viernes, 14 de julio de 2023

La inmortalidad. Capítulo 5. Parte I. Milan Kundera.

Aparcó el coche, bajó y se puso a caminar por una ancha avenida. Sentía cansancio y hambre y, como le resultaba triste almorzar sola en un restaurante, pensaba comer algo rápido en el primer bistrot que encontrase. Tiempo atrás hubo en ese barrio muchos simpáticos restaurantes bretones y tascas baratas en las que podían comerse cómodamente crêpes y galettes acompañadas de sidra. Pero un día desaparecieron todas esas tascas y en su lugar aparecieron unos comedores modernos que llevan el triste nombre de fast food. Venció su repugnancia y se dirigió a uno de ellos. A través del cristal veía a la gente en las mesas, inclinada sobre grasientas bandejas de papel. Su mirada se detuvo en una chica con la piel muy pálida y los labios pintados de rojo. Terminó de comer en ese momento, apartó a un lado un vaso de Coca-Cola vacío, echó hacia atrás la cabeza y se metió entero en la boca el dedo índice; le dio vueltas durante largo rato, poniendo los ojos en blanco. El hombre de la mesa de al lado estaba casi tumbado en la silla y, los ojos fijos en la calle, abría la boca. No era un bostezo que tuviera principio y fin, era un bostezo interminable como una melodía de Wagner: la boca iba cerrándose a ratos pero nunca del todo, sino que volvía una y otra vez a abrirse de par en par, mientras que en un movimiento contrario al de la boca sus ojos fijos en la calle se entrecerraban y volvían a abrirse. Bastantes personas más bostezaban, enseñando los dientes, los empastes, las coronas, las dentaduras postizas y ninguna de ellas se tapaba la boca. Un niño vestido de rosa recorría las mesas, con un osito cogido por una pierna, y él también abría la boca; pero era evidente que no bostezaba sino que gritaba. De vez en cuando le daba con el osito a alguno de los clientes. Las mesas estaban muy juntas, de modo que incluso a través del cristal era evidente que cada uno de ellos tenía que tragar, junto con la comida, el olor del sudor que exhalaba la piel del vecino debido al calor de aquel día de junio. La ola de fealdad visual, olfativa, gustativa (imaginaba con intensidad el sabor de la grasienta hamburguesa rociada con agua dulce) le golpeó en la cara con tal fuerza que dio media vuelta, decidida a buscar otro sitio donde calmar el hambre.
La acera estaba tan llena que se caminaba con dificultad. Las altas figuras de dos nórdicos pálidos de cabellos rubios se abrían paso entre la multitud delante de ella: un hombre y una mujer, que sobresalían ambos dos cabezas por encima de la masa de franceses y árabes. A cada uno le colgaba de la espalda una mochila rosada y del vientre una criatura sujeta con un correaje especial. Al cabo de un rato desaparecieron de su vista y vio ante sí a una mujer vestida con unos pantalones anchos que le llegaban justo por encima de la rodilla, como correspondía a la moda de ese año. Su trasero parecía con ese atuendo aún más grueso y próximo al suelo, y los muslos desnudos y pálidos parecían un jarrón de artesanía decorado con el relieve de las varices, de un azul intenso, retorcidas como un ovillo de pequeñas serpientes. Agnes se dijo: esa mujer podría encontrar veinte vestidos distintos que harían su trasero menos monstruoso y cubrirían las venas azules. ¿Por qué no lo hace? ¡Ya no se trata sólo de que la gente no procure ser más guapa cuando sale, se trata de que ni siquiera intenta ser menos fea!
Se dijo: cuando el asalto de la fealdad se vuelva completamente insoportable, compraré en la floristería un nomeolvides, un único nomeolvides, ese delgado tallo con una florecita azul en miniatura, saldré con él a la calle y lo sostendré delante de la cara con la vista fija en él para no ver más que ese único hermoso punto azul, para verlo como lo último que quiero conservar para mí y para mis ojos de un mundo al que he dejado de querer. Iré así por las calles de París, la gente comenzará pronto a conocerme, los niños irán corriendo pronto tras de mí, se reirán de mí, me tirarán cosas y todo París me llamará: la loca del nomeolvides…
