La mujer. Una isla
color canela sobre las baldosas.
La mujer desnuda.
(debe ser normal,
debe ser común, chico de doce años, yo, yo ese mediodía, chico que
toca la puerta de su amigo del colegio y queda suspendido en el aire,
queda enmudecido, al ver que una mujer salvajemente hermosa abre y
con voz apagada
pasa adelante,
Alberto está en el cuarto y te espera y en la nevera hay unas
croquetas para hacer y hay algo de pollo y refresco y si les apetece
tienen dinero que les puse en la mesa por si quieren comprar una
pizza y me voy un beso adiós adiós
porque el beso en la
mejilla me dejó inmóvil, gélido, ¿qué clase de madre era esa?
¿cómo podía una madre tener ojos encendidos como los de un gato,
ojos como brasas, y esa blusa ceñida en la que los pechos se alzaban
como barquillos de helado, y esa cintura estrecha, esas piernas
felices que debían silenciar el mundo cada vez que la falda se
alzaba un poco?)
La puerta del
apartamento.
Los dos amigos que
suben con prisa y carcajadas la escalera.
(la incongruencia
del mundo, el universo paralelo al que accedemos por azar, ¿nunca
les ha ocurrido? un sitio donde las madres no son señoras con
camisas anchas, colores amarillentos en el pelo, crucifijos, dietas
de lechuga, prensa rosa, bolsas del mercado, olor a pimentón,
cebollines,
porque aquel olor,
la madre de Alberto
era un olor cremoso, un olor cítrico y acaramelado que flotaba como
una nube y que era su anuncio, la orilla de un olor, la esponjosidad
de un olor, el olor mismo, y luego la madre de Alberto,
ella misma,
olorosa junto a
nosotros, caminando descalza con unos pies que algún pintor italiano
hubiese deseado para sus «madonnas», unos pies perfectos, unos
dedos gráciles flotando sobre el suelo del apartamento, aquel
apartamento cubierto de libros, muchos traducidos por la madre de
Alberto, muchos editados por la madre de Alberto, que era hermosa,
descalza, políglota
siéntense a comer,
muchachos, hoy es un día especial, porque el día que uno termina de
traducir a Diderot sólo puede ser un día especial, y por eso les he
preparado un carpaccio, y luego, si no le dicen nada a nadie les
dejaré probar un poco de un rioja estupendo,
carpaccio, que es
una carne cruda con virutas de parmesano, cruda,
los gritos de mi
madre, que la carne cruda es mala, que esa mujer está loca y no
puede estar bien de la cabeza y por eso nunca va a las reuniones del
colegio y jamás asiste a las misas de fin de año con lo bonitas que
van quedando desde que canta el coro,
carpaccio, tierno
sabor que me habla dentro de la boca, y luego ese dulce soplido en
las orejas, mejillas rosadas con los dedos de vino que pudimos probar
esa noche cuando la madre de Alberto tenía los ojos encendidos como
pequeñas antorchas, como fogonazos en medio de la noche, tan
hermosa, como nunca y como siempre, tan bella, tanto que debí irme
al baño y allí mismo, junto a su bata de seda necesité frotarme y
frotarme para que el cuerpo dejase de temblar al sentir el olor, la
mirada de la madre de Alberto, envuelto en esas horas, carpaccio,
Rioja, y esa señora Diderot que nos hacía tan felices)
El sabor de la
limonada. El sabor de la pizza.
El balón que rebota
en medio de la plaza y Alberto que le muestra a su amigo las monedas
que le regaló su madre hace unas horas.
(porque Alberto
vivía con naturalidad que su madre fuese la más inteligente, la más
joven, la más deliciosa, y que su padre fuese una visita algunos
domingos, un divorcio que tampoco era divorcio, unas vacaciones
ocasionales en esa Europa donde sus padres habían vivido alguna vez
¿y tú piensas
vivir metido en esa casa comiendo carne cruda? gritaba mi mamá con
su rostro como un tomate descompuesto, pero yo apenas la escuchaba, y
al fondo la telenovela, y alguien descubría que su madre no es su
madre porque él es el hijo perdido al nacer
y mi día era una
ordenada secuencia en la que las horas del colegio servían corno el
preámbulo para ir al apartamento de mi amigo a jugar al ajedrez, a
preparar los exámenes, a escuchar música, a rastrear como una
huella en la arena el olor de la madre de mi amigo,
ese olor,
tocando cada objeto
de la casa,
soplando sobre cada
libro, cada mueble, cada pared,
y a las cinco en
punto de la tarde,
precisa, exacta,
aparecía ella, el sonido de sus llaves, su carpeta llena de papeles,
sus lentes de sol
¿ya merendaron?
¿terminaron de estudiar? ¿no quieren ir a la cinemateca a ver una
película de Buñuel? Ya están en edad de empezar a ver a Buñuel y
luego nos tomamos unas merengadas y
porque íbamos mucho
al cine, o a exposiciones, o a presentaciones de libros en las que
hombres con barbas descuidadas perseguían a la madre de Alberto, la
asediaban, la rondaban, lo mismo que hombres con trajes muy bien
cortados, y muchachos de cabellos largos, y mujeres gordas, y todo
ser vivo, gente que se aproximaba a la madre de Alberto para olerla,
para tocarla, para invitarla,
y en una oportunidad
un hombre se puso pesado, se aproximó en exceso, y la madre de mi
amigo me abrazó hasta que aquel baboso se largó a otra parte
mientras yo nadaba en la felicidad del instante, yo tan cerca de
ella, tan inmediato a ese olor,
y fue esa la primera
vez que la vi tan triste, tan mustia, como cuando contestaba esas
llamadas de teléfono que nunca supe quién le hacía, y que la
dejaban muda, mirando las paredes)
Brisa en el rostro.
Las dos bicicletas
atraviesan la avenida.
