro hermanito dormía, era muy pequeño, no entendía nada. Mamá estaba inconsciente en la carreta, no nos dejaban que nos acercásemos a ella.
Así que ninguno de nosotros vio a papá muerto. Y nadie lo recuerda muerto. Yo siempre que lo recuerdo, por alguna razón, lo veo vestido con una guerrera blanca. Joven y alegre. Incluso ahora, y eso que ya soy mayor que nuestro padre.
En la región de Stalingrado, adonde nos evacuaron, nuestra madre se puso a trabajar en el koljós. Mamá, la misma que no tenía ni idea de escardar un huerto, que no sabía diferenciar la avena del trigo, se convirtió en la mejor trabajadora de todas. No teníamos padre, no éramos los únicos. Otros habían perdido a sus madres. O a su hermano. O a su hermana. O a sus abuelos. Pero no nos sentíamos huérfanos. Nos compadecían y nos criaban entre todos. Recuerdo a la tía Tania Morózova. Había perdido a dos hijos y vivía sola. Nos daba hasta el último pedazo de pan que le quedaba, igual que nuestra madre. No era de la familia, era una persona desconocida, pero durante la guerra se convirtió en un familiar más. Mi hermano, cuando se hizo mayor, decía que no teníamos padre pero que teníamos dos mamás: la nuestra y la tía Tania. Así crecíamos todos. Con dos o tres mamás.
También recuerdo que durante la evacuación nos bombardeaban y nosotros corríamos a escondernos. Pero no corríamos hacia mamá, sino hacia los soldados. Cuando se acababa el ataque, mamá nos reñía por habernos escapado. Pero, igualmente, cuando volvían a dispararnos, nosotros corríamos hacia los soldados.
Cuando liberaron la ciudad de Minsk, decidimos regresar. A casa. A Bielorrusia. Nuestra madre era de Minsk, pero cuando bajamos del tren en la estación, ella no sabía hacia dónde dirigirse. Era una ciudad distinta. Toda en ruinas…, las piedras hechas arena…
Más tarde, yo empecé a estudiar en la academia de agricultura de Gorétskaia… Vivía en una residencia estudiantil; en la habitación éramos ocho. Todas huérfanas. No es que nos hubieran juntado así a propósito, es que había muchos huérfanos. Había varias habitaciones donde todos eran huérfanos. Recuerdo que de noche gritábamos… Yo a menudo saltaba de la cama y me ponía a aporrear la puerta… Sentía el impulso de marcharme… Las demás chicas me paraban. Entonces rompía a llorar. Y ellas detrás de mí. Toda la habitación sollozando. Por la mañana nos tocaba levantarnos y asistir a las clases.
Una vez me crucé por la calle con un hombre que se parecía a mi padre. Caminé detrás de él un buen rato. Es que nunca llegué a ver a papá muerto…
Últimos testigos. Los niños de la II Guerra Mundial. 1985.
viernes, 31 de julio de 2020
1492. Sin Colón, ni gazpacho ni cigarrito. Nieves Concostrina.
Hay vicios cuyo origen tienen día, mes y año. El 6 de noviembre de
1492 Cristóbal Colón anotó en su diario la primera referencia al
tabaco de la que tenemos noticias. Pero el almirante no fumaba. Fue
uno de sus marineros, Rodrigo de Jerez, que como su propio nombre
indica era de Ayamonte (Huelva), quien pasó a la historia por ser el
primer europeo que fumó, que le gustó, que se enganchó y que tuvo
que pasar el síndrome de abstinencia en la cárcel.
A Cristóbal Colón se le pueden echar en cara muchas cosas, y una de ellas, y visto lo visto con la distancia de cinco siglos, es haber traído el tabaco de América. Sin Colón no habría sido posible el gazpacho, ni la tortilla de patatas, pero lo malo es que con los tomates y las papas también vino el tabaco. Aquel 6 de noviembre Colón escribió que mucha gente, hombres y mujeres, iban con un tizón en las manos; un tizón relleno de hierbas que chupeteaban con fruición y que luego les hacía expulsar humo por la boca. Y eso lo apuntó en su diario porque así se lo explicaron dos de los hombres a los que envió a darse un garbeo.
