sábado, 26 de agosto de 2023

Funny Games. Gemma Solsona Asensio.

Me gusta la playa. Desde mi habitación veo la orilla, el mar, la arena. Imagino que bajo esos miles y millones de granitos brillantes se esconden llaves de duendes, juguetes de niños distraídos y hasta la calavera de algún pirata tuerto.
Yo juego a enterrar tesoros, es divertido. Al principio eran piedras de colores que nunca recuperé, anillos de plástico o trocitos de papel con mensajes secretos. Pero hace una semana enterré a mi muñeca favorita. Mamá dijo que tuviera cuidado, que la arena engaña, se come las cosas y las olvida. No hice caso, y la perdí. Lloré mucho, mientras mi hermano pequeño hacía burla y mamá me regañaba.
Hoy es ella quien llora. Corre arriba y abajo, abre armarios, busca bajo las camas, y me mira como con miedo. Yo solo he contado la verdad. Que esta mañana hemos ido con mi hermanito a jugar, a la playa. En la arena. Como a mí me gusta.

jueves, 24 de agosto de 2023

Fragmento 43. Libro del desasosiego. Fernando Pessoa.

Hay un cansancio de la inteligencia abstracta, y es el más horrible de los cansancios. No pesa como el cansancio del cuerpo, ni inquieta como el cansancio del conocimiento y de la emoción. Es un peso de la conciencia del mundo, un no poder respirar con el alma.
Entonces, como si el viento tropezase con ellas, y fueran nubes, todas las ideas en las que hemos sentido la vida, todas las ambiciones y designios en los que hemos fundado la esperanza de su continuación, se rasgan, se abren, se apartan transformadas en cenizas de niebla, jirones de lo que no fue ni podría ser. Y por detrás de la derrota surge pura la soledad negra e implacable del cielo desierto y estrellado.
El misterio de la vida nos duele y aterroriza de muy diversos modos. Unas veces viene sobre nosotros como un fantasma sin forma, y el alma tiembla con el peor de los miedos—el de la encarnación disforme del no-ser. Otras veces está a nuestras espaldas, sólo visible cuando no nos volvemos a ver, y es la verdad absoluta en su horror profundísimo de desconocerla.
Pero este horror que hoy me anula es menos noble y causa más tormento. Es una voluntad de no querer tener pensamiento, un deseo de nunca haber sido nada, una desesperación consciente de todas las células del cuerpo y del alma. Es un sentimiento repentino de estar enclaustrándose en la celda infinita ¿Hacia dónde imaginar la huida, si la celda es todo?
Y entonces me acomete el deseo transbordante, absurdo, de una especie de satanismo previo a Satán, de que un día —un día sin tiempo ni sustancia—se encuentre una huida fuera de Dios y el más profundo de nosotros deje, no sé de qué manera, de formar parte del ser o del no-ser.

Libro del desasosiego, 1982.

miércoles, 23 de agosto de 2023

Psicología de los guardas del campamento. Viktor Frankl.

