martes, 30 de agosto de 2022

El ángel caído. Cristina Peri Rossi.

El ángel se precipitó a tierra, exactamente igual que el satélite ruso que espiaba los movimientos en el mar de la X Flota norteamericana y perdió altura cuando debía ser impulsado a una órbita firme de 950 kilómetros. Exactamente igual, por lo demás, que el satélite norteamericano que espiaba los movimientos de la flota rusa, en el mar del Norte y luego de una falsa maniobra cayó a tierra. Pero mientras la caída de ambos ocasionó incontables catástrofes: la desertización de parte del Canadá, la extinción de varias clases de peces, la rotura de los dientes de los habitantes de la región y la contaminación de los suelos vecinos, la caída del ángel no causó ningún trastorno ecológico. Por ser ingrávido (misterio teológico acerca del cual las dudas son heréticas) no destruyó, a su paso, ni los árboles del camino, ni los hilos del alumbrado, ni provocó interferencias en los programas de televisión, ni en la cadena de radio; no abrió un cráter en la faz de la tierra ni envenenó las aguas. Más bien, se depositó en la vereda, y allí, confuso, permaneció sin moverse, víctima de un terrible mareo.
Al principio, no llamó la atención de nadie, pues los habitantes del lugar, hartos de catástrofes nucleares, habían perdido la capacidad de asombro y estaban ocupados en reconstruir la ciudad, despejar los escombros, analizar los alimentos y el agua, volver a levantar las casas y recuperar los muebles, igual que hacen las hormigas con el hormiguero destruido, aunque con más melancolía.
-Creo que es un ángel –dijo el primer observador, contemplando la pequeña figura caída al borde de una estatua descabezada en la última deflagración. En efecto: era un ángel más bien pequeño, con las alas mutiladas (no se sabe si a causa de la caída) y un aspecto poco feliz.
Pasó una mujer a su lado, pero estaba muy atareada arrastrando un cochecito y no le prestó atención. Un perro vagabundo y famélico, en cambio, se acercó a sólo unos pasos de distancia, pero se detuvo bruscamente: aquello, fuera lo que fuera, no olía, y algo que no huele puede decirse que no existe, por tanto no iba a perder el tiempo. Lentamente (estaba rengo) se dio media vuelta.
Otro hombre que pasaba se detuvo, interesado, y lo miró cautamente, pero sin tocarlo: temía que transmitiera radiaciones.
-Creo que es un ángel –repitió el primer observador, que se sentía dueño de la primicia.
-Está bastante desvencijado –opinó el último-. No creo que sirva para nada.
Al cabo de una hora, se había reunido un pequeño grupo de personas. Ninguno lo tocaba, pero comentaban entre sí y emitían diversas opiniones, aunque nadie dudaba que fuera un ángel. La mayoría, en efecto, pensaba que se trataba de un ángel caído, aunque no podían ponerse de acuerdo en cuanto a las causas de su descenso. Se barajaron diversas hipótesis.
-Posiblemente ha pecado –manifestó un hombre joven, al cual la contaminación había dejado calvo.
Era posible. Ahora bien, ¿qué clase de pecado podía cometer un ángel? Estaba muy flaco como para pensar en la gula; era demasiado feo como para pecar de orgullo; según afirmó uno de los presentes, los ángeles carecían de progenitores, por lo cual era imposible que los hubiera deshonrado; a toda luz, carecía de órganos sexuales, por lo cual la lujuria estaba descartada. En cuanto a la curiosidad, no daba el menor síntoma de tenerla.
-Hagámosle la pregunta por escrito –sugirió un señor mayor que tenía un bastón bajo el brazo.
La propuesta fue aceptada y se nombró un actuario, pero cuando éste, muy formalmente, estaba dispuesto a comenzar su tarea, surgió una pregunta desalentadora: ¿qué idioma hablaban los ángeles? Nadie sabía la respuesta, aunque les parecía que por un deber de cortesía, el ángel visitante debía conocer la lengua que se hablaba en esa región del país (que era, por lo demás un restringido dialecto, del cual, empero, se sentían inexplicablemente orgullosos).
Entre tanto, el ángel daba pocas señales de vida, aunque nadie podía decir, en verdad, cuáles son las señales de vida de un ángel. Permanecía en la posición inicial, no se sabía si por comodidad o por imposibilidad de moverse, y el tono azul de su piel ni aclaraba ni ensombrecía.
-¿De qué raza es? –preguntó un joven que había llegado tarde y se inclinaba sobre los hombros de los demás para contemplarlo mejor.
Nadie sabía qué contestarle. No era ario puro, lo cual provocó la desilusión de varias personas; no era negro, lo que causó ciertas simpatías en algunos corazones; no era indio (¿alguien puede imaginar un ángel indio?), ni amarillo: era más bien azul, y sobre ese color no existían prejuicios, todavía, aunque comenzaban a formarse con extraordinaria rapidez.
La edad de los ángeles constituía otro dilema.
Si bien un grupo afirmaba que los ángeles siempre son niños, el aspecto del ángel ni confirmaba ni refutaba esta teoría.
Pero lo más asombroso era el color de los ojos del ángel. Nadie lo advirtió, hasta que uno de ellos dijo:
-Sus ojos azules son preciosos.
Entonces una mujer que estaba muy cerca del ángel, le contestó:
-Pero, ¿qué dice? ¿No ve que son rosados?
Un profesor de ciencias exactas que se encontraba de paso, inclinó la cabeza para observar mejor los ojos del ángel y exclamó:
-Todos se equivocan. Son verdes.
Cada uno de los presentes veía un color distinto, por lo cual, dedujeron que en realidad no eran de ningún color especial, sino de todos.
-Esto le causará problemas cuando deba identificarse –reflexionó un viejo funcionario administrativo que tenía la dentadura postiza y un gran anillo de oro en la mano derecha.
En cuanto al sexo, no había dudas: el ángel era asexuado, ni hembra ni varón, salvo (hipótesis que pronto fue desechada) que el sexo estuviera escondido en otra parte. Esto inquietó mucho a algunos de los presentes. Luego de una época de real confusión de sexos y desenfrenada promiscuidad, el movimiento pendular de la historia (sencillo como un compás) nos había devuelto a la feliz era de los sexos diferenciados, perfectamente reconocibles. Pero el ángel parecía ignorar esta evolución.
-Pobre –comentó una gentil señora que salía de su casa a hacer las compras, cuando se encontró el ángel caído-. Me lo llevaría a casa, hasta que se compusiera, pero tengo dos hijas adolescentes y si nadie puede decirme si se trata de un hombre o de una mujer, no lo haré, pues sería imprudente que conviviera con mis hijas.
-Yo tengo un perro y un gato –murmuró un caballero bien vestido, de agradable voz de barítono-. Se pondrían muy celosos si me lo llevo.
-Además habría que conocer sus antecedentes –argumentó un hombre de dientes de conejo, frente estrecha y anteojos de carey, vestido de marrón-. Quizá se necesite una autorización. –Tenía aspecto de confidente de la policía, y esto desagradó a los presentes, por lo cual no le respondieron.
-Y nadie sabe de qué se alimenta –murmuró un hombre simpático, de aspecto limpio, que sonreía luciendo una hilera de dientes blancos.
-Comen arenques –afirmó un mendigo que siempre estaba borracho y al que todo el mundo despreciaba por su mal olor. Nadie le hizo caso.
