Los pocillos eran
seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y además importados,
irrompibles, modernos. Habían llegado como regalo de Enriqueta, en
el último cumpleaños de Mariana, y desde ese día el comentario de
cajón había sido que podía combinarse la taza de un color con el
platillo de otro. “Negro con rojo queda fenomenal”, había sido
el consejo estético de Enriqueta. Pero Mariana, en un discreto rasgo
de independencia, había decidido que cada pocillo sería usado con
su plato del mismo color.
“El café ya está
pronto. ¿Lo sirvo?”, preguntó Mariana. La voz se dirigía al
marido, pero los ojos estaban fijos en el cuñado. Este parpadeó y
no dijo nada, pero José Claudio contestó: “Todavía no. Esperá
un ratito. Antes quiero fumar un cigarrillo”. Ahora sí ella miró
a José Claudio y pensó, por milésima vez, que aquellos ojos no
parecían de ciego. La mano de José Claudio empezó a moverse,
tanteando el sofá. “¿Qué buscás?” preguntó ella. “El
encendedor”. “A tu derecha”. La mano corrigió el rumbo y halló
el encendedor. Con ese temblor que da el continuado afán de
búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita, pero la
llama no apareció. A una distancia ya calculada, la mano izquierda
trataba infructuosamente de registrar la aparición del calor.
Entonces Alberto encendió un fósforo y vino en su ayuda. “¿Por
qué no lo tirás?” dijo, con una sonrisa que, como toda sonrisa
para ciegos, impregnaba también las modulaciones de la voz. “No lo
tiro porque le tengo cariño. Es un regalo de Mariana”.
Ella abrió apenas
la boca y recorrió el labio inferior con la punta de la lengua. Un
modo como cualquier otro de empezar a recordar. Fue en marzo de 1953,
cuando él cumplió treinta y cinco años y todavía veía. Habían
almorzado en casa de los padres de José Claudio, en Punta Gorda,
habían comido arroz con mejillones, y después se habían ido a
caminar por la playa. Él le había pasado un brazo por los hombros y
ella se había sentido protegida, probablemente feliz o algo
semejante. Habían regresado al apartamento y él la había besado
lentamente, amorosamente, como besaba antes. Habían inaugurado el
encendedor con un cigarrillo que fumaron a medias.
Ahora el encendedor
ya no servía. Ella tenía poca confianza en los conglomerados
simbólicos, pero, después de todo, ¿qué servía aún de aquella
época?
“Este mes tampoco
fuiste al médico”, dijo Alberto.
“No”.
“¿Querés que te
sea sincero?”.
“Claro.”
“Me parece una
idiotez de tu parte.”
“¿Y para qué voy
a ir? ¿Para oírle decir que tengo una salud de roble, que mi hígado
funciona admirablemente, que mi corazón golpea con el ritmo debido,
que mis intestinos son una maravilla? ¿Para eso querés que vaya?
Estoy podrido de mi notable salud sin ojos.”
La época anterior a
la ceguera. José Claudio nunca había sido un especialista en la
exteriorización de sus emociones, pero Mariana no se ha olvidado de
cómo era ese rostro antes de adquirir esta tensión, este
presentimiento. Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso no
podía ni quería ocultarlo. Pero cuando estalló el infortunio, él
se había negado a valorar su “amparo”, a refugiarse en ella.
Todo su orgullo se concentró en un silencio terrible, testarudo, un
silencio que seguía siendo tal, aun cuando se rodeara de palabras.
José Claudio había dejado de hablar de sí.
“De todos modos
deberías ir”, apoyó Mariana. “Acordate de lo que siempre te
decía Menéndez”.
“Cómo no que me
acuerdo: Para Usted No Está Todo Perdido. Ah, y otra frase famosa:
La Ciencia No Cree En Milagros. Yo tampoco creo en milagros.”
“¿Y por qué no
aferrarte a una esperanza? Es humano”.
“¿De veras?”
Habló por el costado del cigarrillo.
Se había escondido
en sí mismo. Pero Mariana no estaba hecha para asistir, simplemente
para asistir, a un reconcentrado. Mariana reclamaba otra cosa. Una
mujercita para ser exigida con mucho tacto, eso era. Con todo, había
bastante margen para esa exigencia; ella era dúctil. Toda una
calamidad que él no pudiese ver; pero ésa no era la peor desgracia.
La peor desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por todos los
medios a su alcance, la ayuda de Mariana. El menospreciaba su
protección. Y Mariana hubiera querido –sinceramente,
cariñosamente, piadosamente- protegerlo.
Bueno, eso era
antes; ahora no. El cambio se había operado con lentitud. Primero
fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo,
que desde el comienzo estuvieron rodeados por un halo constante de
cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo
eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose
solícita. Después fue un temor horrible frente a la posibilidad de
una discusión cualquiera. El estaba agresivo, dispuesto siempre a
herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible
retroceso. Era increíble como hallaba siempre, aun en las ocasiones
menos propicias, la injuria refinadamente certera, la palabra que
llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego. Y siempre
desde lejos, desde muy atrás de su ceguera, como si ésta oficiara
de muro de contención para el incómodo estupor de los otros.
Alberto se levantó
del sofá y se acercó al ventanal.
“Qué otoño
desgraciado”, dijo. “¿Te fijaste?”. La pregunta era para ella.
“No”, respondió
José Claudio. “Fíjate vos por mí”.
Alberto la miró.
Durante el silencio, se sonrieron. Al margen de José Claudio, y sin
embargo a propósito de él. De pronto Mariana supo que se había
puesto linda. Siempre que miraba a Alberto, se ponía linda. El se lo
había dicho por primera vez la noche del veintitrés de abril del
año pasado, hacía exactamente un año y ocho días: una noche en
que José Claudio le había gritado cosas muy feas, y ella había
llorado, desalentada, torpemente triste, durante horas y horas, es
decir hasta que había encontrado el hombro de Alberto y se había
sentido comprendida y segura. ¿De dónde extraería Alberto esa
capacidad para entender a la gente? Ella hablaba con él, o
simplemente lo miraba, y sabía de inmediato que él la estaba
sacando del apuro. “Gracias”, había dicho entonces. Y todavía
ahora, la palabra llegaba a sus labios directamente desde su corazón,
sin razonamientos intermediarios, sin usura. Su amor hacia Alberto
había sido en sus comienzos gratitud, pero eso (que ella veía con
toda nitidez) no alcanzaba a despreciarlo. Para ella, querer había
sido siempre un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A
José Claudio, en los buenos tiempos, le había agradecido que él,
tan brillante, tan lúcido, tan sagaz, se hubiera fijado en ella, tan
insignificante. Había fallado en lo otro, en eso de provocar la
gratitud, y había fallado tan luego en la ocasión más absurdamente
favorable, es decir, cuando él parecía necesitarla más.
