A las nueve de la mañana, mientras
desayunábamos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de
mar a pleno sol levantó en vilo varios automóviles que pasaban por
la avenida del malecón, o que estaban estacionados en la acera, y
uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue como una explosión
de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del edificio y
convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los numerosos turistas
que se encontraban en la sala de espera fueron lanzados por los aires
junto con los muebles, y algunos quedaron heridos por la granizada de
vidrio. Tuvo que ser un marejazo colosal, pues entre la muralla del
malecón y el hotel hay una amplia avenida de ida y vuelta, así que
la ola saltó por encima de ella y todavía le quedó bastante fuerza
para desmigajar el vitral.
Los
alegres voluntarios cubanos, con la ayuda de los bomberos, recogieron
los destrozos en menos de seis horas, clausuraron la puerta del mar y
habilitaron otra, y todo volvió a estar en orden. Por la mañana no
se había ocupado nadie del automóvil incrustado en el muro, pues se
pensaba que era uno de los estacionados en la acera. Pero cuando la
grúa lo sacó de la tronera descubrieron el cadáver de una mujer
amarrada en el asiento del conductor con el cinturón de seguridad.
El golpe fue tan brutal que no le quedó un hueso entero. Tenía el
rostro desbaratado, los botines descosidos y la ropa en piltrafas, y
un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeraldas. La
policía estableció que era el ama de llaves de los nuevos
embajadores de Portugal. En efecto, había llegado con ellos a La
Habana quince días antes, y había salido esa mañana para el
mercado manejando un automóvil nuevo. Su nombre no me dijo nada
cuando leí la noticia en los periódicos, pero en cambio quedé
intrigado por el anillo en forma de serpiente y ojos de esmeraldas.
No pude averiguar, sin embargo, en qué dedo lo usaba.
Era
un dato decisivo, porque temí que fuera una mujer inolvidable cuyo
nombre verdadero no supe jamás, que usaba un anillo igual en el
índice derecho, lo cual era más insólito aún en aquel tiempo. La
había conocido treinta y cuatro años antes en Viena, comiendo
salchichas con papas hervidas y bebiendo cerveza de barril en una
taberna de estudiantes latinos. Yo había llegado de Roma esa mañana,
y aún recuerdo mi impresión inmediata por su espléndida pechuga de
soprano, sus lánguidas colas de zorros en el cuello del abrigo y
aquel anillo egipcio en forma de serpiente. Me pareció que era la
única austríaca en el largo mesón de madera, por el castellano
primario que hablaba sin respirar con un acento de quincallería.
Pero no, había nacido en Colombia y se había ido a Austria entre
las dos guerras, si niña, a estudiar música y canto. En aquel
momento andaba por los treinta años mal llevados, pues nunca debió
ser bella y había empezado a envejecer antes de tiempo. Pero en
cambio era un ser humano encantador. Y también uno de los más
temibles.
Viena
era todavía una antigua ciudad imperial, cuya posición geográfica
entre los dos mundos irreconciliables que dejó la Segunda Guerra
había acabado de convertirla en un paraíso del mercado negro y el
espionaje mundial. No hubiera podido imaginarme un ámbito más
adecuado para aquella compatriota fugitiva que seguía comiendo en la
taberna estudiantil de la esquina sólo por fidelidad a su origen,
pues tenía recursos de sobra para comprarla de contado con todos sus
comensales dentro. Nunca dijo su verdadero nombre, pues siempre la
conocimos con el trabalenguas germánico que le inventaron los
estudiantes latinos de Viena: Frau Frida. Apenas me la habían
presentado cuando incurrí en la impertinencia feliz de preguntarle
cómo había hecho para implantarse de tal modo en aquel mundo tan
distante y distinto de sus riscos de vientos del Quindío, y ella me
contestó con un golpe: —Me alquilo para soñar.
En
realidad, era su único oficio. Había sido la tercera de los once
hijos de un próspero tendero del antiguo Caldas, y desde que
aprendió a hablar instauró en la casa la buena costumbre de contar
los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras
sus virtudes premonitorias. A los siete años soñó que uno de sus
hermanos era arrastrado por un torrente. La madre, por pura
superstición religiosa, le prohibió al niño lo que más le gustaba
que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Frida tenía ya un sistema
propio de vaticinios.
—Lo
que ese sueño significa —dijo— no es que se vaya a ahogar, sino
que no debe comer dulces.
