jueves, 19 de enero de 2017

En marzo florecen los prunos. Juan Carlos Méndez Guédez.

La mujer. Una isla color canela sobre las baldosas.


La mujer desnuda.


(debe ser normal, debe ser común, chico de doce años, yo, yo ese mediodía, chico que toca la puerta de su amigo del colegio y queda suspendido en el aire, queda enmudecido, al ver que una mujer salvajemente hermosa abre y con voz apagada


pasa adelante, Alberto está en el cuarto y te espera y en la nevera hay unas croquetas para hacer y hay algo de pollo y refresco y si les apetece tienen dinero que les puse en la mesa por si quieren comprar una pizza y me voy un beso adiós adiós


porque el beso en la mejilla me dejó inmóvil, gélido, ¿qué clase de madre era esa? ¿cómo podía una madre tener ojos encendidos como los de un gato, ojos como brasas, y esa blusa ceñida en la que los pechos se alzaban como barquillos de helado, y esa cintura estrecha, esas piernas felices que debían silenciar el mundo cada vez que la falda se alzaba un poco?)


La puerta del apartamento.
Los dos amigos que suben con prisa y carcajadas la escalera.


(la incongruencia del mundo, el universo paralelo al que accedemos por azar, ¿nunca les ha ocurrido? un sitio donde las madres no son señoras con camisas anchas, colores amarillentos en el pelo, crucifijos, dietas de lechuga, prensa rosa, bolsas del mercado, olor a pimentón, cebollines,
porque aquel olor,
la madre de Alberto era un olor cremoso, un olor cítrico y acaramelado que flotaba como una nube y que era su anuncio, la orilla de un olor, la esponjosidad de un olor, el olor mismo, y luego la madre de Alberto,
ella misma,
olorosa junto a nosotros, caminando descalza con unos pies que algún pintor italiano hubiese deseado para sus «madonnas», unos pies perfectos, unos dedos gráciles flotando sobre el suelo del apartamento, aquel apartamento cubierto de libros, muchos traducidos por la madre de Alberto, muchos editados por la madre de Alberto, que era hermosa, descalza, políglota


siéntense a comer, muchachos, hoy es un día especial, porque el día que uno termina de traducir a Diderot sólo puede ser un día especial, y por eso les he preparado un carpaccio, y luego, si no le dicen nada a nadie les dejaré probar un poco de un rioja estupendo,


carpaccio, que es una carne cruda con virutas de parmesano, cruda,


los gritos de mi madre, que la carne cruda es mala, que esa mujer está loca y no puede estar bien de la cabeza y por eso nunca va a las reuniones del colegio y jamás asiste a las misas de fin de año con lo bonitas que van quedando desde que canta el coro,
carpaccio, tierno sabor que me habla dentro de la boca, y luego ese dulce soplido en las orejas, mejillas rosadas con los dedos de vino que pudimos probar esa noche cuando la madre de Alberto tenía los ojos encendidos como pequeñas antorchas, como fogonazos en medio de la noche, tan hermosa, como nunca y como siempre, tan bella, tanto que debí irme al baño y allí mismo, junto a su bata de seda necesité frotarme y frotarme para que el cuerpo dejase de temblar al sentir el olor, la mirada de la madre de Alberto, envuelto en esas horas, carpaccio, Rioja, y esa señora Diderot que nos hacía tan felices)


El sabor de la limonada. El sabor de la pizza.
El balón que rebota en medio de la plaza y Alberto que le muestra a su amigo las monedas que le regaló su madre hace unas horas.


(porque Alberto vivía con naturalidad que su madre fuese la más inteligente, la más joven, la más deliciosa, y que su padre fuese una visita algunos domingos, un divorcio que tampoco era divorcio, unas vacaciones ocasionales en esa Europa donde sus padres habían vivido alguna vez


¿y tú piensas vivir metido en esa casa comiendo carne cruda? gritaba mi mamá con su rostro como un tomate descompuesto, pero yo apenas la escuchaba, y al fondo la telenovela, y alguien descubría que su madre no es su madre porque él es el hijo perdido al nacer
y mi día era una ordenada secuencia en la que las horas del colegio servían corno el preámbulo para ir al apartamento de mi amigo a jugar al ajedrez, a preparar los exámenes, a escuchar música, a rastrear como una huella en la arena el olor de la madre de mi amigo,


ese olor,
tocando cada objeto de la casa,
soplando sobre cada libro, cada mueble, cada pared,
y a las cinco en punto de la tarde,
precisa, exacta, aparecía ella, el sonido de sus llaves, su carpeta llena de papeles, sus lentes de sol


¿ya merendaron? ¿terminaron de estudiar? ¿no quieren ir a la cinemateca a ver una película de Buñuel? Ya están en edad de empezar a ver a Buñuel y luego nos tomamos unas merengadas y


porque íbamos mucho al cine, o a exposiciones, o a presentaciones de libros en las que hombres con barbas descuidadas perseguían a la madre de Alberto, la asediaban, la rondaban, lo mismo que hombres con trajes muy bien cortados, y muchachos de cabellos largos, y mujeres gordas, y todo ser vivo, gente que se aproximaba a la madre de Alberto para olerla, para tocarla, para invitarla,


y en una oportunidad un hombre se puso pesado, se aproximó en exceso, y la madre de mi amigo me abrazó hasta que aquel baboso se largó a otra parte mientras yo nadaba en la felicidad del instante, yo tan cerca de ella, tan inmediato a ese olor,
y fue esa la primera vez que la vi tan triste, tan mustia, como cuando contestaba esas llamadas de teléfono que nunca supe quién le hacía, y que la dejaban muda, mirando las paredes)


Brisa en el rostro.
Las dos bicicletas atraviesan la avenida.


