domingo, 10 de noviembre de 2019

En el bosque. Juan Armando Epple.

La Abuela encuentra al Leñador oculto entre las sábanas y lo interpela: ¿qué buscas aquí, viejo libidinoso, disfrazado de Lobo?
El Lobo le responde: lo mismo que tú, vieja curiosa, disfrazada con esa ridícula capa de niñita.


Con tinta sangre, 2004.
 

sábado, 9 de noviembre de 2019

Jardín de infancia. Naguib Mahfuz.

-Papá…
-¿Qué?
-Yo y mi amiga Nadia siempre estamos juntas.
-Claro, mujer, porque es tu amiga.
-En clase… en el recreo… a la hora de comer…
-Estupendo… es una niña buena y juiciosa.
-Pero en la hora de religión yo voy a una clase y ella a otra.
Miró a la madre y vio que sonreía, ocupada en bordar un mantel. Y dijo, sonriendo también:
-Sí… pero sólo en la clase de religión…
-¿Y por qué, papá?
-Porque tú eres de una religión y ella de otra.
-Pero, ¿por qué, papá?
-Porque tú eres musulmana y ella cristiana.
-¿Y por qué, papá?
-Eres aún muy pequeña, ya lo comprenderás…
-No, ¡soy mayor!
-No, eres pequeña, cariñito…
-¿Y por qué soy musulmana?
Debía ser comprensivo y delicado: no faltar a los preceptos de la pedagogía moderna a la primera dificultad. Contestó:
-Porque papá es musulmán… mamá es musulmana…
-¿Y Nadia?
-Porque su papá es cristiano y su mamá también…
-¿Porque su papá lleva gafas?
-No… Las gafas no tienen nada que ver. Es porque su abuelo también era cristiano y…
Siguió con la cadena de antepasados hasta aburrirse. Trató de cambiar el tema pero la niña preguntó:
-¿Cuál es mejor?
Dudó un momento antes de contestar:
-Las dos…
-¡Pero yo quiero saber cuál es mejor!
-Es que las dos lo son.
-¿Y por qué no me hago cristiana para estar siempre con Nadia?
-No, cariñito, es mejor que no. Hay que ser lo mismo que papá y que mamá…
-¿Y por qué?
Francamente: la pedagogía moderna es tiránica.
-¿Por qué no esperas a ser mayor?
-No. ¡Ahora!
-Bien. Digamos que por gusto. A ella le gusta más una y tú prefieres la otra. Tú eres musulmana y ella tiene otro gusto. Por eso tienes que seguir siendo musulmana.
-¿Nadia tiene mal gusto?
Dios te confunda a ti y a Nadia. Había metido la pata a pesar de todas las precauciones. Se lanzó sin piedad al cuello de una botella.
-Sobre gustos no hay nada escrito. Lo único imprescindible es seguir siendo como papá y mamá…
-¿Puedo decirle que ella tiene mal gusto y yo no?
Salió al paso:
-Las dos son buenas: tanto el Islam como el Cristianismo adoran a Dios.
-¿Y por qué yo lo adoro en una habitación y ella en otra?
-Porque ella lo adora de una manera y tú de otra.
-¿Y cuál es la diferencia, papá?
-Ya lo estudiarás el año que viene o el otro. Por el momento confórmate con saber que el Islam y el Cristianismo adoran a Dios.
-¿Y quién es Dios, papá?
Se detuvo, reflexionó un segundo y preguntó, extremando las precauciones:
-¿Qué os ha dicho Abla?
-Lee la azora y nos enseña a rezar, pero yo no sé. ¿Quién es Dios, papá?
Se quedó pensando con sonrisa torcida. Luego:
-Es el Creador del mundo.
-¿De todo?
-De todo.
-¿Qué quiere decir Creador, papá?
-Quiere decir que lo ha hecho todo.
-¿Cómo, papá?
-Con su sumo poder.
-¿Y dónde vive?
-En todo el mundo.
-¿Y antes del mundo?
-Arriba…
-¿En el cielo?
-Sí…
-Quiero verlo.
-No se puede.
-¿Ni en la televisión?
-No.
-¿Y no lo ha visto nadie?
-Nadie.
-¿Y por qué sabes que está arriba?
-Porque sí.
-¿Quién adivinó que estaba arriba?
-Los profetas.
-¿Los profetas?
-Sí, como nuestro profeta Mahoma.
-¿Y cómo, papá?
-Por una gracia especial.