(luego uno intenta
armar una secuencia que todo lo explique, intenta llenar de señales
lo que sólo era caos, dispersión, opacidad, y hasta se atreve a
insinuar razones donde sólo hay gestos,
eso sí, el viernes
anterior ella estaba en el balcón hablando por teléfono con alguien
a quien trataba con furia, luego llegó la noche y cuando Alberto y
yo salimos al salón la encontramos sentada a oscuras con un libro
abierto, entonces Alberto salió a comprar algo para que cenáramos y
me pidió que me quedase con su madre,
ella
que con voz apagada
ven aquí, ven aquí
y no enciendas la luz, la luz daña los ojos, quiero contarte algo,
algo que ya a Alberto no le hace gracia porque lo ha escuchado tantas
veces, pero un día iremos de paseo para que lo entiendas, sí, eso
haremos, le diré a tus padres que te dejen venir con nosotros, y nos
iremos los tres a Europa en avión, para que veas esas ciudades donde
las piedras tienen voces, para que camines bajo los prunos, sí,
aunque no sabes que son ¿verdad? es un árbol que tiene las hojas
color helado de uva, es un árbol pequeño que hay en los jardines y
que también llaman ciruelo rojo, y cuando te colocas debajo de ellos
filtran la luz y sientes como si una miel color vino te estuviese
mojando, y el sol no te daña, no te arde en la piel, porque yo era
muy feliz debajo de los prunos, pero además recuerdo que en
diciembre los prunos se quedaban desnudos, con sus ramas delgadas, y
en marzo se llenaban de flores pequeñas que parecían vidrios bajo
el sol, y esa era la primera señal de que se marchaba el invierno,
la primera noticia, allí, en los prunos, la primera insinuación de
que pronto todo recomenzaría,
luego quedó muy
callada,
quisiera decir que
la vi llorar, que se conmovió especialmente, que me acunó en sus
brazos y que mi rostro se hundió entre sus senos, pero no es cierto,
lo único real es que permaneció silenciosa y durante el resto de la
noche no abrió la boca,
comimos con
lentitud, sólo Alberto y yo intercambiábamos palabras, y sin
embargo los ojos de ella seguían encendidos, con esa incandescencia
amarilla, verde, que destellaba en sus pupilas,
no recuerdo nada
más, sólo que el domingo engañé a mi mamá con cualquier excusa y
pasé a jugar una partida de ajedrez con Alberto,
él me pidió que lo
esperase abajo, salió con su bicicleta y me dijo que fuésemos a
buscar la mía para dar un paseo,
así lo hicimos,
luego atravesamos la avenida y en la plaza estuvimos un buen rato
jugando con el balón,
mi amigo me mostró
el dinero que le había regalado su madre unas horas atrás,
luego comimos trozos
de pizza, bebimos limonada, y yo insistí tanto hasta que Alberto
aceptó que pasáramos por su casa para buscar el ajedrez y luego
jugar una partida en el parque,
subimos haciendo una
competencia a ver quién llegaba primero y recuerdo que nos reíamos
sin parar, Alberto iba ganando, era más ágil que yo, era más alto,
pero en los últimos escalones resbaló y logré entrar al pasillo
primero que él,
llegué a la puerta,
vi el papel, lo leí, yo lo leí primero,
«Alberto, no
entres, llama a tu padre»
pero no lo
comprendí, no lo entendí en absoluto, mucho menos comprendí los
ojos abiertos de mi amigo, las aletas de su nariz dilatándose, el
modo en que arrancó el papel y abrió la puerta a empujones, su
carrera, sus voces por todo el apartamento, su forma de asomarse a
cada habitación, a cada esquina, su manera de pasar una y otra vez
frente al baño sin golpear la puerta,
hasta que lo
distinguí congelado en el salón, resollando, fue entonces cuando se
aproximó al baño y yo lo seguí, como si sólo a partir de ese
instante entendiese que algo definitivo ocurría,
algo que era
predecible desde hace unos minutos y que sólo necesitaba de sus
detalles,
y sin embargo quedé
paralizado al verla sumergida dentro del agua de la bañera, como
aguantando el aire en un juego travieso,
pensé en dar un
paso atrás hasta que Alberto hundió medio cuerpo dentro del agua y
rugiendo intentó cargarla una y otra vez, inútilmente, porque el
cuerpo se le resbalaba, entonces mi amigo lanzó un gesto de ayuda y
entre ambos la alzamos, pero a pesar del esfuerzo arrastramos
jabones, tubos de pastillas, frascos de champú, botellas de vino,
pesaba mucho y la
colocamos en el suelo, Alberto le gritaba en el oído, pero la mujer
tenía los labios azules y los dedos arrugados,
era bellísima,
mi amigo gritaba
pero yo no podía escucharlo,
era bellísima,
la mujer desnuda,
la primera mujer
desnuda que veía en mi vida,
una isla color
canela sobre las baldosas,
la mujer desnuda y
yo, lleno de amor, y ese color canela,
y ese aroma subiendo
en mi garganta, porque mi amigo
gritaba, mi amigo
golpeaba su cabeza contra las paredes pero yo sólo deseaba que se
descuidara un segundo, que no encontrara nunca la bata de seda que
colgaba en la puerta,
para acariciar por
unos instantes esa piel, como un adiós, como una despedida,
(Madrid, 2004)
Hasta luego, Mister Salinguer. Juan Carlos Méndez Guédez, 2007.
jueves, 19 de enero de 2017
miércoles, 18 de enero de 2017
martes, 17 de enero de 2017
La noche. Manuel Rueda.
Es
la noche, oscura como el antifaz de los asesinos. Muy cerca se oye un
grito de terror, luego, un disparo que lo silencia. Ninguna de
nuestras ventanas se ha abierto; todos temblamos en el interior,
absteniéndonos de ser testigos de un hecho que más tarde podría
comprometernos. Un automóvil arranca y se pierde a lo lejos con su
carga de muerte. En la esquina alguien agoniza en medio de un gran
charco de sangre. A su alrededor un vecindario de culpables trata en
vano de conciliar el sueño.
lunes, 16 de enero de 2017
Longevidad. Raúl Brasca.
No
son las parcas quienes cortan el hilo ni es la enfermedad ni la bala
lo que mata. Morimos cuando, por puro azar, cumplimos el acto preciso
que nos marcó la vida al nacer: derramamos tres lágrimas de nuestro
ojo izquierdo mientras del derecho brotan cinco, todo en exactamente
cuarenta segundos; o tomamos con el peine justo cien cabellos; o
vemos brillar la hoja de acero dos segundos antes de que se hunda en
nuestra carne. Pocos son los signados con posibilidades muy remotas.
