En un París bloqueado, hambriento,
agonizante, los gorriones escaseaban en los tejados y las
alcantarillas se despoblaban. Se comía cualquier cosa.
Mientras
se paseaba tristemente una clara mañana de enero por el bulevar
exterior, con las manos en los bolsillos de su pantalón de uniforme
y el vientre vacío, el señor Morissot, relojero de profesión y
alma casera a ratos, se detuvo en seco ante un colega en quien
reconoció a un amigo. Era el señor Sauvage, un conocido de orillas
del río.
Todos
los domingos, antes de la guerra, Morissot salía con el alba, con
una caña de bambú en la mano y una caja de hojalata a la espalda.
Tomaba el ferrocarril de Argenteuil, bajaba en Colombes, y después
llegaba a pie a la isla Marante. En cuanto llegaba a aquel lugar de
sus sueños, se ponía a pescar, y pescaba hasta la noche.
Todos
los domingos encontraba allí a un hombrecillo regordete y jovial, el
señor Sauvage, un mercero de la calle Notre Dame de Lorette, otro
pescador fanático. A menudo pasaban medio día uno junto al otro,
con la caña en la mano y los pies colgando sobre la corriente, y se
habían hecho amigos.
Ciertos
días ni siquiera hablaban. A veces charlaban; pero se entendían
admirablemente sin decir nada, al tener gustos similares y
sensaciones idénticas.
En
primavera, por la mañana, hacia las diez, cuando el sol rejuvenecido
hacía flotar sobre el tranquilo río ese pequeño vaho que corre con
el agua, y derramaba sobre las espaldas de los dos empedernidos
pescadores el grato calor de la nueva estación, Morissot decía a
veces a su vecino: «¡Ah! ¡qué agradable!» y el señor Sauvage
respondía: «No conozco nada mejor.» Y eso les bastaba para
comprenderse y estimarse.
En
otoño, al caer el día, cuando el cielo ensangrentado por el sol
poniente lanzaba al agua figuras de nubes escarlatas, empurpuraba el
entero río, inflamaba el horizonte, ponía rojos como el fuego a los
dos amigos, y doraba los árboles ya enrojecidos, estremecidos por un
soplo de invierno, el señor Sauvage miraba sonriente a Morissot y
pronunciaba: «¡Qué espectáculo!» Y Morissot respondía
maravillado, sin apartar los ojos de su flotador: «Esto vale más
que el bulevar, ¿eh?»
En
cuanto se reconocieron, se estrecharon enérgicamente las manos, muy
emocionados de encontrarse en circunstancias tan diferentes. El señor
Sauvage, lanzando un suspiro, murmuró:
–¡Cuántas
cosas han ocurrido!
Morissot,
taciturno, gimió:
–¡Y
qué tiempo! Hoy es el primer día bueno del año.
El
cielo estaba, en efecto, muy azul y luminoso.
Echaron
a andar juntos, soñadores y tristes. Morissot prosiguió:
–¿Y
la pesca, eh? ¡Qué buenos recuerdos!
El
señor Sauvage preguntó:
–¿Cuándo
volveremos a pescar?
Entraron
en un café y tomaron un ajenjo; después volvieron a pasear por las
aceras.
Morissot
se detuvo de pronto:
–¿Tomamos
otra copita?
El
señor Sauvage accedió:
–Como
usted quiera.
Y
entraron en otra tienda de vinos.
Al
salir estaban bastante atontados, perturbados como alguien en ayunas
cuyo vientre está repleto de alcohol. Hacía buen tiempo. Una brisa
acariciadora les cosquilleaba el rostro.
El
señor Sauvage, a quien el aire tibio terminaba de embriagar, se
detuvo:
–¿Y
si fuéramos?
–¿A
dónde?
–Pues
a pescar.
–Pero,
¿a dónde?
–Pues
a nuestra isla. Las avanzadas francesas están cerca de Colombes.
Conozco al coronel Dumoulin; nos dejarán pasar fácilmente.
Morissot
se estremeció de deseo:
–Está
hecho. De acuerdo.
Y
se separaron para ir a recoger los aparejos.
Una
hora después caminaban juntos por la carretera. En seguida llegaron
a la ciudad que ocupaba el coronel. Éste sonrió ante su petición y
accedió a su fantasía. Volvieron a ponerse en marcha, provistos de
un salvoconducto.
Pronto
franquearon las avanzadas, cruzaron un Colombes abandonado, y se
encontraron al borde de las viñas que bajan hacia el Sena. Eran
aproximadamente las once.
