viernes, 20 de septiembre de 2019

Lo que les quería decir. Juan José Millás.

Mi padre y mi madre habían discutido esa tarde por alguna razón, o por ninguna, no me acuerdo. Creo que discutían más veces por ninguna que por alguna. El caso es que a la hora de la cena, mi madre, como viera que mi padre no dejaba de observarla, le dijo:
-¿Qué pasa?
-La saliva por la garganta -respondió mi padre.
Yo, que era muy pequño y no advertí la ironía, me quedé impresionado. Mi madre preguntaba qué pasaba y mi padre le respondía que la saliva por la garganta, como si se tratara de un hecho excepcional, raro, quizá patológico. Sin decir nada, concentré toda la atención en mi boca y comprobé que también a mí me pasaba la saliva por la garganta, lo que no supe cómo interpretar.
-A mí también me pasa la saliva por la garganta -dije asustado.
-Pues lleva cuidado, no te envenenes -añadió mi padre, descargando sobre mí el mal humor provocado por la discusión con mi madre.
Deduje, en fin, que el hecho de que a uno le pasara la saliva por la garganta podía tener efectos perniciosos y me pasé los siguientes quince días escupiendo a escondidas. A veces, dejaba que la saliva se acumulara en la boca y cuando ya no me cabía más, corría al baño y la descargaba sobre el lavabo. Aunque con el tiempo averigüé que lo normal era que la saliva pasara por la garganta, se me instaló en esa zona del cuerpo un malestar del que nunca me he recuperado. Me cuesta tragar.
En el diván de mi psicoanalista, al permanecer boca arriba, el asunto se complica más, si cabe, pues la saliva, debido a la fuerza de la gravedad, se desliza enseguida hacia la faringe.
-Ya está pasándome otra vez la saliva por la garganta -dije el otro día en voz alta.
-¿Cómo dice usted? -preguntó ella.
Iba a contarle la historia, pero me dio tal pereza que me hundí en el silencio. Desde entonces no he parado de tragar cantidades industriales de saliva, pero cuanto más pienso en ello, más producen mis glándulas. Y eso es lo que les quería decir.

Articuentos escogidos, 2012.
 

jueves, 19 de septiembre de 2019

El eclipse. Augusto Monterroso.

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

Obras completas (y otros cuentos), 1959.
 

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Las ideas de Simón Rodríguez para "Enseñar a pensar". Eduardo Galeano.

Hacen pasar al autor por loco. Déjesele trasmitir sus locuras a los padres que están por nacer.
Se ha de educar a todo el mundo sin distinción de razas ni colores. No nos alucinemos: sin educación popular, no habrá verdadera sociedad.
Instruir no es educar. Enseñen, y tendrán quien sepa; eduquen, y tendrán quien haga.
Mandar recitar de memoria lo que no se entiende, es hacer papagayos. No se mande, en ningún caso, hacer a un niño nada que no tenga su «porque» al pie. Acostumbrado el niño a ver siempre la razón respaldando las órdenes que recibe, la echa de menos cuando no la ve, y pregunta por ella diciendo: «¿Por qué?». Enseñen a los niños a ser preguntones, para que, pidiendo el porqué de lo que se les manda hacer, se acostumbren a obedecer a la razón: no a la autoridad, como los limitados, ni a la costumbre como los estúpidos.
En las escuelas deben estudiar juntos los niños y las niñas. Primero, porque así desde niños los hombres aprenden a respetar a las mujeres; y segundo, porque las mujeres aprenden a no tener miedo a los hombres.
Los varones deben aprender los tres oficios principales: albañilería, carpintería y herrería, porque con tierras, maderas y metales se hacen las cosas más necesarias. Se ha de dar instrucción y oficio a las mujeres, para que no se prostituyan por necesidad, ni hagan del matrimonio una especulación para asegurar su subsistencia.
Al que no sabe, cualquiera lo engaña. Al que no tiene, cualquiera lo compra.

 

martes, 17 de septiembre de 2019

El mar. Miguel Mihura.