-Me gustaría saber qué piensa –dijo un hombre que tenía la mirada brillante de los espíritus curiosos.
Pero la mayoría de los presentes opinaba que los ángeles no pensaban.
A alguien le pareció que el ángel había hecho un pequeño movimiento con las piernas, lo cual provocó gran expectación.
-Seguramente quiere andar –comentó una anciana.
-Nunca oí decir que los ángeles andaran –dijo una mujer de anchos hombros y caderas, vestida de color fucsia y comisuras estrechas, algo escépticas-. Debería volar.
-Éste está descompuesto –le informó el hombre que se había acercado primero.
El ángel volvió a moverse casi imperceptiblemente.
-Quizá necesite ayuda –murmuró un joven estudiante, de aire melancólico.
-Yo aconsejo que no lo toquen. Ha atravesado el espacio y puede estar cargado de radiación –observó un hombre vivaz, que se sentía orgulloso de su sentido común.
De pronto, sonó una alarma. Era la hora del simulacro de bombardeo y todo el mundo debía correr a los refugios, en la parte baja de los edificios. La operación debía realizarse con toda celeridad y no podía perderse un solo instante. El grupo se disolvió rápidamente, abandonando al ángel, que continuaba en el mismo lugar.
En breves segundos la ciudad quedó vacía pero aún se escuchaba la alarma. Los automóviles habían sido abandonados en las aceras, las tiendas estaban cerradas, las plazas vacías, los cines apagados, los televisores mudos. El ángel realizó otro pequeño movimiento.
Una mujer de mediana edad, hombros caídos, y un viejo abrigo rojo que alguna vez había sido extravagante se acercaba por la calle, caminando con tranquilidad, como si ignorara deliberadamente el ruido de las sirenas. Le temblaba algo el pulso, tenía una aureola azul alrededor de los ojos y el cutis era muy blanco, bastante fresco, todavía. Había salido con el pretexto de buscar cigarrillos, pero una vez en la calle, consideró que no valía la pena hacer caso de la alarma, y la idea de dar un paseo por una ciudad abandonada, vacía, le pareció muy seductora.
Cuando llegó cerca de la estatua descabezada, creyó ver un bulto en el suelo, a la altura del pedestal.
-¡Caramba! Un ángel –murmuró.
Un avión pasó por encima de su cabeza y lanzó una especie de polvo de tiza. Alzó los ojos, en un gesto instintivo, y luego dirigió la mirada hacia abajo, al mudo bulto que apenas se movía.
-No te asustes –le dijo la mujer al ángel- Están desinfectando la ciudad. El polvo le cubrió los hombros del abrigo rojo, los cabellos castaños que estaba un poco descuidados, el cuero sin brillo de los zapatos algo gastados.
-Si no te importa, te haré un rato de compañía –dijo la mujer, y se sentó a su lado. En realidad, era una mujer bastante inteligente, que procuraba no molestar a nadie, tenía un gran sentido de su independencia pero sabía apreciar una buena amistad, un paseo solitario, un buen tabaco, un buen libro y una buena ocasión.
-Es la primera vez que me encuentro con un ángel –comentó la mujer, encendiendo un cigarrillo-. Supongo que no ocurre muy a menudo.
Como imaginó, el ángel no hablaba.
-Supongo también –continuó- que no has tenido ninguna intención de hacernos una visita. Te has caído, simplemente, por algún desperfecto de la máquina. Lo que no ocurre en millones de años ocurre en un día, decía mi madre. Y fue a ocurrirte precisamente a ti. Pero te darás cuenta de que fuera el que fuera el ángel caído, habría pensado lo mismo. No pudiste, con seguridad, elegir el lugar.
La alarma había cesado y un silencio augusto cubría la ciudad. Ella odiaba ese silencio y procuraba no oírlo. Dio una nueva pitada al cigarrillo.
-Se vive como se puede. Yo tampoco estoy a gusto en este lugar, pero podría decir lo mismo de muchos otros que conozco. No es cuestión de elegir, sino de soportar. Y yo no tengo demasiada paciencia, ni los cabellos rojos. Me gustaría saber si alguien va a echarte de menos. Seguramente alguien habrá advertido tu caída. Un accidente no previsto en la organización del universo, una alteración de los planes fijados, igual que la deflagración de una bomba o el escape de una espita. Una posibilidad en billones, pero de todos modos, sucede, ¿no es cierto?
No esperaba una respuesta y no se preocupaba por el silencio del ángel. El edificio del universo montado sobre la invención de la palabra, a veces, le parecía superfluo. En cambio, el silencio que ahora sobrecogía la ciudad lo sentía como la invasión de un ejército enemigo que ocupa el territorio como una estrella de innumerables brazos que lentamente se desmembra.
-Notarás enseguida–le informó al ángel- que nos regimos por medidas de tiempo y de espacio, lo cual no disminuye, sin embargo, nuestra incertidumbre. Creo que ese será un golpe más duro para ti que la precipitación en tierra. Si eres capaz de distinguir los cuerpos, verás que nos dividimos en hombres y mujeres, aunque esa distinción no revista ninguna importancia, porque tanto unos como otros morimos, sin excepción, y ese es el acontecimiento más importante de nuestras vidas.
Apagó su cigarrillo. Había sido una imprudencia tenerlo encendido, durante la alarma, pero su filosofía incluía algunos desacatos a las normas, como forma de la rebeldía. El ángel esbozó un pequeño movimiento, pero pareció interrumpirlo antes de acabarlo. Ella lo miró con piedad.
-¡Pobrecito! –exclamó-. Comprendo que no te sientas demasiado estimulado a moverte. Pero el simulacro dura una hora, aproximadamente. Será mejor que para entonces hayas aprendido a moverte, de lo contrario, podrás ser atropellado por un auto, asfixiado por un escape de gas, arrestado por provocar desórdenes públicos e interrogado por la policía secreta. Y no te aconsejo que te subas al pedestal (le había parecido que el ángel miraba la parte superior de la columna como si se tratara de una confortable cuna), porque la política es muy variable en nuestra ciudad, y el héroe de hoy es el traidor de mañana. Además, esta ciudad no eleva monumentos a los extranjeros.
De pronto, por una calle lateral, un compacto grupo de soldados, como escarabajos, comenzó a desplazarse, ocupando las veredas, la calzada y reptando por los árboles. Se movían en un orden que, con toda seguridad, había sido estudiado antes y llevaban unos cascos que irradiaban fuertes haces de luz.
-Ya están éstos –murmuró la mujer, con resignación-. Seguramente me detendrán otra vez. No sé de qué clase de cielo habrás caído tú –le dijo al ángel-, pero éstos, ciertamente, parecen salidos del fondo infernal de la tierra.
En efecto, los escarabajos avanzaban con lentitud y seguridad.
Ella se puso de pie, porque no le gustaba que la tomaran por sorpresa ni que la tocaran demasiado. Extrajo de su bolso el carnet de identificación, la cédula administrativa, el registro de vivienda, los bonos de consumo y dio unos pasos hacia delante, con resignación.
Entonces el ángel se puso de pie. Sacudió levemente el polvo de tiza que le cubría las piernas, los brazos, e intentó algunas flexiones. Después se preguntó si alguien echaría de menos a la mujer que había caído, antes de ser introducida con violencia en el coche blindado.

