viernes, 18 de diciembre de 2015
jueves, 17 de diciembre de 2015
Julián. Carmela Greciet. Microrrelato.
Julián se nos iba todas las noches, a eso de las doce, hasta el cerro. Así nevase o hiciese un viento de mil demonios, Julián se nos iba al cerro. Decía me voy al cerro o a veces no decía nada y allá se iba.
Desde casa le oíamos gritar:
—¡Juliáaan! ¡Juliáaan! —llamándose a sí mismo con aquel tono de perro malherido que nos dejaba a todos encogidas las entrañas. Debía de sentirse muy lejos de sí mismo Julián para llamarse gritando de aquel modo, Julián, Julián, alargando las aes como si fuesen ayes, que nos dejaban el alma sin encontrar postura ni sosiego.
Un día, durante la cena, Julián, con los ojos perdidos, como después de haber pensado mucho, dijo:
—Si venís conmigo al cerro a llamarme a lo mejor me oigo.
Yo miré a Paco para ver qué decía. Al fin y al cabo Julián era su hermano, que se entendiera la sangre con la sangre. Los chicos alborotaban, vamos al cerro de noche, vamos al cerro.
El Paco dijo:
—Vamos.
El cerro estaba muy negro. Más quieto que nunca estaba el cerro. Los chicos decían preparados, listo, y el grito salía igual que el de Julián —tan ensayado lo tenía los chicos de burlarse del tonto—, sólo que mucho más fuerte, siendo como éramos siete. A mí se me quebraba un poco la garganta, tan quieto y tan oscuro estaba todo.
Llevábamos un rato muy largo, Juliáaan, Juliáaan, los chicos empezaban a cansarse y yo aferrada a Paco, cuando de pronto algo se movió en lo oscuro y Julián, desenfrenado, se puso a correr señalando hacia ello:
—¡Allí, por allí vengo, Julián, por allí vengo!
—¡Vuelve aquí Julián, vuelve! —gritaba asustado el Paco.
Buscándole estuvieron hasta la madrugada: Julián se había perdido para siempre en lo negro.
—Por fin se fue Julián consigo mismo —decían en el pueblo al día siguiente.
Pero yo aún lo oigo, Juliáaan, Juliáaan, a lo largo de las aes como si fuesen ayes, en las noches de viento.
Desde casa le oíamos gritar:
—¡Juliáaan! ¡Juliáaan! —llamándose a sí mismo con aquel tono de perro malherido que nos dejaba a todos encogidas las entrañas. Debía de sentirse muy lejos de sí mismo Julián para llamarse gritando de aquel modo, Julián, Julián, alargando las aes como si fuesen ayes, que nos dejaban el alma sin encontrar postura ni sosiego.
Un día, durante la cena, Julián, con los ojos perdidos, como después de haber pensado mucho, dijo:
—Si venís conmigo al cerro a llamarme a lo mejor me oigo.
Yo miré a Paco para ver qué decía. Al fin y al cabo Julián era su hermano, que se entendiera la sangre con la sangre. Los chicos alborotaban, vamos al cerro de noche, vamos al cerro.
El Paco dijo:
—Vamos.
El cerro estaba muy negro. Más quieto que nunca estaba el cerro. Los chicos decían preparados, listo, y el grito salía igual que el de Julián —tan ensayado lo tenía los chicos de burlarse del tonto—, sólo que mucho más fuerte, siendo como éramos siete. A mí se me quebraba un poco la garganta, tan quieto y tan oscuro estaba todo.
Llevábamos un rato muy largo, Juliáaan, Juliáaan, los chicos empezaban a cansarse y yo aferrada a Paco, cuando de pronto algo se movió en lo oscuro y Julián, desenfrenado, se puso a correr señalando hacia ello:
—¡Allí, por allí vengo, Julián, por allí vengo!
—¡Vuelve aquí Julián, vuelve! —gritaba asustado el Paco.
Buscándole estuvieron hasta la madrugada: Julián se había perdido para siempre en lo negro.
—Por fin se fue Julián consigo mismo —decían en el pueblo al día siguiente.
Pero yo aún lo oigo, Juliáaan, Juliáaan, a lo largo de las aes como si fuesen ayes, en las noches de viento.
miércoles, 16 de diciembre de 2015
El intercambio. Rosana Alonso. Microrrelato.