Cuando se dieron cuenta del olvido, todos lloraron como perros.
El pueblo entero gimió desconsolado. Aquello era la ruina. Era el hambre. Era la muerte. No era para menos. Veréis lo que pasaba, niños míos.
Aquel pueblecito pesquero era un verdadero pueblecito pesquero. En él solamente vivían, con sus mujeres, rudos pescadores de cachimba y barba; miles de pescadores que solamente ese oficio tenían: pescadores, marineros, gente de mar. En las tiendas del pueblo, como en todas las tiendas de los pueblos pesqueros, solamente vendían aparejos y redes y bidones de brea, y pies desnudos de pescadores, y palabras fuertes, envueltas, como bombones, en el papel de plata del aguardiente. Había también una preciosa playa llena de brisa, con casetas de baño preparadas para los veraneantes alegres. También había cangrejos, y mojama, y bacalao. (Pero el bacalao ya era algo caro). Había, en fin, de todo lo que hay en esos pintorescos pueblecitos de pescadores. Lo único que no había era mar. Se les había olvidado ponerlo. En el lugar donde debía estar el mar, había una montaña con pinos y gente debajo comiendo tortilla, que había salido quemada. No tenía mar aquel pueblo y el mar más próximo estaba a setecientos kilómetros de distancia. En Cádiz.
Cuando los pescadores de aquel pueblo se dieron cuenta de este olvido, lloraron como perros muertos. Aquello era la ruina. El hambre. El mausoleo. Los pescadores de aquel pueblo de pescadores sólo sabían pescar, y no podían porque no tenían mar y ni siquiera lo habían visto nunca.
Ya que el que hizo los pueblos, o el Gobierno, no se lo había puesto al lado, como debía, pensaron en hacerlo ellos por su cuenta. Toda el agua que había en los botijos y en las palanganas de la mañana la echaron en un hoyo que hicieron en el monte. Pero no salía bien el mar. Lo más difícil y lo que no podían conseguir era poner salada el agua. Esto era imposible.
Los pescadores se pasaban todo el día en las puertas carcomidas de las tabernas, sin saber qué hacer, muertos de hambre y de indignación. Y ni siquiera les quedaba el recurso de irse a cazar al campo, pues, como ya hemos dicho, aquello era un pueblo exclusivamente de pescadores.
Todas las tardes iban al muelle a ver si por casualidad les habían puesto ya el mar, con la misma ilusión y temor que van los niños al gallinero a ver si las gallinas han puesto un huevo. Pero no lo habían puesto. No lo ponían nunca…
¡Qué asco! ¡Qué asco!
Aumentaba el hambre. Miles de criaturas morían de inanición. Las mujeres daban aullidos de espanto. Era graciosísimo. Daba mucha risa aquello.
Nuevamente fue una Comisión de pescadores a charlar un rato con el ministro de Marina, que era el que tenía que poner el mar.
-Pónganos de una vez el mar, señor ministro, si es que nos lo va usted a poner. No podemos trabajar. Nos morimos de hambre.
-Por ahora es imposible -argüía el ministro-. Ya no nos queda mar. No tenemos ni una gota de agua de que disponer. Todo el mar que teníamos, lo hemos puesto ya en otros puertos de mar como el de ustedes.
-¿Y cómo no nos lo pusieron a nosotros, que somos los que más lo necesitamos? ¡Es intolerable!
-Sin duda fue algún olvido. El ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, con barba blanca, que hace los pueblos y las ciudades de todo el mundo, no puede estar en todos los detalles. Sufre, naturalmente, confusiones. Ya ve usted: cuando hicieron el mundo, que ya hace siglos, pusieron la Giralda en Monforte. Fue una gran equivocación que costó mucho rectificar. Tuvieron que quitarla de allí y llevarla a Sevilla, que es donde tiene que estar la Giralda. Si se hubiese quedado en Monforte, figúrese qué compromiso. Hacer todos los pueblos del mundo es muy difícil, caballeros. Hay que tener un poco de tolerancia.
-¡Pero es que esto es nuestra ruina! -gimieron.
-¿Por qué no le piden ustedes un poco de mar a Cádiz? Cádiz tiene mucho a los lados, y en la punta de San Felipe, también.
-Ya se lo hemos pedido, pero no nos lo quieren dar. Dicen que lo necesitan todo para echar dentro sus pescadillas y sus gambas.
-¡Qué lástima!
-Pónganos usted, por lo menos, un río. ¡Cinco o seis metros de río!…
Pero no hubo manera. No quería el hombre. Y entonces, cuatro de los más fuertes pescadores se fueron a América, que tiene mucho mar, y lo cogieron y lo fueron estirando, como el que desenrolla una alfombra, hasta que lo hicieron llegar a su playita.
¡Oh! ¡Qué júbilo! ¡Qué felicidad en todos los rostros! ¡El mar! ¡El mar! ¡El inmenso océano!…
Al principio, todo hay que decirlo, nadie tomaba en serio aquel mar. Hasta los peces se bebían toda el agua. Y por las noches venía gente de los pueblos próximos y lo cogían y se lo llevaban a sus casas metido en botellas y en tazones del chocolate. Quitaban las olas de encima y las metían debajo. Hacían mil diabluras… Y cuando, por la mañana, se levantaban los pescadores a verlo, se encontraban con que lo habían robado y tenían que ir por él a casa de los ladrones. Para evitar estos abusos, le tuvieron que hacer una tapia, rodeándolo. Y una vez hecha la tapia, los pescadores, tranquilos, empezaron a pescar. Pero, como pasa siempre con estas cosas, empezaron a ocurrir desgracias. Hubo naufragios. Mucha gente se ahogaba. Había abundantes tormentas. En fin, un horror de tragedias. Y, entonces, el tabernero del pueblo inventó una cosa para evitar todas estas tonterías. ¡Ya podía la gente bañarse lo que quisiera!… ¡Ya podía haber tormenta!… ¡Ya podía haber naufragios!… Con aquel invento ya no había peligros de ninguna clase.
El inventó consistía en asfaltar todo el mar. Y lo asfaltaron.
Quedó un mar repugnante.
Pero daba gusto pasear por él en coche.