(luego uno intenta armar una secuencia que todo lo explique, intenta llenar de señales lo que sólo era caos, dispersión, opacidad, y hasta se atreve a insinuar razones donde sólo hay gestos,
eso sí, el viernes anterior ella estaba en el balcón hablando por teléfono con alguien a quien trataba con furia, luego llegó la noche y cuando Alberto y yo salimos al salón la encontramos sentada a oscuras con un libro abierto, entonces Alberto salió a comprar algo para que cenáramos y me pidió que me quedase con su madre,
ella
que con voz apagada


ven aquí, ven aquí y no enciendas la luz, la luz daña los ojos, quiero contarte algo, algo que ya a Alberto no le hace gracia porque lo ha escuchado tantas veces, pero un día iremos de paseo para que lo entiendas, sí, eso haremos, le diré a tus padres que te dejen venir con nosotros, y nos iremos los tres a Europa en avión, para que veas esas ciudades donde las piedras tienen voces, para que camines bajo los prunos, sí, aunque no sabes que son ¿verdad? es un árbol que tiene las hojas color helado de uva, es un árbol pequeño que hay en los jardines y que también llaman ciruelo rojo, y cuando te colocas debajo de ellos filtran la luz y sientes como si una miel color vino te estuviese mojando, y el sol no te daña, no te arde en la piel, porque yo era muy feliz debajo de los prunos, pero además recuerdo que en diciembre los prunos se quedaban desnudos, con sus ramas delgadas, y en marzo se llenaban de flores pequeñas que parecían vidrios bajo el sol, y esa era la primera señal de que se marchaba el invierno, la primera noticia, allí, en los prunos, la primera insinuación de que pronto todo recomenzaría,


luego quedó muy callada,


quisiera decir que la vi llorar, que se conmovió especialmente, que me acunó en sus brazos y que mi rostro se hundió entre sus senos, pero no es cierto, lo único real es que permaneció silenciosa y durante el resto de la noche no abrió la boca,


comimos con lentitud, sólo Alberto y yo intercambiábamos palabras, y sin embargo los ojos de ella seguían encendidos, con esa incandescencia amarilla, verde, que destellaba en sus pupilas,


no recuerdo nada más, sólo que el domingo engañé a mi mamá con cualquier excusa y pasé a jugar una partida de ajedrez con Alberto,
él me pidió que lo esperase abajo, salió con su bicicleta y me dijo que fuésemos a buscar la mía para dar un paseo,
así lo hicimos, luego atravesamos la avenida y en la plaza estuvimos un buen rato jugando con el balón,
mi amigo me mostró el dinero que le había regalado su madre unas horas atrás,
luego comimos trozos de pizza, bebimos limonada, y yo insistí tanto hasta que Alberto aceptó que pasáramos por su casa para buscar el ajedrez y luego jugar una partida en el parque,
subimos haciendo una competencia a ver quién llegaba primero y recuerdo que nos reíamos sin parar, Alberto iba ganando, era más ágil que yo, era más alto, pero en los últimos escalones resbaló y logré entrar al pasillo primero que él,
llegué a la puerta, vi el papel, lo leí, yo lo leí primero,


«Alberto, no entres, llama a tu padre»
pero no lo comprendí, no lo entendí en absoluto, mucho menos comprendí los ojos abiertos de mi amigo, las aletas de su nariz dilatándose, el modo en que arrancó el papel y abrió la puerta a empujones, su carrera, sus voces por todo el apartamento, su forma de asomarse a cada habitación, a cada esquina, su manera de pasar una y otra vez frente al baño sin golpear la puerta,
hasta que lo distinguí congelado en el salón, resollando, fue entonces cuando se aproximó al baño y yo lo seguí, como si sólo a partir de ese instante entendiese que algo definitivo ocurría,
algo que era predecible desde hace unos minutos y que sólo necesitaba de sus detalles,
y sin embargo quedé paralizado al verla sumergida dentro del agua de la bañera, como aguantando el aire en un juego travieso,
pensé en dar un paso atrás hasta que Alberto hundió medio cuerpo dentro del agua y rugiendo intentó cargarla una y otra vez, inútilmente, porque el cuerpo se le resbalaba, entonces mi amigo lanzó un gesto de ayuda y entre ambos la alzamos, pero a pesar del esfuerzo arrastramos jabones, tubos de pastillas, frascos de champú, botellas de vino,


pesaba mucho y la colocamos en el suelo, Alberto le gritaba en el oído, pero la mujer tenía los labios azules y los dedos arrugados,
era bellísima,
mi amigo gritaba pero yo no podía escucharlo,
era bellísima,
la mujer desnuda,
la primera mujer desnuda que veía en mi vida,
una isla color canela sobre las baldosas,
la mujer desnuda y yo, lleno de amor, y ese color canela,
y ese aroma subiendo en mi garganta, porque mi amigo


gritaba, mi amigo golpeaba su cabeza contra las paredes pero yo sólo deseaba que se descuidara un segundo, que no encontrara nunca la bata de seda que colgaba en la puerta,
para acariciar por unos instantes esa piel, como un adiós, como una despedida,




(Madrid, 2004)

 Hasta luego, Mister Salinguer. Juan Carlos Méndez Guédez, 2007.

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