No debí entrar en ese local. Era una noche insulsa y estaba solo en una ciudad desconocida. Mi puesto como representante farmacéutico peligraba y por eso acepté los cambios de zona que mi jefe asignaba arbitrariamente. No era capaz de dormir así que me levanté, me di una ducha y salí a la calle.
Caminé durante bastante tiempo, mis pasos sonaban duplicados, como si con cada taconeo mi sombra lanzara un eco a la noche. Entonces lo vi, era un local de esos con espectáculo, un cartel enorme anunciaba a un mago de nombre impronunciable. «Solo esta noche», avisaba un papel pegado en un extremo. Al entrar tuve la sensación de estar observando un paisaje submarino: los movimientos ralentizados y la gente oscilando con un vaivén de anémona. Una pálida camarera de ojos tristes me condujo a una de las mesas más cercanas al escenario, pedí un güisqui y me dediqué a contemplar a la gente. Dos mesas más allá de la mía un grupo de mujeres llamaba la atención bailando y riendo. Entonces me acordé de Elena, otra vez, y la punzada regresó después de tantos meses. Nos habíamos dado otra oportunidad, pasaríamos el fin de semana juntos para intentar reanimar nuestra relación, eso dijo.
Una música oriental anunció el comienzo del espectáculo. De ambos extremos del escenario comenzó a fluir una neblina. De entre el humo surgió una figura pequeña, el mago; no veía bien su rostro pero me pareció que tenía rasgos asiáticos. Comenzó con un juego conocido, ya saben, papeles rotos en mil fragmentos multicolores que se unen por arte de manos formando un arco iris íntegro de lado a lado. Después adivinó lo que algunos elegidos dibujaban en un cuaderno. Comencé a bostezar, todo era tan previsible. Entonces el hombrecillo me miró y me invitó a subir al escenario. El siguiente número, según pude entender, consistía en hacerme desaparecer ante los ojos de la audiencia, sin cajas ni ataúdes. Simplemente me colocó en el centro y comenzó a recitar una salmodia en un lenguaje desconocido. Mis sentidos se embotaron al principio pero luego me invadió una agradable sensación de liviandad.
Justo debajo del punto en el que me encontraba había unos pequeños orificios muy bien disimulados, de cada uno de ellos empezó a fluir un humo de color azulado que me rodeó por completó. Sentía que me elevaba y los oh… y ah… de asombro me llegaban desde abajo cada vez más lejanos y confusos. Estaba flotando sobre el humo azulado y alcancé a ver mi cuerpo, a la gente aplaudiendo entusiasmada y al mago inclinándose complacido. Algo no iba bien, mi cuerpo se movía, sonriendo y aplaudiendo también, pero no seguía mis órdenes. Yo seguía allá arriba, mezclado con el humo, yo mismo era esa niebla. Pensaba y razonaba pero carecía de cuerpo. Intenté regresar, pero mi carne era un caparazón que me rechazaba. Sólo pude observar impotente cómo mi cuerpo se sentaba en su mesa y continuaba disfrutando del espectáculo hasta el final.
No sé cuánto tiempo ha pasado desde entonces, desde mi nueva perspectiva el espacio es una metáfora y los relojes son una farsa. He adquirido ciertos poderes que me separan de lo humano pero sigo sintiéndome desdichado. Estoy encerrado en un laberinto dimensional mientras otro tipo con mi cuerpo anda por ahí disfrutando mi vida: consiguiendo el ascenso que siempre esperé, reconciliándose con Elena, gozando. No puedo hacer nada, le observo, a veces le grito, pero no me escucha.
Caminé durante bastante tiempo, mis pasos sonaban duplicados, como si con cada taconeo mi sombra lanzara un eco a la noche. Entonces lo vi, era un local de esos con espectáculo, un cartel enorme anunciaba a un mago de nombre impronunciable. «Solo esta noche», avisaba un papel pegado en un extremo. Al entrar tuve la sensación de estar observando un paisaje submarino: los movimientos ralentizados y la gente oscilando con un vaivén de anémona. Una pálida camarera de ojos tristes me condujo a una de las mesas más cercanas al escenario, pedí un güisqui y me dediqué a contemplar a la gente. Dos mesas más allá de la mía un grupo de mujeres llamaba la atención bailando y riendo. Entonces me acordé de Elena, otra vez, y la punzada regresó después de tantos meses. Nos habíamos dado otra oportunidad, pasaríamos el fin de semana juntos para intentar reanimar nuestra relación, eso dijo.
