Mira,
Platero, qué de rosas caen por todas partes: rosas azules, rosas
blancas, sin color... Diríase que el cielo se deshace en rosas. Mira
cómo se me llenan de rosas la frente, los hombros, las manos... ¿Qué
haré yo con tantas rosas?
¿Sabes
tú, quizá, de dónde es esta blanda flora, que yo no sé de dónde
es, que enternece, cada día, el paisaje y lo deja dulcemente rosado,
blanco y celeste --más rosas, más rosas--, como un cuadro de Fray
Angélico, el que pintaba la gloria de rodillas?
De
las siete galerías del Paraíso se creyera que tiran rosas a la
tierra. Cual en una nevada tibia y vagamente colorida, se quedan las
rosas en la torre, en el tejado, en los árboles. Mira: todo lo
fuerte se hace, con su adorno, delicado. Más rosas, más rosas, más
rosas…
Parece,
Platero, mientras suena el Ángelus, que esta vida nuestra pierde su
fuerza cotidiana, y que otra fuerza de adentro, más altiva, más
constante y más pura, hace que todo, como en surtidores de gracia,
suba a las estrellas, que se encienden ya entre las rosas... Más
rosas... Tus ojos, que tú no ves, Platero, y que alzas mansamente al
cielo, son dos bellas rosas.
Platero y yo. 1917.

No hay comentarios:
Publicar un comentario