A Alberto, en
cambio, le agradecía el impulso inicial, la generosidad de ese
primer socorro que la había salvado de su propio caos, y, sobre
todo, ayudado a ser fuerte. Por su parte, ella había provocado su
gratitud, claro que sí. Porque Alberto era un alma tranquila, un
respetuoso de su hermano, un fanático del equilibrio, pero también,
y en definitiva, un solitario. Durante años y años, Alberto y ella
habían mantenido una relación superficialmente cariñosa, que se
detenía con espontánea discreción en los umbrales del tuteo y sólo
en contadas ocasiones dejaba entrever una solidaridad algo más
profunda. Acaso Alberto envidiara un poco la aparente felicidad de su
hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer que él
consideraba encantadora. En realidad, no hacía mucho que Mariana
había obtenido la confesión de que la imperturbable soltería de
Alberto se debía a que toda posible candidata era sometida a una
imaginaria y desventajosa comparación.
“Y ayer estuvo
Trelles”, estaba diciendo José Claudio; “a hacerme la clásica
visita adulona que el personal de la fábrica me consagra una vez por
trimestre. Me imagino que lo echarán a la suerte y el que pierde se
embroma y viene a verme”.
“También puede
ser que te aprecien”, dijo Alberto, “que conserven un buen
recuerdo del tiempo en que los dirigías, que realmente estén
preocupados por tu salud. No siempre la gente es tan miserable como
te parece de un tiempo a esta parte”.
“Qué bien. Todos
los días se aprende algo nuevo”. La sonrisa fue acompañada de un
breve resoplido, destinado a inscribirse en otro nivel de ironía.
Cuando Mariana había
recurrido a Alberto, en busca de protección, de consejo, de cariño,
había tenido de inmediato la certidumbre de que a su vez estaba
protegiendo a su protector, de que él se hallaba tan necesitado de
amparo como ella misma, de que allí, todavía tensa de escrúpulos y
quizá de pudor, había una razonable desesperación de la que ella
comenzó a sentirse responsable. Por eso, justamente, había
provocado su gratitud, por no decírselo con todas las letras, por
simplemente dejar que él la envolviera en su ternura acumulada de
tanto tiempo atrás, por sólo permitir que él ajustara a la
imprevista realidad aquellas imágenes de ella misma que había hecho
transcurrir, sin hacerse ilusiones, por el desfiladero de sus
melancólicos insomnios. Pero la gratitud pronto fue desbordada. Como
si todo hubiera estado dispuesto para la mutua revelación, como si
sólo hubiera faltado que se miraran a los ojos para confrontar y
compensar sus afanes, a los pocos días lo más importante estuvo
dicho y los encuentros furtivos menudearon. Mariana sintió de pronto
que su corazón se había ensanchado y que el mundo era nada más que
eso: Alberto y ella.
“Ahora sí podés
calentar el café”, dijo José Claudio, y Mariana se inclinó sobre
la mesita ratona para encender el mecherito de alcohol. Por un
momento se distrajo contemplando los pocillos. Sólo había traído
tres, uno de cada color. Le gustaba verlos así, formando un
triángulo.
Después se echó
hacia atrás en el sofá y su nuca encontró lo que esperaba: la mano
cálida de Alberto, ya ahuecada para recibirla. Qué delicia, Dios
mío. La mano empezó a moverse suavemente y los dedos largos,
afilados, se introdujeron por entre el pelo. La primera vez que
Alberto se había animado a hacerlo, Mariana se había sentido
terriblemente inquieta, con los músculos anudados en una dolorosa
contracción que le había impedido disfrutar de la caricia. Ahora
estaba tranquila y podía disfrutar. Le parecía que la ceguera de
José Claudio era una especie de protección divina.
Sentado frente a
ellos, José Claudio respiraba normalmente, casi con beatitud. Con el
tiempo, la caricia de Alberto se había convertido en una especie de
rito y, ahora mismo, Mariana estaba en condiciones de aguardar el
movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes la mano
acarició el pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió
lentamente la mejilla y el mentón. Finalmente se detuvo sobre los
labios entreabiertos. Entonces ella, como todas las tardes, besó
silenciosamente aquella palma y cerró por un instante los ojos.
Cuando los abrió, el rostro de José Claudio era el mismo. Ajeno,
reservado, distante. Para ella, sin embargo, ese momento incluía
siempre un poco de temor.
Un temor que no
tenía razón de ser, ya que en el ejercicio de esa caricia púdica,
riesgosa, insolente, ambos habían llegado a una técnica tan
perfecta como silenciosa.
“No lo dejes
hervir”, dijo José Claudio.
La mano de Alberto
se retiró y Mariana volvió a inclinarse sobre la mesita. Retiró el
mechero, apagó la llamita con la tapa de vidrio, llenó los pocillos
directamente desde la cafetera.
Todos los días
cambiaba la distribución de los colores. Hoy sería el verde para
José Claudio, el negro para Alberto, el rojo para ella. Tomó el
pocillo verde para alcanzárselo a su marido, pero, antes de dejarlo
en sus manos, se encontró además, con unas palabras que sonaban más
o menos así: “No, querida. Hoy quiero tomar en el pocillo rojo”.
lunes, 8 de mayo de 2017
domingo, 7 de mayo de 2017
La dueña. Marcelo Adrián Gill Ibarra.
Le
dijo que la amaba, que ella era la única dueña de su alma y de su
corazón. Su amor fue correspondido. Se casaron y tuvieron una nena.
Pero luego de diez años se separaron por diferencias irreconciliables. Ella se fue de la casa y se llevó a la nena.
A los pocos días volvió, reclamando el alma y el corazón de su ex esposo. Se los tuvo que dar.
La falta de alma casi no se nota en el hombre, excepto quizá por su mirada perdida.
Sin embargo, el lugar donde estuvo el corazón nunca cicatriza del todo, y por más vendas que se ponga, la sangre siempre mancha un poco sus camisas.
Por favor, sea breve 2. Antología de microrrelatos. Ed. Clara Obligado. 2009.
Pero luego de diez años se separaron por diferencias irreconciliables. Ella se fue de la casa y se llevó a la nena.
A los pocos días volvió, reclamando el alma y el corazón de su ex esposo. Se los tuvo que dar.
La falta de alma casi no se nota en el hombre, excepto quizá por su mirada perdida.
Sin embargo, el lugar donde estuvo el corazón nunca cicatriza del todo, y por más vendas que se ponga, la sangre siempre mancha un poco sus camisas.
Por favor, sea breve 2. Antología de microrrelatos. Ed. Clara Obligado. 2009.
sábado, 6 de mayo de 2017
Escrituras. David Lagmanovich.
La
línea levantó la cabeza y me mordió la mano con que la escribía.
Comprendí que mi obsesión con el microrrelato era excesiva y me
puse a escribir un cuento de extensión convencional. Un párrafo se
enroscó y saltó hacia mí, hiriéndome en el calcañar con su cola
ponzoñosa. Entonces me instalé en el territorio más conocido de la
novela. Algunos capítulos suscitan mi desconfianza. Vivo inquieto,
maquinando estrategias para proteger la yugular.
viernes, 5 de mayo de 2017
Me abandoné. Raúl Brasca.
