Desde el primer domingo que lo vi me pareció una mula de monosabio, con sus tirantes de terciopelo pespuntados con filamentos de oro, sus sortijas con pedrerías de colores en todos los dedos y su trenza de cascabeles, trepado sobre una mesa en el puerto de Santa María del Darién, entre los frascos de específicos y las yerbas de consuelo que él mismo preparaba y vendía a grito herido por los pueblos del Caribe, sólo que entonces no estaba tratando de vender nada de aquella cochambre de indios sino pidiendo que le llevaran una culebra de verdad para demostrar en carne propia un contraveneno de su invención, el único infalible, señoras y señores, contra las picaduras de serpientes, tarántulas y escolopendras, y toda clase de mamíferos ponzoñosos. Alguien que parecía muy impresionado por su determinación consiguió nadie supo dónde y le llevó dentro de un frasco una mapaná de las peores, de esas que empiezan por envenenar la respiración, y él la destapó con tantas ganas que todos creímos que se la iba a comer, pero no bien se sintió libre el animal saltó fuera del frasco y le dio un tijeretazo en el cuello que ahí mismo lo dejó sin aire para la oratoria, y apenas tuvo tiempo de tomarse el antídoto cuando el dispensario de pacotilla se derrumbó sobre la muchedumbre y él quedó revolcándose en el suelo con el enorme cuerpo desbaratado como si no tuviera nada por dentro, pero sin dejarse de reír con todos sus dientes de oro. Cómo sería el estrépito, que un acorazado del norte que estaba en el muelle desde hacía como veinte años en visita de buena voluntad declaró la cuarentena para que no se subiera a bordo el veneno de la culebra, y la gente que estaba santificando el domingo de ramos se salió de la misa con sus palmas benditas, pues nadie quería perderse la función del emponzoñado que ya empezaba a inflarse con el aire de la muerte, y estaba dos veces más gordo de lo que había sido, echando espuma de hiel por la boca y resollando por los poros, pero todavía riéndose con tanta vida que los cascabeles le cascabeleaban por todo el cuerpo. La hinchazón le reventó los cordones de las polainas y las costuras de la ropa, los dedos se le amorcillaron por la presión de las sortijas, se puso del color del venado en salmuera y se le salieron por la culata unos requiebros de postrimerías, así que todo el que había visto un picado de culebra sabía que se estaba pudriendo antes de morir y que iba a quedar tan desmigajado que tendrían que recogerlo con una pala para echarlo dentro de un saco, pero también pensaban que hasta en su estado de aserrín iba a seguirse riendo. Aquello era tan increíble que los infantes de marina se encaramaron en los puentes del barco para tomarle retratos en colores con aparatos de larga distancia, pero las mujeres que se habían salido de misa les descompusieron las intenciones, pues taparon al moribundo con una manta y le pusieron encima las palmas benditas, una porque no les gustaba que la infantería profanara el cuerpo con máquinas de adventistas, otras porque les daba miedo seguir viendo aquel idólatra que era capaz de morirse muerto de risa, y otras por si acaso conseguían con eso que por lo menos el alma se le desenvenenara. Todo el mundo lo daba por muerto, cuando se apartó los ramos de una brazada, todavía medio atarantado y todo desconvalecido por el mal rato, pero enderezó la mesa sin ayuda de nadie, se volvió a subir como un cangrejo, y ya estaba otra vez gritando que aquel contraveneno era sencillamente la mano de Dios en un frasquito, como todos lo habíamos visto con nuestros propios ojos, aunque sólo costaba dos cuartillos porque él no lo había inventado como negocio sino por el bien de la humanidad, y a ver quién dijo uno, señoras y señores, no más que por favor no se me amontonen que para todos hay.
Por supuesto que se amontonaron, y que hicieron bien, porque al final no hubo para todos. Hasta el almirante del acorazado se llevó un frasquito, convencido por él de que también era bueno para los plomos envenenados de los anarquistas, y los tripulantes no se conformaron con tomarle subido en la mesa los retratos en colores que no pudieron tomarle muerto, sino que le hicieron firmar autógrafos hasta que los calambres le torcieron el brazo. Era casi de noche y sólo quedábamos en el puerto los más perplejos, cuando él buscó con la mirada a alguno que tuviera cara de bobo para que lo ayudara a guardar los frascos, y por supuesto se fijó en mí. Aquella fue como la mirada del destino, no sólo del mío sino también del suyo, pues de eso hace más de un siglo y ambos nos acordamos todavía como si hubiera sido el domingo pasado. El caso es que estábamos metiendo su botica de circo en aquel baúl con vueltas de púrpura que más bien parecía el sepulcro de un erudito, cuando él debió verme por dentro alguna luz que no me había visto antes, porque me preguntó de mala índole quién eres tú, y yo le contesté que era el único huérfano de padre y madre a quien todavía no se le había muerto el papá, y él soltó unas carcajadas más estrepitosas que las del veneno y me preguntó después qué haces en la vida, y yo le contesté que no hacía más que estar vivo porque todo lo demás no valía la pena, y todavía llorando de risa me preguntó cuál es la ciencia que más quisieras conocer en el mundo, y esa fue la única vez en que le contesté sin burlas la verdad, que quería ser adivino, y entonces no se volvió a reír sino que me dijo como pensando de viva voz que para eso me faltaba poco, pues ya tenía lo más difícil de aprender, que era mi cara de bobo. Esa misma noche habló con mi padre, y por un real y dos cuartillos y una baraja de pronosticar adulterios, me compró para siempre.