 

lunes, 16 de septiembre de 2019

Instrucciones a Gregorio Samsa. Carlos Almira Picazo.

Cuando despiertes sobresaltado cerciórate, en primer lugar, de si eres una cucaracha o un escarabajo: en el primer caso te dirigirás al baño o a la cocina (o como mucho al patio lavadero); en el segundo, a la calle o al jardín, y con suerte a un huerto; averigua si eres un escarabajo común, pelotero, rinoceronte o áureo, es muy importante.
Si tienes que arrastrarte procura no volcar; pero si vuelcas, con toda calma trata de darte la vuelta (es inútil que agites las patas); y si aún así no puedes, pivota ágilmente sobre tu caparazón hasta que, girando como una peonza, des con un lugar seguro bajo algún mueble. Allí reflexiona sobre lo que mejor te conviene hacer.
Tus peores enemigos no son los perros, ni los gatos, ni los niños, sino tu propia desesperación y sobre todo tu añoranza. No pienses en lo que fuiste ni en lo que podrías haber sido, tampoco en lo que serás.
Con un poco de suerte, si perteneces al tipo áureo, encontrarás las dos alas disimuladas bajo la ridícula coraza.

Fuego enemigo, 2010.
 

domingo, 15 de septiembre de 2019

Líneas paralelas. Federico Fuentes Guzmán.

Dos líneas paralelas son aquellas que se mantienen siempre a idéntica y prudente distancia. Dos cuerpos paralelos, por extensión del género matemático al humano, son aquellos que están siempre cerca, que pasan las manos por el lugar que el compañero ha ocupado unos segundos antes, que se miran y no encuentran puentes para cruzar el pozo marrón que separa sus miradas, que se lanzan palabras, mensajes, cartas incluso, pero nada. Un cristal invisible, que en el mundo matemático es la zanja entre las paralelas, separa los dos cuerpos.
Dicen las matemáticas que esas dos líneas anhelantes llegarán a juntarse en el infinito. Nada parecido dice ningún tratado amatorio.


Los 400 golpes, 2008.
 

sábado, 14 de septiembre de 2019

Un agujero en la pared. Etgar Keret.

