sábado, 12 de octubre de 2019

Anécdota. Ambrose Bierce.

El señor W.C. Morrow, que solía vivir en San José, California, acostumbraba escribir cuentos de fantasmas que daban al lector la sensación de que un tropel de lagartijas, recién salidas del hielo, le corrían por la espalda y se le escondían entre los cabellos. En esa época, se creía que merodeaba por San José el alma en pena de un famoso bandido llamado Vásquez, a quien ahorcaron allí. El pueblo no estaba muy bien iluminado y de noche la gente salía lo menos posible de su casa.
Una noche particularmente oscura, dos caballeros caminaban por el sitio más solitario dentro del ejido, hablando en voz baja para darse coraje, cuando se tropezaron con el señor J.J. Owen, conocido periodista:
—¡Caramba, Owen! —dijo uno—. ¿Qué le trae por aquí en una noche como ésta? ¿No me dijo que este era uno de los sitios preferidos por el ánima de Vásquez? ¿No tiene miedo de estar afuera?
—Mi querido amigo —respondió el periodista con voz lúgubre—, tengo miedo de estar adentro. Llevo en el bolsillo una de las novelas de Will Morrow y no me atrevo a acercarme donde haya luz suficiente para leerla.

 

jueves, 10 de octubre de 2019

Los días perdidos. Dino Buzzati.

Pocos días después de haber adquirido una lujosa finca y cuando volvía a casa, Ernst Kazirra avistó a lo lejos a un hombre que, con una caja sobre los hombros, salía por una pequeña puerta de la cerca, y la cargaba en un camión. No le dio tiempo a alcanzarlo antes de que se marchara. Decidió seguirlo con el coche. El camión hizo un largo trayecto hasta lo más lejano de la periferia de la ciudad, deteniéndose al borde de un barranco. Kazirra salió del coche y se acercó a mirar. El desconocido descargó la caja del camión y, dando unos pocos pasos, la arrojó al barranco, que estaba lleno de miles y miles de otras cajas iguales. Se acercó al hombre y le preguntó:
–Te he visto sacar esa caja de mi finca. ¿Qué había dentro? ¿Y qué son todas esas otras cajas?
El hombre lo miró y sonrió:
–Todavía hay más en el camión, para tirar. ¿No lo sabes? Son los días.
–¿Qué días?
–Tus días.
–¿Mis días?
–Tus días perdidos. Los días que has perdido. Los esperabas, ¿verdad? Han venido. ¿Qué has hecho? Míralos, intactos, todavía enteros. ¿Y ahora…?
Kazirra miró. Formaban una pila inmensa. Bajó por la pendiente escarpada y abrió uno. Dentro había un paseo de otoño, y al fondo Graziella, su novia, que se alejaba de él para siempre. Y él ni siquiera la llamó.
Abrió un segundo. Había una habitación de hospital, y en la cama su hermano Giosuè, que estaba enfermo y le esperaba. Pero él estaba en viaje de negocios.
Abrió un tercero. En la verja de la antigua y mísera casa estaba Duk, el fiel mastín, que le esperó durante dos años, hasta quedar reducido a piel y huesos. Y él ni pensó en volver.
Sintió como si algo le oprimiera en la boca del estómago. El transportista se mantuvo erguido al borde del barranco, impasible, como un verdugo.
–¡Señor! –gritó Kazirra–. Escúcheme. Deje que me lleve al menos estos tres días. Se lo ruego. Al menos estos tres. Soy rico. Le daré todo lo que quiera.
El transportista hizo un gesto con la mano derecha, como señalando un punto inalcanzable, como diciendo que era demasiado tarde y que ya no había ningún remedio posible. Entonces se desvaneció en el aire y al instante también desapareció el gigantesco cúmulo de cajas misteriosas. Y la sombra de la noche descendía.

Las noches difíciles. Dino Buzzati, 1972.

martes, 8 de octubre de 2019

Míster Taylor. Augusto Monterroso.