Frente
a ellos, el pueblo de Argenteuil parecía muerto. Las alturas de
Orgemont y Sannois dominaban toda la región. La gran llanura que se
extiende hasta Nanterre estaba vacía, completamente vacía, con sus
cerezos desnudos y sus tierras grises.
El
señor Sauvage, señalando con el dedo las cumbres, murmuró:
–¡Los
prusianos están allá arriba!
Y
la inquietud paralizaba a los dos amigos ante aquella tierra
desierta.
«¡Los
prusianos!» Nunca los habían visto, pero los percibían allí desde
hacía meses, en torno a París, arruinando Francia, saqueando,
matando, sembrando el hambre, invisibles y todopoderosos. Y una
especie de terror supersticioso se sumaba al odio que sentían por
aquel pueblo desconocido y victorioso.
Morissot
balbució:
–¿Y
si nos los encontráramos? ¿Eh?
El
señor Sauvage respondió, con esa chunga parisiense que siempre
reaparece, a pesar de todo:
–Los
invitaríamos a pescadito frito.
Pero
dudaban de si aventurarse en la campiña, intimidados por el silencio
de todo el horizonte.
Al
final, el señor Sauvage se decidió:
–Vamos,
¡en marcha!, pero con cuidado.
Y
bajaron a una viña, doblados en dos, arrastrándose, aprovechando
los matorrales para cubrirse, con ojos inquietos y oídos alerta.
Para llegar a la orilla del río les faltaba cruzar una franja de
tierra desnuda. Echaron a correr; y en cuanto alcanzaron la ribera,
se acurrucaron entre unas cañas secas. Morissot pegó la mejilla al
suelo para escuchar si alguien caminaba por las cercanías. No oyó
nada. Estaban solos, completamente solos. Se tranquilizaron y se
pusieron a pescar.
Frente
a ellos, la isla Marante, abandonada, les tapaba la otra ribera. La
casita del restaurante estaba cerrada, parecía abandonada hacía
años. El señor Sauvage cogió el primer zarbo, Morissot atrapó el
segundo, y a cada instante alzaban sus cañas con un animalillo
plateado coleando en el extremo del sedal: una verdadera pesca
milagrosa.
Introducían
delicadamente los peces en una bolsa de red de mallas muy finas, en
remojo a sus pies. Y los invadía una alegría deliciosa, esa alegría
que nos asalta cuando recuperamos un placer amado del que nos hemos
visto privados mucho tiempo.
El
buen sol dejaba correr su calor sobre sus hombros; ya no escuchaban
nada; no pensaban en nada; ignoraban al resto del mundo: pescaban.
Pero
de pronto un ruido sordo que parecía llegar de debajo de la tierra
estremeció el suelo. El cañón volvía a retumbar.
Morissot
volvió la cabeza, y por encima de la ribera divisó allá abajo, a
la izquierda, la gran silueta del Mont–Valerien, que llevaba en la
frente un copete blanco, el vapor de la pólvora que acababa de
escupir.
Al
punto un segundo chorro de humo partió de lo alto de la fortaleza;
unos instantes después resonó una nueva detonación.
La
siguieron otras, y a cada momento la montaña lanzaba su aliento
mortal, resoplaba vapores lechosos que se elevaban lentamente, en el
cielo tranquilo, formando una nube sobre ella.
El
señor Sauvage se encogió de hombros:
–Ya
vuelven a empezar –dijo.
Morissot,
que miraba ansiosamente cómo se hundía una y otra vez la pluma de
su flotador, se vio asaltado de pronto por la cólera del hombre
pacífico contra los fanáticos que así luchaban, y refunfuñó:
–Hay
que ser estúpido para matarse de esa manera.
El
señor Sauvage replicó:
–Peor
que los animales.
Y
Morissot, que acababa de coger una breca, declaró:
–¡Y
pensar que siempre ocurrirá lo mismo, mientras haya gobiernos!
El
señor Sauvage lo detuvo:
–La
República no habría declarado la guerra…
Morissot
lo interrumpió:
–Con
los reyes, hay guerras fuera; con la República, hay guerra dentro.
Y
se pusieron a discutir tranquilamente, desembrollando los grandes
problemas políticos con la sana razón de hombres bondadosos y
limitados, siempre de acuerdo en un solo punto, que nunca serían
libres. Y el Mont–Valerien retumbaba sin tregua, demoliendo a
cañonazos casas francesas, segando vidas, aplastando seres, poniendo
fin a muchos sueños, a muchas alegrías esperadas, a mucha felicidad
deseada, sembrando en corazones de esposas, en corazones de hijas, en
corazones de madres, allá lejos, en otros países, sufrimientos que
nunca acabarían.