El tabaco lo descubrieron en Cuba, cómo no. Hacía apenas un mes que Colón y sus chicos habían llegado al Caribe y andaban de isla en isla bicheando, oliendo a ver si daban con las especias que buscaban, pimienta y canela sobre todo. Cuando recalaron en Cuba, Colón hizo lo habitual: enviar a dos de sus hombres de avanzadilla a que se dieran una vuelta por la isla y luego le contaran qué se cocía y de qué iban los indios. Aquellos dos comisionados fueron Luis de Torres y Rodrigo de Jerez, que allá donde paraban, entre fiestas y agasajos, les ofrecían un tizón para que lo chuparan.
Cuando volvieron al campamento base ya iban fumando como carreteros, y a Colón le explicaron cómo era ese tizón más o menos con estas palabras: «Unas hierbas secas, metidas en una cierta hoja, también seca, que los indios encienden por una parte y por la otra chupan o sorben para dentro el humo». Eso lo traslada Colón a su diario y pasa a ser la primera descripción de la acción de fumar y de lo que es un cigarro.
Comprobaron también que todo lo que se puede hacer con el tabaco ya lo habían chequeado los indios. Unos fumaban las hierbas envueltas, otros las mascaban, los sacerdotes inhalaban el humo con pipa para comunicarse con los dioses, y los de más allá machacaban la hoja hasta pulverizarla para poder esnifarla en plan medicinal, exactamente lo mismo que se hacía en Europa siglo y pico después, solo que lo llamaban rapé.
La planta del tabaco vino a España en el regreso del primero de los viajes de Colón. Llegó en la carabela la Niña con Rodrigo de Jerez, que fue el que empezó a extender el vicio en su pueblo, en Ayamonte, con la tontería de hacer demostraciones de cómo liarse un puro. El pionero Rodrigo está tan aceptado mundialmente como el primer fumador moderno, que en Nicaragua hay una marca de puros que se llama así, Rodrigo de Jerez.
Los ayamontinos, por tanto, fueron los primeros en España en echarse un pitillito. Hubo cierta alarma en el pueblo, y alguno de sus paisanos lo denunció ante la Inquisición por hacer brujería, porque solo el diablo podía dar a un hombre el poder de echar humo por la boca. La Inquisición estuvo de acuerdo en que aquello era cosa del demonio y lo metió en prisión. Siete años de cárcel por fumar le cayeron a Rodrigo de Jerez. Cuando salió, sin embargo, media España estaba fumando. La vida es muy injusta, y ser precursor en algo, lo que sea, acarrea sus riesgos.
El vicio no tardó en extenderse por Europa. Dicen que ningún otro hábito se ha propagado tanto ni tan rápido. Dos siglos después de aquel primer cigarrito de Rodrigo de Jerez toda la humanidad conocía el tabaco y todo el mundo, de toda condición, tenía acceso a él. Al principio se extendió con la excusa de que el tabaco tenía un uso terapéutico, pero la disculpa se desmontó sola en cuanto se demostró que seguían fumando los que supuestamente ya se habían curado. Se enganchó todo el mundo.
La incongruencia llega ahora: si resulta que la Inquisición fue la primera liga anti-tabaco por considerar eso de fumar una práctica diabólica y procedente de una cultura salvaje, ¿cómo es posible que en menos de cien años, en Roma, estuvieran todos fumados? Pues porque hubo un cardenal que se llamaba Próspero Santacroce que introdujo el tabaco en 1585 y en todos los huertos de los monasterios se cultivaba la planta. Al principio porque eran unas hierbitas que curaban cosas, pero acabaron todos enviciados. Se les prohibió fumar durante los oficios porque las iglesias estaban llenas de humo, pero muchos no aguantaban una misa de dos horas sin salir a fumar a la mitad. El franciscano Giuseppe da Convertino disculpaba a todos los fumetas porque decía que libraba a los religiosos de la tentación de la carne.