Matusalén murió después de parpadear ocho veces en perfecta
sincronía con tres de sus nietos.
domingo, 15 de enero de 2017
El mosquito. Julia Otxoa.
Érase
un mosquito que al igual que a todos los de su especie, al poco de
nacer ya le quedaban escasas horas de vida. Así que en cuanto vio la
luz por primera vez se dijo así mismo:
—Tendré que darme prisa en vivir, esto se acaba.
De inmediato se puso a volar sin rumbo fijo, y tanto voló que quedó exhausto, se paró entonces al lado de una charca junta a una fea fábrica, y bebió unos traguitos de agua contaminada.
Después de descansar unos minutos, reanudó su viaje sin saber a ciencia cierta qué hacer o a dónde ir. Pasadas unas horas tuvo hambre y siguiendo su ancestral instinto de alimentarse con sangre, picó a su paso todo lo que pudo: vacas, cerdos, caballos, personas. Luego se enamoró, tuvo hijos y al cumplirse las veinticuatro horas de su nacimiento, límite de su ciclo vital, su vida acabó, su diminuto cuerpo cayó al suelo como caen todos mosquitos, patas arriba y con cara de estar diciendo:
—¡Vaya vida más corta la mía!
Pero lo que no adivinaba, sumido como estaba en tan lastimeros pensamiento, era que el suyo, sin saberlo, había sido un destino criminal, ya que tras su muerte, también la ciudad entera cayó patas arriba, se borró del mapa, desapareció, debido a su minúscula picadura envenenada, que degeneró luego en infecciones masiva, en contagio colectivo de hombres, animales y plantas.
—Tendré que darme prisa en vivir, esto se acaba.
De inmediato se puso a volar sin rumbo fijo, y tanto voló que quedó exhausto, se paró entonces al lado de una charca junta a una fea fábrica, y bebió unos traguitos de agua contaminada.
Después de descansar unos minutos, reanudó su viaje sin saber a ciencia cierta qué hacer o a dónde ir. Pasadas unas horas tuvo hambre y siguiendo su ancestral instinto de alimentarse con sangre, picó a su paso todo lo que pudo: vacas, cerdos, caballos, personas. Luego se enamoró, tuvo hijos y al cumplirse las veinticuatro horas de su nacimiento, límite de su ciclo vital, su vida acabó, su diminuto cuerpo cayó al suelo como caen todos mosquitos, patas arriba y con cara de estar diciendo:
—¡Vaya vida más corta la mía!
Pero lo que no adivinaba, sumido como estaba en tan lastimeros pensamiento, era que el suyo, sin saberlo, había sido un destino criminal, ya que tras su muerte, también la ciudad entera cayó patas arriba, se borró del mapa, desapareció, debido a su minúscula picadura envenenada, que degeneró luego en infecciones masiva, en contagio colectivo de hombres, animales y plantas.
viernes, 13 de enero de 2017
El respeto de los géneros. Ana María Shua.
Un
hombre despierta junto a una mujer a la que no reconoce. En una
historia policial esta situación podría ser efecto del alcohol, de
la droga o de un golpe en la cabeza. En un cuento de ciencia ficción
el hombre comprendería eventualmente que se encuentra en un universo
paralelo. En una novela existencialista el no reconocimiento podría
deberse, simplemente, a una sensación de extrañamiento, de absurdo.
En un texto experimental el misterio quedaría sin desentrañar y la
situación sería resuelta por una pirueta del lenguaje. Los editores
son cada vez más exigentes y el hombre sabe, con cierta
desesperación, que si no logra ubicarse rápidamente en un género
corre el riesgo de permanecer dolorosa, perpetuamente inédito.
jueves, 12 de enero de 2017
Las manos que crecen. Julio Cortázar.
Él no había
provocado. Cuando Cary dijo: «Eres un cobarde, un canalla, y además
un mal poeta», las palabras decidieron el curso de las acciones, tal
como suele ocurrir en esta vida.
Plack avanzó dos pasos hacia Cary y empezó a pegarle. Estaba bien seguro de que Cary le respondía con igual violencia, pero no sentía nada. Tan sólo sus manos que, a una velocidad prodigiosa, rematando el lanzar fulminante de los brazos, iban a dar en la nariz, en los ojos, en la boca, en las orejas, en el cuello, en el pecho, en los hombros de Cary.
Bien de frente, moviendo el torso con un balanceo rapidísimo, sin retroceder, Plack golpeaba. Sin retroceder, Plack golpeaba. Sus ojos medían de lleno la silueta del adversario. Pero aún mejor ubicaba sus propias manos; las veía bien cerradas, cumpliendo la tarea como pistones de automóvil, como cualquier cosa que cumpliera su tarea moviéndose al compás de un balanceo rapidísimo. Le pegaba a Cary, le seguía pegando, y cada vez que sus puños se hundían en una masa resbaladiza y caliente, que sin duda era la cara de Cary, él sentía el corazón lleno de júbilo.
Por fin bajó los brazos, los puso a descansar junto al cuerpo. Dijo:
—Ya tienes bastante, estúpido. Adiós.
Echó a caminar, saliendo de la sala de la Municipalidad, por el corredor que conducía lejanamente a la calle.
Plack estaba contento. Sus manos se habían portado bien. Las trajo hacia delante para admirarlas; le pareció que tanto golpear las había hinchado un poco. Sus manos se habían portado bien, qué demonios; nadie discutiría que él era capaz de boxear como cualquiera.
El corredor se extendía sumamente largo y desierto. ¿Por qué tardaba tanto en recorrerlo? Acaso el cansancio, pero se sentía liviano y sostenido por las manos invisibles de la satisfacción física. Las manos de la satisfacción física. ¿Las manos...? No existía en el mundo mano comparable a sus manos; probablemente tampoco las había tan hinchadas por el esfuerzo. Volvió a mirarlas, hamacándose como bielas o niñas en vacaciones; las sintió profundamente suyas, atadas a su ser por razones más hondas que la conexión de las muñecas. Sus dulces, sus espléndidas manos vencedoras.
