jueves, 25 de marzo de 2021

La puerta. Eduardo Galeano.

A Carlos, que después de esta historia,
ya en plena democracia,
volvió a prisión por el delito de ser periodista.


En una barraca, por pura casualidad, Carlos Fasano encontró la puerta de la celda donde había estado preso.
Durante la dictadura militar uruguaya, él había pasado seis años conversando con un ratón y con esa puerta de la celda número 282. El ratón se escabullía y volvía cuando quería, pero la puerta estaba siempre. Carlos la conocía mejor que la palma de su mano. No bien la vio, reconoció los tajos que él había cavado con la cuchara, y las manchas, las viejas manchas de la madera, que eran los mapas de los países secretos adonde él había viajado a lo largo de cada día de encierro.
Esa puerta y las puertas de todas las otras celdas fueron a parar a la barraca que las compró, cuando la cárcel se convirtió en shopping center. El centro de reclusión pasó a ser un centro de consumo y ya sus prisiones no encerraban gente, sino trajes de Armani, perfumes de Dior y videos de Panasonic.
Cuando Carlos descubrió su puerta, decidió quedársela. Pero las puertas de las celdas se habían puesto de moda en Punta del Este, y el dueño de la barraca exigió un precio imposible. Carlos regateó y regateó hasta que por fin, con la ayuda de algunos amigos, pudo pagarla. Y con la ayuda de otros amigos, pudo llevarla: más de un musculoso fue necesario para acarrear aquella mole de madera y hierro, invulnerable a los años y a las fugas, hasta la casa de Carlos, en las quebradas de Cuchilla Pereira.
Allí se alza, ahora, la puerta. Está clavada en lo alto de una loma verde, rodeada de verderías, de cara al sol. Cada mañana el sol ilumina la puerta, y en la puerta el cartel que dice: Prohibido cerrar.


lunes, 22 de marzo de 2021

Ni siquiera consiguió llenar la cesta. Svetlana Alexiévich.

Leonid Sivakov, seis años
Actualmente es operario instrumentista


El sol ya había salido…
Los pastores estaban reuniendo las vacas. Los soldados del destacamento punitivo les dieron tiempo para que condujesen el ganado a la otra orilla del riachuelo Greza y empezaron a recorrer las casas. Entraban en ellas siguiendo una lista y fusilaban también siguiendo esa lista. Leían: madre, abuelo, niños, tal y tal edad… Lo comprobaban con la lista en la mano y si faltaba alguien lo buscaban. Sacaban a los niños de debajo de la cama, de encima de la estufa…
Cuando los localizaban a todos, los mataban de un tiro…
En nuestra casa éramos entonces seis personas: mi abuela, mi madre, mi hermana mayor, mis dos hermanos pequeños y yo. Seis personas… Por la ventana vimos que se dirigían a casa de nuestros vecinos. Yo, con mi hermano, el más pequeño, corrí al zaguán y eché la aldabilla de la puerta. Y nos sentamos en el baúl, junto a mamá.
La aldabilla era floja, el alemán la arrancó enseguida. Cruzó el umbral y descargó una ráfaga. No tuve tiempo de ver si era joven o viejo. Todos nos caímos, yo me caí detrás del baúl…
Recobré el conocimiento al notar que algo me goteaba encima… Caían gotas y más gotas, como si fuera agua. Levanté la cabeza: lo que goteaba era la sangre de mamá, mi madre yacía muerta en el baúl. Me arrastré para esconderme debajo de la cama, había sangre por todas partes… Yo mismo estaba bañado en sangre… Empapado…
Oí que entraban dos personas. Hacían cuentas: cuántos muertos había. Uno de ellos dijo: «Aquí falta uno. Hay que encontrarlo». Empezaron a buscar, se inclinaron para mirar debajo de la cama. Mi madre había escondido allí un saco de cereales. Sacaron el saco y se marcharon muy contentos. Se les había olvidado que les faltaba uno de la lista. En cuanto se fueron, me desmayé…
Recobré el conocimiento por segunda vez cuando nuestra casa se incendió…
Noté un calor tremendo y náuseas. Vi que estaba manchado de sangre, pero no comprendía si estaba herido o no, no sentía dolor. Todo se llenó de humo… No sé cómo conseguí salir arrastrándome al huerto; luego seguí hasta el jardín de los vecinos. Solo al llegar allí sentí que me habían herido en una pierna y que tenía un brazo roto. ¡Fue como una sacudida de dolor! Después… otra vez vuelvo a no recordar nada…
La tercera vez que recuperé el conocimiento fue con un grito terrible… Me arrastré hacia ese grito…
El grito quedaba colgado en el aire, como un hilo. Y yo me arrastraba por él como si fuera un hilo. Así llegué al garaje del koljós. Allí no vi a nadie… El grito provenía de debajo de la tierra… Entendí que gritaban desde el foso de engrase…
No podía ponerme de pie, me aproximé hasta el foso a rastras y miré hacia abajo… El foso estaba lleno de gente… Eran los refugiados de Smolensk, que vivían en el edificio de la escuela. Unas veinte familias. Todos estaban tumbados en el foso, y por encima de los cuerpos avanzaba cayéndose una y otra vez una niña herida. Era ella la que gritaba. Miré atrás: ¿hacia dónde arrastrarme? La aldea estaba en llamas… Y no quedaba nadie con vida… Solo esa niña. Me tiré al foso, con ella… No sé cuánto tiempo pasé inconsciente…
Sentí que la niña estaba muerta. La empujaba, la llamaba, y ella no me respondía. Yo era el único que estaba vivo, los demás estaban muertos. El sol calentó el aire, la sangre se evaporaba. La cabeza me daba vueltas…
Pasé así mucho rato, a momentos recuperaba la conciencia. Los fusilamientos fueron un viernes; el sábado vinieron mi abuelo y la hermana de mi madre desde la otra aldea. Me encontraron en el foso, me subieron al carro. El carro daba saltos con cada bache; me dolía, quería gritar, pero no tenía voz. Solo era capaz de llorar… Pasé mucho tiempo sin hablar. Siete años… Susurraba cosas, pero nadie entendía mis palabras. Al cabo de siete años empecé a pronunciar bien una palabra, luego otra… Me escuchaba a mí mismo…
Allí donde antes había estado nuestra casa, el abuelo recogió los huesos en una cesta. Ni siquiera consiguió llenar la cesta…
Ya se lo he contado… ¿Es eso todo? ¿Todo lo que ha quedado de aquella pesadilla? Solo unas cuantas docenas de palabras…

Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial. 1985.

domingo, 21 de marzo de 2021

El cigarrillo. Enrique Anderson Imbert.

El nuevo cigarrero del zaguán —flaco, astuto— lo miró burlonamente al venderle el atado.
Juan entró en su cuarto, se tendió en la cama para descansar en la oscuridad y encendió en la boca un cigarrillo.
Se sintió furiosamente chupado. No pudo resistir. El cigarro lo fue fumando con violencia; y lanzaba espantosas bocanadas de pedazos de hombre convertidos en humo.
Encima de la cama el cuerpo se le fue desmoronando en cenizas, desde los pies, mientras la habitación se llenaba de nubes violáceas.

sábado, 20 de marzo de 2021

El jardín de senderos que se bifurcan. Jorge Luis Borges.

A Victoria Ocampo

En la página 242 de la Historia de la Guerra Europea de Liddell Hart, se lee que una ofensiva de trece divisiones británicas (apoyadas por mil cuatrocientas piezas de artillería) contra la línea Serre-Montauban había sido planeada para el 24 de julio de 1916 y debió postergarse hasta la mañana del día 29. Las lluvias torrenciales (anota el capitán Liddell Hart) provocaron esa demora —nada significativa, por cierto. La siguiente declaración, dictada, releída y firmada por el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés en la Hochschule de Tsingtao, arroja una insospechada luz sobre el caso. Faltan las dos páginas iniciales.


