Había
una vez tres cerditos que vivían juntos en armonía y mutuo respeto
con el entorno que les rodeaba. Sirviéndose de los materiales
propios de la zona que habitaban, se construyeron cada uno una
hermosa casa. Un cerdito se la construyó de paja, otro de madera y
el último de ladrillos fabricados a base de estiércol, arcilla y
zarcillos y posteriormente cocidos en un pequeño horno. Al terminar,
los tres cerditos se sintieron satisfechos de su labor y siguieron
viviendo en paz e independencia.
Pero
su idílica existencia no tardó en verse desbaratada. Un día, pasó
por allí un enorme lobo malo con ideas expansionistas. Al ver a los
cerditos, se sintió sumamente hambriento, tanto desde un punto de
vista físico como ideológico. Cuando los cerditos vieron al lobo,
se refugiaron en la casa de paja. El lobo corrió hasta ella y golpeó
la puerta con los nudillos, gritando:
—¡Cerditos,
cerditos, dejadme entrar!
Pero
los cerditos respondieron:
—Tus
tácticas de bandidaje no te servirán para amedrentar a unos
cerditos empeñados en la defensa de su hogar y su cultura.
Pero
el lobo se negaba a renunciar a lo que consideraba su destino
ineludible. En consecuencia, sopló y sopló hasta derribar la casa
de paja. Los cerditos, atemorizados, corrieron a la casa de madera
con el lobo pisándoles los talones. El solar en el que se había
alzado la casa de paja fue adquirido por otros lobos para organizar
una plantación bananera.
Al
llegar a la casa de madera, el lobo volvió a golpear la puerta y
gritó:
—¡Cerditos,
cerditos, dejadme entrar!
Pero
los cerditos gritaron a su vez:
—¡Vete
al infierno, condenado tirano carnívoro e imperialista!
Al
oír aquello, el lobo se rió condescendientemente para sus adentros.
Pensó para sí: «Va a ser una lástima que tengan que desaparecer,
pero no se puede interrumpir la marcha del progreso.»
A
continuación, sopló y sopló hasta derribar la casa de madera. Los
cerditos huyeron a la casa de ladrillo con el lobo pisándoles
nuevamente los talones. Al solar que había ocupado la casa de madera
acudieron otros lobos y fundaron una urbanización de recreo en
multipropiedad destinada a lobos en período de vacaciones, diseñando
cada unidad como una reconstrucción en fibra de vidrio de la antigua
casa de madera e instalando tiendas de recuerdos típicos de la
localidad, clubes de submarinismo y delfinarios.
El
lobo llegó a la casa de ladrillos y, una vez más, comenzó a
aporrear la puerta, gritando:
—¡Cerditos,
cerditos, dejadme entrar!
Esta
vez, y a modo de respuesta, los cerditos entonaron cánticos de
solidaridad y escribieron cartas de protesta a las Naciones Unidas.
Para
entonces, al lobo comenzaba a irritarle la obcecación de los
cerditos en su negativa a contemplar la situación desde una
perspectiva carnívora, por lo que sopló y resopló y volvió a
soplar hasta que, de repente, se aferró el pecho con las manos y se
desplomó muerto como consecuencia de un infarto producido por el
exceso de alimentos ricos en grasas.
Los
tres cerditos celebraron el triunfo de la justicia y realizaron una
breve danza en torno al cadáver del lobo. Su siguiente paso
consistió en liberar sus tierras. Reunieron a un ejército de
cerditos que se habían visto igualmente expulsados de sus
propiedades y, con su nueva brigada de porcinistas, atacaron la
urbanización con ametralladoras y lanzacohetes y dieron muerte a los
crueles opresores lobunos, transmitiendo con ello un mensaje
inequívoco al resto del hemisferio de no entrometerse en sus asuntos
internos. A continuación, los cerditos fundaron un modelo de
democracia socialista dotado de educación gratuita, un sistema
universal de seguridad social y viviendas asequibles para todos.
Nota
del autor: El lobo de este relato representa una imagen metafórica.
Ningún lobo real ha sufrido daño alguno durante la redacción de
esta historia.
Cuentos infantiles políticamente correctos. James Finn Garner, 2001.
miércoles, 11 de enero de 2017
lunes, 9 de enero de 2017
Oona, la alegre mujer de las cavernas. Patricia Highsmith.
