lunes, 6 de julio de 2026

Ortigas. Alice Munro.

En el verano de 1979 entré en la cocina de la casa de mi amiga Sunny en Uxbridge (Ontario) y vi a un hombre junto a la encimera preparando un sándwich de kétchup.
He recorrido con mi esposo —el segundo, no el que dejé atrás aquel verano— las colinas del nordeste de Toronto en busca de aquella casa; con una ociosa perseverancia he intentado localizarla, pero nunca lo he logrado. Probablemente la hayan demolido. Sunny y su marido la vendieron pocos años después de mi visita. Como lugar de veraneo estaba demasiado lejos de Ottawa, donde ellos vivían. Los hijos, a medida que entraban en la adolescencia, se resistían a ir. Y en la casa había demasiado trabajo de mantenimiento para Johnston —el marido de Sunny—, a quien le gustaba pasar los veranos jugando al golf.
He encontrado el campo de golf; creo que era el mismo, aunque han limpiado la vieja verja y ahora hay un club más elegante.
Cuando de pequeña yo vivía en el campo, en verano los pozos de esa comarca se secaban. Ocurría cada cinco o seis años, cuando no llovía lo suficiente. Los pozos eran agujeros cavados en la tierra. El nuestro era más profundo que la mayoría pero, como necesitábamos una buena provisión de agua para los animales enjaulados —mi padre criaba zorros plateados y armiños—, un día llegó un perforador con un equipo impresionante y el agujero se fue extendiendo hacia abajo, cada vez más abajo, hasta que encontró agua en la roca. Desde entonces pudimos bombear agua pura y fría en cualquier época del año por mucha sequía que hubiera. Era un motivo de orgullo. De la bomba colgaba un jarrito de lata y, cuando en los días calcinantes yo bebía de él, pensaba en rocas negras por donde el agua corría centelleando como el diamante.
El perforador —a veces lo llamaban pocero, como si fuera muy fastidioso precisar lo que hacía, como si la antigua descripción fuese más cómoda— era un hombre llamado Mike McCallum. Vivía en la ciudad vecina a nuestra granja, pero no tenía casa. Vivía en el hotel Clark: había llegado en primavera y se quedaría hasta que acabara todo el trabajo que encontrara por hacer en la región. Después se iría a otro lado.
Mike McCallum era más joven que mi padre, pero tenía un hijo un año y dos meses mayor que yo. El muchacho vivía con el padre en hoteles o pensiones, dondequiera que el padre estuviera trabajando, e iba a la escuela que tuviera más cerca. Él también se llamaba Mike McCallum.
Sé exactamente qué edad tenía, porque eso los niños lo dejan sentado de inmediato; sean amigos o no, entre ellos es uno de los asuntos esenciales de negociación. Él tenía nueve y yo ocho. Cumplía años en abril; yo, en junio. Cuando llegó a casa con su padre ya estaban avanzadas las vacaciones de verano.
Su padre conducía un camión rojo oscuro siempre polvoriento o embarrado. Cuando llovía, Mike y yo nos subíamos al camión. No recuerdo si el padre entraba en nuestra cocina a beber una taza de té o a fumar, si se quedaba bajo un árbol o seguía trabajando. La lluvia lavaba las ventanillas del camión y retumbaba como piedras en un tejado. La cabina olía a hombres; a ropa de trabajo, herramientas, tabaco y calcetines como queso agrio. También a perro peludo mojado, porque llevábamos con nosotros a Ranger. Para mí, Ranger era parte de la familia; estaba acostumbrada a tenerlo siempre encima y a veces, sin ninguna razón, le ordenaba que se quedara en casa, se fuera al granero, me dejara en paz. Pero Mike lo quería. Invariablemente se dirigía a él con dulzura, lo llamaba por el nombre, le contaba nuestros planes y, cuando Ranger partía hacia cualquier proyecto perruno, como perseguir una marmota o un conejo, se quedaba esperándolo. Con la vida que hacía con su padre, Mike nunca iba a tener un perro propio.
Un día que estaba con nosotros, Ranger se lanzó detrás de una mofeta y la mofeta se dio la vuelta y lo roció. A Mike y a mí nos cayó parte de la culpa. Mi madre tuvo que suspender lo que estuviera haciendo para ir a la ciudad a comprar varios frascos grandes de zumo de tomate. Mike persuadió a Ranger para que entrase en una tina y allí le echamos zumo de tomate y le cepillamos el pelo. Parecía que lo estuviésemos lavando con sangre. ¿Cuánta gente haría falta para conseguir tanta sangre?, nos preguntábamos. ¿Cuántos caballos? ¿Y elefantes?
Yo tenía más trato que Mike con la sangre y la muerte de animales. Lo llevé a ver la mancha que había en un lugar del prado, cerca del portón del establo, donde mi padre mataba y descuartizaba los caballos con que alimentaba a los zorros y los armiños. De tantas pisadas, el suelo estaba pelado y la mancha rojo sangre era profunda como una marca de hierro candente. Luego lo llevé a la carnicería del establo, donde se colgaban los cuerpos muertos de los caballos antes de molerlos para hacer alimento. La carnicería era un simple cobertizo con muros de malla, una malla negra de moscas ebrias de olor a carroña. Nosotros cogíamos tejas y las machacábamos hasta matarlas.
Nuestra granja era pequeña: nueve hectáreas. Lo bastante pequeña para que yo hubiera explorado todos los rincones, y cada rincón tenía un aspecto y un carácter peculiar que yo no habría sabido poner en palabras. Es fácil entender qué tenía de especial el cobertizo de malla con los largos, pálidos cadáveres de caballo colgados de ganchos brutales, o el suelo pisoteado teñido de sangre donde los caballos vivos se transformaban en alimento para zorros. Pero había otros lugares, como las piedras que flanqueaban la pasarela del granero, que no me decían menos aunque no hubiese sucedido en ellos nada memorable. A un costado había una lisa piedra blancuzca cuyo bulto dominaba todas las demás, de modo que aquel lado tenía para mí un aire extrovertido y público; por eso siempre elegía subir por allí y no por el otro lado, donde las piedras eran más oscuras y se apretaban con un aire más mezquino. Del mismo modo, cada árbol del lugar tenía su actitud y su presencia: el olmo era sereno y el cedro, amenazador; los arces, cotidianos y amigables, el espino, viejo y rezongón. Hasta las pozas de los remansos del río —donde años antes mi padre había vendido gravilla— tenían su carácter distinto, más fácil quizá de reconocer si una las veía llenas de agua cuando cesaban los torrentes de primavera. Estaba aquella pequeña, redonda, profunda y perfecta; la que se estiraba como una cola; y otra muy ancha, de forma indecisa, siempre con el morro asomando, pues las aguas eran muy escasas.
Mike veía todas estas cosas desde un ángulo muy diferente. Y lo mismo me pasaba a mí ahora que estaba con él.
Las veía a su manera y a la mía y, como por su misma naturaleza la mía era incomunicable, tenía que mantenerla en secreto. La suya se relacionaba con el provecho inmediato. La gran piedra pálida de la pasarela era para saltar desde ella; cogía carrerilla e, impulsándose en el aire por encima de las piedras pequeñas de la pendiente, aterrizaba en el suelo apisonado, delante de la puerta del establo. Todos los árboles eran para trepar, pero sobre todo el arce junto a la casa, por una de cuyas ramas se podía gatear hasta dejarse caer en el techo de la terraza. Y las pozas de gravilla eran simplemente para zambullirse, con un grito de animal que se lanza sobre su presa, tras una carrera furiosa por la hierba alta. Si estuviéramos a principios de año, cuando las aguas son más caudalosas, decía Mike, habríamos podido construir una balsa.
En cuanto al río, por un tiempo ese proyecto fue tenido en cuenta. Pero en agosto el río era tanto un sendero rocoso como un curso de agua y, en vez de intentar bajarlo a flote o a nado, lo vadeábamos descalzos —saltábamos de una piedra desnuda a otra, resbalábamos en las musgosas rocas sumergidas, surcábamos grupos de nenúfares de hojas chatas y de otras plantas cuyos nombres no recuerdo o no supe nunca (¿chirivía silvestre?, ¿cicuta de río?)—. Las matas eran tan tupidas que parecían arraigadas en islas, en tierra firme, aunque en realidad crecían del légamo y sus raíces serpeantes nos atrapaban las piernas.
El río era el mismo que atravesaba la ciudad, y cuando lo remontábamos llegábamos a ver el doble arco del puente de la carretera. En mis paseos sola o con Ranger nunca había ido hasta el puente, porque por allí solía haber gente de la ciudad. Iban a pescar a la orilla, y cuando el río estaba lo bastante alto los chicos saltaban desde el parapeto. En esa época probablemente no, aunque tal vez hubiera algunos chapoteando entre los pilares, vocingleros y hostiles como eran siempre los chicos de la ciudad.
También estaban los vagabundos. Pero no le hablé de ellos a Mike, que iba delante de mí como si el puente fuese un destino corriente y no tuviera nada de desagradable ni de prohibido. Oímos voces, y como era de esperar, eran voces de muchachos chillando; se habría dicho que el puente les pertenecía. Hasta allí, Ranger nos había seguido, sin entusiasmo, pero de pronto viró hacia la orilla. Era un perro ya viejo y nunca había tenido una afición indiscriminada por los niños.
Un hombre que estaba pescando —no en el puente, sino en la orilla— maldijo la agitación que había causado Ranger al salir del agua. Nos preguntó por qué no dejábamos nuestro puto perro en casa. Mike siguió andando como si el hombre sólo hubiera silbado y pronto entramos en la sombra del puente, donde yo no había estado en mi vida.
El suelo del puente nos hacía de techo; franjas de sol caían por entre las tablas. Entonces por arriba pasó un coche, hubo un ruido atronador y por un momento se apagó la luz. El acontecimiento nos dejó inmóviles, mirando hacia arriba. Debajo-del-puente era un lugar por derecho propio, no un mero tramo del río. Cuando hubo pasado el coche y el sol volvió a filtrarse por los resquicios, su reflejo arrancó del agua olas de luz, raras burbujas de luz, para proyectarlas en los pilares de cemento. Mike gritó para probar el eco y lo mismo hice yo, pero débilmente, porque en la orilla los muchachos, los extraños del otro lado del puente, me daban más miedo que los vagabundos.
Iba a la escuela rural que había más allá de nuestra granja. La inscripción había mermado hasta tal punto que yo era la única cría de mi clase. Pero Mike iba desde la primavera a la escuela de la ciudad y para él aquellos chicos no eran desconocidos. De no ser porque a su padre se le ocurría llevarlo al trabajo, para poder vigilarlo de vez en cuando, probablemente no habría estado jugando conmigo sino con ellos.
Entre los muchachos de la ciudad y Mike debió de haber un intercambio de saludos.
Hey. ¿Y tú qué haces aquí?
Nada. ¿Qué piensas que hago?
Nada. ¿Y ésa quién es?
Nadie. Es ella, nada más.
Ña-ña. Ella.
En realidad se estaba desarrollando un juego que tenía a todo el mundo pendiente. Y todo el mundo incluidas las niñas —pues más adelante había niñas en la orilla, enfrascadas en sus cosas—, aunque ya no estábamos en la edad en que niños y niñas solían jugar juntos. O habían seguido a los muchachos desde la ciudad —fingiendo no seguirlos— o los muchachos habían llegado tras ellas con intención de acosarlas; pero con la reunión había cobrado forma aquel juego y, como el juego los necesitaba a todos, las restricciones habituales habían desaparecido. Y, como el juego era mejor cuantos más participaran, para Mike fue fácil entrar y llevarme a mí con él.
Era un juego de guerra. Los chicos se habían dividido en dos ejércitos que guerreaban uno contra otro desde barricadas toscamente hechas con ramas o protegiéndose tras las hierbas, las cañas y unos juncos más altos que nuestras cabezas. Las armas principales eran unas bolas de arcilla grandes como pelotas de béisbol. Se daba el caso de que más o menos a mitad del banco del río había una fuente especial de arcilla, un pozo gris medio oculto por hierbas (la idea del juego debía de haber surgido al descubrirlo), y era allí donde trabajaban las niñas preparando munición. Se sobaba y apretaba la arcilla viscosa hasta moldear una bola lo más dura posible —podía contener algo de gravilla y hierba u hojas que se pegaran al fabricarla, pero no piedras añadidas adrede—, y la provisión tenía que ser grande porque cada bola sólo servía una vez. No se podían recoger las que habían fallado, rehacerlas y arrojarlas de nuevo.
Las reglas de la guerra eran simples. Si a uno le daba una bola —oficialmente se llamaban balas de cañón— en la cara, la cabeza o el cuerpo, tenía que caer muerto. Si le daba en los brazos o las piernas, igualmente tenía que tumbarse, aunque sólo estaba herido. A las niñas también correspondía arrastrarse hasta los heridos y arrastrarlos hasta un lugar llano que era el hospital. Se los curaba con emplastos y tenían que quedarse quietos contando hasta cien. En cuanto acababan podían volver a la lucha. Los soldados muertos tenían prohibido levantarse hasta que acabara la guerra, y la guerra no acababa hasta que en uno de los dos bandos estuvieran todos muertos.
En ambos bandos había muchachos y niñas, pero como las niñas éramos muchas menos no podíamos fabricar munición y hacer de enfermeras de un solo soldado cada una. Todas las niñas tenían su propia pila de bolas y trabajaban para ciertos soldados; cuando uno de ellos caía herido, llamaba a la niña en cuestión a gritos, para que ella lo arrastrara y le curara las heridas lo antes posible. Yo hacía bolas para Mike y el nombre que Mike gritaba era el mío. Había tal ruido en el aire —gritos constantes de «Estás muerto», victoriosos o enfurecidos (enfurecidos porque siempre había algún muerto que disimuladamente volvía a la lucha), y encima el ladrido de un perro, que no era Ranger, que de algún modo se había mezclado en la guerra—, tal ruido que una debía estar muy alerta a la voz del muchacho que podía llamarla. Cuando el grito llegaba había una sensación de fina alarma, un cable que hacía que vibrara en todo el cuerpo el despertar de una devoción fanática. (Al menos para mí, que al contrario que las otras niñas rendía servicios a un solo guerrero).
Creo que hasta aquel día tampoco había jugado en grupo. Y qué alegría me daba formar parte de una empresa tan grande y apremiante, y dentro de ella ser elegida esencialmente para servir con fidelidad a un luchador. Cuando a Mike lo herían se quedaba flojo y quieto, y no abría los ojos, mientras yo le ponía hojas enfangadas en la frente, la garganta y —quitándole la camisa— el pálido, suave estómago, alrededor del ombligo dulce y vulnerable.
No ganó nadie. Largo rato después, el juego se desintegró entre disputas y resurrecciones en masa. Camino de casa, nosotros tratamos de llevarnos algo de arcilla tendiéndonos en el lecho del río. Llevábamos las camisas y los pantalones cortos chorreando de barro.
Atardecía. El padre de Mike se preparaba para marcharse.
Dios santo —dijo.
Había un peón que iba a ayudar a mi padre cuando había que descuartizar o se necesitaba un par de brazos más. Tenía una mirada de muchacho adulto y respiraba con un silbido asmático. Le gustaba hacerme cosquillas hasta que yo me sofocaba. Nadie interfería en la lucha. A mi madre no le gustaba, pero mi padre decía que era en broma.
Estaba en el vallado, ayudando al padre de Mike.
Os habéis revolcado juntos en el barro —dijo—. Para empezar ahora tendréis que casaros.
Desde detrás de la mosquitera, mi madre lo había oído. (Si los hombres hubieran sabido que estaba allí no habrían hablado de esa manera). Salió y, antes de comentar la facha que llevábamos, le dijo algo al peón en voz baja y recriminatoria.
Yo oí parte de lo que decía.
Como hermano y hermana.
El peón se miraba las botas con una sonrisa indefensa.
Mi madre se equivocaba. El peón estaba más cerca de la verdad que ella. No éramos como hermano y hermana, al menos como cualquier hermano o hermana que yo conociera. Como mi único hermano era poco más que un bebé, no tenía experiencia en ese campo. Pero tampoco nos parecíamos a las mujeres y los maridos que yo había visto, personas viejas —para empezar— y habitantes de mundos tan separados que apenas se reconocían el uno al otro.
Eramos un par de novios sólidos y avezados cuyo vínculo no necesitaba mucha expresión visible. Yo al menos sentía algo solemne y emocionante.
Me di cuenta de que el peón estaba hablando de sexo, aunque no creo que conociera la palabra. Y eso me hizo odiarlo aún más que de costumbre. En lo específico se equivocaba. Lo nuestro no era la exhibición, el magreo, las intimidades culpables; no había nada de la trabajosa búsqueda de lugares ocultos, nada de esa mezcla de placer, frustración y vergüenza viva e inmediata. Yo había vivido escenas así con un primo y con un par de hermanas algo mayores que iban a mi escuela. Aquellas parejas me habían disgustado antes y después del acontecimiento y, aun mentalmente, de buena gana habría negado lo que había sucedido. Nunca habría pensado en una escapada con alguien por quien sentía afecto o respeto; sólo con gente que me desagradaba, como me desagradaban de mí misma los abominables escozores del arrebato.
En cuanto a lo que sentía por Mike, el demonio se había transformado en excitación difusa y una ternura que se extendía por toda la piel, en un placer visual y una satisfacción tintineante en presencia de la otra persona. Cada mañana me despertaba con hambre de verlo, de oír al camión del pocero tambalearse y traquetear por el camino. Sin dar la menor muestra de ello, idolatraba su nuca y la forma de su cabeza, el pliegue de su ceño, sus largos pies descalzos y sus codos sucios, su voz fuerte y confiada, su olor. Aceptaba sin vacilar, y aun devotamente, los papeles que entre nosotros no era preciso urdir ni explicar; yo lo asistía y admiraba, él dirigía y estaba siempre dispuesto a protegerme.
Y una mañana el camión no llegó. Una mañana, evidentemente, el trabajo estuvo acabado, la tapa del pozo instalada, la bomba en funcionamiento, el agua fresca admirada. En la mesa del almuerzo hubo dos sillas menos. Tanto el Mike mayor como el chico habían comido siempre con nosotros. El Mike chico y yo no solíamos hablarnos y apenas nos mirábamos. A él le gustaba untar el pan con kétchup. Su padre hablaba con papá, y la conversación trataba sobre todo de pozos, accidentes, niveles de agua. Un hombre serio. Un trabajador de la cabeza a los pies, decía mi padre. Sin embargo, él —el padre de Mike— concluía casi todas las frases con una risa. Su risa tenía un eco solitario, como si todavía estuviera en el pozo.
El camión no llegó. Con la obra acabada, no había razón para que volvieran. Y resultó ser que aquel trabajo era el último que le quedaba al perforador en nuestra comarca. Tenía más trabajos esperando en otros sitios y quería empezarlos lo antes posible, mientras durara el buen tiempo. Como vivía en el hotel, sólo tenía que hacer la maleta y partir. Y eso había hecho.
¿Cómo pude no entender lo que pasaba? ¿No hubo ninguna despedida, ninguna conciencia de que la última tarde, cuando subía al camión, Mike se estaba yendo para siempre? ¿No agitó nadie la mano, no se volvió hacia mí una cabeza —o dejó de volverse— cuando el camión, cargado ahora con la maquinaria, fue dando bandazos por última vez camino abajo? Con el primer borbotón de agua —recuerdo aquel borbotón, y a todos reunidos para beber un trago—, ¿por qué no comprendí cuántas cosas terminaban para mí? Ahora me pregunto si no hubo un plan deliberado de no hacer de aquello algo especial, de eliminar las despedidas y evitar que me pusiera —o nos pusiéramos— demasiado triste o difícil.
Es improbable que entonces se tomaran tanto en cuenta los sentimientos de los niños. Padecerlos o reprimirlos era asunto nuestro.
No me puse difícil. Pasada la primera conmoción no le mostré nada a nadie. Cada vez que me veía, el peón bromeaba (¿Qué, tu amigo se ha largado?), pero yo nunca le hice caso.
Tendría que haber sabido que Mike iba a irse. Igual que sabía que Ranger era viejo y moriría pronto. Aceptaba la ausencia futura; sólo que, hasta que Mike desapareció, no tenía ni idea de cómo era la ausencia. De cómo se alteraría todo mi territorio, como si por un fallo se hubiera escurrido todo sentido salvo la pérdida de Mike. Nunca pude volver a mirar la piedra blanca de la pasarela sin pensar en él, y al fin le tomé aversión. Lo mismo empecé a sentir por la rama del arce y, cuando mi padre la cortó porque se acercaba demasiado a la casa, sentí aversión hacia la cicatriz del tronco.
Semanas más tarde, un día en que llevaba ya puesta mi chaqueta de otoño, estaba junto a la puerta de la zapatería, esperando a que mi madre se probara unos zapatos, cuando oí que una mujer llamaba a un tal Mike. «Mike», gritó mientras pasaba. De golpe tuve la convicción de que esa mujer desconocida era la madre de Mike —yo sabía, aunque no por él, que no estaba muerta sino separada del padre—, y de que algo los había llevado de nuevo a la ciudad. No me puse a considerar si el regreso sería transitorio o definitivo; sólo pensé —mientras salía de la tienda a la carrera— que un minuto más tarde iba a verlo.
La mujer había alcanzado a un niño, de unos cinco años, que acababa de coger una manzana de un cajón que había en la acera, delante de la tienda de al lado.
Incrédula, me paré a mirar al niño como si ante mis ojos hubiera tenido lugar un maleficio abusivo y humillante.
Un nombre común. Un niño estúpido, de cara chata y sucio pelo rubio.
El corazón me latía con estrépito, como si en mi pecho sonaran aullidos.


