Él no había
provocado. Cuando Cary dijo: «Eres un cobarde, un canalla, y además
un mal poeta», las palabras decidieron el curso de las acciones, tal
como suele ocurrir en esta vida.
Plack avanzó dos
pasos hacia Cary y empezó a pegarle. Estaba bien seguro de que Cary
le respondía con igual violencia, pero no sentía nada. Tan sólo
sus manos que, a una velocidad prodigiosa, rematando el lanzar
fulminante de los brazos, iban a dar en la nariz, en los ojos, en la
boca, en las orejas, en el cuello, en el pecho, en los hombros de
Cary.
Bien de frente,
moviendo el torso con un balanceo rapidísimo, sin retroceder, Plack
golpeaba. Sin retroceder, Plack golpeaba. Sus ojos medían de lleno
la silueta del adversario. Pero aún mejor ubicaba sus propias manos;
las veía bien cerradas, cumpliendo la tarea como pistones de
automóvil, como cualquier cosa que cumpliera su tarea moviéndose al
compás de un balanceo rapidísimo. Le pegaba a Cary, le seguía
pegando, y cada vez que sus puños se hundían en una masa
resbaladiza y caliente, que sin duda era la cara de Cary, él sentía
el corazón lleno de júbilo.
Por fin bajó los
brazos, los puso a descansar junto al cuerpo. Dijo:
—Ya tienes
bastante, estúpido. Adiós.
Echó a caminar,
saliendo de la sala de la Municipalidad, por el corredor que conducía
lejanamente a la calle.
Plack estaba
contento. Sus manos se habían portado bien. Las trajo hacia delante
para admirarlas; le pareció que tanto golpear las había hinchado un
poco. Sus manos se habían portado bien, qué demonios; nadie
discutiría que él era capaz de boxear como cualquiera.
El corredor se
extendía sumamente largo y desierto. ¿Por qué tardaba tanto en
recorrerlo? Acaso el cansancio, pero se sentía liviano y sostenido
por las manos invisibles de la satisfacción física. Las manos de la
satisfacción física. ¿Las manos...? No existía en el mundo mano
comparable a sus manos; probablemente tampoco las había tan
hinchadas por el esfuerzo. Volvió a mirarlas, hamacándose como
bielas o niñas en vacaciones; las sintió profundamente suyas,
atadas a su ser por razones más hondas que la conexión de las
muñecas. Sus dulces, sus espléndidas manos vencedoras.
Silbaba, marcando el
compás con la marcha por el interminable pasillo. Todavía quedaba
una gran distancia para alcanzar la puerta de salida. Pero qué
importaba después de todo. En casa de Emilio se comía tarde, aunque
en verdad él no iría a almorzar a casa de Emilio sino al
departamento de Margie. Almorzaría con Margie, por el solo placer de
decirle palabras cariñosas, y tornaría luego a cumplir la jornada
vespertina. Mucho trabajo, en la Municipalidad. No bastaban todas las
manos para cubrir la tarea. Las manos... Pero las suyas sí que
habían estado atareadas rato antes. Pegar y pegar, vindicadoras;
quizá por eso le pesaban ahora tanto. Y la calle estaba lejos, y era
mediodía.
La luz de la puerta
empezaba a agitarse en la atmósfera visual de Plack. Dejó de
silbar; dijo: «Bliblug, bliblug, bliblug». Lindo, habla sin motivo,
sin significado. Entonces fue cuando sintió que algo le arrastraba
por el suelo. Algo que era más que algo; cosas suyas estaban
arrastrando por el suelo.
Miró hacia abajo y
vio que los dedos de sus manos arrastraban por el suelo.
Los dedos de sus
manos arrastraban por el suelo. Diez sensaciones incidían en el
cerebro de Plack con la colérica enunciación de las novedades
repentinas. Él no lo quería creer pero era cierto. Sus manos
parecían orejas de elefante africano. Gigantescas pantallas de carne
arrastrando por el suelo.
A pesar del horror
le dio una risa histérica. Sentía cosquillas en el dorso de los
dedos; cada juntura de las baldosas le pasaba como un papel de
esmeril por la piel. Quiso levantar una mano pero no pudo con ella.
Cada mano debía pesar cerca de cincuenta kilos. Ni siquiera logró
cerrarlas. Al imaginar los puños que habrían formado se sacudió de
risa. ¡Qué manoplas! Volver junto a Cary, sigiloso y con los puños
como tambores de petróleo, tender en su dirección uno de los
tambores, desenrollándolo lentamente, dejando asomar las falanges,
las uñas, meter a Cary dentro de la mano izquierda, sobre la palma,
cubrir la palma de la mano izquierda con la palma de la mano derecha
y frotar suavemente las manos, haciendo girar a Cary de un extremo a
otro, como un pedazo de masa de tallarines, igual que Margie los
jueves a mediodía. Hacerlo girar, silbando canciones alegres, hasta
dejar a Cary más molido que una galletita vieja.
Plack alcanzaba
ahora la salida. Apenas podía moverse, arrastrando las manos por el
suelo. A cada irregularidad del embaldosado sentía el erizamiento
furioso de sus nervios. Empezó a maldecir en voz baja, le pareció
que todo se tornaba rojo, pero en algo influían los cristales de la
puerta.
El problema capital
era abrir la condenada puerta. Plack lo resolvió soltándole una
patada y metiendo el cuerpo cuando la hoja batió hacia afuera. Con
todo, las manos no le pasaban por la abertura. Poniéndose de costado
quiso hacer pasar primero la mano derecha, luego la otra. No pudo
hacer pasar ninguna de las dos. Pensó: «Dejarlas aquí». Lo pensó
como si fuese posible, seriamente.
—Absurdo —murmuró,
pero la palabra era ya como una caja vacía.