Me
abandoné a la placidez del sueño y, cuando regresé a la vigilia,
me vi empapado y temblando de miedo. Me perdí detrás de una mujer,
y cuando me di cuenta, estaba desnudo y sin un centavo. Me dejé
flotar en el vaivén de las olas, y cuando volví en mí, me hacían
respiración artificial. Definitivamente, no puedo dejarme solo.
miércoles, 3 de mayo de 2017
Adicción. Jordi Masó Rahola.
Los
síntomas aparecen siempre por la mañana: un cosquilleo en el
vientre, acompañado de mareos y de una sensación de vacío. En días
así, llego al trabajo retorciéndome de dolor, y es un milagro que
pueda atender a alguien sin desfallecer. Pero los años me han
enseñado a controlar los temblores y a mantener una apariencia
serena: mientras entablo una conversación tranquilizadora con el
paciente, busco la vena más adecuada para la punción, la acaricio,
la estrujo hasta sentirla latir bajo mis guantes de látex, la
recorro con complacencia e imagino la corriente sanguínea fluyendo
por aquellos riachuelos escarlatas. La aguja penetra con delicadeza y
entonces llega el momento exquisito en que la jeringa, con
parsimonia, va succionando el líquido anhelado. A pocos les
sorprende que les extraiga un tubo de más (“y este, de propina”,
comento, si estoy de buen humor). Sólo cuando se van –oprimiendo
un algodoncillo contra el brazo, como si la vida fuera a
escapárseles– me tomo la dosis. La calidez me gana el esófago,
llenando cada rincón de mi organismo, se detienen los espasmos y
revivo, respiro aliviado, y con un pañuelo de papel me limpio los
labios manchados de rojo.
Pero hoy he llegado al ambulatorio desencajado. Una abstinencia, forzada por las vacaciones navideñas, me estaba consumiendo: arrastraba días de tormento y noches de insomnio. “¿Se encuentra bien?”, me ha preguntado la mujer rolliza que ya me esperaba con una manga alzada. Tenía uno de esos brazos blandos, embutidos de grasa. Las venas se escondían juguetonas entre los pliegues, y he tenido que pincharla hasta tres veces, sin acierto. “¿Se puede saber qué hace?”, ha protestado cuando me disponía a intentarlo de nuevo. Yo sudaba, angustiado, la ansiedad me atenazaba. Cuando se ha levantado, indignada, le he hundido la jeringa en la papada. Mientras se desplomaba me he acercado al cuello: el chorro de sangre me golpeaba el paladar como un surtidor y he bebido, sediento, largos tragos de vida.
Al acabar, reprimiendo un eructo inoportuno, he presionado el agujerito con el preceptivo algodón.
Pero hoy he llegado al ambulatorio desencajado. Una abstinencia, forzada por las vacaciones navideñas, me estaba consumiendo: arrastraba días de tormento y noches de insomnio. “¿Se encuentra bien?”, me ha preguntado la mujer rolliza que ya me esperaba con una manga alzada. Tenía uno de esos brazos blandos, embutidos de grasa. Las venas se escondían juguetonas entre los pliegues, y he tenido que pincharla hasta tres veces, sin acierto. “¿Se puede saber qué hace?”, ha protestado cuando me disponía a intentarlo de nuevo. Yo sudaba, angustiado, la ansiedad me atenazaba. Cuando se ha levantado, indignada, le he hundido la jeringa en la papada. Mientras se desplomaba me he acercado al cuello: el chorro de sangre me golpeaba el paladar como un surtidor y he bebido, sediento, largos tragos de vida.
Al acabar, reprimiendo un eructo inoportuno, he presionado el agujerito con el preceptivo algodón.
martes, 2 de mayo de 2017
Expeditivo. Luisa Valenzuela.
Estábamos
cenando plácidamente en casa de los López Farnesi, tan agradables
ellos, tan buenos anfitriones, cuando el desconocido empezó a contar
su historia:
-Era un atardecer ventoso y no había alma alguna por la costa del lago. Yo avanzaba atento al vuelo de los patos y de golpe lo vi, al hombre ahí arriba tan al borde del acantilado. Un lugar peligroso, una pared a pico como de cuarenta metros de alto. Yo lo miraba a él, sorprendido, y él me miraba a mí. Pensé que era un guardia costero o algo parecido. De golpe la fina saliente de roca sobre la cual estaba parado cedió y el hombre se habría precipitado al vacío de no ser por unas ramas salientes a las que logró aferrarse en su caída. Quedó así bamboleándose sobre el vacío sin poder hacer pie en ninguna parte.
-¡Ay, qué espanto! -exclamaron las señoras.
-Entonces yo, ni corto ni perezoso, lo bajé -nos tranquilizó el desconocido.
-Menos mal -suspiramos aliviados-. Usted es un héroe, cuéntenos cómo lo bajó.
-Muy simple. De un balazo.
-Era un atardecer ventoso y no había alma alguna por la costa del lago. Yo avanzaba atento al vuelo de los patos y de golpe lo vi, al hombre ahí arriba tan al borde del acantilado. Un lugar peligroso, una pared a pico como de cuarenta metros de alto. Yo lo miraba a él, sorprendido, y él me miraba a mí. Pensé que era un guardia costero o algo parecido. De golpe la fina saliente de roca sobre la cual estaba parado cedió y el hombre se habría precipitado al vacío de no ser por unas ramas salientes a las que logró aferrarse en su caída. Quedó así bamboleándose sobre el vacío sin poder hacer pie en ninguna parte.
-¡Ay, qué espanto! -exclamaron las señoras.
-Entonces yo, ni corto ni perezoso, lo bajé -nos tranquilizó el desconocido.
-Menos mal -suspiramos aliviados-. Usted es un héroe, cuéntenos cómo lo bajó.
-Muy simple. De un balazo.
lunes, 1 de mayo de 2017
Yonec. María de Francia.
Ya que he comenzado
a escribir lais, no quiero abandonar mi trabajo por mucho que me
cueste. Las aventuras que conozco voy a contarlas todas en rima. Me
prepongo y deseo ahora seguir hablando de Yonec, de dónde nació y
de cómo se conocieron sus padres. El que lo engendró se llamaba
Muldumarec.
En otro tiempo vivía en Bretaña un hombre rico, de avanzada edad. Era dueño de Carvent y había sido proclamado señor del país. La ciudad está situada a orillas del Duelas; antaño era paso de barcos. El caballero era de edad avanzada, pero como tenía una gran heredad, tomó esposa para tener hijos a quienes dejar su herencia. La doncella elegida era de linaje noble, discreta, cortés y de gran belleza. Por su hermosura, él la amó apasionadamente. Por su belleza y encanto, puso gran cuidado en vigilarla y la encerró en su torre, en una habitación enlosada.