Era un poco peluda, le faltaba un incisivo, pero su atractivo sexual era perceptible a una distancia de doscientos metros o más, como un olor; quizás fuese eso. Toda ella era redonda, su vientre, sus hombros, sus caderas eran redondas, y siempre estaba sonriente, siempre alegre. Por eso gustaba a los hombres. Siempre tenía algo cociendo en una olla sobre el fuego. Era mansa y nunca se enfadaba. Le habían dado tantos garrotazos en la cabeza que su cerebro estaba confuso. No hacía falta golpear a Oona para poseerla, pero ésa era la costumbre, y Oona apenas se molestaba en esquivar el cuerpo para protegerse.
Oona estaba permanentemente preñada y nunca había experimentado el comienzo de la pubertad, ya que su padre se había aprovechado de ella desde que tenía cinco años, y después de él, sus hermanos. Su primer hijo nació cuando ella tenía siete años. Aun en avanzado estado de gestación abusaban de ella, y los hombres esperaban impacientes la media hora o así que tardaba en parir, para lanzarse de nuevo sobre ella.
Curiosamente, Oona mantenía más o menos constante el índice de natalidad de la tribu; en todo caso, la población tendía a disminuir, ya que los hombres desatendían a sus mujeres porque estaban pensando en ella o, a veces, morían al pelear por ella.
Finalmente, Oona fue asesinada por una mujer celosa, a quien su marido no había tocado desde hacía muchos meses. Este hombre fue el primero que se enamoró. Se llamaba Vipo. Sus amigos se habían reído de él por no tomar a otras mujeres, o a la suya propia, en los momentos en que Oona no estaba disponible. Vipo había perdido un ojo luchando con sus rivales. Era un hombre sólo de mediana estatura. Siempre le había llevado a Oona las piezas más selectas que cazaba. Trabajó mucho para hacer un adorno de pedernal, convirtiéndose así en el primer artista de su tribu. Todos los demás utilizaban el pedernal solamente para hacer puntas de flecha y cuchillos. Le había dado el adorno a Oona para que se lo colgara al cuello con una cinta de cuero.
Cuando la mujer de Vipo mató a Oona por celos, Vipo mató a su mujer impulsado por el odio y la ira. Luego cantó una canción que sonaba fuerte y trágica. Siguió cantando como un loco, mientras las lágrimas corrían por sus barbudas mejillas. La tribu pensó en matarle, porque estaba loco y era diferente a todos, y le temían. Vipo dibujó figuras de Oona en la arena húmeda de la orilla del mar; luego, imágenes de ella sobre las rocas lisas de las montañas cercanas, imágenes que se veían desde lejos. Hizo una estatua de Oona en madera; después, una en piedra. Algunas veces dormía con ellas. Con las torpes sílabas de su lenguaje formó una frase que evocaba a Oona siempre que la pronunciaba. No era el único que aprendió y pronunció esa frase, ni el único que había conocido a Oona.
Vipo fue asesinado por una mujer celosa cuyo hombre no la había tocado desde hacía meses. Su hombre le había comprado a Vipo una estatua de Oona por un precio muy elevado: una enorme pieza de cuero hecho con varios pellejos de bisonte. Vipo se hizo con ella una hermosa casa impermeable, y aún le sobró suficiente para vestirse. Inventó unas frases acerca de Oona. Algunos hombres le habían admirado, otros le habían odiado, y las mujeres le odiaban todas, porque las miraba como si no las viese. Muchos hombres se entristecieron por la muerte de Vipo.
Pero, en general, la gente se sintió aliviada cuando Vipo desapareció. Había sido un hombre extraño, que perturbaba el sueño de algunas personas por las noches.
Pequeños cuentos misóginos. Patricia Highsmith, 1974.
Oona estaba permanentemente preñada y nunca había experimentado el comienzo de la pubertad, ya que su padre se había aprovechado de ella desde que tenía cinco años, y después de él, sus hermanos. Su primer hijo nació cuando ella tenía siete años. Aun en avanzado estado de gestación abusaban de ella, y los hombres esperaban impacientes la media hora o así que tardaba en parir, para lanzarse de nuevo sobre ella.