Silbaba, marcando el compás con la marcha por el interminable pasillo. Todavía quedaba una gran distancia para alcanzar la puerta de salida. Pero qué importaba después de todo. En casa de Emilio se comía tarde, aunque en verdad él no iría a almorzar a casa de Emilio sino al departamento de Margie. Almorzaría con Margie, por el solo placer de decirle palabras cariñosas, y tornaría luego a cumplir la jornada vespertina. Mucho trabajo, en la Municipalidad. No bastaban todas las manos para cubrir la tarea. Las manos... Pero las suyas sí que habían estado atareadas rato antes. Pegar y pegar, vindicadoras; quizá por eso le pesaban ahora tanto. Y la calle estaba lejos, y era mediodía.
La luz de la puerta empezaba a agitarse en la atmósfera visual de Plack. Dejó de silbar; dijo: «Bliblug, bliblug, bliblug». Lindo, habla sin motivo, sin significado. Entonces fue cuando sintió que algo le arrastraba por el suelo. Algo que era más que algo; cosas suyas estaban arrastrando por el suelo.
Miró hacia abajo y vio que los dedos de sus manos arrastraban por el suelo.
Los dedos de sus manos arrastraban por el suelo. Diez sensaciones incidían en el cerebro de Plack con la colérica enunciación de las novedades repentinas. Él no lo quería creer pero era cierto. Sus manos parecían orejas de elefante africano. Gigantescas pantallas de carne arrastrando por el suelo.
A pesar del horror le dio una risa histérica. Sentía cosquillas en el dorso de los dedos; cada juntura de las baldosas le pasaba como un papel de esmeril por la piel. Quiso levantar una mano pero no pudo con ella. Cada mano debía pesar cerca de cincuenta kilos. Ni siquiera logró cerrarlas. Al imaginar los puños que habrían formado se sacudió de risa. ¡Qué manoplas! Volver junto a Cary, sigiloso y con los puños como tambores de petróleo, tender en su dirección uno de los tambores, desenrollándolo lentamente, dejando asomar las falanges, las uñas, meter a Cary dentro de la mano izquierda, sobre la palma, cubrir la palma de la mano izquierda con la palma de la mano derecha y frotar suavemente las manos, haciendo girar a Cary de un extremo a otro, como un pedazo de masa de tallarines, igual que Margie los jueves a mediodía. Hacerlo girar, silbando canciones alegres, hasta dejar a Cary más molido que una galletita vieja.
Plack alcanzaba ahora la salida. Apenas podía moverse, arrastrando las manos por el suelo. A cada irregularidad del embaldosado sentía el erizamiento furioso de sus nervios. Empezó a maldecir en voz baja, le pareció que todo se tornaba rojo, pero en algo influían los cristales de la puerta.
El problema capital era abrir la condenada puerta. Plack lo resolvió soltándole una patada y metiendo el cuerpo cuando la hoja batió hacia afuera. Con todo, las manos no le pasaban por la abertura. Poniéndose de costado quiso hacer pasar primero la mano derecha, luego la otra. No pudo hacer pasar ninguna de las dos. Pensó: «Dejarlas aquí». Lo pensó como si fuese posible, seriamente.
—Absurdo —murmuró, pero la palabra era ya como una caja vacía.
Trató de serenarse, y se dejó caer a la turca delante de la puerta; las manos le quedaron como dormidas junto a los minúsculos pies cruzados. Plack las miró atentamente; fuera del aumento no habían cambiado. La verruga del pulgar derecho, excepción hecha de que su tamaño era ahora el de un reloj despertador, mantenía el mismo bello color azul maradriático. El corte de las uñas persistía en su prolijidad (Margie). Plack respiró profundamente, técnica para serenarse; el asunto era serio. Muy serio. Lo bastante como para enloquecer a cualquiera que le ocurriese. Pero conseguía sentir de veras lo que su inteligencia le señalaba. Serio, asunto serio y grave; y sonreía al decirlo, como en un sueño. De pronto se dio cuenta de que la puerta tenía dos hojas. Enderezándose, aplicó una patada a la segunda hoja y puso la mano izquierda como tranca. Despacio, calculando con cuidado las distancias, hizo pasar poco a poco las dos manos a la calle. Se sentía aliviado, casi feliz. Lo importante ahora era irse a la esquina y tomar en seguida un ómnibus.
En la plaza las gentes lo contemplaron con horror y asombro. Plack no se afligía; mucho más raro hubiese sido que no lo contemplasen. Hizo con la cabeza, un violento gesto al conductor de un ómnibus para que detuviera el vehículo en la misma esquina. Quería trepar a él, pero sus manos pesaban demasiado y se agotó al primer esfuerzo. Retrocedió, bajo la avalancha de agudos gritos que surgían del interior del ómnibus, donde las ancianas sentadas del lado de la acera acababan de desvanecerse en serie.
Plack seguía en la calle, mirándose las manos que se le estaban llenando de basuras, de pequeñas pajas y piedrecitas de la vereda. Mala suerte con el ómnibus. ¿Acaso el tranvía...?
El tranvía se detuvo, y los pasajeros exhalaron horrendos gritos al advertir aquellas manos arrastradas en el suelo y a Plack en medio de ellas, pequeñito y pálido. Los hombres estimularon histéricamente al conductor para que arrancara sin esperar. Plack no pudo subir.
—Tomaré un taxi —murmuró, empezando lentamente a desesperarse.
Abundaban los taxis. Llamó a uno, amarillo. El taxi se detuvo como sin ganas.
Había un negro en el volante.
—¡Praderas verdes! —balbuceó el negro—. ¡Qué manos!
—Abre la portezuela, bájate, tómame la mano izquierda, súbela, tómame la mano derecha, súbela, empújame para entrar en el coche, más despacio, así está bien. Ahora llévame a la calle Doce, número cuarenta setenta y cinco, y después vete al mismo infierno, negro de todos los diablos.
—¡Praderas verdes! —dijo el conductor, ya tornado al tradicional color ceniza—. ¿Seguro que esas manos son las suyas, señor?
Plack gemía en su asiento. Apenas había sitio para él: las manos ocupaban todo el piso, se desbordaban sobre el asiento. Empezaba a refrescar y Plack estornudó. Quiso instintivamente taparse la nariz con una mano y por poco se arranca el brazo. Se dejó estar, abúlico, vencido, casi feliz. Las manos le descansaban sucias y macizas en el suelo del taxi. De la verruga, golpeada contra una columna de alumbrado, brotaban algunas gordas gotas de sangre.
