viernes, 15 de enero de 2021

Memoria. Edmundo Valadés.

Cuando alguien muere, sus recuerdos y experiencias son concentrados en una colosal computadora, instalada en un planeta invisible. Allí queda la historia íntima de cada ser humano, para propósitos que no se pueden revelar.
Enfermo de curiosidad, el diablo ronda alrededor de ese planeta.

 

miércoles, 13 de enero de 2021

Porque nosotras somos niñas y él es un niño. Svetlana Alexiévich.

Rimma Pozniakova (Kamínskaia), seis años.
Actualmente es obrera


Yo estaba en la guardería… Jugando con las muñecas…
Me avisaron: «Ha venido tu padre. ¡Ha estallado la guerra!». A mí no me apetecía irme. Quería seguir jugando. Lloraba.
«¿Qué es eso de la guerra? ¿Cómo que me van a matar? ¿Cómo que matarán a mi padre?» Apareció una palabra nueva: «refugiados». Mi madre confeccionó unos pequeños saquitos y metió en ellos nuestras partidas de nacimiento y alguna otra información, como nuestra dirección. Nos los hacía llevar colgados del cuello. Si la mataban, la gente podría saber quiénes éramos.
Nos pasábamos los días caminando. Perdimos a papá. Nos asustamos. Mi madre nos dijo que a papá lo habían enviado a un campo de concentración, pero que iríamos a verlo. «¿Qué es un campo de concentración?» Conseguimos reunir un poco de comida. ¿Que qué comida había? Manzanas asadas. Nuestra casa había ardido, también había ardido el jardín: en los manzanos quedaron colgando manzanas asadas. Las recogíamos y nos las comíamos.
El campo de concentración estaba en Drozdí, cerca del estanque de Komsomólskoie ózero. Actualmente forma parte de Minsk, pero en aquella época era una aldea. Recuerdo la alambrada de espino de color negro; la gente también era negra, todos parecían iguales. No reconocimos a papá, pero él sí nos vio a nosotros. Intentó acariciarme, pero a mí me daba miedo acercarme a la alambrada y tiraba de mi madre, le pedía que por favor volviéramos a casa.
No recuerdo cómo ni cuándo, pero mi padre volvió a casa. Sé que trabajaba en el molino, y mi madre nos enviaba allí para que le llevásemos el almuerzo, a mí y a mi hermana pequeña, Toma. Toma era chiquitita, yo era un poco mayor, ya llevaba incluso sujetador de niña; antes de la guerra era una prenda muy común. Mamá nos preparaba un paquetito con el almuerzo de mi padre y me escondía debajo del sujetador unas octavillas. Eran unas hojas pequeñas, de cuaderno escolar, escritas a mano. Mi madre nos acompañaba hasta la puerta, lloraba y nos daba instrucciones: «No os acerquéis a nadie, solo a vuestro padre». Luego se quedaba allí, esperándonos, hasta que volvíamos.
No recuerdo sentir miedo… Si mamá dice que hay que ir significa que tenemos que ir. «Mamá dice» era lo principal. No planteábamos desobedecer a nuestra madre, no hacer lo que ella nos pedía. La adorábamos. Ni siquiera podíamos imaginarnos que existía la posibilidad de no hacerle caso.
Si hacía frío, todos nos metíamos en lo alto de la estufa; teníamos una zamarra grande y nos metíamos debajo de ella. Para calentar la estufa teníamos que robar carbón en la estación de tren. Avanzábamos a gatas para burlar al centinela. Volvíamos con un cubo lleno de carbón, parecíamos limpiachimeneas: las rodillas, los codos, la nariz, la frente…, estábamos completamente negros.
Por la noche todos los niños nos acostábamos juntos, nadie quería dormir solo. Éramos cuatro: mis dos hermanitas; Borís, un niño de cuatro años al que mi madre había adoptado, y yo. Mucho tiempo después supimos que Borís era hijo de Lelia Revínskaia, una amiga de mamá que luchaba en la organización clandestina. Pero en aquel momento mi madre solo nos dijo que había un niño pequeño que a menudo se quedaba solo en casa, que estaba asustado y que no tenía comida. Ella quería que lo aceptáramos y le cogiéramos cariño. Era consciente de que no era fácil, porque los niños a menudo rechazan a otros niños. Actuó con mucha habilidad: no trajo ella a Borís a casa, sino que nos envió a nosotras a buscarlo. «Id a buscar a ese niño, necesita amigos.» Fuimos a por él y lo llevamos a casa.
Borís tenía muchos libros con dibujos bonitos, quiso llevárselos todos y nosotras le ayudamos a llevarlos. Solíamos sentarnos en lo alto de la estufa y él nos contaba cuentos. Nos cayó tan bien que le cogimos muchísimo cariño, tal vez por todas las cosas que sabía. En la calle les decíamos a los demás niños: «Sed buenos con él».
Nosotras éramos rubias, y Borís, moreno. Su madre vino un día a casa, llevaba el cabello recogido en una gruesa trenza negra. Me regaló un espejito. Yo escondí el espejo y decidí que si me miraba en él todas las mañanas, me crecería una trenza como la suya.
Cuando jugábamos en el patio, los otros niños nos gritaban:
—¿De quién es Borís?
—Es nuestro.
—¿Y cómo es que vosotras sois rubias y él no?
—Porque nosotras somos niñas y él es un niño. —Mamá nos había enseñado esa respuesta.
Estaba claro que Borís era nuestro porque a su mamá y a su papá los habían matado y a él por poco lo enviaban al gueto. De alguna manera, ya lo sabíamos. Nuestra madre temía que lo reconociesen y se lo llevaran. Cuando salíamos todos juntos, nosotras llamábamos a nuestra madre «mamá», pero Borís la llamaba «tía». Ella le pedía:
—Llámame «mamá». —Y le daba un trocito de pan.
Él cogía el pan, se alejaba unos pasos y decía:
—Gracias, tía.
Las lágrimas, una tras otra, corrían por su cara…

Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial, 1985.
 

martes, 12 de enero de 2021

Underwood. Enrique Jaramillo Levi.

La carta había demorado en llegar. La tenía ahora frente a los ojos, desdoblada, convulsa entre sus dedos. No lograba iniciar la lectura. Las letras se desdibujaban fundiéndose unas con otras como si el llanto las hubiese escurrido. Pero no lloraba. Hacía mucho tiempo que no se daba esa satisfacción. En cambio vacilaba, temeroso de la respuesta que había guardado en secreto durante lo que ya parecía una vida. Se concentró, haciendo un esfuerzo enorme, y las letras fueron recuperando sus pequeñas estaturas, la separación breve y nítida que caracterizaba a la Underwood portátil que él mismo le había comprado poco después de la boda.
Todo el contenido podía resumirse en la última línea:
Te amo aún. Llego el viernes.
Arrugó la hoja. Casi en seguida volvió a estirarla. Sus ojos recorrieron ávidos las disculpas, los ruegos, el esbozo de planes que habrían de realizar juntos. Ella había tenido la culpa de todo, aseguraba. Pero no volvería a ocurrir. Y luego venía la reafirmación de lo que él había rogado todas las noches. Y el anuncio escueto de su llegada. Al buscar la hora en su reloj, notó sorprendido que ya era viernes. Corrió hasta el auto anticipando el abrazo, sintiendo contra su cuerpo el arrepentimiento de ella, su vergüenza. Amanecía.
Esperó largas horas en la estación. Sus ideas se perdían en las más enmarañadas conjeturas. Recordó de pronto que no sabía a qué hora llegaría. Ni cómo viajaría hasta él. Hasta podía llegar en avión, nada tendría de raro. Entonces, ¿por qué estaba él en la estación, esperando quién sabe qué autobús? Sin darse cuenta manejó hasta allí, guiado quizá por la forma que había tomado tantas veces aquel sueño. Siempre la miraba bajar sonriente, buscándolo con la vista, hasta que la veía de pie junto a la columna que ahora sostenía su peso. Se dijo, angustiado, que era un imbécil.
Por suerte traía la carta. La desdobló presuroso. No había ningún indicio de cómo se transportaría hasta la ciudad. Pasaron los minutos y la incertidumbre se iba espesando en sus jadeos. ¿Cómo no se le ocurrió explicar claramente la hora y el lugar de su arribo? No había cambiado. Sigue siendo tan irresponsable como siempre. Tendrá que tomar un taxi hasta la casa porque él no puede hacer nada más. Allá la esperaría.
La noche se hizo densa y angustiosa. De nada le sirvió leer durante el día las revistas que lo rodeaban. Tampoco se distrajo escuchando la radio ni saliendo al balcón a cada rato. Pronto serían las doce y entonces la llegada del sábado se encargaría de probar otra vez lo que él siempre sospechó: era una mentirosa, la más cruel de las farsantes.
A la una de la mañana confirmó que ya nunca más le creería una sola palabra. Aunque llegaran mil cartas pidiéndole perdón o volviera a escuchar su voz suplicante por teléfono. Caminó hasta la pequeña Underwood, insertó un papel, tecleó a prisa. Las letras salían débiles, destintadas. Cambió la cinta. Escribió:
Querido Ramiro:
Tienes que perdonarme. Perdí el avión el viernes. Iré la próxima semana, sin falta. Ya te avisaré. Te amo. Debes creerme…