Curiosamente, Oona mantenía más o menos constante el índice de natalidad de la tribu; en todo caso, la población tendía a disminuir, ya que los hombres desatendían a sus mujeres porque estaban pensando en ella o, a veces, morían al pelear por ella.
Finalmente, Oona fue asesinada por una mujer celosa, a quien su marido no había tocado desde hacía muchos meses. Este hombre fue el primero que se enamoró. Se llamaba Vipo. Sus amigos se habían reído de él por no tomar a otras mujeres, o a la suya propia, en los momentos en que Oona no estaba disponible. Vipo había perdido un ojo luchando con sus rivales. Era un hombre sólo de mediana estatura. Siempre le había llevado a Oona las piezas más selectas que cazaba. Trabajó mucho para hacer un adorno de pedernal, convirtiéndose así en el primer artista de su tribu. Todos los demás utilizaban el pedernal solamente para hacer puntas de flecha y cuchillos. Le había dado el adorno a Oona para que se lo colgara al cuello con una cinta de cuero.
Cuando la mujer de Vipo mató a Oona por celos, Vipo mató a su mujer impulsado por el odio y la ira. Luego cantó una canción que sonaba fuerte y trágica. Siguió cantando como un loco, mientras las lágrimas corrían por sus barbudas mejillas. La tribu pensó en matarle, porque estaba loco y era diferente a todos, y le temían. Vipo dibujó figuras de Oona en la arena húmeda de la orilla del mar; luego, imágenes de ella sobre las rocas lisas de las montañas cercanas, imágenes que se veían desde lejos. Hizo una estatua de Oona en madera; después, una en piedra. Algunas veces dormía con ellas. Con las torpes sílabas de su lenguaje formó una frase que evocaba a Oona siempre que la pronunciaba. No era el único que aprendió y pronunció esa frase, ni el único que había conocido a Oona.
Vipo fue asesinado por una mujer celosa cuyo hombre no la había tocado desde hacía meses. Su hombre le había comprado a Vipo una estatua de Oona por un precio muy elevado: una enorme pieza de cuero hecho con varios pellejos de bisonte. Vipo se hizo con ella una hermosa casa impermeable, y aún le sobró suficiente para vestirse. Inventó unas frases acerca de Oona. Algunos hombres le habían admirado, otros le habían odiado, y las mujeres le odiaban todas, porque las miraba como si no las viese. Muchos hombres se entristecieron por la muerte de Vipo.
Pero, en general, la gente se sintió aliviada cuando Vipo desapareció. Había sido un hombre extraño, que perturbaba el sueño de algunas personas por las noches.
Pequeños cuentos misóginos. Patricia Highsmith, 1974.
domingo, 8 de enero de 2017
El prófugo. Víctor Montoya.
–¡Alto!
El prófugo siguió corriendo.
¡Pum!...
El prófugo cayó de bruces.
La sangre siguió corriendo.
El prófugo siguió corriendo.
¡Pum!...
El prófugo cayó de bruces.
La sangre siguió corriendo.
viernes, 6 de enero de 2017
Soy un genio. Pedro Herrero.
Me costó mucho localizar la exótica tienda de antigüedades, en aquel barrio lleno de calles estrechas y mal iluminadas. Pero aún fue más difícil entenderme con el dueño del local (un anciano enjuto y misterioso), cuando le pedí un pequeño objeto de regalo que pudiera llevarme de recuerdo a mi país: una lámpara de Aladino, para demostrar a mi mujer que no me olvidaba de ella en mi viaje de negocios. La lámpara era preciosa, pero al parecer había que respetar un estricto protocolo a la hora de manipularla. Así que su propietario se esforzó en traducirme, una por una, todas las indicaciones que mostraba un viejo pergamino, relativas a la forma de cogerla, frotarla y formular los deseos correspondientes. Yo no entendí nada, aunque todo aquello se me antojó muy divertido, si bien en algún momento sospeché que no se trataba de ninguna broma. Ya en casa, dispuse el regalo en el mueble bajo del recibidor, para que mi mujer se llevara una sorpresa, y guardé las instrucciones con la intención de enseñárselas más tarde. Algo hice mal. No sé, quizá froté la lámpara a destiempo en una zona equivocada, todo ocurrió muy deprisa. Al llegar mi mujer, descubrió mi equipaje en el dormitorio y me buscó inútilmente por todas las dependencias. Al cabo de unos años se volvió a casar. Supongo que ahora es feliz, ya que nunca ha necesitado frotar la lámpara y pedirme al menos uno de los tres deseos. Y, por lo visto, la mujer de la limpieza tampoco está por la labor.
jueves, 5 de enero de 2017
La casa de reposo. Fernando Iwasaki.
