jueves, 20 de febrero de 2014

El artista. José Antonio Muñoz Rojas. Microrrelato.

Era menudo, se pegaba a las paredes al andar, andaba como con miedo, saludaba como con miedo. Parecía huido de otro mundo y que en éste no conociera a nadie. La gente movía la cabeza al verlo.
-¡Digo el artista!
No debía ser como los demás hombres. Porque cuando de alguien se aseguraba que era un labrador o un curtidor o un panadero, no se decía de la misma manera, ni se dejaba entreabierto tal mundo de suposiciones:
-¿Qué hacen los artistas?
-Ese pinta. Pinta mujeres en cueros.
Cerrábamos los ojos apretadamente. Y veíamos más material la visión. El artista había andado mucho mundo, había tirado mucho dinero, había bebido de lo lindo. Y ahora pintaba sin parar a éste, al otro, a aquél.
-Como si al mundo se viniera a pintar.
Y eso nos plantaba ante el hecho de que al mundo no se venía para pintar.
-Entonces ¿para qué?
-Para hacer cosas de provecho.
-¿Qué es el provecho?
-El provecho es el provecho.
Nunca supimos a ciencia cierta de qué se llenaba el provecho. Ni tampoco que fuera de provecho pintar paredes y no gentes.En nuestro fondo una vocecilla defendía al artista. Sin querer le salía una aureola parecida a la de los santos. Y nos daba lástima que no hiciera cosas de provecho. Con lo fácil que era.





Fotografía: El taller del pintor. Óleo sobre lienzo de Gustave Coubert, 1855.

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