domingo, 28 de agosto de 2022

Rugen las flores. McEnroe.

El día en que yo te encuentre Como a una flor entre las callesY sienta que tu sonrisa Me convierte en algo más grande
 
El día en que yo me acerque Y tú quieras acercarteEl día en que nos toquemos Como toca el viento al sauce
 
El día en que escuchemos Por vez primera nuestras vocesSe encenderán todas las lucesSonarán todas las canciones
 
El día en que sepamos Que seremos inseparablesTú lo adivinarás riendo Yo lo sabré al instante
 
Y nos sumergiremos Los dos sin coger aireHaremos las corrientesHaremos de la vida una baile
 
Seremos la luz de Roma,Seremos la lluvia en LondresDibujaremos los mapasNos inventaremos los nombres
 
Y al despertarTal vez la nieblaVuelva a dejar La puerta abierta
 
El día en que yo te encuentre Y se me borre la memoriaPara dejar todo su espacio yQue lo ocupe nuestra historia
 
El día en que nos posemos Como en las ramas los gorrionesEl día en que por fin Descansen nuestros corazones
 
No nos preguntaremosNo habrá contestacionesCallarán todos los miedos Al ver como rugen las flores
 
Caerá la nieve en ManhattanLisboa por nuestras venasEl día en que yo me acerque Y tú quieras estar cerca
 
Y al despertar Tal vez la nieblaVuelva a encontrar La puerta abierta
 

sábado, 27 de agosto de 2022

Música de jauría. Eugenio Mandrini.

Todo el tiempo aullidos.


Aullidos de amantes destronados. Aullidos de tenores desesperados por querer que los sordos oigan y aplaudan. Aullidos del viento en las hendijas de paredes de cartón. Aullidos del que increpa al sol porque no es cierto que él alumbre para todos. Aullidos de los perros que perdieron el regazo del último baldío. Aullidos del odio en el amor y del amor en el odio. Aullidos cuando el cielo se desploma en forma de bomba. Aullidos del que soñó con la muerte y al despertar e ir al espejo, el espejo no lo vio. Aullidos de ambulancias aun en esas perfumadas noches de primavera. Aullidos del microcuentista que se extravió en los laberintos de la poesía. Aullidos del martillazo en el dedo y del aceite en el fuego. Aullidos de Dios en el octavo día. Aullidos de por no saber dónde estamos, ni qué fuimos a buscar tan lejos, ni por qué volvemos siempre al lugar de la ausencia. Aullidos del hombre que está solo y sin mesa. Aullidos de lujuria de los trenes nocturnos que se desvían de los rieles y persiguen a las vacas solitarias.