La madre superiora miró hacia el cielo como buscando una señal divina, y en sus ojos desvelados de oraciones reverberó cristalina una lágrima.
–¿Y dice usted que el viejo profesor se niega a ir a misa, hermana?
–Así es, reverenda. Y maldice y ofende a María Santísima.
–No importa, hermana. Llévelo entonces a dar un paseo por el huerto.
–Sí, reverenda.
–Hermana…
–¿Sí, reverenda?
–Que parezca un accidente.
–¿Y dice usted que el viejo profesor se niega a ir a misa, hermana?
–Así es, reverenda. Y maldice y ofende a María Santísima.
–No importa, hermana. Llévelo entonces a dar un paseo por el huerto.
–Sí, reverenda.
–Hermana…
–¿Sí, reverenda?
–Que parezca un accidente.
martes, 3 de enero de 2017
La noche de Camberwell. Jean Ray.
Oí, en el piso,
abrirse una puerta con precaución y voces que murmuraban, asustadas.
Saqué el revólver de la funda.
Había bebido una cantidad exagerada de whisky aquella noche, porque una espantosa humedad mojaba el ambiente y, además, sentía la añoranza de los días de sol y de las playas de agosto.
Había en la bar del Site “Enchanteur” una inmensa salamandra holandesa con ojos de mica de un rojo infernal, posada sobre el pavimento de arna blanca como azúcar, y un whisky que condenaría a San Antonio si, por azar, se hubiese paseado por el islote de barro que rodea la taberna.
Afuera, un travieso viento otoñal jugaba con los charcos de agua y las hojas secas… Por tanto, es comprensible que yo me quedara bebiendo hasta que Cavendish, el dueño, me pusiera, con una cortesía exquisita, pero con gran firmeza, en la puerta de su paraíso terrenal perfumado con los más miríficos alcoholes de Inglaterra y de Escocia.
Mi casita de Camberwell es fría y húmeda. Vivo allí completamente solo. Los champiñones simulan fantásticos tumores lívidos en las grietas; el paseo de las babosas inscribe todas las noches pacientes láminas de plata en las paredes. Pero eso no impide que yo sea rey en mi casa y que no ceda el paso a los ladrones atraídos por mis objetos de plata repujada y tres o cuatro cuadros de valor.
El silencio se restableció.
Ni siquiera era roto por el agradable tictac del reloj flamenco del vestíbulo.
Me di cuenta de que acababan de robármelo y me puse de mal humor.
Escuche: cuando regreso a casa, no hay una mujer que gruña, pero me besa durante un minuto; ni la ruidosa bienvenida de un perro, ni la doble luz verde de los ojos de un gato. En esta hora severa de la soledad, los sueños maravillosos del whiskyme han abandonado en la esquina de una calle con malos compañeros, y me siento feliz al volver a encontrarme con mi amigo el reloj, que parlotea él solo en las profundas tinieblas del pasillo.
-¡Ya-es-tás-a-quí! ¡Es-toy-muy-con-ten-to!
-¡Ya-es-tás-aquí! ¡Es-toy-muy-con-ten-to!
He intentado hacerle decir otra cosa, pero no he tenido ningún éxito.
Mi cerebro y mi frágil imaginación de las horas frías de la noche se se han negado a adaptar otras palabras a su ritmo.
Y he aquí que este amigo me lo han robado…
El primer peldaño crujió bajo mi prudente pisada: entonces una voz susurró de nuevo; luego, un objeto caído tintineó en su caída y se rompió con un ruido acre.
En mi dormitorio hay aparatos de luz de cristal de Bohemia y de Venecia. Estoy enamorado de sus llamas silenciosas.
El fin lamentabla de uno de mis cristales me oprime el corazón; pero no tuve tiempo de reflexionar, porque el ruido seco de una pistola que se arma sonó en el primer piso.
