jueves, 30 de junio de 2016

La lista. Arantza Portabales.

Que se arrime un poco más al borde de la cama, como si hubiera una barrera imaginaria.
Que ya no bese mis pecas.
Que no recuerde la última vez que nos reímos juntos.
Que me regale flores que compra su secretaria.
Que no caliente mis manos en sus bolsillos.
Que no lea mis relatos.
Que ya no bautice estrellas con mi nombre.
Que prefiera sus ausencias a sus temibles presencias ausentes.
Así hasta completar treinta y dos.
Y en la columna derecha tan sólo una línea con un solitario “Que un día le quise”.


miércoles, 29 de junio de 2016

La mariposa. Salvador Elizondo.

La mariposa es un animal instantáneo inventado por los chinos. Estos objetos se fabrican, generalmente, de finísimas astillas de bambú que forman el cuero y las nervaduras de las alas. Éstas están forradas de papel de arroz muy fino o de seda pura y son decoradas mediante un procedimiento casi desconocido, de la pintura secreta llamada Fen Hua y que consiste en esparcir sutilmente unos polvillos coloreados sobre una superficie captante o prensil formando así los caprichosos diseños visibles en sus alas. En el interior del cuerpo llevan un pedacito de papel de arroz con el ideograma mariposa que tiene poderes mágicos. Los fabricantes de mariposas aseguran que este talismán es el que les permite volar. Los que se ocupan de estas cosas, los letrados –censores o sinodales–, también algunos de nuestros generales que con frecuencia consultan el augurio llamado de la mariposa o Pu hu, para saber el resultado de las campañas que emprenden, dicen que las mariposas fueron inventadas, como todas las cosas que hay en China, por el Emperador Amarillo que vivió en la época legendaria del Fénix y a quien también se debe la invención de la escritura, de las mujeres y del mundo.

martes, 28 de junio de 2016

El vuelo de Adrián. Salvador Robles.

—¿De qué trata la lección, Adrián? —preguntó por sorpresa la joven maestra al alumno más soñador del curso.

Adrián, abismado en sus pensamientos, no pareció darse por aludido.

—¡Adrián!

El muchacho aterrizó en el aquí y ahora entre las risas ahogadas de sus condiscípulos.

—Dígame, señorita Marta.

—Te preguntaba por el tema que estamos desarrollando en la clase de hoy.

—Sé que ha empezado usted a hablar de las abejas y la fotosíntesis. Eso es todo. Lo siento, señorita Marta, pero me he distraído con las extrañas palabras que han resonado en mi cabeza.

—¿Por qué extrañas?

—No sé de dónde han surgido; trataba de atender lo que usted decía, cuando, de repente, mi cabeza se ha llenado de palabras.

—¿Qué tipo de palabras?

—Palabras de colores y algodón.

—¿Algodón?

—Sí, el de las nubes.

—¿Te importa repetirlas?

—No sé si seré capaz de recordarlas todas.

—Inténtalo. Incorpórate para que te escuchemos mejor.

Adrián se levantó, carraspeó para aclararse la garganta y…

—Las abejas volaban demasiado alto para alcanzarlas de un salto. Así que el estudiante desplegó las alas de su imaginación y voló junto a ellas, por encima de las nubes.

—¿Eso es todo?

—Sí, señorita. Luego me he limitado a mover las alas y volar.

—Por encima de las nubes.

—Un poquito por encima, las rozaba con los pies.

—Por eso sabías que eran de algodón.

—Sí, y me hacían cosquillas.

—Muy bien —la maestra dio una palmada para atraer la atención de toda la clase—. Faltan cinco minutos para la hora del recreo. Hasta entonces, volemos todos con Adrián.

En los siguientes minutos, el aula se pobló de sonoras carcajadas. Las cosquillas que hacían las nubes de algodón eran irresistibles.


La fiesta de las palabras. Salvador Robles.

domingo, 26 de junio de 2016

Papiroflexia. Alberto Omar Walls.