Trató de serenarse,
y se dejó caer a la turca delante de la puerta; las manos le
quedaron como dormidas junto a los minúsculos pies cruzados. Plack
las miró atentamente; fuera del aumento no habían cambiado. La
verruga del pulgar derecho, excepción hecha de que su tamaño era
ahora el de un reloj despertador, mantenía el mismo bello color azul
maradriático. El corte de las uñas persistía en su prolijidad
(Margie). Plack respiró profundamente, técnica para serenarse; el
asunto era serio. Muy serio. Lo bastante como para enloquecer a
cualquiera que le ocurriese. Pero conseguía sentir de veras lo que
su inteligencia le señalaba. Serio, asunto serio y grave; y sonreía
al decirlo, como en un sueño. De pronto se dio cuenta de que la
puerta tenía dos hojas. Enderezándose, aplicó una patada a la
segunda hoja y puso la mano izquierda como tranca. Despacio,
calculando con cuidado las distancias, hizo pasar poco a poco las dos
manos a la calle. Se sentía aliviado, casi feliz. Lo importante
ahora era irse a la esquina y tomar en seguida un ómnibus.
En la plaza las
gentes lo contemplaron con horror y asombro. Plack no se afligía;
mucho más raro hubiese sido que no lo contemplasen. Hizo con la
cabeza, un violento gesto al conductor de un ómnibus para que
detuviera el vehículo en la misma esquina. Quería trepar a él,
pero sus manos pesaban demasiado y se agotó al primer esfuerzo.
Retrocedió, bajo la avalancha de agudos gritos que surgían del
interior del ómnibus, donde las ancianas sentadas del lado de la
acera acababan de desvanecerse en serie.
Plack seguía en la
calle, mirándose las manos que se le estaban llenando de basuras, de
pequeñas pajas y piedrecitas de la vereda. Mala suerte con el
ómnibus. ¿Acaso el tranvía...?
El tranvía se
detuvo, y los pasajeros exhalaron horrendos gritos al advertir
aquellas manos arrastradas en el suelo y a Plack en medio de ellas,
pequeñito y pálido. Los hombres estimularon histéricamente al
conductor para que arrancara sin esperar. Plack no pudo subir.
—Tomaré un taxi
—murmuró, empezando lentamente a desesperarse.
Abundaban los taxis.
Llamó a uno, amarillo. El taxi se detuvo como sin ganas.
Había un negro en
el volante.
—¡Praderas
verdes! —balbuceó el negro—. ¡Qué manos!
—Abre la
portezuela, bájate, tómame la mano izquierda, súbela, tómame la
mano derecha, súbela, empújame para entrar en el coche, más
despacio, así está bien. Ahora llévame a la calle Doce, número
cuarenta setenta y cinco, y después vete al mismo infierno, negro de
todos los diablos.
—¡Praderas
verdes! —dijo el conductor, ya tornado al tradicional color
ceniza—. ¿Seguro que esas manos son las suyas, señor?
Plack gemía en su
asiento. Apenas había sitio para él: las manos ocupaban todo el
piso, se desbordaban sobre el asiento. Empezaba a refrescar y Plack
estornudó. Quiso instintivamente taparse la nariz con una mano y por
poco se arranca el brazo. Se dejó estar, abúlico, vencido, casi
feliz. Las manos le descansaban sucias y macizas en el suelo del
taxi. De la verruga, golpeada contra una columna de alumbrado,
brotaban algunas gordas gotas de sangre.
—Iré a casa de un
médico —dijo Plack—. No puedo entrar así en casa de Margie. Por
Dios, no puedo; le ocuparía todo el departamento. Iré a ver un
médico; me aconsejará la amputación, yo aceptaré, es la única
manera. Tengo hambre, tengo sueño.
Golpeó con la
frente el cristal delantero.
—Llévame a la
calle Cincuenta, número cuarenta y ocho cincuenta y seis.
Consultorio del doctor September.
Después se puso tan
contento ante la idea que acababa de ocurrírsele que llegó a sentir
el impulso de restregarse las manos de gusto; las movió pesadamente,
las dejó estar.
El negro le subió
las manos hasta el consultorio del doctor. Hubo una espantosa corrida
en la sala de espera cuando Plack apareció, caminando detrás de sus
manos que el negro sostenía por los pulgares, sudando a mares y
gimiendo.
—Llévame hasta
ese sillón; así, está bien. Mete la mano en el bolsillo del saco.
Tu mano, imbécil: en el bolsillo del saco; no, ése no, el otro. Más
adentro, criatura, así. Saca el rollo de dinero, aparta un dólar,
guárdate el vuelto y adiós.
Se desahogaba en el
servicial negro, sin saber el porqué de su enojo. Una cuestión
racial, acaso, claro está que sin porqués.
Ya dos enfermeras
presentaban sus sonrisas veladamente pánicas para que Plack apoyara
en ellas las manos. Lo arrastraron trabajosamente hasta el interior
del consultorio. El doctor September era un individuo con una redonda
cara de mariposa en bancarrota; vino a estrechar la mano de Plack,
advirtió que el asunto demandaría ciertas forzadas evoluciones,
permutó el apretón por una sonrisa.
—¿Qué lo trae
por aquí, amigo Plack? Plack lo miró con lástima.
—Nada —repuso,
displicente—. Me duele el árbol genealógico. ¿Pero no ve mis
manos, pedazo de facultativo?
—¡Oh, oh!
—admitía September—. ¡Oh, oh, oh!
Se puso de rodillas
y estuvo palpando la mano izquierda de Plack. Daba la impresión de
sentirse bastante preocupado. Se puso a hacer preguntas, las
habituales, que sonaban extrañamente ahora que se aplicaban al
asombroso fenómeno.
—Muy raro —resumió
con aire convencido—. Sumamente extraño, Plack.
—¿A usted le
parece?
—Sí, es el caso
más raro de mi carrera. Naturalmente, usted me permitirá tomar
algunas fotografías para el museo de rarezas de Pensilvania, ¿no es
cierto? Además tengo un cuñado que trabaja en The Shout, un
diario silencioso y reservado. El pobre Korinkus anda bastante
arruinado; me gustaría hacer algo por él. Un reportaje al hombre de
las manos... digamos, de las manos extralimitadas, sería el triunfo
para Korinkus. Le concederemos esa primicia, ¿no es verdad? Lo
podríamos traer aquí esta misma noche.