Llegamos ya a la tercera fase de las reacciones espirituales del prisionero: su psicología tras la liberación. Pero antes de entrar en ella consideremos una pregunta que suele hacérsele al psicólogo, sobre todo cuando conoce el tema por propia experiencia: ¿Qué opina del carácter psicológico de los guardias del campo? ¿Cómo es posible que hombres de carne y hueso como los demás pudieran tratar a sus semejantes en la forma que los prisioneros aseguran que los trataron? Si tras haber oído una y otra vez los relatos de las atrocidades cometidas se llega al convencimiento de que, por increíbles que parezcan, sucedieron de verdad, lo inmediato es preguntar cómo pudieron ocurrir desde un punto de vista psicológico. Para contestar a esta pregunta, aunque sin entrar en muchos detalles, es preciso puntualizar algunas cosas.
En primer lugar, había entre los guardias algunos sádicos, sádicos en el sentido clínico más estricto. En segundo lugar, se elegía especialmente a los sádicos siempre que se necesitaba un destacamento de guardias muy severos. A esa selección negativa de la que ya hemos hablado en otro lugar, como la que se realizaba entre la masa de los propios prisioneros para elegir a aquellos que debían ejercer la función de "capos" y en la que es fácil comprender que, a menudo, fueran los individuos más brutales y egoístas los que tenían más probabilidades de sobrevivir, a esta selección negativa, pues, se añadía en el campo la selección positiva de los sádicos.
Se armaba un gran revuelo de alegría cuando, tras dos horas de duro bregar bajo la cruda helada, nos permitían calentarnos unos pocos minutos allí mismo, al pie del trabajo, frente a una pequeña estufa que se cargaba con ramitas y virutas de madera.
Pero siempre había algún capataz que sentía gran placer en privarnos de esta pequeña comodidad. Su rostro expresaba bien a las claras la satisfacción que sentía no ya sólo al prohibirnos estar allí, sino volcando la estufa y hundiendo su amoroso fuego en la nieve. Cuando a las SS les molestaba determinada persona, siempre había en sus filas alguien especialmente dotado y altamente especializado en la tortura sádica a quien se enviaba al desdichado prisionero.
En tercer lugar, los sentimientos de la mayoría de los guardias se hallaban embotados por todos aquellos años en que, a ritmo siempre creciente, habían sido testigos de los brutales métodos del campo. Los que estaban endurecidos moral y mentalmente rehusaban, al menos, tomar parte activa en acciones de carácter sádico, pero no impedían que otros las realizaran.
En cuarto lugar, es preciso afirmar que aun entre los guardias había algunos que sentían lástima de nosotros. Mencionaré únicamente al comandante del campo del que fui liberado.
Después de la liberación -y sólo el médico del campo, que también era prisionero, tenía conocimiento de ello antes de esa fecha- me enteré de que dicho comandante había comprado en la localidad más próxima medicinas destinadas a los prisioneros y había pagado de su propio bolsillo cantidades nada despreciables.
Por lo que se refiere a este comandante de las SS, ocurrió un incidente interesante relativo a la actitud que tomaron hacia él algunos de los prisioneros judíos. Al acabar la guerra y ser liberados por las tropas norteamericanas, tres jóvenes judíos húngaros escondieron al comandante en los bosques bávaros. A continuación se presentaron ante el comandante de las fuerzas americanas, quien estaba ansioso por capturar a aquel oficial de las SS, para decirle que le revelarían donde se encontraba únicamente bajo determinadas condiciones: el comandante norteamericano tenía que prometer que no se haría ningún daño a aquel hombre. Tras pensarlo un rato, el comandante prometió a los jóvenes judíos que cuando capturara al prisionero se ocuparía de que no le causaran la más mínima lesión y no sólo cumplió su promesa, sino que, como prueba de ello, el antiguo comandante del campo de concentración fue, de algún modo, repuesto en su cargo, encargándose de supervisar la recogida de ropas entre las aldeas bávaras más próximas y de distribuirlas entre nosotros.
El prisionero más antiguo del campo era, sin embargo, mucho peor que todos los guardias de las SS juntos. Golpeaba a los demás prisioneros a la más mínima falta, mientras que el comandante alemán, hasta donde yo sé, no levantó nunca la mano contra ninguno de nosotros.
Es evidente que el mero hecho de saber que un hombre fue guardia del campo o prisionero nada nos dice. La bondad humana se encuentra en todos los grupos, incluso en aquellos que, en términos generales, merecen que se les condene. Los límites entre estos grupos se superponen muchas veces y no debemos inclinarnos a simplificar las cosas asegurando que unos hombres eran unos ángeles y otros unos demonios. Lo cierto es que, tratándose de un capataz, el hecho de ser amable con los prisioneros a pesar de todas las perniciosas influencias del campo es un gran logro, mientras que la vileza del prisionero que maltrata a sus propios compañeros merece condenación y desprecio en grado sumo. Obviamente, los prisioneros veían en estos hombres una falta de carácter que les desconcertaba especialmente, mientras que se sentían profundamente conmovidos por la más mínima muestra de bondad recibida de alguno de los guardias. Recuerdo que un día un capataz me dio en secreto un trozo de pan que debió haber guardado de su propia ración del desayuno. Pero me dio algo más, un "algo" humano que hizo que se me saltaran las lágrimas: la palabra y la mirada con que aquel hombre acompañó el regalo.
De todo lo expuesto debemos sacar la consecuencia de que hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la "raza" de los hombres decentes y la raza de los indecentes.
Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales. Ningún grupo se compone de hombres decentes o de hombres indecentes, así sin más ni más. En este sentido, ningún grupo es de "pura raza" y, por ello, a veces se podía encontrar, entre los guardias, a alguna persona decente.
La vida en un campo de concentración abría de par en par el alma humana y sacaba a la luz sus abismos. ¿Puede sorprender que en estas profundidades encontremos, una vez más, únicamente cualidades humanas que, en su naturaleza más íntima, eran una mezcla del bien y del mal? La escisión que separa el bien del mal, que atraviesa imaginariamente a todo ser humano, alcanza a las profundidades más hondas y se hizo manifiesta en el fondo del abismo que se abrió en los campos de concentración.
Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración.

lunes, 21 de agosto de 2023

Del viejecito negro de los velorios. Eliseo Diego.