Así era Blacamán, el malo, porque el bueno soy yo. Era capaz de convencer a un astrónomo de que el mes de febrero no era más que un rebaño de elefantes invisibles, pero cuando la buena suerte se le volteaba se volvía bruto del corazón. En sus tiempos de gloria había sido embalsamador de virreyes, y dicen que les componía una cara de tanta autoridad que durante mucho años seguían gobernando mejor que cuando estaban vivos, y que nadie se atrevía a enterrarlos mientras él no volviera a ponerles su semblante de muertos, pero el prestigio se le descalabró con la invención de un ajedrez de nunca acabar que volvió loco a un capellán y provocó dos suicidios ilustres, y así fue decayendo de intérprete de sueños en hipnotizador de cumpleaños, de sacador de muelas por sugestión en curandero de feria, de modo que por la época en que nos conocimos ya lo miraban de medio lado hasta los filibusteros. Andábamos a la deriva con nuestro tenderete de chanchullos, y la vida era una eterna zozobra tratando de vender los supositorios de evasión que volvían transparentes a los contrabandistas, las gotas furtivas que las esposas bautizadas echaban en la sopa para infundir el temor de Dios en los maridos holandeses, y todo lo que ustedes quieran comprar por su propia voluntad, señoras y señores, porque esto no es una orden sino un consejo, y al fin y al cabo, tampoco la felicidad es una obligación. Sin embargo, por mucho que nos muriéramos de risa de sus ocurrencias, la verdad es que a duras penas nos alcanzaban para comer, y su última esperanza se fundaba en mi vocación de adivino. Me encerraba en el baúl sepulcral disfrazado de japonés y amarrado con cadenas de estribor para que tratara de adivinar lo que pudiera, mientras él le daba vueltas a la gramática buscando el mejor modo de convencer al mundo de mi nueva ciencia, y aquí tienen, señoras y señores, a esta criatura encandilada por las luciérnagas de Ezequiel, y usted que se ha quedado ahí con esa cara de incrédulo vamos a ver si se atreve a preguntarle cuándo se va a morir, pero nunca conseguí adivinar ni la fecha en que estábamos, así que él me desahució como adivino porque el sopor de la digestión te trastorna la glándula de los presagios, y resolvió llevarme donde mi padre para que le devolviera la plata. Sin embargo, en esos tiempos le dio por encontrar aplicaciones prácticas para la electricidad del sufrimiento, y se puso a fabricar una máquina de coser que funcionara conectada mediante ventosas con la parte del cuerpo en que se tuviera un dolor. Como yo pasaba la noche quejándome de las palizas que él me daba para conjurar la mala suerte, tuvo que quedarse conmigo como probador de su invento, y así el regreso se nos fue demorando y se le fue componiendo el humor, hasta que la máquina funcionó tan bien que no sólo cosía mejor que una novicia, sino que además bordaba pájaros y astromelías según la posición y la intensidad del dolor. En esas estábamos, convencidos de haber burlado otra vez a la adversidad, cuando nos alcanzó la noticia de que el comandante del acorazado había querido repetir en Filadelfia la prueba del contraveneno, y se convirtió en mermelada de almirante en presencia de su estado mayor.
No se volvió a reír en mucho tiempo. Nos fugamos por desfiladeros de indios, y mientras más perdidos nos encontrábamos más claras nos llegaban las voces de que los infantes de marina habían invadido la nación con el pretexto de exterminar la fiebre amarilla, y andaban descabezando a cuanto cacharrero inveterado o eventual encontraban a su paso, y no sólo a los nativos por precaución, sino también a los chinos por distracción, a los negros por costumbre y a los hindúes por encantadores de serpientes, y después arrasaron con la fauna y la flora y con lo que pudieron del reino mineral, porque sus especialistas en nuestros asuntos les habían enseñado que la gente del Caribe tenía la virtud de cambiar de naturaleza para embolatar a los gringos. Yo no entendía de dónde les había salido aquella rabia, ni por qué nosotros teníamos tanto miedo, hasta que nos hallamos a salvo en los vientos eternos de la Guajira, y sólo allí tuvo ánimos para confesarme que su contraveneno no era más que ruibarbo con trementina, pero que le había pagado dos cuartillos a un calanchín para que le llevara aquella mapaná sin ponzoña. Nos quedamos en las ruinas de una misión colonial, engañados con la esperanza de que pasaran los contrabandistas, que eran hombres de fiar y los únicos capaces de aventurarse bajo el sol mercurial de aquellos yermos de salitre. Al principio comíamos salamandras con flores de escombros, y aún nos quedaba espíritu para reírnos cuando tratamos de comernos sus polainas hervidas, pero al final nos comimos hasta las telarañas de los aljibes, y sólo entonces nos dimos cuenta de la falta que nos hacía el mundo. Como yo no conocía en aquel tiempo ningún recurso contra la muerte, simplemente me acosté a esperarla donde me doliera menos, mientras él deliraba con el recuerdo de una mujer tan tierna que podía pasar suspirando a través de las paredes, pero también aquel recuerdo inventado era un artificio de su ingenio para burlar a la muerte con lástimas de amor. Sin embargo, a la hora en que debíamos habernos muerto se me acercó más vivo que nunca y estuvo la noche entera vigilándome la agonía, pensando con tanta fuerza que todavía no he logrado saber si lo que silbaba entre los escombros era el viento o su pensamiento, y antes del amanecer me dijo con la misma voz y la misma determinación de otra época que ahora conocía la verdad, y era que yo le había vuelto a torcer la suerte, de modo que amárrate bien los pantalones porque lo mismo que me la torciste me la vas a enderezar.