Plack escupió con
rabia. Le temblaba todo el cuerpo.
—No, no soy carne
de circo —dijo oscuramente—. He venido tan sólo a que me ampute
esto. Ahora mismo, entiéndalo. Pagaré lo que sea, tengo un seguro
que cubre estos gastos. Por otra parte están mis amigos, que
responden por mí; en cuanto sepan lo que me pasa vendrán como un
solo hombre a estrecharme la... Bueno, ellos vendrán.
—Usted dispone, mi
querido amigo —el doctor September miraba su reloj pulsera—. Son
las tres de la tarde (y Plack se sobresaltó porque no creía que
hubiese transcurrido tanto tiempo). Si lo opero ya, le tocará pasar
el peor rato por la noche. ¿Esperamos a mañana? Entretanto,
Korinkus...
—El peor rato lo
estoy pasando ahora —dijo Plack y se llevó mentalmente las manos a
la cabeza—. Opéreme, doctor, por Dios. Opéreme... ¡Le digo que
me opere! ¡¡Opéreme, hombre..., no sea criminal!!... ¡¡Comprenda
lo que sufro!! ¿¿Nunca le crecieron las manos, a usted..?? ¡¡¡Pues
a mí, sí!!! ¡¡¡Ahí tiene...; a mí, sí!!!
Lloraba, y las
lágrimas le caían impunemente por la cara y goteaban hasta perderse
en las grandes arrugas de las palmas de sus manos, que descansaban
boca arriba en el suelo, con el dorso en las baldosas heladas.
El doctor September
estaba ahora rodeado de un diligente cuerpo de enfermeras a cuál más
linda. Entre todas sentaron a Plack en un taburete y le pusieron las
manos sobre una mesa de mármol. Hervían fuegos, olores fuertes se
confundían en el aire. Relumbrar de aceros, de órdenes. El doctor
September, enfundado en siete metros de género blanco; y lo único
vivo que había en él eran sus ojos. Plack empezó a pensar en el
momento terrible de la vuelta a la vida, después de la anestesia.
Lo acostaron
dulcemente, de manera que las manos quedaran sobre la mesa de mármol
donde se llevaría a cabo el sacrificio. El doctor September se
acercó, riendo por debajo de la mascarilla.
—Korinkus vendrá
a sacar fotos —dijo—. Oiga, Plack, esto es fácil. Piense en
cosas alegres y su corazón no sufrirá. ¿Se despidió de sus manos?
Cuando despierte... ya no estarán con usted.
Plack hizo un gesto
tímido. Empezó a mirarse las manos, primero una y después otra.
«Adiós, muchachitas», pensó. «Cuando estéis en el acuario de
formol que os destinarán especialmente, pensad en mí. Pensad en
Margie que os besaba. Pensad en Mitt cuyo pelaje acariciabais. Os
perdono la mala pasada, en homenaje a la paliza que le disteis a
Cary, a ese vanidoso insolente...
Habían acercado
algodones a su rostro y Plack estaba empezando a sentir un olor dulce
y poco agradable. Intentó una protesta pero September hizo una suave
señal negativa.
Entonces Plack se
calló. Era mejor dejar que lo durmieran, entretenerse pensando cosas
alegres. Por ejemplo, la pelea con Cary. Él no había provocado.
Cuando Cary dijo: «Eres un cobarde, un canalla, y además un mal
poeta», las palabras decidieron el curso de las acciones, tal como
suele ocurrir en esta vida. Plack avanzó dos pasos hacia Cary y
empezó a pegarle. Estaba bien seguro de que Cary le respondía con
igual violencia, pero no sentía nada. Tan sólo sus manos que, a una
velocidad prodigiosa, rematando el lanzarse fulminante de los brazos,
iban a dar en la nariz, en los ojos, en la boca, en las orejas, en el
cuello, en el pecho, en los hombros de Cary.
Lentamente, tornaba
a sí mismo. Al abrir los ojos, la primera imagen que se coló en
ellos fue la de Cary. Un Cary muy pálido e inquieto, que se
inclinaba balbuceante sobre él.
—¡Dios mío..!
Plack, viejo... Jamás pensé que iba a ocurrir una cosa así...
Plack no comprendió.
¿Cary, allí? Pensó; acaso el doctor September, en previsión de
una posible gravedad posoperatoria, había avisado a los amigos.
Porque, además de Cary, veía él ahora los rostros de otros
empleados de la Municipalidad que se agrupaban en torno a su cuerpo
tendido.
—¿Cómo estás,
Plack? —preguntaba Cary, con voz estrangulada—. ¿Te... te
sientes mejor?
Entonces, de manera
fulminante, Plack comprendió la verdad. ¡Había soñado! ¡Había
soñado! «Cary me acertó un golpe en la mandíbula, desmayándome;
en mi desmayo he soñado ese horror de las manos...».
Lanzó una aguda
carcajada de alivio. Una, dos, muchas carcajadas. Sus amigos lo
contemplaban, con rostros todavía ansiosos y asustados.
—¡Oh, gran
imbécil! —apostrofó Plack, mirando a Cary con ojos brillantes—.
¡Me venciste, pero espera a que me reponga un poco..., te voy a dar
una paliza que te tendrá un año en cama...!
Alzó los brazos
para dar fe de sus palabras con un gesto concluyente. Entonces sus
ojos vieron los muñones.
jueves, 12 de enero de 2017
miércoles, 11 de enero de 2017
Los tres cerditos. James Finn Garner.
Había
una vez tres cerditos que vivían juntos en armonía y mutuo respeto
con el entorno que les rodeaba. Sirviéndose de los materiales
propios de la zona que habitaban, se construyeron cada uno una
hermosa casa. Un cerdito se la construyó de paja, otro de madera y
el último de ladrillos fabricados a base de estiércol, arcilla y
zarcillos y posteriormente cocidos en un pequeño horno. Al terminar,
los tres cerditos se sintieron satisfechos de su labor y siguieron
viviendo en paz e independencia.