Una música oriental anunció el comienzo del espectáculo. De ambos extremos del escenario comenzó a fluir una neblina. De entre el humo surgió una figura pequeña, el mago; no veía bien su rostro pero me pareció que tenía rasgos asiáticos. Comenzó con un juego conocido, ya saben, papeles rotos en mil fragmentos multicolores que se unen por arte de manos formando un arco iris íntegro de lado a lado. Después adivinó lo que algunos elegidos dibujaban en un cuaderno. Comencé a bostezar, todo era tan previsible. Entonces el hombrecillo me miró y me invitó a subir al escenario. El siguiente número, según pude entender, consistía en hacerme desaparecer ante los ojos de la audiencia, sin cajas ni ataúdes. Simplemente me colocó en el centro y comenzó a recitar una salmodia en un lenguaje desconocido. Mis sentidos se embotaron al principio pero luego me invadió una agradable sensación de liviandad.
Justo debajo del punto en el que me encontraba había unos pequeños orificios muy bien disimulados, de cada uno de ellos empezó a fluir un humo de color azulado que me rodeó por completó. Sentía que me elevaba y los oh… y ah… de asombro me llegaban desde abajo cada vez más lejanos y confusos. Estaba flotando sobre el humo azulado y alcancé a ver mi cuerpo, a la gente aplaudiendo entusiasmada y al mago inclinándose complacido. Algo no iba bien, mi cuerpo se movía, sonriendo y aplaudiendo también, pero no seguía mis órdenes. Yo seguía allá arriba, mezclado con el humo, yo mismo era esa niebla. Pensaba y razonaba pero carecía de cuerpo. Intenté regresar, pero mi carne era un caparazón que me rechazaba. Sólo pude observar impotente cómo mi cuerpo se sentaba en su mesa y continuaba disfrutando del espectáculo hasta el final.
No sé cuánto tiempo ha pasado desde entonces, desde mi nueva perspectiva el espacio es una metáfora y los relojes son una farsa. He adquirido ciertos poderes que me separan de lo humano pero sigo sintiéndome desdichado. Estoy encerrado en un laberinto dimensional mientras otro tipo con mi cuerpo anda por ahí disfrutando mi vida: consiguiendo el ascenso que siempre esperé, reconciliándose con Elena, gozando. No puedo hacer nada, le observo, a veces le grito, pero no me escucha.
martes, 15 de diciembre de 2015
Alta cocina. Amparo Dávila. Microrrelato.
Cuando oigo la lluvia golpear en las ventanas vuelvo a escuchar sus gritos. Aquellos gritos que se me pegaban a la piel como si fueran ventosas. Subían de tono a medida que la olla se calentaba y el agua empezaba a hervir. También veo sus ojos, unas pequeñas cuentas negras que se les salían de las órbitas cuando se estaban cociendo.
Nacían en tiempo de lluvia, en las huertas. Escondidos entre las hojas, adheridos a los tallos, o entre la hierba húmeda. De allí los arrancaban para venderlos, y los vendían bien caros. A tres por cinco centavos regularmente y, cuando había muchos, a quince centavos la docena.
En mi casa se compraban dos pesos cada semana, por ser el platillo obligado de los domingos y, con más frecuencia, si había invitados a comer. Con este guiso mi familia agasajaba a las visitas distinguidas o a las muy apreciadas. "No se pueden comer mejor preparados en ningún otro sitio", solía decir mi madre, llena de orgullo, cuando elogiaban el platillo.
