lunes, 1 de febrero de 2021

Descenso. Richard Matheson.

Fue un impulso. Les se arrimó a la acera y detuvo el coche. Giró la reluciente llave del contacto y el motor se paró. Se volvió para mirar Sunset Boulevard y las escarpadas colinas verdes que descendían verticales hasta el océano.
—Mira. Ruth —dijo.
Caía la tarde y, más allá de las vallas, veían la luz rojiza del sol reflejándose en el Pacífico. El cielo era un tapiz de oro y carmesí del que colgaban serpentinas de nubes ribeteadas de rosa.
—¡Qué bonito! —exclamó Ruth.
Él levantó la mano del asiento del coche para ponerla encima de la de Ruth, y ella le sonrió un instante, pero la sonrisa se desvaneció mientras observaban la puesta de sol.
—Cuesta creerlo —dijo Ruth.
—¿El qué?
—Que no volveremos a ver otra.
Él miró el cielo de vivos colores con expresión adusta y luego sonrió, pero no de felicidad.
—¿No hemos leído en alguna parte que habrá puestas de sol artificiales? —preguntó—. Nos asomaremos a la ventana de nuestra habitación y veremos una puesta de sol. ¿No lo hemos leído en alguna parte?
—No será lo mismo —repuso ella—. ¿O sí?
—¿Cómo va a serlo?
—Me pregunto cómo será en realidad —murmuró ella.
—A mucha gente le gustaría saberlo.
Guardaron silencio y observaron como se ponía el sol.
«Es curioso —pensó él—. Intentas comprender el verdadero significado de un momento como este, pero no puedes. El momento pasa y después no sabes más ni sientes nada más que antes. Solo es un momento añadido al pasado. No aprecias lo que tienes hasta que lo pierdes».
Miró a Ruth y vio que contemplaba el océano con extraña solemnidad.
—Cielo —dijo en voz baja, y le transmitió todo su amor con aquella palabra. Ella lo miró e intentó sonreír—. Seguiremos estando juntos.
—Lo sé. Estoy bien, no te preocupes por mí.
—Sí que me preocuparé —dijo él, y se le acercó para besarle la mejilla—. Te cuidaré. Tanto sobre la tierra…
—Como debajo de ella.
Bill salió de la casa para recibirlos. Les lo miró mientras aparcaba el coche en el patio de hormigón que había a la entrada del garaje. Se preguntaba cómo se sentiría Bill por tener que dejar la casa que acababa de terminar de pagar. Libre y sin deudas después de dieciocho años pagando las letras, y al día siguiente quedaría reducida a escombros. «Qué cabrona es la vida», pensó mientras apagaba el motor.
—Hola, chaval —lo saludó Bill—. Hola, preciosa —le dijo a Ruth.
—Hola, guapo —respondió ella.
Salieron del coche, y Ruth cogió un paquete del asiento delantero. La hija de Bill, Jeannie, salió corriendo de la casa.
—¡Hola, Les! ¡Hola, Ruth!
—Oye, Bill, ¿en qué coche iremos mañana? —preguntó Les.
—No lo sé, chaval. Lo decidiremos cuando lleguen Fred y Grace.
—Llévame a caballito —le pidió Jeannie a Les, y este se la subió a la espalda, pensando: «Me alegro de no tener hijos; sería horrible tener que bajar con ellos mañana».
Mary apartó la vista de los fogones cuando entraron en la casa. Todos se saludaron, y Ruth dejó el paquete en la mesa.
—¿Qué es? —quiso saber Mary.
—He preparado una tarta —contestó Ruth.
—¡Ah! No tenías que haberte molestado —dijo Mary.
—¿Por qué no? Puede que sea la última que haga.
—No exageres —terció Bill—. Ahí abajo habrá cocinas.
—El racionamiento será tan estricto que no merecerá la pena el esfuerzo —dijo Ruth.
—Será una suerte si tenemos en cuenta los pasteles de mi amada esposa —comentó Bill.
—Ah, ¿sí? —Mary le lanzó una mirada asesina a su sonriente marido, que le dio unas palmaditas en la espalda y se fue al salón con Les.
Ruth se quedó en la cocina para ayudar. Les dejó en el suelo a Jeannie.
—¡Te ayudo a preparar la cena, mamá! —gritó la niña, y se marchó corriendo.
—¡Qué bien! —oyeron que decía Mary.
Les se dejó caer en el enorme sofá de color cereza. Desde el otro extremo de la habitación, Bill acercó el sillón a la ventana.
—¿Habéis venido por Santa Mónica? —le preguntó.
—No, por la autopista de la costa. ¿Por qué?
—¡Dios mío! Tendríais que haber ido por Santa Mónica. La gente se ha vuelto loca: rompen escaparates, vuelcan coches, le prenden fuego a todo. He estado allí esta mañana y he tenido suerte de conservar el coche. Unos bromistas querían tirarlo por Wilshire Boulevard.
—¿Qué les pasa? ¿Están mal de la cabeza? —preguntó Les—. Ni que fuese el fin del mundo.
—Para algunos lo es —dijo Bill—. ¿Qué crees que va a emitir MGM allí abajo, dibujos animados?
—Claro que sí: Tom y Jerry en el centro de la Tierra.
Bill sacudió la cabeza.
—Las empresas han perdido la chaveta. No hay espacio suficiente para montarlo todo allí abajo. Están de los nervios. Mira lo que dice el periódico.
Les se inclinó para coger el periódico de la mesita; era un ejemplar de hacía tres días. Las principales noticias, por supuesto, se centraban en los detalles del descenso, con los horarios de entrada por las distintas puertas (la de Hollywood, la de Reseda y la del centro de Los Ángeles). En portada, un enorme titular que abarcaba ocho columnas rezaba: «¡RECUERDE! ¡LA BOMBA CAERÁ AL PONERSE EL SOL!». Los periódicos llevaban una semana advirtiéndolo. Y ocurriría al día siguiente.
El resto de las noticias eran sobre robos, violaciones, incendios y asesinatos.
—La gente no lo acepta —dijo Bill—. Es normal que estalle.
—A veces, yo también me siento a punto de estallar —confesó Les.
—¿Por qué? —Bill se encogió de hombros—. En lugar de vivir encima de la tierra, viviremos debajo. ¿Qué demonios va a cambiar? La televisión seguirá siendo mala.
—No me digas que ni siquiera vamos a librarnos de eso.
—No. ¿No lo has leído? —Bill se levantó y se acercó a la mesita para coger el periódico que Les había dejado—. ¿Dónde narices está? —murmuró para sí mientras lo hojeaba—. Aquí. —Se lo mostró.
LOS CIENTÍFICOS PROMETEN
QUE LA TELEVISIÓN CONTINUARÁ EXISTIENDO
—¿Eso es un consuelo? —preguntó Les.
—Claro —respondió Bill, arrojando el periódico a la mesita—. Así podremos ver como se nos viene encima la bomba.
Bill volvió a su asiento y Les meneó la cabeza.
—Chaval, ahí abajo tendremos de todo… ¿Qué pasa, preciosa?
Ruth estaba en el arco de entrada al salón.
—¿Alguien quiere vino? —preguntó—. ¿Cerveza?
Bill dijo que quería cerveza, y Les, vino.
—Quizá esa promesa de la televisión sea un poco inverosímil —prosiguió Bill—, pero, por lo demás, los negocios seguirán como siempre.
—Bueno, quizá a una escala distinta, pero seguirá habiéndolos. Madre mía, querrán obtener algo a cambio de todo el dinero que han invertido en los túneles.
—¿Es que no les basta con conservar la vida?
Bill siguió hablando de lo que había leído sobre la vida en los túneles: el sistema de intercambio, los transportes, los planes para la producción de alimentos sucedáneos y la interminable madeja de detalles necesarios para la creación de una sociedad nueva en un mundo nuevo.
Les no escuchaba. Miraba a lo lejos, al cielo morado y rojo sobre el cambiante azul oscuro del océano. Oía el flujo constante de las palabras de Bill sin captar su contenido; oía a las mujeres que se movían por la cocina.
«¿Cómo será? —se preguntó—. No tendrá nada que ver con esto. No habrá alfombras de color aguamarina, solo paredes y más paredes, sin colores vivos, sin chimeneas con láminas de cobre y, sobre todo, sin ventanas por donde se pueda observar el bello mundo que existe al otro lado. —Se le fue haciendo un nudo en la garganta—. Un día, y otro, y otro…».
Ruth entró con los vasos. Le pasó a Bill la cerveza y a Les el vino. Lo miró a los ojos un instante y sonrió. Él sintió el impulso de abrazarla y enterrar la cara en su pelo. Quería olvidar. Pero Ruth regresó a la cocina.
—¿Qué? —preguntó luego, porque no había oído la pregunta de Bill.
—He dicho que supongo que iremos a la entrada de Reseda.
—Será tan buena como cualquier otra, digo yo.
—Bueno, me imagino que las entradas de Hollywood y el centro estarán abarrotadas —dijo Bill—. Madre mía, sí que te has bebido rápido el vino.
Les sintió como la lenta calidez le recorría el estómago mientras dejaba la copa.
—¿Está empezando a afectarte, chaval?
—¿Es que a ti no?
—Bueno… —Bill se encogió de hombros—. ¿Quién sabe? A lo mejor solo hago ruido para esconder lo que siento en realidad. Supongo que sí. Sobre todo, me da pena por Jeannie: solo tiene cinco años.
Oyeron que un coche aparcaba frente a la casa, y Mary los llamó para decir que Fred y Grace ya habían llegado. Bill apoyó las manos sobre las rodillas y se levantó.
—No dejes que te afecte —dijo, con una sonrisa—. Eres de Nueva York, así que no será muy distinto del metro.
—Cuarenta años en el metro —rezongó Les medio en broma con gruñido de protesta.
—No será tan malo —le aseguró Bill al salir de la habitación—. Los científicos aseguran que encontrarán la forma de eliminar la radiación del país y volver a ponerlo todo en marcha.
—¿Cuándo?
—Quizá dentro de veinte años —respondió, y salió a dar la bienvenida a sus invitados.