¿Y qué fue del otro fumador? ¿De Luis de Torres, el colega de Rodrigo de Jerez? Pues seguramente no le hubiera importado morir de cáncer de pulmón porque, seguro, habría vivido más. A Luis de Torres lo mataron los indios.
Fue uno de los treinta y nueve hombres que Colón dejó en el Fuerte Navidad con el encargo de ir haciendo amigos con la población local porque, debido a la pérdida de la nao Santa María, no entraban todos los tripulantes en las dos carabelas que regresaban a España. Pero resultó que aquella delegación, en vez de hacer amigos en las Indias, lo hicieron con las indias y acabaron inflando a los indios. Cuando Colón volvió en su segundo viaje estaban todos fritos. Seguramente Luis de Torres murió fumando, pero no por fumar.
En Europa el tabaco ganó tantos adictos en tan poco tiempo que los gobiernos intervinieron para prohibirlo. Pero luego esos mismos gobiernos se percataron de su torpeza y rectificaron. Si eso le gustaba a tanta gente, en vez de prohibirlo, mejor clavar unos impuestos y engordar el erario. Y así, de la noche a la mañana, se pasó de la represión a bendecir el rentable vicio de fumar.
Los indios consideraban el tabaco una hierba sagrada. Y las haciendas públicas, también.
Pretérito imperfecto. Historias del mundo desde el año de la pera hasta ya mismo. 2018.
A Cristóbal Colón se le pueden echar en cara muchas cosas, y una de ellas, y visto lo visto con la distancia de cinco siglos, es haber traído el tabaco de América. Sin Colón no habría sido posible el gazpacho, ni la tortilla de patatas, pero lo malo es que con los tomates y las papas también vino el tabaco. Aquel 6 de noviembre Colón escribió que mucha gente, hombres y mujeres, iban con un tizón en las manos; un tizón relleno de hierbas que chupeteaban con fruición y que luego les hacía expulsar humo por la boca. Y eso lo apuntó en su diario porque así se lo explicaron dos de los hombres a los que envió a darse un garbeo.
El tabaco lo descubrieron en Cuba, cómo no. Hacía apenas un mes que Colón y sus chicos habían llegado al Caribe y andaban de isla en isla bicheando, oliendo a ver si daban con las especias que buscaban, pimienta y canela sobre todo. Cuando recalaron en Cuba, Colón hizo lo habitual: enviar a dos de sus hombres de avanzadilla a que se dieran una vuelta por la isla y luego le contaran qué se cocía y de qué iban los indios. Aquellos dos comisionados fueron Luis de Torres y Rodrigo de Jerez, que allá donde paraban, entre fiestas y agasajos, les ofrecían un tizón para que lo chuparan.
Cuando volvieron al campamento base ya iban fumando como carreteros, y a Colón le explicaron cómo era ese tizón más o menos con estas palabras: «Unas hierbas secas, metidas en una cierta hoja, también seca, que los indios encienden por una parte y por la otra chupan o sorben para dentro el humo». Eso lo traslada Colón a su diario y pasa a ser la primera descripción de la acción de fumar y de lo que es un cigarro.
Comprobaron también que todo lo que se puede hacer con el tabaco ya lo habían chequeado los indios. Unos fumaban las hierbas envueltas, otros las mascaban, los sacerdotes inhalaban el humo con pipa para comunicarse con los dioses, y los de más allá machacaban la hoja hasta pulverizarla para poder esnifarla en plan medicinal, exactamente lo mismo que se hacía en Europa siglo y pico después, solo que lo llamaban rapé.
La planta del tabaco vino a España en el regreso del primero de los viajes de Colón. Llegó en la carabela la Niña con Rodrigo de Jerez, que fue el que empezó a extender el vicio en su pueblo, en Ayamonte, con la tontería de hacer demostraciones de cómo liarse un puro. El pionero Rodrigo está tan aceptado mundialmente como el primer fumador moderno, que en Nicaragua hay una marca de puros que se llama así, Rodrigo de Jerez.