lunes, 11 de enero de 2021

La vida sexual de las palabras. María Paz Ruíz Gil.

El coleccionista de palabras las regaba por las mañanas, les cortaba las tildes secas, les echaba comida de la buena, y las consentía con las manos de un devoto. Algunas crecieron y se salieron de su patio, de esas hay unas que son malísimas, que se han hecho operaciones, extirpaciones y se cambiaron la cara. Son rebeldes, promiscuas, se ponen haches en el ombligo, kas en las partes más raras, y compiten por sus tatuajes hechos con emoticonos; pero las condenadas se volvieron populares y salen en las revistas. Otras, las que se quedaron con su cuerpo tal cual las parieron, tienen fama de vírgenes, de viejas aburridas que aparecen en libros y de solteronas. Cada día entran al patio del coleccionista palabras nuevas, hijas que llegan sin padres. Él piensa que tienen cara de alienígenas, pero las quiere en silencio porque muchas son divertidas y le enseñan idiomas, aunque les tiren de las raíces a las ancianas aburridas y las hagan llorar de rabia.

Micronopia, 2012.
 

domingo, 10 de enero de 2021

1849. Toro de Benjumea contra tigre de Bengala. Nieves Concostrina.

Asunto tan imperfecto como vergonzoso el que viene a continuación. El 12 de mayo de 1849, en la antigua plaza de toros de Madrid, se enfrentaron un tigre de Bengala y un toro de lidia para entretener a un público que, lejos de merecer el adjetivo de respetable, se pirraba por estos espectáculos sangrientos de luchas de fieras contra toros.
Aquella tarde ganó el toro, y lo malo es que se merendó a la fiera tan rápido que se lio una muy gorda. El público quería sangre y que el sufrimiento de los animales se alargara cuanto más tiempo, mejor. Pagaban por ver matarse a zarpazos y cornadas a dos bichos poderosos.
Por eso cabe preguntarse qué pasa por la cabeza de un supuesto ser humano que disfruta viendo cómo se enzarzan en una pelea a muerte dos animales solo para entretenimiento de alimañas de dos patas. Da igual que sean dos gallos, dos perros, un tigre y un toro, un toro y un elefante… o uno oso, una pantera y un león contra un toro… Porque todas estas circunstancias se han dado desde hace cuatro siglos y hasta principios del XX en España. Tenemos la barbarie incrustada en los genes.
Los animales solo luchan cuando es estrictamente necesario; por su territorio, por aparearse o por la comida… Hasta que entran en el juego otros animales, los humanos, y deciden que tienen que pegarse porque sí, por disfrute. Lo que ocurrió aquel 12 de mayo de 1849 entre un toro de nombre Señorito, y un tigre de Bengala sirve para conocernos un poquito mejor.
Como era costumbre, aquella tarde se levantó en el centro del ruedo una jaula para encerrar a los dos animales. Porque la barrera de una plaza sirve para frenar a los toros, y no siempre, pero un tigre se la salta a la torera y se puede zampar a dos espectadores sin miramientos. Y en aquella jaula se juntaron Señorito, de la ganadería sevillana de José María Benjumea, con divisa azul y rosa, y un real tigre de Bengala sin divisa. Los dos bichos se miraron, Señorito se fue a por el tigre y diez minutos después, el de Bengala ya era historia. Gran mosqueo en los tendidos porque el espectáculo se había quedado en nada. El público se amotinó, a Señorito se lo llevaron a punta de capote a chiqueros y el empresario tuvo que prometer otro encierro de toro y fiera para que no le quemaran la plaza.
Meses después se organizó otro espectáculo en desagravio por el frustrado de mayo, porque no era fácil montar estos saraos. En España no había ganaderías de tigres y no era tan fácil conseguir otro. Tampoco interesaba que volviera a salir Señorito, porque era más fiero que las fieras, así que hubo que tentar a otras reses que estuvieran más por la labor de dar espectáculo. Se eligió a Caramelo, un cinqueño colorado y bragado, y como enemigo se optó por un león de nombre Julio y un tigre que hizo de sobrero. Al final, el toro también ganó, pero hubo espectáculo y, sobre todo, duró más. Caramelo volvió a chiqueros entre aplausos. No lo sacaron a hombros.