Me gusta hacer animalitos con el papel, Llamo a esto papiroflexia. Un juego lento y hermoso. Ayer o hace un siglo, quizá esta mañana, hice un animalito con un papel azul y otro blanco. Era un animalito porque tenía cuatro patas, un cuerpo y una cabeza. No sé qué clase. Fui ahí al lado y cuando volví le vi comiéndose el desayuno. No le recriminé, por el contrario le traje más leche y se la puse en el plato por saber si me aceptaba. Se acercó, y bebió de la leche, con unos chasquiditos menudos y satisfechos. Viéndole, pensé que debería hacer más animalitos de papel: muchos.
Pero luego, quizá ayer o hace un rato, quizá el año pasado, se me acabaron las cuartillas. Yo necesitaba seguir escribiendo.
Deshice el animalito y escribí en él. Fue muy doloroso. 


Cuentos de la Atlántida. Antología del cuento canario actual, 2004. VVAA. 

sábado, 25 de junio de 2016

Mis amnesias. Elena Sanjuanbenito.

A veces olvido cosas, casi siempre, en realidad. Mi psiquiatra dice que es una forma de protegerme, se supone que si olvido las llaves del coche en la oficina y los informes de la oficina en el coche, me protejo de algo. No sé, me protegeré de un contrato fijo. Va a ser eso. O de los atascos, o de arruinarme llenando el depósito. 
Un día olvidé que vivía en Madrid. Fue un buen día, lo recuerdo. Vagué por las calles con ojos de turista, hice montones de fotos con mi cámara de usar y tirar y mandé una postal al trabajo, una de la Puerta de Alcalá. 
Comí un bocadillo de calamares y vermú. Madrid me pareció una ciudad bonita y no terminé de entender por qué se empeñaban en reformar casi cada calle, en levantar puentes y socavar túneles y zanjas por todas partes. Recuerdo que me fui pronto al hotel y que el camión de la basura me ayudó a conciliar el sueño. Soñé que me volvía madrileña y tocaba el claxon sin parar. 
Dice mi psiquiatra que nunca ha visto un caso como el mío, que le interesa enormemente entender cómo funciona mi mente y cuál es la razón de que me proteja de un modo tan continuo. Yo, que no sé qué contestar, me quedo callada y le miro con mucha atención para ver si así recuerdo cómo dijo que se llamaba.

Razones para ir a Arkansas. Elena Sanjuanbenito, 2014.

viernes, 24 de junio de 2016

Piso 21. Eva Sánchez Palomo.

El hombre del traje negro y la corbata roja del piso 21 abre el ventanal y una ráfaga de aire desordena y hace volar por todo el despacho los papeles que tiene encima de la mesa. Sale a la cornisa e inspira profundamente, dejando que el aire de la mañana inunde sus pulmones. Se quita la chaqueta, la lanza al interior de la oficina, gira la cabeza hacia derecha e izquierda para descargar las vértebras del cuello, se impulsa fuertemente con las rodillas y salta. 
El despegue es potente, elegante. Inicia el salto con los brazos abiertos en cruz y las piernas estiradas. 
Cae. 
A la altura del piso 14 realiza un doble giro hacia el interior encogiendo los brazos y doblando las piernas. La ejecución de los tirabuzones, impecable, sólo se ve afeada por el golpeteo constante de la corbata contra la cara debido a la velocidad. 
En el piso 8 regresa a la posición vertical, con el cuerpo recto, los pies juntos y los brazos estirados más allá de la cabeza. En esa posición se realiza el clavado contra el pavimento, limpio, un golpe seco que rompe brazos y cráneo, pero que apenas produce salpicaduras. 
Un jurado imparcial habría valorado la ejecución y dificultad del salto como perfectas, pero para el departamento de recursos humanos, mucho más exigente, el salto no pasó de notable.

jueves, 23 de junio de 2016

Música. Ana María Matute.

Las dos hijas del Gran Compositor -seis y siete años- estaban acostumbradas al silencio. En la casa no debía oírse ni un ruido, porque papá trabajaba. Andaban de puntillas, en zapatillas, y sólo a ráfagas, el silencio se rompía con las notas del piano de papá. 
Y otra vez silencio. 
Un día, la puerta del estudio quedó mal cerrada, y la más pequeña de las niñas se acercó sigilosamente a la rendija; pudo ver cómo papá, a ratos, se inclinaba sobre un papel, y anotaba algo. 
La niña más pequeña corrió entonces en busca de su hermana mayor. Y gritó, gritó por primera vez en tanto silencio: 
-¡La música de papá, no te la creas…! ¡Se la inventa!