Todo el tiempo aullidos.


¿Cómo desoír entonces la música de la época?


En cuanto a mí, ya estoy aprendiendo a gruñir.

jueves, 25 de agosto de 2022

El caso Arístides. Andrés Neuman.

Desde que tuvo uso de razón, Arístides no articuló sonido: él aguardaba. Confiaba en ser capaz, cuando el final lo acechase, de convocar sus sueños, sus años y su rabia, y resumirlo todo en un alarido. Sería una sola voz, descomunal y precisa, que ahuyentaría a la muerte cuando llegase a buscarlo.
El silencioso Arístides murió una tarde de otoño, sonriendo mientras dormía.

miércoles, 24 de agosto de 2022

La tienda mágica. H. G. Wells.

Había visto varias veces la Tienda Mágica desde lejos; había pasado una o dos veces por delante del escaparate, donde se podían contemplar pequeños objetos mágicos: bolas mágicas, gallinas mágicas, conos maravillosos, muñecas ventrílocuas, material para el truco del cesto, barajas que parecían corrientes, y todo ese tipo de cosas; pero nunca se me había pasado por la cabeza entrar, hasta que un día, sin previo aviso, Gip me cogió del dedo y me arrastró hasta el escaparate, y se comportó de tal forma que no me quedó más remedio que entrar con él. A decir verdad, no pensaba que estuviera en ese lugar –era una fachada de dimensiones modestas en Regent Street, entre una tienda de cuadros y un establecimiento donde salen los polluelos de las incubadoras patentadas–, pero el hecho es que estaba allí. Creía que se encontraba más cerca de Circus, o por la esquina de Oxford Street, incluso en Holborn; siempre estaba en la acera de enfrente y un tanto inaccesible, como si su situación fuera un espejismo; pero estaba allí en ese momento, sin ningún género de dudas, y la gruesa yema del dedo de Gip hacía un ruido sobre el cristal.
–Si fuera rico –dijo Gip, mientras señalaba con un dedo el «huevo que desaparece»– me compraría esto. Y eso –refiriéndose a la «muñeca que llora, muy humana»–, y esto –señalando una cosa misteriosa que se llamaba, según se leía en una elegante tarjeta: «Compra uno y asombra a tus amigos»–. Cualquier cosa –añadió– puede desaparecer bajo uno de estos conos. Lo he leído en un libro. Y allí, papá, está el «medio penique que desaparece»… sólo que lo han puesto de esa forma para que no podamos ver cómo se hace.
Gip, un niño encantador que había heredado la educación de su madre, no tenía intención de entrar en la tienda ni de molestar en absoluto; pero me llevó del dedo inconscientemente hasta la puerta y dio a entender su interés de una forma clara.
–Eso –dijo, y señaló la «botella mágica».
–¿Y si la tuvieras? –le dije.
Cuando oyó esta pregunta prometedora, me miró con un resplandor repentino en los ojos
–Se lo enseñaría a Jessie –dijo, pensando como siempre en los demás.
–Quedan menos de cuatro meses para tu cumpleaños, Gibbles –dije, y puse la mano en el picaporte.
No respondió, pero su mano me apretó más el dedo, y así entramos en la tienda.
No era una tienda común; era una tienda mágica, y el entusiasmo y la precipitación que Gip habría mostrado de tratarse de meros juguetes, no se manifestó en esta ocasión. Dejó que el peso de la conversación recayera sobre mí.
Era una tienda pequeña, estrecha y con poca luz; el timbre de la puerta volvió a sonar con una nota de dolor cuando la cerramos. Durante un momento estuvimos solos y pudimos contemplar lo que había a nuestro alrededor. Había un tigre de papel-maché sobre la vitrina que cubría el mostrador, un tigre grave, de ojos bondadosos que movía la cabeza rítmicamente; había varias esferas de cristal, una mano de porcelana que sostenía cartas mágicas, un surtido de peceras mágicas de varios tamaños, un sombrero mágico impúdico que mostraba sin vergüenza sus resortes. En el suelo había espejos mágicos: uno te alargaba y estrechaba, otro te aumentaba la cabeza y te hacía desaparecer las piernas, y otro te hacía pequeño y gordo como un tonelete. Cuando nos estábamos riendo de esto, llegó el que, según creí, era el encargado de la tienda.
Fuera quien fuera, estaba detrás del mostrador; era un hombre cetrino, moreno, extraño, con una oreja más grande que otra y un mentón como la punta de una bota.
–¿En qué puedo servirles? –dijo extendiendo sus dedos largos y mágicos sobre la vitrina.
Y así, con un susto, fue como le conocimos.
–Quiero comprar a mi pequeño algún truco sencillo de prestidigitación –dije.
–¿Un juego de manos? –preguntó–. ¿Mecánico? ¿Casero?
–Algo divertido –dije.
–¡Hum! –dijo el dependiente, y se rascó la cabeza como si reflexionara. Entonces sacó claramente de la cabeza una bola de cristal–. ¿Algo así? –dijo, y nos la acercó.
Lo que hizo fue sorprendente. Había visto el truco infinidad de veces en algún espectáculo –forma parte del repertorio habitual de los prestidigitadores–, pero no esperaba verlo allí.
–Está muy bien –dije riéndome.
–¿Verdad? –dijo el dependiente.
Gip alargó la mano para coger la bola, pero sólo encontró una mano vacía.
–Está en tu bolsillo –dijo el dependiente, ¡y allí estaba!
–¿Cuánto cuesta? –pregunté.
–Las bolas de cristal no cuestan nada –dijo el dependiente con cortesía–. Las conseguimos gratis –añadió sacando una del codo.
Volvió a sacar otra de la nuca y la dejó junto a la anterior en el mostrador. Gip miró su bola de cristal con prudencia, después dirigió una mirada de interrogación hacia las dos que estaban en el mostrador y, finalmente, examinó con sus ojos redondos al dependiente, que sonrió.
–Puedes quedarte con estas también –dijo el dependiente–, y, si no te importa, con una que saque de mi boca. ¡Así!
Gip me pidió consejo con la mirada y luego, en profundo silencio, se guardó las cuatro bolas, estrechó de nuevo mi dedo tranquilizador y se dio ánimos para presenciar el siguiente acontecimiento.
–Conseguimos todos nuestros pequeños trucos de esta forma –observó el dependiente.