Este asunto se registró a mediados del siglo XIX, pero no era ninguna modernez. El gusto de enfrentar a toros contra fieras ya le pirraba a Felipe II, y era una de las principales aficiones del rey y su mujer de entonces, Isabel de Valois: ver enfrentamientos de toros y fieras. Al rey le enviaban como regalo bichos exóticos y en el Alcázar de Madrid, lo que hoy es el Palacio Real, había un patio que llamaban la leonera, donde los guardaban hasta que se organizaba algún espectáculo con toros. El entretenimiento continuó con Felipe III y alcanzó su máximo apogeo con Felipe IV, cuya afición merece atención especial.
Visualicemos la siguiente escena: una plaza atestada de un público vociferante, excitadísimo, encaramado en gradas y protegido por talanqueras; en el centro de la plaza, encerrados todos juntos, un león, un tigre, un oso, una zorra, dos gatos monteses, una mona, un camello salvaje, un caballo desbocado, una mula, un toro y dos gallos (lo de los gallos es lo más desconcertante). Los trece animales, despistados perdidos porque no entienden qué hacen allí con esa fauna y entre tanta bestia de dos patas, están siendo azuzados por seis hombres armados con pinchos que los hostigan para que se enfrenten entre ellos.
Adivinen cuál de los animales se hizo el dueño de la plaza y mató a todos los demás. El toro.
Corría el año de 1631 y era uno de esos festejos sangrientos con los que los reyes entretenían a la plebe de vez en cuando para ganarse su favor. El espectáculo que nos ocupa, con el toro, el león, el oso, la mona, los gallos… lo organizó el ministro conde duque de Olivares en el Retiro de Madrid para celebrar que el príncipe de Asturias, el hijo de su señor el rey Felipe IV, cumplía dos añitos.
Porque toros y reyes han ido en este país íntimamente unidos, sobre todo con los Austrias y los últimos Borbones, que eran y son taurófilos. A los primeros, en cambio, no les gustaban nada los toros: a Felipe V le ponían malo, a Fernando VI le horrorizaban y Carlos III no le veía la diversión por ninguna parte, así que tan pronto financiaban una plaza de toros como paralizaban la construcción de otra; o tan pronto sacaban reales órdenes que prohibían las corridas como abrían la mano y autorizaban espectáculos con la excusa de financiar un puente, una muralla o un hospital porque los españoles echaban de menos la sangre. Pan y circo.
Pero volvamos al jolgorio del Retiro con el rey disfrutón Felipe IV, que consiguió reunir en un solo espectáculo dos de sus grandes pasiones, los toros y la caza (las otras dos eran las mujeres y el teatro). En aquel espectáculo que le montó su valido el conde duque de Olivares se convocó al personal en el parque del Retiro de Madrid, y todos se lo pasaron en grande gracias a la carnicería que montó el toro. Lo malo es que cuando el astado quedó dueño del coso no había quien se hiciera con él. Menos mal que allí estaba Felipe IV, que solucionó el asunto en un pispás. La crónica de la época no tiene desperdicio: «Viendo nuestro César [el rey] que era imposible despejar el circo de aquel monstruo español [el toro] pidió el arcabuz y sin perder la mesura real ni alterar la majestad del semblante, hizo la puntería con tanta destreza que la muerte del toro fue instantánea».
¡Qué tío!
Porque fue Felipe IV el que innovó la fiesta introduciendo esa variante de disparar al toro, al oso o al león desde el palco real cada vez que acudía a un festejo a lo largo y ancho de todos sus reinos. Se convirtió en un lucimiento personal para hacer alarde de su puntería, y se hizo costumbre que el respetable se lo pidiera como remate del espectáculo. Algunos poetas, como Lope de Vega sin ir más lejos (y pelota como él solo), ensalzaban al toro por haber tenido el enorme privilegio de haber sido fulminado por el mismísimo monarca:
Dichosa y desdichada fue tu suerte,
pues, como no te dio razón la vida,
no sabes lo que debes a tu muerte.
Ahí está ese Lope, encima tratando como estúpido al toro por no enterarse de que lo ha matado todo un rey.
Y era el conde duque de Olivares, el mayor mangoneador del reino, el que no paraba de organizarle a Felipe IV corridas de toros o luchas de toros con fieras. Sabía que la debilidad del rey era cazar, y si lo mantenía entretenido en el campo o en la plaza, disparando a jabalíes o a toros, a Felipe IV solo le quedaría tiempo para firmar lo que le ponían delante. De este detalle se percató todo el mundo. El embajador de Venecia escribió en una ocasión que Felipe IV mostraba tanto gusto por la equitación y la caza, «que el conde de Olivares procura entregarle todo el día a esos ejercicios, no dejándole sino el tiempo necesario para firmar las decisiones del Consejo».
Pero llegó el momento en el que al valido se le acabó el chollo porque todo el mundo acabo calándolo. Ahora bien, tiene guasa que cuando el rey lo apartó de su lado, lo desterrara a una bonita ciudad de Zamora. A Toro. Qué cosas…
Y una curiosidad: los animales salvajes que le regalaban a Felipe IV se guardaban en el Real Sitio del Retiro, en lo que se llamaba la Casa de Fieras, que acabó siendo el germen del primer zoo de Madrid. Allí había osos, elefantes, panteras, tigres, leones… y cada vez que el rey quería juerga porque se ganaba una batalla o porque nacía una infantita o un principito, utilizaban a esas fieras para montar espectáculos y contentar a la plebe.
Hay infinidad de festejos documentados en los que se enfrentaban fieras contra toros, y fueron los reyes los que pusieron estos espectáculos de moda para que el populacho se fuera aficionando. Por eso esta salvajada llegó hasta el siglo XX y se continuaron celebrando, oficialmente, hasta 1904.
Ese año, en plena Semana Grande de San Sebastián, y después de una novillada de la feria, se organizó un espectáculo añadido que consistió en enfrentar a un toro de la ganadería sevillana de Antonio López Plata con un tigre de Bengala. El festejo se anunciaba así en la prensa: «Mañana tendrá lugar en la plaza de toros el sugestionador, atrayente y esperado espectáculo de la lucha del tigre y el toro». El toro se llamaba Hurón, cárdeno, astifino y con trapío; el tigre, César; rayado, bajo de agujas y bien armado. Comenzó la lucha y Hurón se fue a por César; le arreó y el tigre, un poco manso, tras recibir la primera embestida se hizo el muerto pegado a los barrotes de la jaula. Al público le supo a poco la pelea y protestó, así que los asistentes en el albero azuzaron a César para que se levantara y plantara cara a Hurón. César se fue a por el toro y el toro volvió a arrearle, con tan mala fortuna que el golpe del tigre justo contra la puerta de la jaula, la abrió.
El tigre y el toro salieron al ruedo y allí siguió la pelea ante el espanto de los donostiarras. Tuvo que intervenir la autoridad armada, los miqueletes, que acabó con las dos fieras a tiros en mitad de un caos impresionante. Entre los nervios, el rebote de los disparos, el pánico en los tendidos y que algunos espectadores también sacaron sus armas, aquella tarde cayeron bajo las balas el toro Hurón, el tigre César y el humano Juan Pedro Lizarriturry. Otros veinte acabaron heridos por disparos o pisoteados y aquello sirvió para que la autoridad competente prohibiera atrocidades de este calibre.
Pero el público siguió reclamando sangre. Todavía en los años sesenta del siglo pasado exigían poder ver toros contra osos, panteras y elefantes… El respetable, la mayor parte de las veces, es, simplemente, la peor de las alimañas.