Pero su idílica existencia no tardó en verse desbaratada. Un día, pasó por allí un enorme lobo malo con ideas expansionistas. Al ver a los cerditos, se sintió sumamente hambriento, tanto desde un punto de vista físico como ideológico. Cuando los cerditos vieron al lobo, se refugiaron en la casa de paja. El lobo corrió hasta ella y golpeó la puerta con los nudillos, gritando:
—¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!
Pero los cerditos respondieron:
—Tus tácticas de bandidaje no te servirán para amedrentar a unos cerditos empeñados en la defensa de su hogar y su cultura.
Pero el lobo se negaba a renunciar a lo que consideraba su destino ineludible. En consecuencia, sopló y sopló hasta derribar la casa de paja. Los cerditos, atemorizados, corrieron a la casa de madera con el lobo pisándoles los talones. El solar en el que se había alzado la casa de paja fue adquirido por otros lobos para organizar una plantación bananera.
Al llegar a la casa de madera, el lobo volvió a golpear la puerta y gritó:
—¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!
Pero los cerditos gritaron a su vez:
—¡Vete al infierno, condenado tirano carnívoro e imperialista!
Al oír aquello, el lobo se rió condescendientemente para sus adentros. Pensó para sí: «Va a ser una lástima que tengan que desaparecer, pero no se puede interrumpir la marcha del progreso.»
A continuación, sopló y sopló hasta derribar la casa de madera. Los cerditos huyeron a la casa de ladrillo con el lobo pisándoles nuevamente los talones. Al solar que había ocupado la casa de madera acudieron otros lobos y fundaron una urbanización de recreo en multipropiedad destinada a lobos en período de vacaciones, diseñando cada unidad como una reconstrucción en fibra de vidrio de la antigua casa de madera e instalando tiendas de recuerdos típicos de la localidad, clubes de submarinismo y delfinarios.
El lobo llegó a la casa de ladrillos y, una vez más, comenzó a aporrear la puerta, gritando:
—¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!
Esta vez, y a modo de respuesta, los cerditos entonaron cánticos de solidaridad y escribieron cartas de protesta a las Naciones Unidas.
Para entonces, al lobo comenzaba a irritarle la obcecación de los cerditos en su negativa a contemplar la situación desde una perspectiva carnívora, por lo que sopló y resopló y volvió a soplar hasta que, de repente, se aferró el pecho con las manos y se desplomó muerto como consecuencia de un infarto producido por el exceso de alimentos ricos en grasas.
Los tres cerditos celebraron el triunfo de la justicia y realizaron una breve danza en torno al cadáver del lobo. Su siguiente paso consistió en liberar sus tierras. Reunieron a un ejército de cerditos que se habían visto igualmente expulsados de sus propiedades y, con su nueva brigada de porcinistas, atacaron la urbanización con ametralladoras y lanzacohetes y dieron muerte a los crueles opresores lobunos, transmitiendo con ello un mensaje inequívoco al resto del hemisferio de no entrometerse en sus asuntos internos. A continuación, los cerditos fundaron un modelo de democracia socialista dotado de educación gratuita, un sistema universal de seguridad social y viviendas asequibles para todos.
Nota del autor: El lobo de este relato representa una imagen metafórica. Ningún lobo real ha sufrido daño alguno durante la redacción de esta historia.
Cuentos infantiles políticamente correctos. James Finn Garner, 2001.
Pero su idílica existencia no tardó en verse desbaratada. Un día, pasó por allí un enorme lobo malo con ideas expansionistas. Al ver a los cerditos, se sintió sumamente hambriento, tanto desde un punto de vista físico como ideológico. Cuando los cerditos vieron al lobo, se refugiaron en la casa de paja. El lobo corrió hasta ella y golpeó la puerta con los nudillos, gritando:
—¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!
Pero los cerditos respondieron:
—Tus tácticas de bandidaje no te servirán para amedrentar a unos cerditos empeñados en la defensa de su hogar y su cultura.
Pero el lobo se negaba a renunciar a lo que consideraba su destino ineludible. En consecuencia, sopló y sopló hasta derribar la casa de paja. Los cerditos, atemorizados, corrieron a la casa de madera con el lobo pisándoles los talones. El solar en el que se había alzado la casa de paja fue adquirido por otros lobos para organizar una plantación bananera.
Al llegar a la casa de madera, el lobo volvió a golpear la puerta y gritó:
—¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!
Pero los cerditos gritaron a su vez:
—¡Vete al infierno, condenado tirano carnívoro e imperialista!
Al oír aquello, el lobo se rió condescendientemente para sus adentros. Pensó para sí: «Va a ser una lástima que tengan que desaparecer, pero no se puede interrumpir la marcha del progreso.»
A continuación, sopló y sopló hasta derribar la casa de madera. Los cerditos huyeron a la casa de ladrillo con el lobo pisándoles nuevamente los talones. Al solar que había ocupado la casa de madera acudieron otros lobos y fundaron una urbanización de recreo en multipropiedad destinada a lobos en período de vacaciones, diseñando cada unidad como una reconstrucción en fibra de vidrio de la antigua casa de madera e instalando tiendas de recuerdos típicos de la localidad, clubes de submarinismo y delfinarios.
El lobo llegó a la casa de ladrillos y, una vez más, comenzó a aporrear la puerta, gritando:
—¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!
Esta vez, y a modo de respuesta, los cerditos entonaron cánticos de solidaridad y escribieron cartas de protesta a las Naciones Unidas.
Para entonces, al lobo comenzaba a irritarle la obcecación de los cerditos en su negativa a contemplar la situación desde una perspectiva carnívora, por lo que sopló y resopló y volvió a soplar hasta que, de repente, se aferró el pecho con las manos y se desplomó muerto como consecuencia de un infarto producido por el exceso de alimentos ricos en grasas.