–Es
la vida –declaró el señor Sauvage.
–Diga
más bien que es la muerte –replicó riendo Morissot.
Pero
se estremecieron asustados, oyendo que alguien caminaba detrás de
ellos; y, volviendo la vista, vieron, pegados a sus espaldas, cuatro
hombres, cuatro hombres altos armados y barbudos, vestidos como
criados con librea y tocados con gorras de plato, apuntándoles con
sus fusiles.
Las
dos cañas se les escaparon de las manos y empezaron a descender río
abajo. En unos segundos los cogieron, los ataron, se los llevaron,
los arrojaron a una barca y los trasladaron a la isla. Y detrás de
la casa que habían creído abandonada vieron una veintena de
soldados alemanes. Una especie de gigante velludo, que fumaba, a
horcajadas en una silla, una gran pipa de porcelana, les preguntó en
excelente francés:
–¿Qué,
señores? ¿Han tenido buena pesca?
Entonces
un soldado dejó a los pies del oficial la red llena de peces, que se
había preocupado de recoger. El prusiano sonrió:
–¡Ah,
ah! Veo que no les ha ido mal. Pero se trata de otra cosa. Escúchenme
y no se inquieten. Para mí, ustedes son dos espías enviados a
vigilarme. Yo los cojo y los fusilo. Ustedes fingían pescar, con el
fin de disimular sus intenciones. Han caído en mis manos, mala
suerte; es la guerra. Pero, como ustedes han salido por las
avanzadas, seguramente tienen una contraseña para regresar. Díganme
esa contraseña y les perdono la vida.
Los
dos amigos, lívidos, el uno junto al otro, con las manos agitadas
por un leve temblor nervioso, callaban.
El
oficial prosiguió:
–Nadie
lo sabrá nunca, ustedes volverán tranquilamente a casa. El secreto
quedará entre nosotros. Si se niegan, es la muerte… y en seguida.
Elijan.
Ellos
continuaban inmóviles, sin abrir la boca.
El
prusiano, sin perder la calma, prosiguió, extendiendo la mano hacia
el río:
–Piensen
que dentro de cinco minutos estarán ustedes en el fondo de esa agua.
¡Dentro de cinco minutos! ¿No tienen ustedes familia?
El
Mont–Valerien seguía retumbando.
Los
dos pescadores permanecían en pie y silenciosos. El alemán dio unas
órdenes en su lengua. Después cambió su silla de sitio para no
encontrarse demasiado cerca de los prisioneros, y doce hombres fueron
a colocarse a veinte pasos, con los fusiles al pie.
El
oficial prosiguió:
–Les
doy un minuto, y ni un segundo más.
Después
se levantó bruscamente, se acercó a los dos franceses, cogió a
Morissot del brazo, se lo llevó aparte, le dijo en voz baja:
–¡Rápido,
la contraseña! Su compañero no sabrá nada, fingiré compadecerme…
Morissot
no respondió nada.
El
prusiano se llevó entonces al señor Sauvage y le propuso lo mismo.
El
señor Sauvage no respondió.
Volvieron
a encontrarse uno junto a otro.
Y
el oficial se puso a dar órdenes. Los soldados alzaron sus armas.
Entonces
la mirada de Morissot cayó por casualidad sobre la red llena de
zarbos, que había quedado en la hierba, a unos pasos de él.
Un
rayo de sol hacía brillar el montón de peces, que se agitaban aún.
Y lo invadió el desaliento. A pesar de sus esfuerzos, se le llenaron
los ojos de lágrimas. Balbució:
–Adiós,
señor Sauvage.
El
señor Sauvage contestó:
–Adiós,
señor Morissot.
Se
estrecharon las manos, sacudidos de pies a cabeza por invencibles
temblores.
El
oficial gritó:
–¡Fuego!
Los
doce disparos sonaron como uno solo.
El
señor Sauvage cayó de bruces. Morissot, más alto, osciló, giró
sobre sí mismo y cayó atravesado sobre su compañero, boca arriba,
mientras la sangre escapaba a borbotones por la guerrera agujereada
en el pecho.
El
alemán dio nuevas órdenes.