-¿Tenía Mahoma los ojos muy grandes?
-Sí.
-¿Y por qué, papá?
-Porque Dios lo creó así.
-¿Y por qué, papá?
Contestó tratando de no perder la paciencia:
-Porque puede hacer lo que quiera…
-¿Y cómo dices que es?
-Muy grande, muy fuerte, todo lo puede…
-¿Como tú, papá?
Contestó disimulando una sonrisa:
-No se puede comparar.
-¿Y por qué vive arriba?
-Porque en la tierra no cabe, pero lo ve todo.
Se distrajo un momento, pero volvió:
-Pues Nadia me ha dicho que vivió en la tierra.
-No es eso; es que lo ve todo como si viviese en todas partes.
-Y también me ha dicho que la gente lo mató.
-No, está vivo, no ha muerto.
-Pues Nadia me ha dicho que lo mataron.
-Qué va, cariño, creyeron que lo habían matado pero estaba vivo.
-¿El abuelo también está vivo?
-No, el abuelo murió.
-¿Lo han matado?
-No, se murió.
-¿Cómo?
-Se puso enfermo y se murió.
-Entonces ¿mi hermana va a morirse?
Frunció las cejas y contestó, advirtiendo un movimiento de reproche por parte de la madre:
-Ni mucho menos, ella se curará si Dios quiere…
-¿Por qué se murió entonces el abuelo?
-Porque cuando se puso enfermo era ya mayor.
-¡Pues tú eres mayor, has estado enfermo y no te has muerto!
La madre lo miró enfadada. Luego, intranquila, pasó la vista de uno a otra. Él dijo:
-Nos morimos cuando Dios lo dispone.
-¿Y por qué dispone Dios que nos muramos?
-Porque es libre de hacer lo que quiere.
-¿Es bonito morirse?
-Qué va, mi vida.
-¿Y por qué Dios quiere una cosa que no es bonita?
-Todo lo que Dios quiere para nosotros es bueno.
-Pero tú acabas de decir que no lo es.
-Me he equivocado, querida.
-¿Y por qué mamá se ha enfadado cuando he dicho que por qué no te habías muerto?
-Porque todavía no es la voluntad de Dios que yo muera.
-¿Y por qué no, papá?
-Porque Él nos ha puesto aquí y Él nos lleva.
-¿Y por qué, papá?
-Para que hagamos cosas buenas aquí antes de irnos.
-¿Y por qué no nos quedamos siempre?
-Porque si nos quedásemos no habría sitio para todos en la tierra.
-¿Y dejamos todas las cosas buenas?
-Sí, por otras mucho mejores.
-¿Dónde están?
-Arriba.
-¿Con Dios?
-Sí.
-¿Y lo veremos?
-Sí.
-¿Y eso es bonito?
-Claro.
-Entonces, ¡vámonos!
-Pero aún no hemos hecho todas las cosas buenas.
-¿El abuelo las había hecho?
-Sí.
-¿Cuáles?
-Construir una casa, plantar un jardín…
-¿Y qué había hecho el primo Totó?
Por un momento se puso sombrío. Echó a la madre furtivamente una mirada desvalida, luego contestó:
-Él también había construido una casa, aunque pequeña, antes de irse…
-Pues Lulú el vecino me pega y nunca hace cosas buenas…
-Es que él ha nacido anormal.
-¿Y cuándo va a morirse?
-Cuando Dios quiera.
-¿Aunque no haga cosas buenas?
-Todos tenemos que morir. Los que hacen cosas buenas se van con Dios y los que hacen cosas malas se van al infierno.
Suspiró y se quedó callada. El padre se sintió materialmente aliviado. No sabía si lo había hecho bien o si se había equivocado. Aquel torrente de preguntas había removido interrogaciones sedimentadas en lo más hondo de sí. Pero la incansable criatura gritó:
-¡Yo quiero estar siempre con Nadia!
La miró inquisitivo y ella declaró:
-¡En la clase de religión también!
Se rio estrepitosamente, la madre también rio, él dijo bostezando:
-Nunca imaginé que fuera posible discutir estas cuestiones a semejante nivel…
Habló la mujer:
-Llegará el día en que la niña crezca y puedas razonarle las verdades.
Se volvió para comprobar si aquellas palabras eran sinceras o irónicas y la encontró enfrascada en el bordado.