Escruté en vano las sombras, un poco extrañado de que ninguna claridad viniese del ojo de buey que destila sobre el descansillo el fulgor d euna lejana fila de faroles.
Algo rozó largamente la pared por encima de mí. Y no tuve tiempo más que de evitar la barra roja de un disparo.
Sonó formidable como una explosión. Un empujón de gas ardiendo me abofeteó y mi sombrero recibió un papirotazo.
-¡Canallas!- grité-. ¡Muéstrense!
Una nueva llama alumbró la oscuridad.
Alzando mi revólver, disparé en la dirección del disparo y un cuerpo cayó pesadamente si lazar una queja.
* * *
En vano busqué al tacto el conmutador de la luz, y recordé con disgusto que había empleado mi última cerilla al querer encender la húmeda mezcla de mi pipa.
Alcancé el descansillo. Mi pie resbaló, untado en una masa grasosa y fofa. Comprendí que algo horrible se hallaba delante de mí, algo hacia lo que me agaché lentamente con angustia y disgusto.
¡Ah!…
Dos manos acababan de agarrarme por el cuello.
* * *
Dos manos enormes, heladas, duras como el acero.
En medio de un silencio inmenso, sin gritos, sin odio, con un método y una seguridad de máquina, apretaban mi cuello.
Mis vértebras crujieron. Mi pecho se llenaba de plomo fundido. Extrañas luces volteaban delante de mis ojos.
Comprendí que iba a morir, pero en ese momento mi revólver se disparó solo.
El aire volvió de nuevo a mis pulmones. Las manos habían dejado su presa.
Ahora un estertor muy tenue se apagaba delante de mí, en el descansillo oscuro.
Muy suave…, muy tenue…
Luego, volvió el silencio y quedé dueño de toda la casa.
El silencio, la noche, invisibles cadáveres, un incomprensible drama que yo acababa de vivir a ciegas…
Fue el miedo quien me saltó entonces sobre los hombros y me hizo correr, aullando, hacia la puerta.
Cuando de un salto alcancé el exterior, la “niebla” llegó.
En dos minuttos, la bruma ocupó toda la calle. Pegándose a los callejones, embadurnando las fachadas de una masa uniforme, ahogó mi voz que gritaba “¡Al asesino!”; ponía, a empujones, una glacial pera de angustia en mi garganta dolorida.
Corrí tras lejanas formas humanas, que se fundían en la niebla cuando yo me acercaba a ellas; llamé a las puertas, que permanecieron cerradas sobre sueños obstinados.
Y no vi a nadie. Nadie me oyó, y el silencio terrible de mi casa ensangrentada me perseguía a través de la socarrona complicidad de la niebla.
* * *
Después de dos horas de correr en vano, por una aurora sucia que lloraba el hollín de millares de chimeneas, volví a encontrarme en el umbral de mi trágica casa.
Cuando abría la puerta, temblando ante la idea del espectáculo que las tinieblas habían negado a mi vista, oí el tictac de mi reloj.
* * *
Allí estaba moviendo gravemente su péndulo.
¡Ya-es-tás-a-quí! ¡Es-toy-muy-con-ten-to!
Ni en la escalera ni en el descansilllo había ningún cadáver.
Y los cristales de las ventanas me han favorecido con sus discretos colores de aurora, de miel y de profundidades marinas.
Nada se había movido en mi casita. Ni siquiera había la huella de un piececito llena de sangre.
¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!
* * *
Pero mi sombrero está agujereado por una bala.
En mi revólver hay dos cartuchos descargados.
Mi cuello lleva las huellas de unos dedos…, dedos helados, largos, monstruosamente largos.
¡Dios!
* * *
Ahora que pido consejo al whisky, me da un poco de clarividencia.
Me he equivocado de calle, de puerta…, una llave abre miles de cerraduras…, ¡y hay tantas calles semejantes!
¡Ah! ¡Ah! En un barrio de Londres, que desconozco, en una calle que no sé cuál es, en una casa desconocida, he matado a personas que jamás he visto y de las que no sabré nunca nada.
-¡Camarero, whisky!
Había bebido una cantidad exagerada de whisky aquella noche, porque una espantosa humedad mojaba el ambiente y, además, sentía la añoranza de los días de sol y de las playas de agosto.