Me reí como el que sigue una broma.
–En lugar de ir al distribuidor –dije–. Evidentemente, así sale más barato.
–En cierto modo –dijo el dependiente–. A fin de cuentas acabamos pagándolos, pero no tanto… como la gente supone… Nuestros trucos más importantes y los suministros diarios de las demás cosas que queremos los sacamos de ese sombrero… Y usted sabe, señor, si me permite decírselo, que no hay un almacén de venta al por mayor de artículos mágicos genuinos. No sé si ha reparado en nuestro rótulo: La Tienda de Magia Genuina.
Sacó una tarjeta comercial de su mejilla y me la entregó.
–Genuina –dijo, acompañando la palabra con el movimiento de un dedo–. No hay ningún tipo de engaño –añadió.
Parecía que estaba llevando la broma demasiado lejos.
Se volvió hacia Gip con una sonrisa extraña.
–Mira, tú eres un Buen Muchacho.
Me sorprendió que supiera esto, pues, en beneficio de su disciplina, lo manteníamos en secreto incluso en casa; pero Gip recibió la frase con impávido silencio y mantuvo la mirada firme sobre el dependiente.
–Sólo los Niños Buenos logran pasar por esa puerta.
Y, a modo de ejemplo, llegó hasta nosotros un golpeteo en la puerta y se pudo oír débilmente una vocecita que gritaba:
–¡Papá! ¡Papá! ¡Quiero entrar ahí, papá! ¡Quiero entrar ahí!
Luego se oyó la voz de un angustiado padre que trataba de consolarle y tranquilizarle:
–Está cerrado, Edward –dijo.
–Pero no lo está –dije.
–Sí, señor –dijo el dependiente–. Siempre está cerrado para esa clase de niños.
Mientras hablaba vislumbramos al niño: una carita blanca, pálida de comer dulces y chucherías, y deformada por las malas pasiones; un pequeño egoísta inexorable que daba patadas al cristal encantado.
–No servirá de nada –dijo el comerciante cuando me dirigí hacia la puerta, movido por mi natural amabilidad.
Al poco tiempo se llevaron al niño mimado, que no paraba de berrear.
–¿Cómo logra hacer eso? –dije respirando un poco más libremente.
–¡Magia! –dijo el dependiente, moviendo la mano descuidadamente, y, de pronto… surgieron chispas de diversos colores de sus dedos y se desvanecieron en las sombras de la tienda.
–Antes de entrar decías –dijo dirigiéndose a Gip– que querías una de nuestras cajas «compra una y asombra a tus amigos».
–Sí –dijo Gip, después de haberse dado ánimos.
–Está en tu bolsillo.
E inclinándose sobre el mostrador –tenía un cuerpo increíblemente largo–, este asombroso personaje mostró el artículo como suelen hacerlo los prestidigitadores.
–Papel –dijo, y sacó una hoja del sombrero vacío–. Cuerda.
Y su boca se convirtió en una caja de cuerdas, de la cual sacó una tira interminable que rompió con los dientes cuando terminó de atar el paquete… y, después –eso me pareció a mí–, se tragó el ovillo. Luego encendió una vela en la nariz de una de las muñecas ventrílocuas, puso uno de sus dedos (que se había puesto rojo como el lacre) en el fuego, y selló el paquete.
–Luego estaba el «huevo que desaparece» –observó.
Sacó uno de mi chaqueta y lo empaquetó, así como el «niño que llora, muy humano». Cuando estaban listos, yo entregaba los paquetes a Gip, que los estrechaba contra el pecho.
Habló muy poco, pero sus ojos eran elocuentes, al igual que la fuerza con que sostenía los paquetes. Gip era el escenario de emociones indescriptibles. Estas eran magia auténtica.
Luego, sobresaltado, descubrí algo que se movía dentro de mi sombrero, algo suave e inquieto. Me quité el sombrero rápidamente y una paloma irritada –un cómplice, sin duda– saltó, corrió por el mostrador, y creo que se metió en una caja de cartón, detrás del tigre de papel-maché.
–¡Qué horror! –dijo el dependiente, quitándome el sombrero con destreza–. ¡Vaya pájaro descuidado! ¡Mira que anidar en cualquier parte!
Sacudió mi sombrero y en su mano abierta aparecieron dos o tres huevos, una canica grande, un reloj, media docena de las inevitables bolas de cristal, y más y más papel arrugado y estrujado, mientras hablaba sin parar de cómo la gente se olvida de cepillar los sombreros por dentro, así como por fuera; lo decía con mucha educación, pero refiriéndose a mí.
–Se acumulan todo tipo de cosas, señor… No me refiero a usted en particular, por supuesto… Casi todos los clientes… Es asombroso todo lo que llevan encima…
El papel arrugado crecía y ondeaba en el mostrador, cada vez en mayor cantidad, hasta que casi ocultó al dependiente, hasta que lo ocultó por completo, y su voz seguía y seguía.
–Ninguno de nosotros sabe lo que puede ocultar la buena apariencia de un ser humano, señor. No somos mejores que fachadas encaladas, sepulcros blanqueados…
Su voz se paró exactamente igual que cuando se golpea el gramófono del vecino con un ladrillo bien dirigido: el mismo silencio instantáneo. El crujido del papel cesó, todo quedó en silencio.
–¿Ha terminado con mi sombrero? –dije al cabo de un rato.
Pero no hubo respuesta.
Miré a Gip y Gip me miró a mí; allí estaban nuestras imágenes deformadas en los espejos mágicos: extrañas, graves, inmóviles…
–Creo que nos vamos a ir –dije–. ¿Nos puede decir cuánto es todo esto…?
–¡Oiga! –dije con voz más bien fuerte–. Quiero la cuenta y mi sombrero, por favor.
Creo que alguien sorbió por las narices detrás del mostrador.
–Miremos detrás del mostrador, Gip –dije–. Creo que nos está tomando el pelo.
Llevé a Gip alrededor del tigre que meneaba la cabeza. Y ¿qué creéis que había detrás del mostrador? ¡Nadie, absolutamente nadie! Sólo mi sombrero tirado en el suelo y un típico conejo de prestidigitador, blanco y con orejas romas, sumido en sus meditaciones y con un aspecto tan estúpido y apocado como sólo los conejos de los prestidigitadores pueden tenerlo. Recogí mi sombrero y el conejo se apartó de mi camino arrastrando los pies.
–Papá –dijo Gip, susurrando débilmente.
–¿Qué pasa, Gip? –dije.
–Me gusta esta tienda, papá.