Siguió su camino: con el oído derecho registraba la marea musical, el golpear rítmico de la percusión que llegaba hasta ella desde las tiendas, las peluquerías, los restaurantes: en el oído izquierdo caían todos los sonidos de la calzada: el zumbido monolítico de los coches, el ruido aplastante del autobús que se ponía en marcha. Después la atravesó el sonido agudo de una motocicleta. No pudo evitar ponerse a investigar de inmediato quién le producía ese dolor físico: una chica con vaqueros, con el pelo negro ondeando tras ella, erguida en una pequeña motocicleta como si estuviera ante una máquina de escribir; la motocicleta no tenía silenciador y hacía un ruido horrendo.
Agnes recordó a la joven que había entrado unas horas antes en la sauna para enseñarles su yo, para obligar a otros a aceptarlo, exclamando ya desde el umbral que odiaba la ducha caliente y la modestia. Agnes estaba segura de que era la misma motivación la que llevaba a la chica del pelo negro a desmontar el silenciador de la motocicleta. No era la máquina la que hacía ruido, era el yo de la chica de pelo negro; aquella chica, para hacerse oír, para penetrar en la conciencia de los demás, había fijado a su alma el ruidoso escape del motor. Agnes miraba el pelo ondulante de aquella alma ruidosa y se daba cuenta de que deseaba intensamente la muerte de la chica. Si ahora chocase contra el autobús y quedase en medio de un charco de sangre en el asfalto, Agnes no sentiría horror ni tristeza, sólo satisfacción.
Inmediatamente se asustó de su odio y se dijo: el mundo ha llegado al límite de una frontera; si la cruza todo puede convertirse en una locura: la gente andará por la calle con un nomeolvides en la mano o se matará a primera vista. Y bastará muy poco, una gota de agua que haga que se desborde el vaso: que haya por ejemplo en la calle un coche, una persona o un decibelio más. Hay una especie de límite cuantitativo que no debe superarse, sólo que nadie lo vigila y es probable que ni siquiera se sepa que existe.
Siguió caminando por la acera y había cada vez más gente y nadie le cedía el paso, de modo que bajó a la calzada y siguió su camino entre la acera y los coches en marcha. Era una antigua experiencia suya: la gente no le cedía el paso. Lo sabía, lo sentía como un infausto sino y con frecuencia trataba de quebrantarlo: intentaba armarse de valor, avanzar con coraje, no apartarse de su camino y obligar al que venía hacia ella a hacerse a un lado, pero nunca lo lograba. En esta cotidiana, trivial prueba de fuerzas ella era siempre la derrotada. Una vez vino hacia ella un niño de unos siete años, Agnes trató de no apartarse de su camino pero al final no le quedó otro remedio para evitar chocar contra el niño.
Le vino a la mente un recuerdo: tenía unos diez años cuando fue una vez con sus padres de paseo a la montaña. En medio de un ancho camino, en un bosque, les cerraron el paso dos chicos del lugar: uno de ellos llevaba en la mano un palo en posición horizontal para impedir que pasaran: «¡Esto es un camino privado! ¡Aquí se paga peaje!», decía y esgrimía el palo de modo que llegó a rozar la barriga del padre.
No era probablemente sino una jugarreta infantil y hubiera bastado con apartar al chiquillo. O una forma de mendicidad y bastaba con sacar un franco del bolsillo. Pero el padre dio media vuelta y prefirió buscar otro camino. Francamente, les daba lo mismo, porque estaban paseando sin rumbo y poco les importaba ir a un sitio u otro; sin embargo la madre se enfadó con el padre y no pudo evitar decirle: «¡No le hace frente ni a unos chicos de doce años!». Agnes también se quedó entonces un poco desencantada por la manera de actuar del padre.
Una nueva ofensiva de ruido interrumpió el recuerdo: unos hombres con cascos en la cabeza se apoyaban en martillos neumáticos sobre el asfalto de la calzada. En medio de ese estruendo se oyó de pronto, desde algún lugar en lo alto, como proveniente del cielo, una fuga de Bach al piano. Era evidente que alguien en la planta más alta había abierto la ventana y puesto la música a toda potencia para que la severa belleza de Bach sonara como una amenazadora advertencia a un mundo que ha elegido el mal camino. Pero la fuga de Bach no era capaz de hacer frente adecuadamente a los martillos y a los coches, por el contrario, los coches y los martillos se apoderaban de la fuga de Bach como parte de su propia fuga, así que Agnes se llevó las manos a las orejas y prosiguió de ese modo su camino.