Él tenía una hermana vieja, viuda y sin señor, y la puso junto a la dama para que la vigilase más de cerca. En otra habitación cercana había, según creo, otras mujeres, pero la dama no podía hablar con ellas sin permiso de la vieja. Así la tuvo más de siete años. No tuvieron hijos. Ella no salió de aquella torre ni siquiera para ver a parientes o amigos. Cuando el señor iba a acostarse no había chambelán ni portero que se atreviese a entrar en la habitación ni a encender una vela delante de él. La dama vivía en una profunda tristeza, entre lágrimas, suspiros y llantos; así se fue marchitando su belleza, de la que ya no se cuidaba. Sólo deseaba que la muerte se la llevase cuanto antes.
Ocurrió a principios de abril, cuando los pájaros dejan oír sus cantos. El señor se levantó temprano, se disponía a ir al bosque. Le hizo levantase a la vieja y le mandó cerrar las puertas tras él; ella cumplió sus órdenes. El señor se fue con su gente y la vieja llevó su salterio para recitar unos salmos. La dama, que se había despertado llorando, vio la claridad del sol y se dio cuenta de que la vieja había salido de la habitación. Entre quejas, suspiros y llantos se lamentaba de su suerte:
-¡Ay de mí -dice-, en qué mala hora he nacido! ¡Qué triste es mi destino! Estoy prisionera en esta torre, de donde no saldré hasta que muera. ¿qué teme ese viejo celoso, que me mantiene encerrada en esta gran cárcel? Es un loco y un estúpido, que siempre desconfía de que lo engañen. Ni siquiera puedo ir a la iglesia a oír los oficios divinos. Si al menos pudiera hablar con la gente y distraerme con ella, le pondría buena cara, aunque no tuviese gana. ¡Malditos sean mis padres y todos los demás que me entregaron a este celoso y me obligaron a casarme con él! ¡Qué cuerda tan fuerte la que me ata! ¡No podría morirse de una vez! ¿Cuando lo bautizaron debieron de sumergirlo en un río del infierno: duros son sus nervios, duras sus venas, rebosantes de sangre vigorosa! Con frecuencia he oído contar que antaño en este país ocurrían aventuras que alegraban a los afligidos. Los caballeros hallaban doncellas de su gusto, amables y bellas, y las damas encontraban galanes apuestos y corteses, esforzados y valientes, sin que fueran criticadas, pues nadie, excepto ellas, lo veían. Si esto es posible, y lo ha sido, si alguna vez le ha ocurrido a alguien, ¡que Dios todopoderoso haga que se cumplan mis deseos!
Cuando hubo terminado su lamento, vio la sombra de un gran pájaro a través de una estrecha ventana; no sabía lo que podía ser aquello. El ave entró volando en la habitación, llevaba tiras de cuero en las patas, parecía un azor, de cinco o seis mudas. Se posó ante la dama y se quedó así un rato. Al cabo de un instante de estar allí contemplado por ella se transformó en un apuesto y gentil caballero. La dama se quedó maravillada, sin sentido, y se echó a temblar; sintió gran miedo y se cubrió la cabeza. El caballero, muy cortés, fue el primero en hablar:
-¡Señora -le dijo-, no temáis! Noble pájaro es el azor. Aunque esto os parezca un misterio, tranquilizaos, consideradme vuestro amigo. Para esto -continuó- he venido aquí. Desde hace mucho tiempo os he amado y deseado en mi corazón; nunca he amado ni amaré a otra mujer más que a vos. Pero no habría podido llegar hasta vos ni salir de mi palacio si no me hubierais requerido. ¡Ahora ya puedo ser vuestro amigo!
La dama se tranquilizó, se descubrió la cabeza y habló respondiendo al caballero que le otorgaría su amistad si creía en Dios; así podrían amarse, pues él era de gran belleza: nunca en su vida había visto ni vería caballero tan apuesto.
-Señora -dijo él-, habláis bien. Por nada en el mundo quisiera ser motivo de acusación, descrédito o sospecha. Creo firmemente en el Creador que nos liberó de la tristeza en que nos había sumido nuestro padre Adán mordiendo la manzana de la amargura. Él ha sido, es y será siempre vida y luz para los pecadores. Si dudáis de mis palabras, llamad a vuestro capellán, decidle que os encontráis mal, que queréis recibir el sacramento instituido por dios en el mundo para salvar a los pecadores. Tomaré vuestra apariencia, recibiré el cuerpo de Dios, confesándoos así toda mi fe; así no tendréis nada que temer.
Ella le responde que ha hablado bien, se acuesta a su lado en la cama, pero él no quiso tocarla, ni abrazarla, ni besarla.
Entretanto vuelve la vieja, encuentra despierta a la dama y le dice que es hora de levantarse, y quiere traerle sus ropas. La señora dice que está enferma: le ordena que llame con urgencia al capellán, pues tiene miedo a morir.
-¡Tened paciencia! -le responde la vieja-. Mi señor ha ido al bosque; nadie entrará aquí más que yo.
La dama se siente muy turbada y simula desmayarse. Al verla así, la vieja se asustó; abrió la puerta de la habitación y fue a buscar al sacerdote, que acudió tan pronto como pudo trayendo el Cuerpo del Señor; el caballero lo recibió y bebió el vino del cáliz. Después el capellán se marchó y la vieja cerró las puertas. La dama se acostó al lado de su amigo. ¡Nunca se vio pareja tan bella!
Después de que se rieron y jugaron mucho y hablaron de sus cosas, el caballero se despidió; quería regresar a su país. Ella le pidió dulcemente que volviese a verla a menudo.
-Señora -le dijo él-, cuando gustéis; no tardaré ni una hora; pero procurad que no nos sorprendan. Esta vieja nos traicionará y nos acechará noche y día, descubrirá nuestro amor y se lo cantará a su amo. Si, como os digo, llega a ocurrir que seamos traicionados, me será imposible escapar y tendré que morir.
Dicho esto, el caballero se marcha, dejando muy alegre a su amiga. Al día siguiente se levantó completamente sana; estuvo muy contenta toda la semana; se preocupaba mucho de su cuerpo y recobró toda su belleza, ahora prefería quedarse en casa a salir en busca de distracciones. Quiere ver con frecuencia a su amigo y gozar de su compañía. ¡Que Dios los deje gozar mucho tiempo!
La gran satisfacción que sentía por las frecuentes visitas de su amigo le cambió completamente el semblante. Su marido, que era muy astuto, se daba cuenta de que algo raro ocurría. Desconfía de su hermana y hablando un día con ella se manifiesta asombrado de que su esposa se arregle tanto, y le pregunta a qué se debía todo aquello. La vieja respondió que no sabía, pues nadie podía hablar con la dama, ni tenía amigo ni amante sino que se quedaba sola más a gusto que de costumbre: esto es lo que había notado.