Pretérito imperfecto. Historias del mundo desde el año de la pera hasta ya mismo, 2018

sábado, 9 de enero de 2021

La mortaja. Chelo Pineda.

La madre se encargó de decirles a todos que cuando llegara la hora de su muerte, encontrarían su mortaja envuelta en una funda de plástico en el primer cajón de su armario.
Rotos de dolor sus hijos se apresuraron a cumplir el último deseo de la difunta. Abrieron la gaveta y en ella encontraron un envuelto que les llenó de asombro. Un traje de faralaes de color rojo y lunares blancos, acompañado de mantoncillo, pendientes, peineta y tocado de flores. Se miraron un poco asombrados, pero enseguida una gran sonrisa iluminó sus rostros. Su madre había sido una mujer alegre y vitalista, amante de la feria de abril y del camino rociero. Si ella así lo había dispuesto, no había lugar a vacilaciones.
Vistieron a la fallecida con la bata de volantes y la ataviaron con todos los adornos. Algunos dijeron que, con el fin de evitar habladurías, sería mejor mantener cerrada la tapa del ataúd. Los demás no estuvieron de acuerdo y la madre lució en su funeral más flamenca que nunca.
Al mes del entierro, los afligidos herederos recibieron una llamada que les dejó perplejos. Una amiga de la madre les reclamaba el traje de lunares. Con voz meliflua les contó que se lo había prometido al amadrinarla en su bautizo rociero diez años antes.
Abrieron el cajón del armario y ante su estupor apareció una bolsa de tintorería. Envolvía un vestido de lana marrón de factura simple y basta con un escapulario conocido por todos. Y entonces se miraron consternados. Comprendieron que la última voluntad de su madre había sido ser enterrada con el hábito de la Virgen del Carmen para lograr ciertas indulgencias. Y en vez eso, había llamado a la puerta de San Pedro ataviada como Marujita Díaz.

El arte de freír patatas, 2013.
 

viernes, 8 de enero de 2021

Alumbramiento. Rubén Gonzalo Ledesma.

Una noche de sueños húmedos, tras mantener relaciones sexuales imaginarias, dejó de venirle la regla. El polvo fantasma se tradujo semanas después en náuseas y vómitos. El test de embarazo confirmó sus sospechas. Conforme transcurrieron los meses, le crecieron los pechos y notó un aumento considerable de la tripa. Algunas noches, mientras descansaba, notaba al bebé moviéndose dentro de su ser. Ilusionada por su inminente maternidad, pintó la habitación del pequeño, compró la cuna, el cochecito, el sonajero, el chupete, los patucos. El parto fue difícil. La criatura nació por cesárea. Pesó dos kilos y setecientos veintinueve gramos de aire.