—Pero ¿cómo podemos saber cómo son en realidad? —preguntó Grace—. Todas las imágenes que publican son de cómo imaginan los artistas que serán las viviendas de ahí abajo. No tenemos ni idea; podrían ser tranquilamente simples huecos en la pared.
—No seas negativa, chica, sé positiva —le dijo Bill.
—¡Ay! —se lamentó Grace—. Creo que no te das cuenta de lo… terrorífico que será este descenso bajo tierra.
Estaban en el salón. Se habían hartado de comer filetes, ensalada, galletas, tarta y café. Les estaba sentado en el sofá de color cereza, con el brazo en torno a la esbelta cintura de Ruth. Grace y Fred habían ocupado el sofá cama amarillo, y Mary y Bill, cada uno un sillón.
Jeannie estaba acostada. El tronco que ardía despacio en la chimenea inundaba de calidez la habitación. Fred y Bill tomaban cerveza de lata, mientras que el resto bebía vino.
—No es que no me dé cuenta, chica —dijo Bill—, pero me adapto. Es algo que tenemos que hacer, así que hay que tomárselo lo mejor posible.
—Es muy fácil decirlo —repuso Grace—, pero yo, por lo pronto, tengo claro que no me apetece nada vivir en esos túneles. Creo que me sentiré desgraciada. No sé qué opina Fred, pero eso es lo que siento. Ni siquiera creo que a Fred le importe.
—Fred se adapta —dijo Bill—. Fred no es negativo.
Fred sonrió un poco, aunque no dijo nada. Era un hombre menudo, sentado junto a su mujer como un niño paciente que aguarda con su madre en la sala de espera de la consulta del dentista.
—¡Oh! —intervino de nuevo Grace—. No entiendo como puedes tomártelo tan a la ligera. ¿Cómo no va a ser un horror? Sin teatros, sin restaurantes, sin viajes…
—Sin salones de belleza —dijo Bill, y soltó una carcajada.
—Sí, sin salones de belleza —repuso Grace—. Si crees que no son importantes para una mujer… En fin…
—Tendremos a nuestros seres queridos —dijo Mary—. Creo que eso es lo más importante. Y estaremos vivos.
Grace se encogió de hombros.
—De acuerdo —convino—. Estaremos vivos y estaremos juntos, pero me temo que no puedo llamar vida a…, a pasar el resto de mis días en un sótano.
—Pues no vayas —dijo Bill—. Demuéstrales lo dura que eres.
—Muy gracioso —replicó Grace.
—Estoy seguro de que habrá gente que decidirá no bajar —terció Les.
—Claro que sí, los locos —repuso Grace—. ¡Qué forma tan espantosa de morir!
—Quizá sea mejor que meterse bajo tierra —comentó Bill—. ¿Quién sabe? Quizá mañana mucha gente pase un día tranquilo en su casa.
—¿Tranquilo? —preguntó Grace—. Te aseguro que Fred y yo estaremos en esos túneles al despuntar el alba.
—No hace falta que lo jures —dijo Bill.
Se quedaron en silencio un momento.
—¿Os parece bien a todos que usemos la entrada de Reseda? Podríamos decidirlo ya —dijo Bill al cabo de un poco.
Fred giró las palmas hacia arriba en un gesto humilde.
—A mí me parece bien —dijo—. Lo que decida la mayoría.
—Chaval, hay que reconocerlo. Tú eres el más importante de todos nosotros —dijo Bill—. Ahí abajo, los electricistas van a ser los mandamases.
—Estará bien lo que decidáis vosotros —repuso Fred con una sonrisa.
—¿Sabéis? —dijo Bill—. Me pregunto a qué narices nos dedicaremos los carteros.
—Y los empleados de banca —añadió Les.
—Bueno, ahí abajo habrá dinero —dijo Bill—. Allá adonde vayan los Estados Unidos irá también el dinero. Bueno, ¿qué me decís del coche? Solo podemos llevar uno para los seis. ¿Vamos en el mío? Es el más grande.
—¿Por qué no en el nuestro? —preguntó Grace.
—A mí me importa un rábano —respondió Bill—. De todos modos, no podemos llevárnoslos abajo.
Grace miraba el fuego con amargura, y abría y cerraba los frágiles puños en el regazo.
—Oh, ¿por qué no paramos esa bomba? ¿Por qué no atacamos nosotros primero?
—Ya no podemos pararla —dijo Les.
—Me pregunto si ellos también tendrán túneles —comentó Mary.
—Seguro —respondió Bill—. Quizá ahora mismo estén sentados en sus casas, igual que nosotros, preguntándose cómo será vivir bajo tierra.
—Seguro que ellos no —dijo Grace con tristeza—. ¿A ellos qué les importa?
—Les importa —dijo Bill, y esbozó una sonrisa amarga.
—No le veo ningún sentido —comentó Ruth.
Todos guardaron silencio y observaron por última vez la chimenea encendida en una fresca noche californiana. Ruth apoyó la cabeza en el hombro de Les, y él le acarició la rubia melena. Bill y Mary se miraron y sonrieron un poco. Fred miraba con expresión dulce y melancólica los troncos que ardían, mientras que Grace abría y cerraba los puños y parecía muy vieja.
En el exterior, las estrellas brillaban por enésima vez el enésimo año…