Sunny me esperaba en Uxbridge al pie del autobús. Era una mujer de huesos grandes y cara vivaz, con el pelo rizado, de un castaño canoso, sujeto por pinzas desiguales a los lados de la cara. Aunque hubiera ganado peso —lo que había sucedido—, nunca habría parecido una matrona sino una muchacha majestuosa.
Me sumergió en su vida, como siempre había hecho, contándome que había estado a punto de llegar tarde porque Claire tenía un tapón en el oído y esa mañana la había llevado al hospital para que se lo extrajeran; que luego el perro había vomitado en el escalón de la cocina, probablemente porque odiaba el viaje, la casa y el campo; y que, mientras ella —Sunny— salía a buscarme, Johnston había puesto a los niños a limpiar, puesto que eran ellos los que habían querido tener un perro, y Claire se quejaba de seguir oyendo un zumbido.
Así que, ¿qué tal si nosotras vamos a emborracharnos a un lugar bonito y tranquilo y no volvemos más a casa? —preguntó—. Claro que tenemos que volver. Johnston ha invitado a un amigo que tiene a su mujer y a sus hijos en Irlanda y quieren irse a jugar al golf.
Sunny y yo habíamos sido amigas en Vancouver. Como nuestros embarazos se habían sucedido a la perfección, nos las habíamos arreglado con un solo ajuar de maternidad. Una vez a la semana más o menos, en mi cocina o en la suya, alteradas por los niños y en ocasiones tambaleándonos de sueño, nos espabilábamos a fuerza de café y cigarrillos para lanzarnos a una charla desenfrenada: sobre el matrimonio, las peleas, nuestros defectos personales, nuestras interesantes y deshonrosas motivaciones, las ambiciones perdidas. Leíamos a Jung al mismo tiempo e intentábamos seguir la pista a los sueños. En ese momento de la vida que suele considerarse un mareo reproductivo, cuando la mujer tiene la mente anegada de jugos maternos, nosotras seguimos imponiéndonos leer a Simone de Beauvoir, Arthur Koestler y The Cocktail Party.
La actitud de nuestros maridos no era en absoluto la misma. Cuando sacábamos esos temas, decían «Eso es sólo literatura» o «Ni que te hubieras graduado en filosofía».
Ahora las dos nos habíamos marchado de Vancouver. Pero Sunny se había trasladado con su marido, sus hijos y sus muebles, de la manera normal y por las razones habituales: su marido había cambiado de trabajo. Yo en cambio me había ido por una razón moderna, que se aprobaba entusiasta pero fugazmente y sólo en ciertos círculos, dejando marido, casa y todo lo adquirido durante el matrimonio (salvo los niños, claro, cuya posesión se parcelaría) con la esperanza de hacer una vida que pudiera sobrellevarse sin hipocresía, privación ni vergüenza.
A la sazón vivía en el segundo piso de una casa de Toronto. Los vecinos de abajo —los dueños de la casa— habían llegado de Trinidad hacía una docena de años. A un lado y otro de la calle, las viejas casas de ladrillo con galerías y ventanas altas, antaño hogares de metodistas y presbiterianos apellidados Henderson, Grisham o McAllister, rebosaban de gente de piel cobriza u olivácea que hablaba un inglés para mí desconocido, si es que siquiera lo hablaban, y a todas horas colmaban el aire con el aroma de su comida dulce y condimentada. A mí todo eso me hacía feliz; me daba la sensación de haber cambiado de verdad, después de un largo viaje desde la casa matrimonial. Pero era demasiado esperar que lo mismo sintieran mis hijas, de diez y doce años. Yo había dejado Vancouver en primavera y ellas habían llegado a comienzos de las vacaciones de verano, supuestamente para estar conmigo los dos meses. Los olores de la calle les resultaban asqueantes y el ruido les daba miedo. Hacía calor y no podían dormir ni con el ventilador que les compré. Teníamos que dejar la ventana abierta, y las fiestas en los patios traseros duraban a veces hasta las cuatro de la madrugada.
Expediciones al Centro de Ciencias y a la Torre de Comunicaciones, al museo y al zoo, comidas en los restaurantes refrigerados de los grandes almacenes, un viaje en transbordador a Toronto Island: nada podía compensar la ausencia de sus amigos ni reconciliarlas con la versión travestida del hogar que yo les ofrecía. Echaban de menos a sus gatos. Querían volver a sus habitaciones, a la libertad de su vecindario, a la parsimonia de los días de quedarse en casa.
Durante un tiempo no se quejaron. Oí que la mayor le decía a la otra:
A mamá hay que convencerla de que estamos contentas. Si no, se sentirá mal.
Por fin, la cosa estalló. Acusaciones, confesiones de desdicha (hasta exageraciones de la desdicha, según me pareció, desplegadas en mi beneficio). La menor gritando «¿Por qué no vive en casa y ya está?», y la mayor respondiéndole «Porque odia a papá».
Telefoneé a mi marido, que me preguntó prácticamente lo mismo y proporcionó por su cuenta la misma respuesta. Cambié los billetes, ayudé a las niñas a hacer las maletas y las llevé al aeropuerto. Nos pasamos todo el viaje jugando a un juego bobo que propuso la mayor. Había que elegir un número —27, 42—, mirar por la ventanilla del coche y contar los hombres que una veía; el vigésimo séptimo, cuadragésimo segundo o lo que fuese era el hombre con el que una se casaría. De vuelta en casa, sola, reuní todos los vestigios de su presencia —un dibujo que había hecho la menor, una revista Glamour que había comprado la mayor, bisutería y ropa que en Toronto podían ponerse pero en su ciudad no— y los metí en una bolsa de basura. Y más o menos lo mismo hice cada vez que pensaba en ellas; le di cerrojazo a mi mente. Había desdichas —las relacionadas con los hombres— que yo podía soportar y otras —las relacionadas con los niños— que me superaban.
Volví a vivir como antes de su visita. Dejé de preparar el desayuno y salí cada mañana a tomar café con bollos frescos en el del italiano. La idea de haberme liberado de lo doméstico, al menos de momento, me encantaba. A partir de ese instante, empecé a fijarme en la expresión de los que ocupaban las banquetas que había junto a la ventana o las mesas de la acera: gente para la cual aquél no era un momento agradable ni extraordinario, sino una rancia costumbre de la vida solitaria.
De vuelta en casa me sentaba a escribir durante horas enteras en una mesa de madera, bajo las ventanas de una antigua galería convertida en cocina de utilería. Tenía la esperanza de ganarme la vida como escritora. El sol calentaba temprano la salita y las corvas —seguramente llevaba pantalones cortos— se me pegaban a la silla. Percibía el peculiar, dulzón olor químico de las sandalias de plástico absorbiendo el sudor de mis pies. Me gustaba: era el olor de mi laboriosidad y, esperaba, de mis logros. Lo que escribía no era mejor que lo que me las había ingeniado para escribir en mi antigua vida mientras se asaban las patatas o la colada daba tumbos en el tambor de la lavadora. Escribía más, sencillamente, y no peor: eso era todo.
Más tarde me daba un baño y probablemente iba a ver a alguna amiga. Bebíamos vino en terrazas de pequeños restaurantes de Queen Street, Baldwin Street o Brunswick Street y hablábamos de nuestras vidas; sobre todo de los amantes, pero como la palabra «amante» nos revolvía un poco el estómago, decíamos «el hombre con quien salgo». Y a veces veía al hombre con quien salía. Durante la estancia de mis hijas, yo lo había proscrito, aunque un par de veces, tras dejar a las niñas en un cine gélido, había roto la regla.
Había conocido a aquel hombre antes de romper mi matrimonio y él había sido la razón directa para romperlo, aunque ante él —y ante todos— yo fingiese que no era así. Cuando nos encontrábamos intentaba mostrarme despreocupada e independiente. Intercambiábamos novedades —yo me aseguraba de tenerlas—, nos reíamos y paseábamos por el barranco, pero en realidad lo que yo quería era incitarlo a que se acostara conmigo, porque creía que el alto entusiasmo del sexo fusionaba lo mejor de los seres. En estas cuestiones era una estúpida, en un sentido muy peligroso sobre todo para una mujer de mi edad. A veces me sentía exultante después de los encuentros —deslumbrada y segura—, otras veces el recelo me pesaba como una losa. Una vez él se iba, sólo tomaba conciencia de estar llorando cuando sentía las lágrimas corriéndome por las mejillas. El motivo solía ser una sombra que había entrevisto en él, una brusquedad, alguna advertencia oblicua. Más allá de las ventanas, a medida que oscurecía, empezaban las fiestas en los jardines traseros; más tarde, la música, los gritos y las provocaciones terminarían en peleas y yo tendría miedo, no de la posible hostilidad sino de una especie de inexistencia.
En medio de una de sus crisis telefoneé a Sunny y ella me invitó a pasar el fin de semana en el campo.
Qué hermoso es esto —dije.
Pero, para mí, la región por la que viajábamos no significaba nada. Las colinas eran una serie de lomas verdes, en algunas había vacas. Había puentes bajos de cemento sobre arroyos asfixiados de juncos. El heno se empacaba de una forma nueva, en rollos que quedaban en los campos.
Espera a ver la casa —dijo Sunny—. Es sórdida. En la tubería había un ratón. Muerto. Aún siguen apareciendo pelos en el agua de la bañera. Ahora eso está arreglado, pero nunca se sabe qué más pasará.
No me preguntó por mi nueva vida. ¿Era delicadeza o censura? Tal vez no supiera empezar, simplemente no pudiera imaginársela. De todos modos, yo le habría dicho mentiras, o medias verdades. Fue muy duro romper, pero había que hacerlo. Claro que siempre hay un precio; no sabes cómo echo de menos a las niñas. Estoy aprendiendo cómo se le devuelve la libertad a un hombre y a ser libre yo misma. Estoy aprendiendo a tomarme el sexo de forma relajada, algo muy difícil para mí porque no es lo que nos enseñaron y encima ya no soy joven, pero estoy aprendiendo.
Un fin de semana, pensé. Parecía mucho tiempo.
En el lugar donde había habido una galería quedaba una cicatriz en los ladrillos de la casa. Los niños de Sunny trotaban en la explanada.
Mark ha perdido el balón —gritó Gregory, el mayor.
Sunny les dijo que me saludaran.
Hola. Mark ha tirado la pelota al otro lado del cobertizo y ahora no la encontramos.
La niña de tres años, nacida después de nuestro último encuentro, salió corriendo de la cocina y se detuvo, sorprendida de ver a una extraña. Pero enseguida se recuperó y me dijo:
Me ha volado un bicho en la cabeza.
Sunny la alzó en brazos. Yo cogí mi bolso y entramos en la cocina, donde Mike McCallum estaba untando kétchup en una rebanada de pan.
Eres tú —dijimos casi al mismo tiempo. Reímos los dos y corrí hacia él a la vez que él avanzaba. Nos dimos la mano.
Pensé que eras tu padre —expliqué.
No sé si llegué a acordarme del perforador. Más bien había pensado: «Yo a este hombre lo conozco». Un hombre que movía su cuerpo con ligereza, como si entrar y salir de un pozo para él no fuera nada. Pelo muy corto con canas incipientes, ojos profundos de color claro. Cara magra, jovial pero austera. Una reserva proverbial, nada desagradable.
Imposible —dijo él—. Papá murió.
Johnston entró en la cocina con las bolsas de golf, me saludó y le dijo a Mike que se diera prisa.
Se conocen, cariño —explicó Sunny—. Quién lo hubiera dicho.
De cuando éramos niños —dijo Mike.
¿De verdad? —preguntó Johnston—. Es increíble.
Y todos juntos agregamos lo que iba a agregar él.
El mundo es un pañuelo.
Mike y yo aún nos mirábamos riendo, como si nos dejáramos claro que ese descubrimiento, que a Sunny y Johnston les parecía increíble, para nosotros era un cómico y deslumbrante estallido de buena suerte.
Durante toda la tarde, mientras los hombres estuvieron fuera, me sentí llena de una feliz energía. Hice un pastel de melocotón para la cena y le leí a Claire para que durmiera la siesta mientras Sunny llevaba a los niños a pescar, infructuosamente, en el verdín del arroyo. Luego las dos nos sentamos en el suelo de la sala, con una botella de vino, y otra vez fuimos amigas que hablaban no de la vida sino de libros.
Mike no recordaba las mismas cosas que recordaba yo. Él nos recordaba andando por la estrecha cumbre de unos cimientos de hormigón, imaginando que era un edificio altísimo del que si nos llegábamos a caer nos mataríamos. Yo dije que debía de haber sido otro lugar, pero luego recordé los cimientos de un garaje que no había llegado a construirse en el cruce de nuestro camino con la carretera. ¿Nos habíamos subido allí?
Sí.
Yo me acordaba de haber querido aullar a voz en cuello debajo del puente y de tener miedo de los chicos de la ciudad. Él no se acordaba de ningún puente.
Los dos recordábamos las bolas de arcilla y la guerra.
Nos habíamos puesto a fregar juntos los platos para poder hablar sin ser desatentos.
Me contó cómo había muerto su padre. Había fallecido en un accidente de tráfico, volviendo de un trabajo cerca de Bancroft.
¿Y tus padres viven?
Le dije que mi madre había muerto y que mi padre se había vuelto a casar.
Llegado un momento le conté que estaba separada de mi marido y que vivía en Toronto. Le dije que había tenido un tiempo a mis hijas pero ahora estaban de vacaciones con su padre.
Él me contó que vivía en Kingston, pero no que no llevaba allí mucho tiempo. Había conocido a Johnston hacía poco, a través del trabajo. Como Johnston, era ingeniero civil. Su mujer había nacido en Irlanda pero trabajaba en Canadá cuando la conoció. Era enfermera. En ese momento estaba en Irlanda, en County Clare, visitando a su familia. Se había llevado a los niños.
¿Cuántos niños?
Tres.
Cuando acabamos con los platos, fuimos a la sala y nos ofrecimos a jugar al Scrabble con los niños para que Sunny y Johnston pudieran dar un paseo. Una sola partida; se suponía que era hora de irse a la cama. Pero los niños nos convencieron de que empezáramos otra, y cuando volvieron los padres aún estábamos jugando.
¿Qué os había dicho? —preguntó Johnston.
Es la misma partida —mintió Gregory—. Dijiste que podíamos acabar la partida y es la misma.
Seguro —dijo Sunny.
Añadió que era una noche preciosa y que con eso de tener canguros en casa ella y Johnston se acostumbrarían mal.
Anoche Mike se quedó con los niños y hasta fuimos al cine. Una película vieja. El puente del río Kwai.
Sobre —dijo Johnston—. Sobre el río Kwai.
De todos modos, yo ya la había visto —repuso Mike—. Hace años.
Está bastante bien —dijo Sunny—. Sólo que me molestó el final. Para mí es un error. ¿Te acuerdas de cuando Alec Guinness ve el cable en el agua, por la mañana, y se da cuenta de que alguien va a volar el puente? Se pone como loco y entonces todo se complica porque morirá todo el mundo y demás. Vale, para mí tendría que haber visto el cable y saber lo que pasaría, pero quedarse de todos modos y morir en la explosión… Me parece que es lo que haría ese personaje, y dramáticamente habría sido más eficaz.
No —dijo Johnston, en un tono de haber discutido ya el asunto—. ¿Dónde estaría el suspense, entonces?
Estoy de acuerdo con Sunny —tercié yo—. Recuerdo que el final me pareció muy complicado.
¿Y a ti, Mike?
A mí me pareció muy bien —respondió Mike—. Muy bien como estaba.
Chicos contra chicas —comentó Johnston—. Ganan los chicos.
Les dijo a los niños que recogieran el juego y los niños obedecieron. Pero a Gregory se le ocurrió que quería ver las estrellas.
Sólo aquí se pueden ver —adujo—. En casa siempre hay luces y porquerías.
Eh, cuidado —dijo el padre. Pero enseguida agregó—: De acuerdo, venga, pero cinco minutos, vamos todos a mirar el cielo.
Buscamos la Estrella Guarda, cercana a la segunda del brazo de la Osa Mayor. Si uno alcanzaba a verla, dijo Johnston, quería decir que tenía suficiente buena vista para entrar en las Fuerzas Aéreas; al menos así había sido durante la Segunda Guerra Mundial.
Yo la veo, pero ya sabía que estaba allí —dijo Sunny.
Yo la he visto —dijo Gregory, desdeñoso—. La he visto aunque no sabía si estaba allí o no.
Yo también la he visto —dijo Mark.
Mike estaba delante de mí y a un lado. En realidad estaba más cerca de Sunny. No había nadie detrás y yo quería rozarlo; rozar levemente, como por casualidad, su brazo o su hombro. Luego, si él no se apartaba —¿por cortesía, por considerarlo un simple accidente?—, quería apoyarle un dedo en su nuca desnuda. ¿Era eso lo que habría hecho él si hubiera estado detrás de mí? ¿En eso se habría concentrado, en vez de en mirar las estrellas?
Tenía la sensación, sin embargo, de que era un hombre escrupuloso. Se habría refrenado.
Y por la misma razón, por cierto, esa noche no iría a mi cama. En cualquier caso era tan arriesgado que se hacía imposible. Arriba había tres habitaciones: la de las visitas y la de los padres daban a la más grande, donde dormían los niños. Quien quisiera entrar en cualquiera de las dos pequeñas tenía que pasar por la otra. A Mike, que la noche anterior había dormido en la de las visitas, lo habían trasladado abajo, al sofá desplegable de la sala. En vez de deshacer la cama en donde dormiría yo, Sunny le había dado a él sábanas limpias.
Es muy limpio —dijo—. Y a fin de cuentas es un viejo amigo.
Yo no podía pasar una noche apacible entre aquellas sábanas. En mis sueños, no en la realidad, olían a juncos, barro de río y cañas bajo el sol candente.
Sabía que él no vendría por muy poco que fuera el riesgo. Habría sido un acto mal visto en casa de sus amigos, que con el tiempo también serían —si no lo eran ya— amigos de su mujer. ¿Y cómo podía estar seguro de que yo quería eso? ¿O de que él quería, realmente? Ni siquiera yo estaba segura. Hasta entonces siempre había podido considerarme una mujer fiel a la persona con quien dormía en un momento dado.
Dormí inquieta y tuve sueños de una lujuria monótona, con tramas secundarias irritantes y desagradables. Unas veces Mike quería cooperar pero encontraba obstáculos. Otras veces se volvía esquivo, como cuando decía que me había comprado un regalo pero acababa de perderlo y era para él importantísimo recuperarlo. Yo le decía que no se preocupara, que el regalo no me importaba porque mi regalo era él, la persona que quería y había querido siempre; decía eso. Pero él seguía preocupado.
Toda la noche —o al menos cada vez que me despertaba, y me desperté muchas veces—, los grillos estuvieron cantando junto a mi ventana. Primero pensé que eran pájaros, un coro de infatigables pájaros nocturnos. Llevaba viviendo en ciudades el tiempo suficiente para haber olvidado la perfecta cascada de sonido que pueden obrar los grillos.