Recuerdo la sombría cocina y la olla donde los cocinaban, preparada y curtida por un viejo cocinero francés; la cuchara de madera muy oscurecida por el uso y a la cocinera, gorda, despiadada, implacable ante el dolor. Aquellos gritos desgarradores no la conmovían, seguía atizando el fogón, soplando las brasas como si nada pasara. Desde mi cuarto del desván los oía chillar. Siempre llovía. Sus gritos llegaban mezclados con el ruido de la lluvia. No morían pronto. Su agonía se prolongaba interminablemente. Yo pasaba todo ese tiempo encerrado en mi cuarto con la almohada sobre la cabeza, pero aun así los oía. Cuando despertaba, a medianoche, volvía a escucharlos. Nunca supe si aún estaban vivos, o si sus gritos se habían quedado dentro de mí, en mi cabeza, en mis oídos, fuera y dentro, martillando, desgarrando todo mi ser.
A veces veía cientos de pequeños ojos pegados al cristal goteante de las ventanas. Cientos de ojos redondos y negros. Ojos brillantes, húmedos de llanto, que imploraban misericordia. Pero no había misericordia en aquella casa. Nadie se conmovía ante aquella crueldad. Sus ojos y sus gritos me seguían y, me siguen aún, a todas partes.
Algunas veces me mandaron a comprarlos; yo siempre regresaba sin ellos asegurando que no había encontrado nada. Un día sospecharon de mí y nunca más fui enviado. Iba entonces la cocinera. Ella volvía con la cubeta llena, yo la miraba con el desprecio conque se puede mirar al más cruel verdugo, ella fruncía la chata nariz y soplaba desdeñosa.
Su preparación resultaba ser una cosa muy complicada y tomaba tiempo. Primero los colocaba en un cajón con pasto y les daban una hierba rara que ellos comían, al parecer con mucho agrado, y que les servía de purgante. Allí pasaban un día. Al siguiente los bañaban cuidadosamente para no lastimarlos, los secaban y los metían en la olla llena de agua fría, hierbas de olor y especias, vinagre y sal.
Cuando el agua se iba calentando empezaban a chillar, a chillar, a chillar... Chillaban a veces como niños recién nacidos, como ratones aplastados, como murciélagos, como gatos estrangulados, como mujeres histéricas...
Aquella vez, la última que estuve en mi casa, el banquete fue largo y paladeado.
Muerte en el bosque, Amparo Dávila.
Nacían en tiempo de lluvia, en las huertas. Escondidos entre las hojas, adheridos a los tallos, o entre la hierba húmeda. De allí los arrancaban para venderlos, y los vendían bien caros. A tres por cinco centavos regularmente y, cuando había muchos, a quince centavos la docena.
En mi casa se compraban dos pesos cada semana, por ser el platillo obligado de los domingos y, con más frecuencia, si había invitados a comer. Con este guiso mi familia agasajaba a las visitas distinguidas o a las muy apreciadas. "No se pueden comer mejor preparados en ningún otro sitio", solía decir mi madre, llena de orgullo, cuando elogiaban el platillo.
Recuerdo la sombría cocina y la olla donde los cocinaban, preparada y curtida por un viejo cocinero francés; la cuchara de madera muy oscurecida por el uso y a la cocinera, gorda, despiadada, implacable ante el dolor. Aquellos gritos desgarradores no la conmovían, seguía atizando el fogón, soplando las brasas como si nada pasara. Desde mi cuarto del desván los oía chillar. Siempre llovía. Sus gritos llegaban mezclados con el ruido de la lluvia. No morían pronto. Su agonía se prolongaba interminablemente. Yo pasaba todo ese tiempo encerrado en mi cuarto con la almohada sobre la cabeza, pero aun así los oía. Cuando despertaba, a medianoche, volvía a escucharlos. Nunca supe si aún estaban vivos, o si sus gritos se habían quedado dentro de mí, en mi cabeza, en mis oídos, fuera y dentro, martillando, desgarrando todo mi ser.
A veces veía cientos de pequeños ojos pegados al cristal goteante de las ventanas. Cientos de ojos redondos y negros. Ojos brillantes, húmedos de llanto, que imploraban misericordia. Pero no había misericordia en aquella casa. Nadie se conmovía ante aquella crueldad. Sus ojos y sus gritos me seguían y, me siguen aún, a todas partes.
Algunas veces me mandaron a comprarlos; yo siempre regresaba sin ellos asegurando que no había encontrado nada. Un día sospecharon de mí y nunca más fui enviado. Iba entonces la cocinera. Ella volvía con la cubeta llena, yo la miraba con el desprecio conque se puede mirar al más cruel verdugo, ella fruncía la chata nariz y soplaba desdeñosa.