Los ayamontinos, por tanto, fueron los primeros en España en echarse un pitillito. Hubo cierta alarma en el pueblo, y alguno de sus paisanos lo denunció ante la Inquisición por hacer brujería, porque solo el diablo podía dar a un hombre el poder de echar humo por la boca. La Inquisición estuvo de acuerdo en que aquello era cosa del demonio y lo metió en prisión. Siete años de cárcel por fumar le cayeron a Rodrigo de Jerez. Cuando salió, sin embargo, media España estaba fumando. La vida es muy injusta, y ser precursor en algo, lo que sea, acarrea sus riesgos.
El vicio no tardó en extenderse por Europa. Dicen que ningún otro hábito se ha propagado tanto ni tan rápido. Dos siglos después de aquel primer cigarrito de Rodrigo de Jerez toda la humanidad conocía el tabaco y todo el mundo, de toda condición, tenía acceso a él. Al principio se extendió con la excusa de que el tabaco tenía un uso terapéutico, pero la disculpa se desmontó sola en cuanto se demostró que seguían fumando los que supuestamente ya se habían curado. Se enganchó todo el mundo.
La incongruencia llega ahora: si resulta que la Inquisición fue la primera liga anti-tabaco por considerar eso de fumar una práctica diabólica y procedente de una cultura salvaje, ¿cómo es posible que en menos de cien años, en Roma, estuvieran todos fumados? Pues porque hubo un cardenal que se llamaba Próspero Santacroce que introdujo el tabaco en 1585 y en todos los huertos de los monasterios se cultivaba la planta. Al principio porque eran unas hierbitas que curaban cosas, pero acabaron todos enviciados. Se les prohibió fumar durante los oficios porque las iglesias estaban llenas de humo, pero muchos no aguantaban una misa de dos horas sin salir a fumar a la mitad. El franciscano Giuseppe da Convertino disculpaba a todos los fumetas porque decía que libraba a los religiosos de la tentación de la carne.
¿Y qué fue del otro fumador? ¿De Luis de Torres, el colega de Rodrigo de Jerez? Pues seguramente no le hubiera importado morir de cáncer de pulmón porque, seguro, habría vivido más. A Luis de Torres lo mataron los indios.
Fue uno de los treinta y nueve hombres que Colón dejó en el Fuerte Navidad con el encargo de ir haciendo amigos con la población local porque, debido a la pérdida de la nao Santa María, no entraban todos los tripulantes en las dos carabelas que regresaban a España. Pero resultó que aquella delegación, en vez de hacer amigos en las Indias, lo hicieron con las indias y acabaron inflando a los indios. Cuando Colón volvió en su segundo viaje estaban todos fritos. Seguramente Luis de Torres murió fumando, pero no por fumar.
En Europa el tabaco ganó tantos adictos en tan poco tiempo que los gobiernos intervinieron para prohibirlo. Pero luego esos mismos gobiernos se percataron de su torpeza y rectificaron. Si eso le gustaba a tanta gente, en vez de prohibirlo, mejor clavar unos impuestos y engordar el erario. Y así, de la noche a la mañana, se pasó de la represión a bendecir el rentable vicio de fumar.
Los indios consideraban el tabaco una hierba sagrada. Y las haciendas públicas, también.
Pretérito imperfecto. Historias del mundo desde el año de la pera hasta ya mismo. 2018.
jueves, 30 de julio de 2020
Capítulo 4: El día decimonono. Ursula K. Le Guin.
Una historia oriental de Karhide, tal como fue contada en el hogar
Gorinherin por Tobord Chorhava, y registrada por G. A. 93/1492.
Los profetas se reunieron y fueron juntos a la oscuridad. Al fin de la oscuridad Odren dijo la respuesta: Morirás en odstred (el día decimonono de cualquier mes).