-A fe mía -dijo él-, de eso estoy seguro. Ahora conviene que hagáis una cosa: por la mañana, cuando yo me haya levantado y vos hayáis cerrado las puertas, fingid que salís afuera y dejadla sola en la cama. Escondeos en un lugar oculto y desde allí mirad y vigilad lo que pasa para ver de dónde procede esa gran alegría que la inunda.
Después de acordar esto, se separaron. ¡Ay, qué desgracia para ellos que los espíen de esta manera para sorprenderlos y hacerlos caer en la trampa!
Dos días después, según oí contar, el marido simuló salir de viaje. Le dijo a su mujer que el rey lo había convocado por carta, pero que volvería pronto. Salió de la habitación y cerró la puerta. Entonces la viaja, que ya estaba levantada, fue a esconderse tras una cortina, desde donde podría oír y ver fácilmente lo que deseaba saber. La dama estaba acostada, pero no dormía, pues suspiraba por su amigo. Éste llegó enseguida, sin sobrepasar plazo ni hora. Ya juntos mostraban gran alegría en sus palabras y en su semblante, hasta que llegó la hora de levantarse, pues él tenía que irse. La vieja vio y observó cómo entraba y cómo salía. Le dio mucho miedo verlo como hombre y luego como azor.
Cuando regresó el señor, que no había ido muy lejos, la vieja le explicó toda la verdad de lo que había visto. Él, sumamente preocupado, se apresura a preparar trampas para matar al caballero. Mandó forjar grandes pinchos de hierro con las puntas bien afiladas. ¡no había en el mundo cuchilla que mejor cortase! Una vez preparados, y dotados de púas dispuestas como las barbas de una espiga, los colocó bien apretados y bien sujetos en la ventana por donde entraba el caballero a visitar a la dama. ¡Ay, qué desgracia no saber de la trampa que le prepara el traidor!
Al día siguiente, el señor se levanta antes del amanecer y dice que quiere ir de caza. La vieja lo acompaña y luego se vuelve a acostar, pues aún no había asomado el día. La dama, despierta, espera al que ama lealmente, pensando que ahora podía venir a estar con ella a gusto. Apenas ella lo deseó, él acudió sin tardar: en un vuelo se presentó en la ventana. Pero los pinchos apuntaban hacia afuera. Uno de ellos le atraviesa el cuerpo, haciendo brotar su sangre roja. Sintiéndose herido de muerte, se libera de la trampa, penetra en la habitación y se tiende sobre la cama ante la dama, ensangrentando las sábanas. Ella, al verle la sangre y la herida, sintió gran temor y angustia, pero él le dice:
-Por el amor que os tengo pierdo la vida. Ya os lo había avisado de que esto ocurriría, que vuestra actitud causaría nuestra muerte:
Al oír estas palabras, ella cayó desmayada, como muerta durante un momento. Él la consuela con palabras de ternura, diciéndole que no hay que lamentarse, pues está encinta de él y tendrá un hijo animoso y valiente, que será su consuelo. Se llamará Yonec, los vengará, a ella y a él, y matará a su enemigo.
No pudo quedarse más tiempo allí, pues su herida seguía sangrando. Se marchó con gran pena. Ella lo siguió dando grandes gritos. ¡Saltó por la ventana; no se mató de milagro, pues el sitio desde donde saltó estaba a veinte pies de altura del suelo! Desnuda, sólo en camisa, se fue siguiendo las huellas de la sangre, que en gruesas gotas caía del cuerpo del caballero a lo largo del camino, sin perderle la pista hasta llegar a un colina. Allí había una entrada toda regada de sangre, más allá de la cual no se podía ver nada. Pensando que su amigo había entrado allí, ella penetra rápidamente y se encuentra en plena oscuridad. Siguió camino adelante hasta que por fin salió de la colina y llegó a un prado muy hermoso. Encontró la hierba mojada de sangre, lo cual la asustó mucho, y siguió su rastro por el prado.
Muy cerca había una ciudad totalmente amurallada: casas, salas, torres, todo parecía hecho de plata; sus construcciones eran de una gran riqueza. Fuera de las murallas estaban las huertas, los bosques y las tierras acotadas. Por el otro lado, hacia la torre del homenaje, corre un río que bordea la propiedad; allí llegaban los barcos, había más de trescientos. La puerta de abajo estaba abierta; la dama entró en la ciudad siguiendo siempre el rastro de sangre fresca, a través del burgo hasta el castillo. Nadie le dirigió la palabra, no encontró un alma. Llega a la gran sala de palacio, cuyo pavimento halla todo ensangrentado. Entra en una hermosa habitación y allí encuentra a un caballero durmiendo; no lo conoce y sigue adelante; en otra habitación, más grande, no encuentra más que una cama en la que dormía un caballero; continuando más allá entra en una tercera habitación donde por fin está la cama de su amigo. Las patas son de oro puro; las sábanas, de un valor incalculable; los candelabros con las velas encendidas día y noche, valen todo el oro de una ciudad. En cuanto lo vio, reconoció al caballero, se precipitó horrorizada y cayó desvanecida encima de él. Él, que la ama por encima de todo, la recibe en sus brazos, lamentando sin cesar su desgracia. Cuando ella vuelve en sí, el caballero la consuela con dulces palabras:
-¡Querida amiga, por amor de Dios, marchaos, escapad de aquí! Voy a morir enseguida, a la mitad del día, y habrá tal duelo, que si os encuentran aquí estaréis en peligro, pues mi gente sabrá que me he perdido por vuestro amor. Estoy triste y preocupado por vos.
La dama le dice.
-¡Amigo, prefiero morir con vos a seguir sufriendo con mi señor: si vuelvo junto a él, me matará!
El caballero la tranquilizó: le hizo entrega de un pequeño anillo, explicándole que, mientras lo llevase, su marido no recordaría nada de lo ocurrido ni la maltrataría. Le entrega su espada, haciéndole jurar que no se la dejará a ningún hombre sino que la guardará para su hijo. Cuando este haya crecido y sea ya un hombre y caballero noble y valiente, ella lo llevará junto con su marido a una fiesta. Entrarán en una abadía y ante una tumba que verán escucharán la historia de su muerte y de la traición de que fue víctima. Entonces ella le entregará la espada a su hijo y le contará la aventura de su nacimiento y quién fue su padre. Bien verá luego lo que hará con ella. Después de todas estas recomendaciones, le da un rico brial, le dice que se lo ponga y que se separe de su lado.
La dama se marchó llevándose consigo el anillo y la espada que la reconfortan. A la salida de la ciudad, no había caminado media legua cuando oyó sonar las campanas y el duelo que hacían en el castillo por la muerte de su señor; ella comprende que su amado ha muerto y siente tan profundo dolor que se desmaya hasta cuatro veces. Al volver en sí se dirige a la colina, penetra en ella, la atraviesa y vuelve a su tierra. Con su señor vivió después mucho tiempo sin recibir de él el menor reproche, la menor acusación ni la menor burla.
