martes, 5 de febrero de 2019

Argos. Felipe R. Navarro.


El hombre que avanza oculto por andrajos que son en realidad restos de memoria que lo ocultan del doloroso presente encuentra al perro, y el perro entreabre los ojos y lo mira, cansado, apenas alcanza a olfatearlo y mover la cola de alegría, Y encuentra su pasado sentado al telar, pero también recuerda cómo el espacio lo enmarcan blancas, líquidas, gaseosas crestas, y vuelve a mirar al perro que otra vez dormita, camino de la muerte, y se recuerda en el espejo del mar mientras navegaba los años, y se contempla en él, los brazos fuertes cubiertos de sal seca, la inestabilidad de las corrientes tatuada en las plantas de sus pies, y se gira, entonces se gira y sale del lugar, y olvida al perro que muere o está muriendo o ha muerto, y olvida a la mujer que teje, y se olvida a sí mismo, se intenta olvidar a sí mismo al menos, y regresa a su barco que se mece en el puerto con la bodega anegada de soledad, y parte de nuevo en cuanto el viento hace vivir las velas, y con el sol a la espalda un griego llora sentado en una colina desde la que contempla rodar la tierra en dirección al mar y ve empequeñecerse los mástiles, llora por un perro muerto, por una mujer sola, por un hombre solo, y llora por una historia que nunca concluirá, y que no cantará nunca.

Hombres felices. Felipe R. Navarro, 2016.

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