Los tres cerditos celebraron el triunfo de la justicia y realizaron una breve danza en torno al cadáver del lobo. Su siguiente paso consistió en liberar sus tierras. Reunieron a un ejército de cerditos que se habían visto igualmente expulsados de sus propiedades y, con su nueva brigada de porcinistas, atacaron la urbanización con ametralladoras y lanzacohetes y dieron muerte a los crueles opresores lobunos, transmitiendo con ello un mensaje inequívoco al resto del hemisferio de no entrometerse en sus asuntos internos. A continuación, los cerditos fundaron un modelo de democracia socialista dotado de educación gratuita, un sistema universal de seguridad social y viviendas asequibles para todos.
Nota del autor: El lobo de este relato representa una imagen metafórica. Ningún lobo real ha sufrido daño alguno durante la redacción de esta historia.
Cuentos infantiles políticamente correctos. James Finn Garner, 2001.
lunes, 9 de enero de 2017
Oona, la alegre mujer de las cavernas. Patricia Highsmith.
Era un poco peluda, le faltaba un incisivo, pero su atractivo sexual era perceptible a una distancia de doscientos metros o más, como un olor; quizás fuese eso. Toda ella era redonda, su vientre, sus hombros, sus caderas eran redondas, y siempre estaba sonriente, siempre alegre. Por eso gustaba a los hombres. Siempre tenía algo cociendo en una olla sobre el fuego. Era mansa y nunca se enfadaba. Le habían dado tantos garrotazos en la cabeza que su cerebro estaba confuso. No hacía falta golpear a Oona para poseerla, pero ésa era la costumbre, y Oona apenas se molestaba en esquivar el cuerpo para protegerse.
Oona estaba permanentemente preñada y nunca había experimentado el comienzo de la pubertad, ya que su padre se había aprovechado de ella desde que tenía cinco años, y después de él, sus hermanos. Su primer hijo nació cuando ella tenía siete años. Aun en avanzado estado de gestación abusaban de ella, y los hombres esperaban impacientes la media hora o así que tardaba en parir, para lanzarse de nuevo sobre ella.
Curiosamente, Oona mantenía más o menos constante el índice de natalidad de la tribu; en todo caso, la población tendía a disminuir, ya que los hombres desatendían a sus mujeres porque estaban pensando en ella o, a veces, morían al pelear por ella.
Finalmente, Oona fue asesinada por una mujer celosa, a quien su marido no había tocado desde hacía muchos meses. Este hombre fue el primero que se enamoró. Se llamaba Vipo. Sus amigos se habían reído de él por no tomar a otras mujeres, o a la suya propia, en los momentos en que Oona no estaba disponible. Vipo había perdido un ojo luchando con sus rivales. Era un hombre sólo de mediana estatura. Siempre le había llevado a Oona las piezas más selectas que cazaba. Trabajó mucho para hacer un adorno de pedernal, convirtiéndose así en el primer artista de su tribu. Todos los demás utilizaban el pedernal solamente para hacer puntas de flecha y cuchillos. Le había dado el adorno a Oona para que se lo colgara al cuello con una cinta de cuero.
Cuando la mujer de Vipo mató a Oona por celos, Vipo mató a su mujer impulsado por el odio y la ira. Luego cantó una canción que sonaba fuerte y trágica. Siguió cantando como un loco, mientras las lágrimas corrían por sus barbudas mejillas. La tribu pensó en matarle, porque estaba loco y era diferente a todos, y le temían. Vipo dibujó figuras de Oona en la arena húmeda de la orilla del mar; luego, imágenes de ella sobre las rocas lisas de las montañas cercanas, imágenes que se veían desde lejos. Hizo una estatua de Oona en madera; después, una en piedra. Algunas veces dormía con ellas. Con las torpes sílabas de su lenguaje formó una frase que evocaba a Oona siempre que la pronunciaba. No era el único que aprendió y pronunció esa frase, ni el único que había conocido a Oona.
Vipo fue asesinado por una mujer celosa cuyo hombre no la había tocado desde hacía meses. Su hombre le había comprado a Vipo una estatua de Oona por un precio muy elevado: una enorme pieza de cuero hecho con varios pellejos de bisonte. Vipo se hizo con ella una hermosa casa impermeable, y aún le sobró suficiente para vestirse. Inventó unas frases acerca de Oona. Algunos hombres le habían admirado, otros le habían odiado, y las mujeres le odiaban todas, porque las miraba como si no las viese. Muchos hombres se entristecieron por la muerte de Vipo.
Pero, en general, la gente se sintió aliviada cuando Vipo desapareció. Había sido un hombre extraño, que perturbaba el sueño de algunas personas por las noches.
Pequeños cuentos misóginos. Patricia Highsmith, 1974.
Oona estaba permanentemente preñada y nunca había experimentado el comienzo de la pubertad, ya que su padre se había aprovechado de ella desde que tenía cinco años, y después de él, sus hermanos. Su primer hijo nació cuando ella tenía siete años. Aun en avanzado estado de gestación abusaban de ella, y los hombres esperaban impacientes la media hora o así que tardaba en parir, para lanzarse de nuevo sobre ella.
Curiosamente, Oona mantenía más o menos constante el índice de natalidad de la tribu; en todo caso, la población tendía a disminuir, ya que los hombres desatendían a sus mujeres porque estaban pensando en ella o, a veces, morían al pelear por ella.
Finalmente, Oona fue asesinada por una mujer celosa, a quien su marido no había tocado desde hacía muchos meses. Este hombre fue el primero que se enamoró. Se llamaba Vipo. Sus amigos se habían reído de él por no tomar a otras mujeres, o a la suya propia, en los momentos en que Oona no estaba disponible. Vipo había perdido un ojo luchando con sus rivales. Era un hombre sólo de mediana estatura. Siempre le había llevado a Oona las piezas más selectas que cazaba. Trabajó mucho para hacer un adorno de pedernal, convirtiéndose así en el primer artista de su tribu. Todos los demás utilizaban el pedernal solamente para hacer puntas de flecha y cuchillos. Le había dado el adorno a Oona para que se lo colgara al cuello con una cinta de cuero.