Sus
hombres se dispersaron, regresando después con cuerdas y piedras que
ataron a los pies de los dos muertos; después los llevaron a la
orilla.
El
Mont–Valerien no cesaba de retumbar, coronado ahora por una montaña
de humo.
Dos
soldados cogieron a Morissot por la cabeza y por las piernas; otros
dos agarraron al señor Sauvage de idéntica manera. Los cuerpos,
balanceados un instante con fuerza, fueron lanzados al río,
describieron una curva, después se hundieron, de pie, en el río,
pues las piedras arrastraban primero las piernas.
El
agua saltó, burbujeó, se agitó, después se calmó, mientras unas
pequeñas ondas llegaban hasta la orilla.
Flotaba
un poco de sangre.
El
oficial, siempre sereno, dijo a media voz:
–Ahora
los peces se ocuparán de ellos.
Después
regresó hacia la casa.
Y
de pronto vio la red con los zarbos en la hierba. La recogió, la
examinó, sonrió, gritó:
–¡Wilhelm!
Acudió
un soldado de delantal blanco. Y el prusiano, lanzándole la pesca de
los dos fusilados, le ordenó:
–Fríeme
en seguida esos animalitos, mientras aún están vivos. Serán
deliciosos.
Y
volvió de nuevo a fumar su pipa.
martes, 12 de septiembre de 2023
Dos amigos. Guy de Maupassant.
lunes, 11 de septiembre de 2023
La historia de los pulmones moribundos. William T. Vollmann.
Había una vez un hombre al que se le estaban descomponiendo los pulmones y llenándosele de una cosa negra e inflamándosele en el pecho como champiñones por lo que estuvo asfixiándose durante un periodo de dos años. Se le dijo que al término de aquellos dos años moriría. Cada vez tenía más dificultades para respirar. Finalmente fue al hospital sabiendo que no saldría de allí por su propio pie, y lo llevaron en silla de ruedas por la ancha línea negra y lo metieron en su lecho de muerte y mientras él estaba allí resollando los médicos le pidieron su consentimiento para asignarle un estado Sin Código. (A un paciente Sin Código no se le conecta a un respirador cuando se le para el corazón.) «Deje que la naturaleza siga su curso», dijeron los médicos. El hombre dio su permiso para que no lo intubaran. Pero pasó el tiempo, y pasó su vida, y no podía respirar. Era como un buceador que braceara desesperadamente para alcanzar la superficie y respirar aire fresco con grandes y abundantes bocanadas, pero cuando sacaba la cabeza tenía que hacerlo en medio de espuma y burbujas, y cada vez era más difícil llegar a la superficie y se veía obligado a respirar más tiempo dentro del agua (era como si un agua propia le inundara las células de los pulmones desde su mar linfático putrefacto), y le entró pánico y suplicó que lo intubaran pero, al ser informados, los médicos concluyeron que había perdido la cabeza, pues solicitaba algo que no le beneficiaba: a saber, recobrar el aliento y seguir vivo un poco más; y, además, al hospital le costaba dinero mantener los respiradores, por lo que lo mantuvieron Sin Código y él se ahogó y se ahogó y se ahogó y se murió.
domingo, 10 de septiembre de 2023
El mar de tu memoria. Alfredo Buxán.
Escribo para aprender el llanto que te
debo.
Ni
una lágrima vertí sobre tu cuerpo muerto,
como
si la sal toda de los siglos
se
hubiera calcificado al fondo de mis ojos
para
siempre.
Mi
voz, habituada
al
trigo de tus palabras más confidenciales,
se
desfondó en la sombra de las aguas
a
las que vuelvo ahora, solitario,
para
anunciarte que la mansa lluvia
-cauce
imperecedero de tu herencia
que
veo caer una vez más sobre los campos-
no
ha podido disuadirnos del dolor.
También
para que sepas que alguno de tus hijos
punteaba
en la ventana un blues interminable
mientras
tú te morías al terminar agosto.
Mis
dedos arañaban el llanto de la arena
para
achicar el agua de tus ojos abiertos.
Desde
entonces, casi todos los jueves
me
pongo con cautela tu camisa de muerto,
huelo
el sudor de tu último minuto,
oigo
la conocida letanía de tu voz
-que
la impiedad del mar no ha podido arrebatarme-
y
me salpica su ronquido final,
mi
propio nombre ahogándose triste
en
la raíz del grito pronunciado
tal
vez sin esperanza, como un salmo tardío
que
no supo recoger la mano del apóstol.