Había en la bar del Site “Enchanteur” una inmensa salamandra holandesa con ojos de mica de un rojo infernal, posada sobre el pavimento de arna blanca como azúcar, y un whisky que condenaría a San Antonio si, por azar, se hubiese paseado por el islote de barro que rodea la taberna.
Afuera, un travieso viento otoñal jugaba con los charcos de agua y las hojas secas… Por tanto, es comprensible que yo me quedara bebiendo hasta que Cavendish, el dueño, me pusiera, con una cortesía exquisita, pero con gran firmeza, en la puerta de su paraíso terrenal perfumado con los más miríficos alcoholes de Inglaterra y de Escocia.
Mi casita de Camberwell es fría y húmeda. Vivo allí completamente solo. Los champiñones simulan fantásticos tumores lívidos en las grietas; el paseo de las babosas inscribe todas las noches pacientes láminas de plata en las paredes. Pero eso no impide que yo sea rey en mi casa y que no ceda el paso a los ladrones atraídos por mis objetos de plata repujada y tres o cuatro cuadros de valor.
El silencio se restableció.
Ni siquiera era roto por el agradable tictac del reloj flamenco del vestíbulo.
Me di cuenta de que acababan de robármelo y me puse de mal humor.
Escuche: cuando regreso a casa, no hay una mujer que gruña, pero me besa durante un minuto; ni la ruidosa bienvenida de un perro, ni la doble luz verde de los ojos de un gato. En esta hora severa de la soledad, los sueños maravillosos del whiskyme han abandonado en la esquina de una calle con malos compañeros, y me siento feliz al volver a encontrarme con mi amigo el reloj, que parlotea él solo en las profundas tinieblas del pasillo.
-¡Ya-es-tás-a-quí! ¡Es-toy-muy-con-ten-to!
-¡Ya-es-tás-aquí! ¡Es-toy-muy-con-ten-to!
He intentado hacerle decir otra cosa, pero no he tenido ningún éxito.
Mi cerebro y mi frágil imaginación de las horas frías de la noche se se han negado a adaptar otras palabras a su ritmo.
Y he aquí que este amigo me lo han robado…
El primer peldaño crujió bajo mi prudente pisada: entonces una voz susurró de nuevo; luego, un objeto caído tintineó en su caída y se rompió con un ruido acre.
En mi dormitorio hay aparatos de luz de cristal de Bohemia y de Venecia. Estoy enamorado de sus llamas silenciosas.
El fin lamentabla de uno de mis cristales me oprime el corazón; pero no tuve tiempo de reflexionar, porque el ruido seco de una pistola que se arma sonó en el primer piso.
Escruté en vano las sombras, un poco extrañado de que ninguna claridad viniese del ojo de buey que destila sobre el descansillo el fulgor d euna lejana fila de faroles.
Algo rozó largamente la pared por encima de mí. Y no tuve tiempo más que de evitar la barra roja de un disparo.
Sonó formidable como una explosión. Un empujón de gas ardiendo me abofeteó y mi sombrero recibió un papirotazo.
-¡Canallas!- grité-. ¡Muéstrense!
Una nueva llama alumbró la oscuridad.
Alzando mi revólver, disparé en la dirección del disparo y un cuerpo cayó pesadamente si lazar una queja.
* * *
En vano busqué al tacto el conmutador de la luz, y recordé con disgusto que había empleado mi última cerilla al querer encender la húmeda mezcla de mi pipa.
Alcancé el descansillo. Mi pie resbaló, untado en una masa grasosa y fofa. Comprendí que algo horrible se hallaba delante de mí, algo hacia lo que me agaché lentamente con angustia y disgusto.
¡Ah!…
Dos manos acababan de agarrarme por el cuello.
* * *
Dos manos enormes, heladas, duras como el acero.
En medio de un silencio inmenso, sin gritos, sin odio, con un método y una seguridad de máquina, apretaban mi cuello.
Mis vértebras crujieron. Mi pecho se llenaba de plomo fundido. Extrañas luces volteaban delante de mis ojos.
Comprendí que iba a morir, pero en ese momento mi revólver se disparó solo.
