jueves, 21 de septiembre de 2023

El triste. Arturo del Hoyo.

Comí de las ciruelas, porque no dijeran. Reían, y yo también me puse a reír, aunque mi corazón de niño estaba triste. Salté porque ellos saltaban, y tiré cosas por el balcón, ya que a ellos les gustaba hacerlo. Luego jugamos en el pasillo, si bien yo hubiera preferido ver cómo jugaban los otros. Más tarde dijeron: “Vamos a jugar a la oca”. Y cuando estuve sentado, la silla, que estaba rota, me hizo rodar por el suelo.
Reían la broma con grandes risas y me miraban con los ojos congestionados por aquel triunfo. Yo, en el suelo, reí como ellos, aunque mi corazón de niño estaba triste.

Antología del microrrelato español. (1906-2011).

miércoles, 20 de septiembre de 2023

That's life. Ginés S. Cutillas.

Entra en el camposanto como un torero a hombros de cuatro porteadores sentado en el ataúd, saludando a diestro y siniestro con una mano mientras en la otra sostiene una cerveza. La banda de música toca When the saints go marching in, tal y como ha dejado escrito. Las mujeres que han representado algo en su vida le tiran rosas rojas, su color favorito; los amigos van detrás abrazados, cantando y cambiándose la botella de bourbon de mano en mano. Todos ríen. El punto álgido se produce cuando se pone de pie en el féretro y, aún a hombros, se pone a bailar claqué aprovechando el suelo de madera. Los aplausos no se hacen esperar. Más rosas, más bourbon, carcajadas. Poco antes de meterlo en la fosa se concentran en círculo alrededor de ella y rememoran las anécdotas más divertidas. Los amigos de toda la vida, los de la infancia; los amigos de la universidad, los de la adolescencia. Cada historia se sella con un abrazo entre el protagonista y el que la ha contado. No recuerda haberse reído tanto en la vida. Un gran tipo, sí señor.
El sepulturero espera un tiempo prudente y cuando ve que aquello se va a alargar dice que está a punto de terminar su jornada y que tendrían que ir acabando. El homenajeado no quiere molestar más. Se lleva las manos a la boca, reparte besos y guiños aquí y allá, y por fin se tumba en la caja. Cuando lo bajan todavía se le oye cantar.

martes, 19 de septiembre de 2023

Sueño en el tren. Tomás Borrás.

Los dos viajeros estaban solos, en el departamento de primera, frente a frente. Dormían balanceados por el tracatrá del vagón y el ruido de las ruedas, que procuran, en su brutalidad, correr con ritmo y melodía de fácil música. De pronto, se despertó uno de los viajeros.
¡Oiga! —sacudió de un brazo al otro—. ¿Y a usted qué le importa que yo viaje sin billete?
El despertado le respondió, cortés:
Dispense. Yo no tengo la culpa; estaba soñando que era el revisor.
Y yo soñaba que viajaba sin billete y que venía usted a pedírmelo.
Muy satisfactorio —explicó el segundo viajero—. Soñábamos cada uno la acción complementaria de la del otro. Quizás sea la primera vez que eso ocurre.
Sí, la comunicación de los sueños; o puede que el mismo sueño, repartidos los papeles entre usted y yo. Bien. Pues voy a soñar que usted me debe dinero.
Excelente asunto. ¿Cuánto quiere que le devuelva?
¡Hum!… Trescientas mil… —Cerró los ojos y recostó la cabeza.
Perfecto. Voy a entregárselas. —Reclinó la cabeza y cerró los ojos.

Antología del microrrelato español. 2012.

lunes, 18 de septiembre de 2023

Carta para Suecia. Slawomir Mrozek.

Distinguido señor Nobel:
Solicito humildemente que me sea concedido el premio que lleva su nombre.
Mis motivos son los siguientes:
Trabajo como contable en una oficina estatal y, en el ejercicio de mis funciones, he escrito unos cuantos libros, a saber: el Libro de entradas y salidas, el Libro de balances y el Libro mayor. Además, en colaboración con el almacenero, escrito una novela fantástica titulada Inventario.
Creo que le gustarían, porque son libros escritos con imaginación y tienen mucha gracia (son auténticas sátiras). Si deseara leerlos, podría prestárselos, aunque por poco tiempo, porque están muy solicitados. Quien tiene más interés es el inspector de Hacienda, ya puedo oír su voz en el despacho de al lado.
Hablando del inspector, preveo que tendré ciertos gastos, porque me temo que los libros no van a ser de su agrado. Precisamente le escribo a usted esta carta para que el premio me permita sufragarlos. Por favor, mande el giro a mi domicilio. Dejaré una autorización a nombre de mi mujer, por si yo no estuviera ya en casa el día que venga el cartero. En tal caso, el dinero servirá para pagar al abogado o… Espere un momento, señor Nobel, acaba de entrar el inspector.
Ya se ha marchado. ¿Sabe qué le digo, señor Nobel? Mándeme mejor dos premios. No tiene usted idea de cómo se han disparado los precios.


domingo, 17 de septiembre de 2023

¿Nos dará permiso la memoria para ser felices? (Hubo un momento). Eduardo Galeano.