Ruth y Les estaban en su salón, sentados en el suelo, escuchando discos, cuando Bill tocó el claxon. Se miraron un instante sin decir palabra, un poco asustados. El sol se filtraba por las persianas y dibujaba escaleras doradas en sus piernas.
«¿Qué puedo decir? —se preguntó Les de repente—. ¿Acaso existe alguna palabra que pueda hacer este minuto menos duro para ella?».
Ruth se le acercó muy deprisa y se abrazaron tan fuerte como pudieron. El claxon sonó de nuevo.
—Será mejor que nos vayamos —dijo él en voz baja.
—Sí.
Se levantaron. Les se acercó a la puerta principal.
—¡Ya vamos! —gritó.
Ruth fue al dormitorio y sacó los abrigos y las dos maletas pequeñas que podían llevar. Tenían que dejar todos los muebles, la ropa, los libros, los discos…
Cuando regresó al salón, Les estaba apagando el tocadiscos.
—Ojalá pudiéramos llevarnos más libros —dijo.
—Habrá bibliotecas, cariño.
—Ya lo sé pero… no es lo mismo.
La ayudó a ponerse el abrigo, y ella lo ayudó con el suyo. El piso estaba muy silencioso y calentito.
—¡Qué agradable es! —comentó ella.
Les la miró un momento como si quisiera preguntarle algo, pero después cogió deprisa las maletas y abrió la puerta.
—Vamos, cielo —le dijo.
Ruth se detuvo en la puerta para mirar atrás. De repente, regresó al tocadiscos, lo puso en marcha y se quedó inmóvil, impasible, hasta que sonó la música. Luego salió y cerró bien.
—¿Por qué has hecho eso? —le preguntó Les.
Ruth se le colgó del brazo y bajaron por el camino hacia el coche.
—No lo sé. A lo mejor para dejar vivo nuestro piso.
Una suave brisa les soplaba en la cara y se agitaban las pesadas hojas de las palmeras.
—Hace un día precioso —dijo ella.
—Sí.
Ruth le apretó el brazo.
Bill les abrió la puerta del coche.
—Arriba, chicos —dijo—. Nos largamos.
Jeannie se puso de rodillas en el asiento delantero para hablar con Les y Ruth mientras el coche se ponía en marcha. Ruth se volvió para ver desaparecer el bloque de pisos.
—A mí me ha pasado igual con nuestra casa —dijo Mary.
—No temas, chata —dijo Bill—, nos apañaremos ahibaho.
—¿Qué es ahibaho? —preguntó Jeannie.
—Vete a saber —repuso Bill. Luego añadió—: Papá está bromeando, nena. Ahibaho significa «ahí abajo».
—Oye, Bill, ¿crees que viviremos cerca en los túneles? —le preguntó Les.
—No lo sé, chaval. Va por barrios, así que supongo que nosotros estaremos bastante cerca, pero Grace y Fred no, porque su casa de Venice está en el quinto pino.
—No puedo decir que lo sienta —dijo Mary—. No me atrae la idea de pasarme los próximos veinte años oyendo las quejas de Grace.
—Grace no es mala persona —la defendió Bill—. Solo necesita una buena patada donde yo me sé de vez en cuando.
Había mucho tráfico en las avenidas principales que se dirigían al este, hacia las dos entradas de la ciudad. Bill conducía despacio por Lincoln Boulevard hacia Venice. Aparte de la cháchara de Jeannie, nadie hablaba. Ruth y Les estaban muy pegados, cogidos de la mano, mirando al frente.
«Hoy nos vamos bajo tierra —se repetía mentalmente Les—. Hoy nos vamos bajo tierra».


Cuando Bill tocó el claxon, no pasó nada. Pero después la puerta principal de la casita se abrió de golpe y Grace salió corriendo por el césped como una loca, todavía en camisón y zapatillas, con el pelo negro entre cano recogido en dos largas trenzas.
—¡Dios mío! ¿Qué ha pasado? —preguntó Mary.
Bill bajó enseguida del coche para ir al encuentro de Grace. El tacón de una zapatilla se le clavó en la tierra blanda y perdió el equilibrio. Bill abrió la puerta de la verja justo a tiempo para sujetarla.
—¿Qué pasa? —le preguntó.
—¡Fred! —gritó ella.
Bill se quedó desconcertado y su mirada voló de súbito hacia la casa silenciosa y blanca que relucía al sol. Les y Mary salieron del coche de inmediato.
—¿Qué le pasa a…? —empezó a decir Bill, pero los nervios le impidieron terminar la frase.
—¡No quiere irse! —gritó Grace con la cara desencajada de pánico.
Lo encontraron tal como Grace les había dicho que llevaba toda la mañana: sentado en una butaca junto a la ventana que daba al jardín, inmóvil y con los puños apretados. Bill se le acercó y le puso una mano en el delgado hombro.
—¿Qué tal, amigo? —le preguntó.
Fred levantó la mirada y una sonrisa le asomó por las comisuras de los labios.
—Hola —dijo en voz baja.
—¿No vienes?
Fred inspiró profundamente y pareció a punto de decir algo, pero se contuvo.
—No —contestó, como si estuviese rechazando educadamente unos guisantes en la cena.
—¡Dios mío! ¡Te lo he dicho! —dijo Grace entre sollozos—. ¡Se ha vuelto loco!
—¡Vale Grace, tranquilízate! —le espetó Bill de mal humor, y ella se llevó el pañuelo empapado a la boca. Mary la abrazó por los hombros—. ¿Por qué no, amigo? —le preguntó luego a Fred.
Otra sonrisa aleteó brevemente en los labios de Fred, y se encogió de hombros.
—Porque no quiero.
—¡Oh, Fred! Fred, ¿cómo puedes hacerme esto? —gimió Grace, que estaba en la puerta de la casa, nerviosa, agarrándose el cuello con la mano.
Bill apretó los labios, pero no apartó la mirada de la cara impasible de Fred.
—¿Y qué pasa con Grace? —le preguntó.
—Grace debería irse —respondió Fred—. Quiero que se vaya, no quiero que muera.
—¿Cómo voy a vivir allí abajo yo sola? —preguntó Grace entre sollozos.
Fred no contestó; se limitó a mirar al frente, como si se avergonzase de ser el centro de atención, como si rebuscara la respuesta adecuada en su mente.
—Mira —empezó a decir—, sé que lo que hago es terrible, que estoy siendo un arrogante, pero no puedo bajar. —Apretó los labios con firmeza—. No voy a bajar.
Bill se irguió con un suspiro cansado.
—Bueno —dijo, derrotado.
—Esto… —Fred había abierto el puño derecho y estaba alisando un trocito de papel—. Quizá… Quizá esto explique… lo que quiero decir.
Bill lo cogió y lo leyó. Después miró a Fred y le dio una palmadita en el hombro.
—De acuerdo, amigo —dijo, y se guardó el papel en el abrigo. Miró a Grace—. Si te vienes con nosotros, vístete.
—¡Fred! —casi chilló—. ¿Cómo puedes hacerme algo tan horrible?
—Tu marido se queda —le dijo Bill—. ¿Quieres quedarte con él?
—¡No quiero morir!
Bill se quedó mirándola un momento y luego se volvió.
—Mary, ayúdala a vestirse.
Mientras iban hacia el coche, con Grace sollozando y tambaleándose agarrada del brazo de Mary, Fred vio marcharse a su mujer desde la entrada. Ella no le había dado un beso ni lo había abrazado; había rechazado su despedida con un sollozo de miedo y rabia. Fred se quedó allí, inmóvil, sin mover ni un músculo. La brisa le alborotaba el pelo ralo.
Una vez en el coche, Bill se sacó el papel del bolsillo.
—Voy a leerte lo que ha escrito tu marido —dijo, y leyó—. «Si un hombre muere con el sol en los ojos, muere como un hombre. Pero si muere con tierra en la nariz, solo muere».
Grace miró a Bill, desolada, sin cesar de retorcerse las manos en el regazo.
—Mami, ¿por qué no viene el tío Fred? —preguntó Jeannie cuando Bill puso en marcha el coche y giró en redondo.
—Porque quiere quedarse —contestó Mary.
El coche aceleró camino de Lincoln Boulevard. Nadie dijo nada. Les pensaba en Fred, sentado a solas en su casita, esperando. Solo. Se le formó un nudo en la garganta y apretó los dientes.
«¿Estará naciendo otro poema en la mente de Fred? —pensaba—. Uno que empiece así: “Si un hombre muere y no hay nadie para cogerle la mano…”».
—¡Para! ¡Para el coche! —gritó Grace, y Bill se arrimó al bordillo—. No quiero bajar ahí yo sola —dijo con infinita tristeza—. No es justo que me haga ir sola. No… —Calló y se mordió el labio—. Oh… —Se inclinó hacia Mary y le dio un beso—. Adiós, Mary. Adiós, Ruth. —La besó. Después, a Les y a Jeannie, y luego le dedicó una breve sonrisa de arrepentimiento a Bill—. Te odio.
—Te quiero —respondió él.
La observaron alejarse por la calle. Al principio caminaba, pero al acercarse a la casa casi corría, como una niña emocionada. Vieron que Fred se acercaba a la verja. Bill puso en marcha el coche y se alejó, y Fred y Grace se quedaron solos, juntos.
—No podía imaginarme que Fred se sintiese de esa manera, ¿y vosotros? —dijo Les.
—No lo sé, chaval —respondió Bill—. Siempre que no estaba trabajando pasaba el rato en el jardín. Le gustaba ponerse unos pantalones cortos y una camiseta, y dejaba que le diera el sol mientras podaba los setos, cortaba el césped o algo parecido. Entiendo lo que siente. Si quiere morir así, ¿qué tiene de malo? Ya es lo bastante mayorcito para saber lo que quiere. —Sonrió—. Es Grace la que me ha sorprendido.
—¿No crees que Fred ha sido un poco injusto al obligar a Grace a quedarse con él? —preguntó Ruth.
—¿Qué es justo y qué es injusto? —dijo Bill—. Es su vida y su amor. ¿Dónde está el libro que enseña cómo debe morir y amar una persona?
Se metieron en Lincoln Boulevard.