Cuando la mujer de Vipo mató a Oona por celos, Vipo mató a su mujer impulsado por el odio y la ira. Luego cantó una canción que sonaba fuerte y trágica. Siguió cantando como un loco, mientras las lágrimas corrían por sus barbudas mejillas. La tribu pensó en matarle, porque estaba loco y era diferente a todos, y le temían. Vipo dibujó figuras de Oona en la arena húmeda de la orilla del mar; luego, imágenes de ella sobre las rocas lisas de las montañas cercanas, imágenes que se veían desde lejos. Hizo una estatua de Oona en madera; después, una en piedra. Algunas veces dormía con ellas. Con las torpes sílabas de su lenguaje formó una frase que evocaba a Oona siempre que la pronunciaba. No era el único que aprendió y pronunció esa frase, ni el único que había conocido a Oona.
Vipo fue asesinado por una mujer celosa cuyo hombre no la había tocado desde hacía meses. Su hombre le había comprado a Vipo una estatua de Oona por un precio muy elevado: una enorme pieza de cuero hecho con varios pellejos de bisonte. Vipo se hizo con ella una hermosa casa impermeable, y aún le sobró suficiente para vestirse. Inventó unas frases acerca de Oona. Algunos hombres le habían admirado, otros le habían odiado, y las mujeres le odiaban todas, porque las miraba como si no las viese. Muchos hombres se entristecieron por la muerte de Vipo.
Pero, en general, la gente se sintió aliviada cuando Vipo desapareció. Había sido un hombre extraño, que perturbaba el sueño de algunas personas por las noches.
Pequeños cuentos misóginos. Patricia Highsmith, 1974.
domingo, 8 de enero de 2017
El prófugo. Víctor Montoya.
–¡Alto!
El prófugo siguió corriendo.
¡Pum!...
El prófugo cayó de bruces.
La sangre siguió corriendo.
El prófugo siguió corriendo.
¡Pum!...
El prófugo cayó de bruces.
La sangre siguió corriendo.
viernes, 6 de enero de 2017
Soy un genio. Pedro Herrero.
Me costó mucho localizar la exótica tienda de antigüedades, en aquel barrio lleno de calles estrechas y mal iluminadas. Pero aún fue más difícil entenderme con el dueño del local (un anciano enjuto y misterioso), cuando le pedí un pequeño objeto de regalo que pudiera llevarme de recuerdo a mi país: una lámpara de Aladino, para demostrar a mi mujer que no me olvidaba de ella en mi viaje de negocios. La lámpara era preciosa, pero al parecer había que respetar un estricto protocolo a la hora de manipularla. Así que su propietario se esforzó en traducirme, una por una, todas las indicaciones que mostraba un viejo pergamino, relativas a la forma de cogerla, frotarla y formular los deseos correspondientes. Yo no entendí nada, aunque todo aquello se me antojó muy divertido, si bien en algún momento sospeché que no se trataba de ninguna broma. Ya en casa, dispuse el regalo en el mueble bajo del recibidor, para que mi mujer se llevara una sorpresa, y guardé las instrucciones con la intención de enseñárselas más tarde. Algo hice mal. No sé, quizá froté la lámpara a destiempo en una zona equivocada, todo ocurrió muy deprisa. Al llegar mi mujer, descubrió mi equipaje en el dormitorio y me buscó inútilmente por todas las dependencias. Al cabo de unos años se volvió a casar. Supongo que ahora es feliz, ya que nunca ha necesitado frotar la lámpara y pedirme al menos uno de los tres deseos. Y, por lo visto, la mujer de la limpieza tampoco está por la labor.
jueves, 5 de enero de 2017
La casa de reposo. Fernando Iwasaki.
La madre superiora miró hacia el cielo como buscando una señal divina, y en sus ojos desvelados de oraciones reverberó cristalina una lágrima.
–¿Y dice usted que el viejo profesor se niega a ir a misa, hermana?
–Así es, reverenda. Y maldice y ofende a María Santísima.
–No importa, hermana. Llévelo entonces a dar un paseo por el huerto.
–Sí, reverenda.
–Hermana…
–¿Sí, reverenda?
–Que parezca un accidente.
–¿Y dice usted que el viejo profesor se niega a ir a misa, hermana?
–Así es, reverenda. Y maldice y ofende a María Santísima.
–No importa, hermana. Llévelo entonces a dar un paseo por el huerto.
–Sí, reverenda.
–Hermana…
–¿Sí, reverenda?
–Que parezca un accidente.
martes, 3 de enero de 2017
La noche de Camberwell. Jean Ray.
Oí, en el piso,
abrirse una puerta con precaución y voces que murmuraban, asustadas.
Saqué el revólver de la funda.
Había bebido una cantidad exagerada de whisky aquella noche, porque una espantosa humedad mojaba el ambiente y, además, sentía la añoranza de los días de sol y de las playas de agosto.
Había en la bar del Site “Enchanteur” una inmensa salamandra holandesa con ojos de mica de un rojo infernal, posada sobre el pavimento de arna blanca como azúcar, y un whisky que condenaría a San Antonio si, por azar, se hubiese paseado por el islote de barro que rodea la taberna.
Afuera, un travieso viento otoñal jugaba con los charcos de agua y las hojas secas… Por tanto, es comprensible que yo me quedara bebiendo hasta que Cavendish, el dueño, me pusiera, con una cortesía exquisita, pero con gran firmeza, en la puerta de su paraíso terrenal perfumado con los más miríficos alcoholes de Inglaterra y de Escocia.
Mi casita de Camberwell es fría y húmeda. Vivo allí completamente solo. Los champiñones simulan fantásticos tumores lívidos en las grietas; el paseo de las babosas inscribe todas las noches pacientes láminas de plata en las paredes. Pero eso no impide que yo sea rey en mi casa y que no ceda el paso a los ladrones atraídos por mis objetos de plata repujada y tres o cuatro cuadros de valor.
El silencio se restableció.
Ni siquiera era roto por el agradable tictac del reloj flamenco del vestíbulo.
Me di cuenta de que acababan de robármelo y me puse de mal humor.