-Menos rara, aunque sin duda más ejemplar -dijo entonces el otro-, es la historia de Mr. Percy Taylor, cazador de cabezas en la selva amazónica.
Se sabe que en 1937 salió de Boston, Massachusetts, en donde había pulido su espíritu hasta el extremo de no tener un centavo. En 1944 aparece por primera vez en América del Sur, en la región del Amazonas, conviviendo con los indígenas de una tribu cuyo nombre no hace falta recordar.
Por sus ojeras y su aspecto famélico pronto llegó a ser conocido allí como “el gringo pobre”, y los niños de la escuela hasta lo señalaban con el dedo y le tiraban piedras cuando pasaba con su barba brillante bajo el dorado sol tropical. Pero esto no afligía la humilde condición de Mr. Taylor porque había leído en el primer tomo de las Obras Completas de William G. Knight que si no se siente envidia de los ricos la pobreza no deshonra.
En pocas semanas los naturales se acostumbraron a él y a su ropa extravagante. Además, como tenía los ojos azules y un vago acento extranjero, el Presidente y el Ministro de Relaciones Exteriores lo trataban con singular respeto, temerosos de provocar incidentes internacionales.
Tan pobre y mísero estaba, que cierto día se internó en la selva en busca de hierbas para alimentarse. Había caminado cosa de varios metros sin atreverse a volver el rostro, cuando por pura casualidad vio a través de la maleza dos ojos indígenas que lo observaban decididamente. Un largo estremecimiento recorrió la sensitiva espalda de Mr. Taylor. Pero Mr. Taylor, intrépido, arrostró el peligro y siguió su camino silbando como si nada hubiera pasado.
De un salto (que no hay para qué llamar felino) el nativo se le puso enfrente y exclamó:
–Buy head? Money, money.
A pesar de que el inglés no podía ser peor, Mr. Taylor, algo indispuesto, sacó en claro que el indígena le ofrecía en venta una cabeza de hombre, curiosamente reducida, que traía en la mano.
Es innecesario decir que Mr. Taylor no estaba en capacidad de comprarla; pero como aparentó no comprender, el indio se sintió terriblemente disminuido por no hablar bien el inglés, y se la regaló pidiéndole disculpas.
Grande fue el regocijo con que Mr. Taylor regresó a su choza. Esa noche, acostado boca arriba sobre la precaria estera de palma que le servía de lecho, interrumpido tan solo por el zumbar de las moscas acaloradas que revoloteaban en torno haciéndose obscenamente el amor, Mr. Taylor contempló con deleite durante un buen rato su curiosa adquisición. El mayor goce estético lo extraía de contar, uno por uno, los pelos de la barba y el bigote, y de ver de frente el par de ojillos entre irónicos que parecían sonreírle agradecidos por aquella deferencia.
Hombre de vasta cultura, Mr. Taylor solía entregarse a la contemplación; pero esta vez en seguida se aburrió de sus reflexiones filosóficas y dispuso obsequiar la cabeza a un tío suyo, Mr. Rolston, residente en Nueva York, quien desde la más tierna infancia había revelado una fuerte inclinación por las manifestaciones culturales de los pueblos hispanoamericanos.
Pocos días después el tío de Mr. Taylor le pidió -previa indagación sobre el estado de su importante salud- que por favor lo complaciera con cinco más. Mr. Taylor accedió gustoso al capricho de Mr. Rolston y -no se sabe de qué modo- a vuelta de correo “tenía mucho agrado en satisfacer sus deseos”. Muy reconocido, Mr. Rolston le solicitó otras diez. Mr. Taylor se sintió “halagadísimo de poder servirlo”. Pero cuando pasado un mes aquél le rogó el envío de veinte, Mr. Taylor, hombre rudo y barbado pero de refinada sensibilidad artística, tuvo el presentimiento de que el hermano de su madre estaba haciendo negocio con ellas.
Bueno, si lo quieren saber, así era. Con toda franqueza, Mr. Rolston se lo dio a entender en una inspirada carta cuyos términos resueltamente comerciales hicieron vibrar como nunca las cuerdas del sensible espíritu de Mr. Taylor.
De inmediato concertaron una sociedad en la que Mr. Taylor se comprometía a obtener y remitir cabezas humanas reducidas en escala industrial, en tanto que Mr. Rolston las vendería lo mejor que pudiera en su país.