El aire volvió de nuevo a mis pulmones. Las manos habían dejado su presa.
Ahora un estertor muy tenue se apagaba delante de mí, en el descansillo oscuro.
Muy suave…, muy tenue…
Luego, volvió el silencio y quedé dueño de toda la casa.
El silencio, la noche, invisibles cadáveres, un incomprensible drama que yo acababa de vivir a ciegas…
Fue el miedo quien me saltó entonces sobre los hombros y me hizo correr, aullando, hacia la puerta.
Cuando de un salto alcancé el exterior, la “niebla” llegó.
En dos minuttos, la bruma ocupó toda la calle. Pegándose a los callejones, embadurnando las fachadas de una masa uniforme, ahogó mi voz que gritaba “¡Al asesino!”; ponía, a empujones, una glacial pera de angustia en mi garganta dolorida.
Corrí tras lejanas formas humanas, que se fundían en la niebla cuando yo me acercaba a ellas; llamé a las puertas, que permanecieron cerradas sobre sueños obstinados.
Y no vi a nadie. Nadie me oyó, y el silencio terrible de mi casa ensangrentada me perseguía a través de la socarrona complicidad de la niebla.
* * *
Después de dos horas de correr en vano, por una aurora sucia que lloraba el hollín de millares de chimeneas, volví a encontrarme en el umbral de mi trágica casa.
Cuando abría la puerta, temblando ante la idea del espectáculo que las tinieblas habían negado a mi vista, oí el tictac de mi reloj.
* * *
Allí estaba moviendo gravemente su péndulo.
¡Ya-es-tás-a-quí! ¡Es-toy-muy-con-ten-to!
Ni en la escalera ni en el descansilllo había ningún cadáver.
Y los cristales de las ventanas me han favorecido con sus discretos colores de aurora, de miel y de profundidades marinas.
Nada se había movido en mi casita. Ni siquiera había la huella de un piececito llena de sangre.
¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!
* * *
Pero mi sombrero está agujereado por una bala.
En mi revólver hay dos cartuchos descargados.
Mi cuello lleva las huellas de unos dedos…, dedos helados, largos, monstruosamente largos.
¡Dios!
* * *
Ahora que pido consejo al whisky, me da un poco de clarividencia.
Me he equivocado de calle, de puerta…, una llave abre miles de cerraduras…, ¡y hay tantas calles semejantes!
¡Ah! ¡Ah! En un barrio de Londres, que desconozco, en una calle que no sé cuál es, en una casa desconocida, he matado a personas que jamás he visto y de las que no sabré nunca nada.
-¡Camarero, whisky!
lunes, 2 de enero de 2017
Necrológica retroactiva. Juan José Millás.
Los mamíferos estamos sobrevalorados, y es lógico. Si Bush fuese gallo estarían sobrevaloradas las aves y la Estatua de la Libertad sería una gallina. Cada uno tiende a defender lo suyo. En los zoos ocupa un lugar privilegiado el gorila no ya por lo que tiene de mamífero, sino por lo que tiene de hombre. Si ser mamífero es un privilegio, ser mamífero y humano es la caraba (¿qué rayos significará caraba?). Esa sobrevaloración es la causante de que el 99 por 100 de las fotografías del periódico correspondan a hombres o a mujeres en diferentes poses o actitudes. Sólo muy de vez en cuando aparecen imágenes de ranas o de moscas, y no porque su vida sea menos interesante que la nuestra, sino porque a nosotros nos importan nuestras cosas.
El caso de Copito de Nieve, que en paz descanse, fue especial. Lo veíamos en la prensa casi con la misma frecuencia que a un ministro del Interior y a su muerte consiguió más necrológicas que un escritor. A mí me pidieron una, pero luego no la publicaron porque les pareció poco elogiosa. Contaba en ella que un día fui a Barcelona a visitar al famoso mono y cuando estuve frente a él me ausenté de la realidad durante unos segundos y por un momento creí que yo era el encerrado y Copito de Nieve el visitante. Como el tiempo tiene una dimensión subjetiva, durante esos segundos fui capaz de comprender, en el sentido más profundo de la palabra, lo que significaba pasar toda una vida encerrado tras un cristal blindado, con un neumático de camión para columpiarme. Me dio un escalofrío tal que miré con odio a Copito de Nieve, y tomándolo, ya digo, por un visitante dominguero, le dije:
—Sois unos hijos de puta.