Ahí fue donde se echó a perder el poco de cariño que le tenía. Me quitó los últimos trapos de encima, me enrolló en alambre de púas, me restregó piedras de salitre en las mataduras, me puso en salmuera en mis propias aguas y me colgó por los tobillos para macerarme al sol, y todavía gritaba que aquella mortificación no era bastante para apaciguar a sus perseguidores. Por último me echó a pudrir en mis propias miserias dentro del calabozo de penitencia donde los misioneros coloniales regeneraban a los herejes, y con la perfidia de ventrílocuo que todavía le sobraba se puso a imitar las voces de los animales de comer, el rumor de las remolachas en octubre y el ruido de los manantiales, para torturarme con la ilusión de que me estaba muriendo de indigencia en el paraíso. Cuando por fin lo abastecieron los contrabandistas, bajaba al calabozo para darme de comer cualquier cosa que no me dejara morir, pero luego me hacía pagar la caridad arrancándome las uñas con tenazas y rebajándome los dientes con piedras de triturar, y mi único consuelo era el deseo de que la vida me diera tiempo y fortuna para desquitarme de tanta infamia con otros martirios peores. Yo mismo me asombraba de que pudiera resistir la peste de mi propia putrefacción, y todavía me echaba encima las sobras de sus almuerzos y mataba animales del desierto y los ponía por los rincones para que el aire del calabozo se acabara de envenenar. No sé cuánto tiempo había pasado, cuando me llevó el cadáver de un conejo para mostrarme que prefería echarlo a pudrir en vez de dármelo a comer, y hasta allí me alcanzó la paciencia y solamente me quedó el rencor, de modo que agarré el conejo por las orejas y lo mandé contra la pared con la ilusión de que era él y no el animal el que se iba a reventar y entonces fue cuando sucedió, como en un sueño, que el conejo no sólo resucitó con un chillido de espanto, sino que regresó a mis manos caminando por el aire.
Así fue como empezó mi vida grande. Desde entonces ando por el mundo desfiebrando a los palúdicos por dos pesos, visionando a los ciegos por cuatro con cincuenta, desaguando a los hidrópicos por dieciocho, completando a los mutilados por veinte pesos si lo son de nacimiento, por veintidós si lo son por accidente o peloteras, por veinticinco si lo son por causa de guerras, terremotos, desembarcos de infantes o cualquier otro gesto de calamidades públicas, atendiendo a los enfermos comunes al por mayor mediante arreglo especial, a los locos según su tema, a los niños por mitad de precio y a los bobos por gratitud, y a ver quién se atreve a decir que no soy un filántropo, damas y caballeros, y ahora sí, señor comandante de la vigésima flota, ordene a sus muchachos que quiten las barricadas para que pase la humanidad doliente, los lazarinos a la izquierda, los epilépticos a la derecha, los tullidos donde no estorben y allá detrás los menos urgentes, no más que por favor no se me apelotonen que después no respondo si se les confunden las enfermedades y quedan curados de lo que no es, y que siga la música hasta que hierva el cobre, y los cohetes hasta que se quemen los ángeles y el aguardiente hasta matar la idea, y vengan los maritornes y los maromeros, los matarifes y los fotógrafos, y todo eso por cuenta mía, damas y caballeros, que aquí se acabó la mala fama de los Blacamanes y se armó el despelote universal. Así los voy adormeciendo, con técnicas de diputado, por si acaso me falla el criterio y algunos se me quedan peor de lo que estaban. Lo único que ya no hago es resucitar a los muertos, porque apenas abren los ojos contramatan de rabia al perturbador de su estado, y a fin de cuentas los que no se suicidan se vuelven a morir de desilusión. Al principio me perseguía un congreso de sabios para investigar la legalidad de mi industria, y cuando estuvieron convencidos me amenazaron con el infierno de Simón el Mago y me recomendaron una vida de penitencia para que llegara a ser santo, pero yo les contesté sin menosprecio de su autoridad que era precisamente por ahí por donde había empezado. La verdad es que yo no gano nada con ser santo después de muerto, yo lo que soy es un artista, y lo único que quiero es estar vivo para seguir a pura de flor de burro con este carricoche convertible de dieciséis cilindros que le compré al cónsul de los infantes, con este chofer trinitario que era barítono de la ópera de los piratas de Nueva Orleans, con mis camisas de gusano legítimo, mis lociones de oriente, mis dientes de topacio, mi sombrero de tartarita y mis botines de dos colores, durmiendo sin despertador, bailando con las reinas de la belleza y dejándolas como alucinadas con mi retórica de diccionario, y sin que me tiemble la pajarilla si un miércoles de ceniza se me marchitan las facultades, que para seguir con esta vida de ministro me basta con mi cara de bobo y me sobra con el tropel de tiendas que tengo desde aquí hasta más allá del crepúsculo, donde los mismos turistas que nos andaban cobrando al almirante trastabillan ahora por comprar los retratos con mi rúbrica, los almanaques con mis versos de amor, las medallas con mi perfil, mis pulgadas de ropa, y todo eso sin la gloriosa conduerma de estar todo el día y toda la noche esculpido en mármol ecuestre y cagado de golondrinas como los padres de la patria.