«A mí también me gustaría –me dije para mis adentros– si el mostrador no se hubiera alargado de repente, impidiéndonos el paso hacia la puerta».
Pero no quise llamar la atención de Gip sobre esto.
–¡Miz, miz! –dijo alargando la mano hacia el conejo cuando pasó arrastrándose por delante de nosotros–. ¡Conejito, haz un truco a Gip! –y le siguió con la mirada hasta que se introdujo por una puerta que un momento antes no estaba allí.
Luego, esta puerta se abrió de par en par, y el hombre que tenía una oreja más grande que la otra apareció de nuevo. Todavía sonreía, pero cruzó una mirada entre divertida y desafiante.
–Seguro que querrá ver la sala de exposiciones, señor –dijo con cierta cortesía.
Gip tiró de mi dedo en dirección a la sala. Miré hacia el mostrador y volví a encontrarme con la mirada del dependiente. Estaba empezando a pensar que la magia era demasiado genuina.
–No tenemos mucho tiempo –dije.
Pero, sin saber cómo, nos encontramos en la sala antes de que terminara de decir esto.
–Todos los artículos son de la misma calidad –dijo el dependiente frotándose las manos–, y esta calidad es la mejor. Aquí no hay nada que no sea magia genuina, y todo totalmente garantizado. ¡Perdón, señor!
Sentí que tiraba de algo que se pegaba a la manga de mi chaqueta; entonces vi que agarraba a un inquieto demonio rojo por el rabo –la pequeña criatura mordía, luchaba e intentaba cogerle la mano–, y en seguida lo tiró descuidadamente detrás de un mostrador. Sin duda esa cosa era sólo una figura de goma retorcida pero ¡a primera vista…! Su gesto era exactamente el de un hombre que tiene entre las manos un pequeño bicho que muerde. Miré a Gip, pero estaba mirando a un caballo mágico de madera. Me alegró que no hubiera visto esa cosa.
–Oiga –dije en voz baja, dirigiendo la mirada hacia Gip y el demonio–, ¿no tendrá muchas cosas de ese tipo por aquí, verdad?
–¡Ninguna de esas es nuestra! Seguramente la trajo usted –dijo el dependiente en voz baja y con una sonrisa más deslumbrante que nunca–. ¡Es asombroso lo que la gente puede llevar encima sin darse cuenta! ¿Ves algo que te agrade por aquí? –preguntó a Gip.
Allí había muchas cosas que agradaban a Gip.
Se volvió hacia el sorprendente comerciante con una mezcla de confianza y respeto.
–¿Es eso una espada mágica? –dijo.
–Una espada de juguete mágica. No se dobla, ni se rompe, ni corta los dedos. Al que la lleva, le hace invencible en la lucha contra cualquiera que tenga menos de diez y ocho años. Cuestan desde media corona a siete y seis peniques, según el tamaño. Estas panoplias son para jóvenes caballeros andantes, y muy útiles: escudo de seguridad, sandalias para andar velozmente, yelmo que hace invisible.
–¡Oh, papá! –exclamó sofocado.
Traté de averiguar lo que costaban, pero el dependiente no me hizo ni caso. Había cogido a Gip; había conseguido que se soltara de mi dedo; se había embarcado en la explicación de sus artículos y nada era capaz de pararle. Poco después observé, desconfiado y celoso, que Gip había cogido el dedo de esta persona como solía hacerlo conmigo. Sin duda el tipo era interesante, pensé, y tenía un lote de cosas curiosamente trucadas, realmente cosas muy bien trucadas, sin embargo…
Deambulaba detrás de ellos, casi sin hablar, pero sin perder de vista al prestidigitador. Al fin y al cabo, Gip se lo estaba pasando bien, y, cuando llegara la hora de irnos, no tendríamos ningún problema en hacerlo.
Aquella sala de exposiciones era larga y laberíntica, una galería interrumpida por mostradores y columnas, con arcos que llevaban a otras secciones donde vendedores del aspecto más extraño ganduleaban y te observaban, y también había espejos y cortinas turbadores. Tan turbadores eran, en efecto, que al cabo de un rato no fui capaz de distinguir la puerta por donde habíamos entrado.
El dependiente enseñó a Gip unos trenes que no eran de vapor, ni de cuerda, y que corrían con solo dar la señal; después, algunas cajas muy valiosas de soldados que tomaban vida en cuanto quitabas la tapa y decías… Yo no tengo un oído muy fino y sólo aprecié que se trataba de un sonido producido al retorcer la lengua; pero Gip, que tiene el oído de su madre, lo cazó al vuelo.
–¡Bravo! –dijo el dependiente, metiendo los soldados en la caja sin mucha ceremonia y dándosela a Gip–. ¡Ahora! –añadió, y en un momento Gip les había dado vida de nuevo.
–¿Se llevan esta caja? –preguntó el dependiente.
–Nos la llevamos –dije– sólo si usted no nos cobra todo su valor, en caso contrario habría que ser un magnate…
–¡No, hombre! ¡No! –exclamó el dependiente y volvió a recoger los soldaditos, cerró la tapa, agitó la caja en el aire y ¡zas!… ya estaba envuelta, atada y… ¡el nombre completo y la dirección de Gip escritos en el papel!
El dependiente se rio de mi asombro.
–Esto es magia auténtica –dijo–, real.
–Es demasiado auténtica para mi gusto –repetí.
Después de esto continuó haciendo trucos a Gip, extraños trucos, aunque más extraña era la forma de realizarlos. Se los explicaba, se los enseñaba por delante y por detrás, y el niño, encantador, inclinaba la cabeza con aire de inteligencia.
Yo no prestaba la atención necesaria.
–¡Eh, presto! –dijo el dependiente mágico.
–¡Eh, presto! –repitió la voz clara y débil del niño.
En realidad, a mí me distraían otras cosas. Me estaba afectando la extraordinaria rareza de aquel lugar, que aparecía, por decirlo así, inundado de una atmósfera de extravagancia. Incluso había algo extraño en la instalación; en el techo, en el suelo, en las sillas colocadas al azar. Tuve la extraña sensación de que, cuando no las miraba directamente, se inclinaban, se movían y jugaban silenciosamente al escondite detrás de mí. La cornisa tenía un adorno sinuoso con máscaras, que parecían demasiado expresivas para ser sólo de yeso.