Los primeros días hubo algunas molestas dificultades con ciertos tipos del lugar. Pero Mr. Taylor, que en Boston había logrado las mejores notas con un ensayo sobre Joseph Henry Silliman, se reveló como político y obtuvo de las autoridades no sólo el permiso necesario para exportar, sino, además, una concesión exclusiva por noventa y nueve años. Escaso trabajo le costó convencer al guerrero Ejecutivo y a los brujos Legislativos de que aquel paso patriótico enriquecería en corto tiempo a la comunidad, y de que luego luego estarían todos los sedientos aborígenes en posibilidad de beber (cada vez que hicieran una pausa en la recolección de cabezas) de beber un refresco bien frío, cuya fórmula mágica él mismo proporcionaría.
Cuando los miembros de la Cámara, después de un breve pero luminoso esfuerzo intelectual, se dieron cuenta de tales ventajas, sintieron hervir su amor a la patria y en tres días promulgaron un decreto exigiendo al pueblo que acelerara la producción de cabezas reducidas.
Contados meses más tarde, en el país de Mr. Taylor las cabezas alcanzaron aquella popularidad que todos recordamos. Al principio eran privilegio de las familias más pudientes; pero la democracia es la democracia y, nadie lo va a negar, en cuestión de semanas pudieron adquirirlas hasta los mismos maestros de escuela.
Un hogar sin su correspondiente cabeza teníase por un hogar fracasado. Pronto vinieron los coleccionistas y, con ellos, las contradicciones: poseer diecisiete cabezas llegó a ser considerado de mal gusto; pero era distinguido tener once. Se vulgarizaron tanto que los verdaderos elegantes fueron perdiendo interés y ya sólo por excepción adquirían alguna, si presentaba cualquier particularidad que la salvara de lo vulgar. Una, muy rara, con bigotes prusianos, que perteneciera en vida a un general bastante condecorado, fue obsequiada al Instituto Danfeller, el que a su vez donó, como de rayo, tres y medio millones de dólares para impulsar el desenvolvimiento de aquella manifestación cultural, tan excitante, de los pueblos hispanoamericanos.
Mientras tanto, la tribu había progresado en tal forma que ya contaba con una veredita alrededor del Palacio Legislativo. Por esa alegre veredita paseaban los domingos y el Día de la Independencia los miembros del Congreso, carraspeando, luciendo sus plumas, muy serios, riéndose, en las bicicletas que les había obsequiado la Compañía.
Pero, ¿que quieren? No todos los tiempos son buenos. Cuando menos lo esperaban se presentó la primera escasez de cabezas.
Entonces comenzó lo más alegre de la fiesta.
Las meras defunciones resultaron ya insuficientes. El Ministro de Salud Pública se sintió sincero, y una noche caliginosa, con la luz apagada, después de acariciarle un ratito el pecho como por no dejar, le confesó a su mujer que se consideraba incapaz de elevar la mortalidad a un nivel grato a los intereses de la Compañía, a lo que ella le contestó que no se preocupara, que ya vería cómo todo iba a salir bien, y que mejor se durmieran.
Para compensar esa deficiencia administrativa fue indispensable tomar medidas heroicas y se estableció la pena de muerte en forma rigurosa.
Los juristas se consultaron unos a otros y elevaron a la categoría de delito, penado con la horca o el fusilamiento, según su gravedad, hasta la falta más nimia.
Incluso las simples equivocaciones pasaron a ser hechos delictuosos. Ejemplo: si en una conversación banal, alguien, por puro descuido, decía “Hace mucho calor”, y posteriormente podía comprobársele, termómetro en mano, que en realidad el calor no era para tanto, se le cobraba un pequeño impuesto y era pasado ahí mismo por las armas, correspondiendo la cabeza a la Compañía y, justo es decirlo, el tronco y las extremidades a los dolientes.
La legislación sobre las enfermedades ganó inmediata resonancia y fue muy comentada por el Cuerpo Diplomático y por las Cancillerías de potencias amigas.
De acuerdo con esa memorable legislación, a los enfermos graves se les concedían veinticuatro horas para poner en orden sus papeles y morirse; pero si en este tiempo tenían suerte y lograban contagiar a la familia, obtenían tantos plazos de un mes como parientes fueran contaminados. Las víctimas de enfermedades leves y los simplemente indispuestos merecían el desprecio de la patria y, en la calle, cualquiera podía escupirle el rostro. Por primera vez en la historia fue reconocida la importancia de los médicos (hubo varios candidatos al premio Nóbel) que no curaban a nadie. Fallecer se convirtió en ejemplo del más exaltado patriotismo, no sólo en el orden nacional, sino en el más glorioso, en el continental.