Llegaron a la entrada poco después de mediodía. Uno de los cientos de policías de las fuerzas conjuntas del orden les dijo que fuesen al descampado que había un poco más adelante, aparcasen allí y volviesen andando.
—¡Santo cielo! Mirad cuántos coches —dijo Bill. Conducía muy despacio por la carretera llena de gente que iba a pie.
Había muchísimos coches, miles. Les se acordó del campo de aviación que había visto una vez, después de la Segunda Guerra Mundial, lleno de bombarderos, ala con ala hasta donde alcanzaba la vista. Aquello era igual, salvo que se trataba de coches y que la guerra no había terminado, sino que acababa de empezar.
—¿No será peligroso dejar aquí los coches? —preguntó Ruth—. ¿No serán un blanco fácil?
—Da igual dónde caiga la bomba, chica. Va a cargárselo todo —respondió Bill.
—Además —añadió Les—, tal y como están construidas estas entradas, no creo que importe mucho dónde caiga la bomba.
Salieron del coche y se quedaron quietos un instante, como si no estuviesen muy seguros de qué hacer.
—Bueno, vámonos —dijo entonces Bill, y le dio unas palmaditas al capó. Hasta la vista, chatarra… Descansa en paz.
—¿En paz o en piezas? —preguntó Les.
Había una cola muy larga frente a cada uno de los veinte mostradores de delante de la entrada. La gente avanzaba despacio. Al llegar la persona al mostrador, daba su nombre y dirección, y la asignaban a una determinada fila para entrar en los búnkeres. Casi nadie hablaba; se limitaban a cargar con sus maletas y a caminar pasito a pasito hacia la entrada de los túneles.
Ruth se agarró al brazo de Les con fuerza y él se notó el estómago agarrotado, como si los músculos se le estuviesen calcificando lentamente. Cada sobrio paso que daban los acercaba más a la entrada y los alejaba más del cielo, el sol, las estrellas y la luna. De repente, Les se sintió muy enfermo y asustado; quería coger a Ruth de la mano, volver a su piso y quedarse allí hasta que todo terminara. Fred estaba en lo cierto; no pudo evitar pensarlo. Fred estaba en lo cierto, pues sabía que un hombre no podía seguir siendo él mismo si abandonaba el único hogar que conocía para vivir bajo tierra como un topo. Algo sucedería allí abajo, algo cambiaría. El aire artificial, los paneles uniformes de bombillas que imitaban el sol, la luna eléctrica y las estrellas fluorescentes, todo aquello inventado a instancias de un estudio psicológico que presagiaba aberraciones si se eliminaban por completo aquellas cosas. ¿Creían que bastaría? ¿De verdad creían que una persona podía arrastrarse por una gran tumba durante veinte años y conservar el alma?
Se puso rígido sin darse cuenta y sintió ganas de gritar al mundo su estupidez, una estupidez que había logrado llevar a los hombres a su propia destrucción. Se le cortó la respiración. Miró a Ruth y vio que ella lo observaba.
—¿Estás bien? —le preguntó ella.
—Sí. Bien —repuso él con un suspiro entrecortado.
Intentó no pensar en nada, pero no lo consiguió. Contemplaba a las personas que lo rodeaban y se preguntaba si sentirían, al igual que él, una tremenda rabia por lo que estaba pasando, por lo que, en definitiva, habían permitido que sucediera. ¿Pensaban también en la noche anterior, las estrellas, el aire fresco y los sonidos de la tierra? Negó con la cabeza. Era una tortura pensar en eso.
Los cinco avanzaban despacio por la larga rampa de hormigón que conducía a los ascensores. Les observó a Bill. Llevaba a Jeannie de la mano y la miraba sin dejar traslucir sus sentimientos. Les lo vio volverse y darle un golpecito a Mary con la maleta que cargaba en la otra mano. Cuando ella lo miró, Bill le guiñó un ojo.
—¿Dónde vamos, papi? —preguntó Jeannie, y el eco de su voz aguda resonó en las paredes alicatadas de blanco.
Bill tragó saliva.
—Ya te lo he dicho —respondió—. Vamos a vivir bajo tierra una temporada.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó la niña.
—Calla ya, cielo —dijo Bill—. No lo sé.
En el ascensor, el silencio era absoluto. Iban cien personas en él, pero parecía una tumba que descendía, cada vez más abajo. Y abajo. Y abajo.