Entonces, uno de los vendedores de aspecto extraño atrajo mi atención. Estaba a cierta distancia de mí, y, evidentemente, no se daba cuenta de mi presencia… Veía, a través de un arco, casi todo su cuerpo, sobre una pila de juguetes; el vendedor se inclinaba indolentemente sobre una columna, haciendo muecas horribles. Hacía una mueca especialmente horrible con la nariz. Lo hacía sólo porque parecía aburrido y quería divertirse a sí mismo. Cuando empezaba, tenía la nariz chata y redonda; luego, la extendía rápidamente como un telescopio, la estiraba, y cada vez se hacía más delgada, hasta que parecía un látigo largo, rojo y flexible. ¡Parecía una cosa de pesadilla! La agitaba y la lanzaba como un pescador lanza su caña.
Lo primero que pensé fue que Gip no tenía que verle. Me volví y le vi totalmente absorto con el dependiente y sin pensar en nada malo. Ambos cuchicheaban y me miraban. Gip estaba de pie sobre un taburete y el dependiente sostenía una especie de gran tambor con la mano.
–¡Vamos a jugar al escondite, papá! –gritó Gip–. Tú te quedas.
Y antes de que pudiera hacer algo para evitarlo, el dependiente había puesto el gran tambor sobre Gip.
En seguida me di cuenta de lo que iba a pasar.
–¡Quite eso inmediatamente! –grité–. Va a asustar al niño. ¡Quítelo!
El dependiente de orejas desiguales lo hizo sin decir una palabra y me acercó el gran cilindro para que viera que estaba vacío. ¡Y el taburete también estaba vacío! ¿Había desaparecido también mi hijo en ese instante…?
Tal vez conozcan esa cosa siniestra que surge como una mano de la nada y oprime el corazón. Saben que destruye el yo habitual y le deja a uno tenso y cauto, ni lento ni precipitado, ni enfadado ni temeroso. Eso me sucedió a mí.
Me acerqué al risueño dependiente y di una patada a su taburete.
–¡Ya está bien de locuras! –dije–. ¿Dónde está mi hijo?
–¿Ve? –dijo, mientras mostraba el interior del taburete–. Aquí no hay engaño…
Alargué la mano para agarrarle, pero se escabulló con un hábil movimiento. Intenté agarrarle otra vez, pero se apartó de mí y empujó una puerta para escapar.
–¡Alto! –grité, y se rió mientras se alejaba.
Me precipité tras él, en medio de una oscuridad total.
¡Plaf!
–¡Válgame Dios! ¡No le he visto venir, señor!
Me encontraba en Regent Street y había chocado con un trabajador de aspecto amable; un poco más allá estaba Gip, que parecía algo perplejo. Me disculpé, y entonces Gip se volvió y caminó hacia mí con una sonrisa brillante, como si se hubiera perdido por un momento.
¡Y llevaba cuatro paquetes en los brazos!
Al instante estrechó mi dedo entre su mano.
Estuve un segundo sin saber qué hacer. Miré alrededor para ver la puerta de la tienda mágica, pero… ¡no estaba allí! No había puerta, ni tienda… nada, sólo la pilastra corriente que se encuentra entre la tienda donde venden cuadros y el escaparate de los pollos…
Hice lo único que podía hacerse ante semejante confusión mental. Fui derecho al bordillo y levanté el paraguas para parar un coche.
–¡Coche! –dijo Gip exultante.
Le ayudé a montar; recordé mi dirección con dificultad y por fin monté yo también. Algo extraño se manifestó en un bolsillo de mi chaqueta; metí la mano y descubrí una bola de cristal. Con un gesto de petulancia la tiré a la calle.
Gip no dijo nada.
Durante un rato ninguno de los dos habló.
–¡Papa! –dijo Gip al fin–. ¡Esa era una auténtica tienda!
Esto me llevó a considerar el problema de la impresión que le podía haber producido todo aquello. No parecía que le hubiera afectado nada, y de momento se encontraba bien. No estaba trastornado, ni asustado, sino tremendamente satisfecho por lo bien que se lo había pasado aquella tarde y por los cuatro paquetes que llevaba en los brazos.
¡Diablos! ¿Qué podría haber en los paquetes?
–¡Hum! –dije–. Los niños pequeños no pueden ir a tiendas así todos los días.
Escuchó estas palabras con su estoicismo acostumbrado y, por un momento, lamenté ser su padre y no su madre para poder besarle allí inmediatamente, en el coche. Al fin y al cabo, pensé, no había salido tan mal la cosa.
Pero hasta que no abrimos los paquetes, no empecé a sentirme realmente tranquilo. Tres de ellos contenían cajas de soldados, soldados de plomo totalmente normales, pero de tan buena calidad que Gip olvidó que estos paquetes habían sido originariamente trucos mágicos, de una clase única y genuina. El cuarto contenía un gatito, un gatito blanco de carne y hueso, con excelente salud, carácter y apetito.
Cuando abrimos los paquetes, sentí un alivio provisional. Estuve dando vueltas por el cuarto del niño durante horas y horas…
Esto sucedió hace seis meses. Y ahora estoy empezando a pensar que todo está en orden. El gatito sólo tiene la magia que es natural a todos los gatos, y los soldados parecen una compañía tan disciplinada como cualquier coronel podría desear. ¿Y Gip…?
Los padres inteligentes comprenderán que debo conducirme con suma cautela con él.
Pero un día me atreví a preguntarle:
–¿Te gustaría que tus soldados tomasen vida, Gip, y que marcharan ellos solos?
–Los míos lo hacen –dijo Gip–. Sólo tengo que decir una palabra que sé antes de abrir la tapa.
–¿Y marchan solos?
–Claro que sí, papá. No me gustarían si no lo hicieran.
No mostré ningún signo de sorpresa improcedente; desde entonces he tenido ocasión de sorprenderle una o dos veces con los soldados fuera de la caja, pero hasta ahora no los he visto comportarse de una manera mágica…
Es algo difícil de explicar.
Existe también un problema económico. Tengo la incurable costumbre de pagar todas las facturas. He subido y bajado Regent Street varias veces buscando esa tienda. Me inclino a pensar, en efecto, que esta cuestión de honor ha sido satisfecha, y que, como conocen el nombre y la dirección de Gip, puedo esperar perfectamente que esas personas, sean quienes sean, envíen la factura a su debido tiempo.