En ese momento un peatón que iba en sentido contrario la miró con odio y se llevó un dedo a la frente, lo cual en el idioma de los gestos de todos los países del mundo significa que se le indica a alguien que está loco, tocado o mal de la cabeza. Agnes percibió esa mirada, ese odio, y se apoderó de ella una rabia enloquecida. Se detuvo. Quería lanzarse contra aquel hombre. Quería pegarle. Pero no podía, la multitud ya se lo llevaba y alguien chocó con ella, porque en la acera era imposible detenerse más de tres segundos.
Tuvo que seguir su camino pero no pudo dejar de pensar en él: los dos caminaban en medio del mismo ruido pero a pesar de eso él consideraba necesario darle a entender que no tenía motivo alguno y quién sabe si derecho alguno a taparse los oídos. Aquel hombre la llamaba al orden que con su gesto había perturbado. Era la igualdad misma la que en la persona de él la regañaba, dispuesta a no tolerar que nadie se negara a pasar por lo que todos tienen que pasar. La igualdad misma le prohibía no estar de acuerdo con el mundo en el que todos vivimos.
El deseo de matar a aquel hombre no fue sólo una reacción momentánea. Cuando se alejó la excitación inmediata, el deseo quedó dentro de ella y a él se unió el asombro de ver que era capaz de semejante inquina. La imagen del hombre que se lleva el dedo a la frente se revolvía en sus entrañas como un pescado envenenado que se descompone lentamente y no consigue ser expulsado.
Volvió a recordar a su padre. Desde que lo había visto retroceder ante dos chiquillos de doce años, se lo había imaginado con frecuencia en esta situación: se encuentra en un barco que se hunde; hay pocos botes salvavidas y no habrá en ellos sitio para todos; por eso en cubierta hay un furioso tumulto. El padre corre al principio junto a los demás, pero, cuando ve cómo se empujan todos, dispuestos a pisarse unos a otros, y cuando por fin una dama enfadada le da un puñetazo porque le estorba en su camino, de pronto se detiene y después se aparta por completo. Y al final se queda mirando cómo descienden lentamente hacia las olas encrespadas los botes repletos de gente que grita y maldice.
¿Cómo denominar la actitud del padre? ¿Cobardía? No. Los cobardes temen por su vida y por eso son capaces de pelear furiosamente por ella. ¿Nobleza? Podría hablarse de ella si lo que guiase al padre fuese consideración para con el prójimo. Pero Agnes no creía en esta motivación. ¿De qué se trataba entonces? No sabía responder. Sólo una cosa era segura: en un barco que se hunde y en el que es necesario pegarse con otras personas para acceder a los botes salvavidas, su padre habría estado de antemano condenado a muerte.
Sí, eso era seguro. La pregunta que ahora se hacía era ésta: ¿sentía su padre hacia aquella gente del barco el odio que ella sentía hacia la motociclista o hacia el hombre que se burlaba de ella porque se tapaba los oídos? No, Agnes no puede imaginar que su padre supiera odiar. El peligro del odio consiste en que nos ata al adversario en un estrecho abrazo. En eso radica la obscenidad de la guerra: la intimidad de la sangre que se mezcla, la lasciva proximidad de dos soldados que se apuñalan y se miran a los ojos. Agnes está segura de que era precisamente esta intimidad la que le repugnaba al padre. El tumulto en el barco le asqueaba tanto que prefería ahogarse. El contacto físico con gentes que se empujan unas a otras y se envían mutuamente a la muerte le parecía mucho peor que terminar su vida solo en la límpida pureza de las aguas.
El recuerdo de su padre empezó a liberarla del odio que la había invadido hacía un instante. La imagen envenenada del hombre que se lleva el dedo a la frente iba desapareciendo lentamente de su mente, que se llenaba de esta frase: no puedo odiarlos porque nada me une a ellos; no tengo nada que ver con ellos.