«… y colgué el tubo. Inmediatamente después, reconocí la voz que había contestado en alemán. Era la del capitán Richard Madden. Madden, en el departamento de Viktor Runeberg, quería decir el fin de nuestros afanes y —pero eso parecía muy secundario, o debía parecérmelo— también de nuestras vidas. Quería decir que Runeberg había sido arrestado, o asesinado (1). Antes que declinara el sol de ese día, yo correría la misma suerte. Madden era implacable. Mejor dicho, estaba obligado a ser implacable. Irlandés a las órdenes de Inglaterra, hombre acusado de tibieza y tal vez de traición ¿cómo no iba a abrazar y agradecer este milagroso favor: el descubrimiento, la captura, quizá la muerte, de dos agentes del Imperio Alemán? Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado de las seis. Me pareció increíble que ese día sin premoniciones ni símbolos fuera el de mi muerte implacable. A pesar de mi padre muerto, a pesar de haber sido un niño en un simétrico jardín de Hai Feng ¿yo, ahora, iba a morir? Después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí… El casi intolerable recuerdo del rostro acaballado de Madden abolió esas divagaciones. En mitad de mi odio y de mi terror (ahora no me importa hablar de terror: ahora que he burlado a Richard Madden, ahora que mi garganta anhela la cuerda) pensé que ese guerrero tumultuoso y sin duda feliz no sospechaba que yo poseía el Secreto. El nombre del preciso lugar del nuevo parque de artillería británico sobre el Ancre. Un pájaro rayó el cielo gris y ciegamente lo traduje en un aeroplano y a ese aeroplano en muchos (en el cielo francés) aniquilando el parque de artillería con bombas verticales. Si mi boca, antes que la deshiciera un balazo, pudiera gritar ese nombre de modo que lo oyeran en Alemania… Mi voz humana era muy pobre. ¿Cómo hacerla llegar al oído del jefe? Al oído de aquel hombre enfermo y odioso, que no sabía de Runeberg y de mí sino que estábamos en Staffordshire y que en vano esperaba noticias nuestras en su árida oficina de Berlín, examinando infinitamente periódicos… Dije en voz alta: “Debo huir”. Me incorporé sin ruido, en una inútil perfección de silencio, como si Madden ya estuviera acechándome. Algo —tal vez la mera ostentación de probar que mis recursos eran nulos— me hizo revisar mis bolsillos. Encontré lo que sabía que iba a encontrar. El reloj norteamericano, la cadena de níquel y la moneda cuadrangular, el llavero con las comprometedoras llaves inútiles del departamento de Runeberg, la libreta, una carta que resolví destruir inmediatamente (y que no destruí), el falso pasaporte, una corona, dos chelines y unos peniques, el lápiz rojo-azul, el pañuelo, el revólver con una bala. Absurdamente lo empuñé y sopesé para darme valor. Vagamente pensé que un pistoletazo puede oírse muy lejos. En diez minutos mi plan estaba maduro. La guía telefónica me dio el nombre de la única persona capaz de transmitir la noticia: vivía en un suburbio de Fenton, a menos de media hora de tren.
Soy un hombre cobarde. Ahora lo digo, ahora que he llevado a término un plan que nadie no calificará de arriesgado. Yo sé que fue terrible su ejecución. No lo hice por Alemania, no. Nada me importa un país bárbaro, que me ha obligado a la abyección de ser un espía. Además, yo sé de un hombre de Inglaterra —un hombre modesto— que para mí no es menos que Goethe. Arriba de una hora no hablé con él, pero durante una hora fue Goethe… Lo hice, porque yo sentía que el jefe tenía en poco a los de mi raza —a los innumerables antepasados que confluyen en mí. Yo quería probarle que un amarillo podía salvar a sus ejércitos. Además, yo debía huir del capitán. Sus manos y su voz podían golpear en cualquier momento a mi puerta. Me vestí sin ruido, me dije adiós en el espejo, bajé, escudriñé la calle tranquila y salí. La estación no distaba mucho de casa, pero juzgué preferible tomar un coche. Argüí que así corría menos peligro de ser reconocido; el hecho es que en la calle desierta me sentía visible y vulnerable, infinitamente. Recuerdo que le dije al cochero que se detuviera un poco antes de la entrada central. Bajé con lentitud voluntaria y casi penosa; iba a la aldea de Ashgrove, pero saqué un pasaje para una estación más lejana. El tren salía dentro de muy pocos minutos, a las ocho y cincuenta. Me apresuré; el próximo saldría a las nueve y media. No había casi nadie en el andén. Recorrí los coches: recuerdo unos labradores, una enlutada, un joven que leía con fervor los Anales de Tácito, un soldado herido y feliz. Los coches arrancaron al fin. Un hombre que reconocí corrió en vano hasta el límite del andén. Era el capitán Richard Madden. Aniquilado, trémulo, me encogí en la otra punta del sillón, lejos del temido cristal.
