Aturdido por la feroz matanza, se llevó las manos a la cabeza y no tenía cabeza.
domingo, 31 de mayo de 2015
viernes, 29 de mayo de 2015
La Gioconda. César Fernández Moreno. Microrrelato.
Supo que había un cuadro maravilloso llamado la Gioconda. Pero quería descubrirlo por sí solo. Se dedicó, desde muy joven, a ignorar la historia y la geografía. Un día partió a recorrer mundo en busca del fabuloso cuadro.
Recorrió tiempos y ciudades, entró en palacios y mesones, agotó galerías agobiadas de cuadros magníficos. Pero ninguno era la Gioconda.
Muchas veces estuvo por abordar a los guías y preguntarles de una vez dónde hallar el soñado cuadro. ¡Era tan sencillo que lo tomaran de la mano y lo condujeran hasta dejarlo frente a ese mar!
Pero siguió buscando por sí solo. Amó a varias mujeres cuyos ojos le parecían los de la Gioconda. Luchó con hombres en cuyos labios presentía la sonrisa de la Gioconda.
Llegó un momento en que el mundo ya no tenía secretos para él. Pero nada sabía aún de la Gioconda. A la sazón, había llegado a Florencia y principios del siglo XVI.
Entonces, desesperado, pintó la Gioconda.
Recorrió tiempos y ciudades, entró en palacios y mesones, agotó galerías agobiadas de cuadros magníficos. Pero ninguno era la Gioconda.
Muchas veces estuvo por abordar a los guías y preguntarles de una vez dónde hallar el soñado cuadro. ¡Era tan sencillo que lo tomaran de la mano y lo condujeran hasta dejarlo frente a ese mar!
Pero siguió buscando por sí solo. Amó a varias mujeres cuyos ojos le parecían los de la Gioconda. Luchó con hombres en cuyos labios presentía la sonrisa de la Gioconda.
Llegó un momento en que el mundo ya no tenía secretos para él. Pero nada sabía aún de la Gioconda. A la sazón, había llegado a Florencia y principios del siglo XVI.
Entonces, desesperado, pintó la Gioconda.
miércoles, 27 de mayo de 2015
martes, 26 de mayo de 2015
Los brazos de Kalym. Gabriel Jiménez Emán. Microrrelato.
Kalym se arrancó los brazos y los lanzó a un abismo. Al llegar a su casa, su mujer le preguntó sorprendida: “¿Qué has hecho con tus brazos?”.
- Me cansé de ellos y me los arranqué- respondió Kalim.
- Tendrás que ir a buscarlos; vas a necesitarlos para el almuerzo. ¿Dónde están?
- En un abismo, muy lejos de aquí.
- ¿Y cómo has hecho para arrancártelos?
-Me despegué el derecho con el izquierdo y el izquierdo con el derecho.
-No puede ser -respondió su mujer-, pues necesitabas el izquierdo para arrancarte el derecho, pero ya te lo habías arrancado.
- Ya lo sé, mujer; mis brazos son algo muy extraño.
-Olvidemos eso por ahora y vayamos a dormir -dijo Kalym abrazando a su mujer.
viernes, 22 de mayo de 2015
La historia de la mujer que siempre quería estar más delgada. Ursula Wölfel. Microrrelato.
Una mujer quería por todos los medios ser delgada. Tomaba para desayunar solo una cucharada de leche cuajada descremada y lo acompañaba con una taza de té para adelgazar. Después se iba a la oficina.
Allí, en el descanso del mediodía, leía una receta en el "Libro de cocina para adelgazar". Cuando tenía mucha hambre leía dos recetas. Eso le bastaba.
Por la noche preparaba una ensalada con tres pastillas para adelgazar, sal y zumo de limón. Los domingos añadía una pizca de mostaza a la ensalada de pastillas.
La mujer adelgazó. Pero quería adelgazar más. Un día leía en el descanso el "Libro de cocina para adelgazar".
Estaba un poco cansada y se durmió. Y el libro se cerró. Enseguida volvieron del bar los compañeros. Al principio solo vieron el libro encima de la mesa. Después encontraron a la mujer: estaba como señal entre la página 48 y la 49.
Allí, en el descanso del mediodía, leía una receta en el "Libro de cocina para adelgazar". Cuando tenía mucha hambre leía dos recetas. Eso le bastaba.
Por la noche preparaba una ensalada con tres pastillas para adelgazar, sal y zumo de limón. Los domingos añadía una pizca de mostaza a la ensalada de pastillas.
La mujer adelgazó. Pero quería adelgazar más. Un día leía en el descanso el "Libro de cocina para adelgazar".
Estaba un poco cansada y se durmió. Y el libro se cerró. Enseguida volvieron del bar los compañeros. Al principio solo vieron el libro encima de la mesa. Después encontraron a la mujer: estaba como señal entre la página 48 y la 49.
jueves, 21 de mayo de 2015
La rana que quería ser una rana auténtica. Augusto Monterroso. Microrrelato.
Había una vez una rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.
Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.
Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.
Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.
Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena rana, que parecía pollo.
Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.
Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.
Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.
Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena rana, que parecía pollo.
miércoles, 20 de mayo de 2015
El amor es ciego. Ginés S. Cutillas. Microrrelato.
Siempre que saco la basura aprovecho para fumarme un cigarrillo a escondidas de mi mujer y de los niños. No les gusta que lo haga dentro de casa. A través del gran ventanal que da al jardín de la urbanización, amparado en la oscuridad, contemplo la entrañable escena de mi familia mientras prepara la mesa para la cena, lo que me hace disfrutar aún más de las caladas furtivas. Hace un par de meses estaba fuera fumando cuando, sin saber muy bien a qué venía aquello, vi a mi mujer coger el cuchillo de trinchar pavos, y primero a uno de nuestros hijos y más tarde al otro, los enganchó por detrás sin previo aviso y los degolló allí mismo, en la cocina. Cuando quise reaccionar ya era demasiado tarde para hacer nada, así que me quedé petrificado rodeado de cubos de basura apurando el pitillo y esperando a ver qué hacía después de aquella atrocidad. Como si ya lo tuviera planeado, envolvió a los niños en plásticos y los metió en la parte baja de uno de los armarios. A continuación, limpió rauda la sangre del suelo. Yo, sin saber qué hacer, le di tiempo para que recogiera todo antes de regresar. Ella sirvió la sopa con total naturalidad. Fue la última vez que cenamos con cuatro cubiertos sobre la mesa. Nunca más hemos vuelto a hablar de los niños a pesar de que el infecto olor de la descomposición lo ha llenado todo durante meses. Mi mujer sabe que fumo cuando tiro la basura. Nunca me dice nada.
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