Con el empuje que alcanzaron otras industrias subsidiarias (la de ataúdes, en primer término, que floreció con la asistencia técnica de la Compañía) el país entró, como se dice, en un periodo de gran auge económico. Este impulso fue particularmente comprobable en una nueva veredita florida, por la que paseaban, envueltas en la melancolía de las doradas tardes de otoño, las señoras de los diputados, cuyas lindas cabecitas decían que sí, que sí, que todo estaba bien, cuando algún periodista solícito, desde el otro lado, las saludaba sonriente sacándose el sombrero.
Al margen recordaré que uno de estos periodistas, quien en cierta ocasión emitió un lluvioso estornudo que no pudo justificar, fue acusado de extremista y llevado al paredón de fusilamiento. Sólo después de su abnegado fin los académicos de la lengua reconocieron que ese periodista era una de las más grandes cabezas del país; pero una vez reducida quedó tan bien que ni siquiera se notaba la diferencia.
¿Y Mr. Taylor? Para ese tiempo ya había sido designado consejero particular del Presidente Constitucional. Ahora, y como ejemplo de lo que puede el esfuerzo individual, contaba los miles por miles; mas esto no le quitaba el sueño porque había leído en el último tomo de las Obras completas de William G. Knight que ser millonario no deshonra si no se desprecia a los pobres.
Creo que con ésta será la segunda vez que diga que no todos los tiempos son buenos. Dada la prosperidad del negocio llegó un momento en que del vecindario sólo iban quedando ya las autoridades y sus señoras y los periodistas y sus señoras. Sin mucho esfuerzo, el cerebro de Mr. Taylor discurrió que el único remedio posible era fomentar la guerra con las tribus vecinas. ¿Por qué no? El progreso.
Con la ayuda de unos cañoncitos, la primera tribu fue limpiamente descabezada en escasos tres meses. Mr. Taylor saboreó la gloria de extender sus dominios. Luego vino la segunda; después la tercera y la cuarta y la quinta. El progreso se extendió con tanta rapidez que llegó la hora en que, por más esfuerzos que realizaron los técnicos, no fue posible encontrar tribus vecinas a quienes hacer la guerra.
Fue el principio del fin.
Las vereditas empezaron a languidecer. Sólo de vez en cuando se veía transitar por ellas a alguna señora, a algún poeta laureado con su libro bajo el brazo. La maleza, de nuevo, se apoderó de las dos, haciendo difícil y espinoso el delicado paso de las damas. Con las cabezas, escasearon las bicicletas y casi desaparecieron del todo los alegres saludos optimistas.
El fabricante de ataúdes estaba más triste y fúnebre que nunca. Y todos sentían como si acabaran de recordar de un grato sueño, de ese sueño formidable en que tú te encuentras una bolsa repleta de monedas de oro y la pones debajo de la almohada y sigues durmiendo y al día siguiente muy temprano, al despertar, la buscas y te hallas con el vacío.
Sin embargo, penosamente, el negocio seguía sosteniéndose. Pero ya se dormía con dificultad, por el temor a amanecer exportado.
En la patria de Mr. Taylor, por supuesto, la demanda era cada vez mayor. Diariamente aparecían nuevos inventos, pero en el fondo nadie creía en ellos y todos exigían las cabecitas hispanoamericanas.
Fue para la última crisis. Mr. Rolston, desesperado, pedía y pedía más cabezas. A pesar de que las acciones de la Compañía sufrieron un brusco descenso, Mr. Rolston estaba convencido de que su sobrino haría algo que lo sacara de aquella situación.
Los embarques, antes diarios, disminuyeron a uno por mes, ya con cualquier cosa, con cabezas de niño, de señoras, de diputados.
De repente cesaron del todo.
Un viernes áspero y gris, de vuelta de la Bolsa, aturdido aún por la gritería y por el lamentable espectáculo de pánico que daban sus amigos, Mr. Rolston se decidió a saltar por la ventana (en vez de usar el revólver, cuyo ruido lo hubiera llenado de terror) cuando al abrir un paquete del correo se encontró con la cabecita de Mr. Taylor, que le sonreía desde lejos, desde el fiero Amazonas, con una sonrisa falsa de niño que parecía decir: “Perdón, perdón, no lo vuelvo a hacer.”