Nació su hijo y creció entre los suyos bien cuidado y bien querido. Le pusieron de nombre Yonec. No había en el reino joven tan apuesto, noble y generoso. Cuando le llegó la edad lo armaron caballero. Aquel mismo año ocurrió lo que vais a escuchar:
Fue en la fiesta de san Antón, que se celebraba en Carlión y en otras varias ciudades, a la que el señor había sido invitado con sus amigos, según la costumbre del país; debía llevar a su mujer y a su hijo, todos ellos ricamente engalanados. Así ocurrió; se pusieron en marcha, pero no sabían adónde iban. Con ellos iba un criado que los guió por el buen camino hasta llegar a un castillo. ¡No lo había más hermoso en el mundo! Dentro de sus muros había una abadía con muchos religiosos. El criado que los llevó a la fiesta los albergó allí. En la habitación del abad los atendieron y sirvieron con todos los honores. Al día siguiente van a oír la misa; luego querían marcharse. Pero el abad viene a pedirles con insistencia que se queden: así les enseñaría su dormitorio, la sala capitular, el refectorio y las comodidades de su monasterio. El señor accedió a la invitación. El mismo día, después de la comida, visitaron las dependencias de la abadía, pasaron luego a la sala capitular, donde encontraron una gran tumba con una seda recamada atravesada por una banda de rico orifrés. En la cabecera, al pie y a los lados había veinte cirios encendidos. Los candelabros eran de oro fino y de amatista los incensarios con que incensaban de día la tumba para mejor honrarla.
Preguntaron con insistencia a la gente de allí de quién era la tumba y quién estaba sepultado en ella. Ellos rompieron a llorar y con lágrimas en los ojos le contaron que allí yacía el mejor caballero, el más fuerte y el más valiente, el más apuesto y el más querido de cuantos hubo en el mundo. Había sido rey de aquella tierra; nadie lo superaba en cortesía. Fue sorprendido y muerto en Carvent por el amor de una dama.
-Desde entonces ya no hemos tenido señor, aunque llevamos mucho tiempo esperando a un hijo que tuvo de aquella dama, tal como él nos dijo y ordenó.
Al oír esta noticia, la dama llama en alta voz a su hijo:
-Hijo querido, -le dijo- ¿habéis oído? ¡Es Dios quien nos ha traído hasta aquí! Es vuestro padre quien yace en esta tumba, quien fue asesinado a traición por este viejo. Ahora os entrego y confío su espada, que he guardado durante mucho tiempo.
Delante de todos le revela que él es el hijo de aquel caballero allí sepultado, cómo iba a visitarla y fue asesinado a traición por su marido. Le contó la verdad de todo. Cae desmayada sobre la tumba y muere sin pronunciar otra palabra. Cuando su hijo la ve muerta, le corta la cabeza a su padrastro.
Con la espada que había sido de su padre los vengó a él y a su madre. Cuando las gentes de la ciudad conocieron la noticia, recogieron el cuerpo de la dama y con grandes honores lo depositaron en la tumba junto al de su amigo. ¡Que Dios les perdone! Y antes de marcharse de allí reconocieron como su señor a Yonec.
Los que oyeron contar esta aventura hicieron, tiempo después, un lai por los sufrimientos de estos dos amantes.
Los lais. Cuentos medievales. María de Francia. Ed. Acento Editorial. 1999.
En otro tiempo vivía en Bretaña un hombre rico, de avanzada edad. Era dueño de Carvent y había sido proclamado señor del país. La ciudad está situada a orillas del Duelas; antaño era paso de barcos. El caballero era de edad avanzada, pero como tenía una gran heredad, tomó esposa para tener hijos a quienes dejar su herencia. La doncella elegida era de linaje noble, discreta, cortés y de gran belleza. Por su hermosura, él la amó apasionadamente. Por su belleza y encanto, puso gran cuidado en vigilarla y la encerró en su torre, en una habitación enlosada.
Él tenía una hermana vieja, viuda y sin señor, y la puso junto a la dama para que la vigilase más de cerca. En otra habitación cercana había, según creo, otras mujeres, pero la dama no podía hablar con ellas sin permiso de la vieja. Así la tuvo más de siete años. No tuvieron hijos. Ella no salió de aquella torre ni siquiera para ver a parientes o amigos. Cuando el señor iba a acostarse no había chambelán ni portero que se atreviese a entrar en la habitación ni a encender una vela delante de él. La dama vivía en una profunda tristeza, entre lágrimas, suspiros y llantos; así se fue marchitando su belleza, de la que ya no se cuidaba. Sólo deseaba que la muerte se la llevase cuanto antes.
Ocurrió a principios de abril, cuando los pájaros dejan oír sus cantos. El señor se levantó temprano, se disponía a ir al bosque. Le hizo levantase a la vieja y le mandó cerrar las puertas tras él; ella cumplió sus órdenes. El señor se fue con su gente y la vieja llevó su salterio para recitar unos salmos. La dama, que se había despertado llorando, vio la claridad del sol y se dio cuenta de que la vieja había salido de la habitación. Entre quejas, suspiros y llantos se lamentaba de su suerte:
-¡Ay de mí -dice-, en qué mala hora he nacido! ¡Qué triste es mi destino! Estoy prisionera en esta torre, de donde no saldré hasta que muera. ¿qué teme ese viejo celoso, que me mantiene encerrada en esta gran cárcel? Es un loco y un estúpido, que siempre desconfía de que lo engañen. Ni siquiera puedo ir a la iglesia a oír los oficios divinos. Si al menos pudiera hablar con la gente y distraerme con ella, le pondría buena cara, aunque no tuviese gana. ¡Malditos sean mis padres y todos los demás que me entregaron a este celoso y me obligaron a casarme con él! ¡Qué cuerda tan fuerte la que me ata! ¡No podría morirse de una vez! ¿Cuando lo bautizaron debieron de sumergirlo en un río del infierno: duros son sus nervios, duras sus venas, rebosantes de sangre vigorosa! Con frecuencia he oído contar que antaño en este país ocurrían aventuras que alegraban a los afligidos. Los caballeros hallaban doncellas de su gusto, amables y bellas, y las damas encontraban galanes apuestos y corteses, esforzados y valientes, sin que fueran criticadas, pues nadie, excepto ellas, lo veían. Si esto es posible, y lo ha sido, si alguna vez le ha ocurrido a alguien, ¡que Dios todopoderoso haga que se cumplan mis deseos!
Cuando hubo terminado su lamento, vio la sombra de un gran pájaro a través de una estrecha ventana; no sabía lo que podía ser aquello. El ave entró volando en la habitación, llevaba tiras de cuero en las patas, parecía un azor, de cinco o seis mudas. Se posó ante la dama y se quedó así un rato. Al cabo de un instante de estar allí contemplado por ella se transformó en un apuesto y gentil caballero. La dama se quedó maravillada, sin sentido, y se echó a temblar; sintió gran miedo y se cubrió la cabeza. El caballero, muy cortés, fue el primero en hablar:
-¡Señora -le dijo-, no temáis! Noble pájaro es el azor. Aunque esto os parezca un misterio, tranquilizaos, consideradme vuestro amigo. Para esto -continuó- he venido aquí. Desde hace mucho tiempo os he amado y deseado en mi corazón; nunca he amado ni amaré a otra mujer más que a vos. Pero no habría podido llegar hasta vos ni salir de mi palacio si no me hubierais requerido. ¡Ahora ya puedo ser vuestro amigo!