Lástima que Blacamán el malo no pueda repetir esta historia para que vean que no tiene nada de invención. La última vez que alguien lo vio en este mundo había perdido hasta los estoperoles de su antiguo esplendor, y tenía el alma desmantelada y los huesos en desorden por el rigor del desierto, pero todavía le sobró un buen par de cascabeles para reaparecer aquel domingo en el puerto de Santa María del Darién con el eterno baúl sepulcral, sólo que entonces no estaba tratando de vender ningún contraveneno sino pidiendo con la voz agrietada por la emoción que los infantes de marina lo fusilaran en espectáculo público para demostrar en carne propia las facultades resucitadoras de esta criatura sobrenatural, señoras y señores, y aunque a ustedes les sobra derecho para no creerme después de haber padecido durante tanto tiempo mis malas mañas de embustero y falsificador, les juro por los huesos de mi madre que esta prueba de hoy no es nada del otro mundo sino la humilde verdad, y por si les quedara alguna duda fíjense bien que ahora no me estoy riendo como antes sino aguantando las ganas de llorar. Cómo sería de convincente, que se desabotonó la camisa con los ojos ahogados de lágrimas y se daba palmadas de mulo en el corazón para indicar el mejor sitio de la muerte, y sin embargo los infantes de marina no se atrevieron a disparar por temor de que las muchedumbres dominicales les conocieran el desprestigio. Alguien que quizás no olvidaba los blacamanismos de otra época consiguió nadie supo dónde y le llevó dentro de una lata unas raíces de barbasco que habrían alcanzado para sacar a flote a todas las corvinas del Caribe, y él las destapó con tantas ganas como si de verdad se las fuera a comer, y en efecto se las comió, señoras y señores, no más que por favor no se me conmuevan ni vayan a rezar por mi descanso, que esta muerte no es más que una visita. Aquella vez fue tan honrado que no incurrió en estertores de ópera sino que se bajó de la mesa como un cangrejo, buscó en el suelo a través de las primeras dudas el lugar más digno para acostarse, y desde allí me miró como a una madre y exhaló el último suspiro entre sus propios brazos, todavía aguantando sus lágrimas de hombre y torcido al derecho y al revés por el tétano de la eternidad. Fue esa la única vez, por supuesto, en que me fracasó la ciencia. Lo metí en aquel baúl de tamaño premonitorio donde cupo de cuerpo entero, le hice cantar una misa de tinieblas que me costó cincuenta doblones de a cuatro porque el oficiante estaba vestido de oro y había además tres obispos sentados, le mandé a edificar un mausoleo de emperador sobre una colina expuesta a los tiempos más propicios del mar, con una capilla para él solo y una lápida de hierro donde quedó escrito con mayúsculas góticas que aquí yace Blacamán el muerto, mal llamado el malo, burlador de los infantes y víctima de la ciencia, y cuando estas honras me bastaron para hacerle justicia por sus virtudes empecé a desquitarme de sus infamias, y entonces lo resucité dentro del sepulcro blindado, y allí lo dejé revolcándose en el horror. Eso fue mucho antes de que a Santa María del Darién se le tragara la marabunta, pero el mausoleo sigue intacto en la colina, a la sombra de los dragones que suben a dormir en los vientos atlánticos, y cada vez que paso por estos rumbos le llevo un automóvil cargado de rosas y el corazón me duele de lástima por sus virtudes, pero después pongo el oído en la lápida para sentirlo llorar entre los escombros del baúl desbaratado, y si acaso se ha vuelto a morir lo vuelvo a resucitar, pues la gracia del escarmiento es que siga viviendo en la sepultura mientras yo esté vivo, es decir, para siempre.
miércoles, 31 de agosto de 2016
martes, 30 de agosto de 2016
Tres gatos. Patricia Esteban Erlés.
A la loca la seguían siempre tres gatos negros como las moras. Cuando nos la tropezábamos en la plaza, mi madre hacía la señal de la cruz con disimulo y yo me daba la vuelta para mirarla. Ella solía caminar sin zapatos, con el filo de un camisón blanco asomando por debajo del abrigo que olía a sangre. Un día se le quemó la casa con ella dentro. La vimos bailar de habitación en habitación, hecha un manojo de llamas. A lo que llegaron los bomberos no quedaban ni sus huesos. Yo pregunté por los gatos, sus tres gatos negros. ¿Qué gatos? La loca vivió siempre sola, ni sombra tenía, me interrumpió mi madre. Al parecer, ella no los vio nunca pasear por el pueblo, como si fueran sus dueños. Tampoco los ve ahora, tumbados sobre el edredón de mi cama, tentándome para que salga de noche a caminar descalza.
Casa de muñecas. Patricia Esteban Erlés, 2012.
Casa de muñecas. Patricia Esteban Erlés, 2012.
lunes, 29 de agosto de 2016
El incendio. Ana María Matute.