De súbito volví en mí y al contemplar la mirada cansada de Copito, dudé si no había dicho él esas palabras dirigidas a mí y a mi especie. El caso es que me llamó el redactor jefe y me dijo que Copito de Nieve, al que los niños adoraban, no decía palabrotas. Además, había sido muy feliz en el zoo, donde había creado una familia llena de hijos y de nietos. No toleraba, en fin, que yo alterara, en el momento de su muerte, la realidad de esa manera. Comprendí que la felicidad de Copito de Nieve era un asunto de Estado y me callé.
La fotografía está sacada unos días antes de su muerte, cuando el Ayuntamiento de Barcelona decidió hacer pública su enfermedad (un cáncer de piel) para dar al público la oportunidad de que se despidiera de él. Mientras los niños y los adultos hacían cola para decirle adiós, Copito de Nieve bostezaba. A veces se rascaba el tumor que se había desarrollado en su axila derecha y luego se chupaba los dedos. El director del zoo, fiel al decreto de la felicidad, aseguró que Copito no sólo no sufría, sino que estaba pasando los momentos más dulces de su vida, disfrutando de la compañía de los suyos. Parecía que hablaba de un jefe de Estado retirado. Las autoridades aseguraron también que no prolongarían su vida artificialmente porque el objetivo era que el gorila tuviera una muerte digna que ya la quisiéramos para usted y para mí. Todos estos cuidados, de haber sido ovíparo, habrían resultado impensables. Además, ¿se habría atrevido un periódico a pedirme la necrológica de una gallina?
Todo son preguntas. Juan José Millás, 2005.
El caso de Copito de Nieve, que en paz descanse, fue especial. Lo veíamos en la prensa casi con la misma frecuencia que a un ministro del Interior y a su muerte consiguió más necrológicas que un escritor. A mí me pidieron una, pero luego no la publicaron porque les pareció poco elogiosa. Contaba en ella que un día fui a Barcelona a visitar al famoso mono y cuando estuve frente a él me ausenté de la realidad durante unos segundos y por un momento creí que yo era el encerrado y Copito de Nieve el visitante. Como el tiempo tiene una dimensión subjetiva, durante esos segundos fui capaz de comprender, en el sentido más profundo de la palabra, lo que significaba pasar toda una vida encerrado tras un cristal blindado, con un neumático de camión para columpiarme. Me dio un escalofrío tal que miré con odio a Copito de Nieve, y tomándolo, ya digo, por un visitante dominguero, le dije:
—Sois unos hijos de puta.
De súbito volví en mí y al contemplar la mirada cansada de Copito, dudé si no había dicho él esas palabras dirigidas a mí y a mi especie. El caso es que me llamó el redactor jefe y me dijo que Copito de Nieve, al que los niños adoraban, no decía palabrotas. Además, había sido muy feliz en el zoo, donde había creado una familia llena de hijos y de nietos. No toleraba, en fin, que yo alterara, en el momento de su muerte, la realidad de esa manera. Comprendí que la felicidad de Copito de Nieve era un asunto de Estado y me callé.
La fotografía está sacada unos días antes de su muerte, cuando el Ayuntamiento de Barcelona decidió hacer pública su enfermedad (un cáncer de piel) para dar al público la oportunidad de que se despidiera de él. Mientras los niños y los adultos hacían cola para decirle adiós, Copito de Nieve bostezaba. A veces se rascaba el tumor que se había desarrollado en su axila derecha y luego se chupaba los dedos. El director del zoo, fiel al decreto de la felicidad, aseguró que Copito no sólo no sufría, sino que estaba pasando los momentos más dulces de su vida, disfrutando de la compañía de los suyos. Parecía que hablaba de un jefe de Estado retirado. Las autoridades aseguraron también que no prolongarían su vida artificialmente porque el objetivo era que el gorila tuviera una muerte digna que ya la quisiéramos para usted y para mí. Todos estos cuidados, de haber sido ovíparo, habrían resultado impensables. Además, ¿se habría atrevido un periódico a pedirme la necrológica de una gallina?
Todo son preguntas. Juan José Millás, 2005.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