Hay que decir, también, que en ocasiones al despertarme me encontraba varada en un banco seco. Una lucidez inoportuna. ¿Qué sabes en realidad de ese hombre? ¿Qué sabe él de ti? ¿Qué música le gusta, a quién vota? ¿Qué espera de las mujeres?
¿Habéis dormido bien? —preguntó Sunny.
Como una piedra —dijo Mike.
Bien, sí —contesté yo.
Esa mañana, todo el mundo estaba invitado a almorzar en la casa de unos vecinos que tenían piscina. Mike dijo que él prefería darse una vuelta por el campo de golf, si no había problema.
Claro —Sunny me miró—. Bueno, no sé si tú… —dijo.
Y Mike preguntó:
Tú no juegas al golf, ¿no?
No.
Pero igual podrías hacerme de caddie.
Te haré de caddie yo —intervino Gregory. Estaba dispuesto a apuntarse a cualquier excursión que hiciéramos nosotros, seguro de que lo pasaría mejor y tendría más libertad que con sus padres.
Sunny le dijo que no.
Tú vienes con nosotros. ¿No quieres meterte en la piscina?
En esa piscina, todos los chavales hacen pipí. No sé cómo no lo sabes.
Antes de salir, Johnston nos había prevenido de que anunciaban lluvia. Mike dijo que correríamos el riesgo. Me gustó que hablara en plural y me gustó ir en el coche con él, en el asiento de la esposa. Me causaba placer imaginarnos como pareja, un placer que sabía exaltado, adolescente. Me cautivaba la idea de ser esposa, como si no lo hubiera sido nunca. Eso no me había pasado con el hombre que entonces era mi amante. ¿De verdad habría podido asentarme con un amor verdadero, desprenderme de las partes mías que no encajaban y ser feliz?
Pero ahora que estábamos solos había cierta inhibición.
¿No es hermoso el campo aquí? —pregunté.
Y ahora lo decía en serio. Bajo el nuboso cielo blanco, las colinas parecían más suaves que el día anterior bajo el sol insolente. A fines del verano, el follaje de los árboles se corroía; los bordes de las hojas empezaban a oxidarse y algunas ya estaban del todo castañas o rojas. Yo ya reconocía diferentes hojas.
Robles —dije.
Aquí el suelo es arenoso —explicó Mike—. En toda la comarca… La llaman Cresta de los Robles.
Dije que suponía que Irlanda era muy hermosa.
Algunas zonas son muy áridas. Roca pelada.
¿Tu mujer creció allí? ¿Habla con ese acento encantador?
Si la escucharas dirías que sí. Pero cuando vuelve le dicen que lo ha perdido. Le dicen que parece americana. Americana es lo que dicen siempre… Tanto les da si es canadiense.
Y tus hijos… Supongo que no tienen acento irlandés, ¿no?
No.
Por cierto, ¿son niños o niñas?
Dos niños y una niña.
Ahora yo sentía un apremio por hablarle de las contradicciones, las penas y las necesidades de mi vida.
Yo echo de menos a mis hijas —dije.
Pero no contestó. Ni una palabra de comprensión, ningún aliento. Tal vez le parecía indecoroso hablar de nuestras parejas y nuestros hijos, dadas las circunstancias.
Poco después entrábamos en el aparcamiento del club y, un poco estrepitosamente, como para compensar la rigidez, él comentó:
Parece que el miedo a la lluvia ha dejado a los golfistas domingueros en casa.
En el aparcamiento había un solo coche. Mike se bajó y fue al despacho a pagar mi entrada.
Yo nunca había estado en un campo de golf. Había visto partidos por televisión, una o dos veces y nunca por decisión propia, y tenía la vaga idea de que a ciertos palos se los llamaba hierros, o a ciertos hierros palos, que uno en especial era el niblick y el campo se llamaba link. Cuando le dije eso a Mike, contestó:
A lo mejor te aburres espantosamente.
Si me aburro daré un paseo.
Eso pareció gustarle. Me apoyó en el hombro una mano cálida y dijo:
Verás cómo te dan ganas.
Mi ignorancia no importaba —desde luego que no tuve que hacer de caddie— y no me aburrí. Mi única tarea era seguir a Mike por donde fuera y mirarlo. En realidad ni siquiera tenía que mirarlo. Podría haber mirado los árboles que bordeaban el campo; eran unos árboles altos de copa plumosa y tronco esbelto, de cuyo nombre yo no estaba segura —¿acacias?—, agitados de vez en cuando por un viento que allí abajo no se sentía. También había bandadas de pájaros, mirlos o estorninos, que volaban con una urgencia comunitaria, aunque sólo de una copa a otra. Recordé entonces que eso hacían los pájaros; en agosto o a fines de julio empezaban a celebrar bulliciosas reuniones en masa, preparándose para volar al sur.
De vez en cuando Mike hablaba, pero rara vez a mí. No había necesidad de que yo respondiera, y de hecho no habría podido hacerlo. Me pareció, sin embargo, que hablaba más que si hubiera estado jugando sin compañía. Sus palabras inconexas eran reproches, elogios prudentes o advertencias para él mismo, y en ocasiones no eran casi palabras sino esos sonidos que quieren comunicar un significado, y lo comunican, en la larga intimidad de las vidas vividas en cercanía voluntaria.
Se suponía pues que yo debía hacer eso: proporcionarle una noción de sí amplificada, extendida. Una noción más cómoda, podría decirse, un sentido tranquilizador de la soledad propia por donde cada humano se mueve sin hacer ruido. De haber sido yo un hombre, él no habría tenido la misma expectativa, o la solicitud no habría sido tan natural y espontánea. Tampoco si hubiera sido una mujer con quien no creía tener un vínculo establecido.
Todo eso no era producto de mi imaginación. Estaba allí, entero, en el placer que me inundaba mientras caminábamos por el link. Las dolorosas descargas de deseo que me habían recorrido por la noche se habían domesticado y limitado a una delicada llama piloto, atenta, conyugal. Yo lo observaba colocarse, elegir, calcular, ojear, balancearse, y luego miraba el trayecto de la pelota, que a mí me parecía siempre triunfal y a él problemático, hasta el lugar del reto siguiente, de nuestro futuro inmediato.
Caminábamos casi sin hablar. ¿Lloverá?, decíamos. ¿No has sentido una gota? A mí me pareció que sí. A lo mejor no. No era la típica y dudosa charla sobre el tiempo; pertenecía al contexto del juego. ¿Crees que acabaremos la vuelta?
El caso fue que no la acabamos. Hubo una gota de lluvia —indudablemente una gota—, luego otra y por fin un golpeteo. Por encima del campo, Mike miró hacia donde las nubes habían cambiado de color, del blanco al azul plomizo, y sin especial alarma ni decepción dijo:
Aquí está nuestra lluvia.
Luego se puso a ordenar metódicamente la bolsa.
No podríamos haber estado más lejos de la casa del club. Los pájaros, en un alboroto creciente, nos sobrevolaban en círculos, indecisos, agitados. Las copas de los árboles se sacudían y hubo un ruido —al parecer, sobre nuestras cabezas— como de ola pedregosa estrellándose contra la playa. Mike dijo:
Mejor nos metemos allí debajo.
Al borde de la hierba había unos arbustos de hojas oscuras y aspecto casi formal, como si los hubieran plantado en seto. Pero eran silvestres y habían crecido apretados. Aunque parecían impenetrables, al acercarnos vimos pequeñas entradas, sendas angostas abiertas por animales o jugadores en busca de pelotas. El terreno declinaba suavemente y, después de atravesar el desparejo muro de matas, entrevimos el río, el río que explicaba el cartel de la entrada, el nombre del club. Club de golf La Ribera. El agua era de un gris acerado y las ráfagas de viento la habían ondulado, pero sin romper en crestas como la de los estanques. Entre la orilla y nosotros había un prado de maleza florecida. Solidago, salvia de campanillas violáceas, algo que me pareció ortiga en flor —púrpura o blanca— y ásteres silvestres. Parra, también, rodeando lo que encontrara y anudándose, o en maraña bajo los pies. El suelo era suave, no del todo espumoso. Ni las plantas de apariencia más frágil y delicada llegaban a nuestras cabezas.
Cuando nos paramos a mirar entre ellas vimos, a poca distancia, grupos de árboles agitándose como ramos. Y algo que se aproximaba en la dirección de las nubes sombrías. Era la lluvia de verdad, que venía detrás del primer chubasco, pero daba la impresión de ser mucho más que una lluvia. Parecía como si una gran porción del cielo se hubiera desprendido y empezara a descargarse, clamorosa y resuelta, bajo una forma animal no del todo reconocible. A la cabeza se desplazaban cortinas de agua; no velos, sino gruesas cortinas que se sacudían con violencia. Las divisábamos claramente aunque todavía no sintiéramos más que unas gotas leves y ociosas. Habríamos podido estar mirando a través de una ventana, sin creer que el cristal fuera a hacerse añicos, hasta que se rompió y el viento y la lluvia nos embistieron y mi cabello se alzó en un revuelo. Pensé que pronto se me iba a erizar la piel.
En aquel momento intenté dar la vuelta; tenía la urgencia, que no había sentido hasta entonces, de salir de los arbustos y correr hacia la casa. Pero no podía moverme. Bastante costaba ya tenerse en pie; a cielo abierto, el viento me habría derribado enseguida.
Encorvándose para meter la cabeza entre las matas, la cara contra el viento y sin soltarme el brazo, Mike se puso delante de mí. Luego se volvió a mirarme, protegiéndome de la tormenta. Tanto habría dado que se hubiera interpuesto un palillo. Me dijo algo a la cara, pero no lo oí. Por mucho que estuviese gritando no me llegaba ni un sonido suyo. Me había cogido los dos brazos y bajó las manos hasta aferrarme las muñecas. Así fue tirando hacia abajo —en el intento de cambiar de posición trastabillamos— hasta que estuvimos los dos en cuclillas. Tan cerca estábamos uno de otro que no podíamos mirarnos; sólo podíamos mirar el suelo, los diminutos ríos que empezaban a romper en torno a nuestros pies, las plantas aplastadas, los zapatos empapados. Veíamos aquello a través de los torrentes que rodaban por nuestra cara.
Mike me soltó las muñecas y me plantó las manos en los hombros. Era más un gesto de retraimiento que de sosiego.
Así permanecimos hasta que cesó el viento. No pudieron ser más de cinco minutos, y quizá fueron sólo dos o tres. Seguía lloviendo, pero era una lluvia fuerte, normal. Él retiró las manos y nos levantamos temblando. Teníamos las camisas y los pantalones pegados a los cuerpos. A mí el pelo me caía sobre la cara en largos zarcillos de bruja y él tenía cortos tallos oscuros aplastados sobre la frente. Intentó sonreír, pero apenas le quedaban fuerzas. Luego nos besamos y estuvimos abrazados un instante. Fue más un rito, el agradecimiento por haber sobrevivido, que una tendencia de los cuerpos. Los labios se deslizaron unos sobre otros, frescos y resbaladizos, y la presión del abrazo nos estremeció levemente, como si nos hubiera rociado con agua fría.
Cada vez llovía menos. Tambaleando un poco sobre hierbas medio aplastadas nos abrimos paso entre los gruesos arbustos chorreantes. Por todo el campo de golf había grandes ramas arrancadas. Sólo más tarde pensé que alguna habría podido matarnos.
Anduvimos al raso esquivando las ramas caídas. Ya casi no llovía y el aire empezaba a iluminarse. Como caminaba con la Cabeza inclinada, para que el agua que me caía del pelo no rodase por mi cara, sentí el sol calentándome los hombros antes de alzar los ojos a la luz festiva.
Me detuve, respiré hondo y moviendo la cabeza me quité el pelo de la cara. Había llegado el momento, ahora que estábamos empapados, a salvo y frente al fulgor. Ahora había que decir algo.
Hay una cosa que no te he dicho.
Su voz me sorprendió, como el sol. Pero en el sentido opuesto. Había en ella un peso, una advertencia, una decisión con un matiz de excusa.
Sobre nuestro hijo menor —dijo—. Nuestro hijo menor murió el verano pasado.
Oh.
Murió atropellado —añadió—. Lo atropellé yo. Dando marcha atrás en la puerta de casa.
Volví a pararme. El se paró conmigo. Los dos mirábamos adelante.
Se llamaba Brian. Tenía tres años. El caso es que… yo pensé que estaba en la cama. Los otros aún estaban en pie, pero a él lo habíamos acostado. Y fue y se levantó. Sin embargo debí mirar. Debí mirar con más cuidado.
Imaginé el momento en que se había bajado del coche. El ruido que debió de hacer. La madre corriendo fuera de la casa. No es él. Él no está aquí. Esto no ha pasado.
Arriba, en la cama.
Echó a andar de nuevo y entró en el aparcamiento. Yo lo seguía a unos pasos. Y no dije nada; ni una palabra amable, impotente. Lo habíamos dejado atrás.
Él no dijo: «Fue mi culpa» o «Nunca lo podré superar. Nunca me lo perdonaré. Pero hago todo lo que puedo».
Ni: «Mi mujer me perdona pero ella tampoco lo va a superar».
Yo lo sabía. Ahora sabía que él era de esos que han tocado fondo. De esos que saben —como no sabía yo, ni me acercaba siquiera a saber— qué significa exactamente tocar fondo. Los dos lo sabían, él y su mujer, y eso los unía como sólo lo hace aquello que une o separa para siempre. No vivirían siempre en el fondo, claro. Pero compartirían el hecho de conocer ese espacio central gélido, vacío, cerrado.
Podría sucederle a cualquiera.
Sí. Pero no parece que sea así. Parece que le sucediera a éste, a aquél, elegidos aquí y allá, de uno en uno.
No es justo —dije.
Hablaba de cómo lidiar con esos castigos fortuitos, esos zarpazos malvados y catastróficos. Peores así, tal vez, que cuando ocurren entre un aluvión de desgracias, en la guerra o en un terremoto. Y todavía peores cuando hay alguien cuya acción, probablemente una acción inhabitual, lo hace singular y permanentemente responsable.
De eso hablaba. Pero también quería decir: No es justo. ¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?
Una protesta tan brutal que casi parece inocente, cuando surge de la médula del ser. Inocente, es decir, cuando es una quien la eleva y no la hace pública.
En fin —dijo él con mucha suavidad. Porque no se veía la justicia por ningún lado—. Sunny y Johnston no lo saben —agregó—. No lo sabe ninguno de los que conocimos después de cambiar de casa. Nos pareció que así nos arreglaríamos mejor. Ni siquiera los otros niños… Ellos casi no lo mencionan. No lo nombran.
Yo no era de los que habían conocido después de dejar la casa. No era de las personas entre las que harían su nueva vida, normal y ardua. Yo era una persona que sabía; nada más. Una persona que él tenía para sí y que sabía.
Qué raro —exclamó, mirando alrededor, antes de abrir el maletero para colocar los palos—. ¿Qué pasó con el tío que había aparcado aquí? ¿Te fijaste en que cuando llegamos había un coche? Pero en el campo no vi a nadie, ahora que lo pienso. ¿Y tú?
Contesté que no.
Un misterio —dijo. Y otra vez—: En fin.
Era una expresión que yo había oído muchas veces en mi infancia, y dicha en el mismo tono. Un puente entre una cosa y otra, una conclusión o una forma de decir algo que no podía decirse más claramente, ni pensarse.
«El fin del pozo está en el pozo», era el chiste para contestar.
La tormenta había malogrado la fiesta junto a la piscina. Eran demasiados invitados para meterse en casa, y los que tenían hijos habían preferido marcharse.
En el camino de vuelta, tanto Mike como yo habíamos notado —y lo habíamos comentado— una picazón en los antebrazos, en el dorso de las manos y alrededor de los tobillos. Lugares que habíamos tenido al descubierto al acuclillarnos entre la maleza. Me acordé de las ortigas.
Sentados en la cocina de Sunny, ya con ropa seca, contamos la aventura y mostramos las ronchas.
Sunny sabía qué hacer. La del día anterior con Claire no había sido su primera visita a la sala de urgencias del hospital local. Otro fin de semana, los niños se habían metido en un terreno fangoso, detrás del establo, y habían vuelto cubiertos de manchas y verdugones. El médico había dicho que debían de haber rozado ortigas. Que se habrían revolcado en ellas, había dicho exactamente. Había recetado compresas frías, una loción antihistamínica y unas píldoras. En el frasco aún quedaba loción, y también quedaban píldoras porque Mark y Gregory se habían curado enseguida.
Dijimos que píldoras no; lo nuestro no parecía tan serio.
Sunny contó que había hablado con la mujer de la gasolinera, y que según ella había una planta con cuyas hojas se hacía el mejor cataplasma para las ronchas de ortiga. Nada de píldoras ni porquerías, había dicho la mujer. La planta se llamaba algo así como pie de cordera. ¿Piscornera? La mujer había dicho que se la encontraba en cierto cruce de caminos, junto a un puente.
Sunny tenía muchas ganas de hacerlo; le encantaba la idea del remedio folclórico. Tuvimos que advertirle que la loción ya estaba allí, y pagada.
Pero ella disfrutaba velando por nosotros. En realidad, nuestra tribulación puso a toda la familia de buen humor, los apartó de los inconvenientes del día de tormenta y los planes cancelados. El hecho de que hubiésemos resuelto irnos juntos y hubiésemos vivido una aventura —una aventura cuyas pruebas llevábamos en el cuerpo—, parecía despertar en Sunny y Johnston un entusiasmo provocativo. Graciosas miradas de él, una solicitud encendida de parte de ella. Por supuesto que si hubiéramos aportado pruebas de verdadera mala conducta —abrojos en el trasero, manchas rojas en los muslos y el vientre—, no habrían sido tan encantadores e indulgentes.
A los chicos los divertía vernos sentados con los pies en sendas palanganas, los brazos y las piernas envueltos en trapos gruesos. A Claire la deleitaba en especial la visión de nuestros pies adultos disparatadamente expuestos. Mike retorcía los largos dedos y ella rompía en ataques de risa alarmada.
Bien. Si alguna vez volvíamos a encontrarnos sería lo mismo de siempre. O si no nos encontrábamos más. Un amor inútil, consciente de su lugar. (Alguien había dicho que irreal, porque nunca se arriesgaría a partirse el cuello, a transformarse en un chiste malo o a consumirse tristemente). Nada arriesgado y sin embargo vivo como un hilo de agua dulce, una fuente subterránea. Con el peso de ese nuevo silencio, ese sello.
En todos los años de nuestra amistad menguante nunca le pedí a Sunny noticias de él, ni las tuve.
Esas plantas de grandes flores púrpuras no son ortigas. He descubierto que se llaman algo así como dactilorizas. Las ortigas entre las que seguramente nos metimos son plantas más insignificantes, sus flores son de un púrpura más claro y tienen tallos malignamente provistos de espinas finas, feroces, penetrantes e inflamatorias. Aunque no las notáramos, también de ésas debió de haber habido en el prado baldío.

Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. 2001.
 

domingo, 5 de julio de 2026

Libro del desasosiego. [Fragmento 454]. Fernando Pessoa, 1982.

La lectura de los periódicos, siempre penosa desde el punto de vista estético, lo es con frecuencia también desde el moral, incluso para quien tenga escasas preocupaciones morales.
Las guerras y las revoluciones —hay siempre una u otra en curso— llegan, en la lectura sobre sus efectos, a causar no horror sino tedio. No es la crueldad de todos aquellos muertos y heridos, el sacrificio de todos los que mueren batiéndose, o son muertos sin haberse batido, lo que pesa duramente en el alma: es la estupidez que sacrifica vidas y haberes a cualquier cosa inevitablemente inútil. Todos los ideales y todas las ambiciones son un desvarío de comadres hombres. No hay imperio que merezca que por él se destroce una muñeca de niña. No hay ideal que valga el sacrificio de un tren de hojalata. ¿Qué imperio es útil o qué ideal proficuo? todo es humanidad, y la humanidad es siempre la misma —variable pero imposible de perfeccionar, oscilante pero improgresiva. Ante el curso inimplorable de las cosas, la vida que tuvimos sin saber cómo y que perderemos sin saber cuándo, el juego de diez mil ajedreces que es la vida en común y en lucha, el tedio de contemplar sin utilidad lo que no se realiza nunca — qué puede hacer el sabio sino pedir el reposo, el no tener que pensar en vivir, pues basta tener que vivir, un poco de lugar al sol y al aire y al menos el sueño de que hay paz del otro lado de los montes.