Obras completas (y otros cuentos), 1959.
 

lunes, 7 de octubre de 2019

Pequeña fábula sin importancia. Nora Scarpa Filsinger.

El gato persa, rechoncho y peludo, que dormita en almohadones de pluma, nunca llena su estómago. Reclama porque todo lo que va a su plato le resulta insuficiente. Reclama si acaso algún ratoncito mordisquea una cascarita de su pan. Los ratones, sometidos pero solidarios, arriman lo que tienen a su alcance, privándose del propio alimento. Cada vez engorda más el gato, y cada vez enflaquecen más los ratones.
El gato sabe convencerlos de que así son todos felices. 

 

domingo, 6 de octubre de 2019

Barbacoas familiares. Juan José Millás.

No es verdad que en el campo haya silencio. Lo sé porque estoy en el campo y a pocos metros de mí hay un individuo conduciendo un cortacésped que suena como una avioneta. Lleva dos horas jugando a pilotar el cortacésped, y se ha colocado incluso unas gafas de aviador de la Segunda Guerra Mundial. En el resto del cuerpo, sin embargo, sólo lleva un bañador tipo tanga de un color indefinido, pero horrible. Para amenizar el trabajo ha puesto a todo meter un casete con el Corazón partío, de Alejando Sanz, a quien Dios confunda. A lo mejor el campo fue en tiempos otra cosa pero hoy es un espanto. Los únicos animales que ves son de tu especie, y es una especie ruidosa y sucia. Una familia de cuatro personas puede organizar más ruido y más basura que una manada de jabalíes. De hecho, nunca he conseguido ver a una familia de jabalíes, y eso que esta zona, según me han dicho, está llena. Se ve que los jabalíes son gente discreta.
A veces tengo la fantasía de que voy paseando por el bosque y tropiezo con una familia de toros haciendo una barbacoa de seres humanos. No comprendo por qué no se animan. Según los caníbales, los seres humanos sabemos a pollo de granja gracias a las porquerías que comemos. No hay como comer mal para saber bien. Fíjense en los cerdos de corral, que sólo comen mondas de melón con las que fabrican unos jamones que le hacen a uno perder el sentido, o el sentío, para que rime con el corazón partío que me taladra la cabeza mientras avanzo penosamente por la pantalla del ordenador hacia la línea 33. Por otra parte, si hay algún animal que se merezca ser asado en una barbacoa, ése es el ser humano.
Uno de los peores incendios de este verano fue provocado por una barbacoa familiar. Estoy seguro de que se traba de una familia que oía a todo trapo el Corazón partío mientras uno de los cuñados, en bragas, segaba el césped con una avioneta. El de aquí al lado no piensa parar hasta que derribe a otro cortacésped, pues en su fantasía, como digo, es un piloto de la Segunda Guerra Mundial. Suceden pocas desgracias, para lo que nos merecemos.




sábado, 5 de octubre de 2019

Negación. Esteban Dublín.

Mi mujer ya no me mira, ya no me habla. He decidido llamar a sus padres a ver si ellos saben qué le sucede, pero no fue capaz ni de verlos a los ojos. Llamé a sus hermanos, a su mejor amiga, a su jefe, a sus compañeros del colegio, ¡a sus ex novios!, a los vecinos, a todo el que he podido, pero no. No le dice nada a nadie y todos parecen tan extrañados como yo. Hoy, incluso, llamé al cura que ella tanto admira a ver si le saca algo. Pero aún con todas las bendiciones que le dio y todos los aceites que le puso, tampoco pronunció palabra.

Preludios, interludios y minificciones, 2010.
 

viernes, 4 de octubre de 2019

El partido de reyes. Manuel Rivas.