El niño cogió los lápices color naranja, el lápiz de color amarillo, y aquel por una punta azul y la otra rojo. Fue con ellos a la esquina, y se tendió en el suelo. La esquina era blanca, a veces la mitad negra, la mitad verde. Era la esquina de la casa, y todos los sábados la encalaban. El niño tenía los ojos irritados de tanto blanco, de tanto sol cortando su mirada con filos de cuchillo. Los lápices del niño eran naranja, rojo, amarillo y azul. El niño prendió fuego a la esquina con sus colores. Sus lápices -sobre todo aquel de color amarillo, tan largo- se prendieron de los postigos y las contraventanas, verdes, y todo crujía, brillaba, se trenzaba. Se desmigó sobre su cabeza, en una hermosa lluvia de ceniza, que le abrasó.
domingo, 28 de agosto de 2016
Nunca nadie. Margarita Posada.
La puerta del ascensor se abrió como por ochentava vez. Estaba mirándome el dedo chiquito. Lo tenía rojo porque se me resbaló una maleta de la mano esa mañana. Ella parecía una bailarina de ballet. Lo que más me atrajo fue su cuello. Tenía el mentón pegado al pecho y su nuca sobresalía sobre todas las cosas del mundo. Justo después del tin que suena cuando llega el ascensor, oí cómo tomaba aire casi en un suspiro, levantaba la cabeza, se reincorporaba y salía. Quise creer que venía hacia mí con su pelo mojado en una moña y la cara recién lavada. Nunca supe si era huésped del hotel, pero en todo caso no se había registrado durante mi turno. Olvidé mi dedo meñique y me la grabé toda en la cabeza, por si salía muy rápido y no volvía a verla. Tenía un pantalón de sudadera delgadito y un saco gris de capucha.
Era cierto que venía hacia mí. Cuando estuvo cerca noté que tenía los ojos encharcados. Sus lágrimas se resistían a salir y seguro no podía enfocar bien, porque parecían una piscina a punto de desbordarse. Entonces tuvo que pedirme que le consiguiera un taxi y su voz, una voz honda y grave, se quebró de tristeza. Nunca he sentido que alguien me necesitara tanto. Fue a tumbarse en un sofá del lobby, muy cerca de donde yo llamaba el taxi. Sus lágrimas empezaron a salir en un silencio mustio que no fui capaz de romper. Habría podido preguntarle si estaba bien, pero hacerle esa pregunta a alguien tan triste era francamente tonto. Lo que necesitaba de mí era un taxi, nada más. Empecé a dar los datos y entonces me preguntaron que a nombre de quién el servicio. Tapé el auricular con una mano y le pregunté con mucha prudencia: «Su nombre, señorita». Ella miraba hacia ninguna parte y no se dio cuenta de que le hablaba. Seguía llorando, sin gemir, sin moverse, casi sin parpadear. Ni siquiera se limpiaba las lágrimas, solo las dejaba caer y de vez en cuando se chupaba los pómulos como haciendo un puchero muy sutil. Me pareció inútil volver a preguntar, así que le inventé un nombre a la operadora. Luego me acerqué y le dije que en cinco minutos llegaba el servicio. Ella salió de su ensimismamiento por un segundo y me dijo gracias como si le hubiera salvado la vida.
Pasó una eternidad mientras llegaba el taxi. Era tan hermosa y lloraba tanto que no podía quitarle los ojos de encima, así que la miraba de reojo para que no se sintiera observada. Alcancé a imaginarme todas las historias posibles, pero ninguna encajaba en su tristeza. Si la hubiera dejado un amante —pensaba— no lloraría sin taparse la cara, las mujeres tienen una dignidad de hierro. Si le hubieran avisado de que alguien había muerto, estaría desesperada. Si le doliera algo, su cara se contorsionaría, pero tampoco.
De repente supe que no necesitaba saber qué le pasaba para acompañarla en su dolor. Lo que había surgido como un morbo del más ramplón iba convirtiéndose poco a poco en una solidaridad sin condiciones. Me hubiera gustado acercarme, sentarme a su lado y consentirle el pelo empapado. A lo mejor cogerle una mano y llevar su cabeza a mi pecho para luego decirle que todo iba a estar bien. Pero me encontraba ahí, paralizado ante su llanto, queriendo callar a gritos al pianista del bar, que tocaba cualquier cursilería desagradable que ella no merecía, y sabía perfectamente que nada iba a estar bien para ella esa noche.
Cuando el taxi llegó le avisé con una mueca. Ella se paró del sofá y, antes de desaparecer para siempre en el Chevrolet amarillo que la esperaba en la puerta, volvió a decirme gracias desde el fondo de su corazón, con la voz aún más quebrada y ronca. Nunca nadie me había necesitado tanto.
Era cierto que venía hacia mí. Cuando estuvo cerca noté que tenía los ojos encharcados. Sus lágrimas se resistían a salir y seguro no podía enfocar bien, porque parecían una piscina a punto de desbordarse. Entonces tuvo que pedirme que le consiguiera un taxi y su voz, una voz honda y grave, se quebró de tristeza. Nunca he sentido que alguien me necesitara tanto. Fue a tumbarse en un sofá del lobby, muy cerca de donde yo llamaba el taxi. Sus lágrimas empezaron a salir en un silencio mustio que no fui capaz de romper. Habría podido preguntarle si estaba bien, pero hacerle esa pregunta a alguien tan triste era francamente tonto. Lo que necesitaba de mí era un taxi, nada más. Empecé a dar los datos y entonces me preguntaron que a nombre de quién el servicio. Tapé el auricular con una mano y le pregunté con mucha prudencia: «Su nombre, señorita». Ella miraba hacia ninguna parte y no se dio cuenta de que le hablaba. Seguía llorando, sin gemir, sin moverse, casi sin parpadear. Ni siquiera se limpiaba las lágrimas, solo las dejaba caer y de vez en cuando se chupaba los pómulos como haciendo un puchero muy sutil. Me pareció inútil volver a preguntar, así que le inventé un nombre a la operadora. Luego me acerqué y le dije que en cinco minutos llegaba el servicio. Ella salió de su ensimismamiento por un segundo y me dijo gracias como si le hubiera salvado la vida.