De esa aniquilación pasé a una felicidad casi abyecta. Me dije que ya estaba empeñado mi duelo y que yo había ganado el primer asalto, al burlar, siquiera por cuarenta minutos, siquiera por un favor del azar, el ataque de mi adversario. Argüí que esa victoria mínima prefiguraba la victoria total. Argüí que no era mínima, ya que sin esa diferencia preciosa que el horario de trenes me deparaba, yo estaría en la cárcel, o muerto. Argüí (no menos sofísticamente) que mi felicidad cobarde probaba que yo era hombre capaz de llevar a buen término la aventura. De esa debilidad saqué fuerzas que no me abandonaron. Preveo que el hombre se resignará cada día a empresas más atroces; pronto no habrá sino guerreros y bandoleros; les doy este consejo: “El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado”. Así procedí yo, mientras mis ojos de hombre ya muerto registraban la fluencia de aquel día que era tal vez el último, y la difusión de la noche. El tren corría con dulzura, entre fresnos. Se detuvo, casi en medio del campo. Nadie gritó el nombre de la estación. “¿Ashgrove?”, les pregunté a unos chicos en el andén. “Ashgrove”, contestaron. Bajé.
Una lámpara ilustraba el andén, pero las caras de los niños quedaban en la zona de sombra. Uno me interrogó: “¿Usted va a casa del doctor Stephen Albert?”. Sin aguardar contestación, otro dijo: “La casa queda lejos de aquí, pero usted no se perderá si toma ese camino a la izquierda y en cada encrucijada del camino dobla a la izquierda”. Les arrojé una moneda (la última), bajé unos escalones de piedra y entré en el solitario camino. Éste, lentamente, bajaba. Era de tierra elemental, arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme.
Por un instante, pensé que Richard Madden había penetrado de algún modo mi desesperado propósito. Muy pronto comprendí que eso era imposible. El consejo de siempre doblar a la izquierda me recordó que tal era el procedimiento común para descubrir el patio central de ciertos laberintos. Algo entiendo de laberintos: no en vano soy bisnieto de aquel Ts’ui Pên, que fue gobernador de Yunnan y que renunció al poder temporal para escribir una novela que fuera todavía más populosa que el Hung Lu Meng y para edificar un laberinto en el que se perdieran todos los hombres. Trece años dedicó a esas heterogéneas fatigas, pero la mano de un forastero lo asesinó y su novela era insensata y nadie encontró el laberinto. Bajo árboles ingleses medité en ese laberinto perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quioscos ochavados y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos… Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. Absorto en esas ilusorias imágenes, olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde, obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita. El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país: no de luciérnagas, palabras, jardines, cursos de agua, ponientes. Llegué, así, a un alto portón herrumbrado. Entre las rejas descifré una alameda y una especie de pabellón. Comprendí, de pronto, dos cosas, la primera trivial, la segunda casi increíble: la música venía del pabellón, la música era china. Por eso, yo la había aceptado con plenitud, sin prestarle atención. No recuerdo si había una campana o un timbre o si llamé golpeando las manos. El chisporroteo de la música prosiguió.
Pero del fondo de la íntima casa un farol se acercaba: un farol que rayaban y a ratos anulaban los troncos, un farol de papel, que tenía la forma de los tambores y el color de la luna. Lo traía un hombre alto. No vi su rostro, porque me cegaba la luz. Abrió el portón y dijo lentamente en mi idioma:
—Veo que el piadoso Hsi P’êng se empeña en corregir mi soledad. ¿Usted sin duda querrá ver el jardín?
Reconocí el nombre de uno de nuestros cónsules y repetí desconcertado:
—¿El jardín?
—El jardín de senderos que se bifurcan.
Algo se agitó en mi recuerdo y pronuncié con incomprensible seguridad:
—El jardín de mi antepasado Ts’ui Pên.
—¿Su antepasado? ¿Su ilustre antepasado? Adelante.
El húmedo sendero zigzagueaba como los de mi infancia. Llegamos a una biblioteca de libros orientales y occidentales. Reconocí, encuadernados en seda amarilla, algunos tomos manuscritos de la Enciclopedia Perdida que dirigió el Tercer Emperador de la Dinastía Luminosa y que no se dio nunca a la imprenta. El disco del gramófono giraba junto a un fénix de bronce. Recuerdo también un jarrón de la familia rosa y otro, anterior de muchos siglos, de ese color azul que nuestros artífices copiaron de los alfareros de Persia…
Stephen Albert me observaba, sonriente. Era (ya lo dije) muy alto, de rasgos afilados, de ojos grises y barba gris. Algo de sacerdote había en él y también de marino; después me refirió que había sido misionero en Tientsin “antes de aspirar a sinólogo”.