¡Para Félix! Son las cinco de la tarde, una hora menos en Canarias. Eso decían siempre los locutores de Carrusel Deportivo. Y así era Félix, a quien nosotros llamábamos Feliz, porque ceceaba algo y sonreía cuando lo reprendíamos. Una Hora Menos. De chavales, cuando jugábamos una pachanga en el patio de la escuela, no había problema. Lo dejábamos participar y nos divertía su terquedad en perseguir el balón como si éste estuviese imantado y él calzase herraduras. Sin importarle que traspasase la red imaginaria de la portería o que la sirena pusiera fin al recreo. Durante un tiempo, él continuaba su atropellada carrera, la cara enrojecida, la respiración entrecortada, y parecía entonces que era el balón quien jugaba contra él, como un burlador, hasta que lo detenía el súbito descubrimiento de la soledad o el redoble de un aviso.
Stop, Félix. ¡A clase!
En verdad, nadie disfrutaba el juego como él. Le iba la vida. Si lo felicitabas por un disparo, ese punterazo al azar que acaba en gol, se abrazaba a ti con un afecto desmedido, abrumador, y te comía a besos, y temías que te lamiese la mejilla con su larga lengua rosada, hasta que lo apartabas y limpiabas el salivado rubor con la manga. A veces, hipnotizado por el rodar del balón, se confundía de equipo, y disputaba la posesión a un compañero. Si le reñías, se quedaba apesadumbrado, y sus ojos rasgados y distantes uno de otro, como los de un batracio, parecían expresar dos desconsuelos a un tiempo.
No quiero ser cínico. De críos, a Félix, o Feliz, le llamábamos como insulto Mongol. A mí me borró esa tendencia mi madre de una bofetada en los morros. Y cuando pasó el disgusto, me contó la historia de aquella criatura que al nacer tenía la piel suave y membranosa de una uva. Fue también entonces la primera vez que oí hablar del síndrome de Down. Tal como yo lo entendí, una cosa era Félix, que era como nosotros, y otra, una especie de duende relojero llamado Down que maquinaba por dentro para cambiarte la hora, distorsionarle el micrófono de la voz y volver áspera y pasa su piel de uva.
En medio de los contratiempos, había algo admirable en el desfase horario de Félix. La misma porfía que ponía en la caza del balón, la empleaba en las tareas escolares. Nuestra caligrafía, por ejemplo, se había ido encogiendo o agrandando, las líneas ascendían o decaían, las letras altas se alzaban más o perdían su altiva cresta, e incluso había quien dejaba la “i” sin su bonito punto, capada, como si la vida empezara a apremiarlos hacia ninguna parte. Él, no. Él perseveraba en un desafío permanente con la perfección, enderechando la escritura por el zócalo de las líneas, inclinándose en las curvas como un ciclista, y ajustando la medida como si a cada letra le correspondiese un crisol natural e invisible.
En pinturas y dibujos, fuese cual fuese el asunto propuesto por el maestro, siempre incorporaba una grúa de la construcción y un tendal. Si era un paisaje marino, él chantaba una grúa entra las olas y donde ataba el tendal, con el otro extremo en tierra, o situaba la grúa en la costa y alargaba el tendal hacia el mástil de un barco o en el pico de un alcatraz, con una ringlera colgante de piezas de ropa que rotulaba fosforescentes en lila o amarillo limón. El maestro le daba vueltas y vueltas a aquella fijación, pero cualquiera de nosotros podía ver su sentido del marketing, la marca inconfundible de Grúas Ferreiro, la empresa del padre, y el magnífico tendal, la espléndida guirnalda, con colchas y alfombras, que su madre colgaba en el balcón. Por lo demás, y durante muchos años, Félix pintaba el mar de color naranja, las nubes intensamente oscuras y ceñudas y un sol verde, grande como una manzana granny smith.
Cuando comenzamos a jugar en serio, con partidos concertados fuera de la escuela, Félix no era convocado, pero él se presentaba siempre, avisado por un sexto sentido, y muy animoso tras la silenciosa cuadrilla. Nos hacía sentir incómodos, pero Valdo Varela, el más decidido, muy capitán, le impartía órdenes sin miramientos.
-Tú, Félix, de recogepelotas. ¡Así empezó Maradona!
Y Félix o Feliz, correteaba atareado por las bandas, con la larga lengua fuera, pero sin descanso, y brincaba los setos tras lo balones perdidos con un entusiasmo profesional. Si vencíamos, Varela sabía tener con él la grandeza de un líder: “¡Lo has hecho muy bien, Dieguito!”. Pero si perdíamos, lo dejábamos atrás como una oveja coja.
Nuestros partidos, a la manera de los de los mayores, tenían una segunda parte más secreta. En algún cobertizo, tras la tapia del cementerio o entre las rocas de Beiramar, fumábamos los primeros pitillos. Lo hacíamos con mucho paripé, serios y solemnes, como si cada vaharada fuese una firma de notario que adelantase el futuro. Félix se reía. Le decíamos: “¡Venga una calada, campeón!”. Pedro él lo rechazaba y nos observaba con esa mirada cáustica de quien está de vuelta de todos los vicios.
-¿No irás por ahí con el cuento?
-Con el cuento, con el cuento -repitió Félix, riendo a su manera.
-Pues entonces -se levantó Varela con el chester en la mano-, ¿por qué no fumas, infeliz del carajo?