Pasó una eternidad mientras llegaba el taxi. Era tan hermosa y lloraba tanto que no podía quitarle los ojos de encima, así que la miraba de reojo para que no se sintiera observada. Alcancé a imaginarme todas las historias posibles, pero ninguna encajaba en su tristeza. Si la hubiera dejado un amante —pensaba— no lloraría sin taparse la cara, las mujeres tienen una dignidad de hierro. Si le hubieran avisado de que alguien había muerto, estaría desesperada. Si le doliera algo, su cara se contorsionaría, pero tampoco.
De repente supe que no necesitaba saber qué le pasaba para acompañarla en su dolor. Lo que había surgido como un morbo del más ramplón iba convirtiéndose poco a poco en una solidaridad sin condiciones. Me hubiera gustado acercarme, sentarme a su lado y consentirle el pelo empapado. A lo mejor cogerle una mano y llevar su cabeza a mi pecho para luego decirle que todo iba a estar bien. Pero me encontraba ahí, paralizado ante su llanto, queriendo callar a gritos al pianista del bar, que tocaba cualquier cursilería desagradable que ella no merecía, y sabía perfectamente que nada iba a estar bien para ella esa noche.
Cuando el taxi llegó le avisé con una mueca. Ella se paró del sofá y, antes de desaparecer para siempre en el Chevrolet amarillo que la esperaba en la puerta, volvió a decirme gracias desde el fondo de su corazón, con la voz aún más quebrada y ronca. Nunca nadie me había necesitado tanto.
sábado, 27 de agosto de 2016
Amigos. Juan Carlos Márquez.
Un hombre con la ropa hecha jirones que hedía a vino barato me paró ayer en el vestíbulo del supermercado: «Eh, Adolfo, ¿no me reconoces? Soy yo, Leo, tu amigo imaginario de la infancia».
viernes, 26 de agosto de 2016
Motivo literario. Mónica Lavín.
Le escribió tantos versos, cuentos, canciones y hasta novelas que una noche, al buscar con ardor su cuerpo tibio, no encontró más que una hoja de papel entre las sábanas.
jueves, 25 de agosto de 2016
Nieve falsa. Eva Sánchez Palomo.
Cogí el billete de cinco euros que me habías dejado sobre la mesita del recibidor y salí corriendo. En el ascensor, mientras bajaba, iba repitiendo en mi cabeza lo que me habías encargado, “chinchetas doradas de cabeza plana, chinchetas doradas de cabeza plana”, quería hacerlo bien, no como la última vez.
La calle estaba desierta, había empezado a nevar y el intenso frío congelaba mi aliento, yo jugaba a hacer como que fumaba exhalando vapor por entre la lana de mi bufanda, me encanta hacer eso. Aunque todavía no era muy tarde las farolas estaban encendidas y emitían una luz triste y raquítica de día de invierno. Caminé sin detenerme hasta llegar a la librería.
No había clientes y el señor Julián estaba apoyado en la vitrina de los bolígrafos leyendo un libro, dejó sus gafas y vino a ver qué quería. Le pedí las chinchetas. “Chinchetas doradas de cabeza plana”, repitió, “voy a ver qué tengo en el almacén, todas las que tengo por aquí son de colores, espérame un segundo”.
Mientras el señor Julián buscaba las chinchetas me puse a curiosear por la tienda. Nunca había estado allí yo solo, siempre he ido contigo o con mamá, así que me sentía especial, libre. Miré un rato los peluches, los coches, pero mi atención enseguida se desvió hacia un estante lleno completamente de esas medio esferas con nieve por dentro. Tenía decenas, todas allí colocaditas. Y no eran esas esferas baratas, de plástico, como las que hay en la tienda de los chinos, no, eran todas de cristal, muy parecidas entre sí, con muchos detalles en las pequeñas escenas que tenían formadas en el interior. Eran ciudades, montañas, jardines, escenas marinas, había de todo tipo. El interior de la esfera está lleno de un líquido transparente y los copos de esa falsa nieve, brillan y caen despacio, como si nevara de verdad allí dentro. Así que cogí las esferas y las fui agitando una a una. Empezó a nevar en todos aquellos pequeños mundos al mismo tiempo. Era una gozada, me quedé allí mirando caer los pequeños copos de nieve falsa, hipnotizado por el movimiento de esos puntitos diminutos. Era gracioso, porque nevaba en la calle y también nevaba dentro de la tienda, dentro de las esferas.
Empecé a impacientarme por el señor Julián, así que me acerqué a la puerta del almacén y oí que estaba hablando por teléfono. Entonces volví a las esferas y fue cuando lo vi. Eran dos figuras diminutas que nadaban dentro de la esfera. Me quedé atónito. Dos personas, un hombre y una mujer, llegaron buceando ágilmente hasta el centro de lo que parecía una plazoleta en medio de una escena navideña: árboles de navidad, muñecos de nieve, un santa Claus frente al edificio más grande. Escarbaban con sus brazos entre la falsa nieve que ya había caído para llegar a la base de plástico, sin duda buscaban una salida de esa cárcel de cristal.