Nos sentamos; yo en un largo y bajo diván; él de espaldas a la ventana y a un alto reloj circular. Computé que antes de una hora no llegaría mi perseguidor, Richard Madden. Mi determinación irrevocable podía esperar.
—Asombroso destino el de Ts’ui Pên —dijo Stephen Albert—. Gobernador de su provincia natal, docto en astronomía, en astrología y en la interpretación infatigable de los libros canónicos, ajedrecista, famoso poeta y calígrafo: todo lo abandonó para componer un libro y un laberinto. Renunció a los placeres de la opresión, de la justicia, del numeroso lecho, de los banquetes y aun de la erudición y se enclaustró durante trece años en el Pabellón de la Límpida Soledad. A su muerte, los herederos no encontraron sino manuscritos caóticos. La familia, como usted acaso no ignora, quiso adjudicarlos al fuego; pero su albacea —un monje taoísta o budista— insistió en la publicación.
—Los de la sangre de Ts’ui Pên —repliqué— seguimos execrando a ese monje. Esa publicación fue insensata. El libro es un acervo indeciso de borradores contradictorios. Lo he examinado alguna vez: en el tercer capítulo muere el héroe, en el cuarto está vivo. En cuanto a la otra empresa de Ts’ui Pên, a su Laberinto…
—Aquí está el Laberinto —dijo indicándome un alto escritorio laqueado.
—¡Un laberinto de marfil! —exclamé—. Un laberinto mínimo…
—Un laberinto de símbolos —corrigió—. Un invisible laberinto de tiempo. A mí, bárbaro inglés, me ha sido deparado revelar ese misterio diáfano. Al cabo de más de cien años, los pormenores son irrecuperables, pero no es difícil conjeturar lo que sucedió. Ts’ui Pên diría una vez: “Me retiro a escribir un libro”. Y otra: “Me retiro a construir un laberinto”. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto. El Pabellón de la Límpida Soledad se erguía en el centro de un jardín tal vez intrincado; el hecho puede haber sugerido a los hombres un laberinto físico. Ts’ui Pên murió; nadie, en las dilatadas tierras que fueron suyas, dio con el laberinto; la confusión de la novela me sugirió que ése era el laberinto. Dos circunstancias me dieron la recta solución del problema. Una: la curiosa leyenda de que Ts’ui Pên se había propuesto un laberinto que fuera estrictamente infinito. Otra: un fragmento de una carta que descubrí.
Albert se levantó. Me dio, por unos instantes, la espalda; abrió un cajón del áureo y renegrido escritorio. Volvió con un papel antes carmesí; ahora rosado y tenue y cuadriculado. Era justo el renombre caligráfico de Ts’ui Pên. Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre: “Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan”. Devolví en silencio la hoja. Albert prosiguió:
—Antes de exhumar esta carta, yo me había preguntado de qué manera un libro puede ser infinito. No conjeturé otro procedimiento que el de un volumen cíclico, circular. Un volumen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente. Recordé también esa noche que está en el centro de Las mil y una noches, cuando la reina Shahrazad (por una mágica distracción del copista) se pone a referir textualmente la historia de Las mil y una noches, con riesgo de llegar otra vez a la noche en que la refiere, y así hasta lo infinito. Imaginé también una obra platónica, hereditaria, trasmitida de padre a hijo, en la que cada nuevo individuo agregara un capítulo o corrigiera con piadoso cuidado la página de los mayores. Esas conjeturas me distrajeron; pero ninguna parecía corresponder, siquiera de un modo remoto, a los contradictorios capítulos de Ts’ui Pên. En esa perplejidad, me remitieron de Oxford el manuscrito que usted ha examinado. Me detuve, como es natural, en la frase: “Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan”. Casi en el acto comprendí; el jardín de senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts’ui Pên, opta —simultáneamente— por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también proliferan y se bifurcan. De ahí las contradicciones de la novela. Fang, digamos, tiene un secreto; un desconocido llama a su puerta; Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles: Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden morir, etcétera. En la obra de Ts’ui Pên, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones. Alguna vez, los senderos de ese laberinto convergen: por ejemplo, usted llega a esta casa, pero en uno de los pasados posibles usted es mi enemigo, en otro mi amigo. Si se resigna usted a mi pronunciación incurable, leeremos unas páginas.