Revista If, 1954.

domingo, 31 de enero de 2021

Escalador. Julia Otxoa.

El escalador asciende sin cuerdas por la pared de roca, está solo, ayudado únicamente por sus manos que arañan cada mínimo punto de apoyo para seguir hacia lo alto. El escalador es joven pero al cabo de una hora de duro esfuerzo la fatiga comienza a presentarse en una debilidad creciente en sus brazos, en los cada vez más frecuentes calambres de sus piernas que le ponen al borde de una caída que podría ser mortal desde esa altura y él lo sabe, pero sigue ascendiendo, aunque sus manos se equivoquen y se sujeten a puntos de apoyo que no lo son y las piedras soltándose de pronto le recuerden que está en el límite de sus fuerzas y que no fue buena idea la de venir sin cuerdas. Mira hacia lo alto, le quedan escasos metros para llegar a la cumbre, allí en el borde del despeñadero, asomados, esperando que caiga como antes lo hicieron otros escaladores, expectantes le observan una veintena de buitres, en sus fijas miradas, la ansiedad, la espera del festín.
.......
El escalador sabe que no hay esperanza, el próximo intento puede ser el de la caída, siente que las fuerzas le han abandonado y ahora ni siquiera tiene ánimos para seguir, tan sólo de permanecer así sujeto en la pared vertical, agarrado a la roca hasta que los músculos aguanten. Bajar es imposible, ascender también. Entonces se acuerda de lo que tantas veces su padre le contó sobre la guerra en aquel lugar, de como en 1936, falangistas y requetés arrojaban desde lo alto de ese mismo despeñadero, conocido popularmente en Urbasa como el Balcón de Pilatos, a todos aquellos denunciados por “rojos”. Sí, él ha visto mientras ascendía los huesos de todas aquellas pobres personas desperdigados por todas partes, mezclados con las piedras de las torrenteras, enredados entre las ramas de los árboles que surgen de la pared rocosa, cráneos, tibias, manos..., huellas blancas como actas notariales de un tiempo atroz.
.......
Pronto sus huesos se mezclarán con todos ellos –piensa el escalador– tan sólo un instante antes de despertar convertido en buitre esperando ansioso junto con sus compañeros que ese diminuto escalador que tiembla junto a la pared caiga al fin de una santa vez. 

 

sábado, 30 de enero de 2021

El huésped. Amparo Dávila.

Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje.
Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer.
No pude reprimir un grito de horror, cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas.
Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. “Es completamente inofensivo” —dijo mi marido mirándome con marcada indiferencia. “Te acostumbrarás a su compañía y, si no lo consigues…“ No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa.
No fui la única en sufrir con su presencia. Todos los de la casa —mis niños, la mujer que me ayudaba en los quehaceres, su hijito— sentíamos pavor de él. Sólo mi marido gozaba teniéndolo allí.
Desde el primer día mi marido le asignó el cuarto de la esquina. Era ésta una pieza grande, pero húmeda y oscura. Por esos inconvenientes yo nunca la ocupaba. Sin embargo él pareció sentirse contento con la habitación. Como era bastante oscura, se acomodaba a sus necesidades. Dormía hasta el oscurecer y nunca supe a qué hora se acostaba.
Perdí la poca paz de que gozaba en la casona. Durante el día, todo marchaba con aparente normalidad. Yo me levantaba siempre muy temprano, vestía a los niños que ya estaban despiertos, les daba el desayuno y los entretenía mientras Guadalupe arreglaba la casa y salía a comprar el mandado.
La casa era muy grande, con un jardín en el centro y los cuartos distribuidos a su alrededor. Entre las piezas y el jardín había corredores que protegían las habitaciones del rigor de las lluvias y del viento que eran frecuentes. Tener arreglada una casa tan grande y cuidado el jardín, mi diaria ocupación de la mañana, era tarea dura. Pero yo amaba mi jardín. Los corredores estaban cubiertos por enredaderas que floreaban casi todo el año. Recuerdo cuánto me gustaba, por las tardes, sentarme en uno de aquellos corredores a coser la ropa de los niños, entre el perfume de las madreselvas y de las bugambilias.
En el jardín cultivaba crisantemos, pensamientos, violetas de los Alpes, begonias y heliotropos. Mientras yo regaba las plantas, los niños se entretenían buscando gusanos entre las hojas. A veces pasaban horas, callados y muy atentos, tratando de coger las gotas de agua que se escapaban de la vieja manguera. Yo no podía dejar de mirar, de vez en cuando, hacia el cuarto de la esquina. Aunque pasaba todo el día durmiendo no podía confiarme. Hubo muchas veces que cuando estaba preparando la comida veía de pronto su sombra proyectándose sobre la estufa de leña. Lo sentía detrás de mí… yo arrojaba al suelo lo que tenía en las manos y salía de la cocina corriendo y gritando como una loca. Él volvía nuevamente a su cuarto, como si nada hubiera pasado


Creo que ignoraba por completo a Guadalupe, nunca se acercaba a ella ni la perseguía. No así a los niños y a mí. A ellos los odiaba y a mí me acechaba siempre.
Cuando salía de su cuarto comenzaba la más terrible pesadilla que alguien pueda vivir. Se situaba siempre en un pequeño cenador, enfrente de la puerta de mi cuarto. Yo no salía más. Algunas veces, pensando que aún dormía, yo iba hacia la cocina por la merienda de los niños, de pronto lo descubría en algún oscuro rincón del corredor, bajo las enredaderas. “¡Allí está ya, Guadalupe!”; gritaba desesperada.
Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba realidad aquel ser tenebroso. Siempre decíamos: —Allí está, ya salió, está durmiendo, él, él, él..
Solamente hacía dos comidas, una cuando se levantaba al anochecer y otra, tal vez, en la madrugada antes de acostarse. Guadalupe era la encargada de llevarle la bandeja, puedo asegurar que la arrojaba dentro del cuarto pues la pobre mujer sufría el mismo terror que yo. Toda su alimentación se reducía a carne, no probaba nada más.
Cuando los niños se dormían, Guadalupe me llevaba la cena al cuarto. Yo no podía dejarlos solos, sabiendo que se había levantado o estaba por hacerlo. Una vez terminadas sus tareas, Guadalupe se iba con su pequeño a dormir y yo me quedaba sola, contemplando el sueño de mis hijos. Como la puerta de mi cuarto quedaba siempre abierta, no me atrevía a acostarme, temiendo que en cualquier momento pudiera entrar y atacarnos. Y no era posible cerrarla; mi marido llegaba siempre tarde y al no encontrarla abierta habría pensado… Y llegaba bien tarde. Que tenía mucho trabajo, dijo alguna vez. Pienso que otras cosas también lo entretenían…
Una noche estuve despierta hasta cerca de las dos de la mañana, oyéndolo afuera… Cuando desperté, lo vi junto a mi cama, mirándome con su mirada fija, penetrante… Salté de la cama y le arrojé la lámpara de gasolina que dejaba encendida toda la noche. No había luz eléctrica en aquel pueblo y no hubiera soportado quedarme a oscuras, sabiendo que en cualquier momento… Él se libró del golpe y salió de la pieza. La lámpara se estrelló en el piso de ladrillo y la gasolina se inflamó rápidamente. De no haber sido por Guadalupe que acudió a mis gritos, habría ardido toda la casa.
Mi marido no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que sucediera en la casa. Sólo hablábamos lo indispensable. Entre nosotros, desde hacía tiempo el afecto y las palabras se habían agotado.