La inmortalidad, 1988.

jueves, 13 de julio de 2023

Veteranos. Nuria Botey.

Los niños ingresados en la planta de trasplantes no sienten miedo ante los fantasmas infantiles que rondan de noche por los pasillos. En cambio, las figuras silenciosas de las enfermeras les hacen llorar amargamente.

Mosquitos en tu alcoba, 2013.

miércoles, 12 de julio de 2023

El acueducto de Segovia. José María Merino.

Hace muchísimos años, antes de que existiese el acueducto, los segovianos debían recorrer un largo trecho fuera de la ciudad para recoger el agua que precisaban en su vida diaria. Algunos, si las necesidades de la casa eran grandes, se veían obligados a hacer más de un viaje. Esto le sucedía a una muchacha, aunque ya no se conoce si sus obligaciones provenían de su trabajo en la servidumbre de algún señor o de la pertenencia a una familia con muchos miembros. Mas lo cierto es que, cargada con sus cántaros, la muchacha descendía hasta las fuentes y volvía a subir la empinada cuesta varias veces cada día.
El trabajo le resultaba muy enfadoso, y la muchacha lo sentía como la más intolerable de las tareas que pudiera imaginar. En cierta ocasión en que lo caluroso del día hacía más duros los esfuerzos de su caminata, la muchacha lanzó una desesperada exclamación, dirigida a su propia desdicha, asegurando que daría cualquier cosa por tener el agua a la puerta de casa y evitar aquel penoso deber que la sujetaba como un castigo.
En aquel momento, la muchacha sintió una vocecita que la llamaba, y pudo ver que en el camino, detrás de ella, había una niña. La muchacha, malhumorada, le preguntó a la niña qué quería, y la niñita repuso si era verdad que daría cualquier cosa por conseguir que el agua llegase hasta la puerta de su casa y le ahorrase aquella tarea que tanto aborrecía. La muchacha aseguró que sí, pero que desgraciadamente no tenía nada que dar, pero la niñita le recordó que tenía una riqueza, aunque no pudiese verla ni tocarla, que era su alma. La muchacha había apoyado los cántaros en el suelo y se secaba el sudor, perpleja, y la niñita le preguntó si daría el alma. La muchacha se echó a reír y repuso que naturalmente que la daría, porque no le servía de nada, aunque se preguntaba quién iba a querer su alma a cambio de llevar el agua hasta su casa.
En aquel momento, la niñita se desvaneció y en su lugar apareció un señor moreno, con la barba recortada, vestido de negro, muy elegante, que con hermosa voz quiso saber si era cierto que estaba dispuesta a concertar aquel cambio. La admiración de la muchacha ante la prodigiosa transformación no le hizo olvidar su propósito, y contestó que su decisión era firme. Entonces el señor moreno le aseguró que él estaba interesado en su alma y que a cambio de ella se ocuparía de que el agua llegase hasta la puerta de su casa, para evitarle el cansado acarreo de los cántaros.
La muchacha no acababa de creer en su buena suerte, pero sintió también una inquietud repentina, por lo que añadió que, en cualquier caso, para que el acuerdo se cumpliese, el agua debía estar en el lugar pactado antes de que cantasen los gallos de la siguiente jornada, porque no podía resistir aquel trabajo ni un solo día más. Lo breve del plazo no desazonó a su interlocutor, que extendió su mano derecha, buscando la de la muchacha, y aseguró que el trato, el alma de ella a cambio de que la fuente manase a la puerta de su casa antes del alba del día siguiente, quedaba cerrado. La muchacha, al apretar la mano del hombre, sintió un frío sobrenatural. Y el hombre desapareció.