Es el viejecito negro de los velorios, el que se sienta a un rincón, el paraguas enorme entre las piernas, el sombrero hongo sobre el puño del paraguas, la cara tan compuesta y melancólica que es la imagen de la oficial tristeza; a quien nadie pregunta con quién ha venido, porque se supone siempre que es el amigo del otro, y porque armoniza tan bien con el dolor de la casa aquella su antigua y espléndida tristeza.
Y si le dan café, lo toma suspirando pesaroso, como dolido de que el muerto no participe también del piscolabis. Y si no le dan, se está callado y tranquilo entre las coronas, hecho un cirio de repuesto.
Y cuando desaguazan la noche de entre el aire, quedando apenas sus últimos posos, y echan en su sitio las primeras cenizas del alba, el viejecito se escurre entre los asistentes, sube, a la puerta, el cuello de su saco, se pierde luego al cabo de la calle, sepultado bajo los copos cenicientos de la madrugada.
Y nadie lo recuerda luego, al viejecito invisible de los velorios.
En todos ha estado, vestido de distintas trazas, desde el principio del mundo. Y en todos estará, hasta que le toque velar la tierra calva, muerta de su vejez y de la enfermedad de sus grandes huesos.

sábado, 19 de agosto de 2023

Eso. David Vivancos Allepuz.

Nunca habrás tenido ocasión de ver un bebé más frío y pálido. Tanto es así que sus labios, apenas insinuados, parecen morados. Tiene el pelo ralo y fosco y una sonrisa adulta que muestra una dentadura desordenada, tan fuera de lugar que inquieta. Y un cerco oscuro de niño enfermo alrededor de los ojos. Viste un camisoncito de hilo y encajes, como los de las criaturas de las fotos sepia de finales del XIX. Canturrea, con los ojos extraviados o en blanco, según, melodías repetitivas y perturbadoras. O gruñe. Pero nada de lo que te cuento, curiosamente, me llega a estremecer. Lo que de verdad me aterra de él, lo que me hiela la sangre, es eso que sostiene en las manos.


viernes, 18 de agosto de 2023

Pergolesi. Pablo Montoya.

El monasterio de Pozzuoli es la última estancia. Queda poco tiempo y son largos los corredores por donde el frío es un transeúnte de todos los días. Pero éste es menos agobiante que en Nápoles. Y el recogimiento se vuelve tan íntimo que Pergolesi se siente en casa. El mar, a veces, puede oírse desde el jardín y la huerta. Su tono es el de un hombre cansado pero imperecedero. En ciertas horas de la tarde, cuando el cielo se viste de matices solferinos, parece endeble la convicción de que en estas tierras esté situado el averno de los hombres antiguos. Uno de los franciscanos ha dicho que esa creencia se debía a la proximidad de los volcanes y a las sacudidas frecuentes de la tierra. Pero para Pergolesi no es este un lugar y un tiempo para pensar en umbrales del infierno. Hay instantes en que sus ojos se hunden en una nube irisada y se convence de que no existe, más allá de la muerte, ningún paraje nefasto. Lo que hay después tal vez sea el contorno de un suave retiro. Pergolesi se mira el cuerpo enjuto. Estira las manos. Las mira y se asombra de ellas. Luego las toca como buscando un distante clavicémbalo. Tampoco cree que muy pronto su vida se habrá acabado. Acaso él posea una sustancia que sea inmortal. Es en las noches, sin embargo, cuando el sufrimiento crece. El dolor define los insomnios. Un fuego insoslayable lo consume. Suda copiosamente. Desde algún sitio llega un murmullo subterráneo. ¿Será un emisario del infierno?, se pregunta Pergolesi. Y ese alguien, en la vaguedad de la celda, parece otorgarle una calma para alcanzar el reposo. El emisario adquiere de pronto los rasgos de una mujer. Sobre su faz, apenas perceptible, lleva un manto azul. Aunque en la imagen no hay ojos ni boca ni cabellera. Es un manto que se prolonga a lo largo del monasterio hasta llegar a los volcanes ignotos. Mientras tanto, Pergolesi se sumerge en el sueño. Y es como si fuera un sonido extraviado en la noche. Un ser intocado como la música más pura. Tal vez como el agua, desdeñosa del tiempo, que fluye en el jardín. ¿Cuándo he nacido?, pregunta. ¿Cuándo voy a morir?, insiste. Y esa voz femenina dice que no hay principio ni fin. Sólo un movimiento, a veces contrito, a veces gozoso, que nombra el vacío. Pergolesi abre más los ojos. A su lado hay una jofaina donde la sangre de sus esputos también se disemina. Los rezos del monasterio lo van conduciendo a la otra orilla. Allí donde el mar es una palabra lentamente pronunciada.

jueves, 17 de agosto de 2023

La casada infiel. Federico García Lorca.

Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.


Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.


*


Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.


Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.

Romancero gitano, 1928.