Su rostro, en el vívido círculo de la lámpara, era sin duda el de un anciano, pero con algo inquebrantable y aun inmortal. Leyó con lenta precisión dos redacciones de un mismo capítulo épico. En la primera, un ejército marcha hacia una batalla a través de una montaña desierta; el horror de las piedras y de la sombra le hace menospreciar la vida y logra con facilidad la victoria; en la segunda, el mismo ejército atraviesa un palacio en el que hay una fiesta; la resplandeciente batalla les parece una continuación de la fiesta y logran la victoria. Yo oía con decente veneración esas viejas ficciones, acaso menos admirables que el hecho de que las hubiera ideado mi sangre y de que un hombre de un imperio remoto me las restituyera, en el curso de una desesperada aventura, en una isla occidental. Recuerdo las palabras finales, repetidas en cada redacción como un mandamiento secreto: “Así combatieron los héroes, tranquilo el admirable corazón, violenta la espada, resignados a matar y a morir”.
Desde ese instante, sentí a mi alrededor y en mi oscuro cuerpo una invisible, intangible pululación. No la pululación de los divergentes, paralelos y finalmente coalescentes ejércitos, sino una agitación más inaccesible, más íntima y que ellos de algún modo prefiguraban. Stephen Albert prosiguió:
—No creo que su ilustre antepasado jugara ociosamente a las variaciones. No juzgo verosímil que sacrificara trece años a la infinita ejecución de un experimento retórico. En su país, la novela es un género subalterno; en aquel tiempo era un género despreciable. Ts’ui Pên fue un novelista genial, pero también fue un hombre de letras que sin duda no se consideró un mero novelista. El testimonio de sus contemporáneos proclama —y harto lo confirma su vida— sus aficiones metafísicas, místicas. La controversia filosófica usurpa buena parte de su novela. Sé que de todos los problemas, ninguno lo inquietó y lo trabajó como el abismal problema del tiempo. Ahora bien, ése es el único problema que no figura en las páginas del Jardín. Ni siquiera usa la palabra que quiere decir tiempo. ¿Cómo se explica usted esa voluntaria omisión?
Propuse varias soluciones; todas, insuficientes. Las discutimos; al fin, Stephen Albert me dijo:
—En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez ¿cuál es la única palabra prohibida?
Reflexioné un momento y repuse:
—La palabra ajedrez.
—Precisamente —dijo Albert—, El jardín de senderos que se bifurcan es una enorme adivinanza, o parábola, cuyo tema es el tiempo; esa causa recóndita le prohíbe la mención de su nombre. Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a perífrasis evidentes, es quizá el modo más enfático de indicarla. Es el modo tortuoso que prefirió, en cada uno de los meandros de su infatigable novela, el oblicuo Ts’ui Pên. He confrontado centenares de manuscritos, he corregido los errores que la negligencia de los copistas ha introducido, he conjeturado el plan de ese caos, he restablecido, he creído restablecer, el orden primordial, he traducido la obra entera: me consta que no emplea una sola vez la palabra tiempo. La explicación es obvia: El jardín de senderos que se bifurcan es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts’ui Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.
—En todos —articulé no sin un temblor— yo agradezco y venero su recreación del jardín de Ts’ui Pên.
—No en todos —murmuró con una sonrisa—. El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros. En uno de ellos soy su enemigo.
Volví a sentir esa pululación de que hablé. Me pareció que el húmedo jardín que rodeaba la casa estaba saturado hasta lo infinito de invisibles personas. Esas personas eran Albert y yo, secretos, atareados y multiformes en otras dimensiones de tiempo. Alcé los ojos y la tenue pesadilla se disipó. En el amarillo y negro jardín había un solo hombre; pero ese hombre era fuerte como una estatua, pero ese hombre avanzaba por el sendero y era el capitán Richard Madden.
—El porvenir ya existe —respondí—, pero yo soy su amigo. ¿Puedo examinar de nuevo la carta?
Albert se levantó. Alto, abrió el cajón del alto escritorio; me dio por un momento la espalda. Yo había preparado el revólver. Disparé con sumo cuidado: Albert se desplomó sin una queja, inmediatamente. Yo juro que su muerte fue instantánea: una fulminación.
Lo demás es irreal, insignificante. Madden irrumpió, me arrestó. He sido condenado a la horca. Abominablemente he vencido: he comunicado a Berlín el secreto nombre de la ciudad que deben atacar. Ayer la bombardearon; lo leí en los mismos periódicos que propusieron a Inglaterra el enigma de que el sabio sinólogo Stephen Albert muriera asesinado por un desconocido, Yu Tsun. El Jefe ha descifrado ese enigma. Sabe que mi problema era indicar (a través del estrépito de la guerra) la ciudad que se llama Albert y que no hallé otro medio que matar a una persona de ese nombre. No sabe (nadie puede saber) mi innumerable contrición y cansancio».