Libro del desasosiego, 1982.

sábado, 4 de julio de 2026

Subasta. María Fernanda Ampuero.

En algún lado hay gallos.
Aquí, de rodillas, con la cabeza gacha y cubierta con un trapo inmundo, me concentro en escuchar a los gallos, cuántos son, si están en jaula o en corral. Papá era gallero y, como no tenía con quién dejarme, me llevaba a las peleas. Las primeras veces lloraba al ver al gallito desbaratado sobre la arena y él se reía y me decía mujercita.
Por la noche, gallos gigantes, vampiros, devoraban mis tripas, gritaba y él venía a mi cama y me volvía a decir mujercita.
Ya, no seas tan mujercita. Son gallos, carajo.
Después ya no lloraba al ver las tripas calientes del gallo perdedor mezclándose con el polvo. Yo era quien recogía esa bola de plumas y vísceras y la llevaba al contenedor de la basura. Yo les decía: adiós gallito, sé feliz en el cielo donde hay miles de gusanos y campo y maíz y familias que aman a los gallitos. De camino, siempre algún señor gallero me daba un caramelo o una moneda por tocarme o besarme o tocarlo y besarlo. Tenía miedo de que, si se lo decía a papá, volviera a llamarme mujercita.
Ya, no seas tan mujercita. Son galleros, carajo.
Una noche, a un gallo le explotó la barriga mientras lo llevaba en mis brazos como a una muñeca y descubrí que a esos señores tan machos que gritaban y azuzaban para que un gallo abriera en canal a otro, les daba asco la caca y la sangre y las vísceras del gallo muerto. Así que me llenaba las manos, las rodillas y la cara con esa mezcla y ya no me jodían con besos ni pendejadas.
Le decían a mi papá:
Tu hija es una monstrua.
Y él respondía que más monstruos eran ellos y después les chocaba los vasitos de licor.
Más monstruo, vos. Salud.
El olor dentro de una gallera es asqueroso. A veces me quedaba dormida en una esquina, debajo de las graderías, y despertaba con algún hombre de esos mirándome la ropa interior por debajo del uniforme del colegio. Por eso, antes de quedarme dormida, me metía la cabeza de un gallo en medio de las piernas. Una o muchas. Un cinturón de cabezas de gallitos. Levantar una falda y encontrarse cabecitas arrancadas tampoco gustaba a los machos.
A veces, papá me despertaba para que tirara a la basura otro gallo despanzurrado. A veces, iba él mismo y los amigos le decían que para qué mierda tenía a la muchacha, que si era un maricón. Él se iba con el gallo descuajaringado chorreando sangre. Desde la puerta les tiraba un beso. Los amigos se reían.
Sé que aquí, en algún lado, hay gallos, porque reconocería ese olor a miles de kilómetros. El olor de mi vida, el olor de mi padre. Huele a sangre, a hombre, a caca, a licor barato, a sudor agrio y a grasa industrial. No hay que ser muy inteligente para saber que este es un sitio clandestino, un lugar refundido quién sabe dónde, y que estoy muy pero que muy jodida.
Habla un hombre. Tendrá unos cuarenta. Lo imagino gordo, calvo y sucio, con camiseta blanca sin mangas, short y chancletas plásticas, le imagino las uñas del meñique y del pulgar largas. Habla en plural. Aquí hay alguien más que yo. Aquí hay más gente de rodillas, con la cabeza gacha, cubierta por esta asquerosa tela oscura.
A ver, nos vamos tranquilizando, que al primer hijueputa que haga un solo ruido le meto un tiro en la cabeza. Si todos colaboramos, todos salimos de esta noche enteros.
Siento su panza contra mi cabeza y luego el cañón de la pistola. No, no bromea.
Una chica llora unos metros a mi derecha. Supongo que no ha soportado sentir la pistola en la sien. Se escucha una bofetada.
A ver, reina. Aquí no me llora nadie, ¿me oyó? ¿O ya está apurada por irse a saludar a diosito?
Luego, el gordo de la pistola se aleja un poco. Ha ido a hablar por teléfono. Dice un número: seis, seis malparidos. Dice también muy buena selección, buenísima, la mejor en meses. Recomienda no perdérsela. Hace una llamada tras otra. Se olvida, por un rato, de nosotros.
A mi lado escucho una tos ahogada por la tela, una tos de hombre.
He escuchado de esto —dice él, muy bajito—. Pensé que era mentira, leyenda. Se llaman subastas. Los taxistas eligen pasajeros que creen que pueden servir para que den buena plata por ellos y para eso los secuestran. Luego los compradores vienen y pujan por sus preferidos o preferidas. Se los llevan. Se quedan con sus cosas, los obligan a robar, a abrirles sus casas, a darles sus números de tarjeta de crédito. Y a las mujeres. A las mujeres.
¿Qué? —le digo.
Escucha que soy mujer. Se queda callado.
Lo primero que pensé cuando me subí al taxi esa noche fue por fin. Apoyé mi cabeza en el asiento y cerré los ojos. Había bebido unas cuantas copas y estaba tristísima. En el bar estaba el hombre por el que tenía que fingir amistad. A él y a su mujer. Siempre finjo, soy buena fingiendo. Pero cuando me subí al taxi exhalé y me dije qué alivio: voy a casa, a llorar a gritos. Creo que me quedé dormida un momento y, de repente, al abrir los ojos, estaba en una ciudad desconocida. Un polígono. Vacío. Oscuridad. La alerta que hace hervir el cerebro: se te acaba de joder la vida.
El taxista sacó una pistola, me miró a los ojos, dijo con una amabilidad ridícula:
Llegamos, señorita.
Lo que siguió fue rápido. Alguien abrió la puerta antes de que yo pudiera poner el seguro, me echó el trapo sobre la cabeza, me ató las manos y me metió en esa especie de garaje con olor a gallera podrida y me obligó a arrodillarme en una esquina.
Se escuchan conversaciones. El gordo y alguien más y luego otro y otro. Llega gente. Se escuchan risas y destapar cervezas. Empieza a oler a maría y alguna otra de esas mierdas con olor picante. El hombre que está a mi lado hace rato que ya no me dice que esté tranquila. Se lo debe estar diciendo a sí mismo.
Mencionó antes que tenía un bebé de ocho meses y un niño de tres. Estará pensando en ellos. Y en estos tipos drogados entrando en la urbanización privada en la que vive. Sí, está pensando en eso. En él saludando al guardia de seguridad como todas las noches desde que su carro está en el taller, mientras esas bestias van atrás, agachados. Él los va a meter en su casa donde está su hermosa mujer, su bebé de ocho meses y su niño de tres. Él los va a meter a su casa.
Y no hay nada que pueda hacer al respecto.
Más allá, a la derecha, se escuchan murmullos, una chica que llora, no sé si la misma que ha llorado antes. El gordo dispara y todos nos tiramos al suelo como podemos. No nos ha disparado, ha disparado. Da igual, el terror nos ha cortado en dos mitades. Se escucha la risa del gordo y sus compañeros. Se acercan, nos mueven al centro de la sala.
Bueno, señores, señoras, queda abierta la subasta de esta noche. Bien bonitos, bien portaditos, se me van a poner aquí. Más acá, mi reina. Eeeso. Sin miedo, mami, que no muerdo. Así me gusta. Para que estos caballeros elijan a cuál de ustedes se van a llevar. Las reglas, caballeros, las de siempre: más plata se lleva la mejor prenda. Las armas me las dejan por aquí mientras dure la subasta, yo se las guardo. Gracias. Encantado, como siempre, de recibirlos.
El gordo nos va presentando como si dirigiera el programa de televisión más repugnante del mundo. No podemos verlos, pero sabemos que hay ladrones mirándonos, eligiéndonos. Y violadores. Seguro que hay violadores. Y asesinos. Tal vez hay asesinos. O algo peor.
Daaaaaaamas y caballeeeeeeros.
Al gordo no le gustan los que lloriquean ni los que dicen que tienen niños ni los que gritan a la desesperada no sabes con quién te estás metiendo. No. Menos le gustan los que amenazan con que se va a pudrir en la cárcel. Todos esos, mujeres y hombres, ya han recibido puñetazos en la barriga. He escuchado gente caer al suelo sin aire. Yo me concentro en los gallos. Tal vez no hay ninguno. Pero yo los escucho. Dentro de mí. Gallos y hombres. Ya, no seas tan mujercita, son galleros, carajo.
Este señor, ¿cómo se llama nuestro primer participante? ¿Cómo? Hable fuerte, amigo. Ricardoooooo, bienvenidooooo, lleva un reloj de marca y unos zapatos Adidas de los bueeeenos. Ricardooooo ha de tener plaaaaaaaataaaaaaa. A ver la cartera de Ricardo. Tarjetas de crédito, ohhhhhh Visa Goooooold de Messi.
El gordo hace chistes malos.
Empiezan a pujar por Ricardo. Uno ofrece trescientos, otro ochocientos. El gordo añade que Ricardo vive en una urbanización privada en las afueras de la ciudad: Vistas del Río.
Allá donde no podemos ni asomarnos los pobres. Allá vive el amigo Riqui. Sí le puedo decir Riqui, ¿no? Como Riqui Ricón.
Una voz aterradora dice cinco mil. La voz aterradora se lleva a Ricardo. Los otros aplauden.
¡Adjudicado al caballero de bigote por cinco mil!
A Nancy, una chica que habla con un hilito de voz, el gordo la toca. Lo sé porque dice miren qué tetas, qué ricas, qué paraditas, qué pezoncitos y se sorbe la baba y esas cosas no se dicen sin tocar y, además, qué le impide tocar, quién. Nancy suena joven. Veintipocos. Podría ser enfermera o educadora. A Nancy el gordo la desnuda. Escuchamos que abre su cinturón y que abre los botones y que le arranca la ropa interior, aunque ella dice por favor tantas veces y con tanto miedo que todos mojamos nuestros trapos inmundos con las lágrimas. Miren este culito. Ay, qué cosita. El gordo sorbe a Nancy, el ano de Nancy. Se escuchan lengüeteos. Los hombres azuzan, rugen, aplauden. Luego el embestir de carne contra carne. Y los aullidos. Los aullidos.
Caballeros, esto no es por vicio. Es control de calidad. Le doy un diez. Ahí la limpian bien bonito y una delicia nuestra amiga Nancy.
Debe ser hermosa porque ofrecen, de inmediato, dos mil, tres, tres quinientos. Venden a Nancy en tres quinientos. El sexo es más barato que la plata.
Y el afortunado que se lleva este culito rico es el caballero del anillo de oro y el crucifijo.
Nos van vendiendo uno a uno. Al chico que estaba a mi lado, al del bebé de ocho meses y el niño de tres, el gordo ha logrado sacarle toda la información posible y ahora es un pez gordísimo para la subasta: plata en diferentes cuentas, alto ejecutivo, hijo de un empresario, obras de arte, hijos, mujer. El tipo es la lotería. Seguramente lo secuestrarán y pedirán un rescate. La puja empieza en cinco mil. Sube hasta diez, quince mil. Se para en veinte. Alguien con quien nadie se quiere meter ha ofrecido los veinte. Una voz nueva. Ha venido sólo para esto. No estaba para perder tiempo en pendejadas.
El gordo no hace ningún comentario.
Cuando me toca a mí, pienso en los gallos. Cierro los ojos y abro mis esfínteres. Es lo más importante que haré en mi vida, así que lo haré bien. Me baño las piernas, los pies, el suelo. Estoy en el centro de una sala, rodeada por delincuentes, exhibida ante ellos como una res y como una res vacío mi vientre. Como puedo, froto una pierna contra la otra, adopto la posición de un muñeca destripada. Grito como una loca. Agito la cabeza, mascullo obscenidades, palabras inventadas, las cosas que les decía a los gallos del cielo con maíz y gusanos infinitos. Sé que el gordo está a punto de dispararme.
En cambio, me revienta la boca de un manazo, me parto la lengua de un mordisco. La sangre empieza a caer por mi pecho, a bajar por mi estómago, a mezclarse con la mierda y la orina. Empiezo a reír, enajenada, a reír, a reír, a reír.
El gordo no sabe qué hacer.
¿Cuánto dan por este monstruo?
Nadie quiere dar nada.
El gordo ofrece mi reloj, mi teléfono, mi cartera. Todo es barato, chino. Me coge las tetas para ver si la cosa se anima y chillo.
¿Quince, veinte?
Pero nada, nadie.
Me tiran a un patio. Me bañan con una manguera de lavar carros y luego, mojada, me suben a un carro que me deja, descalza, aturdida, en la Vía Perimetral.

Pelea de gallos, 2018.

viernes, 3 de julio de 2026

Trastornos de personalidad. Paloma Casado Marco.

Me recibe un hombre que lleva una bata blanca con el logotipo del psiquiátrico. Antes de que empiecen las presentaciones, llega otro con idéntica indumentaria que le recrimina: “Fonsito, ¿otra vez haciéndote pasar por médico? Quítate esa ropa y vete ahora mismo a la sala de recreo si no quieres que te ponga una inyección”.
Perdone la escena -dice ahora dirigiéndose a mí- se trata de un paciente con trastorno de personalidad que por lo demás es bastante sumiso. Yo soy el doctor Torreiglesias, acompáñeme por favor a la habitación que le hemos asignado.
Le sigo la corriente mientras dura el trayecto. Me divierte pensar en la cara que pondrá cuando le diga que el doctor soy yo.


jueves, 2 de julio de 2026

Patrón. Abelardo Castillo.