—¿En qué mes? ¿Dentro de cuántos años? —gritó Berosti, pero el lazo estaba roto, y no había respuesta. Berosti corrió entrando en el círculo y tomó al tejedor Odren por el cuello sofocándolo y gritando que si no recibía otra respuesta le quebraría el pescuezo al tejedor. Llegaron otros que lo apartaron y lo sujetaron, aunque Berosti era un hombre fuerte. Luchó entre las manos que lo sostenían y gritó:
—¡Dame esa respuesta!
—Ya ha sido dada, y el precio ha sido pagado. Vete —dijo Odren.
Furioso, Berosti rem ir Ipe regresó a Charude, el tercer dominio de la familia, un sitio mísero en el norte de Osnoriner, que Berosti había empobrecido todavía más para pagar el precio de una profecía. Se encerró en las habitaciones fortificadas, las más altas de la Torre del Hogar, y no salió de allí, por causa de amigos o de enemigos, en tiempos de recoger o de sembrar, de kémmer a aplazamiento, todo ese mes y el próximo, y así pasaron seis meses, y diez meses, y Berosti continuaba encerrado como un prisionero en aquellas habitaciones, esperando. En onnederhad y odstred (los días decimoctavo y decimonono del mes) no comía, no bebía, y no dormía.
El kemmerante de Berosti por amor y votos era Herbor del clan Gueganner. Herbor llegó a la fortaleza Dangerm en el mes de grende y le dijo al tejedor:
—Quiero una profecía.
—¿Qué tienes para dar? —preguntó Odren, pues vio que el hombre estaba pobremente vestido y mal trazado, y que el trineo era viejo, y todo en él necesitaba algún remiendo.
—Daré mi vida —dijo Herbor.
—¿No tienes algo más, mi señor? —le preguntó Odren, hablándole ahora como a un hombre de la nobleza—, ¿ninguna otra cosa?
—No tengo nada más —dijo Herbor—, pero no sé si mi vida tiene aquí algún valor para vosotros.
—No —dijo Odren—, no tiene valor para nosotros.
Entonces Herbor cayó de rodillas, golpeado por la vergüenza y el amor, y le gritó a Odren:
—Te ruego que respondas a mi pregunta. ¡No es para mí!
—¿Para quién entonces? —preguntó el tejedor.
—Para mi señor y kemmerante, Ashe Berosti —dijo el hombre, y sollozó—. No tiene amor ni alegría, ni señorío desde que vino aquí y le dieron esa respuesta que no es una respuesta. Morirá de eso.
—Sí, claro está, ¿de qué muere un hombre sino de su propia muerte? —preguntó el tejedor Odren. Pero viendo la pasión de Herbor se sintió conmovido, y dijo al fin—: Buscaré una respuesta a tu pregunta, Herbor, y no pediré precio. Pero recuérdalo, siempre hay un precio. Quien pregunta paga lo que tiene que pagar.
Herbor se llevó las manos de Odren a los ojos, en señal de gratitud, y los profetas se reunieron y entraron en la oscuridad. Herbor fue con ellos e hizo la pregunta, y la pregunta decía: ¿Cuánto vivirá Ashe Berosti Tem ir ipe? Pues Herbor pensaba que de este modo le dirían el número de días, de años, y que ese conocimiento daría una cierta paz al amado Ashe. Luego los profetas se movieron en la oscuridad y al fin Odren gritó de dolor, como si se hubiese quemado en algún fuego: ¡Más que Herbor de Gueganner!
No era la respuesta que Herbor esperaba, pero era la que había obtenido, y siendo de corazón paciente volvió al hogar de Charude, cruzando las nieves de Grende. Entró en el dominio, fue a las fortificaciones y subió a la torre, y allí encontró al kemmerante Berosti, pálido y distraído como siempre, sentado junto al fuego de cenizas, los brazos descansando sobre una mesa de piedra roja, la cabeza hundida entre los hombros.
—Ashe —dijo Herbor—, he estado en la fortaleza de Dangerm y los profetas me respondieron. Les pregunté cuánto vivirías y la respuesta fue: Berosti vivirá más que Herbor.