1. Hipótesis odiosa y estrafalaria. El espía prusiano Hans Rabener alias Viktor Runeberg agredió con una pistola automática al protador de la orden de arresto, capitán Richar Madden. Éste, en defensa propia, le causó heridas que determinaron su muerte.

 

El jardín de senderos que se bifurcan, 1944.

viernes, 19 de marzo de 2021

El último cuento. Juan Carlos García Reig.

—En sus cuentos breves el tema de la muerte suele aparecer con cierta frecuencia, ¿a qué se debe?
—No es un tema privativo de mis cuentos, habrá notado que en la vida cotidiana también suele aparecer con cierta frecuencia.
—¿No teme jugar con la muerte?
—Soy un escritor temerario.
—¿Qué está escribiendo ahora?
—Un cuento trivial: el escritor que dialoga con la Muerte y la muy pícara lo sorprende en la mitad de una palabra.
—¿Cuál palabra?
—No lo sé, pero seguramente le va a faltar la última sílaba y el cuento quedará inconclu


jueves, 18 de marzo de 2021

1983. El mundo a un tris de dar el tras. Nieves Concostrina.

El 25 de septiembre de 1983, cuando pasaban catorce minutos de las diez de la noche hora española, madrugada del día siguiente en Moscú… el mundo podría haber acabado patas arriba. Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron en un tris de la guerra nuclear, y dado que España está en medio y, encima, con varias bases americanas en activo en territorio español en aquel momento, nos habría salpicado. Seguro. Aquella noche no ocurrió nada, pero de lo que pudo haber pasado no nos enteramos hasta muchos años después. Ahora se conoce como «el incidente del equinoccio de otoño», y solo el sentido común de un oficial soviético libró al mundo de otra debacle.
Está claro que la ignorancia es la madre de la felicidad, porque no nos enteramos de lo que estuvo a punto de ocurrir. Afortunadamente, los periódicos españoles del día siguiente solo trajeron noticias más o menos normales: una fuga masiva de presos del IRA en Irlanda, un pesquero francés que apresó a uno vasco, el último concierto como dúo de Simon & Garfunkel… pero el titular podría haber sido común en toda la prensa mundial: guerra nuclear, o apocalipsis atómica, como se la llamó entonces. Antes de llegar a lo que ocurrió aquella noche del 83, conviene poner el escenario para entender por qué los yanquis y los soviéticos estaban de los nervios.
Presidía Estados Unidos por aquel entonces Ronald Reagan, que no se empleó precisamente en hacer amigos en la Unión Soviética. Decir que había muy mal rollito se queda corto. En aquel mismo año fue cuando Reagan acuñó el lema «El imperio del mal» cada vez que se refería a la URSS.
En la otra esquina del ring, con calzón rojo, Yuri Andrópov presidiendo la Unión Soviética; un tipo con cara de seta que nos suena menos que otros gerifaltes soviéticos porque lo nombraron máximo líder y a los quince meses se murió, quién sabe si de la emoción. Era un tipo duro, de la vieja guardia. Aplastó la rebelión en Hungría y la primavera de Praga y estuvo implicado en la invasión de Afganistán.
Reagan y Andrópov no eran los más adecuados para estar gobernando el mundo en un momento tan tenso, porque en 1983 estábamos aún en plena guerra fría y a los dos se les fue la olla con los misiles. Estaban apuntándose, no solo desde sus países, sino que desde los países amigos apuntaban a la vez a los países amiguetes del otro. La carrera armamentística estaba en un plan imparable y aquello podía reventar en cualquier momento. Y encima, tres semanas antes del incidente del equinoccio de otoño pasó algo dramático: el derribo de un avión surcoreano por parte de un caza soviético. Era un Boeing 747 que se desvió de su ruta por error, invadió el espacio aéreo de la URSS, y los soviéticos lo confundieron con una nave espía. El piloto encargado de abatirlo, sin embargo, se percató de que era un avión de pasajeros, y como era uno de esos descerebrados que solo cumplen órdenes, disparó. Doscientos sesenta y nueve muertos, entre ellos varios estadounidenses.
Y así llegamos a lo sucedido en la madrugada del 26 de septiembre en una base militar rusa al sur de Moscú, el Punto Central de Mando de los Sistemas de Detección de Ataques con Misiles. Allí enviaban información de los movimientos del enemigo los satélites rusos, y al mando del tinglado estaba el teniente coronel Stanislav Petrov cuando, pasados catorce minutos de la medianoche, se iluminó la luz roja de alerta máxima. Uno de los satélites alertó de que un misil intercontinental de largo alcance había salido de una base estadounidense en Montana con dirección a la Unión Soviética. Petrov se quedó cuajado en su despacho acristalado, que estaba en alto y desde donde veía a todos los operarios con sus ordenadores y sus pantallitas. Unos segundos después el satélite avisó de que estaban en camino otros cuatro misiles. Todos miraban hacia arriba esperando órdenes, pero Petrov indicó que volvieran a sus puestos de control y esperaran.