Félix miró hacia los demás, buscando un noray, pero el chiste ya estaba en marcha. Cogió el pitillo con la mano temblorosa y lo metió en la boca, mordiendo el filtro. Aspiraba y soplaba seguido, sin soltarlo. Estaba atufado, congestionado. El humo le salía por el vidrio roto de los ojos. Hasta que escupió todo, tosiendo, con las manos en el pecho, y Varela le dijo: “¡Muy bien, Maradona, muy bien! Estás hecho un hombre”.
Para el día de Reyes, habíamos pactado un partido contra los de las Casas Baratas. El partido del siglo. Una prueba de fuego, aunque el tiempo era de invierno crudo, desterrado el sol desde San Martín. Los días transcurrían entre diluvios, encogidos como mendigos en una pegajosa anochecida. Nos daba calor el balón. Calentando en los soportales, esperábamos el día con la fe de los cristianos en el calendario, mientras el resto del mundo, pasado el desahogo del fin de año, proseguía, sombrío y entumecido, su rutina.
Hasta entonces, la única relación que habíamos tenido con los de las Casas Baratas era el lanzamiento mutuo de pedradas. Una rivalidad tribal, dictada por el suelo, entre Vikingos, ellos, instalados en el arrabal, y los Madamitas, como ellos nos llamaban a nosotros, a los de siempre, a los de la Plaza. Medirse en el fútbol era distinto. Se trataba del honor, fuese lo que eso fuese. Una histórica contienda que nos tuvo ocupados e inquietos toda la semana.
Y allí estábamos el día de la verdad. Con los pies helados y el corazón brioso. La cita era en el campo de Agra Bella, donde jugaba el glorioso Unión Beiramar la liga de la Costa. Había llovido por la mañana, y el campo, a la orilla del río, era un archipiélago, con una calva de arenas movedizas delante de cada portería. Pero nadie iba a recular.
-¿Dónde está Varela?
Nos faltaba uno. Nuestro capitán. Lo retendrían en casa, con alguna labor. Estaría en camino. Hicimos tiempo. Varela era el central. No hacía virguerías, pero era un auténtico destructor. Su voz era como una tercera pierna. Gritaba tanto que teledirigía el equipo y acojonaba al rival. Hasta el balón rodaba aturdido cuando iba hacia él y frenaba antes de llegarle al pie. Por enésima vez, oteé encaramado a la valla de madera. El camino, surcado por el agua desbocada, era como un río desmemoriado.
-El Varela no viene -aventuró el Zezé.
Los de las Casas Baratas se fueron colocando en perfecta formación. Callados, la mirada dura, casi todos rapados como si los soltasen del Reformatorio, con los brazos tensados, a punto de desenfundar un revólver invisible. De entre ellos, el que tenía la voz cantante era el guardameta. Lo conocía de vista. Coco liso. Le llamaban Tokyo.
-No va a venir. Te lo digo yo. Le tiene miedo a ese bestia.
-¿Miedo Varela?
Zezé era menudo de cuerpo, pero muy bravo. Fibroso, siempre alerta, mitad ratón y mitad gato, trastornaba el área contraria y era capaz de tumbar a un defensa sin tocarlo, sólo con el baile. Nunca buscaba el cuerpo a cuerpo, el enfrentamiento. Tenía esa cualidad de hacerse respetar de abajo arriba.
-El otro día le hizo un corte de mangas desde el bus y ahora se raja. No va a venir. En el fondo, es un cagón.
Como si nos leyese los labios, desde el campo contrario, a la manera de un pastor que ordeña el rebaño, nos gritó el coco liso.
-¿Qué? ¿Jugamos o lo dais por perdido?
Tokyo era un tipo imponente. Hacía por dos de nosotros, pero tampoco era el más viejo. Al parecer, de niño se fracturó una pierna saltando el muro de la rectoral para robar fruta y en el hospital habían experimientado con él un nuevo complejo vitamínico. Eso era lo que contaban. Ahora, al verlo enfrente, lamenté no haberme roto yo también una pierna.
-¡Nos falta uno! Podemos jugar otro día.
-¡Yo cuento once! -gritó, sarcástico, el gigantón.
Y fue entonces cuando lo vimos, sonriente en la banda, con su balón de Reyes Magos, de estreno, debajo del brazo, en brillante blanco y negro, como un ajedrez esférico, rotulado rombo a rombo por él mismo. Vestía la flamante camiseta de Grúas Ferreiro, caída como una túnica hasta las rodillas, marcando así una barriga en forma de aguacate.
-¿O es que el mongol no juega?
-¡Se llama Down! -gritó Zeñe con coraje.
Los propios compañeros lo miramos extrañados.
-Tiene nombre, ¿sabes? ¡Se llama Down!
-¿Qué es? ¿Un fichaje inglés? -ironizó alguien en el otro lado.
-Sí. Es nuevo en el equipo.
Zezé llamó a Félix. Él acudió corriendo, excitado.
-Hoy no vas a recoger pelotas. Vas a jugar de titular.
-Titular.
-Sí, titular. Aquí. Con tu equipo.
Le temblaban las piernas. La mirada desdoblada entre el enemigo y nosotros.
-Te llamas Down -le dijo Zezé con firmeza -. Desde hoy eres Down, nuestro lateral derecho.
-Down. Lateral derecho.
-Eso es. Vas a defender. Tú estate ahí, en esa banda. Que no pase el balón. Chuta hacia delante. Siempre hacia delante. ¿Entendido?
-Siempre adelante.
-Ahora, fíjate bien en lo que te voy a decir, Down. Es muy importante. No dejes sola tu banda. Pegado siempre al delantero. No lo sueltes nunca. No lo dejes respirar. No pases nunca, nunca, más allá del medio campo. ¿Ves esta raya?
