En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero
acordarme, y en medio del camino de la vida, errante me encontré en una selva
oscura cuando frente al pelotón de fusilamiento el coronel José Aureliano
Buendía recordó aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el
hielo a él, que sólo deseaba confesar que vino a Comala porque le dijeron que
acá vivía su padre, un tal Pedro Páramo, declaración expresada la candente
mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, apenas poco después de que
Gregorio Samsa despertó convertido en un escarabajo, preguntando como loco, a
gritos y con una pena extraordinaria, ¿en qué momento se jodió el Perú?
domingo, 10 de marzo de 2019
sábado, 9 de marzo de 2019
Un cocido de muerte. Javier Ximens.
La mañana que vino en busca de la anciana campesina
la encontró en la cocina poniendo un puchero con los garbanzos. Te esperaba
desde hace días —le comentó— pero ahora debes sentarte hasta que avíe a los
animales, me hallas en mal momento, Lucero está para parir. Le puso un pedazo
de queso, una hogaza y una jarra con miel y se fue al aprisco. Tras echar el
forraje a las cabras —doble medida por si tardaban en descubrirla— asistió a la
parturienta —esto le llevó bastante tiempo, pero ¿cómo iba a dejar sola a la
criatura?—, colmó las latas de sardinas con comida para los perros y desgranó
una mazorca para las gallinas. Al entrar en la cocina secándose las manos en el
mandil la encontró adormilada, con la cabeza apoyada en el mango de la dalla.
Ya estoy preparada —anunció—, ¿nos vamos ya o disponemos de tiempo para
comernos el cocido? La vieja hilandera miró la olla y respondió que no corría
prisa. ¡Ah! —dijo la anciana—, entonces voy a dar una vuelta a los quesos, y se
fue hacia la quesera. Cuando regresó, la parca no estaba y se había llevado el
puchero.
viernes, 8 de marzo de 2019
En nada. Arantza Portabales.
A veces soy madre de un niño de cuatro años. De un
niño de ojos marrones y cabello castaño. Veo sus manos aferradas a las
mías antes de cruzar la calle. Nos imagino a los dos parados en un paso de
peatones con la vista fija en el monigote rojo que no se decide a cambiar. Lo
veo en el tiovivo, subido a un descapotable azul que parece de juguete. En la
mesa de la cocina, torciéndole el gesto a la merluza. Sentado en el baño, con
los pies colgando, sin tocar el suelo. Le leo un cuento, sentada en una cama
que debería seguir en tu estudio. Ese estudio de paredes grises que una vez
fueron azules. Lo observo en el ascensor, de puntillas, intentando llegar hasta
el botón del piso tres.
A veces sucede. Está sucediendo ahora. Esas imágenes
son solo un destello. Las borro con un parpadeo enérgico. Después, ignoro
ese ruido que siento dentro del estómago, semejante al estruendo que provoca
aquel que pisa caracoles. Recompongo el gesto. Salgo del baño. Me acerco a la
cocina. Me siento delante de ti. Sigo comiendo. Mastico. Mastico.
Mastico.
Mastico y me preparo para contestarte.
— ¿En qué piensas?
lunes, 4 de marzo de 2019
Polemistas. Luis Antuñano.
Varios gauchos en la pulpería conversan sobre temas
de escritura y de fonética. El santiagueño Albarracín no sabe leer ni escribir,
pero supone que Cabrera ignora su analfabetismo; afirma que la palabra “trara”
no puede escribirse. Crisanto Cabrera, también analfabeto, sostiene que todo lo
que se habla puede ser escrito.
-Pago la copa para todos -le dice el santiagueño- si
escribe trara.
-Se la juego -contesta Cabrera; saca el cuchillo y
con la punta traza unos garabatos en el piso de tierra.
De atrás se asoma el viejo Álvarez, mira el suelo y
sentencia:
-Clarito, trara.
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