Algo no le cuadraba y decidió pararse a pensar, lo cual es de agradecer viniendo de un militar soviético. Sabía que el satélite que estaba enviando la información no era precisamente el mejor de la flota; era el satélite tonto. Como Petrov también era técnico informático, pensó que quizás la detección de los cinco misiles fuera una lectura errónea de los ordenadores. Pero siguió pensando, y dedujo que nadie comienza una guerra enviando cinco míseros misiles a un mismo objetivo. Si Estados Unidos lanzara un ataque sorpresa enviaría cientos de misiles con distintos objetivos. Los yanquis tenían preparados 7.000 pepinos intercontinentales, y, aunque no tuvieran previsto lanzarlos todos el mismo día, cinco eran demasiado pocos. Era muy raro, además, que todos los misiles partieran de la misma base de Montana. ¿Y si se le había ido la pinza al ordenador? Algo raro estaba pasando y decidió saltarse el protocolo hasta que supiera exactamente qué era.
Lo que se supone que debería haber hecho Petrov es eso que tanto vemos en las pelis: apretar el botón rojo que avisaba directamente al jefazo Yuri Andrópov, al ministro de Defensa y al jefe del Estado Mayor ruso, seguramente todos muy dispuestos a contraatacar sin pensar. Pero el oficial espabilado sabía que en cuanto apretara aquel botón, la orden siguiente e inmediata era la respuesta de la Unión Soviética lanzando misiles a Estados Unidos.
No apretó.
Solo dedujo que, si en media hora no impactaba nada en territorio soviético, efectivamente, era una falsa alarma. Y si impactaba ya daría igual. Íbamos a morir todos.
Tuvo razón, fue una falsa alarma, una errónea interpretación del satélite tonto. Pero que muy tonto para detectar cinco misiles inexistentes.
Resulta que por estas cosas que tiene el universo, que casi siempre va a su bola, acababa de producirse el equinoccio de otoño, y al cruzar el Sol el ecuador, los rayos rebotaron contra unas nubes, el satélite bobo confundió esas señales térmicas con misiles y saltaron las alarmas. Por eso se lo llamó «El incidente del equinoccio de otoño», un suceso al que no le falta su parte absurda: al teniente coronel Stanislav Petrov le arruinaron la vida.
No importó que su instinto se demostrara acertado, ni importó que evitara una guerra; lo único que tuvieron en cuenta fue que desobedeció las órdenes y que no se ajustó al protocolo que ordenaba no pensar y apretar el botón rojo para que algún desquiciado soviético respondiera con el envío de misiles a Estados Unidos. Y todo porque aplicó la auténtica y genuina inteligencia militar, tan poco utilizada por los altos mandos de todos los ejércitos del mundo.
A Petrov lo destituyeron, le prohibieron hablar del asunto y le hicieron la vida imposible. Necesitó tratamiento psiquiátrico y acabó retirado en un pueblecito ruso con una humilde pensión. Su mujer se pasó diez años preguntándole: «¿Qué hiciste, cariño?» Y él siempre respondía lo mismo para no mentir: «No hice nada, mi amor». Y exactamente hizo eso. Nada.
Tuvieron que pasar diez años antes de que se hiciera pública esta historia, y hasta 1993 estuvieron lavando aquel trapo sucio en casa. Pero acabó trascendiendo, porque en la URSS había más espías que muñecas matrioskas. Los dos únicos reconocimientos que recibió el oficial, ya metidos en el siglo XXI, fueron por parte de Estados Unidos. En 2004 le dieron el premio Ciudadano del Mundo, y en 2006 Naciones Unidas le llevó a Nueva York y le dedicó un homenaje público por su sensatez. Porque el 26 de septiembre de 1983 se mascó la tragedia, pero gracias a Petrov, la guerra fría continuó siendo eso, fría.
Petrov lo perdió todo por usar las neuronas en vez de apretar el botón rojo y liar una guerra nuclear. Enorme diferencia con el papanatas del piloto del caza soviético que el 31 de agosto de 1983 derribó el vuelo 007 de Korean Air porque esas eran las órdenes, aunque vio que era un avión de pasajeros. Y encima se quejó de que solo le dieron una prima de doscientos rublos por su hazaña.
Afortunadamente, Petrov fue la persona adecuada que estaba en el sitio justo para tomar la decisión correcta. Murió a los setenta y siete años, en 2017. Tres hurras por un militar con dos dedos de frente.

Pretérito imperfecto. Historias del mundo desde el año de la pera hasta ayer mismo. 2018.
 

miércoles, 17 de marzo de 2021

Sueño infantil. Cástor Santana.

Me llamo Marta y tengo 9 años —bueno, casi 10—. Acabo de llegar a casa después del colegio y estamos comiendo, como siempre, en la cocina. Mi madre levantándose y sentándose continuamente, atendiéndonos como si estuviéramos en una cafetería: por turnos. Masticando entre risas, empujones y gritos. De repente, levanto la cabeza y veo a mis hermanos y a mi madre dormidos, con la cabeza encima de la mesa; a mí no me extraña, yo también tengo mucho sueño. Así que retiro el plato de comida hacia un lado —qué raro, ya no me acuerdo de lo que estaba comiendo— y pongo mi frente encima de mis brazos flexionados, como cuando echamos la siesta en el colegio después del recreo. Mientras me quedó dormida, sin oler en ningún momento el gas que emana del fogón apagado, oigo las motocicletas de los chicos del barrio, y pienso: ya está aquí el verano.