—Iré a casa de un médico —dijo Plack—. No puedo entrar así en casa de Margie. Por Dios, no puedo; le ocuparía todo el departamento. Iré a ver un médico; me aconsejará la amputación, yo aceptaré, es la única manera. Tengo hambre, tengo sueño.
Golpeó con la frente el cristal delantero.
—Llévame a la calle Cincuenta, número cuarenta y ocho cincuenta y seis. Consultorio del doctor September.
Después se puso tan contento ante la idea que acababa de ocurrírsele que llegó a sentir el impulso de restregarse las manos de gusto; las movió pesadamente, las dejó estar.
El negro le subió las manos hasta el consultorio del doctor. Hubo una espantosa corrida en la sala de espera cuando Plack apareció, caminando detrás de sus manos que el negro sostenía por los pulgares, sudando a mares y gimiendo.
—Llévame hasta ese sillón; así, está bien. Mete la mano en el bolsillo del saco. Tu mano, imbécil: en el bolsillo del saco; no, ése no, el otro. Más adentro, criatura, así. Saca el rollo de dinero, aparta un dólar, guárdate el vuelto y adiós.
Se desahogaba en el servicial negro, sin saber el porqué de su enojo. Una cuestión racial, acaso, claro está que sin porqués.
Ya dos enfermeras presentaban sus sonrisas veladamente pánicas para que Plack apoyara en ellas las manos. Lo arrastraron trabajosamente hasta el interior del consultorio. El doctor September era un individuo con una redonda cara de mariposa en bancarrota; vino a estrechar la mano de Plack, advirtió que el asunto demandaría ciertas forzadas evoluciones, permutó el apretón por una sonrisa.
—¿Qué lo trae por aquí, amigo Plack? Plack lo miró con lástima.
—Nada —repuso, displicente—. Me duele el árbol genealógico. ¿Pero no ve mis manos, pedazo de facultativo?
—¡Oh, oh! —admitía September—. ¡Oh, oh, oh!
Se puso de rodillas y estuvo palpando la mano izquierda de Plack. Daba la impresión de sentirse bastante preocupado. Se puso a hacer preguntas, las habituales, que sonaban extrañamente ahora que se aplicaban al asombroso fenómeno.
—Muy raro —resumió con aire convencido—. Sumamente extraño, Plack.
—¿A usted le parece?
—Sí, es el caso más raro de mi carrera. Naturalmente, usted me permitirá tomar algunas fotografías para el museo de rarezas de Pensilvania, ¿no es cierto? Además tengo un cuñado que trabaja en The Shout, un diario silencioso y reservado. El pobre Korinkus anda bastante arruinado; me gustaría hacer algo por él. Un reportaje al hombre de las manos... digamos, de las manos extralimitadas, sería el triunfo para Korinkus. Le concederemos esa primicia, ¿no es verdad? Lo podríamos traer aquí esta misma noche.
Plack escupió con rabia. Le temblaba todo el cuerpo.
—No, no soy carne de circo —dijo oscuramente—. He venido tan sólo a que me ampute esto. Ahora mismo, entiéndalo. Pagaré lo que sea, tengo un seguro que cubre estos gastos. Por otra parte están mis amigos, que responden por mí; en cuanto sepan lo que me pasa vendrán como un solo hombre a estrecharme la... Bueno, ellos vendrán.
—Usted dispone, mi querido amigo —el doctor September miraba su reloj pulsera—. Son las tres de la tarde (y Plack se sobresaltó porque no creía que hubiese transcurrido tanto tiempo). Si lo opero ya, le tocará pasar el peor rato por la noche. ¿Esperamos a mañana? Entretanto, Korinkus...
—El peor rato lo estoy pasando ahora —dijo Plack y se llevó mentalmente las manos a la cabeza—. Opéreme, doctor, por Dios. Opéreme... ¡Le digo que me opere! ¡¡Opéreme, hombre..., no sea criminal!!... ¡¡Comprenda lo que sufro!! ¿¿Nunca le crecieron las manos, a usted..?? ¡¡¡Pues a mí, sí!!! ¡¡¡Ahí tiene...; a mí, sí!!!
Lloraba, y las lágrimas le caían impunemente por la cara y goteaban hasta perderse en las grandes arrugas de las palmas de sus manos, que descansaban boca arriba en el suelo, con el dorso en las baldosas heladas.
El doctor September estaba ahora rodeado de un diligente cuerpo de enfermeras a cuál más linda. Entre todas sentaron a Plack en un taburete y le pusieron las manos sobre una mesa de mármol. Hervían fuegos, olores fuertes se confundían en el aire. Relumbrar de aceros, de órdenes. El doctor September, enfundado en siete metros de género blanco; y lo único vivo que había en él eran sus ojos. Plack empezó a pensar en el momento terrible de la vuelta a la vida, después de la anestesia.
Lo acostaron dulcemente, de manera que las manos quedaran sobre la mesa de mármol donde se llevaría a cabo el sacrificio. El doctor September se acercó, riendo por debajo de la mascarilla.
—Korinkus vendrá a sacar fotos —dijo—. Oiga, Plack, esto es fácil. Piense en cosas alegres y su corazón no sufrirá. ¿Se despidió de sus manos? Cuando despierte... ya no estarán con usted.
Plack hizo un gesto tímido. Empezó a mirarse las manos, primero una y después otra. «Adiós, muchachitas», pensó. «Cuando estéis en el acuario de formol que os destinarán especialmente, pensad en mí. Pensad en Margie que os besaba. Pensad en Mitt cuyo pelaje acariciabais. Os perdono la mala pasada, en homenaje a la paliza que le disteis a Cary, a ese vanidoso insolente...
Habían acercado algodones a su rostro y Plack estaba empezando a sentir un olor dulce y poco agradable. Intentó una protesta pero September hizo una suave señal negativa.