La muchacha cargó otra vez con los cántaros y siguió su camino cuesta arriba, imaginando que el suceso había sido solo una fantasía surgida en el acaloramiento de la hora y del estío. No volvió a acordarse de ello en todo el día. Pero aquella noche se desató sobre Segovia una tormenta nunca vista antes, con incesante retumbar de truenos y un relumbre de relámpagos tan continuo que la noche tenía el brillo del día. La muchacha despertó asustada y pronto comprendió que todos los demás dormían, inmovilizados por un sueño extraño. Salió de la casa y percibió que toda la ciudad parecía sumida en el mismo sueño, incapaz de sentir la violencia de aquella tormenta salvaje e inusitada.
Entonces, en la vaguada que separa el monte del cerro sobre el que se asienta la ciudad, a la iluminación fulgurante de los rayos, la muchacha pudo ver la figura del señor que había concertado con ella el peculiar trueque. La figura no era ya elegante, sino terrible. Envuelta en una gran llamarada rojiza, volaba por los aires transportando enormes piedras y dejándolas sobre el suelo, para formar un alineamiento gigantesco.
La figura llameante descubrió a la muchacha que la contemplaba y lanzó una carcajada que resonó con más fuerza que los propios truenos. La muchacha comprendió que aquel ser era el Diablo, y que su alma debía de ser muy valiosa, si a cambio de ella el Diablo levantaba una construcción como la que anunciaban aquellos sillares que iban formando los cimientos.
La muchacha regresó a su lecho llena de miedo, acongojada por el arrepentimiento, deseosa de no haber establecido su pacto, de seguir obligada a su cansada tarea diaria, pero conservando en su interior, para ella sola, aquella sustancia invisible, impalpable, que el Diablo tenía en tanta estima. Algunos narradores dicen que entonces se le apareció un ángel para confirmar su contrición, otros se conforman con relatar las oraciones con que la muchacha declaró sinceramente su arrepentimiento, pidiendo a Dios que el pacto no pudiese cumplirse.
Parece que, recibida la súplica, en los cielos hubo mucho revuelo, pero no parecía fácil salvar aquella alma, visto el denuedo con que el Diablo estaba trabajando en la construcción de su obra y las muchas horas que quedaban aún hasta el alba. Lo sorprendente del caso es que el Diablo debió de considerar también que no tenía por qué trabajar con tanta prisa. Quién sabe si Dios lo tentó. El hecho es que empezó a ir más despacio, seguro de que le sobraba el tiempo, y se dedicó, entre acarreo y acarreo de sillares, a detenerse en ciertos sitios, a visitar a algunos amigos, a crear discordias en distintos lugares del mundo.
Pasó la noche. Los cálculos del Diablo eran precisos y sabía que quedaba aún una hora hasta el alba y solamente una piedra por colocar para que su obra estuviese concluida y el alma de la incauta aguadora pasase a su poder. Mas las potencias celestiales habían resuelto salvar a la muchacha. Fue solamente un minúsculo ajuste en los mecanismos que hacen fluir y expandirse las galaxias, moverse las constelaciones y rotar los sistemas astrales, pero suficiente para que el giro de nuestro planeta adelantase en una hora la llegada a Segovia de la luz del sol. Y cuando el Diablo se disponía a buscar la última piedra, los gallos cantaron, dejándolo primero atónito y luego furioso al saberse burlado. La luz del sol iluminó enseguida las arcadas monumentales del acueducto, que sigue en pie después de tantos siglos, manifestando el poder del Diablo y el poder de Dios.