La vieja Tomasina, la partera se lo dijo, tas preñada, le dijo, y ella sintió un miedo oscuro y pegajoso: llevar una criatura adentro como un bicho enrollado, un hijo, que a lo mejor un día iba a tener los mismos ojos duros, la misma piel áspera del viejo. Estás segura, Tomasina, preguntó, pero no preguntó: asintió. Porque ya lo sabía; siempre supo que el viejo iba a salirse con la suya. Pero m'hija, había dicho la mujer, llevo anunciando más partos que potros tiene tu marido. La miraba. Va a estar contento Anteno, agregó. Y Paula dijo sí, claro. Y aunque ya no se acordaba, una tarde, hacía cuatro años, también había dicho:
Sí, claro.
Esa tarde quería decir que aceptaba ser la mujer de don Antenor Domínguez, el dueño de La Cabriada: el amo.
Mire que no es obligación. —La abuela de Paula tenía los ojos bajos y se veía de lejos que sí, que era obligación. —Ahora que usté sabe cómo ha sido siempre don Anteno con una, lo bien que se portó de que nos falta su padre. Eso no quita que haga su voluntad.
Sin querer, las palabras fueron ambiguas; pero nadie dudaba de que, en toda La Cabriada, su voluntad quería decir siempre lo mismo. Y ahora quería decir que Paula, la hija de un puestero de la estancia vieja —muerto, achicharrado en los corrales por salvar la novillada cuando el incendio aquel del 30— podía ser la mujer del hombre más rico del partido, porque, un rato antes, él había entrado al rancho y había dicho:
Quiero casarme con su nieta —Paula estaba afuera, dándoles de comer a las gallinas; el viejo había pasado sin mirarla. —Se me ha dado por tener un hijo, sabés. —Señaló afuera, el campo, y su ademán pasó por encima de Paula que estaba en el patio, como si el ademán la incluyera, de hecho, en las palabras que iba a pronunciar después. —Mucho para que se lo quede el gobierno, y muy mío. ¿Cuántos años tiene la muchacha?
Diecisiete, o dieciséis —la abuela no sabía muy bien; tampoco sabía muy bien cómo hacer para disimular el asombro, la alegría, las ganas de regalar, de vender a la nieta. Se secó las manos en el delantal.
Él dijo:
Qué me miras. ¿Te parece chica? En los bailes se arquea para adelante, bien pegada a los peones. No es chica. Y en la casa grande va a estar mejor que acá. Qué me contestas.
Y yo no sé, don Anteno. Por mí no hay… —y no alcanzó a decir que no había inconveniente porque no le salió la palabra. Y entonces todo estaba decidido. Cinco minutos después él salió del rancho, pasó junto a Paula y dijo «vaya, que la vieja quiere hablarla». Ella entró y dijo:
Sí, claro.
Y unos meses después el cura los casó. Hubo malicia en los ojos esa noche, en el patio de la estancia vieja. Vino y asado y malicia. Paula no quería escuchar las palabras que anticipaban el miedo y el dolor.
Un alambre parece el viejo.
Duro, retorcido como un alambre, bailando esa noche, demostrando que de viejo sólo tenía la edad, zapateando un malambo hasta que el peón dijo está bueno, patrón, y él se rió, sudado, brillándole la piel curtida. Oliendo a padrillo.
Solos los dos, en sulky la llevó a la casa. Casi tres leguas, solos, con todo el cielo arriba y sus estrellas y el silencio. De golpe, al subir una loma, como un aparecido se les vino encima, torva, la silueta del Cerro Negro. Dijo Antenor:
Cerro Patrón.
Y fue todo lo que dijo.
Después, al pasar el último puesto, Tomás, el cuidador, lo saludó con el farol desde lejos. Cuando llegaron a la casa, Paula no vio más que a una mujer y los perros. Los perros que se abalanzaban y se frenaron en seco sobre los cuartos, porque Antenor los enmudeció, los paró de un grito. Paula adivinó que esa mujer, nadie más, vivía ahí dentro. Por una oscura asociación supo también que era ella quien cocinaba para el viejo: el viejo le había preguntado «comieron», y señaló los perros.
Ahora, desde la ventana alta del caserón se ven los pinos, y los perros duermen. Largos los pinos, lejos.
Todo lo que quiero es mujer en la casa, y un hijo, un macho en el campo —Antenor señaló afuera, a lo hondo de la noche agujereada de grillos; en algún sitio se oyó un relincho —. Vení, arrímate.
Ella se acercó.
Mande —le dijo.
Todo va a ser para él, entendés. Y también para vos. Pero anda sabiendo que acá se hace lo que yo digo, que por algo me he ganao el derecho a disponer. —Y señalaba el campo, afuera, hasta mucho más allá del monte de eucaliptos, detrás de los pinos, hasta pasar el cerro, abarcando aguadas y caballos y vacas. Le tocó la cintura, y ella se puso rígida debajo del vestido. —Veintiocho años tenía cuando me lo gané —la miró, como quien se mete dentro de los ojos—, ya hace arriba de treinta.
Paula aguantó la mirada. Lejos, volvió a escucharse el relincho. El dijo:
Vení a la cama.


II


No la consultó. La tomó, del mismo modo que se corta una fruta del árbol crecido en el patio. Estaba ahí, dentro de los límites de sus tierras, a este lado de los postes y el alambrado de púas. Una noche —se decía—, muchos años antes, Antenor Domínguez subió a caballo y galopó hasta el amanecer. Ni un minuto más. Porque el trato era «hasta que amanezca», y él estaba acostumbrado a estas cláusulas viriles, arbitrarias, que se rubricaban con un apretón de manos o a veces ni siquiera con eso.
De acá hasta donde llegues —y el caudillo, mirando al hombre joven estiró la mano, y la mano, que era grande y dadivosa, quedó como perdida entre los dedos del otro—. Clavas la estaca y te volvés. Lo alambras y es tuyo.
Nadie sabía muy bien qué clase de favor se estaba cobrando Antenor Domínguez aquella noche; algunos, los más suspicaces, aseguraban que el hombre caído junto al mostrador del Rozas tenía algo que ver con ese trato: toda la tierra que se abarca en una noche de a caballo. Y él salió, sin apuro, sin ser tan zonzo como para reventar el animal a las diez cuadras. Y cuando clavó la estaca empezó a ser don Antenor. Y a los quince años era él quien podía, si cuadraba, regalarle a un hombre todo el campo que se animara a cabalgar en una noche. Claro que nunca lo hizo. Y ahora habían pasado treinta años y estaba acostumbrado a entender suyo todo lo que había de este lado de los postes y el alambre. Por eso no la consultó. La cortó.
Ella lo estaba mirando. Pareció que iba a decir algo, pero no habló. Nadie, viéndola, hubiera comprendido bien este silencio: la muchacha era una mujer grande, ancha y poderosa como un animal, una bestia bella y chucara a la que se le adivinaba la violencia debajo de la piel. El viejo, en cambio, flaco, áspero como una rama.
Contesta, che. ¡Contesta, te digo! —se le acercó. Paula sentía ahora su aliento junto a la cara, su olor a venir del campo. Ella dijo:
No, don Anteno.
¿Y entonces? ¿Me querés decir, entonces…?
Obedecer es fácil, pero un hijo no viene por más obediente que sea una, por más que aguante el olor del hombre corriéndole por el cuerpo, su aliento, como si entrase también, por más que se quede quieta boca arriba. Un año y medio boca arriba, viejo macho de sementera. Un año y medio sintiéndose la sangre tumultuosa galopándole el cuerpo, queriendo salírsele del cuerpo, saliendo y encontrando sólo la dureza despiadada del viejo. Sólo una vez lo vio distinto; le pareció distinto. Ella cruzaba los potreros, buscándolo, y un peón asomó detrás de una parva; Paula había sentido la mirada caliente recorriéndole la curva de la espalda, como en los bailes, antes. Entonces oyó un crujido, un golpe seco, y se dio vuelta. Antenor estaba ahí, con el talero en la mano, y el peón abría la boca como en una arcada, abajo, junto a los pies del viejo. Fue esa sola vez. Se sintió mujer disputada, mujer nomás. Y no le importó que el viejo dijera yo te voy a dar mirarme la mujer, pión rotoso, ni que dijera:
Y vos, qué buscas. Ya te dije dónde quiero que estés.
En la casa, claro. Y lo decía mientras un hombre, todavía en el suelo, abría y cerraba la boca en silencio, mientras otros hombres empezaron a rodear al viejo ambiguamente, lo empezaron a rodear con una expresión menos parecida al respeto que a la amenaza. El viejo no los miraba:
Qué buscas.
La abuela —dijo ella—. Me avisan que está mala —y repentinamente se sintió sola, únicamente protegida por el hombre del talero; el hombre rodeado de peones agresivos, ambiguos, que ahora, al escuchar a la muchacha, se quedaron quietos. Y ella comprendió que, sin proponérselo, estaba defendiendo al viejo.
Qué miran ustedes —la voz de Antenor, súbita. El viejo sabía siempre cuál era el momento de clavar una estaca. Los miró y ellos agacharon la cabeza. El capataz venía del lado de las cabañas, gritando alguna cosa. El viejo miró a Paula, y de nuevo al peón que ahora se levantaba, encogido como un perro apaleado—. Si andas alzado, en cuanto me dé un hijo te la regalo.


III


A los dos años empezó a mirarla con rencor. Mirada de estafado, eso era. Antes había sido impaciencia, apuro de viejo por tener un hijo y asombro de no tenerlo: los ojos inquisidores del viejo y ella que bajaba la cabeza con un poco de vergüenza. Después fue la ironía. O algo más bárbaro, pero que se emparentaba de algún modo con la ironía y hacía que la muchacha se quedara con la vista fija en el plato, durante la cena o el almuerzo. Después, aquel insulto en los potreros, como un golpe a mano abierta, prefigurando la mano pesada y ancha y real que alguna vez va a estallarle en la cara, porque Paula siempre supo que el viejo iba a terminar golpeando. Lo supo la misma noche que murió la abuela.
O cuarenta y tantos, es lo mismo.
Alguien lo había dicho en el velorio: cuarenta y tantos. Los años de diferencia, querían decir. Paula miró de reojo a Antenor, y él, más allá, hablando de unos cueros, adivinó la mirada y entendió lo que todos pensaban: que la diferencia era grande. Y quién sabe entonces si la culpa no era de él, del viejo.
Volvemos a la casa —dijo de golpe.
Ésa fue la primera noche que Paula le sintió olor a caña. Después —hasta la tarde aquella, cuando un toro se vino resoplando por el andarivel y hubo gritos y sangre por el aire y el viejo se quedó quieto como un trapo— pasó un año, y Antenor tenía siempre olor a caña. Un olor penetrante, que parecía querer meterse en las venas de Paula, entrar junto con el viejo. Al final del tercer año, quedó encinta. Debió de haber sido durante una de esas noches furibundas en que el viejo, brutalmente, la tumbaba sobre la cama, como a un animal maneado, poseyéndola con rencor, con desesperación. Ella supo que estaba encinta y tuvo miedo. De pronto sintió ganas de llorar; no sabía por qué, si porque el viejo se había salido con la suya o por la mano brutal, pesada, que se abría ahora: ancha mano de castrar y marcar, estallándole, por fin, en la cara.
¡Contesta! Contéstame, yegua.
El bofetón la sentó en la cama; pero no lloró. Se quedó ahí, odiando al hombre con los ojos muy abiertos. La cara le ardía.
No —dijo mirándolo—. Ha de ser un retraso, nomás. Como siempre.
Yo te voy a dar retraso —Antenor repetía las palabras, las mordía—. Yo te voy a dar retraso. Mañana mismo le digo al Fabio que te lleve al pueblo, a casa de la Tomasina. Te voy a dar retraso.
La había espiado seguramente. Había llevado cuenta de los días; quizá desde la primera noche, mes a mes, durante los tres años que llevó cuenta de los días.
Mañana te levantas cuando aclare. Acostate ahora.
Una ternera boca arriba, al día siguiente, en el campo. Paula la vio desde el sulky, cuando pasaba hacia el pueblo con el viejo Fabio. Olor a carne quemada y una gran «A», incandescente, chamuscándole el flanco: Paula se reconoció en los ojos de la ternera.
Al volver del pueblo, Antenor todavía estaba ahí, entre los peones. Un torito mugía, tumbado a los pies del hombre; nadie como el viejo para voltear un animal y descornarlo o caparlo de un tajo. Antenor la llamó, y ella hubiera querido que no la llamase: hubiera querido seguir hasta la casa, encerrarse allá. Pero el viejo la llamó y ella ahora estaba parada junto a él.
Ceba mate. —Algo como una tijera enorme, o como una tenaza, se ajustó en el nacimiento de los cuernos del torito. Paula frunció la cara. Se oyeron un crujido y un mugido largo, y del hueso brotó, repentino, un chorro colorado y caliente. —Qué fruncís la jeta, vos.
Ella le alcanzó el mate. Preñada, había dicho la Tomasina. Él pareció adivinarlo. Paula estaba agarrando el mate que él le devolvía, quiso evitar sus ojos, darse vuelta.
Che —dijo el viejo.
Mande —dijo Paula.
Estaba mirándolo otra vez, mirándole las manos anchas, llenas de sangre pegajosa: recordó el bofetón de la noche anterior. Por el andarivel traían un toro grande, un pinto, que bufaba y hacía retemblar las maderas. La voz de Antenor, mientras sus manos desanudaban unas correas, hizo la pregunta que Paula estaba temiendo. La hizo en el mismo momento que Paula gritó, que todos gritaron.
¿Qué te dijo la Tomasina? —preguntó.
Y todos, repentinamente, gritaron. Los ojos de Antenor se habían achicado al mirarla, pero de inmediato volvieron a abrirse, enormes, y mientras todos gritaban, el cuerpo del viejo dio una vuelta en el aire, atropellado de atrás por el toro. Hubo un revuelo de hombres y animales y el resbalón de las pezuñas sobre la tierra. En mitad de los gritos, Paula seguía parada con el mate en la mano, mirando absurdamente el cuerpo como un trapo del viejo. Había quedado sobre el alambrado de púas, como un trapo puesto a secar.
Y todo fue tan rápido que, por encima del tumulto, los sobresaltó la voz autoritaria de don Antenor Domínguez.
¡Ayúdenme, carajo!


IV


Esta orden y aquella pregunta fueron las dos últimas cosas que articuló. Después estaba ahí, de espaldas sobre la cama, sudando, abriendo y cerrando la boca sin pronunciar palabra. Quebrado, partido como si le hubiesen descargado un hachazo en la columna, no perdió el sentido hasta mucho más tarde. Sólo entonces el médico aconsejó llevarlo al pueblo, a la clínica. Dijo que el viejo no volvería a moverse; tampoco, a hablar. Cuando Antenor estuvo en condiciones de comprender alguna cosa, Paula le anunció lo del chico.
Va a tener el chico —le anunció—. La Tomasina me lo ha dicho.
Un brillo como de triunfo alumbró ferozmente la mirada del viejo; se le achisparon los ojos y, de haber podido hablar, acaso hubiera dicho gracias por primera vez en su vida. Un tiempo después garabateó en un papel que quería volver a la casa grande. Esa misma tarde lo llevaron.
Nadie vino a verlo. El médico y el capataz de La Cabriada, el viejo Fabio, eran las dos únicas personas que Antenor veía. Salvo la mujer que ayudaba a Paula en la cocina —pero que jamás entró en el cuarto de Antenor, por orden de Paula—, nadie más andaba por la casa. El viejo Fabio llegaba al caer el sol. Llegaba y se quedaba quieto, sentado lejos de la cama sin saber qué hacer o qué decir. Paula, en silencio, cebaba mate entonces.
Y súbitamente, ella, Paula, se transfiguró. Se transfiguró cuando Antenor pidió que lo llevaran al cuarto alto; pero ya desde antes, su cara, hermosa y brutal, se había ido transformando. Hablaba poco, cada día menos. Su expresión se fue haciendo cada vez más dura —más sombría—, como la de quienes, en secreto, se han propuesto obstinadamente algo. Una noche, Antenor pareció ahogarse; Paula sospechó que el viejo podía morirse así, de golpe, y tuvo miedo. Sin embargo, ahí, entre las sábanas y a la luz de la lámpara, el rostro de Antenor Domínguez tenía algo desesperado, emperradamente vivo. No iba a morirse hasta que naciera el chico; los dos querían esto. Ella le vació una cucharada de remedio en los labios temblorosos. Antenor echó la cabeza hacia atrás. Los ojos, por un momento, se le habían quedado en blanco. La voz de Paula fue un grito:
¡Va a tener el chico, me oye! —Antenor levantó la cara; el remedio se volcaba sobre las mantas, desde las comisuras de una sonrisa. Dijo que sí con la cabeza.
Esa misma noche empezó todo. Entre ella y Fabio lo subieron al cuarto alto. Allí, don Antenor Domínguez, semicolgado de las correas atadas a un travesaño de fierro, que el doctor había hecho colocar sobre la cama, erguido a medias podía contemplar el campo. Su campo. Alguna vez volvió a garrapatear con lentitud unas letras torcidas, grandes, y Paula mandó llamar a unos hombres que, abriendo un boquete en la pared, extendieron la ventana hacia abajo y a lo ancho. El viejo volvió a sonreír entonces. Se pasaba horas con la mirada perdida, solo, en silencio, abriendo y cerrando la boca como si rezara —o como si repitiera empecinadamente un nombre, el suyo, gestándose otra vez en el vientre de Paula—, mirando su tierra, lejos hasta los altos pinos, más allá del Cerro Negro. Contra el cielo.
Una noche volvió a sacudirse en un ahogo. Paula dijo:
Va a tener el chico. El asintió otra vez con la cabeza.
Con el tiempo, este diálogo se hizo costumbre. Cada noche lo repetían.