Entonces Plack se calló. Era mejor dejar que lo durmieran, entretenerse pensando cosas alegres. Por ejemplo, la pelea con Cary. Él no había provocado. Cuando Cary dijo: «Eres un cobarde, un canalla, y además un mal poeta», las palabras decidieron el curso de las acciones, tal como suele ocurrir en esta vida. Plack avanzó dos pasos hacia Cary y empezó a pegarle. Estaba bien seguro de que Cary le respondía con igual violencia, pero no sentía nada. Tan sólo sus manos que, a una velocidad prodigiosa, rematando el lanzarse fulminante de los brazos, iban a dar en la nariz, en los ojos, en la boca, en las orejas, en el cuello, en el pecho, en los hombros de Cary.
Lentamente, tornaba a sí mismo. Al abrir los ojos, la primera imagen que se coló en ellos fue la de Cary. Un Cary muy pálido e inquieto, que se inclinaba balbuceante sobre él.
—¡Dios mío..! Plack, viejo... Jamás pensé que iba a ocurrir una cosa así...
Plack no comprendió. ¿Cary, allí? Pensó; acaso el doctor September, en previsión de una posible gravedad posoperatoria, había avisado a los amigos. Porque, además de Cary, veía él ahora los rostros de otros empleados de la Municipalidad que se agrupaban en torno a su cuerpo tendido.
—¿Cómo estás, Plack? —preguntaba Cary, con voz estrangulada—. ¿Te... te sientes mejor?
Entonces, de manera fulminante, Plack comprendió la verdad. ¡Había soñado! ¡Había soñado! «Cary me acertó un golpe en la mandíbula, desmayándome; en mi desmayo he soñado ese horror de las manos...».
Lanzó una aguda carcajada de alivio. Una, dos, muchas carcajadas. Sus amigos lo contemplaban, con rostros todavía ansiosos y asustados.
—¡Oh, gran imbécil! —apostrofó Plack, mirando a Cary con ojos brillantes—. ¡Me venciste, pero espera a que me reponga un poco..., te voy a dar una paliza que te tendrá un año en cama...!
Alzó los brazos para dar fe de sus palabras con un gesto concluyente. Entonces sus ojos vieron los muñones.
Plack avanzó dos pasos hacia Cary y empezó a pegarle. Estaba bien seguro de que Cary le respondía con igual violencia, pero no sentía nada. Tan sólo sus manos que, a una velocidad prodigiosa, rematando el lanzar fulminante de los brazos, iban a dar en la nariz, en los ojos, en la boca, en las orejas, en el cuello, en el pecho, en los hombros de Cary.
Bien de frente, moviendo el torso con un balanceo rapidísimo, sin retroceder, Plack golpeaba. Sin retroceder, Plack golpeaba. Sus ojos medían de lleno la silueta del adversario. Pero aún mejor ubicaba sus propias manos; las veía bien cerradas, cumpliendo la tarea como pistones de automóvil, como cualquier cosa que cumpliera su tarea moviéndose al compás de un balanceo rapidísimo. Le pegaba a Cary, le seguía pegando, y cada vez que sus puños se hundían en una masa resbaladiza y caliente, que sin duda era la cara de Cary, él sentía el corazón lleno de júbilo.
Por fin bajó los brazos, los puso a descansar junto al cuerpo. Dijo:
—Ya tienes bastante, estúpido. Adiós.
Echó a caminar, saliendo de la sala de la Municipalidad, por el corredor que conducía lejanamente a la calle.
Plack estaba contento. Sus manos se habían portado bien. Las trajo hacia delante para admirarlas; le pareció que tanto golpear las había hinchado un poco. Sus manos se habían portado bien, qué demonios; nadie discutiría que él era capaz de boxear como cualquiera.
El corredor se extendía sumamente largo y desierto. ¿Por qué tardaba tanto en recorrerlo? Acaso el cansancio, pero se sentía liviano y sostenido por las manos invisibles de la satisfacción física. Las manos de la satisfacción física. ¿Las manos...? No existía en el mundo mano comparable a sus manos; probablemente tampoco las había tan hinchadas por el esfuerzo. Volvió a mirarlas, hamacándose como bielas o niñas en vacaciones; las sintió profundamente suyas, atadas a su ser por razones más hondas que la conexión de las muñecas. Sus dulces, sus espléndidas manos vencedoras.
Silbaba, marcando el compás con la marcha por el interminable pasillo. Todavía quedaba una gran distancia para alcanzar la puerta de salida. Pero qué importaba después de todo. En casa de Emilio se comía tarde, aunque en verdad él no iría a almorzar a casa de Emilio sino al departamento de Margie. Almorzaría con Margie, por el solo placer de decirle palabras cariñosas, y tornaría luego a cumplir la jornada vespertina. Mucho trabajo, en la Municipalidad. No bastaban todas las manos para cubrir la tarea. Las manos... Pero las suyas sí que habían estado atareadas rato antes. Pegar y pegar, vindicadoras; quizá por eso le pesaban ahora tanto. Y la calle estaba lejos, y era mediodía.
La luz de la puerta empezaba a agitarse en la atmósfera visual de Plack. Dejó de silbar; dijo: «Bliblug, bliblug, bliblug». Lindo, habla sin motivo, sin significado. Entonces fue cuando sintió que algo le arrastraba por el suelo. Algo que era más que algo; cosas suyas estaban arrastrando por el suelo.
Miró hacia abajo y vio que los dedos de sus manos arrastraban por el suelo.
Los dedos de sus manos arrastraban por el suelo. Diez sensaciones incidían en el cerebro de Plack con la colérica enunciación de las novedades repentinas. Él no lo quería creer pero era cierto. Sus manos parecían orejas de elefante africano. Gigantescas pantallas de carne arrastrando por el suelo.
A pesar del horror le dio una risa histérica. Sentía cosquillas en el dorso de los dedos; cada juntura de las baldosas le pasaba como un papel de esmeril por la piel. Quiso levantar una mano pero no pudo con ella. Cada mano debía pesar cerca de cincuenta kilos. Ni siquiera logró cerrarlas. Al imaginar los puños que habrían formado se sacudió de risa. ¡Qué manoplas! Volver junto a Cary, sigiloso y con los puños como tambores de petróleo, tender en su dirección uno de los tambores, desenrollándolo lentamente, dejando asomar las falanges, las uñas, meter a Cary dentro de la mano izquierda, sobre la palma, cubrir la palma de la mano izquierda con la palma de la mano derecha y frotar suavemente las manos, haciendo girar a Cary de un extremo a otro, como un pedazo de masa de tallarines, igual que Margie los jueves a mediodía. Hacerlo girar, silbando canciones alegres, hasta dejar a Cary más molido que una galletita vieja.