En
el vientre apacible de las olas,
frágil,
¿será arrastrado eternamente
hasta
las simas de lo desconocido, donde
podrá
encallar al fin junto a tu nombre?
Me
prometí regresar a acumular la espuma
para
sentir tus dedos en las algas
enredadas
de los pies y el fuego
de
las sienes, acostumbrar la vista
a
la desolación de tu pupila
-prisionera
en los castillo de arena
que
deshizo la marea-, aceptar que el salitre
de
tu lágrima inauguraba la luz
en
la inocente roca que escondía la muerte.
¿Habrá
sido tu queja, tu mirada sin odio,
cuando
la noche cuida a los que sufren,
un
fragmento de bramido que, insomnes,
temen
los navegantes en los sueños?
¿Tiene
la noche la piel erizada de costras
como
mi corazón?¿Arden restos de la tuya
en
lo más profundo de la arena removida
por
el ritmo imperturbable y callado
de
los días? ¿Pasó por tu garganta?
¿Disgregó
las sílabas quebradas en tu boca?
¿Quemó
tu lengua y tu saliva? ¿Te acariciaba
el
mar, te acariciaba como quisiste siempre?
¿Pudo
la indiferencia de las olas arrastrar
tus
sandalias nuevas, olvidadas bajo el techo
de
caña que cubría las mesas del quiosco?
¿Lamías
tú la conmovida médula del mar?
¿Te
dio tiempo a llorar? ¿Viste la sombra
de
mis ojos y aquel esfuerzo inútil
por
tenderte la maroma podrida
de
mi brazo, la impotencia y el miedo,
mi
carrera de loco entre la gente?
Era
engañosa y dulce la luz de la bahía.
Mis
ojos lo ven todo cada noche
desde
entonces: el trémulo desmoronamiento
de
las nubes, el llanto de Martín, las botellas
vacías,
las camisetas azules
de
las adolescentes y el inseguro paso
de
tus pies descalzos hacia la sal de la muerte.
Te
habías demorado en la penumbra del portal
para
mirar con pena tus últimos zapatos.
Salgo
con ellos a la calle como si huyera
de
las luces del verano. Me ha costado tanto
admitir
que las piedras están vivas
en
los alrededores de la playa.
Regreso
con el ruido del mar en la cabeza.
Mis
manos escribían tu nombre entre las nubes
y
en los árboles y sangraban mis pies
de
escarbar con ahínco entre los restos
del
naufragio. Las gaviotas, torpes,
huyeron
de la ira que nacía en mis ojos,
lanzaron
a los cielos su graznido inexperto,
repitieron
tu nombre, propagaron tu grito.
Me
desperté del sueño para saberme ciego:
comenzaba
la ancianidad en aquel
atardecer.
No pudiste cultivar
la
palabra reservada con pudor
para
el momento de la despedida.
La
buscaré en el patio trasero de los días,
en
el huerto callado de tu infancia
o
en la quietud azul del cementerio,
bajo
la lápida que se extraña de tu nombre.
Donde
la muerte duerme.
¿Se
renueva
ese
rito cuando por un momento
me
olvido del misterio que me veló tu rostro?
¿Se
desvanece, muere? ¿Es el olvido el hueco
por
el que yo me adentro en el mar de tu memoria?
¿Es
el olvido solamente orfandad
o
también tregua, eco de aquella luz
que
nos incita a reanudar la charla?
De
los abismos del sueño, aún convaleciente,
me
dirijo a la roca batida por las olas,
me
hiero una vez más en sus aristas,
me
decido a rescatar tu cuerpo aprisionado
en
los argazos, limpio tus rincones
de
escamas adheridas y moluscos absortos
en
la serena tenacidad de tus nostalgias.
Envidio
el baile desprevenido de los peces
adormeciéndose
sobre el cuenco de tus manos.
Me
aproximo a tu hombro muy despacio,
lo
rozo con la yema de los dedos
y
no puedo llorar. Te acerco nuevas
de
los once hijos congregados a la mesa
y
te pido una palabra para nutrir la paz
de
sus cuerpos, una palabra que te vincule
al
insomnio temeroso de sus almohadas.
Una
sola palabra: no siento frío, llueve
una
vez más sobre mis manos, el mar me arrima
el
llanto de mis huérfanos, me trae la resaca
de
sus voces indecisas, el puro sonido
del
dolor. Una sola palabra
interminable
antes
que el tiempo muera en nuestros brazos.