La dama se tranquilizó, se descubrió la cabeza y habló respondiendo al caballero que le otorgaría su amistad si creía en Dios; así podrían amarse, pues él era de gran belleza: nunca en su vida había visto ni vería caballero tan apuesto.
-Señora -dijo él-, habláis bien. Por nada en el mundo quisiera ser motivo de acusación, descrédito o sospecha. Creo firmemente en el Creador que nos liberó de la tristeza en que nos había sumido nuestro padre Adán mordiendo la manzana de la amargura. Él ha sido, es y será siempre vida y luz para los pecadores. Si dudáis de mis palabras, llamad a vuestro capellán, decidle que os encontráis mal, que queréis recibir el sacramento instituido por dios en el mundo para salvar a los pecadores. Tomaré vuestra apariencia, recibiré el cuerpo de Dios, confesándoos así toda mi fe; así no tendréis nada que temer.
Ella le responde que ha hablado bien, se acuesta a su lado en la cama, pero él no quiso tocarla, ni abrazarla, ni besarla.
Entretanto vuelve la vieja, encuentra despierta a la dama y le dice que es hora de levantarse, y quiere traerle sus ropas. La señora dice que está enferma: le ordena que llame con urgencia al capellán, pues tiene miedo a morir.
-¡Tened paciencia! -le responde la vieja-. Mi señor ha ido al bosque; nadie entrará aquí más que yo.
La dama se siente muy turbada y simula desmayarse. Al verla así, la vieja se asustó; abrió la puerta de la habitación y fue a buscar al sacerdote, que acudió tan pronto como pudo trayendo el Cuerpo del Señor; el caballero lo recibió y bebió el vino del cáliz. Después el capellán se marchó y la vieja cerró las puertas. La dama se acostó al lado de su amigo. ¡Nunca se vio pareja tan bella!
Después de que se rieron y jugaron mucho y hablaron de sus cosas, el caballero se despidió; quería regresar a su país. Ella le pidió dulcemente que volviese a verla a menudo.
-Señora -le dijo él-, cuando gustéis; no tardaré ni una hora; pero procurad que no nos sorprendan. Esta vieja nos traicionará y nos acechará noche y día, descubrirá nuestro amor y se lo cantará a su amo. Si, como os digo, llega a ocurrir que seamos traicionados, me será imposible escapar y tendré que morir.
Dicho esto, el caballero se marcha, dejando muy alegre a su amiga. Al día siguiente se levantó completamente sana; estuvo muy contenta toda la semana; se preocupaba mucho de su cuerpo y recobró toda su belleza, ahora prefería quedarse en casa a salir en busca de distracciones. Quiere ver con frecuencia a su amigo y gozar de su compañía. ¡Que Dios los deje gozar mucho tiempo!
La gran satisfacción que sentía por las frecuentes visitas de su amigo le cambió completamente el semblante. Su marido, que era muy astuto, se daba cuenta de que algo raro ocurría. Desconfía de su hermana y hablando un día con ella se manifiesta asombrado de que su esposa se arregle tanto, y le pregunta a qué se debía todo aquello. La vieja respondió que no sabía, pues nadie podía hablar con la dama, ni tenía amigo ni amante sino que se quedaba sola más a gusto que de costumbre: esto es lo que había notado.
-A fe mía -dijo él-, de eso estoy seguro. Ahora conviene que hagáis una cosa: por la mañana, cuando yo me haya levantado y vos hayáis cerrado las puertas, fingid que salís afuera y dejadla sola en la cama. Escondeos en un lugar oculto y desde allí mirad y vigilad lo que pasa para ver de dónde procede esa gran alegría que la inunda.
Después de acordar esto, se separaron. ¡Ay, qué desgracia para ellos que los espíen de esta manera para sorprenderlos y hacerlos caer en la trampa!
Dos días después, según oí contar, el marido simuló salir de viaje. Le dijo a su mujer que el rey lo había convocado por carta, pero que volvería pronto. Salió de la habitación y cerró la puerta. Entonces la viaja, que ya estaba levantada, fue a esconderse tras una cortina, desde donde podría oír y ver fácilmente lo que deseaba saber. La dama estaba acostada, pero no dormía, pues suspiraba por su amigo. Éste llegó enseguida, sin sobrepasar plazo ni hora. Ya juntos mostraban gran alegría en sus palabras y en su semblante, hasta que llegó la hora de levantarse, pues él tenía que irse. La vieja vio y observó cómo entraba y cómo salía. Le dio mucho miedo verlo como hombre y luego como azor.
Cuando regresó el señor, que no había ido muy lejos, la vieja le explicó toda la verdad de lo que había visto. Él, sumamente preocupado, se apresura a preparar trampas para matar al caballero. Mandó forjar grandes pinchos de hierro con las puntas bien afiladas. ¡no había en el mundo cuchilla que mejor cortase! Una vez preparados, y dotados de púas dispuestas como las barbas de una espiga, los colocó bien apretados y bien sujetos en la ventana por donde entraba el caballero a visitar a la dama. ¡Ay, qué desgracia no saber de la trampa que le prepara el traidor!
Al día siguiente, el señor se levanta antes del amanecer y dice que quiere ir de caza. La vieja lo acompaña y luego se vuelve a acostar, pues aún no había asomado el día. La dama, despierta, espera al que ama lealmente, pensando que ahora podía venir a estar con ella a gusto. Apenas ella lo deseó, él acudió sin tardar: en un vuelo se presentó en la ventana. Pero los pinchos apuntaban hacia afuera. Uno de ellos le atraviesa el cuerpo, haciendo brotar su sangre roja. Sintiéndose herido de muerte, se libera de la trampa, penetra en la habitación y se tiende sobre la cama ante la dama, ensangrentando las sábanas. Ella, al verle la sangre y la herida, sintió gran temor y angustia, pero él le dice:
-Por el amor que os tengo pierdo la vida. Ya os lo había avisado de que esto ocurriría, que vuestra actitud causaría nuestra muerte:
Al oír estas palabras, ella cayó desmayada, como muerta durante un momento. Él la consuela con palabras de ternura, diciéndole que no hay que lamentarse, pues está encinta de él y tendrá un hijo animoso y valiente, que será su consuelo. Se llamará Yonec, los vengará, a ella y a él, y matará a su enemigo.