Su preparación resultaba ser una cosa muy complicada y tomaba tiempo. Primero los colocaba en un cajón con pasto y les daban una hierba rara que ellos comían, al parecer con mucho agrado, y que les servía de purgante. Allí pasaban un día. Al siguiente los bañaban cuidadosamente para no lastimarlos, los secaban y los metían en la olla llena de agua fría, hierbas de olor y especias, vinagre y sal.
Cuando el agua se iba calentando empezaban a chillar, a chillar, a chillar... Chillaban a veces como niños recién nacidos, como ratones aplastados, como murciélagos, como gatos estrangulados, como mujeres histéricas...
Aquella vez, la última que estuve en mi casa, el banquete fue largo y paladeado.
Muerte en el bosque, Amparo Dávila.
lunes, 14 de diciembre de 2015
Almuerzos. Julio Cortázar. Microrrelato.
En el restaurante de los cronopios pasan estas cosas, a saber que un fama pide con gran concentración un bife con papas fritas, y se queda deunapieza cuando el cronopio camarero le pregunta cuántas papas fritas quiere.
-¿Cómo cuántas? -vocifera el fama-. ¡Usted me trae papas fritas y se acabó, qué joder!
-Es que aquí las servimos de a siete, treinta y dos, o noventa y ocho -explica el cronopio.
El fama medita un momento, y el resultado de su meditación consiste en decirle al cronopio:
-Vea, mi amigo, váyase al carajo.
Para inmensa sorpresa del fama, el cronopio obedece instantáneamente, es decir que desaparece como si se lo hubiera bebido el viento. Por supuesto el fama no llegará a saber jamás dónde queda el tal carajo, y el cronopio probablemente tampoco, pero en todo caso el almuerzo dista de ser un éxito.
Julio Cortázar: Papeles inesperados: Historias de cronopios (1952-1956)
-¿Cómo cuántas? -vocifera el fama-. ¡Usted me trae papas fritas y se acabó, qué joder!
-Es que aquí las servimos de a siete, treinta y dos, o noventa y ocho -explica el cronopio.
El fama medita un momento, y el resultado de su meditación consiste en decirle al cronopio:
-Vea, mi amigo, váyase al carajo.
Para inmensa sorpresa del fama, el cronopio obedece instantáneamente, es decir que desaparece como si se lo hubiera bebido el viento. Por supuesto el fama no llegará a saber jamás dónde queda el tal carajo, y el cronopio probablemente tampoco, pero en todo caso el almuerzo dista de ser un éxito.
Julio Cortázar: Papeles inesperados: Historias de cronopios (1952-1956)
domingo, 13 de diciembre de 2015
Dulces del convento. Fernando Iwasaki. Microrrelato.
Las monjas tenían prohibido escalar los muros del convento, porque al otro lado estaban sus perros guardianes que eran fieros y bravos como una manada de lobos hambrientos. Pero el huerto del convento era tan bello y sus frutas tan apetitosas, que todos los años surgía un imprudente que escalaba las paredes y moría a dentelladas. Una tarde se nos cayó la pelota dentro del convento y Ernesto y yo la divisamos desde lo alto del muro, al pie de una morera majestuosa. Gritamos, llamamos a las monjitas, silbamos a los perros y lanzamos piedras a través de los negros ventanucos sin cristales. Pero nada. Entonces Ernesto decidió bajar por la morera y me prometió que no tardaría, que lanzaría el balón sobre la muralla y volvería a trepar corriendo.
Yo le vi descender y patear la pelota, y también vi cómo salieron aullando desde una especie de claustro que más parecía una madriguera. Eran negros, crueles y veloces. Mientras corría a la casa para avisarle a papá, pude escuchar sus masticaciones, sus gruñidos como rezos y letanías bestiales. Según la policía las monjitas no oyeron nada, porque estaban merendando al otro lado del convento. Las pobres tenían la boca como ensangrentada por culpa de las moras.
Papá enloqueció y un día saltó el muro armado para acabar con los perros, pero después de una batalla feroz volví a escuchar sus ladridos como carcajadas y el crujido de los huesos en sus mandíbulas. De mi padre apenas quedaron algunos despojos, y encima fue acusado de disparar contra las inocentes monjitas.