Hubo un momento en que el dolor comenzó y desde entonces no se detuvo nunca, venía aunque no lo llamaras, sombra de ala de cuervo repitiéndote al oído: «Ninguno quedará. Ninguno quedará vivo. Son muchos los errores y las esperanzas que habrá que pagar».
La Sarracena arrancó el trapo que cubría el cuerpo de tu hermano Tin, en Córdoba, y mientras ella se quejaba del calor y del mucho trabajo le torció la cara para que vieras el agujero del tiro. No te diste cuenta de las lágrimas hasta que te tocaste la piel mojada.
Cuando acribillaron a Rodolfo, el primer balazo te alcanzó la boca. Te inclinaste sobre su cuerpo y no tenías labios para besarlo.
Después…
Iban cayendo, uno tras otro, los seres queridos, culpables de actuar o de pensar o de dudar o de nada.
Aquel muchacho de barba y mirada melancólica llegó al velorio de Silvio Frondizi muy tempranito, cuando no había nadie. Dejó sobre el cajón una manzana roja y brillante. Lo viste dejar la manzana y él se alejó caminando.
Después supiste que aquel muchacho era el hijo de Silvio. El padre le había pedido la manzana. Estaban comiendo, al mediodía, y él se levantó para alcanzarle la manzana cuando irrumpieron, de golpe, los asesinos.

Días y noches de amor y de guerra, 1978.

jueves, 14 de septiembre de 2023

Quinto Alcimio. Apronenia Avitia. (Pascal Quignard).

En otros tiempos, Quinto me amaba. Éramos jóvenes. D. Avitio respiraba aún. Quinto entraba furtivamente por la segunda puerta; la noche era nuestra. Al alba, fingía que se levantaba a regañadientes, buscaba su túnica, decía que dejarme le hacía sufrir. No se daba prisa en atarse las correas de las sandalias. Me besaba la cara y el bajo vientre. Yo me despabilaba. Le decía, ansiosa: “Se va a hacer de día. Date prisa”. Él suspiraba. Este suspiro me parecía un eco del río que atraviesa el Érebo. Se erguía y se quedaba sentado en el lecho. Se anudaba una correa. Se inclinaba de nuevo y me susurraba al oído un deseo que prolongaba algo que me había contado durante la noche. Hacía una breve libación a la aurora, se limpiaba con agua la boca y el sexo, se frotaba los ojos. Yo me deslizaba tras él. Nos mirábamos un momento ante la puerta de doble batiente. Me decía que no le gustaba tener por delante todo un día lejos de mí. Gruñía que esa separación le hacía sufrir. Repetíamos cuatro o cinco veces la cita que habíamos urdido. Yo le ponía la mano en el brazo. Rozaba sus labios con los míos. Él se zafaba de repente y cruzaba la puerta. Yo volvía a la cama en la obscuridad. Me sentaba. Estaba agradecida por haber vivido la noche anterior. Me envidiaba a mí misma, apoyaba los codos en los muslos, me sentía húmeda, olorosa, despeinada. Era feliz, pero derramaba lágrimas entre los ruidos de los gallos y de los cubos. Me gustaba esa especie de pena, ese cansancio, esos olores entremezclados y esa especie de angustia colmada que no siempre se distingue de la náusea y que se debe a la suma satisfacción.

Las tablillas de boj de Apronenia Avitia. Pascal Quignard. 2003.

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Convivencia. José María Merino.

La primera vez que lo oí, pensé que alguien había entrado en casa. Eran las siete de la tarde, mi mujer se había ido al cine con unas amigas, yo estaba en la sala leyendo el periódico y me llegó su murmullo desde el otro lado del piso. Me levanté: al fondo del pasillo, tras la puerta abierta de mi estudio, brillaba la lámpara de la mesa y una voz tatareaba una melodía familiar. Me quedé escuchándola hasta descubrir que el causante del tarareo era yo mismo: me había quedado allí a pesar de haberme ido a la sala. Muy asustado por el incidente, regresé a la sala y permanecí escuchando el tarareo hasta que se extinguió. Volví a mi estudio: la lámpara estaba apagada y no había nadie.
Unos días después, otra tarde en la que también mi mujer estaba ausente, se repitió el fenómeno: esta vez me encontraba en mi estudio, enfrentado al ordenador, cuando empecé a escuchar la televisión en la sala. Desde el pasillo, vislumbré mi propio bulto sentado en el sofá con el periódico en las manos.
Ahora, cuando me encuentro solo en casa, soy consciente de estar en la sala o en el estudio, pero sé que al mismo tiempo me encuentro en otro lugar. Mi temor inicial se ha ido apaciguando, pero permanezco sin moverme hasta que mi ruido en el otro sitio se extingue y la luz se apaga, horrorizado de que algún día podamos encontrarnos yo y yo.