V


El campo y el vientre hinchado de la mujer: las dos únicas cosas que veía. El médico, ahora, sólo lo visitaba si Paula —de tanto en tanto, y finalmente nunca— lo mandaba llamar, y el mismo Fabio, que una vez por semana ataba el sulky e iba a comprar al pueblo los encargos de la muchacha, acabó por olvidarse de subir al piso alto al caer la tarde. Salvo ella, nadie subía.
Cuando el vientre de Paula era una comba enorme, tirante bajo sus ropas, la mujer que ayudaba en la cocina no volvió más. Los ojos de Antenor, interrogantes, estaban mirando a Paula.
La eché —dijo Paula.
Después, al salir, cerró la puerta con llave (una llave grande, que Paula llevará siempre consigo, colgada a la cintura), y el viejo tuvo que acostumbrarse también a esto. El sonido de la llave girando en la antigua cerradura anunciaba la entrada de Paula —sus pasos, cada día más lerdos, más livianos, a medida que la fecha del parto se acercaba—, y por fin la mano que dejaba el plato, mano que Antenor no se atrevía a tocar. Hasta que la mirada del viejo también cambió. Tal vez, alguna noche, sus ojos se cruzaron con los de Paula, o tal vez, simplemente, miró su rostro. El silencio se le pobló entonces con una presencia extraña y amenazadora, que acaso se parecía un poco a la locura, sí, alguna noche, cuando ella venía con la lámpara, el viejo miró bien su cara: eso como un gesto estático, interminable, que parecía haberse ido fraguando en su cara o quizá sólo en su boca, como si la costumbre de andar callada, apretando los dientes, mordiendo algún quejido que le subía en puntadas desde la cintura, le hubiera petrificado la piel. O ni necesitó mirarla. Cuando oyó girar la llave y vio proyectarse larga la sombra de Paula sobre el piso, antes de que ella dijera lo que siempre decía, el viejo intuyó algo tremendo. Súbitamente, una sensación que nunca había experimentado antes. De pronto le perforó el cerebro, como una gota de ácido: el miedo. Un miedo solitario y poderoso, incomunicable. Quiso no escuchar, no ver la cara de ella, pero adivinó el gesto, la mirada, el rictus aquel de apretar los dientes. Ella dijo:
Va a tener el chico.
Antenor volvió la cara hacia la pared. Después, cada noche la volvía.


VI


Nació en invierno; era varón. Paula lo tuvo ahí mismo. No mandó llamar a la Tomasina: el día anterior le había dicho a Fabio que no iba a necesitar nada, ningún encargo del pueblo.
Ni hace falta que venga en la semana —y como Fabio se había quedado mirándole el vientre, dijo: —Mañana a más tardar ha de venir la Tomasina.
Después pareció reflexionar en algo que acababa de decir Fabio; él había preguntado por la mujer que ayudaba en la casa. No la he visto hoy, había dicho Fabio.
Ha de estar en el pueblo —dijo Paula. Y cuando Fabio ya montaba, agregó: —Si lo ve al Tomás, mándemelo. Luego vino Tomás y Paula dijo:
Podes irte nomás a ver tu chica. Fabio va a cuidar la casa esta semana.
Desde la ventana, arriba, Antenor pudo ver cómo Paula se quedaba sola junto al aljibe. Después ella se metió en la casa y el viejo no volvió a verla hasta el día siguiente, cuando le trajo el chico.
Antes, de cara contra la pared, quizá pudo escuchar algún quejido ahogado y, al acercarse la noche, un grito largo retumbando entre los cuartos vacíos; por fin, nítido, el llanto triunfante de una criatura. Entonces el viejo comenzó a reírse como un loco. De un súbito manotón se aferró a las correas de la cama y quedó sentado, riéndose. No se movió hasta mucho más tarde.
Cuando Paula entró en el cuarto, el viejo permanecía en la misma actitud, rígido y sentado. Ella lo traía vivo: Antenor pudo escuchar la respiración de su hijo. Paula se acercó. Desde lejos, con los brazos muy extendidos y el cuerpo echado hacia atrás, apartando la cara, ella, dejó al chico sobre las sábanas, junto al viejo, que ahora ya no se reía. Los ojos del hombre y de la mujer se encontraron luego. Fue un segundo: Paula se quedó allí, inmóvil, detenida ante los ojos imperativos de Antenor. Como si hubiera estado esperando aquello, el viejo soltó las correas y tendió el brazo libre hacia la mujer; con el otro se apoyó en la cama, por no aplastar al chico. Sus dedos alcanzaron a rozar la pollera de Paula, pero ella, como si también hubiese estado esperando el ademán, se echó hacia atrás con violencia. Retrocedió unos pasos; arrinconada en un ángulo del cuarto, al principio lo miró con miedo. Después, no. Antenor había quedado grotescamente caído hacia un costado: por no aplastar al chico estuvo a punto de rodar fuera de la cama. El chico comenzó a llorar. El viejo abrió la boca, buscó sentarse y no dio con la correa. Durante un segundo se quedó así, con la boca abierta en un grito inarticulado y feroz, una especie de estertor mudo e impotente, tan salvaje, sin embargo, que de haber podido gritarse habría conmovido la casa hasta los cimientos. Cuando salía del cuarto, Paula volvió la cabeza. Antenor estaba sentado nuevamente: con una mano se aferraba a la correa; con la otra, sostenía a la criatura. Delante de ellos se veía el campo, lejos, hasta el Cerro Patrón.
Al salir, Paula cerró la puerta con llave; después, antes de atar el sulky, la tiró al aljibe.


 Cuentos crueles, 1966.

miércoles, 1 de julio de 2026

Tus hijos no son tus hijos. Khalil Gibran.

Tus hijos no son tus hijos

son hijos e hijas de la vida

deseosa de sí misma.

No vienen de ti, sino través de ti.

Puedes darles tu amor,

pero no tus pensamientos, pues,

ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes abrigar sus cuerpos,

pero no sus almas, porque ellas,

viven en la casa del mañana,

que no puedes visitar

ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,

pero no procures hacerlos semejantes a ti

porque la vida no retrocede,

ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual, tus hijos

como flechas vivas son lanzados.

Deja que la inclinación

en tu mano de arquero

sea para la felicidad.

 

domingo, 28 de junio de 2026

Obediencia. Fredric Brown.

En un minúsculo planeta de una estrella lejana y débil, invisible desde la Tierra, y en el extremo más lejano de la galaxia, cinco veces la distancia que el hombre ha penetrado en el espacio, se eleva la estatua de un terráqueo. Fue construida con un metal precioso y es algo impresionante, de veinticinco centímetros de altura y exquisita factura.
Los bichos se deslizan sobre ella…
Estaban en una patrulla de rutina en el Sector 1534, más allá de Sirio y a muchos parsecs de Sol. La nave era la consabida biplaza de reconocimiento utilizada para todas las patrullas fuera del sistema. El capitán May y el teniente Ross jugaban al ajedrez cuando sonó la alarma.
El capitán May dijo:
-Don, ajústala, mientras pienso esta jugada.
No apartó la mirada del tablero; sabía que solo podía tratarse de un meteoro pasajero. En ese sector no había naves. El hombre había penetrado mil parsecs en el espacio y aún no había encontrado una forma de vida extraña lo bastante inteligente para comunicarse, menos aún para construir naves espaciales.
Ross tampoco se levantó, sino que se volvió en la silla para mirar el tablero de instrumentos y la telepantalla. Levantó distraídamente la mirada y quedó boquiabierto: había una nave en la pantalla. Recuperó lo suficiente el aliento para gritar «¡Capitán!» y después el tablero de ajedrez cayó al suelo y May miró por encima de su hombro. Pudo oír la respiración de May y luego su voz que dijo:
-¡Fuego, Don!
-¡Pero si es un crucero clase Rochester! Uno de los nuestros. Ignoro qué hace aquí, pero no podemos…
-Vuelve a mirar.
Don Ross no podía volver a mirar porque no había dejado de hacerlo pero repentinamente vio a qué se refería May. Era casi un Rochester, pero no del todo. Tenía algo extraño. ¿Algo? Era extraño, se trataba de una imitación alienígena de un Rochester. Y sus manos corrieron hacia el botón de disparo casi antes de que todo el impacto de la situación lo alcanzara.
Con el dedo en el botón, observó los diales del telémetro Picar y del Monold. Marcaban cero.
Lanzó una maldición.
-Capitán, nos interfieren. ¡No podemos calcular a qué distancia está, su tamaño ni su masa!
El capitán May asintió lentamente, pálido.
En el interior de la cabeza de Don Ross, un pensamiento dijo:
-Serénense, hombres. No somos enemigos.
Ross se volvió y miró a May. Este dijo:
-Sí, lo he recibido. Telepatía.
Ross volvió a maldecir. Si fueran telépatas…
-Fuego, Don. Visual.
Ross oprimió el botón. La pantalla quedó cubierta por una llamarada de energía y cuando esta cesó, no había restos de nave espacial…