Vuelvo a sentirme enferma cuando recuerdo… Guadalupe había salido a la compra y dejó al pequeño Martín dormido en un cajón donde lo acostaba durante el día. Fui a verlo varias veces, dormía tranquilo. Era cerca del mediodía. Estaba peinando a mis niños cuando oí el llanto del pequeño mezclado con extraños gritos. Cuando llegué al cuarto lo encontré golpeando cruelmente al niño. Aún no sabría explicar cómo le quité al pequeño y cómo me lancé contra él con una tranca que encontré a la mano, y lo ataqué con toda la furia contenida por tanto tiempo. No sé si llegué a causarle mucho daño, pues caí sin sentido. Cuando Guadalupe volvió del mandado, me encontró desmayada y a su pequeño lleno de golpes y de araños que sangraban. El dolor y el coraje que sintió fueron terribles. Afortunadamente el niño no murió y se recuperó pronto.
Temí que Guadalupe se fuera y me dejara sola. Si no lo hizo, fue porque era una mujer noble y valiente que sentía gran afecto por los niños y por mí. Pero ese día nació en ella un odio que clamaba venganza.
Cuando conté lo que había pasado a mi marido, le exigí que se lo llevara, alegando que podía matar a nuestros niños como trató de hacerlo con el pequeño Martín. “Cada día estás más histérica, es realmente doloroso y deprimente contemplarte así… te he explicado mil veces que es un ser inofensivo.”
Pensé entonces en huir de aquella casa, de mi marido, de él… Pero no tenía dinero y los medios de comunicación eran difíciles. Sin amigos ni parientes a quienes recurrir, me sentía tan sola como un huérfano.
Mis niños estaban atemorizados, ya no querían jugar en el jardín y no se separaban de mi lado. Cuándo Guadalupe salía al mercado, me encerraba con ellos en mi cuarto.
— Esta situación no puede continuar —le dije un día a Guadalupe.
— Tendremos que hacer algo y pronto – me contestó.
— ¿Pero qué podemos hacer las dos solas? —Solas, es verdad, pero con un odio…
Sus ojos tenían un brillo extraño. Sentí miedo y alegría.
La oportunidad llegó cuando menos la esperábamos. Mi marido partió para la ciudad a arreglar unos negocios. Tardaría en regresar, según me dijo, unos veinte días.
No sé si él se enteró de que mi marido se había marchado, pero ese día despertó antes de lo acostumbrado y se situó frente a mi cuarto. Guadalupe y su niño durmieron en mi cuarto y por primera vez pude cerrar la puerta.
Guadalupe y yo pasamos casi toda la noche haciendo planes. Los niños dormían tranquilamente. De cuando en cuando oíamos que llegaba hasta la puerta del cuarto y la golpeaba con furia…
Al día siguiente dimos de desayunar a los tres niños y, para estar tranquilas y que no nos estorbaran en nuestros planes, los encerramos en mi cuarto. Guadalupe y yo teníamos muchas cosas por hacer y tanta prisa en realizarlas que no podíamos perder tiempo ni en comer.
Guadalupe cortó varias tablas, grandes y resistentes, mientras yo buscaba martillo y clavos. Cuando todo estuvo listo, llegamos sin hacer ruido hasta el cuarto de la esquina. Las hojas de la puerta estaban entornadas. Conteniendo la respiración, bajamos los pasadores, después cerramos la puerta con llave y comenzamos a clavar las tablas hasta clausurarla totalmente. Mientras trabajábamos, gruesas gotas de sudor nos corrían por la frente. No hizo entonces ruido, parecía que estaba durmiendo profundamente. Cuando todo estuvo terminado, Guadalupe y yo nos abrazamos llorando.
Los días que siguieron fueron espantosos. Vivió muchos días sin aire, sin luz, sin alimento… Al principio golpeaba la puerta, tirándose contra ella, gritaba desesperado, arañaba… Ni Guadalupe ni yo podíamos comer ni dormir, ¡eran terribles los gritos…! A veces pensábamos que mi marido regresaría antes de que hubiera muerto. ¡Si lo encontrara así…! Su resistencia fue mucha, creo que vivió cerca de dos semanas…
Un día ya no se oyó ningún ruido. Ni un lamento… Sin embargo, esperamos dos días más, antes de abrir el cuarto.
Cuando mi marido regresó, lo recibimos con la noticia de su muerte repentina y desconcertante. 

jueves, 28 de enero de 2021

Drácula y los niños. Juan José Millás.

Estaba firmando ejemplares de mi última novela en unos grandes almacenes, cuando llegó una señora con un niño en la mano derecha y mi libro en la izquierda. Me pidió que se lo dedicara mientras el niño lloraba a voz en grito.
-¿Qué le pasa? -pregunté.
-Nada, que quería que le comprara el libro de Drácula y le he dicho que es pequeño para leer esas cosas.
El niño cesó de llorar unos segundos para gritar al universo que no era pequeño y que le gustaba Drácula. Tendría seis o siete años, calculo yo, y al abrir la boca dejaba ver unos colmillos inquietantes, aunque todavía eran los de leche. Yo estaba un poco confuso. Pensé que a un niño que defendía su derecho a leer con tal ímpetu no se le podría negar un libro, aunque fuera de Drácula. De modo que insinué tímidamente a la madre que se lo comprara.
-Su hijo tiene una vocación lectora impresionante. Conviene cultivarla.
-Mi hijo lo que tiene es un ramalazo psicópata que, como no se lo quitemos a tiempo, puede ser un desastre.
Me irritó que confundiera a Drácula con un psicópata y me dije que hasta ahí habíamos llegado.
-Pues si usted no le compra el libro de Drácula al niño, yo no le firmo mi novela -afirmé.
-¿Cómo que no me firma su novela? Ahora mismo voy a buscar al encargado.
Al poco rato volvió la señora con el encargado, que me rogó que firmara el libro, pues para eso estaba allí, para firmar libros, dijo. El niño había dejado de llorar y nos miraba a su madre y a mí sin saber por quién tomar partido. La gente, al oler la sangre, se había arremolinado junto a la mesa. No quería escándalos, de modo que cogí la novela y puse: “A la idiota de Asunción (así se llamaba), con el afecto de Drácula.” La mujer leyó la dedicatoria, arrancó la página, la tiró al suelo y se fue. Cuando salían, el pequeño volvió la cabeza y me guiñó un ojo de un modo extremadamente raro. Llevo varios días soñando con él. Quizá llevaba razón su madre.

Articuentos escogidos, 2012.

miércoles, 27 de enero de 2021

Conejos blancos. Leonora Carrington.