viernes, 8 de noviembre de 2019

En el olvido. Nélida Magdalena González de Tapia.

Nos llaman los malditos sin ninguna razón. Por las noches, a la misma hora, todos salimos a visitar nuestros antiguos hogares. Nos sentimos desilusionados, nuestras moradas están totalmente abandonadas.
Nadie se ocupa de nosotros y ni siquiera piensan que somos parte de su pasado. Cada uno regresa a su antigua residencia y la recorre en busca de un poco de amor. Nos presienten y se asustan. Nosotros no queremos atemorizarlos, queremos su compañía y su amor.
A veces, cuando nos reunimos al regresar, nos preguntamos si realmente existió algún afecto. Pero nadie encuentra respuesta. Recorremos durante la noche todo aquello que nos hizo feliz, nuestros lugares favoritos y aquello que la vida nos dio y que perdimos.
No entendemos tanta desidia, hicimos todo lo que pudimos y dimos todo lo que estaba a nuestro alcance. Pero por lo visto no alcanzó, no fue suficiente para ellos.
¿Nosotros somos los malditos porque queremos estar con ellos? No tenemos la culpa de estar en el lugar que estamos, ni tampoco de que nos intuyan y sientan un temor inexplicable.
Volvemos a nuestro lugar antes del amanecer, muy tristes. Nunca nadie trae una buena noticia, solamente compartimos los comentarios que escuchamos maldiciendo nuestra presencia.
Somos almas abandonadas, que deambulan en la noche, pero como dije antes no somos nosotros los malditos. Nos dejaron tirados en una fosa y se olvidaron. Nosotros los fantasmas pedimos un poco de cariño y que alguna vez alguien nos lleve una flor silvestre para poder descansar en paz, pensando que algún ser nos tuvo afección.

Internacional Microcuentista, 2011.
 

jueves, 7 de noviembre de 2019

Coleccionables. Manuel Espada.

Con el primer número de septiembre, el periódico traía el bracito rosado de un bebé. Me propuse acabar el coleccionable. Quería ser madre. “Nancy, no eres constante, nunca acabas nada, igual que mamá”, me dije a mí misma. El año pasado, mi madre empezó a encajar las piezas de un galeón, pero dejaron de editar la revista y tuvo que dejar el barco a mitad de hacer. Lo quemó. Ahora, su esqueleto carbonizado flota en la piscina. El año anterior intentó compilar todas las selecciones nacionales de fútbol del mundo, pero nos destrozaban el mobiliario con el balón y decidió cortarles los pies. Hace años tiró la toalla con la colección de árboles de la Amazonía. Se dejó llevar por la desidia, y taló los más importantes, aunque dejó algunas especies raras en las macetas. En el jardín ya había plantado a aquellos asquerosos zombis en cuyos brazos colgó, a modo de frutos, la colección de cabezas reducidas. Yo tengo la intención de construir mi bebé al completo. Ya le he colocado las piezas de la columna vertebral, le he puesto el otro bracito, el hígado, los pulmones y una pierna. Me hizo mucha ilusión encajar el cerebro en el cráneo y enroscar su cabeza pelona en el cuellito. Mi mamá decía que yo no tenía cerebro. “Cabeza hueca”, me llamaba. Pero yo nunca abandonaré a mi hijo en un armario, como hizo ella. Tuve que dispararle con uno de los tanques de la colección de la Segunda Guerra Mundial que había empezado el abuelo. Deberían haberla enterrado en un ataúd coleccionable, un féretro de piezas blancas ensambladas a mano cada domingo. Mañana llega el sexo de mi bebé con el suplemento de la prensa dominical. Si es niña, pintaré de rosa el sótano. Si es niño, pintaré el garaje de azul. Y viviremos felices aquí, en esta casa de muñecas inacabada, inconclusa, incompleta, como los fascículos de un coleccionable de septiembre.