Pero esta vez pude verles mejor desde lo alto del muro y no descansaré hasta acabar con esas alimañas. Especialmente con la más gorda, la que se santiguaba mientras comía.
Yo le vi descender y patear la pelota, y también vi cómo salieron aullando desde una especie de claustro que más parecía una madriguera. Eran negros, crueles y veloces. Mientras corría a la casa para avisarle a papá, pude escuchar sus masticaciones, sus gruñidos como rezos y letanías bestiales. Según la policía las monjitas no oyeron nada, porque estaban merendando al otro lado del convento. Las pobres tenían la boca como ensangrentada por culpa de las moras.
Papá enloqueció y un día saltó el muro armado para acabar con los perros, pero después de una batalla feroz volví a escuchar sus ladridos como carcajadas y el crujido de los huesos en sus mandíbulas. De mi padre apenas quedaron algunos despojos, y encima fue acusado de disparar contra las inocentes monjitas.
Pero esta vez pude verles mejor desde lo alto del muro y no descansaré hasta acabar con esas alimañas. Especialmente con la más gorda, la que se santiguaba mientras comía.
sábado, 12 de diciembre de 2015
Ser o estar. Alberto Sánchez Argüello. Microrrelato.
El hombre finalmente pudo levantarse y lo primero que vio fue su auto incrustado en un árbol a unos pocos pasos de donde él se encontraba, no le llamó la atención el hecho de haber sufrido un accidente y no recordar ningún detalle del mismo, sino que por más esfuerzo que hacía con sus fosas nasales, ni una brizna de aire pasaba a través de ellas; después intentó espirar y obtuvo idéntico resultado, en una acción casi inconsciente colocó su mano a la altura del corazón sólo para comprobar lo que ya había imaginado: estaba muerto...
El Estar muerto no asustó al hombre, acostumbrado a conducir su vida a través de patrones de lógica y razonamiento frío. Su primera preocupación real fue la de encontrar una manera para regresar a su casa, así que después de verificar si su cuerpo se desplazaba de manera correcta, sacó ciertas cosas del auto y empezó a caminar por la carretera en busca de la civilización.
Ya en casa convocó a su mujer y a sus dos hijos al comedor familiar, buscando la mejor manera de comunicar la mala noticia. La primera impresión que vio en sus rostros fue de estupor seguida al poco tiempo de risas medio estúpidas que le parecieron de muy mal gusto dada su nueva condición física. Por más esfuerzos que el hombre hizo su familia no le creyó, sin embargó si consideraron seriamente la posibilidad de que el accidente hubiese provocado un daño cerebral significativo.
Poco tiempo después el médico llegó a examinar al hombre. No podía estar menos que intrigado con las afirmaciones de éste y empezó de inmediato a auscultarle; como era de esperarse encontró que los signos vitales habían desaparecido y que la temperatura corporal descendía rápidamente. El médico optó por brindar un diagnóstico a aquel "estado". Después de hablar varias horas de los Yoguis hindúes y algunos monjes tibetanos, el médico describió ciertos estados catalépticos y hasta comparó al hombre con los osos durante su estado invernal; habló de lo fascinante del caso y mientras salía por la puerta, comentó sobre escribir un artículo referente a aquel "estado".
La familia aceptó aquel diagnóstico bizantino y continuó con sus actividades diarias, el hombre se limitó a decir que no llamaran más al médico. Sin embargo al poco tiempo apareció un psiquiatra, aparentemente a pedido de los suegros que habían hablado con la esposa del hombre mientras el médico estaba de visita. El psiquiatra condujo al hombre a uno de los cuartos e hizo que se acostara mientras él tomaba notas desde una silla mecedora. El sujeto preguntó por su niñez y sus fantasías sexuales con su madre, el hombre respondió de mala gana las preguntas y emitió uno que otro improperio cuando el psiquiatra intentaba convencerle de su homosexualidad latente y del enorme resentimiento que le guardaba al perro de su vecino.