No pudo quedarse más tiempo allí, pues su herida seguía sangrando. Se marchó con gran pena. Ella lo siguió dando grandes gritos. ¡Saltó por la ventana; no se mató de milagro, pues el sitio desde donde saltó estaba a veinte pies de altura del suelo! Desnuda, sólo en camisa, se fue siguiendo las huellas de la sangre, que en gruesas gotas caía del cuerpo del caballero a lo largo del camino, sin perderle la pista hasta llegar a un colina. Allí había una entrada toda regada de sangre, más allá de la cual no se podía ver nada. Pensando que su amigo había entrado allí, ella penetra rápidamente y se encuentra en plena oscuridad. Siguió camino adelante hasta que por fin salió de la colina y llegó a un prado muy hermoso. Encontró la hierba mojada de sangre, lo cual la asustó mucho, y siguió su rastro por el prado.
Muy cerca había una ciudad totalmente amurallada: casas, salas, torres, todo parecía hecho de plata; sus construcciones eran de una gran riqueza. Fuera de las murallas estaban las huertas, los bosques y las tierras acotadas. Por el otro lado, hacia la torre del homenaje, corre un río que bordea la propiedad; allí llegaban los barcos, había más de trescientos. La puerta de abajo estaba abierta; la dama entró en la ciudad siguiendo siempre el rastro de sangre fresca, a través del burgo hasta el castillo. Nadie le dirigió la palabra, no encontró un alma. Llega a la gran sala de palacio, cuyo pavimento halla todo ensangrentado. Entra en una hermosa habitación y allí encuentra a un caballero durmiendo; no lo conoce y sigue adelante; en otra habitación, más grande, no encuentra más que una cama en la que dormía un caballero; continuando más allá entra en una tercera habitación donde por fin está la cama de su amigo. Las patas son de oro puro; las sábanas, de un valor incalculable; los candelabros con las velas encendidas día y noche, valen todo el oro de una ciudad. En cuanto lo vio, reconoció al caballero, se precipitó horrorizada y cayó desvanecida encima de él. Él, que la ama por encima de todo, la recibe en sus brazos, lamentando sin cesar su desgracia. Cuando ella vuelve en sí, el caballero la consuela con dulces palabras:
-¡Querida amiga, por amor de Dios, marchaos, escapad de aquí! Voy a morir enseguida, a la mitad del día, y habrá tal duelo, que si os encuentran aquí estaréis en peligro, pues mi gente sabrá que me he perdido por vuestro amor. Estoy triste y preocupado por vos.
La dama le dice.
-¡Amigo, prefiero morir con vos a seguir sufriendo con mi señor: si vuelvo junto a él, me matará!
El caballero la tranquilizó: le hizo entrega de un pequeño anillo, explicándole que, mientras lo llevase, su marido no recordaría nada de lo ocurrido ni la maltrataría. Le entrega su espada, haciéndole jurar que no se la dejará a ningún hombre sino que la guardará para su hijo. Cuando este haya crecido y sea ya un hombre y caballero noble y valiente, ella lo llevará junto con su marido a una fiesta. Entrarán en una abadía y ante una tumba que verán escucharán la historia de su muerte y de la traición de que fue víctima. Entonces ella le entregará la espada a su hijo y le contará la aventura de su nacimiento y quién fue su padre. Bien verá luego lo que hará con ella. Después de todas estas recomendaciones, le da un rico brial, le dice que se lo ponga y que se separe de su lado.
La dama se marchó llevándose consigo el anillo y la espada que la reconfortan. A la salida de la ciudad, no había caminado media legua cuando oyó sonar las campanas y el duelo que hacían en el castillo por la muerte de su señor; ella comprende que su amado ha muerto y siente tan profundo dolor que se desmaya hasta cuatro veces. Al volver en sí se dirige a la colina, penetra en ella, la atraviesa y vuelve a su tierra. Con su señor vivió después mucho tiempo sin recibir de él el menor reproche, la menor acusación ni la menor burla.
Nació su hijo y creció entre los suyos bien cuidado y bien querido. Le pusieron de nombre Yonec. No había en el reino joven tan apuesto, noble y generoso. Cuando le llegó la edad lo armaron caballero. Aquel mismo año ocurrió lo que vais a escuchar:
Fue en la fiesta de san Antón, que se celebraba en Carlión y en otras varias ciudades, a la que el señor había sido invitado con sus amigos, según la costumbre del país; debía llevar a su mujer y a su hijo, todos ellos ricamente engalanados. Así ocurrió; se pusieron en marcha, pero no sabían adónde iban. Con ellos iba un criado que los guió por el buen camino hasta llegar a un castillo. ¡No lo había más hermoso en el mundo! Dentro de sus muros había una abadía con muchos religiosos. El criado que los llevó a la fiesta los albergó allí. En la habitación del abad los atendieron y sirvieron con todos los honores. Al día siguiente van a oír la misa; luego querían marcharse. Pero el abad viene a pedirles con insistencia que se queden: así les enseñaría su dormitorio, la sala capitular, el refectorio y las comodidades de su monasterio. El señor accedió a la invitación. El mismo día, después de la comida, visitaron las dependencias de la abadía, pasaron luego a la sala capitular, donde encontraron una gran tumba con una seda recamada atravesada por una banda de rico orifrés. En la cabecera, al pie y a los lados había veinte cirios encendidos. Los candelabros eran de oro fino y de amatista los incensarios con que incensaban de día la tumba para mejor honrarla.
Preguntaron con insistencia a la gente de allí de quién era la tumba y quién estaba sepultado en ella. Ellos rompieron a llorar y con lágrimas en los ojos le contaron que allí yacía el mejor caballero, el más fuerte y el más valiente, el más apuesto y el más querido de cuantos hubo en el mundo. Había sido rey de aquella tierra; nadie lo superaba en cortesía. Fue sorprendido y muerto en Carvent por el amor de una dama.
-Desde entonces ya no hemos tenido señor, aunque llevamos mucho tiempo esperando a un hijo que tuvo de aquella dama, tal como él nos dijo y ordenó.
Al oír esta noticia, la dama llama en alta voz a su hijo:
-Hijo querido, -le dijo- ¿habéis oído? ¡Es Dios quien nos ha traído hasta aquí! Es vuestro padre quien yace en esta tumba, quien fue asesinado a traición por este viejo. Ahora os entrego y confío su espada, que he guardado durante mucho tiempo.
Delante de todos le revela que él es el hijo de aquel caballero allí sepultado, cómo iba a visitarla y fue asesinado a traición por su marido. Le contó la verdad de todo. Cae desmayada sobre la tumba y muere sin pronunciar otra palabra. Cuando su hijo la ve muerta, le corta la cabeza a su padrastro.
Con la espada que había sido de su padre los vengó a él y a su madre. Cuando las gentes de la ciudad conocieron la noticia, recogieron el cuerpo de la dama y con grandes honores lo depositaron en la tumba junto al de su amigo. ¡Que Dios les perdone! Y antes de marcharse de allí reconocieron como su señor a Yonec.
Los que oyeron contar esta aventura hicieron, tiempo después, un lai por los sufrimientos de estos dos amantes.
Los lais. Cuentos medievales. María de Francia. Ed. Acento Editorial. 1999.
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