*


El almirante Sutherland dio la espalda al gráfico estelar colgado de la pared y los estudió agriamente desde debajo de sus pobladas cejas. Dijo:
-May, no me interesa refundir su informe. Ambos han estado sometidos al psicógrafo; hemos extraído de sus mentes hasta el último segundo del encuentro. Nuestros lógicos lo han analizado. Están aquí por razones disciplinarias. Capitán May, ¿conoce el castigo por desobediencia?
-Sí, señor -reconoció May tensamente.
-¿Cuál es?
-La muerte, señor.
-¿Y qué orden desobedeció?
-Orden General Trece-Noventa, Sección Doce. Prioridad Cuadrado-A. Toda nave terrestre, sea militar o de otro tipo, tiene la orden de destruir inmediatamente y al verla a cualquier nave extraña que encuentre. Si no lo hace, debe volar hacia el espacio extraterrestre, en una dirección no exactamente contraria a la de la Tierra, y continuar hasta que se le acabe el combustible.
-¿Y por qué motivo, capitán? Lo pregunto simplemente para averiguar si lo sabe. Desde luego, no es importante y ni siquiera relevante si comprende o no el motivo de cualquier disposición.
-Sí, señor. Para que no exista la posibilidad de que la nave extraña siga a la nave avistada hasta Sol y se entere así de la situación de la Tierra.
-Pero usted desobedeció esa disposición, capitán. No está seguro de haber destruido al extraño. ¿Qué puede decir en defensa propia?
-No lo consideramos necesario, señor. La nave extraña no parecía hostil. Además, señor, debían conocer nuestra base; al hablarnos nos llamaron «hombres».
-¡Tonterías! El mensaje telepático fue enviado por una mente extraña, pero recibido por las de ustedes. Sus mentes tradujeron automáticamente el mensaje a nuestra terminología. Él no sabia necesariamente el punto de origen de ustedes ni que eran humanos.
El teniente Ross no tenía por qué hablar, pero preguntó:
-Señor, por lo tanto, ¿no se cree que fueran amistosos?
El almirante resopló.
-Teniente, ¿dónde se entrenó? Parece haber pasado por alto la premisa más elemental de nuestros planes de defensa, el motivo por el cual desde hace cuatrocientos años patrullamos el espacio en busca de cualquier vida extraña. Todo extraño es un enemigo. Aunque hoy se mostrara amistoso, ¿cómo podemos saber que lo será el año que viene o dentro de un siglo? Y un enemigo potencial es un enemigo. Cuanto más rápidamente sea destruido, más segura estará la Tierra. ¡Analice la historia militar del mundo! Como mínimo, demuestra eso. ¡Piense en Roma! Para estar a salvo, no podía permitirse el lujo de vecinos poderosos. ¡Y en Alejandro el Grande! ¡Y en Napoleón!
-Señor -intervino el capitán May-, ¿estoy bajo pena de muerte?
-Sí.
-Entonces más vale que hable. ¿Dónde está Roma ahora? ¿Y el imperio de Alejandro o el de Napoleón? ¿Y la Alemania nazi? ¿Y el tiranosaurio Rex?
-¿Quién?
-El antepasado del hombre, el más resistente de los dinosaurios. Su nombre significa «rey de los saurios tiranos». También pensaba que todos los demás seres eran sus enemigos. ¿Y dónde está ahora?
-Capitán, ¿es todo lo que tiene que decir?
-Sí, señor.
-Entonces lo pasaré por alto. Un razonamiento falaz y sentimental. No está bajo pena de muerte, capitán. Simplemente respondí que sí para averiguar lo que decía, hasta dónde llegaba. No se muestra piedad con usted a causa de una tontería humanitaria. Se ha encontrado una circunstancia realmente atenuante.
-¿Puedo saber cuál, señor?
-El extraño fue destruido. Nuestros técnicos y lógicos lo han averiguado. El Picar y el Monold funcionaban correctamente. El único motivo por el cual no registraron ninguna señal se debió a que la nave extraña era demasiado pequeña. Pueden detectar un meteoro que pesa nada más que dos kilos y cuarto. La nave extraña era más pequeña.
-¿Más pequeña…?
-Indudablemente. Ustedes pensaron en la vida extraña en términos de nuestro tamaño. No existen razones por las cuales deba de ser así. Incluso podría ser submicroscópica, demasiado pequeña para ser visible. La nave extraña debió contactar deliberadamente, a una distancia de pocos metros. Y los disparos, a esa distancia, la destruyeron por completo. Por eso no vieron un casco carbonizado como prueba de que había sido destruida -sonrió-. Lo felicito, teniente Ross, por su puntería. Desde luego, en el futuro las descargas visuales serán innecesarias. Hemos modificado inmediatamente los detectores y calculadores de las naves de todas clases a fin de que detecten y señalen objetos incluso de tamaño diminuto.
Ross dijo:
-Gracias, señor. ¿Pero no opina que el hecho de que la nave que vimos, al margen de su tamaño, fuera una imitación de una de nuestras naves de clase Rochester prueba que los extraños ya saben sobre nosotros mucho más que nosotros sobre ellos, incluido probablemente el emplazamiento de nuestro planeta natal? ¿Y que, aunque sean hostiles, el reducido tamaño de su aparato es lo que les impide expulsarnos del sistema?
-Es posible. O ambas cosas son ciertas o ninguna lo es. Es evidente que, al margen de su habilidad telepática, técnicamente son muy inferiores a nosotros… o, de lo contrario, no imitarían nuestro diseño de naves espaciales. Tuvieron que leer la mente de algunos de nuestros ingenieros para copiar ese diseño. Sin embargo, aunque supongamos que eso es verdad, quizá todavía no conocen el emplazamiento de Sol. Las coordenadas espaciales serían sumamente difíciles de traducir y el nombre Sol no significaría nada para ellos. Además, su descripción aproximada coincidiría con las de otros millares de estrellas. De todos modos, está en nuestras manos encontrarlos y exterminarlos antes de que ellos nos encuentren a nosotros. Hemos dado la alerta a todas las naves que están en el espacio para que los busquen y las hemos equipado con instrumentos especiales para detectar objetos pequeños. Estado de guerra. Quizás sea redundante decirlo: siempre existe un estado de guerra con los extraños.
-Sí, señor.
-Eso es todo, caballeros. Pueden retirarse.
En el pasillo, dos guardias armados esperaban. Cada uno de ellos se colocó a un lado del capitán May.
May dijo rápidamente:
-Don, no digas nada. Lo esperaba. No olvides que desobedecí una orden importante y que el almirante dijo que estaba condenado a muerte. Mantente al margen de esto.
Con los puños cerrados y los dientes fuertemente apretados, Don Ross vio cómo los guardias se llevaban a su amigo. Sabía que May tenía razón; no podía hacer nada salvo meterse en líos mayores que aquel en el que May ya estaba metido y empeorar la situación de su amigo.
Salió casi ciegamente del Edificio del Almirantazgo. Salió y se emborrachó en seguida pero de nada le sirvió.
Tenía la acostumbrada licencia de dos semanas antes de volver a presentarse para cumplir con sus deberes espaciales y sabía que le convendría aclarar su mente en ese período. Fue a ver a un siquiatra y habló hasta perder la mayor parte de su amargura y su sentimiento de rebeldía.
Volvió a sus libros de texto y se sumergió en la necesidad de una estricta e indiscutible obediencia a la autoridad militar, en la necesidad de una vigilancia incesante a la espera de razas extrañas y en la necesidad de exterminarlas siempre que las encontrara.
Ganó; se convenció a sí mismo de cuán impensable había sido creer que el capitán May pudiera haber sido totalmente perdonado por haber desobedecido una orden, por el motivo que fuese. Incluso se sintió horrorizado por haber consentido en esa desobediencia. Desde luego, técnicamente era intachable; May había estado al mando de la nave y la decisión de regresar a la Tierra en lugar de volar hacia el espacio -y la muerte- provino de él. Como subordinado, Ross no había compartido la responsabilidad. Pero ahora, como persona, le remordía la conciencia por no haber tratado de convencer a May de que no desobedeciera.
¿Qué sería del Cuerpo Espacial sin obediencia?
¿Cómo podía compensar lo que ahora consideraba su negligencia culpable, su delito? Durante ese período miró ávidamente los telenoticieros y supo que, en algunos otros sectores del espacio, habían destruido otras cuatro naves extrañas. Gracias a los instrumentos de detección mejorados, todas fueron destruidas al ser avistadas; no hubo comunicación después del primer contacto.
Durante el décimo día de licencia, puso fin a las vacaciones por decisión propia. Regresó al Edificio del Almirantazgo y pidió audiencia con el almirante Sutherland. Obviamente, se rieron de él, pero lo esperaba. Logró que llevaran hasta el almirante un conciso mensaje verbal. Simplemente decía: «Tengo un plan que probablemente nos permitirá encontrar el planeta de los extraños sin que nosotros corramos riesgos».
Sin duda alguna, esas palabras le abrieron paso.
Permaneció en posición de firmes ante el escritorio del almirante y dijo:
-Señor, los extraños han intentado contactamos. No han podido hacerlo debido a que los destruimos al contactarlos, antes de que enviaran un pensamiento telepático completo. Si les permitimos que se comuniquen, existe la posibilidad de que delaten, accidentalmente o de otro modo, el emplazamiento de su planeta natal.
El almirante Sutherland respondió secamente:
-Y lo hagan o no, podrían descubrir el del nuestro siguiendo la nave a su regreso.
-Señor, mi plan cubre esa contingencia. Sugiero que me envíen al mismo sector donde se estableció el contacto inicial… esta vez en una nave monoplaza y desarmado. Solicito que esta misión sea ampliamente difundida a fin de que todos los hombres del espacio lo sepan y sepan que estoy en una nave desarmada con el fin de establecer contacto con los extraños. Opino que ellos se enterarán. Seguramente logran recibir pensamientos a larga distancia pero enviarlos, por lo menos a mentes terráqueas, solo a distancias muy cortas.
-Teniente, ¿cómo lo ha deducido? No se preocupe, coincide con lo calculado por nuestros lógicos. Dicen que el hecho de que hayan robado nuestra ciencia, por ejemplo para copiar nuestras naves a escala menor, antes de que reparáramos en su existencia, demuestra su capacidad de leer nuestros pensamientos a… bueno, a distancia moderada.
-Sí, señor. Supongo que si la noticia de mi misión llega a toda la flota, los extraños se enterarán. Y al saber que mi nave está desarmada, establecerán contacto. Averiguaré qué tienen que decirme, que decirnos, y es posible que ese mensaje incluya una pista acerca del emplazamiento de su planeta natal.
-Y en ese caso el planeta duraría un máximo de veinticuatro horas -dijo el almirante Sutherland-. ¿Pero qué me dice de lo contrario, teniente? ¿No existe la posibilidad de que lo sigan a su regreso?
-Señor, aquí es donde no tenemos nada que perder. Regresaré a la Tierra solo si averiguo que ya conocen su emplazamiento. Creo que ya lo conocen gracias a sus habilidades telepáticas… y que no nos han atacado porque no son hostiles o porque son demasiado débiles. Pero sea como fuere, si conocen el emplazamiento de la Tierra no lo negarán al hablar conmigo. ¿Por qué habrían de hacerlo? Lo considerarán un elemento favorable para ellos y creerán que estamos pactando. Si afirman que lo conocen aunque no sea cierto… me negaré a aceptar su palabra a menos que me den pruebas.
El almirante Sutherland lo miraba atentamente. Dijo:
-Hijo, usted tiene algo. Probablemente le costará la vida pero… si no es así y regresa con la novedad sobre el lugar de donde proceden los extraños, será el héroe de la raza. Probablemente acabará con mi trabajo. A decir verdad, siento la tentación de robarle la idea y hacer yo mismo el viaje.
-Señor, usted es demasiado valioso. Yo soy sacrificable. Además, señor, tengo que hacerlo. No son honores lo que deseo. Algo me pesa en la conciencia y quisiera compensarlo. Debí tratar de evitar que el capitán May desobedeciera órdenes. Yo no debería estar aquí ahora, con vida. Debimos volar hacia el espacio, dado que no estábamos seguros de haber destruido al extraño.
El almirante carraspeó.
-Hijo, usted no es responsable de ello. En un caso como este, solo el capitán de la nave es responsable. Pero comprendo lo que quiere decir. Siente que, en espíritu, desobedeció órdenes porque en su momento coincidió con la decisión del capitán May. De acuerdo, eso pasó y su sugerencia lo compensa, aunque usted mismo no tripulara la nave de contacto.
-¿Pero puedo hacerlo, señor?
-Puede, teniente. Mejor dicho, puede hacerlo, capitán.
-Gracias, señor.
-Tendrá una nave preparada dentro de tres días. Podríamos tenerla antes, pero necesitaremos esos días para que la flota conozca la noticia de nuestras «negociaciones». Pero debe comprender que bajo ninguna circunstancia se desviará, por iniciativa propia, de las limitaciones que usted ha precisado.
-Sí, señor. A menos que los extraños ya conozcan el emplazamiento de la Tierra y lo demuestren fehacientemente, no regresaré. Volaré hacia el espacio. Le doy mi palabra, señor.
-Muy bien, capitán Ross.


*


La nave monoplaza volaba cerca del centro del Sector 1534, más allá de Sirio. Ninguna otra nave patrullaba ese sector.
El capitán Don Ross estaba tranquilo y esperaba. Observaba la visiplaca y esperaba a que una voz hablara en el interior de su mente.
Surgió cuando llevaba menos de tres horas de espera.
-Hola, Donross -dijo la voz, y simultáneamente aparecieron cinco minúsculas naves espaciales en su visiplaca.
El Monold le indicó que cada una de ellas pesaba menos de treinta gramos. Preguntó:
-¿He de hablar en voz alta o solamente debo pensar?
-No tiene importancia. Puede hablar si desea concentrarse en un pensamiento determinado, pero primero guarde silencio un momento.
Medio minuto después, Ross creyó oír en su mente el eco de un suspiro y luego:
-Lo siento. Supongo que esta charla no servirá de nada para ninguno. Verá, Donross, no conocemos el emplazamiento de su planeta natal. Quizá podríamos haberlo averiguado pero no nos interesaba. No éramos hostiles y, a partir de las mentes de los terráqueos, sabíamos que no podíamos correr el riesgo de ser amistosos. Por lo tanto, si usted obedece órdenes podrá regresar para informar.
Don Ross cerró los ojos un instante. Entonces ese era el fin, no tenía sentido seguir hablando. Había dado su palabra al almirante Sutherland de que obedecería las órdenes al pie de la letra.
-Así es -dijo la voz-. Ambos estamos condenados, Donross, y lo que le digamos carece de importancia. No logramos atravesar el cordón de sus naves y hemos perdido a la mitad de nuestra raza en el intento.
-¡La mitad! ¿Quiere decir…?
-Sí, Solo éramos mil. Construimos diez naves, cada una de las cuales transportaba un centenar. Los terráqueos destruyeron cinco naves; solo quedan cinco más, las que usted ve, toda nuestra raza. A pesar de que va a morir, ¿le interesa saber algo sobre nosotros?
Don Ross asintió, olvidando que no podían verle, pero debieron de leer en su mente su afirmación.
-Somos una raza antigua, mucho más antigua que la suya. Nuestro hogar es, o era, un minúsculo planeta del compañero oscuro de Sirio; solo tiene ciento sesenta kilómetros de diámetro. Sus naves aún no lo han encontrado, pero solo es cuestión de tiempo. Hace muchos, muchísimos milenios que somos inteligentes, pero jamás desarrollamos los viajes espaciales. Ni era necesario ni deseábamos hacerlo. Hace veinte años de los suyos, una nave terráquea pasó cerca de nuestro planeta y captamos los pensamientos de los hombres que iban en ella. Entonces supimos que nuestra única seguridad, nuestra única posibilidad de supervivencia, consistía en un vuelo inmediato hasta los límites más lejanos de la galaxia. Gracias a esos pensamientos supimos que tarde o temprano nos encontrarían, aunque nos quedáramos en nuestro propio planeta, y que seríamos implacablemente exterminados.
-¿No pensaron en combatir?
-No. No podríamos haberlo hecho aunque lo hubiésemos deseado… y no lo deseamos. Para nosotros es imposible matar. Si la muerte de un solo terráqueo e incluso de un ser inferior asegurara nuestra supervivencia, no podríamos causarla. Usted no puede comprenderlo. Un momento… creo que puede hacerlo. Donross, usted no es como los demás terráqueos. Pero volvamos a nuestra historia. Extrajimos detalles del viaje espacial de las mentes de los miembros de esa nave y los adaptamos a la diminuta escala de las naves que construimos. Hicimos diez, las suficientes para transportar a toda nuestra raza. Pero descubrimos que no podemos atravesar sus patrullas. Cinco de nuestras naves lo intentaron y todas han sido destruidas.
-Yo hice una quinta parte: destruí una de sus naves -informó Don Ross apesadumbrado.
-Se limitó a cumplir órdenes. No se culpe a sí mismo. En ustedes la obediencia está tan profundamente arraigada como en nosotros el odio a matar. Aquel primer contacto con la nave en que usted viajaba fue deliberado; teníamos que cercioramos de que nos destruirían al vernos. Pero a partir de entonces, y de una en una, otras cuatro naves nuestras han intentado pasar y todas han sido destruidas. Reunimos todas las restantes aquí cuando supimos que usted establecería contacto con nosotros desde una nave desarmada. Pero aunque desobedeciera órdenes y regresara a la Tierra, esté donde esté, para informar de lo que acabamos de decirle, no darían órdenes de dejarnos pasar. Todavía hay muy pocos terráqueos como usted. Es posible que en épocas futuras, cuando los terráqueos lleguen al extremo más lejano de la galaxia, haya más seres como usted. Pero ahora, las posibilidades de que logremos hacer pasar siquiera una de nuestras naves son remotas. Adiós, Donross. ¿Qué significa esa extraña convulsión de su mente y la contracción de sus músculos? No lo comprendo. Espere… es el reconocimiento de que usted percibe algo incoherente. Aunque el pensamiento es demasiado complejo, demasiado confuso. ¿De qué se trata?
Finalmente Don Ross logró dejar de reír.
-Escuche, amigo alienígena que no puede matar -dijo Don-, los libraré de esto. Me ocuparé de que atraviesen nuestro cordón hacia la seguridad que desean. Pero lo divertido es el modo en que lo haré. Será obedeciendo órdenes y yendo hacia mi propia muerte. Saldré al espacio extraterrestre para morir allí. Usted, todos ustedes, pueden acompañarme y vivir allí. Navestop. Sus minúsculas naves no aparecerán en los detectores de la patrulla si tocan esta nave. Y por si eso fuera poco, la fuerza de gravedad de esta nave los empujará y no tendrán que utilizar combustible hasta que estén más allá del cordón y fuera del alcance de sus detectores. Podré recorrer, como mínimo, cien mil parsecs antes de que se agote el combustible.
Hubo una prolongada pausa hasta que la voz en la mente de Don Ross dijo, débil y suavemente:
-Gracias.
Esperó hasta que las cinco naves desaparecieron de su visiplaca y oyó cinco ligeros sonidos cuando hicieron contacto con el casco de su propia nave. Después volvió a reír. Y obedeció órdenes: voló hacia el espacio y la muerte.
En un minúsculo planeta de una estrella lejana y débil, invisible desde la Tierra, y en el extremo más lejano de la galaxia, cinco veces la distancia que el hombre ha penetrado en el espacio, se eleva la estatua de un terráqueo. Es algo impresionante, de veinticinco centímetros de altura y exquisita factura.
Los bichos se deslizan sobre ella, pero tienen derecho a hacerlo; la construyeron y la honran. La estatua es de un metal sumamente duro. En un mundo sin atmósfera, durará eternamente… o hasta que los terráqueos la encuentren y la destruyan. A menos que, desde luego, para entonces los terráqueos hayan cambiado profundamente.