jueves, 25 de agosto de 2016

Nieve falsa. Eva Sánchez Palomo.

Cogí el billete de cinco euros que me habías dejado sobre la mesita del recibidor y salí corriendo. En el ascensor, mientras bajaba, iba repitiendo en mi cabeza lo que me habías encargado, “chinchetas doradas de cabeza plana, chinchetas doradas de cabeza plana”, quería hacerlo bien, no como la última vez.

La calle estaba desierta, había empezado a nevar y el intenso frío congelaba mi aliento, yo jugaba a hacer como que fumaba exhalando vapor por entre la lana de mi bufanda, me encanta hacer eso. Aunque todavía no era muy tarde las farolas estaban encendidas y emitían una luz triste y raquítica de día de invierno. Caminé sin detenerme hasta llegar a la librería.

No había clientes y el señor Julián estaba apoyado en la vitrina de los bolígrafos leyendo un libro, dejó sus gafas y vino a ver qué quería. Le pedí las chinchetas. “Chinchetas doradas de cabeza plana”, repitió, “voy a ver qué tengo en el almacén, todas las que tengo por aquí son de colores, espérame un segundo”.

Mientras el señor Julián buscaba las chinchetas me puse a curiosear por la tienda. Nunca había estado allí yo solo, siempre he ido contigo o con mamá, así que me sentía especial, libre. Miré un rato los peluches, los coches, pero mi atención enseguida se desvió hacia un estante lleno completamente de esas medio esferas con nieve por dentro. Tenía decenas, todas allí colocaditas. Y no eran esas esferas baratas, de plástico, como las que hay en la tienda de los chinos, no, eran todas de cristal, muy parecidas entre sí, con muchos detalles en las pequeñas escenas que tenían formadas en el interior. Eran ciudades, montañas, jardines, escenas marinas, había de todo tipo. El interior de la esfera está lleno de un líquido transparente y los copos de esa falsa nieve, brillan y caen despacio, como si nevara de verdad allí dentro. Así que cogí las esferas y las fui agitando una a una. Empezó a nevar en todos aquellos pequeños mundos al mismo tiempo. Era una gozada, me quedé allí mirando caer los pequeños copos de nieve falsa, hipnotizado por el movimiento de esos puntitos diminutos. Era gracioso, porque nevaba en la calle y también nevaba dentro de la tienda, dentro de las esferas.

Empecé a impacientarme por el señor Julián, así que me acerqué a la puerta del almacén y oí que estaba hablando por teléfono. Entonces volví a las esferas y fue cuando lo vi. Eran dos figuras diminutas que nadaban dentro de la esfera. Me quedé atónito. Dos personas, un hombre y una mujer, llegaron buceando ágilmente hasta el centro de lo que parecía una plazoleta en medio de una escena navideña: árboles de navidad, muñecos de nieve, un santa Claus frente al edificio más grande. Escarbaban con sus brazos entre la falsa nieve que ya había caído para llegar a la base de plástico, sin duda buscaban una salida de esa cárcel de cristal.

Cogí la semiesfera con las manos y me la acerqué todo lo que pude a los ojos, no me lo podía creer, me temblaba todo el cuerpo. Solté la bola y ellos debieron asustarse ante ese brusco movimiento porque los vi esconderse. Nadaron hasta una de las casitas de plástico de la escena. Entre el frontal donde estaban dibujadas la puerta y la ventana y el lateral de la casita había un hueco estrecho por el que se metieron.

En ese momento regresó el señor Julián con las chinchetas. Yo no sabía qué hacer, no tenía dinero suficiente para pagar los casi diez euros que costaba la esfera, pero tampoco podía dejarla allí, así que sin pensarlo demasiado cogí la esfera, me la metí en uno de los bolsillos del abrigo y corrí hacia el mostrador.

-Perdona, chico, pero he tenido que llamar a mi mujer para que me dijera dónde guardamos estas cosas, son dos con cincuenta.- Le dí el billete, el señor Julián me dio las chinchetas y el cambio y salí corriendo de la tienda.

El corazón me latía a máxima velocidad, creí que me iba a dar algo. Llevaba las manos en los bolsillos, con una tocaba la esfera de cristal, congelada en comparación con el calor que desprendía mi mano, y con la otra daba vueltas sin parar a la caja de las chinchetas.

¿Qué iba a hacer ahora? ¿Me estaba volviendo loco? Me dirigí hasta el parque sin pensarlo demasiado, allí podría pensar con más tranquilidad. Había dejado de nevar, pero la calle seguía prácticamente vacía, solo se veían algunas personas andando deprisa para llegar cuando antes a sus casas y escapar de ese frío que cortaba la cara. Me senté en el banco de piedra, enfrente de la fuente. El parque estaba triste de tan vacío, sin niños, sin pájaros, mal iluminado por unas míseras farolas que alumbraban a unos árboles avergonzados de su desnudez.

Temblando, saqué la esfera, la acerqué a mi cara, y me quedé muy quieto. Nada se movía, estuve así mucho rato, se me helaban la cara y las manos. No dejaba de mirar el hueco por el que se habían metido esas personas, un diminuto agujero en una diminuta casita de plástico dentro de media esfera de cristal sobre un soporte de madera. Era de locos.

Nada se movió durante mucho rato, pero por fin pude ver primero una cabeza, luego la otra, eran el hombre y la mujer. Tiraban el uno del otro y se ayudaban a avanzar dentro de ese líquido transparente que llenaba la esfera. Se metían entre la nieve que cubría el fondo y se les veía trabajar incansablemente levantando la nieve, apartando con sus brazos montones y montones de copos brillantes. Era angustioso verles así, buscando un resquicio por el que escapar.

Entonces apoyé con cuidado la esfera en el banco, me quité el guante y golpee dos veces con la uña. El cristal sonó con ese ruido tan característico. Se quedaron paralizados, no sabían de donde venía ese sonido, entonces la mujer miró hacia arriba y debió ver mis ojos, enormes, monstruosos, y señaló hacia mí. Él tiró de ella hacia arriba y nadaron hacia la parte superior de la esfera, hasta apoyarse en el cristal por su parte más alejada de la base, allí donde estaban mis ojos mirándoles atónitos. Empezaron a hacerme señas, no entendía muy bien qué querían decirme, pero sin duda pedían ayuda, querían que les liberara de esa cárcel de agua y cristal. Así que agarré la bola y la golpeé con todas mis fuerzas contra una de las patas de piedra del banco. Al primer golpe se hizo añicos.

Sobre la nieve blanca del parque quedó un charquito de un líquido más oleoso que el agua, y sobre el charquito dos seres diminutos que boqueaban como peces recién pescados, movían los brazos y las piernas frenéticamente, mientras trataban de respirar un aire que, sin duda, no entraba en sus pulmones. Yo les observé, impotente, hasta que por fin dejaron de moverse y fueron solo dos cuerpos inertes tendidos sobre un charco en el suelo y cubiertos por unos copos de nieve falsa, liviana y brillante.


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