En la avenida Bernadotte, justamente al lado de la Estación Central de Autobuses, hay un agujero en la pared. Antes hubo ahí un cajero automático, pero se estropeó o algo parecido, o quizá es que simplemente no se usaba, así que vino una camioneta con personal del banco, se lo llevaron y nunca más lo han vuelto a poner.
Alguien le dijo un día a Udi que si se pide a gritos un deseo en ese agujero de la pared, entonces se cumple, pero Udi no se lo creyó demasiado. La verdad es que una vez, cuando volvía por la noche del cine, gritó en el agujero que quería que Dafna Rimlet se enamorara de él, pero no pasó nada. Y en otra ocasión, cuando se sentía terriblemente solo, se desgañitó ante el agujero pidiendo que quería tener un amigo ángel y, aunque es verdad que después apareció un ángel, no resultó ser precisamente un amigo, porque siempre desaparecía cuando realmente lo necesitaba. El ángel era delgado, encorvado y siempre llevaba puesto un impermeable para que no se le vieran las alas. La gente por la calle estaba convencida de que era jorobado. A veces, cuando se encontraban solos, se quitaba el impermeable y, en una ocasión, hasta permitió que Udi le tocara las plumas de las alas, pero cuando había otras personas en la habitación se lo dejaba siempre puesto. Los hijos de Klein le preguntaron un día qué era lo que tenía debajo del impermeable y él les dijo que llevaba una mochila con libros que no eran suyos, y que temía que se mojaran. La verdad es que se pasaba el día mintiendo. Le contaba a Udi unas historias que eran para morirse: de los distintos lugares del cielo, de personas que cuando se van por la noche a casa a dormir dejan las llaves en el contacto del coche, de gatos que no tienen miedo de nada y que ni siquiera saben lo que es zape.
Menudas historias se inventaba, y encima juraba por Dios que eran verdad.
Udi lo quería muchísimo, siempre se esforzaba por creerlo y hasta le prestó dinero alguna vez que lo vio en apuros. El ángel, por el contrario, no ayudaba a Udi en nada, sino que no hacía más que hablar y hablar y contarle todas esas estúpidas historias. Durante los seis años que Udi lo conoció no lo vio fregar ni un solo vaso.
Mientras Udi estuvo haciendo la instrucción en el ejército y realmente necesitaba a alguien con quien hablar, el ángel desapareció de repente durante dos meses para después regresar sin afeitar y con cara de no—me—preguntes—nada.
Udi no se lo preguntó y el sábado se sentaron tristes y en calzoncillos en la azotea para calentarse al sol. Udi se quedó mirando las otras azoteas con los cables, los depósitos de agua y el cielo. Se dio cuenta de repente de que durante todos los años que llevaban juntos no había visto volar al ángel ni tan siquiera una sola vez.
¿Y si volaras un poco? —le dijo al ángel—. Eso te animaría.
Pero el ángel le contestó:
Deja, que me puede ver alguien.
Anda, tío —dijo Udi—, vuela sólo un poco, hazlo por mí.
Pero el ángel se limitó a dejar escapar de la boca un ruido repugnante para después escupir en la azotea asfaltada un salivajo mezclado con una flema blanca.
Déjalo —lo provocó Udi—, seguro que no sabes volar.
Pues claro que sé —se enfadó el ángel—, lo que pasa es que no quiero que me vean. En la azotea de enfrente vieron a unos niños que lanzaban a la calle bombas de agua.
¿Sabes qué? —sonrió Udi—, hace tiempo, cuando era pequeño, antes de conocerte, solía subir aquí a menudo a tirarles bombas de agua a las personas que pasaban ahí abajo por la calle. Les apuntaba justo cuando pasaban por entre las marquesinas —prosiguió Udi, inclinándose ahora sobre la barandilla mientras apuntaba con el dedo hacia el espacio que había entre la marquesina de la tienda de comestibles y la de la zapatería—. La gente levantaba la cabeza hacia arriba, veía una marquesina y no sabía desde dónde le había caído.
El ángel también se levantó, miró hacia la calle y abrió la boca para decir algo. De repente Udi le dio un empujoncito por detrás y el ángel perdió el equilibrio. No fue más que una broma, no quería hacerle nada malo, sólo obligarlo a volar un poco, por divertirse. Pero el ángel cayó los cinco pisos como un saco de patatas. Udi lo miraba atónito, tendido allí abajo en la acera. El cuerpo entero sin moverse y sólo las alas agitándose con una especie de último aliento de vida. Entonces comprendió finalmente que de todas las cosas que el ángel le había dicho nada había sido cierto y que ni tan siquiera era un ángel, sino solo un hombre mentiroso con alas.

La chica sobre la nevera, 2006.