Leyendas españolas de todos los tiempos, 2000.

martes, 11 de julio de 2023

Toma mi mano mientras suena el trueno. John Jairo Junieles.

Cuando llueve y truena, mi madre arropa los espejos. Ella me cuenta que la abuela hacía lo mismo, porque los espejos son relámpagos dormidos que el cielo quiere despertar.
Sé que mi madre no cree en las ensoñaciones de la abuela, yo tampoco tengo fe, pero cuando el viento anticipa la lluvia, ambos corremos a vestir los espejos con sábanas y toallas, como si al llover la abuela despertara a los dos de la pesadilla de no creer.

domingo, 9 de julio de 2023

Lo vio llegar por el maizal. (Fragmento) La Zanja. Alfonso Grosso.

Lo vio llegar por el maizal despacio, con el sombrero de fieltro sin cinta y la blusa de dril, y torcer luego, por la vaguada, donde crecen las amapolas rojas, hasta el melonar. Desde allí, buscándole a la pendiente el sesgo más fácil, fue ganando altura.
Rosarito lavaba sobre el barreño, bajo el sombrajo emparrado de la choza, y dejó la ropa dentro del agua jabonosa y entró en su chamizo que tiene olor agrio y penetrante de la pucherada del mediodía, de leche materna y vinagre. El niño duerme en su cesta de esparto colgada del techo bajo un mosquitero de muselina que le defiende el sueño de las moscas que bullen tercas en la habitación. Llega hasta dentro de la choza el zurear de la collera de palomos grises, con una llamarada roja de sangre sobre la mitad de su pechuga, encerrados en un cajón de leche condensada cerrado con una tela metálica, y el graznido seco y cortante de los grajos que sobrevuelan el barranco y trazan círculos sobre las peñas donde se asientan los raíles de ferrocarril.
Rosarito mete atropelladamente los platos sucios y los cacharros de cocina bajo el fogón. Luego vuelve a salir para enjuagarse las manos en la lejía y secárselas en el delantal. De nuevo entra en la choza y, delante del espejito de marco de color naranja de madera de pino, se alisa los cabellos. Toma después un sorbo de agua de un jarrillo de aluminio, se enjuaga la boca, restriega los dientes con el índice, se desprende del delantal y se sienta en el banquito a la puerta de la choza con las piernas cruzadas.
El hombre atraviesa ya el olivar. Camina despacio bajo el sol y viene silbando, porque ella oye ahora, cada vez más cercanas, las notas descompasadas de su canción. En el último trecho, cuando el hombre cruza la barbechera en blanco y su sombra se alarga en el cañizal amarillo del haza ya segada, el hombre cambia el silbido por la letra. Rosarito se acompaña con palmas lentas y precisas la seguidilla que canta el mozo ya a pocos metros de la choza. Rosarito vuelve a levantarse del banquito y echa una ojeada para dentro de su casa y mira para la viga donde el niño duerme colgado y sale enseguida al encuentro del hombre.
El hombre la toma de la cintura y los dos juntos se sientan en el porche, junto al lebrillo donde Rosarito lavara la ropa que despide un olor dulce y penetrante de lejía.
Los palomos continúan zureándose y el graznido de la pajarada en el barranco se regulariza entre medios paréntesis de silencio.
Rosarito sonríe al hombre. El hombre le sujeta los brazos e intenta besarla.
De eso nada —dice Rosarito—. Todo lo que tú quieras menos eso. Ésta no besa más que a lo que tiene ahí dentro.
Antes no te importaba —dice el hombre.
Antes puede. Ahora como las lentejas: el que quiere las come y el que no las deja.
Eres mala conmigo, Rosario. ¿Qué tiene que ver que tengas ahora un hijo para que me beses?
Rosarito se levanta y hace un remilgo de desdén.
El niño llora dentro de la choza y Rosarito entra en la casa dejando al hombre rebuscándose dinero en el bolsillo.
Rosarito sale con el niño en brazos y lo mece dándole paseos delante del porche:
Tendrás que esperar dice al hombre.
El hombre no contesta. Hace un montoncito con los billetes y se lo alarga a Rosario.
Pues mientras el niño no se duerma...
Déjalo. Déjalo en la cuna.
Eso no. Nunca. Si no se vuelve a dormir tendrás que venir esta noche. Tendrás que darte otra vez la caminata. Antes es él.
El hombre saca un paquete de cigarrillos «Ideales» y enciende uno con su mechero de yesca. Luego se pone a contemplar, mientras fuma silencioso, el barranco, la tierra calcárea y blanquecina sobre la que reverbera el sol, las piedras cortadas a pico sobre las que la vía férrea es dos hilos platino, el monte bajo, la cantera con sus muros altos y sus vetas de tierra caliza donde efectúa sus prácticas anuales de tiro el somatén, donde los civiles todas las semanas disparan un par de peines de sus naranjeros para estar en forma.
Después que vengo por estar contigo adonde me prometí no poner más un pie... —el hombre deja los ojos en la cantera, en la pincelada terrosa sobre el muro calizo—. Después que me haces recordar cada vez que vengo...
Rosarito se pone un dedo sobre los labios mientras sigue meciendo al niño. El hombre se sienta sobre el cajón de los palomos y Rosario hace un gesto silencioso para que se levante y se siente en el banco a esperar. El hombre, con los ojos bajos, fuma despacio. Con los tacones de sus botas de becerro mil veces remendadas escarba sobre la tierra apisonada de la delantera de la choza. Rosarito da los últimos movimientos a los brazos que sostienen al hijo y, de puntillas, entra en el chozo.
Del barranco, a intervalos regulares, llega la graznada seca y doliente de la pajarada revoloteando en círculo sobre las peñas.