Plack alcanzaba ahora la salida. Apenas podía moverse, arrastrando las manos por el suelo. A cada irregularidad del embaldosado sentía el erizamiento furioso de sus nervios. Empezó a maldecir en voz baja, le pareció que todo se tornaba rojo, pero en algo influían los cristales de la puerta.
El problema capital era abrir la condenada puerta. Plack lo resolvió soltándole una patada y metiendo el cuerpo cuando la hoja batió hacia afuera. Con todo, las manos no le pasaban por la abertura. Poniéndose de costado quiso hacer pasar primero la mano derecha, luego la otra. No pudo hacer pasar ninguna de las dos. Pensó: «Dejarlas aquí». Lo pensó como si fuese posible, seriamente.
—Absurdo —murmuró, pero la palabra era ya como una caja vacía.
Trató de serenarse, y se dejó caer a la turca delante de la puerta; las manos le quedaron como dormidas junto a los minúsculos pies cruzados. Plack las miró atentamente; fuera del aumento no habían cambiado. La verruga del pulgar derecho, excepción hecha de que su tamaño era ahora el de un reloj despertador, mantenía el mismo bello color azul maradriático. El corte de las uñas persistía en su prolijidad (Margie). Plack respiró profundamente, técnica para serenarse; el asunto era serio. Muy serio. Lo bastante como para enloquecer a cualquiera que le ocurriese. Pero conseguía sentir de veras lo que su inteligencia le señalaba. Serio, asunto serio y grave; y sonreía al decirlo, como en un sueño. De pronto se dio cuenta de que la puerta tenía dos hojas. Enderezándose, aplicó una patada a la segunda hoja y puso la mano izquierda como tranca. Despacio, calculando con cuidado las distancias, hizo pasar poco a poco las dos manos a la calle. Se sentía aliviado, casi feliz. Lo importante ahora era irse a la esquina y tomar en seguida un ómnibus.
En la plaza las gentes lo contemplaron con horror y asombro. Plack no se afligía; mucho más raro hubiese sido que no lo contemplasen. Hizo con la cabeza, un violento gesto al conductor de un ómnibus para que detuviera el vehículo en la misma esquina. Quería trepar a él, pero sus manos pesaban demasiado y se agotó al primer esfuerzo. Retrocedió, bajo la avalancha de agudos gritos que surgían del interior del ómnibus, donde las ancianas sentadas del lado de la acera acababan de desvanecerse en serie.
Plack seguía en la calle, mirándose las manos que se le estaban llenando de basuras, de pequeñas pajas y piedrecitas de la vereda. Mala suerte con el ómnibus. ¿Acaso el tranvía...?
El tranvía se detuvo, y los pasajeros exhalaron horrendos gritos al advertir aquellas manos arrastradas en el suelo y a Plack en medio de ellas, pequeñito y pálido. Los hombres estimularon histéricamente al conductor para que arrancara sin esperar. Plack no pudo subir.
—Tomaré un taxi —murmuró, empezando lentamente a desesperarse.
Abundaban los taxis. Llamó a uno, amarillo. El taxi se detuvo como sin ganas.
Había un negro en el volante.
—¡Praderas verdes! —balbuceó el negro—. ¡Qué manos!
—Abre la portezuela, bájate, tómame la mano izquierda, súbela, tómame la mano derecha, súbela, empújame para entrar en el coche, más despacio, así está bien. Ahora llévame a la calle Doce, número cuarenta setenta y cinco, y después vete al mismo infierno, negro de todos los diablos.
—¡Praderas verdes! —dijo el conductor, ya tornado al tradicional color ceniza—. ¿Seguro que esas manos son las suyas, señor?
Plack gemía en su asiento. Apenas había sitio para él: las manos ocupaban todo el piso, se desbordaban sobre el asiento. Empezaba a refrescar y Plack estornudó. Quiso instintivamente taparse la nariz con una mano y por poco se arranca el brazo. Se dejó estar, abúlico, vencido, casi feliz. Las manos le descansaban sucias y macizas en el suelo del taxi. De la verruga, golpeada contra una columna de alumbrado, brotaban algunas gordas gotas de sangre.
—Iré a casa de un médico —dijo Plack—. No puedo entrar así en casa de Margie. Por Dios, no puedo; le ocuparía todo el departamento. Iré a ver un médico; me aconsejará la amputación, yo aceptaré, es la única manera. Tengo hambre, tengo sueño.
Golpeó con la frente el cristal delantero.
—Llévame a la calle Cincuenta, número cuarenta y ocho cincuenta y seis. Consultorio del doctor September.
Después se puso tan contento ante la idea que acababa de ocurrírsele que llegó a sentir el impulso de restregarse las manos de gusto; las movió pesadamente, las dejó estar.
El negro le subió las manos hasta el consultorio del doctor. Hubo una espantosa corrida en la sala de espera cuando Plack apareció, caminando detrás de sus manos que el negro sostenía por los pulgares, sudando a mares y gimiendo.
—Llévame hasta ese sillón; así, está bien. Mete la mano en el bolsillo del saco. Tu mano, imbécil: en el bolsillo del saco; no, ése no, el otro. Más adentro, criatura, así. Saca el rollo de dinero, aparta un dólar, guárdate el vuelto y adiós.
Se desahogaba en el servicial negro, sin saber el porqué de su enojo. Una cuestión racial, acaso, claro está que sin porqués.
Ya dos enfermeras presentaban sus sonrisas veladamente pánicas para que Plack apoyara en ellas las manos. Lo arrastraron trabajosamente hasta el interior del consultorio. El doctor September era un individuo con una redonda cara de mariposa en bancarrota; vino a estrechar la mano de Plack, advirtió que el asunto demandaría ciertas forzadas evoluciones, permutó el apretón por una sonrisa.
—¿Qué lo trae por aquí, amigo Plack? Plack lo miró con lástima.