Sabed
que ya no sufro. Bañaros en mi nombre
sin
temor a morir. Repartiros la caricia
de
la luna
y
el postrero aliento de mi beso.
Las palabras perdidas, 2011.
sábado, 9 de septiembre de 2023
Decepción. Miguel Ángel Zapata.
La publicidad es engañosa, una
mentira con P.V.P. y actores fuera de lugar.
En
los anuncios de aquellos cereales se aseguraba el premio magnífico
de una peonza en el interior de la caja. Terminé los cereales,
indagué dentro del rectángulo troquelado como un mago en apuros y
pude sacar: veinte doblones de oro, un broche de esmeraldas, un
ejemplar de la primera edición de la Odisea firmado por su
autor, el cartón original de Goya para el tapiz El columpio,
una carta de Greta Garbo a su amante Ivana Petruschka, la bota con
que Maradona impulsó el balón a la red en el partido ante
Inglaterra de Méjico 86, la peluca ensangrentada de Robespierre, un
fragmento de roca lunar, el primer bombín cinematográfico de
Chaplin con un bastón y un bigotito de pega dentro, el cráneo de
Yorick que Hamlet sostuvo en su mano, una sandalia de César con
tierra gala en la suela.
Pero
(ay, supina decepción) de la peonza prometida, ni rastro.
Baúl de prodigios, 2007.
jueves, 7 de septiembre de 2023
Niña en el jardín. Alejandra Pizarnik.
Un claro en un jardín oscuro o
un pequeño espacio de luz entre hojas negras. Allí estoy yo, dueña
de mis cuatro años, señora de los pájaros celestes y de los
pájaros rojos. Al más hermoso le digo:
-
Te voy a regalar a no sé quién.
-
¿Cómo sabes que le gustaré? -dice.
-
Voy a regalarte –digo.
-
Nunca tendrás a quien regalar un pájaro –dice el pájaro.
Prosa completa, 2015.
martes, 5 de septiembre de 2023
"No hay en todo el universo..." Enrique Anderson Imbert.
—No hay en todo el universo
agua suficiente para apagar el infierno ni fuego suficiente para
incendiar el paraíso.
—Según.
Si esa agua y ese fuego fueran también imaginarios bastaría una
gota, una chispa.
El gato de Cheshire, 1965.
domingo, 3 de septiembre de 2023
K. en La Mancha. Lilian Elphick.
K, Don Quijote y Sancho Panza
frente a los molinos de viento.
Don
Quijote: — ¡Ataque!
K:
— ¿Yo?
Don
Quijote: — ¿No vino aquí a desfacer agravios?
K:
—Vine a La Mancha porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un
tal Hermann Kafka.
Sancho:
— Ése caballero vive más al norte, señor K, donde hay ríos
llenos de truchas y bosques encantados.
Don
Quijote: —Vamos a buscarlo y nos olvidamos de estos gigantes de
brazos largos.
K:
— Pero, yo vengo del norte y él no está allí.
Sancho:
— Seguramente es otro norte el que usted buscó.
Don
Quijote: — Tiene razón el escudero: hay muchos nortes. ¡Andando!
K:
— Yo tengo una brújula y el norte es siempre el mismo. Mire.
Don
Quijote y Sancho: — ¡Válgame Dios!
Don
Quijote: —Usted es nigromante, K, y no nos había dicho nada.
K:
— Soy escritor igual que su amo.
Sancho:
—Mi amo no tiene amo, ¿o sí?
Don
Quijote: —El único escritor soy yo, ¿acaso sois ciegos?
K:
— Usted es un personaje creado por Don Miguel de Cervantes y
Saavedra.
Don
Quijote: —Ha perdido el norte irremediablemente, K. Deme el aparato
y finiquitamos el asunto. Usted se va por aquí y nosotros, por allá.
¿Le parece?
K
entrega la brújula a Don Quijote.
K:
— Ya no la necesito. Llegué al territorio de mis sueños y no me
di cuenta. Ahora, debo ir al sur.
Sancho:
— Si desea, podemos acompañarlo, ¿no es cierto, mi señor?
Don
Quijote: —Con la condición de que me llame “escritor” y no
“personaje”.
Sancho:
—Y que cuando diga “¡Ataque!”, usted ataca sin más ni más.
K:
—Muy bien, señores, haré lo que piden. Dicen que en el sur hay
volcanes activos y unos seres barbados que escriben historias mínimas
que me encantaría leer. Ahí puede estar mi padre.
A
Juan Armando Epple y Pedro Guillermo Jara