Ha llegado el momento de contar los sucesos que comenzaron en el número 40 de la calle Pest. Parecía como si las casas, de color negro rojizo, hubiesen surgido misteriosamente del incendio de Londres. El edificio que había frente a mi ventana, con unas cuantas volutas de enredadera, tenía el aspecto negro y vacío de una morada azotada por la peste y lamida por las llamas y el humo. No era así como yo me había imaginado Nueva York.
Hacía tanto calor que me dieron palpitaciones cuando me atreví a dar una vuelta por las calles; así que me estuve sentada contemplando la casa de enfrente, mojándome de cuando en cuando la cara empapada de sudor.
La luz nunca era muy fuerte en la calle Pest. Había siempre una reminiscencia de humo que volvía turbia y neblinosa la visibilidad; sin embargo, era posible examinar la casa de enfrente con detalle, incluso con precisión. Además, yo siempre he tenido una vista excelente.
Me pasé varios días intentando descubrir enfrente alguna clase de movimiento pero no percibí ninguno, y finalmente adopté la costumbre de desvestirme con total despreocupación delante de mi ventana abierta y hacer optimistas ejercicios respiratorios en el aire denso de la calle Pest. Esto debió de dejarme los pulmones tan negros como las casas.
Una tarde me lavé el pelo y me senté afuera, en el diminuto arco de piedra que hacía de balcón, para que se me secara. Apoyé la cabeza entre las rodillas, y me puse a observar una moscarda que chupaba el cadáver de una araña, a mis pies. Alcé los ojos, miré a través de mis cabellos largos, y vi algo negro en el cielo, inquietantemente silencioso para que fuera un aeroplano. Me separé el pelo a tiempo de ver bajar un gran cuervo al balcón de la casa de enfrente. Se posó en la balaustrada y miró por la ventana vacía. Luego meció la cabeza debajo de un ala, buscándose piojos al parecer. Unos minutos después, no me sorprendió demasiado ver abrirse las dobles puertas y asomarse al balcón una mujer. Llevaba un gran plato de huesos que vació en el suelo. Con un breve graznido de agradecimiento, el cuervo saltó abajo y se puso a hurgar en su comida repugnante.
La mujer, que tenía un pelo negro larguísimo, lo utilizó para limpiar el plato. Luego me miró directamente y sonrió de manera amistosa. Yo le sonreí a mi vez y agité una toalla. Esto la animó, porque echó la cabeza para atrás con coquetería y me dedicó un elegante saludo a la manera de una reina.
–¿Tiene un poco de carne pasada que no necesite? –me gritó.
–¿Un poco de qué? –grité yo, preguntándome si me habría engañado el oído.
–De carne en mal estado. Carne en descomposición.
–En este momento, no –contesté, preguntándome si no estaría bromeando.
–¿Y tendrá para el fin de semana? Si fuera así, le agradecería inmensamente que me la trajera.
A continuación volvió a meterse en el balcón vacío, y desapareció. El cuervo alzó el vuelo.
Mi curiosidad por la casa y su ocupante me impulsó a comprar un gran trozo de carne a la mañana siguiente. Lo puse en mi balcón sobre un periódico y esperé. En un tiempo relativamente corto, el olor se volvió tan fuerte que me vi obligada a realizar mis tareas diarias con una pinza fuertemente apretada en la punta de la nariz. De cuando en cuando bajaba a la calle a respirar.
Hacia la noche del jueves, noté que la carne estaba cambiando de color; así que, apartando una nube de rencorosas moscardas, la eché en mi bolsa de malla y me dirigí a la casa de enfrente.
Cuando bajaba la escalera, observé que la casera parecía evitarme.
Tardé un rato en encontrar el portal de la casa. Resultó que estaba oculto bajo una cascada de algo, y daba la impresión de que nadie había salido ni entrado por él desde hacía años. La campanilla era de esas antiguas de las que hay que tirar; y al hacerlo, algo más fuerte de lo que era mi intención, me
quedé con el tirador en la mano. Di unos golpes irritados en la puerta y se hundió, dejando salir un olor espantoso a carne podrida. El recibimiento, que estaba casi a oscuras, parecía de madera tallada.
La mujer misma bajó, susurrante, con una antorcha en la mano.
–¿Cómo está usted? ¿Cómo está usted? –murmuró ceremoniosamente; y me sorprendió observar que llevaba un precioso y antiguo vestido de seda verde. Pero al acercarse, vi que tenía la tez completamente blanca y que brillaba como si la tuviese salpicada de mil estrellitas diminutas.
–Es usted muy amable –prosiguió, tomándome del brazo con su mano reluciente–. No sabe lo que se van a alegrar mis pobres conejitos.
Subimos; mi compañera andaba con gran cuidado, como si tuviese miedo.
El último tramo de escalones daba a una alcoba decorada con oscuros muebles barrocos tapizados de rojo. El suelo estaba sembrado de huesos roídos y cráneos de animales.
–Tenemos visita muy pocas veces –sonrió la mujer–. Así que han corrido todos a esconderse en sus pequeños rincones.
Dio un silbido bajo, suave y, paralizada, vi salir cautamente un centenar de conejos blancos de todos los agujeros, con sus grandes ojos rosas fijamente clavados en ella.
–¡Vengan, bonitos! ¡Vengan, bonitos! –canturreó, metiendo la mano en mi bolsa de malla y sacando un trozo de carne podrida.
Con profunda repugnancia, me aparté a un rincón; y la vi arrojar la carroña a los conejos, que se pelearon como lobos por la carne.
–Una acaba encariñándose con ellos –prosiguió la mujer–. ¡Cada uno tiene sus pequeñas costumbres! Le sorprendería lo individualistas que son los conejos.
Los susodichos conejos despedazaban la carne con sus afilados dientes de macho cabrío.
–Por supuesto, nosotros nos comemos alguno de cuando en cuando. Mi marido hace con ellos un estofado sabrosísimo, los sábados por la noche.
Seguidamente, un movimiento en uno de los rincones atrajo mi atención, entonces me di cuenta de que había una tercera persona en la habitación. Al llegarle a la cara la luz de la antorcha, vi que tenía la tez igual de brillante que ella; como oropel en un árbol de Navidad. Era un hombre y estaba vestido con una bata roja, sentado muy tieso, y de perfil a nosotros. No parecía haberse enterado de nuestra presencia, ni del gran conejo macho cabrío que tenía sentado sobre su rodilla, donde masticaba un trozo de carne.
La mujer siguió mi mirada y rio entre dientes.
–Ese es mi marido. Los chicos solían llamarlo Lázaro…
Al sonido de este nombre, familiar, el hombre volvió la cara hacia nosotras; y vi que tenía una venda en los ojos.
–¿Ethel? –preguntó con voz bastante débil–. No quiero que entren visitas aquí. Sabes de sobra que lo tengo rigurosamente prohibido.
–Vamos, Laz; no empecemos –su voz era quejumbrosa–, no me puedes escatimar un poquitín de compañía. Hace veinte años y pico que no veía una cara nueva. Además ha traído carne para los conejos.
La mujer se volvió y me hizo seña de que fuera a su lado.
–Quiere quedarse entre nosotros; ¿a que sí? –de repente me entró miedo y sentí ganas de salir, de huir de estas personas terribles y plateadas y de sus conejos blancos carnívoros.
–Creo que me voy a marchar; es hora de cenar.
El hombre de la silla profirió una carcajada estridente, aterrando al conejo que tenía sobre la rodilla, el cual saltó al suelo y desapareció.
La mujer acercó tanto su cara a la mía que creía que su aliento nauseabundo iba a anestesiarme.
–¿No quiere quedarse y ser como nosotros? En siete años su piel se volverá como las estrellas; siete años tan solo, y tendrá la enfermedad sagrada de la Biblia: ¡la lepra!
Eché a correr a trompicones, ahogada de horror; una curiosidad malsana me hizo mirar por encima del hombro al llegar a la puerta de la casa, y vi que la mujer, en la balaustrada, alzaba una mano a modo de saludo. Y al agitarla, se le desprendieron los dedos y cayeron al suelo como estrellas fugaces.

El séptimo caballo y otros cuentos, 1988.

martes, 26 de enero de 2021

Antonio tiene la culpa. David Hidalgo.

Hoy hace doce años que Antonio me regaló esta lupa y desde entonces no he dejado de quemar hormigas. Antonio es un enfermo.