—Nada —repuso, displicente—. Me duele el árbol genealógico. ¿Pero no ve mis manos, pedazo de facultativo?
—¡Oh, oh! —admitía September—. ¡Oh, oh, oh!
Se puso de rodillas y estuvo palpando la mano izquierda de Plack. Daba la impresión de sentirse bastante preocupado. Se puso a hacer preguntas, las habituales, que sonaban extrañamente ahora que se aplicaban al asombroso fenómeno.
—Muy raro —resumió con aire convencido—. Sumamente extraño, Plack.
—¿A usted le parece?
—Sí, es el caso más raro de mi carrera. Naturalmente, usted me permitirá tomar algunas fotografías para el museo de rarezas de Pensilvania, ¿no es cierto? Además tengo un cuñado que trabaja en The Shout, un diario silencioso y reservado. El pobre Korinkus anda bastante arruinado; me gustaría hacer algo por él. Un reportaje al hombre de las manos... digamos, de las manos extralimitadas, sería el triunfo para Korinkus. Le concederemos esa primicia, ¿no es verdad? Lo podríamos traer aquí esta misma noche.
Plack escupió con rabia. Le temblaba todo el cuerpo.
—No, no soy carne de circo —dijo oscuramente—. He venido tan sólo a que me ampute esto. Ahora mismo, entiéndalo. Pagaré lo que sea, tengo un seguro que cubre estos gastos. Por otra parte están mis amigos, que responden por mí; en cuanto sepan lo que me pasa vendrán como un solo hombre a estrecharme la... Bueno, ellos vendrán.
—Usted dispone, mi querido amigo —el doctor September miraba su reloj pulsera—. Son las tres de la tarde (y Plack se sobresaltó porque no creía que hubiese transcurrido tanto tiempo). Si lo opero ya, le tocará pasar el peor rato por la noche. ¿Esperamos a mañana? Entretanto, Korinkus...
—El peor rato lo estoy pasando ahora —dijo Plack y se llevó mentalmente las manos a la cabeza—. Opéreme, doctor, por Dios. Opéreme... ¡Le digo que me opere! ¡¡Opéreme, hombre..., no sea criminal!!... ¡¡Comprenda lo que sufro!! ¿¿Nunca le crecieron las manos, a usted..?? ¡¡¡Pues a mí, sí!!! ¡¡¡Ahí tiene...; a mí, sí!!!
Lloraba, y las lágrimas le caían impunemente por la cara y goteaban hasta perderse en las grandes arrugas de las palmas de sus manos, que descansaban boca arriba en el suelo, con el dorso en las baldosas heladas.
El doctor September estaba ahora rodeado de un diligente cuerpo de enfermeras a cuál más linda. Entre todas sentaron a Plack en un taburete y le pusieron las manos sobre una mesa de mármol. Hervían fuegos, olores fuertes se confundían en el aire. Relumbrar de aceros, de órdenes. El doctor September, enfundado en siete metros de género blanco; y lo único vivo que había en él eran sus ojos. Plack empezó a pensar en el momento terrible de la vuelta a la vida, después de la anestesia.
Lo acostaron dulcemente, de manera que las manos quedaran sobre la mesa de mármol donde se llevaría a cabo el sacrificio. El doctor September se acercó, riendo por debajo de la mascarilla.
—Korinkus vendrá a sacar fotos —dijo—. Oiga, Plack, esto es fácil. Piense en cosas alegres y su corazón no sufrirá. ¿Se despidió de sus manos? Cuando despierte... ya no estarán con usted.
Plack hizo un gesto tímido. Empezó a mirarse las manos, primero una y después otra. «Adiós, muchachitas», pensó. «Cuando estéis en el acuario de formol que os destinarán especialmente, pensad en mí. Pensad en Margie que os besaba. Pensad en Mitt cuyo pelaje acariciabais. Os perdono la mala pasada, en homenaje a la paliza que le disteis a Cary, a ese vanidoso insolente...
Habían acercado algodones a su rostro y Plack estaba empezando a sentir un olor dulce y poco agradable. Intentó una protesta pero September hizo una suave señal negativa.
Entonces Plack se calló. Era mejor dejar que lo durmieran, entretenerse pensando cosas alegres. Por ejemplo, la pelea con Cary. Él no había provocado. Cuando Cary dijo: «Eres un cobarde, un canalla, y además un mal poeta», las palabras decidieron el curso de las acciones, tal como suele ocurrir en esta vida. Plack avanzó dos pasos hacia Cary y empezó a pegarle. Estaba bien seguro de que Cary le respondía con igual violencia, pero no sentía nada. Tan sólo sus manos que, a una velocidad prodigiosa, rematando el lanzarse fulminante de los brazos, iban a dar en la nariz, en los ojos, en la boca, en las orejas, en el cuello, en el pecho, en los hombros de Cary.
Lentamente, tornaba a sí mismo. Al abrir los ojos, la primera imagen que se coló en ellos fue la de Cary. Un Cary muy pálido e inquieto, que se inclinaba balbuceante sobre él.
—¡Dios mío..! Plack, viejo... Jamás pensé que iba a ocurrir una cosa así...
Plack no comprendió. ¿Cary, allí? Pensó; acaso el doctor September, en previsión de una posible gravedad posoperatoria, había avisado a los amigos. Porque, además de Cary, veía él ahora los rostros de otros empleados de la Municipalidad que se agrupaban en torno a su cuerpo tendido.
—¿Cómo estás, Plack? —preguntaba Cary, con voz estrangulada—. ¿Te... te sientes mejor?
Entonces, de manera fulminante, Plack comprendió la verdad. ¡Había soñado! ¡Había soñado! «Cary me acertó un golpe en la mandíbula, desmayándome; en mi desmayo he soñado ese horror de las manos...».
Lanzó una aguda carcajada de alivio. Una, dos, muchas carcajadas. Sus amigos lo contemplaban, con rostros todavía ansiosos y asustados.
—¡Oh, gran imbécil! —apostrofó Plack, mirando a Cary con ojos brillantes—. ¡Me venciste, pero espera a que me reponga un poco..., te voy a dar una paliza que te tendrá un año en cama...!
Alzó los brazos para dar fe de sus palabras con un gesto concluyente. Entonces sus ojos vieron los muñones.
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