Cogí la semiesfera con las manos y me la acerqué todo lo que pude a los ojos, no me lo podía creer, me temblaba todo el cuerpo. Solté la bola y ellos debieron asustarse ante ese brusco movimiento porque los vi esconderse. Nadaron hasta una de las casitas de plástico de la escena. Entre el frontal donde estaban dibujadas la puerta y la ventana y el lateral de la casita había un hueco estrecho por el que se metieron.
En ese momento regresó el señor Julián con las chinchetas. Yo no sabía qué hacer, no tenía dinero suficiente para pagar los casi diez euros que costaba la esfera, pero tampoco podía dejarla allí, así que sin pensarlo demasiado cogí la esfera, me la metí en uno de los bolsillos del abrigo y corrí hacia el mostrador.
-Perdona, chico, pero he tenido que llamar a mi mujer para que me dijera dónde guardamos estas cosas, son dos con cincuenta.- Le dí el billete, el señor Julián me dio las chinchetas y el cambio y salí corriendo de la tienda.
El corazón me latía a máxima velocidad, creí que me iba a dar algo. Llevaba las manos en los bolsillos, con una tocaba la esfera de cristal, congelada en comparación con el calor que desprendía mi mano, y con la otra daba vueltas sin parar a la caja de las chinchetas.
¿Qué iba a hacer ahora? ¿Me estaba volviendo loco? Me dirigí hasta el parque sin pensarlo demasiado, allí podría pensar con más tranquilidad. Había dejado de nevar, pero la calle seguía prácticamente vacía, solo se veían algunas personas andando deprisa para llegar cuando antes a sus casas y escapar de ese frío que cortaba la cara. Me senté en el banco de piedra, enfrente de la fuente. El parque estaba triste de tan vacío, sin niños, sin pájaros, mal iluminado por unas míseras farolas que alumbraban a unos árboles avergonzados de su desnudez.
Temblando, saqué la esfera, la acerqué a mi cara, y me quedé muy quieto. Nada se movía, estuve así mucho rato, se me helaban la cara y las manos. No dejaba de mirar el hueco por el que se habían metido esas personas, un diminuto agujero en una diminuta casita de plástico dentro de media esfera de cristal sobre un soporte de madera. Era de locos.
Nada se movió durante mucho rato, pero por fin pude ver primero una cabeza, luego la otra, eran el hombre y la mujer. Tiraban el uno del otro y se ayudaban a avanzar dentro de ese líquido transparente que llenaba la esfera. Se metían entre la nieve que cubría el fondo y se les veía trabajar incansablemente levantando la nieve, apartando con sus brazos montones y montones de copos brillantes. Era angustioso verles así, buscando un resquicio por el que escapar.
Entonces apoyé con cuidado la esfera en el banco, me quité el guante y golpee dos veces con la uña. El cristal sonó con ese ruido tan característico. Se quedaron paralizados, no sabían de donde venía ese sonido, entonces la mujer miró hacia arriba y debió ver mis ojos, enormes, monstruosos, y señaló hacia mí. Él tiró de ella hacia arriba y nadaron hacia la parte superior de la esfera, hasta apoyarse en el cristal por su parte más alejada de la base, allí donde estaban mis ojos mirándoles atónitos. Empezaron a hacerme señas, no entendía muy bien qué querían decirme, pero sin duda pedían ayuda, querían que les liberara de esa cárcel de agua y cristal. Así que agarré la bola y la golpeé con todas mis fuerzas contra una de las patas de piedra del banco. Al primer golpe se hizo añicos.
Sobre la nieve blanca del parque quedó un charquito de un líquido más oleoso que el agua, y sobre el charquito dos seres diminutos que boqueaban como peces recién pescados, movían los brazos y las piernas frenéticamente, mientras trataban de respirar un aire que, sin duda, no entraba en sus pulmones. Yo les observé, impotente, hasta que por fin dejaron de moverse y fueron solo dos cuerpos inertes tendidos sobre un charco en el suelo y cubiertos por unos copos de nieve falsa, liviana y brillante.
La calle estaba desierta, había empezado a nevar y el intenso frío congelaba mi aliento, yo jugaba a hacer como que fumaba exhalando vapor por entre la lana de mi bufanda, me encanta hacer eso. Aunque todavía no era muy tarde las farolas estaban encendidas y emitían una luz triste y raquítica de día de invierno. Caminé sin detenerme hasta llegar a la librería.
No había clientes y el señor Julián estaba apoyado en la vitrina de los bolígrafos leyendo un libro, dejó sus gafas y vino a ver qué quería. Le pedí las chinchetas. “Chinchetas doradas de cabeza plana”, repitió, “voy a ver qué tengo en el almacén, todas las que tengo por aquí son de colores, espérame un segundo”.