lunes, 22 de agosto de 2022

Idunn. Lilian Elphick.

Fui a ver a las Nornas. Urd y Skuld tejían y destejían; Verdandi tenía la rueca mala, y los destinos de algunos hombres se enredaban en las ramas de Yggdrasil. Al otro lado del río, un animal bellísimo me miraba. Le ofrecí una de mis manzanas. Tuve que nadar de espaldas, con la fruta al medio de mis pechos. No podía mojarse. Las hilanderas gritaban que me devolviera. Casi al llegar a la orilla, el animal se acercó a mí y devoró el pomo carnoso y fragante. Serás joven para siempre, le dije acariciando su hocico. Él gimió de alegría, y hundió lentamente sus colmillos en mi cuello. Se ahogó de inmediato con los vapores venenosos de las uñas de los muertos que yo guardaba debajo de la lengua, a modo de precaución.
Trepadas arriba de Yggdrasil, las Nornas soñaban con aguas rojas y batallas eternas. Salí en silencio. No quise despertarlas. Mis dedos estaban traslúcidos.

domingo, 21 de agosto de 2022

El viaje. Cristina Fernández Cubas.

Un día la madre de una amiga me contó una curiosa anécdota. Estábamos en su casa, en el barrio antiguo de Palma de Mallorca, y desde el balcón interior, que daba a un pequeño jardín, se alcanzaba a ver la fachada del vecino convento de clausura. La madre de mi amiga solía visitar a la abadesa; le llevaba helados para la comunidad y conversaban durante horas a través de una celosía. Estábamos ya en una época en que las reglas de clausura eran menos estrictas de lo que fueron antaño, y nada impedía que la abadesa, si así lo hubiera deseado, interrumpiera en más de una ocasión su encierro y saliera al mundo. Pero ella se negaba en redondo. Llevaba casi treinta años entre aquellas cuatro paredes y las llamadas del exterior no le interesaban lo más mínimo. Pero eso la señora de la casa creyó que estaba soñando cuando una mañana sonó el timbre y una silueta oscura se dibujó al trasluz en el marco de la puerta. “Si no le importa”, dijo la abadesa tras los saludos de rigor, “me gustaría ver el convento desde fuera”. Y después, en el mismo balcón en el que fue narrada la historia se quedó unos minutos en silencio. “Es muy bonito”, concluyó. Y, con la misma alegría con la que había llamado a la puerta, se despidió y regresó al convento. Creo que no ha vuelto a salir, pero eso ahora no importa. El viaje de la abadesa me sigue pareciendo, como entonces, uno de los viajes más largos de los que tengo noticia.