Berosti alzó la cabeza, lentamente, como si se le hubieran endurecido las vértebras del cuello, y dijo:
—¿Les preguntaste entonces cuándo moriré?
—Les pregunté cuánto vivirás.
—¿Cuánto?
¡Idiota! Tenías una pregunta para los profetas y no les preguntaste
cuándo voy a morir, el día, el mes, el año, cuántos días me
quedan, ¡y les preguntaste cuánto! ¡Oh idiota, condenado idiota,
más que tú, sí, más que tú! —Berosti alzó la mesa de piedra
como si hubiese sido una lámina de hojalata y la arrojó sobre la
cabeza de Herbor. Herbor cayó, con la piedra encima. Berosti se
quedó allí de pie, un rato, confundido, y al fin levantó la
piedra, y vio que Herbor tenía el cráneo destrozado. Puso de nuevo
la piedra sobre el pedestal, se acostó junto al hombre muerto, y le
echó los brazos alrededor, como si estuvieran en kémmer. Así los
encontró la gente de Charude cuando irrumpieron en el cuarto de la
Torre. Berosti se había vuelto loco, y tuvieron que encerrarlo, pues
se pasaba las horas buscando a Herbor, a quien imaginaba en algún
sitio del dominio. Vivió así un mes, y luego se suicidó
ahorcándose, en ostred, el día decimonono del mes de dern.
miércoles, 29 de julio de 2020
La bella durmiente. Slawomir Mrozek.
Tendida sobre un lecho rebosante de flores, bajo una campana de cristal, dormía la Bella Durmiente.
Era bella, buena y juiciosa, pero su belleza, su bondad y su buen juicio dormían con ella. Existía, pero dormía, así que era como si no existiese. A través de la campana transparente sólo era visible su belleza, no las cualidades de su carácter. Desde tiempo inmemorial estaba sumida en un sueño profundo, rodeada de unos afables gnomos que la defendían de los bandidos y los animales salvajes. Ellos sabían que sólo un Príncipe Errante tenía derecho a acercarse a ella. Pero no era seguro que el Príncipe llegara, ni tampoco que no llegara.
Cuál fue la alegría de los fieles gnomos, pues, al ver una mañana de mayo al Príncipe que, por un feliz azar, se había dejado caer por aquellos parajes. «¡Aquí! ¡Aquí!», se pusieron a llamarlo y en seguida quitaron la campana de cristal.
El Príncipe se acercó. Miró y vio lo hermosa que era la Bella Durmiente. Dejándose llevar por un impulso poderoso, se inclinó y depositó un beso sobre sus pálidos labios rosados. Exactamente como estaba previsto.
La Bella Durmiente abrió los ojos, se despertó y vio al Príncipe inclinado sobre ella. Le rodeó el cuello con los brazos, mientras los gnomos bailaban a su alrededor de alegría. Y también de contento, porque había acabado su guardia junto a la Bella Durmiente y por fin podrían dedicarse a sus cosas.
Los gnomos se habían alejado saltando de júbilo, mientras el Príncipe seguía entre los brazos de la Bella Durmiente y ella continuaba abrazándole. Hasta que a él empezó a dolerle la espalda, de modo que inadvertidamente se sentó en el borde del lecho de cristal; pero como seguía inclinado sobre ella y por ella abrazado, le era imposible cambiar del todo de posición. Así que transcurrído un tiempo preguntó:
—¿Y ahora qué?
—Ahora quedaremos así para siempre —contestó la Bella Durmiente.
—¿Para siempre? —se sorprendió el Príncipe.
—Por supuesto. ¿No es por eso por lo que me has despertado depositando un beso en mis pálidos labios rosados?
—Pero mi querida Bella Durmiente, ¿y no nos aburriremos?
—No entiendo de qué hablas. Pero si la felicidad es esto.
El Príncipe calló confuso y no discutió más, porque no quería quedar mal. Pero al cabo de un tiempo volvió a intentarlo, esta vez tratando de presentar su punto de vista subjetivo como una verdad objetiva.