La zanja, 1961.

sábado, 8 de julio de 2023

Nosotros matamos a David Foster Wallace. Manu Espada.

Al Colectivo Extrañamiento.
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Nos convertimos en unos auténticos desalmados hijos de perra. Nosotros solos acabamos con la vida de, al menos, una veintena de escritores. Esas muertes siempre se relacionaron con el suicidio. Escritor atormentado y suicidio eran un silogismo atractivo para la prensa y obvio para los forenses. Al primero lo matamos sin querer. Al segundo lo quitamos de en medio con el fin de demostrar que nuestra teoría tenía sentido. Al resto los asesinamos sin piedad. Nos convertimos en asesinos en serie. Todo comenzó cuando acabamos el taller de escritura. Decidimos hacer una tertulia literaria todos los viernes por la tarde. Leíamos nuestros textos en voz alta para que el resto los desollara sin complejos y, de esta forma, acabar el año con un proyecto literario bien armado. También comentábamos el libro de un escritor conocido una vez al mes. David Foster Wallace se suicidó justo al día siguiente de que analizásemos “La niña del pelo raro”. Nos quedamos sorprendidos. Inquietos. Excitados. Podía tratarse de una casualidad, pero decidimos corroborar nuestra descabellada hipótesis. Elegimos a otro autor cuyo nombre obviaré en esta confesión. Horas después de nuestra tertulia, se tiró por el balcón, estallando en mil pedazos. La hipótesis se convertía en fórmula. Podíamos haber elegido escritores muertos, pero nos divertía la idea de jugar con la vida de aquellas personas omnipotentes y convertirlos en frágiles personajes. Primero escogimos a escritores que nos caían mal. Luego decidimos hacer una limpia y seleccionamos a unos cuantos escritores malos, sobre todo de best-sellers. Más tarde decidimos convertir en autores malditos a gente realmente buena. También subimos a los altares del martirio a un par de jóvenes promesas y a poetas de una sola obra. A partir de ese momento no nos regíamos por ningún criterio. Solo disponíamos de sus vidas, de la misma manera que ellos manejaban el destino de los personajes a su antojo y conveniencia. Comentábamos sus obras en la tertulia, y esa misma semana abrían la espita del gas o se cortaban las venas en la bañera. Mientras, continuábamos escribiendo nuestros propios textos. “Ella” fue la primera en acabar su proyecto, una aborrecible novela corta sobre la culpa. Aún recuerdo su sonrisa cuando acabó de leernos el último capítulo y cómo comenzó a revolverse en la silla con mis crueles comentarios. Se levantó entre terribles convulsiones, pero ninguno llegó a tiempo de cerrar la ventana. Yo permanecí sentado con los papeles en la mano. Aquella fue la última vez que nos reunimos. Hasta esta tarde. Sé que se han visto. Sé que han hablado de mi último libro.

Personajes secundarios, 2015.

jueves, 6 de julio de 2023

Esta tarde rompí la porky y tiré los pedacitos a la basura. Eduardo Galeano.

Me había acompañado a todas partes. Se aguantó a mi lado intemperies y maltratos y caídas. Perdió la espiral de alambre y se le salieron las hojas. De las tapas, color lacre, no quedaban más que jirones. La Porky, que supo ser una elegante agenda francesa, se había reducido a un montón de papeles y papelitos atados con un elástico, y andaba toda lajeada y rotosa y sucia de tinta y tierra.
Me costó decidirme. A esa gorda descuajeringada, yo la quería. Me estallaba en las manos cada vez que le pedía una dirección o un teléfono.
Ninguna computadora hubiera podido con ella. La Porky estaba a salvo de espías y policías. En ella yo encontraba lo que buscaba sin esfuerzo: sabía descifrarla manchita por manchita y retazo por retazo.
Entre la A y la Z, la Porky contenía diez años de mi vida.
Nunca la había pasado en limpio. Por pereza, decía; pero era por miedo.
Hoy la maté.
Unos pocos nombres me dolieron de verdad. A la mayoría ya no los reconocía. La libreta estaba llena de muertos; y también de vivos que ya no tenían ningún significado para mí. Confirmé que en estos años, quien había muerto varias veces y varias veces nacido, era yo.

Días y noches de amor y de guerra, 1978.