Down seguía la marca, casi borrada por el agua. La rotulaba de nuevo con los ojos.
-Pues aquí, en esta raya, paras.
Down se quedó pensativo. Parecía calibrar su crédito, la tremenda responsabilidad de asumir un límite.
-Parar en la raya.
-Muy bien, Down. ¡Vamos a ganar este partido!
No. No íbamos a ganarlo. Sufrimos mucho. Pero tampoco estábamos llevando una palia. Ellos marcaron un gol nada más comenzar. Reaccionamos. El problema era que llegábamos con mucha dificultad a la portería del rival, y cuando lo conseguíamos, el coco liso era, como diría el presidente del Unión, un muladar imbatible.
Pero peleamos sin bajar la cerviz. Y entre todos, con la larga lengua fuera, quien más luchó fue Félix, nuestro lateral Down, ceñido al delantero como una sombra. La cara arañada, el labio partido, una costra ocre, de fango y sangre en las rodillas. No fue esa abanda nuestro flanco débil. No. Al revés. Cuando esperábamos el fin del suplicio, Down cortó un pase del contrario y arrancó tras el balón a trompicones, con esa manera atropellada de correr que tenía, desconcertando a los que le salían al paso, avanzando en sorprendentes errores que el balón, como si tuviese vida propia, transformaba en regates.
Y pasó la raya prohibida. Esquivó a tres más, sin mirar para ellos, con la orientación de un ciego, y se plantó enfrente de Tokyo.
-¡Tira, Down! ¡Tira!
Hizo lo más difícil. Intentó driblar al gigante y, de hecho, lo sentó de culo sin tocarlo, pero Tokyo reptó en el lodazal como un cocodrilo y trabó con las fauces de las manos el pie izquierdo de Félix. Era un penalti claro, la máxima pena, pero nadie reclamó. Todos los demás fuimos ralentizando la escena hasta quedar inmóviles y mudos espectadores de aquel duelo. El gigante intentó sujetar la pierna de Félix para derribarlo, pero se le fue escurriendo. A la desesperada, agarró la bota, que le quedó en las manos como un pez muerto. Liberado del cepo, tambaleándose, Félix avanzó hacia la meta. Lo veíamos a cámara lenta. En aquel tris inconcebible, los postes y el larguero de eucalipto, mal pintados, con la memoria reverdecida de la antigua piel, formaban un arco del triunfo en el horizonte. Había dejado de llover. De entre las nubes, salió el efecto especial de un haz de luz que parecía enfocar al héroe. Había surgido también de improviso la pirotecnia del arco iris y pisábamos en las pozas las serpentinas caídas de aquel cielo poco antes pavoroso.
Creo que los de las Casas Baratas y nosotros comprendimos en ese momento, de alguna manera, lo que el viejo párroco, el iracundo don Pedro, llamaba el Estremecimiento Divino. Después de la representación de la pasión de Cristo en la Semana Santa, nos interpelaba con el displicente sarcasmo de quien trata con una tribu de paganos irrecuperables: “¿Habréis sentido al menos el Estremecimiento Divino?”
-Eso sí, don Pedro.
Nos daba mucha risa ver al concejal Bartal vestido de centurión romano, con la panza de un buey, las piernas trencas al aire, impartir órdenes por un megáfono: “¡El buen ladrón que tire ese puro! ¡En la cruz no se fuma, hostia! ¡Es un ultimato! Educación, señores, ¡me cago en el infarto del Sagrado Corazón!
Félix y el estremecimiento. Los sentimientos tienen días. Oyes hablar de ellos. Están ahí, como una simiente. Hay sentimientos que no nacen nunca, que sólo los conocemos de oídas o los imaginamos. Recuerdo esa escena, por otra parte cómica, como el día en que reconocí la emoción. La sentí de verdad. Una planta que trepaba por los pulmones, por la garganta y hacía cosquillas en los ojos.
Iba a meter un gol, con el monstruo derrumbado a sus espaldas y un halo de luz que se refractaba en la camiseta de Grúas Ferreiro. Lento, lentísimo. El resto, espetados como esfinges de terracota. Pero entonces fue cuando noté una corriente de frío en las turbas del cerebro, que replegó la planta de la emoción. Un presagio. Un fatídico presagio.
No pasar nunca la raya. Nunca.
Y en efecto. Félix se clavó con el balón a un paso de la meta. Miraba ese su balón de estreno, el balón de Reyes, todo sucio, empapado, convertido en un recuerdo de guerra. Iba a llevárselo a las manos. Yo intuía, sabía, que ahora iba a cogerlo con las manos sin rematar la jugada. Los de las Casas Baratas se rieron. El grandullón Tokyo, el guardameta vikingo, se irguió de nuevo. La realidad dejó de rodar a cámara lena.
-¡Tira, Down!
-¡Tira, Félix!
-¡Tira de una puta vez!
Me salió el grito de los adentros, un gallo distorsionado y ronco que nunca antes había oído.
-¡Pasa la raya, Félix! ¡Pasa la raya!
Entró, entró. Félix apañó el balón del fondo de la red, lo limpió con las mangas, y volvió cabizbajo, cojeando, sin recoger la bota, con la cara arañada, con su labio partido. Hacia fuera, la larga lengua rosa, como el pico de un cisne. Corrí hacia él. Lo abracé. Esos ojos rasgados separados. Ese respirar entrecortado. El vapor de su boca en la anochecida. Su barriga de aguacate. Revolcados con él en el suelo. Ese beso de saliva carmín de sangre.

Cuentos de un invierno, 2005.