—Verás, mi querida Bella Durmiente, desde el punto de vista subjetivo estoy totalmente de acuerdo contigo, pero objetivamente las cosas están así: yo soy un Príncipe Errante, programado, es decir, destinado a recorrer el mundo en busca de Bellas Durmientes. Cada vez que veo una Bella Durmiente, me acerco y deposito un beso en sus pálidos labios rosados. Entonces ella se despierta, pero lo que pasa después ya no es de mi incumbencia. Así que yo tendría que ponerme de nuevo en camino.
—¿De qué Bellas Durmientes me estás hablando? Pero si soy yo la Bella Durmiente.
—¡Oh, sí! Por supuesto. Es decir, Bella, evidentemente, pero ya no Durmiente. Tú ya no duermes, mientras que otras, pobrecitas, siguen durmiendo profundamente esperando que alguien las despierte.
—¿Qué otras?—preguntó la Bella Durmiente en un tono tal que el Príncipe prefirió no desarrollar el tema.
—Las que sean. No tiene importancia.
A la Bella Durmiente le bastó esta respuesta incompleta, porque como ya se ha dicho era juiciosa. Sólo que ahora fue ella la que intentó presentar al Príncipe su punto de vista subjetivo de una manera objetiva:
—Tienes razón en eso de que soy Bella pero ya no Durmiente. Pero al fin y al cabo has sido tú quien me ha despertado, y ahora ya no volveré a dormir. De modo que si tú ahora te
marchas y no te puedo tener más entre mis brazos, ¿quién seré yo y qué será de mí?
El Príncipe se puso triste.
—Realmente es un problema y cada vez estoy más convencido de que este cuento está muy mal escrito. El autor nos ha programado de una manera que todo cuadra hasta cierto momento, pero después empiezan las contradicciones. Quedémonos, pues, en esta posición y tal vez el autor se dé cuenta, borre, añada o cambie algo... Y quizá la cosa se aclare...
Eso dijo el Príncipe, aunque la espalda le dolía cada vez más; sin embargo entendía la situación de la Bella Durmiente y simpatizaba de veras con ella. Así que seguían igual; pero ni la Bella Durmiente era feliz, porque no tenía la seguridad de que seguirían así para siempre, ni tampoco el Príncipe, porque no estaba seguro de que sólo sería por un tiempo. Hasta que al cabo el Príncipe dijo:
—Me gustaría fumar, pero se me han acabado las cerillas. ¿Me permites que vaya un momento a por ellas?
—Pero ¿volverás? —preguntó la Bella Durmiente, ya que era juiciosa.
—Claro que volveré. Sólo voy a por cerillas y en seguida estoy de vuelta. Tengo unas ganas bárbaras de fumar.
La Bella Durmiente se quedó pensativa. Por un lado su buen juicio le imponía escepticismo, por otro su bondad—y como se ha dicho era buena—hacía que le diese pena el Príncipe atormentado por la avidez de nicotina. ¿Cómo se puede torturar así al amado? Y dijo con tristeza, pues el buen juicio y la bondad no se ponían de acuerdo:
—Ve.
Y el Príncipe se marchó. Era verdad que tenía ganas de fumar y que necesitaba cerillas, en este sentido era sincero. En cuanto a lo demás... Tenía la esperanza de que gracias a esta verdad parcial podría apagar sus remordimientos de conciencia respecto a todo el asunto. Porque todo lo demás era mentira. Así que el Príncipe tenía la esperanza de que con una verdad parcial compensaría en su conciencia la mentira total. Pero era una esperanza infundada.
Hasta qué punto era infundada su esperanza lo supo en seguida. Porque como castigo fue convertido en un repugnante sapo. Y seguirá siendo un sapo hasta que —ya según otro cuento— encontrará a cierta Bella de tan buen corazón que, haciendo caso omiso de la asquerosidad del batracio, depositará con sus pálidos labios rosados un beso sobre el pustuloso morro. Sólo entonces volverá a convertirse en Príncipe.
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