Escuche: cuando regreso a casa, no hay una mujer que gruña, pero me besa durante un minuto; ni la ruidosa bienvenida de un perro, ni la doble luz verde de los ojos de un gato. En esta hora severa de la soledad, los sueños maravillosos del whiskyme han abandonado en la esquina de una calle con malos compañeros, y me siento feliz al volver a encontrarme con mi amigo el reloj, que parlotea él solo en las profundas tinieblas del pasillo.
-¡Ya-es-tás-a-quí! ¡Es-toy-muy-con-ten-to!
-¡Ya-es-tás-aquí! ¡Es-toy-muy-con-ten-to!
He intentado hacerle decir otra cosa, pero no he tenido ningún éxito.
Mi cerebro y mi frágil imaginación de las horas frías de la noche se se han negado a adaptar otras palabras a su ritmo.
Y he aquí que este amigo me lo han robado…
El primer peldaño crujió bajo mi prudente pisada: entonces una voz susurró de nuevo; luego, un objeto caído tintineó en su caída y se rompió con un ruido acre.
En mi dormitorio hay aparatos de luz de cristal de Bohemia y de Venecia. Estoy enamorado de sus llamas silenciosas.
El fin lamentabla de uno de mis cristales me oprime el corazón; pero no tuve tiempo de reflexionar, porque el ruido seco de una pistola que se arma sonó en el primer piso.
Escruté en vano las sombras, un poco extrañado de que ninguna claridad viniese del ojo de buey que destila sobre el descansillo el fulgor d euna lejana fila de faroles.
Algo rozó largamente la pared por encima de mí. Y no tuve tiempo más que de evitar la barra roja de un disparo.
Sonó formidable como una explosión. Un empujón de gas ardiendo me abofeteó y mi sombrero recibió un papirotazo.
-¡Canallas!- grité-. ¡Muéstrense!
Una nueva llama alumbró la oscuridad.
Alzando mi revólver, disparé en la dirección del disparo y un cuerpo cayó pesadamente si lazar una queja.
* * *
En vano busqué al tacto el conmutador de la luz, y recordé con disgusto que había empleado mi última cerilla al querer encender la húmeda mezcla de mi pipa.
Alcancé el descansillo. Mi pie resbaló, untado en una masa grasosa y fofa. Comprendí que algo horrible se hallaba delante de mí, algo hacia lo que me agaché lentamente con angustia y disgusto.
¡Ah!…
Dos manos acababan de agarrarme por el cuello.
* * *
Dos manos enormes, heladas, duras como el acero.
En medio de un silencio inmenso, sin gritos, sin odio, con un método y una seguridad de máquina, apretaban mi cuello.
Mis vértebras crujieron. Mi pecho se llenaba de plomo fundido. Extrañas luces volteaban delante de mis ojos.
Comprendí que iba a morir, pero en ese momento mi revólver se disparó solo.
El aire volvió de nuevo a mis pulmones. Las manos habían dejado su presa.
Ahora un estertor muy tenue se apagaba delante de mí, en el descansillo oscuro.
Muy suave…, muy tenue…
Luego, volvió el silencio y quedé dueño de toda la casa.
El silencio, la noche, invisibles cadáveres, un incomprensible drama que yo acababa de vivir a ciegas…
Fue el miedo quien me saltó entonces sobre los hombros y me hizo correr, aullando, hacia la puerta.
Cuando de un salto alcancé el exterior, la “niebla” llegó.
En dos minuttos, la bruma ocupó toda la calle. Pegándose a los callejones, embadurnando las fachadas de una masa uniforme, ahogó mi voz que gritaba “¡Al asesino!”; ponía, a empujones, una glacial pera de angustia en mi garganta dolorida.
Corrí tras lejanas formas humanas, que se fundían en la niebla cuando yo me acercaba a ellas; llamé a las puertas, que permanecieron cerradas sobre sueños obstinados.
Y no vi a nadie. Nadie me oyó, y el silencio terrible de mi casa ensangrentada me perseguía a través de la socarrona complicidad de la niebla.
* * *
Después de dos horas de correr en vano, por una aurora sucia que lloraba el hollín de millares de chimeneas, volví a encontrarme en el umbral de mi trágica casa.
Cuando abría la puerta, temblando ante la idea del espectáculo que las tinieblas habían negado a mi vista, oí el tictac de mi reloj.
* * *
Allí estaba moviendo gravemente su péndulo.
¡Ya-es-tás-a-quí! ¡Es-toy-muy-con-ten-to!
Ni en la escalera ni en el descansilllo había ningún cadáver.
Y los cristales de las ventanas me han favorecido con sus discretos colores de aurora, de miel y de profundidades marinas.
Nada se había movido en mi casita. Ni siquiera había la huella de un piececito llena de sangre.
¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!
* * *
Pero mi sombrero está agujereado por una bala.
En mi revólver hay dos cartuchos descargados.
Mi cuello lleva las huellas de unos dedos…, dedos helados, largos, monstruosamente largos.
¡Dios!
* * *
Ahora que pido consejo al whisky, me da un poco de clarividencia.
Me he equivocado de calle, de puerta…, una llave abre miles de cerraduras…, ¡y hay tantas calles semejantes!
¡Ah! ¡Ah! En un barrio de Londres, que desconozco, en una calle que no sé cuál es, en una casa desconocida, he matado a personas que jamás he visto y de las que no sabré nunca nada.
-¡Camarero, whisky!
Había bebido una cantidad exagerada de whisky aquella noche, porque una espantosa humedad mojaba el ambiente y, además, sentía la añoranza de los días de sol y de las playas de agosto.
Había en la bar del Site “Enchanteur” una inmensa salamandra holandesa con ojos de mica de un rojo infernal, posada sobre el pavimento de arna blanca como azúcar, y un whisky que condenaría a San Antonio si, por azar, se hubiese paseado por el islote de barro que rodea la taberna.
Afuera, un travieso viento otoñal jugaba con los charcos de agua y las hojas secas… Por tanto, es comprensible que yo me quedara bebiendo hasta que Cavendish, el dueño, me pusiera, con una cortesía exquisita, pero con gran firmeza, en la puerta de su paraíso terrenal perfumado con los más miríficos alcoholes de Inglaterra y de Escocia.