La
sola interpretación parecía una infamia, cuando era para un niño
de cinco años que no podía vivir sin sus golosinas dominicales. La
madre, ya convencida de las virtudes adivinatorias de la hija, hizo
respetar la advertencia con mano dura. Pero al primer descuido suyo
el niño se atragantó con una canica de caramelo que se estaba
comiendo a escondidas, y no fue posible salvarlo.
Frau
Frida no había pensado que aquella facultad pudiera ser un oficio,
hasta que la vida la agarró por el cuello en los crueles inviernos
de Viena. Entonces tocó para pedir empleo en la primera casa que le
gustó para vivir, y cuando le preguntaron qué sabía hacer, ella
sólo dijo la verdad: «Sueño». Le bastó con una breve explicación
a la dueña de casa para ser aceptada, con un sueldo apenas
suficiente para los gastos menudos, pero con un buen cuarto y las
tres comidas. Sobre todo el desayuno, que era el momento en que la
familia se sentaba a conocer el destino inmediato de cada uno de sus
miembros: el padre, que era un rentista refinado; la madre, una mujer
alegre y apasionada de la música de cámara romántica, y dos niños
de once y nueve años. Todos eran religiosos, y por lo mismo
propensos a las supersticiones arcaicas, y recibieron encantados a
Frau Frida con el único compromiso de descifrar el destino diario de
la familia a través de los sueños.
Lo
hizo bien y por mucho tiempo, sobre todo en los años de la guerra,
cuando la realidad fue más siniestra que las pesadillas. Sólo ella
podía decidir a la hora del desayuno lo que cada quien debía hacer
aquel día, y cómo debía hacerlo, hasta que sus pronósticos
terminaron por ser la única autoridad en la casa. Su dominio sobre
la familia fue absoluto: aun el suspiro más tenue era por orden
suya. Por los días en que estuve en Viena acababa de morir el dueño
de casa, y había tenido la elegancia de legarle a ella una parte de
sus rentas, con la única condición de que siguiera soñando para la
familia hasta el fin de sus sueños.
Estuve
en Viena más de un mes, compartiendo las estrecheces de los
estudiantes, mientras esperaba un dinero que nunca llegó. Las
visitas imprevistas y generosas de Frau Frida en la taberna eran
entonces como fiestas en nuestro régimen de penurias. Una de esas
noches, en la euforia de la cerveza, me habló al oído con una
convicción que no permitía ninguna pérdida de tiempo.
—He
venido sólo para decirte que anoche tuve un sueño contigo —me
dijo—. Debes irte enseguida y no volver a Viena en los próximos
cinco años.
Su
convicción era tan real, que esa misma noche me embarcó en el
último tren para Roma. Yo, por mi parte, quedé tan sugestionado,
que desde entonces me he considerado sobreviviente de un desastre que
nunca conocí. Todavía no he vuelto a Viena.
Antes
del desastre de La Habana había visto a Frau Frida en Barcelona, de
una manera tan inesperada y casual que me pareció misteriosa. Fue el
día en que Pablo Neruda pisó tierra española por primera vez desde
la Guerra Civil, en la escala de un lento viaje por mar hacia
Valparaíso. Pasó con nosotros una mañana de caza mayor en las
librerías del viejo, y en Porter compró un libro antiguo,
descuadernado y marchito, por el cual pagó lo que hubiera sido su
sueldo de dos meses en el consulado de Ranigún. Se movía por entre
la gente como un elefante inválido, con un interés infantil en el
mecanismo interno de cada cosa, pues el mundo le parecía un inmenso
juguete de cuerda con el cual se inventaba la vida.
No
he conocido a nadie más parecido a la idea que uno tiene de un Papa
renacentista: glotón y refinado. Aun contra su voluntad, siempre era
él quien presidía la mesa. Matilde, su esposa, le ponía un babero
que parecía más de peluquería que de comedor, pero era la única
manera de impedir que se bañara en salsas. Aquel día en
Carvalleiras fue ejemplar. Se comió tres langostas enteras
descuartizándolas con una maestría de cirujano, y al mismo tiempo
devoraba con la vista los platos de todos, e iba picando un poco de
cada uno, con un deleite que contagiaba las ganas de comer: las
almejas de Galicia, los percebes del Cantábrico, las cigalas de
Alicante, las espardenyas de la Costa Brava. Mientras tanto, como los
franceses, sólo hablaba de otras exquisiteces de cocina, y en
especial de los mariscos prehistóricos de Chile que llevaba en el
corazón. De pronto dejó de comer, afinó sus antenas de bogavante,
y me dijo en voz muy baja: hay alguien detrás de mí que no deja de
mirarme.