Finalmente el psiquiatra se fue, no sin antes mencionar que el hombre sufría de una crisis de "muerte histérica", provocada por sus instintos sexuales reprimidos que le hacían sentirse culpable, creando un mecanismo de defensa que desembocaba en el cese de las funciones vitales como castigo a sus pecados imaginarios. La familia abrió mucho los ojos y sin entender muchos sus palabras le dieron las gracias y hasta un pago extra por todas las molestias.
El hombre cansado de tanta estulticia decidió seguir con sus labores y percatándose de que ya era la hora de ir a trabajar, salió sin despedirse y sin probar bocado. En el trabajo sus compañeros se burlaron por horas, ya sabían lo que había ocurrido y aquello les había parecido sumamente gracioso, aunque muchos dejaron de reír al notar el extraño olor a podredumbre que empezaba a emanar del hombre.
Tiempo después cuando la familia se sentaba a comer y los hijos hacían expresiones de horror y repulsión al ver caer sus pedazos de piel podrida, el hombre sólo se limitaba a voltear la página del periódico en busca de los deportes.
El Estar muerto no asustó al hombre, acostumbrado a conducir su vida a través de patrones de lógica y razonamiento frío. Su primera preocupación real fue la de encontrar una manera para regresar a su casa, así que después de verificar si su cuerpo se desplazaba de manera correcta, sacó ciertas cosas del auto y empezó a caminar por la carretera en busca de la civilización.
Ya en casa convocó a su mujer y a sus dos hijos al comedor familiar, buscando la mejor manera de comunicar la mala noticia. La primera impresión que vio en sus rostros fue de estupor seguida al poco tiempo de risas medio estúpidas que le parecieron de muy mal gusto dada su nueva condición física. Por más esfuerzos que el hombre hizo su familia no le creyó, sin embargó si consideraron seriamente la posibilidad de que el accidente hubiese provocado un daño cerebral significativo.
Poco tiempo después el médico llegó a examinar al hombre. No podía estar menos que intrigado con las afirmaciones de éste y empezó de inmediato a auscultarle; como era de esperarse encontró que los signos vitales habían desaparecido y que la temperatura corporal descendía rápidamente. El médico optó por brindar un diagnóstico a aquel "estado". Después de hablar varias horas de los Yoguis hindúes y algunos monjes tibetanos, el médico describió ciertos estados catalépticos y hasta comparó al hombre con los osos durante su estado invernal; habló de lo fascinante del caso y mientras salía por la puerta, comentó sobre escribir un artículo referente a aquel "estado".
La familia aceptó aquel diagnóstico bizantino y continuó con sus actividades diarias, el hombre se limitó a decir que no llamaran más al médico. Sin embargo al poco tiempo apareció un psiquiatra, aparentemente a pedido de los suegros que habían hablado con la esposa del hombre mientras el médico estaba de visita. El psiquiatra condujo al hombre a uno de los cuartos e hizo que se acostara mientras él tomaba notas desde una silla mecedora. El sujeto preguntó por su niñez y sus fantasías sexuales con su madre, el hombre respondió de mala gana las preguntas y emitió uno que otro improperio cuando el psiquiatra intentaba convencerle de su homosexualidad latente y del enorme resentimiento que le guardaba al perro de su vecino.
Finalmente el psiquiatra se fue, no sin antes mencionar que el hombre sufría de una crisis de "muerte histérica", provocada por sus instintos sexuales reprimidos que le hacían sentirse culpable, creando un mecanismo de defensa que desembocaba en el cese de las funciones vitales como castigo a sus pecados imaginarios. La familia abrió mucho los ojos y sin entender muchos sus palabras le dieron las gracias y hasta un pago extra por todas las molestias.
El hombre cansado de tanta estulticia decidió seguir con sus labores y percatándose de que ya era la hora de ir a trabajar, salió sin despedirse y sin probar bocado. En el trabajo sus compañeros se burlaron por horas, ya sabían lo que había ocurrido y aquello les había parecido sumamente gracioso, aunque muchos dejaron de reír al notar el extraño olor a podredumbre que empezaba a emanar del hombre.
Tiempo después cuando la familia se sentaba a comer y los hijos hacían expresiones de horror y repulsión al ver caer sus pedazos de piel podrida, el hombre sólo se limitaba a voltear la página del periódico en busca de los deportes.
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