Mi casita de Camberwell es fría y húmeda. Vivo allí completamente solo. Los champiñones simulan fantásticos tumores lívidos en las grietas; el paseo de las babosas inscribe todas las noches pacientes láminas de plata en las paredes. Pero eso no impide que yo sea rey en mi casa y que no ceda el paso a los ladrones atraídos por mis objetos de plata repujada y tres o cuatro cuadros de valor.
El silencio se restableció.
Ni siquiera era roto por el agradable tictac del reloj flamenco del vestíbulo.
Me di cuenta de que acababan de robármelo y me puse de mal humor.
Escuche: cuando regreso a casa, no hay una mujer que gruña, pero me besa durante un minuto; ni la ruidosa bienvenida de un perro, ni la doble luz verde de los ojos de un gato. En esta hora severa de la soledad, los sueños maravillosos del whiskyme han abandonado en la esquina de una calle con malos compañeros, y me siento feliz al volver a encontrarme con mi amigo el reloj, que parlotea él solo en las profundas tinieblas del pasillo.
-¡Ya-es-tás-a-quí! ¡Es-toy-muy-con-ten-to!
-¡Ya-es-tás-aquí! ¡Es-toy-muy-con-ten-to!
He intentado hacerle decir otra cosa, pero no he tenido ningún éxito.
Mi cerebro y mi frágil imaginación de las horas frías de la noche se se han negado a adaptar otras palabras a su ritmo.
Y he aquí que este amigo me lo han robado…
El primer peldaño crujió bajo mi prudente pisada: entonces una voz susurró de nuevo; luego, un objeto caído tintineó en su caída y se rompió con un ruido acre.
En mi dormitorio hay aparatos de luz de cristal de Bohemia y de Venecia. Estoy enamorado de sus llamas silenciosas.
El fin lamentabla de uno de mis cristales me oprime el corazón; pero no tuve tiempo de reflexionar, porque el ruido seco de una pistola que se arma sonó en el primer piso.
Escruté en vano las sombras, un poco extrañado de que ninguna claridad viniese del ojo de buey que destila sobre el descansillo el fulgor d euna lejana fila de faroles.
Algo rozó largamente la pared por encima de mí. Y no tuve tiempo más que de evitar la barra roja de un disparo.
Sonó formidable como una explosión. Un empujón de gas ardiendo me abofeteó y mi sombrero recibió un papirotazo.
-¡Canallas!- grité-. ¡Muéstrense!
Una nueva llama alumbró la oscuridad.
Alzando mi revólver, disparé en la dirección del disparo y un cuerpo cayó pesadamente si lazar una queja.
* * *
En vano busqué al tacto el conmutador de la luz, y recordé con disgusto que había empleado mi última cerilla al querer encender la húmeda mezcla de mi pipa.
Alcancé el descansillo. Mi pie resbaló, untado en una masa grasosa y fofa. Comprendí que algo horrible se hallaba delante de mí, algo hacia lo que me agaché lentamente con angustia y disgusto.
¡Ah!…
Dos manos acababan de agarrarme por el cuello.
* * *
Dos manos enormes, heladas, duras como el acero.
En medio de un silencio inmenso, sin gritos, sin odio, con un método y una seguridad de máquina, apretaban mi cuello.
Mis vértebras crujieron. Mi pecho se llenaba de plomo fundido. Extrañas luces volteaban delante de mis ojos.
Comprendí que iba a morir, pero en ese momento mi revólver se disparó solo.
El aire volvió de nuevo a mis pulmones. Las manos habían dejado su presa.
Ahora un estertor muy tenue se apagaba delante de mí, en el descansillo oscuro.
Muy suave…, muy tenue…
Luego, volvió el silencio y quedé dueño de toda la casa.
El silencio, la noche, invisibles cadáveres, un incomprensible drama que yo acababa de vivir a ciegas…
Fue el miedo quien me saltó entonces sobre los hombros y me hizo correr, aullando, hacia la puerta.
Cuando de un salto alcancé el exterior, la “niebla” llegó.
En dos minuttos, la bruma ocupó toda la calle. Pegándose a los callejones, embadurnando las fachadas de una masa uniforme, ahogó mi voz que gritaba “¡Al asesino!”; ponía, a empujones, una glacial pera de angustia en mi garganta dolorida.
Corrí tras lejanas formas humanas, que se fundían en la niebla cuando yo me acercaba a ellas; llamé a las puertas, que permanecieron cerradas sobre sueños obstinados.
Y no vi a nadie. Nadie me oyó, y el silencio terrible de mi casa ensangrentada me perseguía a través de la socarrona complicidad de la niebla.
* * *
Después de dos horas de correr en vano, por una aurora sucia que lloraba el hollín de millares de chimeneas, volví a encontrarme en el umbral de mi trágica casa.
Cuando abría la puerta, temblando ante la idea del espectáculo que las tinieblas habían negado a mi vista, oí el tictac de mi reloj.
* * *
Allí estaba moviendo gravemente su péndulo.
¡Ya-es-tás-a-quí! ¡Es-toy-muy-con-ten-to!
Ni en la escalera ni en el descansilllo había ningún cadáver.
Y los cristales de las ventanas me han favorecido con sus discretos colores de aurora, de miel y de profundidades marinas.
Nada se había movido en mi casita. Ni siquiera había la huella de un piececito llena de sangre.
¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!
* * *
Pero mi sombrero está agujereado por una bala.
En mi revólver hay dos cartuchos descargados.
Mi cuello lleva las huellas de unos dedos…, dedos helados, largos, monstruosamente largos.
¡Dios!
* * *
Ahora que pido consejo al whisky, me da un poco de clarividencia.
Me he equivocado de calle, de puerta…, una llave abre miles de cerraduras…, ¡y hay tantas calles semejantes!
¡Ah! ¡Ah! En un barrio de Londres, que desconozco, en una calle que no sé cuál es, en una casa desconocida, he matado a personas que jamás he visto y de las que no sabré nunca nada.
-¡Camarero, whisky!
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