Mientras el señor Julián buscaba las chinchetas me puse a curiosear por la tienda. Nunca había estado allí yo solo, siempre he ido contigo o con mamá, así que me sentía especial, libre. Miré un rato los peluches, los coches, pero mi atención enseguida se desvió hacia un estante lleno completamente de esas medio esferas con nieve por dentro. Tenía decenas, todas allí colocaditas. Y no eran esas esferas baratas, de plástico, como las que hay en la tienda de los chinos, no, eran todas de cristal, muy parecidas entre sí, con muchos detalles en las pequeñas escenas que tenían formadas en el interior. Eran ciudades, montañas, jardines, escenas marinas, había de todo tipo. El interior de la esfera está lleno de un líquido transparente y los copos de esa falsa nieve, brillan y caen despacio, como si nevara de verdad allí dentro. Así que cogí las esferas y las fui agitando una a una. Empezó a nevar en todos aquellos pequeños mundos al mismo tiempo. Era una gozada, me quedé allí mirando caer los pequeños copos de nieve falsa, hipnotizado por el movimiento de esos puntitos diminutos. Era gracioso, porque nevaba en la calle y también nevaba dentro de la tienda, dentro de las esferas.
Empecé a impacientarme por el señor Julián, así que me acerqué a la puerta del almacén y oí que estaba hablando por teléfono. Entonces volví a las esferas y fue cuando lo vi. Eran dos figuras diminutas que nadaban dentro de la esfera. Me quedé atónito. Dos personas, un hombre y una mujer, llegaron buceando ágilmente hasta el centro de lo que parecía una plazoleta en medio de una escena navideña: árboles de navidad, muñecos de nieve, un santa Claus frente al edificio más grande. Escarbaban con sus brazos entre la falsa nieve que ya había caído para llegar a la base de plástico, sin duda buscaban una salida de esa cárcel de cristal.
Cogí la semiesfera con las manos y me la acerqué todo lo que pude a los ojos, no me lo podía creer, me temblaba todo el cuerpo. Solté la bola y ellos debieron asustarse ante ese brusco movimiento porque los vi esconderse. Nadaron hasta una de las casitas de plástico de la escena. Entre el frontal donde estaban dibujadas la puerta y la ventana y el lateral de la casita había un hueco estrecho por el que se metieron.
En ese momento regresó el señor Julián con las chinchetas. Yo no sabía qué hacer, no tenía dinero suficiente para pagar los casi diez euros que costaba la esfera, pero tampoco podía dejarla allí, así que sin pensarlo demasiado cogí la esfera, me la metí en uno de los bolsillos del abrigo y corrí hacia el mostrador.
-Perdona, chico, pero he tenido que llamar a mi mujer para que me dijera dónde guardamos estas cosas, son dos con cincuenta.- Le dí el billete, el señor Julián me dio las chinchetas y el cambio y salí corriendo de la tienda.
El corazón me latía a máxima velocidad, creí que me iba a dar algo. Llevaba las manos en los bolsillos, con una tocaba la esfera de cristal, congelada en comparación con el calor que desprendía mi mano, y con la otra daba vueltas sin parar a la caja de las chinchetas.
¿Qué iba a hacer ahora? ¿Me estaba volviendo loco? Me dirigí hasta el parque sin pensarlo demasiado, allí podría pensar con más tranquilidad. Había dejado de nevar, pero la calle seguía prácticamente vacía, solo se veían algunas personas andando deprisa para llegar cuando antes a sus casas y escapar de ese frío que cortaba la cara. Me senté en el banco de piedra, enfrente de la fuente. El parque estaba triste de tan vacío, sin niños, sin pájaros, mal iluminado por unas míseras farolas que alumbraban a unos árboles avergonzados de su desnudez.
Temblando, saqué la esfera, la acerqué a mi cara, y me quedé muy quieto. Nada se movía, estuve así mucho rato, se me helaban la cara y las manos. No dejaba de mirar el hueco por el que se habían metido esas personas, un diminuto agujero en una diminuta casita de plástico dentro de media esfera de cristal sobre un soporte de madera. Era de locos.
Nada se movió durante mucho rato, pero por fin pude ver primero una cabeza, luego la otra, eran el hombre y la mujer. Tiraban el uno del otro y se ayudaban a avanzar dentro de ese líquido transparente que llenaba la esfera. Se metían entre la nieve que cubría el fondo y se les veía trabajar incansablemente levantando la nieve, apartando con sus brazos montones y montones de copos brillantes. Era angustioso verles así, buscando un resquicio por el que escapar.
Entonces apoyé con cuidado la esfera en el banco, me quité el guante y golpee dos veces con la uña. El cristal sonó con ese ruido tan característico. Se quedaron paralizados, no sabían de donde venía ese sonido, entonces la mujer miró hacia arriba y debió ver mis ojos, enormes, monstruosos, y señaló hacia mí. Él tiró de ella hacia arriba y nadaron hacia la parte superior de la esfera, hasta apoyarse en el cristal por su parte más alejada de la base, allí donde estaban mis ojos mirándoles atónitos. Empezaron a hacerme señas, no entendía muy bien qué querían decirme, pero sin duda pedían ayuda, querían que les liberara de esa cárcel de agua y cristal. Así que agarré la bola y la golpeé con todas mis fuerzas contra una de las patas de piedra del banco. Al primer golpe se hizo añicos.
Sobre la nieve blanca del parque quedó un charquito de un líquido más oleoso que el agua, y sobre el charquito dos seres diminutos que boqueaban como peces recién pescados, movían los brazos y las piernas frenéticamente, mientras trataban de respirar un aire que, sin duda, no entraba en sus pulmones. Yo les observé, impotente, hasta que por fin dejaron de moverse y fueron solo dos cuerpos inertes tendidos sobre un charco en el suelo y cubiertos por unos copos de nieve falsa, liviana y brillante.
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