 

martes, 5 de noviembre de 2019

Nu-Shu. Virginia Vidal.

Nací con el siglo pasado, como otras mujeres de mi aldea.
Cuando constatamos que en una mujer todos los caminos se queman, fundamos una hermandad. Nos escondíamos en el ático para practicar la escritura secreta llamada Nu-Shu. En abanicos y pañuelos, en cuadernos cuidadosamente plegados estampamos textos de nuestro sistema de escritura y también lo ocultamos en muestras de bordados. Pincel en mano, aguja en mano, evocábamos el cielo de la niñez anterior a la miserable vida matrimonial. Para cada una de nosotras todo empezó cuando nuestros padres dieron a un desconocido un papel rojo con la fecha de nacimiento escrita, como prueba del compromiso. A mí me cambiaron por una vaca...
Transcurrió la historia, los ejércitos pasaron y cambiaron uniformes, mas todos buscaron nuestra escritura Nu-Shu decididos a destruirla...


 

domingo, 3 de noviembre de 2019

Baile en la plaza. Camilo José Cela.

La corrida de toros ha terminado. Aún no se han ido las autoridades del balcón del ayuntamiento y aún los mozos más jóvenes, los que todavía están emparejados, no acabaron de empapar en sangre los pisos de esparto de las alpargatas. Las alpargatas mojadas en sangre de toro duran una eternidad; según dicen, cuando a la sangre de toro se mezcla algo de sangre de torero, las alpargatas se vuelven duras como el hierro y ya no se rompen jamás.
Hombres ya maduros, casados y cargados de hijos, usan todavía el par de alpargatas que empaparon en la sangre de Chepa del Escorial, aquel novillero a quien un toro colorao mató, el verano del año de la República, de cuarenta y tantas cornadas sin volver la cabeza.
Los mozos y las mozas, en dos grandes grupos aparte que se entremezclan un poco por el borde, se miran con un mirar bovino, caluroso y extraño. La charanga rompe a tocar el pasodoble Suspiros de España, y las mozas, como a una señal, se ponen a bailar unas con otras. Bailan moviendo el hombro a compás y arrastrando los pies. Sobre la plaza comienza a levantarse una densa nube de polvo que huele a churros, a sudor y a pachulí. Algunos mozos, más osados, rompen las parejas de las mozas; hay unos momentos de incertidumbre, que duran poco, cuando todavía no está claro quién va a bailar con quién. Los mozos bailan con el pitillo en la boca y no hablan; llevan el mirar perdido y la gorra de visera en la mano derecha, apoyada sobre el lomo de la moza. Los forasteros, que siempre son más decididos, hablan a veces.
- Baila usted muy bien, joven
La moza sonríe.
- No; que me dejo llevar.
El mozo hace un esfuerzo y vuelve al ataque. Antes ha mirado a los ojos de la moza, que le huyen como dos liebres espantadas.
- ¿Cómo se llama usted?.
- Es usted muy curioso...
El mozo, aunque siempre recibe la misma respuesta, está unos instantes sin saber qué decir.
- No, joven; no es que sea curioso.
- ¿Entonces?.
- Es que era para llamarla por su nombre. ¿No me dice usted cómo se llama?.
La banda ha arrancado con un vals, y la pareja, que no se suelta, sigue la conversación:
- Sí; ¿por qué no?. Me llamo Paquita, para servirle.
La moza, después de su confesión, se azora un poco y mira para los lados.
- Oiga, que esto es un vals; no me agarre tan fuerte...
Al vals sucede un pasodoble, y al pasodoble otro vals. Algunas veces, y como para complacer a todos, la murga toca un fox de un ritmo antiguo, veloz y entrecortado, como el volar de los vencejos.