Miré
por encima de su hombro, y así era. A sus espaldas, tres mesas más
allá, una mujer impávida con un anticuado sombrero de fieltro y una
bufanda morada, masticaba despacio con los ojos fijos en él. La
reconocí en el acto. Estaba envejecida y gorda, pero era ella, con
el anillo de serpiente en el índice.
Viajaba
desde Nápoles en el mismo barco que los Neruda, pero no se habían
visto a bordo. La invitamos a tomar el café en nuestra mesa, y la
induje a hablar de sus sueños para sorprender al poeta. Él no le
hizo caso, pues planteó desde el principio que no creía en
adivinaciones de sueños.
—Sólo
la poesía es clarividente —dijo.
Después
del almuerzo, en el inevitable paseo por las Ramblas, me retrasé a
propósito con Frau Frida para refrescar nuestros recuerdos sin oídos
ajenos. Me contó que había vendido sus propiedades de Austria, y
vivía retirada en Porto, Portugal, en una casa que describió como
un castillo falso sobre una colina desde donde se veía todo el
océano hasta las Américas. Aunque no lo dijera, en su conversación
quedaba claro que de sueño en sueño había terminado por apoderarse
de la fortuna de sus inefables patrones de Viena. No me impresionó,
sin embargo, porque siempre había pensado que sus sueños no eran
más que una artimaña para vivir. Y se lo dije.
Ella
soltó su carcajada irresistible. «Sigues tan atrevido como
siempre», me dijo. Y no dijo más, porque el resto del grupo se
había detenido a esperar que Neruda acabara de hablar en jerga
chilena con los loros de la Rambla de los Pájaros. Cuando reanudamos
la charla, Frau Frida había cambiado de tema.
—A
propósito —me dijo—: Ya puedes volver a Viena. Sólo entonces
caí en la cuenta de que habían transcurrido trece años desde que
nos conocimos.
—Aun
si tus sueños son falsos, jamás volveré —le dije—. Por si
acaso.
A
las tres nos separamos de ella para acompañar a Neruda a su siesta
sagrada. La hizo en nuestra casa, después de unos preparativos
solemnes que de algún modo recordaban la ceremonia del té en el
Japón. Había que abrir unas ventanas y cerrar otras para que
hubiera el grado de calor exacto y una cierta clase de luz en cierta
dirección, y un silencio absoluto.
Neruda
se durmió al instante, y despertó diez minutos después, como los
niños, cuando menos pensábamos. Apareció en la sala restaurado y
con el monograma de la almohada impreso en la mejilla.
—Soñé
con esa mujer que sueña —dijo. Matilde quiso que le contara el
sueño.
—Soñé
que ella estaba soñando conmigo —dijo él.
—Eso
es de Borges —le dije. Él me miró desencantado.
—¿Ya
está escrito?
—Si
no está escrito lo va a escribir alguna vez —le dije—. Será uno
de sus laberintos.
Tan
pronto como subió a bordo, a las seis de la tarde, Neruda se
despidió de nosotros, se sentó en una mesa apartada, y empezó a
escribir versos fluidos con la pluma de tinta verde con que dibujaba
flores y peces y pájaros en las dedicatorias de sus libros. A la
primera advertencia del buque buscamos a Frau Frida, y al fin la
encontramos en la cubierta de turistas cuando ya nos íbamos sin
despedirnos. También ella acababa de despertar de la siesta.
—Soñé
con el poeta —nos dijo. Asombrado, le pedí que me contara el
sueño.
—Soñé
que él estaba soñando conmigo —dijo, y mi cara de asombro la
confundió—. ¿Qué quieres? A veces, entre tantos sueños, se nos
cuela uno que no tiene nada que ver con la vida real.
No
volví a verla ni a preguntarme por ella hasta que supe del anillo en
forma de culebra de la mujer que murió en el naufragio del Hotel
Riviera. Así que no resistí la tentación de hacerle preguntas al
embajador portugués cuando coincidimos, meses después, en una
recepción diplomática. El embajador me habló de ella con un gran
entusiasmo y una enorme admiración. «No se imagina lo
extraordinaria que era», me dijo. «Usted no habría resistido la
tentación de escribir un cuento sobre ella». Y prosiguió en el
mismo tono, con detalles sorprendentes, pero sin una pista que me
permitiera una conclusión final.
—En
concreto, —le precisé por fin—: ¿qué hacía?
—Nada
—me dijo él, con un cierto desencanto—. Soñaba.
Doce cuentos peregrinos, 1992.

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