 

domingo, 24 de enero de 2021

El hijo de madre. Francisco García Pavón.

Ocurrió el primer día de aquel curso, que fue el último del «Colegio de la Reina Madre», porque al año siguiente pusieron el Instituto.
Don Bartolomé, después de repartirnos los libros flamantes que llegaron de Ciudad Real en un cajón grande, nos ordenó que nos estudiásemos la primera lección de todos los textos.
En el «estudio» había un gran silencio. Nos distraíamos en manosear los nuevos manuales, en ver las figuras, en forrarlos, en poner nuestro nombre. Don Bartolomé, luego de repasar las facturas de la librería con su hija, mandó sacar el cajón a los mayores y se puso a leer el ABC a la luz otoñal que regalaba la ventana.
De pronto se abrió la puerta del salón y Gabriela, la criada, gritó sin entrar:
—Ahí está una mujer que viene a poner a su hijo al colegio. ¿Entra?
Don Bartolomé dijo que sí con la cabeza, y con el ABC suspendido quedó mirando hacia la puerta.
Apareció una mujer atemorizada, muy rubia, algo entrada en carnes. Llevaba un niño de la mano, como de doce o trece años.
—Pase, señora —dijo don Bartolomé poniéndose en pie.
Cruzó todo el salón, muy seria, con la cabeza rígida, mirando hacia el frente. Al saludar a don Bartolomé, hizo así como una inclinación.
La hizo sentar junto a sí. El niño quedó en pie mirando hacia todos nosotros con sus ojos casi traslúcidos.
Ella empezó a hablar en voz muy bajita, casi al oído de don Bartolomé. (Uno de los mayores se ponía las manos en la boca para que no se le oyese reír).
De todas formas, como el silencio era muy grande, ella cada vez hablaba en voz más queda.
—Diga, diga, señora.
Don Bartolomé se hacía pantalla en la oreja para oír mejor.
Luego se cortó la conversación. El profesor quedó pensativo, con la mejilla descansando en la mano. Ella lo miraba inmóvil, con las manos tímidamente enlazadas, diríase que suplicantes.
Don Bartolomé se rascó una oreja y, casi de reojo, echó una ojeada por todo el salón, especialmente dirigida a los mayores, que seguían riendo y cuchicheando entre sí.
Don Bartolomé, luego, levantó la cabeza hacia el techo, así como rezando, y, a poco, volvió a la conversación en voz muy baja.
Al cabo de un ratito más, ella sonrió, con los ojos casi llorosos. Abrió el monedero, sacó unos cuantos duros de plata y los dejó sobre la mesa. Don Bartolomé le extendió un recibo y se guardó los duros en el bolsillo del chaleco.
Se pusieron en pie. Don Bartolomé acarició la cabeza dorada del niño y le dijo que se sentase en un pupitre vacío que había junto a su mesa. La señora dio un beso al hijo, que se sentó en el pupitre cruzando los brazos sobre la tabla.
Don Bartolomé acompañó a la mujer, que iba sonriente, hasta la puerta del estudio. Se atrevió a mirar a los mayores y todo. Uno le sacó la lengua.
Como a la madre le llamaban la Liliana, al hijo le dijimos Lilianín… Su cabeza era como la de un angelote de madera antigua, policromada, un poco desvaídos los colores. Miraba con sus ojos azules muy fijamente, sin pestañear, al tiempo que sonreía casi mecánico, como si cuanto oyese fuese benigno y paternal. A lo que se le preguntaba contestaba en seguida, sin titubeos ni disimulos. Hasta cuando estudiaba álgebra sonreía angélico. Y decía las lecciones más obtusas con aquel aire sensitivo.
Durante los primeros días nadie le dijo cosa mayor de su madre. Pero tenía que llegar, porque en seguida, hasta los mocosos, nos enteramos de que «alternaba» en casa del Ciego. Y allí vivía con ella, y en su mismo cuarto, Lilianín.
Él, si sabía sus males, los disimulaba o le parecían naturales, porque no tenía reparo en acercarse a todos, en entrar en conversación, en jugar a todas las cosas. Pero nosotros lo mirábamos como si fuera un ser de otra raza.
Nadie lo culpaba de estar entre nosotros, hijos de madre y padre. Las culpas eran para don Bartolomé, «que, por su avaricia, un día iba a admitir en el colegio al Tonto de la Borrucha», como dijo uno.
El Coleóptero, con su sonrisa de bruja joven, gustaba de hacerle preguntas con retranca, que Lilianín respondía abiertamente. Él fue el primero en informarnos de que Lilianín «lo contaba todo». («Vivía la vida lupanaria en toda su intensidad… Está al cabo de la calle del comercio de la carne… con esa sonrisa inocente. Sabe el oficio de su madre y le parece corriente. Este niño es completamente irreflexivo. Me ha dicho hoy…»).
Tanto bando puso el Coleóptero, que a todos nos entraron grandes ganas de preguntarle… Y un día, a la hora del recreo de la mañana, se formó un gran corro en el rincón del patio. Y no sé por qué, todos los del corro estábamos en cuclillas o sentados en el suelo menos Lilianín, que, en el centro, estaba en pie. Nos miraba sonriendo, como siempre, con sus ojos espejeantes y limpísimos de toda reserva.
Cada cual le hacía una pregunta en voz media, que él, en contraste, respondía a toda voz, como si dijera la lección, con orgullo:
—¿Y pasan muchos hombres al cuarto de tu mamá?
—Sí, muchos. Sobre todo por la noche.
—¿Y qué hacen?
—No sé. Se desnudan.
—¿… y luego?
—No sé. Yo me duermo.
—¿Y tu mamá qué les dice?
—Les habla de mí y de mi papá, que fue un novio que tuvo y nos dejó, y por eso ella vive sola conmigo.
—¿Y le pagan?
—Sí. Le dan mucho dinero.
Cada vez las preguntas eran más recias. Pero él sonreía igual.
Por fin, uno moreno, de muy mal genio, que luego lo mataron en la guerra, dijo mirándole a los ojos con cara de perro:
—Tu mamá, lo que es, es una puta.
Lilianín, riendo un poquito menos, movió la cabeza como diciendo que no, y luego, en voz más baja:
—Mi mamá es mi mamá y nada más.
Se hizo un silencio muy grande, de reproche al chico moreno, y por cima de todas las cabezas, la sonrisa de Lilianín.
Se oyó la voz de don Bartolomé desde la otra punta:
—¡Niños, a clase!
Fuimos callados, cada cual por su lado. Lilianín delante de todos. Don Bartolomé, que olfateó algo, le echó la mano sobre el hombro.
—¿Estás contento?
—Sí, señor.
—¿Se portan bien los compañeros contigo?
—Conmigo, sí, señor… Con mi mamá, no.
Don Bartolomé se volvió a todos, como si fuese a hablarnos. Con los ojos muy tristes nos miró con calma. Creí que iba a llorar. Estuvo a punto de despegar los labios, pero luego hizo un gesto como de arrepentirse.
Volvió a poner la mano en el hombro de Lilianín, y entramos en el salón de estudio.
Cada cual ocupó su puesto. Don Bartolomé tomó su viejo libro de geografía y empezó a leer junto a la estufa. Lilianín, en el pupitre más próximo a él, se aprendía las lecciones de memoria, mirando al techo y moviendo mucho los labios.
Nunca hubo mayor silencio en el estudio de don Bartolomé.

Cuentos republicanos, 1961.