Las parejas tienen un gesto entre cansado y evadido y, si se parasen un poco, notarían que les duelen los pies. La plaza está de bote en bote con la gente de los tendidos, de los balcones, de los carros y de las talanqueras volcadas, como un chocolate a la española, sobre la arena. No puede darse un paso ni casi respirar. Suena la campanilla de la rifa: - ¡A probar suerte! ¡A diez la tirada!-, rechina el cornetín de las varietés: -¡La pareja de baile de París sólo por un día!, grazna el viejo churrero tuerto su mercancía: -¡Que aquí me dejo la vida, que queman, que queman! -, y un mendigo adolescente enseña sus piernas flaquitas a un corro de niños, pasmados y renegridos.
Mientras viene cayendo, desde muy lejos, la noche, comienzan a encenderse las tímidas bombillas de la plaza. Sobre el rugido ensordecedor del pueblo en fiesta se distinguen de cuando en cuando algunos compases de España cañí. Si de repente, como por un milagro, se muriesen todos los que se divierten, podría oírse sobre el extraño silencio el lamentarse sin esperanza del pobre Horchatero Chico, que con una cornada en la barriga, aun no se ha muerto. Horchatero Chico, vestido de luces y moribundo, está echado sobre un jergón en el salón de sesiones del ayuntamiento. Le rodean sus peones y un cura viejo; el médico dijo que volvería.
Las lucecillas rojas, y verdes, y amarillas, y azules de los tenderetes, también comienzan a encenderse. Un perro escuálido se escabulle, con una morcilla en la boca, por entre la gente, y dos carteristas venidos de la capital operan sobre los mirones de una partida de correlativa en el café Madrileño.
Los mozos con éxito hablan, ya sin bailar, con la moza propicia.
- Pues, si; yo soy de ahí abajo, de Collado.
La moza coquetea como una princesa.
- ¡Huy, qué borrachos son los de su pueblo!
- Los hay peores.
- Pues también es verdad.
Un grupo de chicas, cogidas del brazo, cantan coplas con la música del ¡Ay, qué tío!, y un grupo de quintos entona canciones patrióticas; menos mal que todos son de infantería; si fuesen de armas distintas, ya se habrían roto la cara a tortas.
Cae la noche; las preguntas de los mozos adquieren un tinte casi picante.
- Oiga, joven, ¿tiene usted novio?
La moza se calla siempre; a veces, ofendida; en ocasiones, mimosa.
Un borracho perora sin que nadie lo mire. Fuera de la plaza, el vientecillo de la noche sube por las callejas.
Sobre el sordo rumor del baile, casi a compás del pasodoble de Pan y toros, las campanas de la parroquia doblan a muerto sin que nadie las oiga.
Horchatero Chico, natural de Colmenar, soltero, de veinticuatro años de edad y de profesión matador de reses bravas (novillos y toros), acaba de estirar la pata; vamos, quiere decirse que acaba de entregar su alma a Dios.
- Oiga, joven, ¿está usted comprometida?
La joven dice que no con un hilo de voz emocionada.
-Entonces, ¿me permite usted que la trate de tú?
La pareja, en el oscuro rincón, tiene las manos enlazadas con dulzura, como las bucólicas parejas de los tapices.
Un murciélago vuela, entontecido, a ras de los toldos de lona de los puestos y de las barracas.

viernes, 1 de noviembre de 2019

El álbum de mariposas. Miguel Ángel Malo.

De niña solía cazar mariposas de sangre marrón. Las coleccionaba en un álbum gordo, destartalado. Estaba comido por las esquinas. Había perdido el brillo y los dedos se pegaban en el lomo.
Me sentaba sola en el desván y pasaba las páginas, contemplando las alas disecadas junto a los cuerpos pintados con un rotulador negro. Fue mi hermano quien me enseñó a coleccionarlas así, sin cuerpo, para no tener que comprar cajones o cuadros, demasiado caros para nosotros.
Siempre me detenía en la cuarta página. Había cuatro mariposas de la misma familia. La más pequeña, la de la esquina de abajo, era yo. 

 Los trigos azules, 2016.